domingo, 1 de febrero de 2026

Sólo para locos

 

                                                         El " escorpión" de Hugo Gatti


Ya les he contado que, en mis remotos tiempos del bachillerato, solía cruzarme en el paradero de buses con tres brillantes jugadores del Deportivo Pereira y del fútbol colombiano:  Hernando García, portero   o “ cancerbero”, como decían los cronistas deportivos de esos tiempos; Oswaldo Calero, volante de marca caza tobillos y Jairo “ El maestrico” Arboleda, uno de esos genios silvestres que siempre guardaban en  la manga el as capaz de resolver la situación más difícil : una gambeta imposible, un “túnel”, un “taquito”, un “sombrero” o una “bicicleta”.  Para entonces, el fútbol no había sido invadido por el hongo de la corrección política, ligada a la conversión del juego en un negocio de dimensiones planetarias.

El encuentro siempre se daba a eso de las cinco y cuarenta y cinco de la mañana. Yo me dirigía al colegio Deogracias Cardona y ellos, ebrios de ron y de salsa brava, aguardaban la ruta que los conducía a los entrenamientos en el estadio “Alberto Mora Mora”, el viejo “ Fortín de Libaré” que vio caer al mismísimo Millonarios de Pedernera , Cozzi y Di Stéfano, conocido como “ El ballet azul”. Los tres- Calero, García y Arboleda- amanecían bailando en un sitio de malandrines y rumba dura llamado “Copacabana”, regentado por una mujer de mano implacable  de nombre Bernarda, que solía calmar a los borrachos díscolos esgrimiendo un machete de marca Incolma, de  donde se derivó la palabra “Incolmazo”. Nuestros héroes llevaban los botines colgados al cuello y se sacaban del cuerpo el alcohol consumido mediante entrenamientos  que duraban toda la mañana bajo un sol de justicia.


                                                                 Víctor Campaz

Los jóvenes de hoy, habituados a ver en las redes sociales a Cristiano Ronaldo a bordo de su avión privado, a Messi dorándose al sol en su yate y a James Rodríguez pilotando su Ferrari por alguna autopista, no me creen cuando les digo que los futbolistas de hace medio siglo viajaban en bus. Poco importa si les recreo con palabras- poco confían en las palabras estos hijos de las imágenes- a los paraguayos Aurelio Valbuena, Mario Rivarola y Apolinar Paniagua, colgados como cualquier parroquiano en un bus de Urbanos Cañarte repleto hasta las banderas de oficinistas, estudiantes y trabajadores de la construcción.

Los futbolistas mencionados no eran la excepción. Empezando por los más geniales, eran   poco más o menos que marginales sospechosos de vagancia y cosas peores. Los jefes de familias bien entraban en pánico si sus retoños se inclinaban por ese juego o si sus hijas, seducidas por una gambeta inconcebible, mostraban algún interés por uno de esos delincuentes en potencia. Muy distinto a estos días de futbolistas billonarios y glamorosos cuyo estilo de vida es un modelo a seguir, aupado por las escuelas de fútbol que se multiplican por todas partes al ritmo de la codicia de empresarios, entrenadores, periodistas deportivos y padres de familia.


                                                           O.O Corbatta

Con el advenimiento de la nueva era, la locura en el fútbol fue proscrita. Ese cruce entre deportista, poeta y malandrín empezó a ser borrado de las canchas. Esos bohemios entrañables que lucían melenas desordenadas, llevaban las medias abajo, la camiseta afuera y guardaban en el baúl todo un catálogo de jugadas que rozaban la belleza pura fueron prohibidos en el reglamento.  Asumido como una empresa con todo y su tecnocracia, el juego se volvió atractivo para todos: los pobres vieron allí una oportunidad de redención, las clases medias una nueva herramienta de ascenso y los ricos   otra manera de acrecentar el capital. Justo en ese momento, la televisión, la publicidad, el mercadeo y las casas de apuestas jugaron sus cartas. Los futbolistas debían cuidarse para hacer rentables las inversiones. De ahí que la carrera profesional se extienda hoy hasta donde el cuerpo permita facturar. Por eso las grandes estrellas tienen entrenadores, médicos y cocineros personales.

