jueves, 28 de mayo de 2020

¿Por qué me has abandonado?




Leo en internet- porque los medios impresos  emigraron por estos días a la dimensión desconocida- que una  estrellita de la farándula colombiana se mandó confeccionar una costosa y lujosa colección de tapabocas para su uso exclusivo mientras dura la “emergencia  sanitaria”, el eufemismo acuñado para  nombrar la pesadilla.

Tendría que asombrarme, pero no. Comprendo a la muchacha: para ella el Covid-19  debe ser apenas una nueva moda llegada desde la glamorosa China de comunistas  multimillonarios, donde pasó vacaciones  con su novio futbolista hace apenas un año.

Ya pasará, como los peinados, los teléfonos, los autos y los destinos turísticos.

Después de todo estas criaturas no crecen, y en el mundo de Peter Pan no hay cabida para la dosis de muerte y dolor que hoy tiene sumido  en el insomnio al planeta entero.  A propósito, leí también en internet que la venta de somníferos  ha crecido de manera exponencial desde que empezó la cuarentena en distintos lugares  del planeta.

¿Padecerá de insomnio esta muchacha?

Sospecho que no: debe creer que un tapabocas de lujo la pone a salvo de los horrores del mundo. Después de todo, cada cinco minutos recibe mensajes en su teléfono móvil, en los que se habla de muertes de viejos, de negros, de enfermos crónicos, de inmigrantes sin papeles, de mendigos, de pobres.

Nada  que ver con su mundo de gente  bella, en todo caso.

Traigo a cuento a la modelo, porque su caso sirve para  ilustrar la fragilidad de una vieja  idea que , de manera cíclica, alienta en  algunos pensadores la esperanza de que todo va a cambiar, a resultas del violento impacto producido en la sociedad por guerras y pestes.



Según esa percepción, el dolor inherente a la guerra y la peste desencadena una suerte de despertar a otra dimensión de la realidad, cuyo punto de partida es lo que los viejos teólogos llamaron “Examen de conciencia y contrición de corazón”.

Esa introspección obligada llevaría a la gente a identificar y enderezar los erráticos caminos seguidos hasta ahora por la humanidad.

 Una mala noticia : la gente no está en casa ensayando exámenes de conciencia sino viendo televisión y jugando a inventarse un nuevo avatar en las redes sociales

Un vistazo a los libros de historia, a la poesía, a la filosofía y a la literatura de todos los tiempos nos permite identificar un destello de luz  en medio del pesimismo y la confusión.

“Ahora sí, todo va a cambiar y los hombres seremos mejores”, nos advierten en algún recodo de  su obra esos testigos de momentos extremos.



Pero  no tardamos en descubrir que sus mensajes son menos una certeza que un consuelo: la tabla de un náufrago a la deriva en altamar.



Una vez en tierra firme, la gente vuelve a las andadas, no tanto por contumacia, como por el hecho de que las pulsiones encargadas de definir los actos humanos siguen siendo las mismas , milenio tras milenio:   el impulso sexual, la codicia,  el odio, la violencia, el afán de competencia, la envidia. Es decir, las fuerzas que perfilan los múltiples rostros del poder.

En realidad sólo cambia el ropaje, la apariencia, los recursos tecnológicos. Lo demás, es decir, lo importante, sigue igual.

Sucedió en tiempos del Imperio Romano, por ejemplo. No olvidemos que su decadencia coincidió  con el ascenso del cristianismo, una religión definida en sus inicios por la esperanza de tránsito hacia una vida mejor y convertida después en una burocracia sin  propósitos trascendentes.

Con el paso de los siglos, asistimos al advenimiento de otros acontecimientos devastadores: las revoluciones francesa y rusa, las dos guerras mundiales. Y en el entretiempo, las pestes, ese recurso  extremo de la vida para poner al homo sapiens en su sitio y recordarle  su fragilidad, el talante pecaminoso de su soberbia.

Y en medio de todo eso, la siempre latente promesa de un cambio sustancial.

