lunes, 14 de septiembre de 2026

Siempre en agosto



 Dicen los historiadores que, atraído por la ubicación estratégica y por el señuelo del oro, mitad realidad y mitad leyenda, el mariscal de campo español Jorge Robledo fundó a san Jorge de Cartago un 9 de agosto de 1540 en el mismo lugar donde está situada la actual Pereira. Las razones por las cuales el poblado fue trasladado en 1691 a orillas del río La Vieja siguen siendo objeto de discusión.

Sobre lo que no existen dudas es sobre la fundación de Pereira tres siglos después, el 30 de agosto de 1863. Todo empezó entre dos aguas: las de los ríos Otún y Consotá. En esas tierras feraces, nutridas por cenizas volcánicas, un puñado de hombres y mujeres inició la aventura. Distribuyeron predios, levantaron casas de guadua y esterilla, iniciaron la crianza de animales domésticos  y  plantaron las semillas que cargaban en sus líchigos como valiosos tesoros:   maíz y fríjol como dieta base para jornadas de sol a sol que demandaban muchas calorías.

Podría postularse una tercera fundación: la inauguración del Ferrocarril de Caldas en Pereira el 7 de agosto de 1921, cuya llegada se  había producido tres semanas antes, el 11 de julio.

El ferrocarril puso al poblado en contacto con el mundo a través del puerto de Buenaventura. Las exportaciones se agilizaron y las importaciones pusieron a disposición de los habitantes los más variados adelantos de la ciencia, la tecnología y la cultura: máquinas, abonos, medicamentos, licores, libros, gramófonos, pianos, discos, proyectores de cine. A partir de ese momento la aldea se amplió y todo cambió para bien o para mal.

La ubicación geográfica como obligado lugar de paso, abrió las puertas para la  inmigración interna y externa. Caucanos, antioqueños, negros, indígenas y mestizos acabaron cruzándose con viajeros llegados de tierras lejanas: siriolibaneses, judíos, alemanes, ingleses y franceses aportaron su cuota en esa mezcla de sangres y saberes que explican el dinamismo comercial y cultural de la ciudad. A esa experiencia no son ajenos los futbolistas paraguayos incorporados por el Deportivo Pereira desde finales de  los  años cuarenta del siglo XX. Muchos de ellos se quedaron a vivir y morir en la ciudad porque, según declaró una vez Isaías Bobadilla, Pereira les resultaba igualita a Asunción: pequeña, cálida y bulliciosa.

Para conmemorar los 163 años de Pereira, el área de Cultura de Comfamiliar Risaralda programó una charla con el historiador Sebastián Martínez Botero el miércoles 19 de agosto en la Biblioteca Centro.   Pero una semana antes llegó el terremoto y lo trastornó todo por el momento.

Pero ya lo dijo el poeta: al andar se hace camino y es hora de retomar la marcha. Gracias a  la hospitalidad de El barista de la Circunvalar y como abrebocas del llamado Día de la pereiranidad, (que celebra el natalicio del poeta Luis Carlos González un 26 de septiembre) el historiador estará compartiendo su charla con el público el viernes 25 de septiembre a las 3:00 pm en el mencionado café, porque re-conocernos es  también la mejor manera de recomenzar

Están todos invitados a la conversa.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=Z6ZDzKsoPH8&list=RDZ6ZDzKsoPH8&start_radio=1

jueves, 10 de septiembre de 2026

"Juntacadáveres"






 


La figura del vencedor plantando el pie sobre el cadáver del enemigo derrotado o de la presa capturada es anterior a los seres humanos: el tigre exhibiendo su poder con la garra sobre el cuerpo sangrante del antílope es, si se quiere, un emblema.

