Les comparto enlace a la conversa El rock & roll todavía es para mí, realizada en la Biblioteca Comfamiliar de Pereira.
https://www.youtube.com/live/oqWwzfnApDM
Gustavo Colorado Grisales
Les comparto enlace a la conversa El rock & roll todavía es para mí, realizada en la Biblioteca Comfamiliar de Pereira.
https://www.youtube.com/live/oqWwzfnApDM
Blasfemar era el verbo favorito del escritor pereirano Silvio Girón
Gaviria. La blasfemia, en su más puro
sentido, definía su ser y estar en el mundo. Abjurar de todos los poderes
establecidos de este mundo y del otro era la esencia misma de la vida de este hombre de pluma
rápida y feroz, dotada de un olfato especial para detectar el hedor que se
desprende de todas las formas de poder.
En las estaciones de radio, en sus columnas de los periódicos, en sus
libros y folletos alentó siempre el espíritu indomable del que se resiste a
creer en la palabra de quienes “Tienen la sartén por el mango… y el mango
también”, según canta la gran Susana Rinaldi.
Lo de pluma rápida y feroz no es una figura literaria. Sus familiares cuentan que se acomodaba
frente a su vetusta máquina de escribir y borroneaba cuartillas con el ímpetu
del que necesita con urgencia sacarse del alma y del cuerpo una legión entera
de demonios. Tal como salían de la Olivetti las imprimía o las leía en las estaciones de radio que lo utilizaban
para decir lo que sus propietarios o periodistas no se atrevían. Con el paso de
los años su palabra dejó un rastro que, entrada la tercera década del siglo
XXI, constituye un documento invaluable para asomarse a los muchos rostros de
una Pereira que se debate entre la nostalgia por la aldea que fue y el
envanecimiento por la metrópoli que no es.
El periodista, investigador y profesor Abelardo Gómez Molina, riguroso
editor por lo demás, se propuso seguir las huellas que Girón Gaviria dejó a su
paso por la ciudad. Porque el escritor
era sobre todo eso: un caminante de las calles y un frecuentador de los antros
donde se advierte el pulso de una comunidad. El resultado es el libro titulado Silvio
Girón Gaviria: Vida y obra de un rebelde
con causas, publicado por la Secretaría de Cultura de Pereira y su
Biblioteca “Ramón Correa Mejía” en diciembre
de 2025 bajo el sello La
Chambrana.
Sin necesidad de teorías al uso, en los textos de Silvio Girón Gaviria las
fronteras entre los géneros se diluyen atendiendo a las urgencias del relato. A
veces cuentos, a veces crónicas, en otras ocasiones viñetas o artículos de
opinión y en algunos casos novelas breves. Lo importante para él siempre fue
recrear la materia viva de que estamos hechos los transeúntes de este
desopilante lugar llamado tierra. Por encima de todo lo suyo fue el mundo de
los marginales, de los excluidos; esa franja siempre creciente de barrios de
miseria alimentada con él éxodo de los campesinos expulsados desde pueblos y
veredas por sucesivas violencias o animados por las expectativas de estudio,
trabajo y servicios en las capitales.
Es por eso que, en la página 33 de su trabajo sobre Girón, Abelardo Gómez
cita al escritor español Pedro José Palacios, residente en Colombia a comienzos
de los setenta, quien en su prólogo al libro Que griten las paredes
(1972), escribe: “Un nuevo libro de Silvio Girón no puede ser sino lo que
esperábamos que sea: otro testimonio de la época que le ha tocado conocer
directamente. El autor nació en el mismo escenario que describe un día tras
otro".
En su búsqueda Abelardo Gómez Molina visitó bibliotecas, revisó archivos,
hurgó en hemerotecas y consultó a quienes en algún momento compartieron la
aventura vital y literaria del autor de La ninfa de los parques. El
resultado es una amalgama de textos y voces que en 81 páginas de pequeño
formato nos revelan algunas razones para entender la visceral escritura de
Girón, que produjo fascinación y repulsa a partes iguales. Entre otras cosas, el lector se
pregunta si, de haber contado con un buen editor y corrector de estilo que le
pusiera orden a tanto vértigo, su obra no merecería hoy una atención distinta a
la de lo meramente anecdótico. En su defensa, podemos conjeturar que el ritmo
de su escritura obedecía al frenesí de un poblado que a troche y moche se transformaba en ciudad intermedia, con todas las cosas buenas y
malas que eso acarrea.