El hombre cree dar un salto hacia  adelante, sólo para descubrir que sus  propios demonios  se le adelantaron y  a duras penas le dejan una salida: volver  a empezar, como un Sísifo redivivo.



Repito que comprendo a la chica del tapabocas de lujo. Como todo en este tiempo, ella también es un producto  en el mercado , con código de barras y fecha de vencimiento. Es  algo que aprendió  bien temprano en la vida. Por eso confía a ciegas en su tapabocas exclusivo.  Su pequeño universo está hecho de esas cosas. La imagino a solas en su habitación, ensayándolo como si fuera la máscara de Gatúbela, o algo así. A lo mejor se acompañe de  una suerte de conjuro contra la adversidad.

Lo peor que podría sucederle es un cambio en el mundo de afuera cuando pase la plaga. ¿Sobre qué valores podría sostenerse?  Lo mismo le ha sucedido a la humanidad con el transcurrir de los siglos.

Me conmueve de veras su desamparo, su ingenuidad. Rezo para que la peste no toque a su puerta y se vea obligada a asomarse a la ventana para elevar  una última pregunta a las sordas divinidades del mercado :

¿Por qué me habeís abandonado?


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

jueves, 21 de mayo de 2020

El tiempo en suspensión



Al principio parecía una casualidad. Pero ya resulta inquietante el número de veces que   he leído   y escuchado glosas a 2001, Odisea del  Espacio, dirigida por el gran Stanley Kubrick y convertida en película de culto por los cineclubistas del mundo entero.

Ensayistas y columnistas de opinión vuelven una y otra vez a la ingravidez que caracteriza la marcha de los astronautas,  acentuada por los movimientos de la cámara, como una premonición de lo que pasa con el tiempo en estos días de cuarentenas e incertidumbres.

Confinados en nuestras casas y   paralizados de súbito por un enemigo oculto, asistimos a un hecho fascinante, intuido hasta ahora sólo por los físicos teóricos: el  tiempo y el espacio se licuaron, para  transformarse en una sustancia viscosa que los humanos tratamos de atravesar con gran esfuerzo, como insectos atrapados en una mancha de aceite.

Uno se asoma a la ventana y ve el vacío donde antes se arremolinaba el clamor de una multitud ansiosa. Nada de competencias para llegar primero a la otra esquina, ni codazos para  abrirse paso entre la masa de transeúntes.



El estruendo de las bocinas y los motores emigró hacia una suerte de dimensión desconocida, provocando una  temprana añoranza entre quienes  abominaban de ellos apenas dos meses atrás.

En la calle sólo quedan las agencias del poder, enseñoreadas de ellas como alienígenas en una tierra de nadie.

Entonces empiezo a entender la reiterada cita a la película de Kubrick : sucede, que al adquirir  esa consistencia viscosa , el tiempo y el espacio se quedaron atrás, atascados en alguna espiral del universo, y nos dejaron sin asidero.

Desconcertados,  transitamos al borde del desvanecimiento, como esos  habitantes de Ciudad Gótica que  empiezan a desdibujarse antes de doblar la esquina , hasta perderse en lo más hondo de la negrura.

En un momento de nuestras vidas en el que la única certeza es la incertidumbre, empezamos  a sentir nostalgias por cosas que ayer nos resultaban molestas.

Una amiga , para quien  ha transcurrido un tiempo inabarcable desde que empezó la cuarentena- años, tal vez-, dice que  desea echarse a las calles y respirar el humo de los autos, deleitar los oídos con los insultos  de los energúmenos, las peleas de las putas  y los travestis en la alta noche, el aulllido de un perro o un humano atropellados por un borracho.

Cualquier cosa  que represente una señal de vida. Algo  que la libere de esta sensación de estar siendo borrada de la historia. De su historia.

La misma sensación plasmada por el escritor Rigoberto Gil en un inquietante texto titulado  El replicante, una criatura engendrada en las entrañas de Blade Runner, otra  película que sugiere un mundo distópico en  el que no existe posibilidad alguna de redención.



