jueves, 6 de agosto de 2015

Los rostros de la nada





“La copia del cuadro de un pintor que nunca existió...¿Es una falsificación?” pregunta uno de los personajes de Los reconocimientos, la colosal novela de William Gaddis, que a lo largo de sus más de mil trescientas páginas vuelve a la  inquietud que ha desvelado a poetas, científicos, filósofos y artistas a lo largo de miles de  años: ¿Qué es la realidad? ¿Existe algo que, con alguna dosis de proximidad, podamos denominar de esa manera? ¿Disponemos de instrumentos  fiables para conocerla, o al menos para acercarnos a ella?
Como muchos de ustedes lo notaron, la pregunta inicial pertenece a la naturaleza del budismo zen. “Conocemos el sonido de  la palmada de dos manos... Pero ¿Sabemos cómo suena la palmada de una sola mano?” Reza  uno de los koan más conocidos. Se trata de frases que rompen las llamadas   leyes de la lógica y nos preparan de ese modo para comprender  que la realidad no existe o, en caso de existir, no es aprehensible   para nosotros. Si seguimos con cuidado el razonamiento, al final  solo tendremos una suma de convencionalismos conocidos como honor, poder, amor, valor. Es decir, una colección de máscaras útiles para nombrar y desvelar los rostros de la nada.
“Wyatt tenía cuatro años cuando su padre volvió solo de España, y era un crío malhumorado de pelo color arena, ojos avellana que ardían en verde cuando se enfadaba y manos constantemente ocupadas, abriéndose y cerrándose sobre nada, rompiendo algo o hurgándose  la nariz”, nos dice el narrador en una temprana descripción del  personaje.

                                                            William Gaddis

Con ayuda de esas manos Wyatt, que una vez también quiso ser sacerdote como su padre Gwyon, emprenderá  su tortuosa carrera de  pintor. Lo suyo será la restauración  y falsificación de  cuadros  de  grandes artistas. Mientras lo intenta, Esther, su mujer, se desvanece en  ese reino incierto  amasado con las obsesiones y la indiferencia de su marido. No tardaremos mucho en descubrir que, como todo  lo que rodea a Wyatt, su existencia es también una suposición.
Muy pronto entra en contacto con lo que, de manera    bastante vaga, se conoce como  el mundo del arte. Es decir, una legión de  hombres y mujeres  aspirantes a genios, manipulados por  marchantes  que oscilan entre el cinismo y la lucidez, dependiendo de  la dirección que tome el dinero. Entre  estos  últimos se encuentran Basil  Valentine  y  Recktall Brown. Su visión de las cosas  es  lapidaria. Una  obra es original si los expertos, pagados por los mercaderes, dicen que lo es. Y lo ilustran con profusión de ejemplos sobre cuadros célebres  copiados tantas veces  que ni sus mismos autores podrían asegurar si salieron a no de sus manos. “Estamos en manos de los expertos y nunca se puede saber hacia dónde apuntan sus hocicos”, sugiere uno de los artistas, extraviado  en las noches sin fin de la bohemia de Greenwich Village a la espera de algún atisbo de la gloria.


Pero  la creación artística  y sus aspiraciones de originalidad son para  el narrador solo una metáfora, Un anuncio de preocupaciones mucho más hondas.  Un mundo creado por un dios que no existe ¿Puede de alguna manera ser real? Resulta imposible saberlo si el  presente  es inasible porque siempre está disolviéndose en el  pasado, y el futuro  no tiene consistencia porque se desvanece en el presente, que a su vez se pierde en el pasado en una rueda infinita que  solo puede conducir  a ese absurdo sugerido por los filósofos de todos los tiempos.
Ya en la primera página nos lo advierten: “Hasta Camilla había disfrutado de las mascaradas, del tipo seguro donde se puede dejar caer la máscara en ese momento crítico que pretende ser realidad”. Camilla es la madre de Wyatt, muerta en un  tortuoso viaje  a España. Su recuerdo es tan incompleto y difuso como el cuadro que su hijo pretende pintar a partir de un viejo retrato.  Pero siempre está al lado de acá de su improbable culminación, porque  ni las más sublimes  expresiones del arte y la poesía pueden brindarnos la certeza de que  ese cuerpo amado existió alguna vez.
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jueves, 30 de julio de 2015