En el primer párrafo de su investigación, Abelardo Gómez advierte:
La vida de cualquier persona puede tejerse a partir de dos miradas, muchas
veces antagónicas: la del individuo de carne y hueso que está plagado con los
claroscuros que nos deparan las mezquindades de la vida rutinaria o, mejor aún,
la de aquél que a partir de sus propósitos- eso que en el romanticismo llamaban
ideales-, con la exacta concreción de los mismos en su obra, sienta las bases
del desciframiento interior. En Silvio Girón Gaviria no hay tal disyuntiva: su
vida y su obra se confunden en un solo propósito: la plenitud de la coherencia,
quizá el estado ideal al que cualquiera desearía llegar.
Claroscuros, mezquindades, ideales, desciframiento, coherencia. Esos cinco conceptos definen con precisión la ruta de
viaje de Silvio Girón. La misma que Abelardo Gómez decidió rastrear para
devolvernos una semblanza del hombre y el escritor que a bordo de su máquina de
escribir tejió una postal de la ciudad
que fue el motivo de sus dichas y desvelos
Desde los tiempos de la conquista, la figura del cronista que cruza el océano para dar cuenta de lo que vio en mundos recién descubiertos es un tópico en la literatura y el periodismo. De paso, define una manera de ver las cosas: la del contador de historias que ve la vida como un palimpsesto revelador de sorpresas a cada instante.
Muchas cosas han cambiado desde entonces. Ya no se tiene que viajar en
barco y sortear tormentas antes de llegar al destino propuesto. Los contadores
de historias de estos tiempos se enfrentan a otro tipo de tormentas: las de la
geopolítica y la desinformación que cunden por todas partes. Las armas de todos
los poderes se han vuelto sofisticadas y el reportero debe caminar sobre campos
minados.
Con todo, algo permanece: la voluntad de descorrer los velos que ocultan
las intenciones de los poderosos en todos los rincones de la tierra. Los
asedios de los imperialismos, los horrores del narcotráfico y la trata de
personas, la persecución a los disidentes, las viejas y nuevas formas de
dictadura, las guerras que se multiplican en todos los puntos cardinales o las
renovadas formas de noticias falsas constituyen un desafío permanente al coraje
y la inventiva de los periodistas surgidos o consolidados en lo que va del
siglo XXI.
Siguiendo una constante desde los tempranos días de su fundación en 1863,
Pereira ha sido una ciudad en permanente contacto con los prodigios y horrores
que convulsionan cada día la faz del planeta. De ello dan cuenta las
publicaciones surgidas en las primeras décadas del siglo XX. A su modo, los
periódicos se las arreglaban para mantener a sus lectores enterados de
acontecimientos tan decisivos para la humanidad como la Primera Guerra
Mundial o la Revolución Bolchevique.
El periodista Henry Orrego- durante más de dos décadas corresponsal de
France Press en América Latina- se propuso seguir el rastro de esas formas de
contar y su expresión en un grupo de colegas nacidos o formados en Pereira que
hoy trabajan en distintos medios del mundo. El resultado es una selección de
textos y reseñas biográficas con un título elocuente: Periodismo de
exportación: corresponsales extranjeros nacidos en Pereira, obra publicada
en La Chambrana, colección de bolsillo editada por la Secretaría de
Cultura de Pereira y su biblioteca “Ramón Correa Mejia” a comienzos
de 2026.
La selección de textos y autores estuvo precedida de una rigurosa tarea
enfocada a ubicar a los periodistas en sus actuales lugares de residencia y
trabajo para concertar entrevistas y tener acceso a su manera particular de
ejercer el oficio. Al final resultaron siete
crónicas , reportajes y testimonios que le permiten al lector tener una mirada
panorámica del mundo de hoy desde el estilo y las técnicas de quienes un día
partieron de Pereira y se hicieron a un sitio en medios de comunicación de gran
influencia internacional como CNN o BBC Mundo.
