jueves, 15 de junio de 2017

Las trincheras del lenguaje





Asistí  a un taller literario por primera y única vez en mi vida al promediar los años ochenta del siglo anterior.

Habían transcurrido unos veinte minutos cuando el orientador blandió el ejemplar de un  libro de Ernest Heminghway y nos espetó a la cara:

¡Tenemos que comprender muy bien la diferencia entre el narrador extradiegético, el heterodiegético y el homodiegético. De ahí depende todo!

Hui despavorido: hasta ese día yo pensaba que  París era una fiesta.

Treinta y cinco años después sigo corriendo: quiero disfrutar los libros. No hacer vivisecciones.

Volví a recordar el episodio hace un par de semanas.  Durante una rueda de prensa convocada para hablar de los problemas de orden público en su localidad, Fernando Muñoz, alcalde de Dosquebradas, soltó esta frase y se  quedó mirando al auditorio con aire de iluminado:

La gente les da limosnas  o les paga por trabajos menores. Por eso los indigentes  siguen viviendo en su zona de confort.

¡Carajo!- pensé- de modo que  una persona atraviesa el infierno de la drogadicción, libra una batalla cotidiana con el hambre y las bacterias, vive en constante riesgo de que la acribillen a tiros o le asesten una cuchillada y los tecnócratas llaman a eso zona de confort.

                                               Fernando Muñoz en su "zona de confort".


Pero no hay que culpar al profesor ni al alcalde: las trincheras del lenguaje existen desde que el hombre empezó  a enlazar sonidos y a darles una expresión gráfica.

En ambos casos habían escuchado  la frase en otro lado. En un seminario, en una charla, en un taller. 

Les quedó sonando y ¡Zas! La soltaron cuando lo consideraron oportuno.

Me olvidaba un detalle : hace cosa de un año, en un seminario de Historia, escuché a una mujer hablar de " La muerte hermenéutica",  frase que por si sola  precisa de una interpretación.

Las palabras son suaves, lisas, curvas, tienen cuerpo. Por eso resulta tan fácil enamorarse de ellas, de sus resonancias, de sus infinitos meandros. Y como sucede con todas las formas del enamoramiento, uno vive en constante riesgo de alienarse, de extraviar el rumbo. Lo que debería  otorgar sentido y ampliar el  alcance de nuestra mirada deviene oscuridad, zona de confusión. 

Y en las tinieblas acontece el deslumbramiento: utilizamos las palabras para desconcertar, no para aclarar. 

Confundimos la pirotecnia con la lucidez. Y en ese juego podemos resultar chamuscados.

Confinarse  en el gueto del lenguaje resulta una tentación. Nos sirve para aislar a los otros y al mismo tiempo para controlarlos. Por eso las misas se oficiaban  en latín: el rebaño ignoraba de qué le estaban hablando y por eso mismo lo suponía verdadero e irrefutable : ¿Cómo puedo controvertir lo que no soy capaz de entender?



Así han funcionado siempre las cofradías, las sectas, los partidos, las órdenes, las academias. Un puñado de individuos secuestra el lenguaje y saca provecho de eso.  En los grandes centros de poder político, económico, social, religioso, cultural o académico se venden teorías, discursos, frases hechas. 

Manipularlas supone  tener las claves del poder.

Hace poco le escuché  la siguiente frase a un  entrenador de fútbol:

Perdimos porque nuestros jugadores no han podido asimilar el dibujo y la conceptualización táctica.

Con esa jerga dudo de que lo consigan en los próximos cincuenta años. Los futbolistas manejan otro tipo de lenguajes. Pero de ese modo el  entrenador los controla: son ellos los incapaces de comprender  la  improbable sapiencia de su discurso.

El mundo está infestado de manuales para propagar esas formas de la superchería. Si usted los recita en el momento oportuno lo llamarán líder asertivo. Incluso es posible que pueda  cobrar sus  buenos billetes y garantizar la supervivencia de su prole para el resto de la vida.

En esto último no hay nada de malo. Pero  con la manipulación del lenguaje despojamos a los otros de la posibilidad de comprenderse y comprender  el mundo.

Como sucede cuando le decimos falso positivo a un asesinato.

O desviación de recursos a un robo.



Dicen que a finales del siglo XIX los malandrines de Buenos Aires acuñaron el lunfardo para atrincherarse  tras un muro de palabras pronunciadas al revés o prestadas de los dialectos llegados de Italia. Así lograron  despistar a la policía durante mucho tiempo.

