El " escorpión" de Hugo Gatti
Ya les he contado que, en mis remotos tiempos del bachillerato, solía cruzarme en el paradero de buses con tres brillantes jugadores del Deportivo Pereira y del fútbol colombiano: Hernando García, portero o “ cancerbero”, como decían los cronistas deportivos de esos tiempos; Oswaldo Calero, volante de marca caza tobillos y Jairo “ El maestrico” Arboleda, uno de esos genios silvestres que siempre guardaban en la manga el as capaz de resolver la situación más difícil : una gambeta imposible, un “túnel”, un “taquito”, un “sombrero” o una “bicicleta”. Para entonces, el fútbol no había sido invadido por el hongo de la corrección política, ligada a la conversión del juego en un negocio de dimensiones planetarias.
El encuentro siempre se daba a eso de las cinco y cuarenta y cinco de la
mañana. Yo me dirigía al colegio Deogracias Cardona y ellos, ebrios de ron y de
salsa brava, aguardaban la ruta que los conducía a los entrenamientos en el
estadio “Alberto Mora Mora”, el viejo “ Fortín de Libaré” que vio caer al
mismísimo Millonarios de Pedernera , Cozzi y Di Stéfano, conocido como “ El
ballet azul”. Los tres- Calero, García y Arboleda- amanecían bailando en un
sitio de malandrines y rumba dura llamado “Copacabana”, regentado por una mujer
de mano implacable de nombre Bernarda, que
solía calmar a los borrachos díscolos esgrimiendo un machete de marca Incolma,
de donde se derivó la palabra
“Incolmazo”. Nuestros héroes llevaban los botines colgados al cuello y se
sacaban del cuerpo el alcohol consumido mediante entrenamientos que duraban toda la mañana bajo un sol de
justicia.
Los jóvenes de hoy, habituados a ver en las redes sociales a Cristiano
Ronaldo a bordo de su avión privado, a Messi dorándose al sol en su yate y a
James Rodríguez pilotando su Ferrari por alguna autopista, no me creen cuando
les digo que los futbolistas de hace medio siglo viajaban en bus. Poco importa
si les recreo con palabras- poco confían en las palabras estos hijos de las
imágenes- a los paraguayos Aurelio Valbuena, Mario Rivarola y Apolinar
Paniagua, colgados como cualquier parroquiano en un bus de Urbanos Cañarte
repleto hasta las banderas de oficinistas, estudiantes y trabajadores de la
construcción.
Los futbolistas mencionados no eran la excepción. Empezando por los más
geniales, eran poco más o menos que
marginales sospechosos de vagancia y cosas peores. Los jefes de familias bien
entraban en pánico si sus retoños se inclinaban por ese juego o si sus hijas,
seducidas por una gambeta inconcebible, mostraban algún interés por uno de esos
delincuentes en potencia. Muy distinto a estos días de futbolistas billonarios
y glamorosos cuyo estilo de vida es un modelo a seguir, aupado por las escuelas
de fútbol que se multiplican por todas partes al ritmo de la codicia de
empresarios, entrenadores, periodistas deportivos y padres de familia.
Con el advenimiento de la nueva era, la locura en el fútbol fue proscrita.
Ese cruce entre deportista, poeta y malandrín empezó a ser borrado de las
canchas. Esos bohemios entrañables que lucían melenas desordenadas, llevaban
las medias abajo, la camiseta afuera y guardaban en el baúl todo un catálogo de
jugadas que rozaban la belleza pura fueron prohibidos en el reglamento. Asumido como una empresa con todo y su
tecnocracia, el juego se volvió atractivo para todos: los pobres vieron allí
una oportunidad de redención, las clases medias una nueva herramienta de
ascenso y los ricos otra manera de
acrecentar el capital. Justo en ese momento, la televisión, la publicidad, el
mercadeo y las casas de apuestas jugaron sus cartas. Los futbolistas debían
cuidarse para hacer rentables las inversiones. De ahí que la carrera
profesional se extienda hoy hasta donde el cuerpo permita facturar. Por eso las
grandes estrellas tienen entrenadores, médicos y cocineros personales.
Los voceros de la doble moral lo
sentenciaron: los futbolistas que no se cuidaron terminaron mal. Y citan genios
como Houseman, Pedro Alexis González – apodado con saña como “ El borracho”-
Omar Orestes Corbatta- otro borrachito incorregible-, el salvadoreño “ Mágico”
González y al mismo Maradona, así como a los arqueros Higuita y Gatti, salvados
por alguna divinidad cuando transitaban al borde del abismo. En el bando de los
ejemplares ponen a Pelé, a Messi y a Cristiano. En el caso colombiano ubican de
un lado a Víctor Campaz o a Henry Caicedo y en el otro a James Rodríguez y Luis
Díaz. Millonarios glamorosos y bohemios indomables conforman así los polos
irreconciliables para los modelos al uso. Poco importa si ni siquiera los más
brillantes de hoy pueden hacer un “túnel”, un “sombrerito” o una “bicicleta”
sin volverse reos de violación a los derechos del rival burlado.
“Sólo para locos. La entrada le cuesta la razón”, leemos en la ya olvidada
y acaso también proscrita novela de
Herman Hesse, titulada “El Lobo Estepario”.
Se me ocurre que esa frase pudo haber lucido muy bien a la entrada del
camerino de uno de esos viejos estadios donde
veintidós tipos- algunos de ellos poseídos por el delirio- se preparaban
para hacer de la tarde propia y ajena una fiesta interminable.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:
https://www.youtube.com/watch?v=os4k2Zu7EB4

