El poeta en su hamaca




 Toda  la vida  envidió a su  amado Juan Carlos Onetti. Pero no a cualquier Onetti. Ni siquiera al de los infinitos diálogos silenciosos  con su compadre Juan Rulfo. Tampoco al creador de esos  fantasmas de carne y hueso que vagabundean  por las calles de Santa María.
No. Mi vecino, el poeta Aranguren, envidiaba al Onetti echado  en su cama de un apartamento  de  Madrid, negándose a levantarse porque ya lo había visto, contado y bebido todo. Para alcanzar ese estado de gracia, Aranguren  aspiraba  a una de estas tres cosas: ganarse la lotería,  rescatar un galeón  hundido en las aguas profundas de su Santa Marta natal o casarse con una criatura imposible: una viuda joven, bella, millonaria y diestra  en los  misterios del sexo. “Echhheeee, ñeeerdaaa. Ese día me acuesto en mi hamaca de siete colores y no me vuelvo a levantar”, me dijo  una tarde de diciembre, hace cosa de cinco años.
Ignoro con cuál de los  tres premios lo recompensaron sus dioses particulares,  amasados con una mezcla de diablos caribeños y divinidades de la Sierra  Nevada. Pero puedo dar fe  de que el hombre  consiguió instalarse en su trono tejido con hilos de mil colores por las manos virtuosas de las indias guajiras. Por lo pronto, la viuda perfecta no estaba. De modo que restaban las otras dos opciones.

                                                  Onetti en su cama

Allí lo encontré un domingo  por la tarde, atrincherado entre una  selección exquisita de poesía universal y una provisión de ron Tres Esquinas como para  saciar la sed de un regimiento entero. Resulta increíble la cantidad de cosas que puede hacer un hombre echado en una hamaca. Aranguren escribe   extensísimos versos endecasílabos con los que espera completar un volumen de poesía hermética titulado El multiforme heraldo de las Cícladas.  Una vez pulidos, los traduce al inglés y al francés  y los remite por Internet a ignotos corresponsables residenciados en Quebec y Sydney.
Mientras apura largos tragos de su licor favorito aromatizados con yerbabuena, recorre un universo musical que se antoja infinito: Bach, Gardel, Chucho Avellanet, Bob Dylan, Juan Pardo, Gaetano Veloso, Joe Arroyo, Janis Joplin, Sibelius. Al mismo tiempo les recita a su perro Teo y a sus siete gatos, bautizados con los nombres de los planetas, fragmentos enteros de Cien años de soledad que se sabe de memoria desde los días de su adolescencia. No contento con eso, escucha en  el computador los partidos  de su  adorado Unión Magdalena, un equipo coleccionista de fracasos y extraviado para siempre en los meandros de la segunda división.


En la alta noche apaga la luz, enciende un tabaco remitido desde La Habana  por un amigo diplomático y piensa en las suaves curvas de su viudita imaginada. Entonces… bueno… ustedes ya  saben lo que  hace un hombre imaginativo y solitario en esos casos.
De las glorias mundanas prefirió apartarse desde que empezó a ver por ahí a tanto energúmeno gritando a todo pulmón: ¿Acaso usted no sabe quién soy yo? De  las devastaciones del amor le queda un rescoldo del que no quiere ocuparse. Por lo pronto se levanta con el primer canto del gallo y prepara una enorme olla de café que reparte en generosas dosis entre los vecinos que se acercan a saludarlo.
A las cinco de la tarde me despido y lo dejo allí, con la sangre hirviendo  y el pecho sobresaltado por tanto ron con yerbabuena. Mientras camino de regreso a casa- una hora por una carretera polvorienta- pienso que he empezado a envidiar con ahínco  a este hombre enamorado de las montañas del Quindío y nostálgico de su mar Caribe, instalado en una hamaca como en un paraíso recobrado. Después de todo, en estos tiempos fraudulentos el único sitio digno de peregrinación es la morada de un poeta.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.
https://www.youtube.com/watch?v=uohmHDmCZLo

martes, 21 de julio de 2015

Senderos de agua y fuego




 Dos imágenes convocan la atención del viajero que va de Medellín a Sonsón, un municipio levantado al pie del cerro El Capiro y visitado en las noches por el viento helado que  baja del Páramo de la Paloma: familias enteras de campesinos ordeñando sus vacas  pintadas de blanco y negro y cientos de quebradas  que serpentean en busca de los cauces  de los ríos Arma y Aures. Esas  quebradas ostentan nombres caros a la imaginería católica reinante en estas tierras: Las ánimas, Las brujas, La Virgen, San Gregorio, San Martín. De hecho, Sonsón  parece una isla en tierra firme, rodeada de agua por todas partes.