De ahí en adelante, adaptada al tiempo y al lugar, la imagen ha tenido cientos de réplicas : el jefe de la tribu exhibiéndose frente a los suyos junto a un montón de tibias y cráneos. El conquistador de lejanos mundos saludando al frente de una pirámide sangrienta de cuerpos atravesados por lanzas. Los militares aliados haciéndose fotografías entre las ruinas de los campos de exterminio nazis. Stalin y sus legiones haciendo lo propio con los detenidos y asesinados por el régimen. Lo importante es tener una imagen  amenazante para mostrarle al mundo.

De modo que cuando el presidente de Colombia pronuncia discursos frente a las cámaras junto a los cadáveres de personas abatidas por la fuerza pública no está descubriendo nada. Por algo durante su campaña se hizo llamar “El Tigre”. Ni siquiera es novedad utilizar las redes sociales para multiplicar las imágenes con el fin de llegar en principio a  quienes lo eligieron (“Miren como les cumplo”) y , sobre todo, a sus opositores (“¡ Cuidado, esto le puede pasar a usted!”).  Juntar y mostrar cadáveres ha sido una de las prácticas favoritas de quienes detentan el poder. Las imágenes de Hiroshima y Nagasaki destruidas siguen teniendo efecto entre quienes están bajo la injerencia de los Estados Unidos de América ahora que Trump quiere cubrir con la bandera de su país y bautizar con su nombre muchos  lugares del mundo.




Ustedes recordarán aquellas imágenes del foto periodista independiente James Foley, en apariencia decapitado por  el grupo Estado Islámico el 20 de agosto de 2014, en  un hecho transmitido  por las redes sociales como una postal en vivo y en directo del horror.

 Bien sabemos que las masas respaldan y adulan al bravucón. Sus palabras y prácticas hacen que se sientan protegidas. Eso tampoco es nuevo: la ciencia nos muestra con múltiples ejemplos el rol del macho alfa en el rebaño, un papel que en los humanos es potenciado por la fama o el poder religioso, económico,  político o cultural.


                                           James Foley

A lo largo de su historia Colombia ha sido pródiga en juntar cadáveres  con múltiples pretextos ( la defensa o refundación de la patria, los “ valores democráticos” o la reivindicación de la familia, la propiedad privada y la tradición, entre ellos). En la Guerra de los mil días   fueron alrededor de cien mil muertos mal contados ( para entonces la estadística era una disciplina pobre); en la Violencia de liberales y conservadores los números mejoraron: se habla de unos trescientos mil muertos, la mayoría de ellos campesinos fanatizados por la dirigencia de sus partidos. Más adelante, el conflicto armado entre guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes y fuerzas del Estado dejó, según  el Centro de Memoria Histórica, 262.197 muertos ( no sabemos si sumaron los 6402 asesinatos bautizados como “ falsos positivos), aunque las cifras no han dejado de aumentar.

Lo anterior, sin contar las Guerras Civiles del siglo XIX: Federalistas y Centralistas, Guerra de los Supremos, Guerra Civil de 1851 y 1854, Guerra Magna, Guerra de las Escuelas y Guerra Civil de 1884 a 1885. Como pueden leer, nuestra experiencia en juntar cadáveres es de vieja data, como lo es tan bien nuestra desmemoria : basta con que aparezca un caudillo, independiente de sus pretextos o de su filiación ideológica,  para que el rebaño salga a respaldarlo con un inesperado caudal de votos. Una vez  instalado en el poder, aplaudirán sus acciones violentas, llámense “ falsos positivos” o  defensa de “ La Patria Milagro”.  Así somos.




Sobre los asesinados en las guerras civiles del siglo XIX escasean las cifras, pero no hay duda de que aportaron lo suyo al levantamiento de esa pirámide de muertos que debería hacer parte de nuestro escudo nacional.

“Fueron más de tres mil “ dice una voz en Cien años de Soledad; “ Aquí no hubo ningún muerto”, replica otra  parodiando los comunicados oficiales del gobierno de Miguel Abadía Méndez, después de la Masacre de las Bananeras  ocurrida el 6 de diciembre de 1928 en Ciénaga (Magdalena) territorio controlado por la United Fruit Company, empresa instigadora de la agresión.