Educados en la religión del progreso, en la que el futuro es una  tierra firme a cuyo reino podemos acceder si nos empeñamos en ello con todas nuestras fuerzas, olvidamos que somos criaturas contingentes y que el mañana es sólo una ilusión, como tantas cosas inventadas por los hombres para eludir lo irremediable.

Comprendo entonces el desasosiego de mi amiga.

Si el futuro se disolvió sin que nos diéramos cuenta,  llevándose consigo  su compañera de viaje, la esperanza, la nostalgia deviene  espejo en el que la gente empieza  a mirar con cariño hasta a sus experiencias más amargas.

Sólo que antes los sucesos de la existencia  necesitaban años para convertirse en nostalgias. Estábamos demasiado ocupados viviendo como para prestar atención   a pérdidas que parecían menores. “ Usted tiene toda la vida por delante”, reza un lugar común, aunque en lo más profundo del corazón sepamos que podemos morir ahora mismo.

Casi siempre se necesitaba de una canción que nos devolviera las llaves de ese reino  extraviado en las tinieblas . “ Tu amor es un periódico de ayer” , por ejemplo.

Pero escribir buenas canciones demanda mucho tiempo,  y ya sabemos que  ese compañero de viaje  nos  abandonó en algún recodo del camino.



Por eso , confinadas entre las paredes de sus casas, las personas andan  por estos días consagradas a una singular  tarea : estirar los recuerdos hasta hacerlos parecer viejos.

Es  el único remedio que encuentran a  la mano para no   sucumbir a la desazón.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

jueves, 14 de mayo de 2020

Plantas en la ventana






Cada mañana, con lluvia o calor, mi madre saca la misma planta a la ventana. Le dicen “ Oreja de elefante”- a la planta, aclaro- y es su ritual imprescindible de todos los días, junto a  la arepa con mantequilla a la hora del desayuno y las oraciones al santoral  católico completo  a lo largo de toda la jornada.

Tiene un santo para cada problema.  Con la pandemia, mi vieja se volvió experta en la hiper especialización del trabajo.

Volveré a esa imagen al cierre de este relato.

Como  les he contado antes, siempre me ha gustado escuchar las conversaciones de la gente en  la calle, en los cafés, en los parques, en los bares, en los buses.

Sus palabras  son como migas de pan que me permiten seguir el rastro de los acontecimientos y tomarle el pulso a la sociedad, a los temores, los anhelos, las esperanzas y las ambiciones de la gente.

 En estos tiempos de encierro debo seguir ese rastro por otros caminos. Los de internet en general y los de las redes sociales en particular.

Hay de todo allí : desde chistes  finos y salidas en falso , hasta las más singulares teorías acerca de lo que nos pasa.

Con el paso de los días, noto que la gente empieza a alinearse.

Por ejemplo, abundan los que, ante la incertidumbre, optaron por convertirse en su propio gurú de autosuperación.

Para ellos, la frase “ Cuando salgamos de esta” se convirtió en una suerte de conjuro frente a la adversidad.

Y claro, siempre se incluyen en el grupo de los que saldrán de esta. Después de todo, vivimos en una sociedad que, contra toda evidencia,  como los padres de Buda se empecina en negar la existencia del sufrimiento y la muerte.



En el otro vecindario rondan los escépticos. Los que guiñan el ojo  y alzan el  pulgar como queriendo decir : ¿Ven? Se los dije.

Ambas especies son inofensivas. Pero por el camino del medio,  sin que nadie los note,  se multiplican los guías de una cruzada siniestra, capaz de razonamientos como este:

El planeta tierra se acerca hoy a los ocho mil millones de habitantes. Si, en el peor de los casos ,  el covid-19 mata a cincuenta millones ¿Qué riesgo representa eso para nuestra supervivencia como especie?

Y añaden: además, está demostrada con creces la  predisposición de la especie  humana  hacia la actividad sexual. De modo que, si trazamos una gráfica, encontraremos  que a la vuelta de unas décadas los nacimientos sobrepasarán con creces el número de muertos durante la pandemia.

