La figura del vencedor plantando el pie sobre el cadáver del enemigo derrotado o de la presa capturada es anterior a los seres humanos: el tigre exhibiendo su poder con la garra sobre el cuerpo sangrante del antílope es, si se quiere, un emblema.
De ahí en adelante, adaptada al tiempo y al lugar, la imagen ha tenido cientos de réplicas : el jefe de la tribu exhibiéndose frente a los suyos junto a un montón de tibias y cráneos. El conquistador de lejanos mundos saludando al frente de una pirámide sangrienta de cuerpos atravesados por lanzas. Los militares aliados haciéndose fotografías entre las ruinas de los campos de exterminio nazis. Stalin y sus legiones haciendo lo propio con los detenidos y asesinados por el régimen. Lo importante es tener una imagen amenazante para mostrarle al mundo.
De modo que cuando el presidente de Colombia pronuncia discursos frente a las cámaras junto a los cadáveres de personas abatidas por la fuerza pública no está descubriendo nada. Por algo durante su campaña se hizo llamar “El Tigre”. Ni siquiera es novedad utilizar las redes sociales para multiplicar las imágenes con el fin de llegar en principio a quienes lo eligieron (“Miren como les cumplo”) y , sobre todo, a sus opositores (“¡ Cuidado, esto le puede pasar a usted!”). Juntar y mostrar cadáveres ha sido una de las prácticas favoritas de quienes detentan el poder. Las imágenes de Hiroshima y Nagasaki destruidas siguen teniendo efecto entre quienes están bajo la injerencia de los Estados Unidos de América ahora que Trump quiere cubrir con la bandera de su país y bautizar con su nombre muchos lugares del mundo.
Ustedes recordarán aquellas imágenes del foto periodista independiente James Foley, en apariencia decapitado por el grupo Estado Islámico el 20 de agosto de 2014, en un hecho transmitido por las redes sociales como una postal en vivo y en directo del horror.
Bien sabemos que las masas respaldan y adulan al bravucón. Sus palabras y prácticas hacen que se sientan protegidas. Eso tampoco es nuevo: la ciencia nos muestra con múltiples ejemplos el rol del macho alfa en el rebaño, un papel que en los humanos es potenciado por la fama o el poder religioso, económico, político o cultural.
A lo largo de su historia Colombia ha sido pródiga en juntar cadáveres con múltiples pretextos ( la defensa o refundación de la patria, los “ valores democráticos” o la reivindicación de la familia, la propiedad privada y la tradición, entre ellos). En la Guerra de los mil días fueron alrededor de cien mil muertos mal contados ( para entonces la estadística era una disciplina pobre); en la Violencia de liberales y conservadores los números mejoraron: se habla de unos trescientos mil muertos, la mayoría de ellos campesinos fanatizados por la dirigencia de sus partidos. Más adelante, el conflicto armado entre guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes y fuerzas del Estado dejó, según el Centro de Memoria Histórica, 262.197 muertos ( no sabemos si sumaron los 6402 asesinatos bautizados como “ falsos positivos), aunque las cifras no han dejado de aumentar.
Lo anterior, sin contar las Guerras Civiles del siglo XIX: Federalistas y Centralistas, Guerra de los Supremos, Guerra Civil de 1851 y 1854, Guerra Magna, Guerra de las Escuelas y Guerra Civil de 1884 a 1885. Como pueden leer, nuestra experiencia en juntar cadáveres es de vieja data, como lo es tan bien nuestra desmemoria : basta con que aparezca un caudillo, independiente de sus pretextos o de su filiación ideológica, para que el rebaño salga a respaldarlo con un inesperado caudal de votos. Una vez instalado en el poder, aplaudirán sus acciones violentas, llámense “ falsos positivos” o defensa de “ La Patria Milagro”. Así somos.
Sobre los asesinados en las guerras civiles del siglo XIX escasean las cifras, pero no hay duda de que aportaron lo suyo al levantamiento de esa pirámide de muertos que debería hacer parte de nuestro escudo nacional.
“Fueron más de tres mil “ dice una voz en Cien años de Soledad; “ Aquí no hubo ningún muerto”, replica otra parodiando los comunicados oficiales del gobierno de Miguel Abadía Méndez, después de la Masacre de las Bananeras ocurrida el 6 de diciembre de 1928 en Ciénaga (Magdalena) territorio controlado por la United Fruit Company, empresa instigadora de la agresión.
Esa ha sido la constante histórica: negar o minimizar las muertes como estrategia para despojar de peso específico el impacto de las decisiones y políticas gubernamentales. De ahí el empeño en postular la inexistencia de un conflicto armado. La ecuación es pavorosa: si no hay conflicto, no hay víctimas. Si la guerra es una ficción, el horror derivado de ella lo es a la enésima potencia.
Y aquí llegamos al hondo sentido de las exhibiciones del presidente de Colombia : los únicos muertos que valen aquí son los míos, los que he empezado a cazar en cumplimiento de mis promesas. En otras palabras, mis presas. Los otros son, a duras penas, simples números. Insumos para los noticieros. Así que ustedes, mis fieles devotos, pueden dormir tranquilos hasta la próxima emisión. Felices sueños.
PDT les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=6cB0TjOJwCY



