Esa ha sido la constante histórica: negar o minimizar las muertes como estrategia para despojar de peso específico el impacto de las decisiones y políticas gubernamentales. De ahí el empeño en postular la  inexistencia de un conflicto armado. La  ecuación es pavorosa: si no hay conflicto, no hay víctimas. Si la guerra es una ficción,  el horror derivado de ella  lo es a la enésima potencia.




Y aquí llegamos al hondo sentido de  las exhibiciones del presidente de Colombia : los únicos muertos  que valen aquí son los míos, los que he  empezado a cazar en cumplimiento de mis promesas. En otras palabras, mis presas. Los otros son, a duras penas, simples números. Insumos para los noticieros. Así que ustedes, mis fieles devotos, pueden dormir tranquilos hasta la próxima emisión. Felices sueños.


PDT les comparto enlace  a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=6cB0TjOJwCY

martes, 1 de septiembre de 2026

Cuando pase el tembleque

 




                                            Antigua estación del ferrocarril


Pasado el temblor nos quedó el tembleque, el miedo milenario de las bestias ante los poderes de la naturaleza: el rayo, el trueno, la borrasca, el fuego   que los primeros humanos trataron de conjurar con rezos, danzas y cantos.  Tres semanas más tarde muchas personas se resisten a regresar  a sus casas, aunque no hayan sufrido mayores daños ¿Y si vuelve a temblar? Me pregunta una vecina mirando su casa con ojos de espanto.

Carente de respuesta , intento mi propio conjuro: caminar. Voy por las calles pisando mis propios recuerdos como fragmentos de un  espejo roto.  Uno de los recuerdos más persistentes es la ruta de los peregrinos: hombres, mujeres y niños que en tardes de domingo caminaban por trochas y calles desde el barrio Cuba hasta  “El fortín de Libaré”, el viejo estadio “Alberto Mora Mora” donde el Deportivo Pereira de los paraguayos libró batallas heroicas muchos años antes de que el entrenador Alejandro Restrepo hiciera el milagro de sacarlo campeón.

De modo que calzo mis tenis de siete leguas, cargo mi morral con agua, frutas, maní  y frutos  secos y emprendo la patoneada desde el parque cuyo nombre rinde tributo a la memoria  de Guadalupe Zapata, la negra que el blancaje  pretencioso de la parroquia quiso borrar de la lista de fundadores. Me aguarda una mañana entera de camino desde Cuba hasta Libaré : es mi tributo a la ciudad que me lo dio todo: historias, libros, músicas, ron, teatros, amigos, mujeres, bares y baretos. No puedo pedir más.


                                                  Estadio "Alberto Mora Mora"

Tomo la  llamada Avenida del Ferrocarril. Una hermosa mulata barre los escombros de una fachada mientras canta que “ Los caminos de la vida no son lo que yo pensaba, no son como imaginaba”. Un grupo de niños  convierte en portería el alero de una casa desplomada y disputa un partido de fútbol entre montones de guijarros. Buen presagio: la alegría del fútbol como promesa de que la ciudad  empieza a levantarse entre  sus ruinas.

Cada  esquina una herida, cada recodo un mundo que se fue. Llego a la Avenida Sur- la que el río Consota bordea en buena parte del trayecto, paso por la Universidad Católica y saludo  las viejas aulas donde compartí clases durante tres lustros, mientras el sol madrugador  de agosto empieza a pegar duro en las espaldas. El ruido y el humo de carros y motos comienzan a hacer de las suyas. No importa: el barrio  Providencia,  el reino de sombras del poeta Héctor Escobar Gutiérrez me aguarda con sus esquinas rotas. Antes de llegar, me detengo en lo que fue la polvorienta cancha del colegio  Deogracias Cardona, donde el sacerdote Gabriel Osorio dirigía los partidos entre rezos y palabrotas.