Son ellos Catalina Gómez (Una defensa apasionada del periodismo);
Jennifer Montoya (Los periodistas no somos amigos del poder); Juan
Carlos Pérez Salazar ( México y el infierno de la trata de mujeres);
William Restrepo, constructor del periodismo televisivo en español de EEUU;
Javier Amaya (Lino Gil Jaramillo en el radar del FBI); John Jairo Posada
Castaño ( El día en que los gringos me hicieron rezarle al milagroso de Buga)
y Henry Orrego ( Y Pinochet se levantó de la silla de ruedas).
Al recibir el premio “David Berbian” otorgado en
octubre de 2025 en España por su tarea
como reportera de guerra en Ucrania y Oriente Medio, Catalina Gómez expresó lo
siguiente:
Creo que
ustedes nos apoyan no solo porque nos quieren, también porque entienden la
importancia de contar el mundo, sobre todo contar esas realidades que muchos no
se atreven o no quieren contar. Porque con la situación en la que nos
encontramos necesitamos de todas las miradas posibles y ojalá enormemente
diversas, para poder descubrir y entender lo que pasa y no dejar que el relato
quede en manos de una sola voz o de una visión sesgada que solo replica la
narrativa del sistema que las sostiene. O peor aún, que ese relato quede
silenciado por la ausencia de periodistas que se atrevan a meterse en lo más
profundo para poder contarnos aquello que creen importante.
Estamos ante una
declaración de principios que, por lo demás, es común a todos los periodistas
reconocidos o anónimos que asumen su tarea con honestidad y valentía, y por eso le permiten al consumidor
de información tener una mirada en perspectiva del mundo que lo rodea. Desde
Londres o Miami, desde Seattle o Irán esta selección de textos y autores se nos
ofrece a modo de caleidoscopio que entre dichas y desvelos facilita una
aproximación a los múltiples rostros de un Mapamundi ( permítanme ese
anacronismo en tiempos de Google Maps y la I.A) donde la Guerra
Fría nunca terminó, porque la caída del Imperio Soviético abrió en realidad
las puertas para un nuevo invitado al banquete (China) y hoy padecemos sus
consecuencias.
Promediando el siglo XX, el estadista colombiano Darío Echandía nos recordó que “Un partido político es un proyecto de sociedad en movimiento”. Mal que bien, quienes aspiraban a gobernar tenían en mente una idea de ciudad, de región, de país y trataban de llevarla a cabo en la medida en que un gobierno se da en el mundo de lo posible, ya que no en el de lo deseable
Con el rápido desarrollo de los
medios de comunicación audiovisuales y la entronización definitiva de Internet,
el ejercicio de la política devino puesta en escena de una imagen de mandatario
diseñada a la medida de los deseos, los miedos, las ilusiones y las
expectativas de una masa cada vez más desprovista de sentido crítico para
discernir entre una suma de
propuestas más parecidas a los
productos expuestos en un supermercado
que a un planteamiento serio y bien fundado en ideas y alternativas para
sociedades urgidas de grandes soluciones.
Despojadas de contenido, las campañas
políticas se nos aparecen ahora como un colorido portafolio destinado a
satisfacer los deseos de segmentos de sociedad cada vez más delimitados por las
agencias de publicidad y mercadeo político. En ese escenario ya no se necesita estudiar con rigor el rol de
las múltiples fuerzas que intervienen en la configuración de una sociedad
(políticas, culturales, sociales, étnicas, religiosas, económicas).
Las Agencias de Comunicación
Política (así las llaman) acabaron por suplantar a esos juiciosos
pensadores que asesoraban a quienes pretendían gobernar a sus ciudadanos. El
ropaje suplantó así a las ideas, convirtiendo al político en un payaso capaz
de superar los límites del ridículo con
tal de cautivar a una masa acrítica.
Así las cosas, lo que en tiempos de la Guerra fría se conoció como “aparato ideológico” ( independiente de lo que eso signifique), fue desterrado para poner en su lugar un sistema de signos heredado primero de los programas de concurso donde los asistentes votan por un producto y al final son recompensados con “muestras gratis” del mismo. Más tarde, los políticos aparecieron haciendo el papel de cuenta chistes, aupando a su vez a los orientadores de ese tipo de programas hacia la arena política (¿Recuerdan a Alfonso Lizarazo y su fiasco como congresista?).
En la década del sesenta el pensador francés
Guy Debord (1931- 1994) advirtió en su libro La Sociedad del Espectáculo
sobre el rápido deterioro de los criterios de valoración utilizados por los
seres humanos y sus líderes para medir y dimensionar el grado de evolución de
las sociedades de las cuales formaban parte. En ese contexto, las ideas y el
correspondiente debate fueron reemplazados por un juego de espejos diseñado
desde los centros de poder para encandilar y desviar de su camino a quienes
luchaban en procura de transformaciones sociales grandes o pequeñas. De ahí a
la certeza de la revolución traicionada mediaba sólo un paso.
Las intuiciones del francés no andaban lejos:
cuando Ronald Reagan ( un mediocre actor de cine que apareció en películas del
oeste) se convirtió en el gobernador
número 33 de California en 1966 , para alcanzar después la presidencia de
Estados Unidos en 1981, estaba allanando el camino para la colonización de la
política por parte de la industria del espectáculo.
En efecto, el viejo concepto de
electorado se volvió anacrónico y fue reemplazado por el de audiencia, lo que
no es un asunto menor: el elector supone alguna medida de participación,
mientras la audiencia está predestinada a aplaudir y por lo tanto a validar lo
planteado en el escenario, por absurdo o demencial que resulte. No es casual entonces que los políticos
canten, bailen, se meneen, utilicen pelucas o muestren el culo como el
colombiano Mockus en su momento, si con ello consiguen seducir al auditorio:
votos son amores.
Visto, así, lo del músico Bad
Bunny – Vega Baja, Bayamón, Puerto Rico, 10 de marzo de 1994- en la más
reciente edición del SuperBowl- una suerte de fetiche de la sociedad del
consumo y el derroche- es apenas otro capítulo de la migración de la política
hacia el reino del espectáculo. Carentes de ideas en consonancia con las
necesidades de la sociedad los gobernantes acabaron depuestos por ídolos
fabricados en serie por el mercado del entrenamiento. Es de tal tamaño el
vacío, que la puesta en escena de Bad Bunny tuvo más efecto que los textos de
miles de editorialistas y columnistas de opinión a los que nadie nos lee. La parábola es clara: sin ser nada del
otro mundo desde el punto de vista musical, la propuesta del portorriqueño
resultó más contundente que las contorsiones y el tono iracundo de Donald
Trump, que de manera bastante retorcida
quiso hacer del odio al extranjero en un país hecho por inmigrantes la extraña
fórmula para “hacer a América grande de nuevo”.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:
https://www.youtube.com/watch?v=G6FuWd4wNd8
El " escorpión" de Hugo Gatti
Ya les he contado que, en mis remotos tiempos del bachillerato, solía cruzarme en el paradero de buses con tres brillantes jugadores del Deportivo Pereira y del fútbol colombiano: Hernando García, portero o “ cancerbero”, como decían los cronistas deportivos de esos tiempos; Oswaldo Calero, volante de marca caza tobillos y Jairo “ El maestrico” Arboleda, uno de esos genios silvestres que siempre guardaban en la manga el as capaz de resolver la situación más difícil : una gambeta imposible, un “túnel”, un “taquito”, un “sombrero” o una “bicicleta”. Para entonces, el fútbol no había sido invadido por el hongo de la corrección política, ligada a la conversión del juego en un negocio de dimensiones planetarias.
El encuentro siempre se daba a eso de las cinco y cuarenta y cinco de la
mañana. Yo me dirigía al colegio Deogracias Cardona y ellos, ebrios de ron y de
salsa brava, aguardaban la ruta que los conducía a los entrenamientos en el
estadio “Alberto Mora Mora”, el viejo “ Fortín de Libaré” que vio caer al
mismísimo Millonarios de Pedernera , Cozzi y Di Stéfano, conocido como “ El
ballet azul”. Los tres- Calero, García y Arboleda- amanecían bailando en un
sitio de malandrines y rumba dura llamado “Copacabana”, regentado por una mujer
de mano implacable de nombre Bernarda, que
solía calmar a los borrachos díscolos esgrimiendo un machete de marca Incolma,
de donde se derivó la palabra
“Incolmazo”. Nuestros héroes llevaban los botines colgados al cuello y se
sacaban del cuerpo el alcohol consumido mediante entrenamientos que duraban toda la mañana bajo un sol de
justicia.
Los jóvenes de hoy, habituados a ver en las redes sociales a Cristiano
Ronaldo a bordo de su avión privado, a Messi dorándose al sol en su yate y a
James Rodríguez pilotando su Ferrari por alguna autopista, no me creen cuando
les digo que los futbolistas de hace medio siglo viajaban en bus. Poco importa
si les recreo con palabras- poco confían en las palabras estos hijos de las
imágenes- a los paraguayos Aurelio Valbuena, Mario Rivarola y Apolinar
Paniagua, colgados como cualquier parroquiano en un bus de Urbanos Cañarte
repleto hasta las banderas de oficinistas, estudiantes y trabajadores de la
construcción.
Los futbolistas mencionados no eran la excepción. Empezando por los más
geniales, eran poco más o menos que
marginales sospechosos de vagancia y cosas peores. Los jefes de familias bien
entraban en pánico si sus retoños se inclinaban por ese juego o si sus hijas,
seducidas por una gambeta inconcebible, mostraban algún interés por uno de esos
delincuentes en potencia. Muy distinto a estos días de futbolistas billonarios
y glamorosos cuyo estilo de vida es un modelo a seguir, aupado por las escuelas
de fútbol que se multiplican por todas partes al ritmo de la codicia de
empresarios, entrenadores, periodistas deportivos y padres de familia.
Con el advenimiento de la nueva era, la locura en el fútbol fue proscrita.
Ese cruce entre deportista, poeta y malandrín empezó a ser borrado de las
canchas. Esos bohemios entrañables que lucían melenas desordenadas, llevaban
las medias abajo, la camiseta afuera y guardaban en el baúl todo un catálogo de
jugadas que rozaban la belleza pura fueron prohibidos en el reglamento. Asumido como una empresa con todo y su
tecnocracia, el juego se volvió atractivo para todos: los pobres vieron allí
una oportunidad de redención, las clases medias una nueva herramienta de
ascenso y los ricos otra manera de
acrecentar el capital. Justo en ese momento, la televisión, la publicidad, el
mercadeo y las casas de apuestas jugaron sus cartas. Los futbolistas debían
cuidarse para hacer rentables las inversiones. De ahí que la carrera
profesional se extienda hoy hasta donde el cuerpo permita facturar. Por eso las
grandes estrellas tienen entrenadores, médicos y cocineros personales.
Los voceros de la doble moral lo
sentenciaron: los futbolistas que no se cuidaron terminaron mal. Y citan genios
como Houseman, Pedro Alexis González – apodado con saña como “ El borracho”-
Omar Orestes Corbatta- otro borrachito incorregible-, el salvadoreño “ Mágico”
González y al mismo Maradona, así como a los arqueros Higuita y Gatti, salvados
por alguna divinidad cuando transitaban al borde del abismo. En el bando de los
ejemplares ponen a Pelé, a Messi y a Cristiano. En el caso colombiano ubican de
un lado a Víctor Campaz o a Henry Caicedo y en el otro a James Rodríguez y Luis
Díaz. Millonarios glamorosos y bohemios indomables conforman así los polos
irreconciliables para los modelos al uso. Poco importa si ni siquiera los más
brillantes de hoy pueden hacer un “túnel”, un “sombrerito” o una “bicicleta”
sin volverse reos de violación a los derechos del rival burlado.