El asunto funcionó… hasta que la policía aprendió lunfardo. Entonces éste se refugió en el tango y a los cuchilleros les tocó  inventar otras formas de evasión.

Más o menos así operan las trincheras del lenguaje.

Consiguen descrestar calentanos hasta que alguien descubre el truco.

PDT: les  comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

jueves, 8 de junio de 2017

Los adioses








                                                              “Habrá un vinillo que no probaremos;
                                                                  Habrá bellas niñas, y ya no viviremos”;
                                                                                       Canción popular austriaca


En una entrevista concedida a la revista Rolling Stone para la celebración de sus cuarenta años de circulación, Paul McCartney advirtió:“Lo más terrible de crecer es la irrevocable pérdida de los amigos”.

Supongo que el autor de Band on the run y un millar de canciones más, no solo pensaba en los celebérrimos Lennon y  Harrison. Quizás en ese momento evocaba   a los compinches de juventud que se apearon del tren en pleno movimiento.

Los que se fueron a vivir “donde habita el olvido”

Y sí. La vida de  cada quien es como una banda de rock que se va quedando sin músicos. Unos   se van a otras bandas. Algunos reinventan su vida y se convierten en magnates, celebridades, egos inaccesibles o marginales atrincherados bajo los puentes. Unos  cuantos  ya  no nos quieren o no los queremos más.

Otros, sencillamente, se mueren, o entran a participar de esa muerte lenta  que son las distancias geográficas. En esos casos, el océano y la tierra de por medio suelen ser letales.



Como en  el tango  de Gardel y Lepera,  la gente adivina el  parpadeo de  las luces  que a lo lejos van marcando su retorno.

Pero quienes los aguardan  al borde de la estación o en la sala de espera  del aeropuerto son menos seres de carne y hueso que fantasmas de otras épocas.

En realidad  no hay nada de terrible en eso: es solo el baile de la vida y el tiempo que   despiertan  de su siesta  y dejan un montoncito de cenizas  al lado del lecho: somos nosotros, sus hijos. El rescoldo dejado por un incendio llamado juventud.

He aprendido algunas de esas cosas trabajando con personas que emigran al exterior amparadas en muchos motivos: expectativas económicas y laborales. Anhelo de ver mundo y adquirir experiencias.  Formación profesional. Invitaciones.



Un  porcentaje  de ellas busca lo más elemental: escapar de sí mismas o de sus circunstancias: la familia, los hijos, el trabajo, la pareja.

Incluso  traté de condensar algunas de esos motivos y emociones en un libro con un título copiado- como tantos- a Joaquín Sabina, que a su vez se lo robó a sus poetas más queridos.

En la mayoría de esas historias alentaba un elemento común, una suerte de espejismo: el viajero que permanece muchos años fuera de casa suele creer que su vida  es la única que experimentó cambios.   

 Piensan que quienes se quedaron permanecen congelados en el espacio y en el tiempo  a la espera de su regreso.

Por eso el gesto de desazón se repite en estaciones y aeropuertos: una mueca de  sorprendida tristeza se advierte bajo los rituales de  alegría. De los carteles, los gritos y las canciones de bienvenida.



Pasada la euforia inicial, muchas de esas personas ya no saben cómo desencontrarse.

Sospecho que en todo esto subyace un desarraigo con dos orillas: la del espacio  y la del tiempo.

Entre las dos he visto disolverse familias enteras, amores  eternos, complicidades sin tacha. Veinte años escuchando a andariegos de todas las edades, géneros y procedencias dejan ese tipo de sensaciones instaladas en algún lugar cuerpo adentro.

Todo adiós es una pérdida.

Por  eso me caló tan hondo esa frase de McCartney redescubierta en una edición vieja de la Revista Rolling Stone.

De golpe,  vuelvo a confirmar que no hay casualidades: Rolling Stone quiere decir precisamente eso: Canto rodado, piedra rodante. Es decir, culo inquieto, andariego.



Así  somos todos, nómadas  y sedentarios. Piedras rodantes que dejan en el camino minúsculos fragmentos de sí mismas. Esos pedacitos formarán a su  vez otras piedras, nuevas historias.

Y entonces la rueda vuelve girar. Solo que con un imperceptible cambio de órbita. No volvemos a pisar el mismo suelo.

En esa franja imperceptible acontecen las pérdidas lamentadas por uno de los genios de The Beatles.

Esas que solo es posible resistir con plegarias, canciones, versos y un trago largo, muy largo de Jack Danniel´s.

Al menos ese fue el consejo de Frank Sinatra.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada 

jueves, 1 de junio de 2017

Pobre Chila



                                         Fotografía tomada de El Diario


Su abuelo Jacinto vio a Carmelo Colombo romper las redes de los arqueros rivales en  la vieja cancha de Libaré.

Ese equipo nunca fue campeón.

Su papá  Evelio estaba en el estadio el día en que el paraguayo Apolinar Paniagua le quebró el invicto a Otoniel Quintana, portero de Millonarios a comienzos de los setenta.

Ese Deportivo Pereira tampoco fue campeón.

“Pero dejaba el alma en la cancha”, solloza Steven, dieciocho años,  el escudo del Pereirita tatuado en el antebrazo derecho.

Su equipo acaba de perder por dos a uno frente al Cúcuta Deportivo, otro club  enredado en la nostalgia de improbables glorias pasadas

                                                           Apolinar Paniagua
.

Son las once de la mañana del  martes  30 de  mayo. Igual que algunos de sus compinches de barra, el muchacho no ha vuelto a casa después de la derrota.

¿Para qué? Pregunta envuelto en su bandera de franjas rojas y amarillas y vuelve a romper en llanto.

El mundo está lleno de preguntas sin respuesta.  Inefable es la palabra para definir ese estado de cosas.

Aunque sucede año tras año, las personas como Steven no  acaban de  acostumbrarse. Después de asimilar las derrotas vuelven a decirse: Esta vez  sí será.

Y resulta que esta vez tampoco fue.

Este equipo parece haber firmado un pacto sobrenatural con el fracaso.

Los más supersticiosos le endilgan toda la responsabilidad a  Cecilia Monsalve  Hernández, “Chila”, la hincha más fiel que haya conocido la extinta furia matecaña.

Mientras Chila vaya al estadio el equipo no ganará, sentenciaban los  aficionados más ortodoxos.



Pero Chila murió  cuando apenas despuntaba el nuevo siglo, en abril de 2000.

Han pasado  más de tres lustros y el equipo de Steven es eliminado una y otra vez cuando está a punto de volver a la primera división.

Así que lo de Chila… mmmmmm

Muerta Chila, algunos hinchas contumaces le echan la culpa a un improbable gato negro enterrado  en una de las porterías.

Sospecho que las causas son más terrenales.

Una de ellas apunta a que el fútbol, el viejo jogo bonito  de los brasileños, fue secuestrado por bandas de  forajidos. Y esos tipos  solo entienden el lenguaje de las chequeras.



Tráfico de piernas, llamó a esa práctica el escritor uruguayo Eduardo Galeano.

Siguiendo el olor del dinero uno encuentra varios eslabones:

El de los padres  de familia, que matriculan a sus hijos en una escuela de fútbol y sueñan con  volverse millonarios vendiéndolos a las grandes ligas.

El de los entrenadores que cobran por alinear  a jóvenes promesas.

El de  los intermediarios que se embolsillan un porcentaje de las transferencias.

El de periodistas deportivos que son a la vez dueños de pases.

Y, claro, el de los clubes devenidos  grandes corporaciones, que controlan toda la cadena del negocio, incluidos los socios, la publicidad, las transmisiones por radio y televisión, así como el circuito completo del mercadeo: Florentino Pérez  presiona la permanencia de James Rodríguez en el Real Madrid, no por sus innegables dotes deportivas, sino por la creciente venta de camisetas en el mercado latino.

Por supuesto, el Deportivo Pereira es apenas un modesto equipo de provincias. Un  rumor lejano en medio del estruendo mediático provocado por multinacionales como el Barcelona o el Real Madrid.

Pero los directivos han aprendido sus mañas y las replican a pequeña escala. Son muchos menos millones de dólares, pero de todos modos suponen un botín atractivo.

Y sobre  ese pequeño  cardumen se abalanzan todos los tiburones.

                                          Fotografía tomada de El Diario


Un torneo tras otro se deshacen de las grandes figuras y nadie da cuenta de los dineros recaudados en transferencias.

El dueño de fulanito no es el equipo, sino un particular, dicen.

La consecuencia de todo eso es el desastre.

Por eso la desazón de Steven pertenece al reino de lo inefable.

Así que, también hoy, el muchacho ha  decidido echarle toda la mierda a Chila.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada