jueves, 13 de agosto de 2026

A pesar de todo...

 



Crecí con mis abuelos maternos en el campo y vi a los vecinos organizar convites para resolver toda suerte de dificultades y, de paso, hacer más amable la vida de quienes habitaban la vereda: limpiar cunetas, tender puentes, reparar escuelas, construir canchas de fútbol, levantar puestos de salud. Al final de la jornada, exhaustos y dichosos, se recompensaban con un gran sancocho acompañado de muchas botellas de cerveza y el descorche de unas cuantas botellas de aguardiente, mientras en los radios Sanyo sonaban canciones de Los Trovadores de Cuyo que hablaban de amores perdidos, como casi todos.

El convite, esa hermosa palabra que sugiere un llamado, una invitación a sumar fuerzas, a hacerse partícipe de las urgencias y expectativas de la comunidad, se transformó en las áreas urbanas en poderosa herramienta para resolver las demandas de una población a la que el Estado tardaba mucho en llegar o no llegaba nunca.

Convidar es entonces la posibilidad de hacerse uno con los otros.

Fueron los convites los que, en principio, impulsaron la construcción de esas barriadas de las ciudades, adonde llegaron los campesinos expulsados por las violencias o en procura de mejores condiciones de vida para sus familias. Una vez construidas las casas de ladrillo o bahareque aparecían otras necesidades: salud, educación, cultos religiosos, recreación, transportes.

Así se levantaron hospitales, iglesias, escuelas, calles, puentes, parques. Por eso, el convite es parte de un patrimonio social y cultural que aflora cuando más se lo necesita, como en estos días posteriores al terremoto del lunes 10 de agosto que devastó buena parte del Eje Cafetero y el Chocó, así como de la región vecina del Valle del Cauca.




Amo caminar la ciudad, contemplar sus fachadas, detenerme en una tienda donde los parroquianos juegan parqués o dominó, escuchar el vocerío de los vendedores de frutas, gozar viendo a los niños jugar al fútbol en una cancha de tierra. En fin, disfrutar de esa fuente inagotable de donde mana la vida.

Por eso resulta doblemente doloroso recorrer las calles de Pereira por estos días.  El local donde funcionó un viejo teatro en el que vimos películas inolvidables se vino abajo dejando una estela de polvo y escombros. El café que convocaba a contertulios apasionados del fútbol, la política y las muchachas bonitas es un montón de ruinas. El puesto donde compraba Nuevo Estadio, El Espectador y revistas porno fue sepultado por un alud de cemento y ladrillos. El edificio de cultura de Comfamiliar Risaralda, la empresa que me acoge desde hace muchos años, se ve gravemente herido y no podemos entrar.  Para completar el cuadro, un vigilante me dice que doña Maruja, la señora que deleitaba a la concurrencia con sus empanadas memorables fue trasladada de urgencias a una clínica y nada se sabe de ella. Entre tanto, un enjambre de curiosos- turistas del desastre- toma fotografías y videos con sus teléfonos digitales y los reparte por el mundo. En los rostros de todos habitan la angustia y la incertidumbre. Por ahora somos un desfile de zombies del que forman parte  decenas de perros y gatos que huyeron espantados y ahora buscan a sus tutores.

 Por ahora... porque del otro lado avanza un desfile de muchachos armados con picos, palas, martillos, mazas, varillas de hierro y cualquier cosa capaz de partir un bloque de cemento, horadar un montón de ladrillos y mover ventanales retorcidos hasta dar con alguna persona o un animal que se debaten entre las ruinas.  Esos muchachos son algo así como una legión de la esperanza.




Tatiana es parte de esa legión. Estudia Ciencias del Deporte en la Universidad Tecnológica de Pereira. En su rostro moreno  resaltan unas ojeras violeta: va a completar tres días con sus noches patrullando las calles en compañía de dos amigos de nombres bíblicos: Felipe y Santiago. Llevan sus morrales  repletos de botellines  de agua y comida. Con sus teléfonos alumbran cada grieta, cada resquicio, los oídos  atentos a un gemido, un gruñido, cualquier señal de vida entre los escombros. Hasta ahora han conseguido ubicar a tres personas, dos perros y cuatro gatos con vida : más que suficiente para seguir en la brega.