“Sólo para locos. La entrada le cuesta la razón”, leemos en la ya olvidada
y acaso también proscrita novela de
Herman Hesse, titulada “El Lobo Estepario”.
Se me ocurre que esa frase pudo haber lucido muy bien a la entrada del
camerino de uno de esos viejos estadios donde
veintidós tipos- algunos de ellos poseídos por el delirio- se preparaban
para hacer de la tarde propia y ajena una fiesta interminable.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:
https://www.youtube.com/watch?v=os4k2Zu7EB4
El 20 de julio de 1921 un hombre remite desde Pereira, Caldas, Colombia, una carta dirigida a Anatole France y Henri Barbusse, directores del grupo Claridad en París. El primero es el autor de libros como La isla de los pingüinos, los dioses tienen sed y La rebelión de los ángeles, que le valieron el Premio Nobel de Literatura ese mismo año. El segundo fue un escritor, periodista y militante comunista francés autor de libros como Infierno, Bajo Fuego y Stalin, un nuevo mundo visto a través de un hombre.
En el tercer párrafo de la carta leemos:
Así como vosotros, yo me dirijo con fervoroso entusiasmo hacia la hermosa
París en busca de vuestras ideas para alimentar mi pensamiento, encauzarlo y
contribuir a la realización de vuestro querer inmensamente filántropo, que os
preocupáis por el porvenir intelectual hispanoamericano.
Para entonces París era todavía el sueño dorado de intelectuales y artistas
en todos los confines de la tierra. Obtener su bendición equivalía a tocar el
cielo. Pereira en cambio era una ignota aldea perdida en las montañas
colombianas, refundada en 1863.
El remitente de la carta, publicada en El bien social, era un señor
llamado Eduardo Martínez Villegas. La pregunta obligada es: ¿Qué hacía este
hombre carteándose con dos celebridades reconocidas en medio mundo?. Una buena
respuesta podría ser que, contra toda apariencia, en Pereira también pasaban cosas
por esos días. Y sí que pasaban. Ese 1921 llegó el Ferrocarril de Caldas a la
región y con él se tendió un puente entre la aldea y el mundo que permitió
acceder tanto a los recientes desarrollos tecnológicos como a las producciones
literarias, cinematográficas y musicales del momento. Justo en ese año, el 20 de junio, empezó a circular el
periódico La Patria, con sede en Manizales pero con gran incidencia en
Pereira, al punto de servir de modelo a posteriores publicaciones locales como El
Diario, El Impacto, El Imparcial y a revistas como Variedades
o Lengua y Raza. La ciudad ensayaba pues lo que un siglo más tarde se
llamaría Globalización.
De modo que Martínez Villegas estaba como quien dice conectado, para
utilizar una palabra cara a estos
tiempos de internet y redes sociales. De esa inquieta conexión con el mundo surgió una obra crítica que la
colección Destiempo recoge en su tercer número bajo el título de Textos
Recuperados. Porque de eso se trata: de hurgar en viejos baúles y sobre
todo en ese sorprendente baúl que es la
memoria de las personas para traer de vuelta producciones que llevaban décadas sepultadas en
algún cuarto de san Alejo.
En el texto de presentación del libro el poeta e investigador Mauricio
Ramírez Gómez escribe:
La muerte de los escritores se asemeja a un naufragio. Con su desaparición,
sus pertenencias y las versiones sobre ellos se dispersan en todas las
direcciones. A veces, sólo se salvan algunos fragmentos y anécdotas que se
replican de generación en generación. La mayoría se convierten en nombres sin
sentido, en los periódicos y revistas, porque quienes los leyeron y admiraron,
en su época, desaparecieron también. Tal es el caso de Eduardo Martínez
Villegas, reconocida figura intelectual de Pereira durante las primeras tres
décadas del siglo XX.
Martínez Villegas produjo entonces su obra en el tránsito de la aldea hacia
una población un poco más grande que se asomaba, insomne, a los prodigios
y acontecimientos que sacudían al mundo,
entre ellos la Primera Guerra Mundial y la Revolución Bolchevique
que tanto impactaran a France y Barbusse, los escritores a quienes se dirige en
su carta.