¿Para qué  poner en riesgo entonces la economía del planeta? Si tenemos en cuenta que la mayoría de muertos serán viejos y enfermos, es decir  gente no sólo improductiva sino costosa para la sociedad no vemos la razón para tanta alharaca.

Quizás por un residuo de corrección  política les faltó decir que, aparte de viejos y enfermos, la mayoría de los muertos serán pobres.

Justo en ese momento uno salta de la silla ¿ No eran esas las razones invocadas por los nazis para justificar el exterminio?

¿Y no son , en últimas, las mismas ideas defendidas por Trump, Bolsonaro  y sus iguales en todos los rincones de la tierra?

Remplacemos la expresión Nacionalsocialismo por capitalismo ultraliberal y estaremos frente a un panorama tanto o más desolador. Porque esa manipulación estadística  apunta a soslayar lo más importante: la pregunta por el sentido ético de las decisiones humanas. Como si la importancia de las personas, de una sola persona, pudiera establecerse con mediciones y extrapolaciones macroeconómicas.

Desde luego, ninguna de esas curvas puede dotarnos de elementos para comprender el dolor y la desolación humana.

Y si no entendemos esas cosas estaremos perdidos, por mas que el modelo económico se salve y, como ya sugieren algunos, salga más  fortalecido, igual que aconteció después de la segunda Guerra Mundial.

Conceptos como los de justicia, solidaridad y equidad- que los cristianos llaman misericordia-desarrollados para proteger a los más débiles, serán arrasados por la noción de supervivencia del más apto, base de los totalitarismos modernos.

Ya lo sabemos: invocando al pobre Darwin, acuñaron la expresión darwinismo social para referirse a ese tipo de aberraciones.

Porque  en el fondo de todo esto alienta el concepto de eugenesia, con las consecuencias de todos conocidas.



Esa es una de las opciones que nos aguardan.

Indiferente a todo eso, mi madre se levanta cada mañana, toma su planta y la pone en la ventana a recibir el sol o la brisa. Es su declaración de  principios. Su forma personal de la esperanza. Su manera  de probar que ambas, ella y la planta, aún existen.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada 

              

jueves, 7 de mayo de 2020

Postal de Aranguren



Cada temporada mi vecino, el poeta Aranguren, se refugia los tres primeros meses del año en su choza de la Sierra Nevada de Santa Marta, donde planta por igual café, tubérculos y marihuana para su uso personal.

De regreso,  lo sorprendió la cuarentena en las playas de Pescadito y  desde allí nos envió la visión que, cual san Juan redivivo, tuvo de nuestro más reciente apocalipsis.

Dice que es el fruto de sus delirios insomnes.

Ah… informa, además, que volverá a estas tierras “ cuando san Juan agache el dedo”, cosa improbable, si tenemos en cuenta que ese santo tiene el dedo bastante rígido.
                                                                                                                                       

               

Aquí va la postal

OURÓBOROS

Para los que escriben ficciones- yo soy apenas un poeta- podría ser la historia soñada : redonda, como imaginaban los antiguos la perfección.

El ouróboros. La serpiente  que se muerde la cola.

Durante la cuarentena un hombre joven está instalado con comodidad en la sala de su casa, que puede estar ubicada en cualquier rincón del planeta.

Para las circunstancias, da igual.

Un cuarto en penumbras. Desde la ventana se ven las calles vacías donde reinan las ratas y los perros callejeros. Hasta los borrachos, las putas y los ladrones las abandonaron.

Una silla reclinable, una cerveza fría y un paquete enorme de papas fritas.

Pasa las veinticuatro horas del día contemplando, sin pestañear , el resplandor de la pantalla del televisor empotrado en la  pared.

Las imágenes fluyen sin cesar- por algo se llaman “pantallas líquidas”-.  A través de ellas puede seguir, como en un instante eterno, la transmisión en directo del Apocalipsis, encarnado esta vez en una criatura  invisible y letal surgida, nos dicen, en la cada vez más indescifrable China.

De repente se detiene, fascinado, en una escena : cuatro hombres encapsulados en trajes espaciales sacan de la morgue con rumbo al crematorio un cuerpo que- no sabe bien por qué- adivina joven y fuerte.