Tatiana y sus amigos no conocían el significado de  la palabra convite, tan cara a la vida de sus mayores. Poco importa: sin saberlo han rescatado su espíritu, el sentido de compasión y solidaridad que alienta en esas siete letras. Ese ha sido su motor durante estos días de ansiedad. Se notan fatigados pero dicen que no piensan parar por ahora. “ Somos jóvenes, tenemos energías y vamos a ponerlas al servicio de quienes nos necesitan” dicen , casi en coro, a modo de declaración de principios.

Después de hablar con ellos y sentir su despliegue de  energía y buena voluntad uno siente que  la  calamidad duele menos “ A pesar de todo”, como en el poema de María Elena Walsh.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=airw_TWaOvI&list=RDairw_TWaOvI&start_radio=1

 

martes, 11 de agosto de 2026

La pluma y el bisturí






 Vicario de los dioses, el Medicine Man de las culturas antiguas es hechicero, sacerdote, sanador y, por eso mismo, poeta. Su rol en el mundo es el de restaurador del equilibrio perdido.

Muy a pesar de la burocratización impuesta en estos tiempos por la industria de la salud, el médico no ha perdido del todo su aura. Equipado con su bisturí, su estetoscopio y su aparataje tecnológico de última generación, el umbral entre la vida y la muerte sigue siendo su lugar en el mundo. O al menos eso se espera de él: que esté siempre presto a disputarle a las parcas su dosis de humanidad moribunda.

El médico escritor goza todavía de un doble prestigio: si se mantiene despierto puede mirar de frente a la muerte en todas sus facetas, las del alma y las del cuerpo. Es más: a despecho de sofisticaciones tecnológicas, la vieja pregunta acerca de en qué órgano del cuerpo se aloja el alma no ha sido resuelta del todo. Desde el nacimiento, cada órgano alienta sus pequeños males y al final todos desembocan en el mar de la gran muerte definitiva, llevándose consigo los misterios del ánima.

Juan Guillermo Álvarez Ríos, poeta, ensayista y médico internista para acabar de completar, ha escrito una obra que, como todo buen libro, deja al lector atento lleno de preguntas que él mismo deberá resolver o al menos deberá intentarlo.  Preguntas que alientan en versos como este de las Baladas para el ausente, del escritor Ladino Gaitán: Tantas enfermedades cobrando explicaciones al viento tantos infiernos disputándose las calles, a las que Álvarez replica: El dolor cotidiano está en cada enfermo pero puede sumarse y hacerse un dolor populoso e insoportable para un poeta. Sólo el médico puede detener la rueda brahamánica del sufrimiento cuando  extiende su  mano curativa hacia el doliente.




La mirada médica, una libresca mirada al arte de curar, es el título de este libro de  ciento trece páginas que empieza con una cita del escritor serbio Miroslav Pavić  :Dios cura, nosotros solo cambiamos vendajes. Las cosas quedan claras de entrada: la muerte sigue inscrita en los designios de la insondable divinidad; los mortales, empezando por los médicos, hacen lo que pueden.

Bajo esa premisa, el poeta médico Juan Guillermo Álvarez nos propone un viaje de ida y vuelta de la pluma al bisturí a través de las literaturas escritas por profesionales de la medicina y por las de autores que sin serlo auscultaron el cuerpo y el alma de sus personajes, convencido de que, por definición, la ciencia médica debe ser un asunto de amor al prójimo, más allá de la evidente mercantilización que hoy la absorbe y la traduce en estadísticas.

En la página 84 del libro Álvarez postula una declaración de principios:  La medicina, como el hombre, mira lo que es capaz de ver y sobre ello diserta. Las cosas que restan en la sombra, los fenómenos crepusculares o francamente oscuros- que surcan el horizonte de los sentidos como apariciones para volver a la densa noche de la que parecen surgir- sólo son abordadas tangencialmente por ella. Sólo amamos lo que conocemos, conocemos apenas lo que vemos. El diagnóstico debe estar en nuestra mente como concepto para ser formulado, antes de someterlo a las pruebas que lo confirmen. He aquí nuestra limitación esencial, contra la que luchamos día a día para abrir nuevos filones del conocimiento, tales como la teoría de los fractales- que se aplica en el árbol diagnóstico de alcance logarítmico- o la inmunomodulación. La medicina, sonda y tentáculo del hombre, se impone este deber: agrandar el área donde llega la luz y habitar sus nuevas conquistas.

Unos párrafos más   atrás encontramos esta cita tomada de Santa Evita, la obra del novelista y cronista argentino Tomás Eloy Martínez:

Al despertar de un desmayo que duró más de tres días, Evita tuvo al fin la certeza de que iba a morir. Aunque los médicos no cesaban de repetirle que la anemia retrocedía y que en un mes recobraría la salud, apenas le quedaban fuerzas para abrir los ojos.




Los médicos también tenían la certeza de que Evita iba a morir, piensa el lector. Pero ante le evidencia científica se abren a la compasión, a la simple obligación humana de brindar consuelo al inconsolable. Saben que sus palabras le pueden ayudar al  moribundo a disfrutar de un tenue rayo de luz que se filtra por la ventana y eso ya es suficiente recompensa para ambas partes: así de simple es el oficio de vivir y así de inapelable el acto de morir.

En ese sentido, en la página veintinueve, Álvarez Ríos recuerda que: El médico, que ahora es un sirviente, puede ser también un amigo, un consejero abrumado por limitaciones inmensas pero siempre dispuesto a escuchar, como el caso de Hermógenes, médico del emperador Adriano. Con el paso del tiempo, dejará de ser  un sirviente pero nunca de ser un servidor.

 Entre otros autores, en las páginas de La Mirada Médica nos topamos con citas de Kafka, de Don DeLillo, de Philip Roth, Thomas Mann, Heinrich Boll, Eudora Welty, de William Faulkner, Robert Musil, Somerset Maugham, Saul Bellow ,Marguerite  Yourcenar, e incluso con fragmentos de la exitosa serie de televisión House, protagonizada por ese brillante internista lúcido y cojitranco adicto a los narcóticos llamado Greg, situado siempre a un paso del cinismo absoluto.




Si es buen médico y por añadidura buen poeta, el hoy llamado profesional de la salud se abismará con el enfermo (ahora llamado paciente) en los pliegues de su cuerpo doliente y de su alma atormentada para regresar revestido de una sabiduría que trasciende lo clínico y se asoma a la desnudez de lo humano en su portentosa  paradoja : la carne en trance de disolución se hace  promesa de eternidad, aunque sea difícil seguir siendo emperador ante un médico, como confesaba  Helio Adriano a   su íntimo epistolar, por supuesto, médico. Esa dificultad reside hoy, entre otras cosas, como lo advierte el autor en la página treinta y dos en que: La sociedad podrá caer en el marasmo de sus valores y costumbres, del médico siempre se esperará el sacrificio, el sobreesfuerzo que conlleva el acto altruista.


PDT . les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=6ruHDWSNvB8

sábado, 1 de agosto de 2026

La hora de tinieblas





 Ahora que lo recuerdo, creo que mi primera toma de conciencia política se dio a mis nueve años, el 19 de abril de 1970, durante las últimas elecciones para dar continuidad al Frente Nacional. Ese domingo a las ocho de la noche  se registraba como ganador al  general Gustavo Rojas Pinilla, que no era gran cosa en realidad. Pues bien, a esa hora apareció en los dos canales de televisión el presidente liberal Carlos Lleras Restrepo y ordenó el toque de queda en todo el territorio nacional.

A las seis de la mañana del lunes 20 el panorama cambió: los “resultados” dieron como ganador al conservador Misael Pastrana Borrero. Ese fraude, nunca demostrado del todo pero siempre presentido, fue el preludio de mi primera hora de tinieblas a nivel político: el de Pastrana fue un cuatrenio de sangrienta represión a la protesta de trabajadores, maestros, estudiantes y campesinos que creó un modelo   y un discurso justificatorio anclado en una supuesta “defensa de la democracia”, réplica a su vez del utilizado por Estados Unidos y sus aliados para justificar atrocidades en el mundo entero. Un repaso a las páginas de la revista Alternativa nos refrescará la memoria de esos años.




De ahí en adelante las tinieblas se intensificaron de manera cíclica.  Turbay Ayala le dio vía libre al “Estatuto de Seguridad” de sus militares, bajo cuyo amparo se perpetraron allanamientos, detenciones, torturas y desapariciones que no tardaron en convertirse en asesinatos. Paradójicamente, se violaban así los principios democráticos en defensa de la democracia.

El gobierno siguiente, el de Belisario Betancur, presenció la convergencia de un hecho  ilustrativo de nuestra historia: entre el 6 y el 7 de noviembre de 1985 el grupo insurgente M- 19, surgido según sus fundadores como reacción al fraude de 1970, se tomó a sangre y fuego el Palacio de Justicia, provocando la recuperación doblemente feroz de los militares, en un episodio que algunos juristas calificaron como un golpe de facto en el que el presidente perdió por completo su autoridad. El escritor colombiano Rigoberto Gil recreó esa pesadilla en una novela con un título lapidario: El Laberinto de las secretas angustias.