Más adelante, en esa misma
presentación, Mauricio Ramírez cita un texto publicado por Abelardo Restrepo
Vélez en el periódico La Tribuna
donde afirma que: “Los
ensayos sobre León de Greiff, Rafael Maya, Daniel Samper Ortega, Miguel Rasch
Isla y Francisco Rodríguez Maya publicados en Mundo al día, El
Gráfico, Universidad y Cromos, revistas estas que son carteras
de gran autoridad, no sólo en Colombia sino también en América, revelan al
espíritu investigador y al escritor infatigable que ya tiene asegurado un
puesto de honor en el templo de las bellas letras y una página de gloria
esculpida en la conciencia de las generaciones vivas”.
Con esas presentaciones, ya podemos adentrarnos en los textos de
Martínez Villegas para tener una muestra
de sus propósitos y alcances, así como de su estilo. En una reseña titulada Libros Colombianos, publicada en El Gráfico de Bogotá en octubre de 1928,
el autor escribe a propósito de Eduardo Nieto Caballero:
“Por sus frutos los conoceréis”, dijo el Cristo, y este apotegma del
primer socialista que intentó establecer entre los hombres la igualdad, habla muy bien de
los libros de Eduardo Nieto Caballero por quien hubiera querido hacer un
estudio exacto de su personalidad vista por sus tres esenciales aspectos: como
ciudadano, como amigo y como hombre de letras. Yo lo he estudiado con paciente
imparcialidad a través de cinco o más de sus libros y en todos aparece el
hombre de un temperamento acorde con lo que de él dicen sus amigos y aun sus
adversarios más encarnizados, sobre todo los pocos que poseen la rara virtud de
la entereza espiritual que permite, sin violentarse moralmente, reconocer los
méritos ajenos como aislando, en cierto modo, la persona que los posee, de su
ambiente”.
Emilio Correa Uribe
Ese tono sostenido se percibe en sus notas críticas sobre Eduardo
Castillo, sobre la poesía colombiana del momento, así como sobre autores pereiranos de
la índole de Emilio Correa Uribe, Carlos Echeverri Uribe, Julio Cano o el
influyente Benjamín Tejada Córdoba, pereirano por adopción. La sobriedad, el elogio sin servilismos
resaltan como impronta de una escritura que hoy sentimos contemporánea porque
no hace concesiones a los vicios literarios al uso.
Al final de estos Textos Recuperados encontramos esta nota publicada
por Lisímaco Salazar en El Diario de Pereira donde, con motivo de la muerte del
escritor el 10 de mayo de 1929, rinde tributo a una vida y obra que, para bien
de nuestro patrimonio cultural y literario, la colección Destiempo acaba de
presentar en su más reciente publicación:
La muerte, esa cosa invisible, esa única verdad de que podemos envanecernos
los mortales, ha tronchado, como una tempestad, la vida de un hombre, la vida
de un artífice, la vida de un arbusto corpulento que empezaba a fructificar.
Pero ¿qué de raro es esto? Cuando hablamos de esa única verdad, es porque todo-
y todos- habremos de caer al peso de su guadaña.
Eduardo Martínez Villegas vivió en este mundo treinta y ocho años, pero
dejó para sucesivas generaciones de lectores más que un puñado de textos que
hoy le permiten al lector asomarse a una singular visión de las cosas en la que
a cada paso se reafirma su condición de hombre de palabra.
PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada :
https://www.youtube.com/watch?v=Nb-WpYtRNI4
Los Estados Unidos parecen
destinados por la Providencia
para plagar de miserias a América en
nombre de la libertad.
Simón Bolívar
El presidente Donald Trump inició su carrera política en un reality show.
Y ese no es un dato menor: ese formato de entretenimiento postula mundos
paralelos a los que la gente se va a vivir a modo de sucedáneo de una realidad
que se le antoja difícil, cuando no insoportable y llena de acertijos. El problema es que, a larga, esa irrealidad resulta tanto o más dura que la de todos los días.