                                               Gregorio Gutiérrez González

Gobernado  a lo largo de sus doscientos   años de historia por la vieja y conocida dupla de  iglesia y Partido Conservador, el pueblo cantado por Gregorio Gutiérrez González y  moldeado en barro por el ceramista Pablo Jaramillo,  fue en principio el punto de partida  de los colonizadores que fundaron el rosario de poblaciones que se extienden desde  Aguadas  hasta Santa Rosa de Cabal.  Bendecido por  una envidiable  variedad de pisos térmicos- su territorio se extiende desde  los fríos límites con La Unión, Rionegro y  La Ceja, hasta la tierra  caliente del Magdalena Medio- Sonsón pudo brindarles a sus habitantes unas condiciones de vida  signadas por la prosperidad : la ganadería, así como los cultivos de papa, higos, zanahorias, café y caña de azúcar, generaron un dinamismo económico en el área urbana que permitía  hacerse a una vivienda,  educar a la familia y, de vez en cuando , darse una vuelta por algún lugar turístico. Nada   hacía   presagiar entonces que  al llegar a su segundo centenario en 1998, esos caminos de agua se convertirían en senderos de fuego transitados por la muerte y el miedo.

                                        Marcha de familiares de las víctimas.

Seducidos por tanta riqueza junta, a mediados  de  la última década del siglo pasado empezaron a llegar los  ejércitos  que marcaron con sangre la historia reciente de Colombia :  los reductos del Epl después de  su desmovilización en Urabá,  el frente  47  de las  Farc, en cuyas filas llegó Karina, una mujer que se encargó , no de sembrar la vida sino el horror en estos parajes que supieron de sus degollinas, masacres, secuestros, desapariciones. También arribaron, cómo no, el Eln, las Autodefensas de Córdoba y Urabá, creadas por los hermanos Castaño, así como las Autodefensas del Magdalena Medio, afincadas en los corregimientos de  La Danta y San Miguel, comandadas   por Ramón Isaza, el mismo hombre que perdió la memoria de sus crímenes, y por su tristemente célebre yerno, conocido   bajo el alias de  McGiver.
Hace poco menos de un mes visité Sonsón y pude hablar con una decena de víctimas de la  barbarie. Escuché a quienes tuvieron que abandonar sus fincas.  A quienes perdieron a sus padres, hijos, esposos, hermanos, vecinos. En la  sede de la Casa de la Cultura vi los retratos de muchachos-  casi niños- torturados, despedazados y desaparecidos. Contemplé  las elementales obras de arte, tejidas con hilo y cabuya o con pequeños pedazos de tela al modo de las viejas colchas de retazos.  A través de ellas los sobrevivientes consiguieron restañar sus propias heridas como condición indispensable para seguir  adelante. En ese tejido se  lee el relato de comunidades que, como  las de  los municipios vecinos de Argelia y Nariño, clamaban por hostias y sal que les permitieran  sobrevivir  en medio del asedio de la guerrilla.

                                            Casa de la Cultura

De labios del alcalde Dioselio me enteré de su secuestro y de los atentados de que fue víctima, así como tantos habitantes de su pueblo. Después de escuchar todas esas cosas, todavía me pregunto de qué están hechas las entrañas de quienes claman por más guerra en Colombia. Claro: del horror solo se enteran por la televisión, como si fuera otro reality más y luego pasan a otra cosa. Bien atrincherados en sus centros comerciales y en  sus conjuntos cerrados pocas opciones tienen de enterarse de los avatares de este país hecho de senderos de sangre y fuego por los que les resultaría saludable darse una buena pasada de vez en cuando.