Aparte de eso, el exterminio sistemático de militantes del partido político Unión Patriótica  hasta su extinción definitiva surcó varios gobiernos.

La década de los noventa llegó con la esperanza de la constituyente, expresada después en la Constitución Política de 1991, presentada por sus promotores como “ La brújula para un nuevo país”.




La esperanza duró poco:  mientras los norteamericanos impulsaban su “ Cruzada contra el terrorismo”, amparada  en el atentado a las Torres Gemelas,  los colombianos llegamos al siglo XXI encandilados por un eufemismo: el de la etiquetada con el nombre de “ Seguridad Democrática” durante los ocho largos años del reinado de Álvaro Uribe  Vélez, un retoño de las élites feudales de  Antioquia que  se propagó como un virus por toda la geografía de Colombia, generando una suerte de fervor religioso  que paralizó, por miedo o por conveniencia, cualquier distanciamiento crítico frente al régimen.

Terminada esa larga noche, volvieron tiempos de ilusión con los acuerdos de paz  del  gobierno Santos y con la llegada al poder del primer proyecto de izquierdas en cabeza de Gustavo Petro, cuyos aciertos y yerros   he abordado en otra   ocasión.

Tras esas agitadas treguas, debemos prepararnos para un nuevo capítulo de esa hora de tinieblas que en realidad se remonta a los tiempos de la conquista y la colonia, a  las guerras de independencia, a la Guerra de los Mil Días, a la violencia   liberal-conservadora y a las confrontaciones de guerrillas y paramilitares, financiadas todas por el narcotráfico y la minería ilegal.

Los síntomas de ese nuevo episodio afloraron desde la misma noche del domingo 21 de junio, cuando la Registraduría anunció la victoria en segunda vuelta de Abelardo de La Espriella, un “outsider”- así les dicen ahora a los que se hacen elegir en las urnas para socavar la democracia desde sus propias entrañas-. Trump, Bukele, Milei y Fujimori hija son por ahora los más cercanos ejemplos de esa corriente que surca el planeta entero.




Si ustedes hacen memoria, el nuevo presidente nunca tendió un puente- pedirle una mano era demasiado- como lo ameritan los resultados de las elecciones, que se definieron en un cabeza a cabeza. Todo lo contrario:  sintetizando la hasta ahora exitosa jerga de sus inspiradores, empezó a tomar decisiones enfocadas a la descalificación del otro, situación advertida desde el momento en que Trump le anunció su respaldo. El restablecimiento de relaciones con Israel y su justificación de facto del genocidio en Gaza.  La escogencia de Viviane Morales como ministra de educación, en abierta provocación a estudiantes y profesores, tanto como al sector más progresista de la sociedad colombiana. Las bien conocidas prácticas retardatarias de la funcionaria y otros miembros del gabinete obligan a estar alerta. El nombramiento de la nada fiable Paola Holguín en la cartera de cultura y la elección de una ficha de las EPS para la de salud se suman a los motivos de preocupación . Por lo demás, el giro de la cartera de defensa hacia un Ministerio de Guerra se palpita en el aire: así lo sugiere el mensaje implícito en la voluntad inicial de posesionarse en una base militar.




Y eso que no ha llegado el momento de renovar los organismos de control, cuando el gobierno tome el mando sobre esos entes y anule en la práctica cualquier vigilancia sobre sus decisiones

¿Soy pesimista? Desde luego: no olviden que un pesimista es, en últimas, un  optimista bien informado. Pero el pesimismo no anula la luz: todo lo contrario,  obliga a buscarla en medio de las tinieblas.  Esa luz la ofrecen los mismos resultados de las elecciones y la composición del congreso. Cualquiera con un conocimiento de las lógicas del accionar político- por “outsider” que se crea, o a lo mejor por eso mismo-, deberá buscar y afirmar espacios de consenso donde los proyectos de gobierno correspondan a las necesidades y expectativas de la sociedad.  Como decían los abuelos, para eso “habrá que darle tiempo al tiempo” y permanecer siempre vigilantes al sentido y propósito de las decisiones que se tomen desde todas las instancias de poder a partir de este siete de agosto.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=jzO8x1pnbCk&list=RDjzO8x1pnbCk&start_radio=1