De los realities salen actores, actrices, cantantes, bailarines,
activistas y cientos de figuras públicas. Ya no se necesita pasar por una
escuela de teatro, un conservatorio o una academia de canto donde la disciplina
y el rigor demandan un constante esfuerzo de inventiva y persistencia. A tono
con el vértigo de los tiempos todo es rápido y ya, al mejor estilo del mundo express.
Así las cosas, el mundo ya no es el
teatro donde los dioses medían sus fuerzas sino el espectáculo donde todo se
consume con tiempo apenas de pasar al siguiente acto.
A los políticos de estos tiempos, con Trump a la cabeza, les fascina esa
inmediatez aureolada de una sensación de eficiencia que cautiva al receptor de
información. Por eso su reino es el de las redes sociales donde el reenviar
y el me gusta multiplicados hasta el delirio impiden la necesaria pausa
para pensar y tomar decisiones. Las vibraciones de TikTok suplantan al
pensamiento. A la izquierda o a la derecha del espectro político se da el mismo
fenómeno. Eso explica que los
gobernantes ya no necesiten a su lado grandes consejeros o sabios que les
sugieran el rumbo a seguir. En su lugar cuentan con equipos completos de
expertos en imagen y redes sociales.
Es la era de los tipos que parecen duros y contagian con su aire de comerse
el mundo. Sus maneras alimentan el depredador acobardado que todos llevamos
dentro. El reciente secuestro de Nicolás Maduro por parte de Trump y sus
fuerzas de seguridad es una prueba clara de esas prácticas. Rápido, quirúrgico
y con un formato perfecto, nada tiene que envidiarle al más exitoso de los realities
o series de Netflix. A propósito, sospecho que alguien ya está
escribiendo el guion de La Operación Maduro, con preventas que pronto
empezarán a operar en la bolsa.
Pocas personas en el mundo- salvo sus cómplices y favorecidos- estarán a
esta hora dispuestas a defender al ex supremo y ahora suprimido gobernante
venezolano. Los fraudes electorales, las violaciones a los derechos humanos, la
persecución a los opositores, el derroche y la corrupción anulan de entrada
cualquier tentativa en ese sentido.
Pero de ahí a postrarse de rodillas y saludar con aplausos la invasión-
porque de eso se trata: de una invasión- media un trecho muy grande. Amparado
en su discurso de Make America Great Again Trump puso en marcha en
Venezuela una prueba piloto que no
dudará en replicar cuando los juegos de poder que representa consideren de su
interés algún lugar de la tierra. En este y otros casos, si renunciamos al
pensamiento crítico pasaremos por alto, como lo han hecho tantos, que estamos
ante una violación de los principios
del Derecho Internacional.
En este último aspecto reside la clave de todo. Cuando de bellaquerías se trata los pretextos nobles abundan: defensa de la libertad, de la democracia, de los derechos humanos o del Estado. Es decir, los mismos valores que tipos como Trump, Milei o Bukele están destruyendo en sus propios países. Las motivaciones, claro, son otras: petróleo, tierras raras, agroindustria, minería, recursos hídricos o posición estratégica en el mapa. La vieja codicia imperialista se reinventa cada vez que la dinámica del sistema lo requiere. De las repúblicas bananeras o cafetaleras gobernadas por tiranos iguales o peores que Nicolás Maduro consentidos por Estados Unidos hasta los caudillos de hoy sólo media una cuestión de ropaje y tecnología. Visto así, el lenguaje bravucón de Donald Trump, tan celebrado por las derechas en el mundo, en nada se diferencia del I Took Panamá pronunciado por Theodore Roosevelt ante el congreso de su país después de la invasión a Colombia.
“Cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”, dice un viejo proverbio latino citado por Sebastián de Covarrubias en 1611. Encandilados por el reality Maduro que copa todas las audiencias desde el pasado 3 de enero, bien haríamos en volver a esa sencilla forma de sabiduría para recordar que mañana bien podríamos ser nosotros. El pretexto es lo de menos.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:
https://www.youtube.com/watch?v=Iz6svH0jWWI