 Subo por la calle veintiuna y cruzo por la  urbanización Lorena reducida a casi nada. La vieja estación del tren del parque Olaya Herrera es una postal de otro tiempo: el  del ferrocarril que  desde 1921 trajo a la aldea  los prodigios y desastres de la modernización. Aquí llegaban los viajeros que bajaban o subían entre el pregón de los vendedores de golosinas de sal y los bohemios que escuchaban  tangos, pasillos y boleros mientras, envalentonados por el aguardiente, palpaban el trasero de las coperas.

 Busco la carrera diez, la que conduce en línea directa a Libaré. Vadeo los puentes donde se comercian las cosas más insólitas : una muñeca rota, un zapato sin pareja, la carcasa de un computador, una navaja sin filo, un balón desinflado. Están más surtidos que nunca con  los objetos rescatados de los escombros. En los parques han brotado cambuches ocupados en muchos casos por familias que no se vieron afectadas por el terremoto : siguiendo una vieja tradición, buscan pellizcar algo de los presupuestos asignados a los damnificados. Buena parte de la comuna  Villavicencio, donde abundaron los inquilinatos  a resultas de la  renovación urbana del centro de Pereira, emprendida después del terremoto de 1999, se encuentra inutilizable. Las vetustas casas construidas a  comienzos y mediados del siglo XX no resistieron el embate. Un símbolo:  en la muy golpeada iglesia de La Trinidad un  sacerdote oficia la misa en el despacho parroquial.


                                                                   Iglesia de La Trinidad

En las calles de Berlín y Corocito niños y viejos van y vienen. Los primeros han  descubierto entre las ruinas nuevos lugares para jugar al escondite. Los segundos escudriñan su mundo perdido con ojos   acuosos. Una leyenda urbana dice que en  una tienda  llamada Mi arbolito, ubicada en la  carrera  once con calle cinco nació el Deportivo Pereira, a partir de la fusión  del Deportivo Patria y Vidriocol. No hay modo de verificarlo por ahora: don Luis Carlos Giraldo, su propietario, murió hace años y de la tienda nada queda.

En sus viajes de ida y vuelta, los fieles devotos del Deportivo Pereira hacían un alto en  bares y tiendas de Villavicencio para celebrar las victorias y llorar las derrotas, que cada vez se hicieron más frecuentes, mientras en las victrolas y equipos de sonido sonaban canciones de Carlos Gardel y El Caballero Gaucho. Alguien me dijo que en este sector creció el escritor Wilmar Ospina Mondragón y me lo imagino  recorriendo las  devastadas calles de su infancia  buscando entre los escombros algún tesoro perdido: un trompo, una pelota, una revista de Dragon Ball Z o la fotografía de una muchacha amada en silencio, como corresponde  a los grandes amores.

En el punto donde  funcionaron bares  de leyenda como el Dancing, voy cuesta abajo hacia Libaré por la Avenida Santander. Decenas de ciclistas pedalean hacia su propio punto de peregrinación : el corregimiento de La Florida. Algunos llevan parlantes con reguetón a todo volumen. Supongo  que es su manera de conjurar  el  propio tembleque.


                                           El " Guadalupe Zapata", antes del tembleque.

Unas cuadras más y estoy a las puertas del santuario: el viejo estadio “ Alberto Mora Mora” que, milagrosamente se mantiene en pie después de varios terremotos. Sospecho que lo sostienen los espíritus de Galeano, Achito Vivas, Colombo, Ávalos, Calonga, Rada, Escobar  o López Fretes, futbolistas que hicieron de las suyas en su gramilla. El poeta médico Juan Guillermo Álvarez me contó que, en una tarde de gloria, el brasileño Quarentinha  rompió  de un pelotazo el travesaño del arco sur. De ese tipo de historias están hechos el estadio y la ciudad toda. Terminado el recorrido por hoy, estoy seguro de que de esas y muchas otras  historias parecidas nos alimentaremos cuando pase el tembleque.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=tE22cxiRXcI