 Los voceros de la doble moral lo sentenciaron: los futbolistas que no se cuidaron terminaron mal. Y citan genios como Houseman, Pedro Alexis González – apodado con saña como “ El borracho”- Omar Orestes Corbatta- otro borrachito incorregible-, el salvadoreño “ Mágico” González y al mismo Maradona, así como a los arqueros Higuita y Gatti, salvados por alguna divinidad cuando transitaban al borde del abismo. En el bando de los ejemplares ponen a Pelé, a Messi y a Cristiano. En el caso colombiano ubican de un lado a Víctor Campaz o a Henry Caicedo y en el otro a James Rodríguez y Luis Díaz. Millonarios glamorosos y bohemios indomables conforman así los polos irreconciliables para los modelos al uso. Poco importa si ni siquiera los más brillantes de hoy pueden hacer un “túnel”, un “sombrerito” o una “bicicleta” sin volverse reos de violación a los derechos del rival burlado.


                                                             René Houseman

“Sólo para locos. La entrada le cuesta la razón”, leemos en la ya olvidada y acaso  también proscrita novela de Herman Hesse, titulada “El Lobo Estepario”.   Se me ocurre que esa frase pudo haber lucido muy bien a la entrada del camerino de uno de esos viejos estadios donde   veintidós tipos- algunos de ellos poseídos por el delirio- se preparaban para hacer de la tarde propia y ajena una fiesta interminable.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=os4k2Zu7EB4

lunes, 19 de enero de 2026

Hombre de palabra

 



 

El 20 de julio de  1921 un hombre  remite desde Pereira, Caldas, Colombia, una carta dirigida a Anatole France y Henri Barbusse, directores del grupo Claridad en París. El  primero  es el autor de libros como La isla de los pingüinos, los dioses tienen sed  y La rebelión de los ángeles, que le valieron el Premio Nobel de Literatura ese mismo año. El segundo fue un escritor, periodista y militante comunista francés autor de libros como Infierno, Bajo Fuego y Stalin, un nuevo mundo visto a través de un hombre.

En el tercer párrafo de la carta leemos:

Así como vosotros, yo me dirijo con fervoroso entusiasmo hacia la hermosa París en busca de vuestras ideas para alimentar mi pensamiento, encauzarlo y contribuir a la realización de vuestro querer inmensamente filántropo, que os preocupáis por el porvenir intelectual hispanoamericano.

Para entonces París era todavía el sueño dorado de intelectuales y artistas en todos los confines de la tierra. Obtener su bendición equivalía a tocar el cielo. Pereira en cambio era una ignota aldea perdida en las montañas colombianas, refundada en 1863.

El remitente de la carta, publicada en El bien social, era un señor llamado Eduardo Martínez Villegas. La pregunta obligada es: ¿Qué hacía este hombre carteándose con dos celebridades reconocidas en medio mundo?. Una buena respuesta podría ser que, contra toda apariencia, en Pereira también pasaban cosas por esos días. Y sí que pasaban. Ese 1921 llegó el Ferrocarril de Caldas a la región y con él se tendió un puente entre la aldea y el mundo que permitió acceder tanto a los recientes desarrollos tecnológicos como a las producciones literarias, cinematográficas y musicales del momento. Justo en ese   año, el 20 de junio, empezó a circular el periódico La Patria, con sede en Manizales pero con gran incidencia en Pereira, al punto de servir de modelo a posteriores publicaciones locales como El Diario, El Impacto, El Imparcial y a revistas como Variedades o Lengua y Raza. La ciudad ensayaba pues lo que un siglo más tarde se llamaría Globalización.




De modo que Martínez Villegas estaba como quien dice conectado, para utilizar una palabra cara a   estos tiempos de internet y redes sociales. De esa inquieta conexión  con el mundo surgió una obra crítica que la colección Destiempo recoge en su tercer número  bajo el título de Textos Recuperados. Porque de eso se trata: de hurgar en viejos baúles y sobre todo en ese  sorprendente baúl que es la memoria de las personas para traer de vuelta producciones que llevaban décadas sepultadas en algún cuarto de san Alejo.

En el texto de presentación del libro el poeta e investigador Mauricio Ramírez Gómez escribe:

La muerte de los escritores se asemeja a un naufragio. Con su desaparición, sus pertenencias y las versiones sobre ellos se dispersan en todas las direcciones. A veces, sólo se salvan algunos fragmentos y anécdotas que se replican de generación en generación. La mayoría se convierten en nombres sin sentido, en los periódicos y revistas, porque quienes los leyeron y admiraron, en su época, desaparecieron también. Tal es el caso de Eduardo Martínez Villegas, reconocida figura intelectual de Pereira durante las primeras tres décadas del siglo XX.

Martínez Villegas produjo entonces su obra en el tránsito de la aldea hacia una población un poco más grande que se asomaba, insomne, a los prodigios y  acontecimientos que sacudían al mundo, entre ellos la Primera Guerra Mundial y la Revolución Bolchevique que tanto impactaran a France y Barbusse, los escritores a quienes se dirige en su carta.




Más  adelante, en esa misma presentación, Mauricio Ramírez cita un texto publicado por Abelardo Restrepo Vélez en el periódico La Tribuna  donde afirma que: “Los ensayos sobre León de Greiff, Rafael Maya, Daniel Samper Ortega, Miguel Rasch Isla y Francisco Rodríguez Maya publicados en Mundo al día, El Gráfico, Universidad y Cromos, revistas estas que son carteras de gran autoridad, no sólo en Colombia sino también en América, revelan al espíritu investigador y al escritor infatigable que ya tiene asegurado un puesto de honor en el templo de las bellas letras y una página de gloria esculpida en la conciencia de las generaciones vivas”.

Con esas presentaciones, ya podemos adentrarnos en los textos de Martínez  Villegas para tener una muestra de sus propósitos y alcances, así como de su estilo. En una reseña titulada Libros Colombianos, publicada en El Gráfico de Bogotá en octubre de 1928, el autor escribe a propósito de Eduardo Nieto Caballero:

“Por sus frutos los conoceréis”, dijo el Cristo, y este apotegma del primer socialista que intentó establecer entre los hombres la igualdad,  habla muy bien de los libros de Eduardo Nieto Caballero por quien hubiera querido hacer un estudio exacto de su personalidad vista por sus tres esenciales aspectos: como ciudadano, como amigo y como hombre de letras. Yo lo he estudiado con paciente imparcialidad a través de cinco o más de sus libros y en todos aparece el hombre de un temperamento acorde con lo que de él dicen sus amigos y aun sus adversarios más encarnizados, sobre todo los pocos que poseen la rara virtud de la entereza espiritual que permite, sin violentarse moralmente, reconocer los méritos ajenos como aislando, en cierto modo, la persona que los posee, de su ambiente”.


                                                       Emilio Correa Uribe

 Ese tono sostenido se percibe en sus notas críticas sobre Eduardo Castillo, sobre la poesía colombiana del momento, así como sobre autores pereiranos de la índole de Emilio Correa Uribe, Carlos Echeverri Uribe, Julio Cano o el influyente Benjamín Tejada Córdoba, pereirano por adopción. La sobriedad, el elogio sin servilismos resaltan como impronta de una escritura que hoy sentimos contemporánea porque no hace concesiones a los vicios literarios al uso.

Al final de estos Textos Recuperados encontramos esta nota publicada por Lisímaco Salazar en El Diario de Pereira donde, con motivo de la muerte del escritor el 10 de mayo de 1929, rinde tributo a una vida y obra que, para bien de nuestro patrimonio cultural y literario, la colección Destiempo acaba de presentar en su más reciente publicación:

La muerte, esa cosa invisible, esa única verdad de que podemos envanecernos los mortales, ha tronchado, como una tempestad, la vida de un hombre, la vida de un artífice, la vida de un arbusto corpulento que empezaba a fructificar. Pero ¿qué de raro es esto? Cuando hablamos de esa única verdad, es porque todo- y todos- habremos de caer al peso de su guadaña.

Eduardo Martínez Villegas vivió en este mundo treinta y ocho años, pero dejó para sucesivas generaciones de lectores más que un puñado de textos que hoy le permiten al lector asomarse a una singular visión de las cosas en la que a cada paso se reafirma su condición de hombre de palabra.


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada :

https://www.youtube.com/watch?v=Nb-WpYtRNI4

 

 

lunes, 5 de enero de 2026

La dura irrealidad


 


          


         Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia

           para plagar de miserias a América en nombre de la libertad.

                                                Simón Bolívar

El presidente Donald Trump inició su carrera política en un reality show. Y ese no es un dato menor: ese formato de entretenimiento postula mundos paralelos a los que la gente se va a vivir a modo de sucedáneo de una realidad que se le antoja difícil, cuando no insoportable y llena de acertijos. El problema es que, a  larga, esa irrealidad resulta tanto o más dura que la de todos los días.

De los realities salen actores, actrices, cantantes, bailarines, activistas y cientos de figuras públicas. Ya no se necesita pasar por una escuela de teatro, un conservatorio o una academia de canto donde la disciplina y el rigor demandan un constante esfuerzo de inventiva y persistencia. A tono con el vértigo de los tiempos todo es rápido y ya, al mejor estilo del mundo express. Así las cosas,  el mundo ya no es el teatro donde los dioses medían sus fuerzas sino el espectáculo donde todo se consume con tiempo apenas de pasar al siguiente acto.

A los políticos de estos tiempos, con Trump a la cabeza, les fascina esa inmediatez aureolada de una sensación de eficiencia que cautiva al receptor de información. Por eso su reino es el de las redes sociales donde el reenviar y el me gusta multiplicados hasta el delirio impiden la necesaria pausa para pensar y tomar decisiones. Las vibraciones de TikTok suplantan al pensamiento. A la izquierda o a la derecha del espectro político se da el mismo fenómeno.  Eso explica que los gobernantes ya no necesiten a su lado grandes consejeros o sabios que les sugieran el rumbo a seguir. En su lugar cuentan con equipos completos de expertos en imagen y redes sociales.

Es la era de los tipos que parecen duros y contagian con su aire de comerse el mundo. Sus maneras alimentan el depredador acobardado que todos llevamos dentro. El reciente secuestro de Nicolás Maduro por parte de Trump y sus fuerzas de seguridad es una prueba clara de esas prácticas. Rápido, quirúrgico y con un formato perfecto, nada tiene que envidiarle al más exitoso de los realities o series de Netflix. A propósito, sospecho que alguien ya está escribiendo el guion de La Operación Maduro, con preventas que pronto empezarán a operar en la bolsa.




Pocas personas en el mundo- salvo sus cómplices y favorecidos- estarán a esta hora dispuestas a defender al ex supremo y ahora suprimido gobernante venezolano. Los fraudes electorales, las violaciones a los derechos humanos, la persecución a los opositores, el derroche y la corrupción anulan de entrada cualquier tentativa en ese sentido.

Pero de ahí a postrarse de rodillas y saludar con aplausos la invasión- porque de eso se trata: de una invasión- media un trecho muy grande. Amparado en su discurso de Make America Great Again Trump puso en marcha en Venezuela una prueba piloto  que no dudará en replicar cuando los juegos de poder que representa consideren de su interés algún lugar de la tierra. En este y otros casos, si renunciamos al pensamiento crítico pasaremos por alto, como lo han hecho tantos, que estamos ante una violación   de los principios del Derecho Internacional.

En este último aspecto reside la clave de todo. Cuando de bellaquerías se trata los pretextos nobles abundan: defensa de la libertad, de la democracia, de los derechos humanos o del Estado. Es decir, los mismos valores que tipos como Trump, Milei o Bukele están destruyendo en sus propios países. Las motivaciones, claro, son otras: petróleo, tierras raras, agroindustria, minería, recursos hídricos o posición estratégica en el mapa. La vieja codicia imperialista se reinventa cada vez que la dinámica del sistema lo requiere. De las repúblicas bananeras o cafetaleras gobernadas por tiranos iguales o peores que Nicolás Maduro consentidos por Estados Unidos hasta  los caudillos de hoy sólo media una cuestión de ropaje y tecnología. Visto así, el lenguaje bravucón de Donald Trump, tan celebrado por las derechas en el mundo, en nada se diferencia del I Took Panamá pronunciado por Theodore Roosevelt ante el congreso de su país después de la invasión a Colombia.




“Cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”, dice un viejo proverbio latino citado por Sebastián de  Covarrubias en 1611. Encandilados por el reality  Maduro que copa todas las audiencias desde el pasado 3 de enero, bien haríamos en volver   a esa sencilla forma de sabiduría para recordar que mañana bien podríamos ser nosotros. El pretexto es lo de menos. 


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=Iz6svH0jWWI