Mientras apura un largo trago de cerveza siente que una sensación de familiaridad, extrañeza y fatalidad se apodera de todo su ser.

Entonces lo  ve con claridad: el  cadáver que los hombres se disponen a convertir en cenizas es el suyo.

                                   
Santa Marta, Colombia, marzo  30 de 2020.

PDT:  les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

jueves, 30 de abril de 2020

El futuro ya pasó




Es tan vertiginoso el ritmo de los cambios que el futuro siempre está un paso atrás de  nosotros.

Cerramos los ojos durante un par de segundos, volvemos a abrirlos y el paisaje ha cambiado por completo.

Somos a la vez una avanzada y un anacronismo.

Los escritores de otras épocas solían predecir muchos  acontecimientos a través de sus relatos cifrados.  Julio Verne  es uno de los ejemplo más citados.

Pero hay más : George Orwell  y H.G Wells ,  también forman parte de   esa trilogía de visionarios.

Lejos está  esa facultad de ser potestad exclusiva de los genios. En el mundo de la cultura popular y sobre todo en el género del cómic abundan las ilustraciones.



El reloj de Dick Tracy, los teléfonos móviles en Los Supersónicos, los artilugios de  Viaje a las estrellas o la saga surgida después de 2001, Odisea del espacio, se suman a esa extensa antología.

Hoy funciona al revés: el futuro está ahí, desenrollándose ante nuestra mirada y, por una curiosa ilusión óptica derivada de la velocidad  se convierte en pasado sin haber sido del todo presente.

Presas del vértigo,  y por lo  tanto impedidos para ser protagonistas, los humanos devenimos simples testigos de lo  que pasa.

La vieja noción experiencia-conocimiento se desvanece.

Al despuntar el siglo XXI los magos del mundo de la administración nos advertían : el teletrabajo cambiará el mundo laboral en particular y las relaciones de producción en general. Y añadían, seductores : el  trabajo en casa   reducirá las jerarquías a su mínima expresión, devolviéndole a la gente los espacios de libertad, intimidad y autonomía perdidos desde la primera revolución industrial.

Y miren por donde: una pandemia aceleró el futuro y ahora más gente de lo esperado trabaja desde casa.

Pero, como sucede siempre, hay una sutil y decisiva distancia entre los pronósticos y la realidad.

Al final resultó ser que no hay tal independencia y libertad.  El teléfono suena por aquí,un fulano invita a conectarse por  allá , mientras un alguien más recibe o  imparte órdenes  a granel.

Hasta el baño, “ ese último lugar filosóficamente puro” del que hablara Ernesto Sábato, ha dejado de ser un fortín inexpugnable, sobre todo desde que la gente adquirió la costumbre de llevar el teléfono a todas partes.

“ Perdón, olvidé decirle algo”, recita una voz entre autoritaria y apenada desde algún lugar del mundo que puede estar a la vuelta de la esquina.

“Yaaavoooy”, responde la víctima, con tiempo apenas para abrocharse el cinturón.

Con la digestión hecha trizas, el solicitado suspende la lectura de su historieta favorita y se dirige, derrotado, hacia el escritorio donde lo aguarda el ojo implacable del computador.

Como tuvo que atender a todas las solicitudes, muchas de ellas simultáneas, al final  de la jornada se sentirá  más cansado que en los tiempos cuando debía desplazarse hasta el lugar de trabajo durante un lapso que podía ir de minutos a horas, dependiendo  del tráfico o del tamaño de la ciudad.



Eso implicaba mover las piernas, mirar al cielo, sentir el aleteo del viento en la cara, patear una piedra y gritar¡ Gol! detenerse a saludar conocidos,  putear bajito, comprar golosinas callejeras, esquivar mierdas de perro y lanzar unos cuantos piropos políticamente incorrectos a las damas apetecidas.

Con suerte lo esperaba una recompensa, una especie en vía de extinción. Un auténtico lujo contemporáneo: el sexo en la oficina.



Todo eso pertenece al pasado.   A la hora del balance, las empresas sobrevivientes a  la pandemia harán cuentas y encontrarán que ahorraron en café, en agua, en azúcar, en aromáticas, en papel higiénico, en energía eléctrica, en mobiliario y unos cuantos gastos más.

Y no desaprovecharán la oportunidad. Faltaba más. Todos a trabajar  desde casa.

De nuevo dejamos atrás al futuro y pasada la cuarentena miles, millones de trabajadores en el mundo seguirán en casa atados a esa red que no cesa de expandirse  y multiplicarse.

La pandemia funcionó a modo de prueba piloto del teletrabajo y ahora ya no hay tiempo de revertirlo, por la razón más simple de todas: el futuro ya pasó.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

jueves, 23 de abril de 2020

Aquí entre nos




A menudo, la enfermedad suele ser la expresión física de una perturbación moral : lo que los expertos llaman somatización.

Dicho de otra manera, lo que se desajusta en nuestras mentes se expresa en una gastritis, en una alteración cardíaca- iba a decir coronaria pero la palabreja tiene resonancias sospechosas por estos días- en una inflamación del colon,  en una erupción de la piel, en una cefalgia, en una afección respiratoria.

Si eso pasa con los individuos algo similar acontece con el organismo de la sociedad y  el del minúsculo fragmento de universo que habitamos.

La paciente Gaia de los antiguos.

En la era de internet acuñamos la expresión viral para referirnos a la vertiginosa manera como se multiplican los fenómenos a través de la red.

Ni en el más paranoico de nuestros delirios imaginamos que la naturaleza, la biología, la química  se expresarían de la misma manera.

Un enemigo invisible y, por lo tanto, letal, surgió- nos dicen- en la ya no remota China y se expandió por el Mapamundi a un ritmo que nos dejó inermes.

O  a lo mejor se trate de un enemigo sólo en apariencia.  Quizás la vida pretende decirnos algo que por ahora no entendemos . Estamos  demasiado atareados tratando de sobrevivir.

Tal vez se trate de una advertencia acerca del errático camino que hemos recorrido hasta  ahora en  todos los términos: políticos, sociales, económicos, culturales.

Si lo entendemos así resultaría que estamos ante una oportunidad- acaso la última- para revisar el modelo de la sociedad en su conjunto, empezando por los cimientos que soportan su existencia: la codicia, el egoísmo, el saqueo, la corrupción, el consumo y el derroche insensatos legitimados como razones de vida.

Veámoslo de esta manera: por primera vez en nuestra historia reciente la masa incontable de turistas no pudo lanzarse a invadir playas,  páramos, balnearios, hoteles y museos durante los días de Semana Santa.

Y eso es malo, muy malo para la economía.

Pero puede ser bueno, muy bueno para emprender el viaje de regreso a ese completo desconocido que somos nosotros mismos. Esa criatura indescifrable que nos inspira tanto miedo como el Coronavirus.

Por eso huimos de ella a través de los viajes, del entretenimiento, de los pasatiempos.

                                               Tomada de BBC Mundo

¿Notan cómo  han cobrado de importancia los pasatiempos, los juegos de mesa a resultas de la cuarentena?

Tenemos una cantidad infinita de tiempo entre las manos y no sabemos qué hacer con él.

Una curiosidad : durante la última semana he recibido decenas de enlaces a  artículos de toda laya. También me envían  archivos con tratados enteros acerca de  los más disímiles asuntos.

Pero  nadie  me pregunta cómo estoy. He aquí otra oportunidad para ocuparnos del prójimo, del próximo, esa figura despojada de todo valor, a no ser como agente de producción   y consumo.

El escritor colombiano Eduardo Zalamea  Borda publicó en 1934 una vigorosa novela titulada  Cuatro años a bordo de mí mismo, hoy olvidada como tantas otras cosas.

A esta altura del camino, cuando lo más empinado de la cuesta apenas comienza, un viaje al fondo de nosotros mismos- lo que los viejos teólogos llamaban examen de conciencia y contrición de corazón- nos  devolvería al mundo  más lúcidos y fuertes, más ligeros de equipaje y por lo tanto mejor dotados para reconocer en su pleno valor a los que caminan a nuestro lado.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

                                     
                     

jueves, 16 de abril de 2020

La dura irrealidad




Lo tenía como una información distante entre la suma de datos que se dan por sentados: el estado del clima, los boletines del gobierno, la retórica de los políticos, las veleidades de la farándula, los resultados del  fútbol. En fin, toda esa suma de cifras que abruman  y confunden a los ciudadanos bien informados.

Pero sólo en estos días de cuarentena he podido comprobarlo: las personas  - dormidas o despiertas- se pasan  las veinticuatro horas del día conectadas a  la pantalla del televisor.

Es decir, a la pura irrealidad.  A la inconmensurable dimensión de la mentira.

¿ O que son, sino, los noticieros, la publicidad, los dramatizados, las telenovelas, los  realities, el mundo de la farándula y el de las estrellas del deporte?

En el mejor de los casos son verdades a medias, que al final resultan ser peores que las mentiras completas.

Con estas últimas al menos uno sabe a qué atenerse.



Durante el día el estruendo llega  en todas las formas imaginables.

En los presentadores de televisión que regurgitan cifras sobre el  Covid- 19, esa criatura de pesadilla que asaltó nuestras vidas mientras dormíamos el sueño de los felices y en cuestión de días hizo trizas nuestras aparentes seguridades.

En los gritos de una pareja que se promete odio eterno en el nuevo capítulo de una telenovela mexicana.

En las distorsiones sonoras del participante en un reality que, contra todas las advertencias de la naturaleza , pretende imitar la genialidad interpretativa de Nino Bravo.

En la insistencia de los mensajes publicitarios, empeñados en vendernos perfumes, autos, teléfonos, espectáculos, mujeres, ropa, viajes, como si el dinero para la supervivencia diaria no estuviera agotándose en los bolsillos.



En las minucias sobre la vida sexual de las estrellas de la farándula y el deporte, en las que se cuantifica  hasta el número de polvos que se echan por semana.

En la alta noche, a medida que desaparecen los sonidos producidos por los actos humanos- cocinar, bañarse, reír, discutir, cantar, caminar, jugar- reinan los tiroteos  y las sirenas de las ambulancias.

Al parecer todo el vecindario se puso de acuerdo para ver las mismas películas de policías y mafiosos.

Supongo que después discuten los detalles a través de sus redes sociales, lo que no deja de tener su lado positivo:  así al menos no se olvidan del prójimo.



Como un manto helado, el resplandor verdoso de las pantallas se refleja en todas las ventanas.

¿ Cómo puede un espíritu discernir o alcanzar alguna clase de sosiego con ese montón de basura asaltándole los sentidos? Me pregunto  mientras escucho, ilusionado, el jadeo de una pareja de amantes. Los imagino abrumados por el miedo y conjeturo que eso incrementa su placer.

Falsa alarma:  los gemidos también provienen del televisor.

De golpe, recuerdo la escena de una película visionaria del gran Sidney Lumet sobre los medios de comunicación. Es una producción de 1976.

Se trata de Network, traducida al español con el título de Poder que mata.

En la escena mencionada, uno de los personajes alza su dedo índice y suelta, como de pasada, la siguiente frase: “ El infierno acaecerá sobre la tierra cuando todo el mundo esté  conectado”. Acto seguido, la atribuye a otro  personaje, esta vez literario: uno de los protagonistas de 1984, la profética novela de George Orwell.

Supongo que el  sabio Lumet y su guionista  tenían sus espíritus puestos en este momento de la Historia Universal, cuando las vibraciones  de millones de televisores y teléfonos surcan en todas direcciones  el planeta entero, tejiendo una red invisible y densa que aprieta los cuellos y  obstruye los corazones, dificultando la llegada de sangre al cerebro.

Faltas de oxígeno y, por lo tanto imposibilitadas para la lucidez, nuestras mentes se resignan a esas formas de irrealidad, como si en efecto  se estuvieran ocupando del mundo en general y de nuestras vidas en particular.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada