martes, 17 de enero de 2023

La invención de América Latina

 



 Como siempre, son las guerras y su reacción en cadena que repercute en todas partes las que nos empujan a tratar de comprender la esencia de un país, de un pueblo, de un continente.

 

¿Quiénes son esos tan distintos y tan parecidos a nosotros, que nos atacan o se matan entre si? Es la primera pregunta que nos hacemos ante el advenimiento de la fatalidad encarnada en una legión de guerreros dispuestos a borrarnos de la faz de la tierra.

 

Aunque, a menudo, nos corresponde el papel de ser la fatalidad de otros que se hacen la misma pregunta.

 

En el intento de responder a esa pregunta, nos acostumbramos a hablar del “alma” europea, china, alemana, japonesa o norteamericana.

 

Rara vez hay acuerdos. Unos ubican el alma nacional en la organización política. Otros en el modelo económico, unos cuantos en la música y la religión y todos en la cultura.

 

El continente del que hacemos parte, nombrado así en honor a Américo Vespucio, no es ajeno a esa condición. La pregunta surge una y otra vez desde el Río Grande hasta la Tierra del Fuego. ¿Quiénes somos? ¿Qué nos une? ¿Qué nos diferencia? En suma: ¿ Existe algo que, con fundamento, pueda llamarse América Latina?.

 

Aventurarse a responder implica establecer líneas comunes entre un guatemalteco y un argentino; un brasileño y un chileno; un nativo de Martinica y un boliviano. Eso para no hablar de la pregunta por lo que significa ser mexicano o colombiano.



 

 

A lo largo de nuestra historia hemos intentado hallar la respuesta. Por supuesto, cuando creemos haber dado con ella, no puede más que conducirnos a otras preguntas. En esa búsqueda, se han escrito y publicado cientos de libros: excelentes, buenos, regulares, malos y absurdos. Por eso resulta tan grato encontrarse con la obra Mariposas amarillas y los señores dictadores, América Latina narra su historia, de la investigadora alemana Michi Strausfeld (1945), publicada en 2021 por el sello Debate.

 

Filóloga de profesión, Michi Strausfeld sabe que los orígenes de todas las literaturas son inciertos. Eso es lo que hace tan fascinante el oficio de seguir su estela hasta encontrarse con una madeja de mitos y leyendas que siempre remiten más atrás en el tiempo.

 

De entrada, la autora fija el umbral de su obra en los confines del mito. La mariposas amarillas que anuncian la presencia de Mauricio Babilonia en Cien Años de Soledad hace tiempo trascendieron los límites del libro: pertenecen a esa dimensión de misterio que identifica a la gran poesía, desde los aborígenes hasta nuestros días, cruzando las literaturas de los cinco continentes.  Si el lector quiere, puede toparse con esas mariposas en Las Mil y una noches, en el Marte de Ray Bradbury, en el Antiguo Testamento, en El Quijote o en Alicia en el país de las maravillas. Después de todo, su reino no es de este mundo y sus únicas leyes son las de la imaginación.

 

Piedra del sol



 

Con esa certeza, la investigadora se plantea un gran desafío: descifrar y ayudarnos a descifrar algunas claves de la existencia en este lado de la tierra, tan exuberante y disparatado que, según la ensayista venezolana Susana Rotker, obligó a los escribas de los primeros conquistadores a inventar  un género literario que al menos se acercara   a su desmesura: la crónica.  Por el momento, esas claves no las buscará en los tratados de historia, tan útiles en otras circunstancias. Michi Strausfeld se propone escuchar la voz de los escritores de estas tierras, desde los tiempos precolombinos hasta los más recientes autores, abrumados por violencias y corruptelas de toda laya que descomponen y desangran a sus países.

 

Así que se remonta a las cosmogonías consignadas en la Piedra del Sol, ese monolito que no cesa de alentar nuevas interpretaciones. Poetas, narradores, sacerdotes y cantores han creido encontrar allí el destino cifrado del continente, oscilando siempre entre el anhelo de hacerse uno con el sol y el llamado de la parte más sólida de la tierra: la piedra.

 

A partir de ese punto asistimos a un viaje que nos llevará por la Selva Lacandona- la de los mayas y la del Subcomandante Marcos, la Centroamérica de los hombres de maíz y de los pandilleros de la Mara Salvatrucha y Barrio 18, hasta alcanzar la tierra de Simón Bolívar y José de San Martín, la del Gaucho Martín Fierro, de Carlos Gardel y Diego Maradona, los últimos mitos que le dan algún sentido a la eterna desazón de los argentinos y, en buena medida, la del continente entero.

 

¿Y dónde dejamos al Caribe? Dirán los lectores, en sintonía con las preocupaciones de Michi Strausfeld. ¿Qué tan latinoamericanos son esos pueblos, resultado de la convergencia de indígenas como los taínos, negros esclavizados en África, piratas ingleses, franceces y neeerlandeses, exiliados de oriente medio, misioneros y aventureros españoles, aparte de otras tantas sangres mezcladas y vueltas a mezclar?

 

Bueno, esa es la cuestión: hallar la conexión entre un nativo de las Bahamas y un  vaquero de los llanos orientales de Colombia. Eso es lo que nos plantea la autora alemana en su libro. Por lo pronto, ya lo advirtió de entrada en la presentación, no por casualidad subtitulada Novelas que escriben la historia. Así que no se trata sólo de autores que escriben una historia. Lo suyo es la reescritura de la historia en clave de ficción. Ese recurso, ya lo sabemos, les permite a los escritores volver de revés los archivos de los expertos para adentrarse en un mundo lleno de riesgos , sin más instrumentos que una sarta de metáforas.



 

Las mariposas amarillas entre ellas, claro. La otra es la figura del poder y su manifestación terrenal más mortífera y deleznable a la vez: el dictador. A caballo entre el profeta, el místico y el criminal a secas, los dictadores han dejado su impronta de miedo y dolor en todos los caminos de este continente. Basta fijarse en la cantidad de monumentos levantados en las plazas a la memoria de hombres cuya marca distintiva es la sinrazón. Desde la aldea más pequeña hasta metrópolis como Ciudad de México, Buenos Aires o Sao Paulo, la figura en bronce de patriarcas armados con sables y pistolones es omnipresente. El mexicano Santa Anna y el nicaragüense Somoza; el dominicano Trujillo o el argentino Perón; el paraguayo Stroessner o el venezolano Pérez Jiménez.

 

Es como si un continente a la deriva clamara por la presencia de un guía que lo ayude a superar sus turbulencias: las de la política y las de su propia alma. Para García Márquez, autor de novelas de dictadores y amigo de dictadores él mismo, este es nuestro único gran mito latinoamericano. Y le asiste toda la razón, a juzgar por el número de grandes escritores que se han ocupado de recrearlo en toda la dimensión de sus miserias. El guatemalteco Miguel Ángel Asturias en El señor Presidente; el peruano Vargas Llosa en La fiesta del Chivo; el argentino Tomás Eloy Martínez en La novela de Perón; el paraguayo  Augusto Roa Bastos en Yo el supremo y el propio García Márquez en El otoño del Patriarca para mencionar sólo a cinco.




 

Claro que entre nosotros el dictador es mucho más que una metáfora: ha sido y es la punta de lanza de los imperialismos que se han propuesto hacer de las riquezas del continente su más preciado botín. Los escritores chilenos que se han encargado de convertir la pesadilla de Pinochet en ficciones tienen bastante que decirnos al respecto.

 

 

Entre la fábula y el horror



 

Al igual que el Caribe, la historia de Brasil y sus literaturas merecen un capítulo aparte en el libro. Si la pregunta   por una improbable identidad latinoamericana ya resulta  problemática, la de Brasil lo es por partida doble. El dominio portugués, la oleada de sucesivas inmigraciones motivadas por el tráfico de esclavos, la minería y la inagotable fuente de recursos que supone la selva amazónica, desembocaron en una mixtura de etnias, lenguas y creencias religiosas que a veces hacen de Brasil un país más próximo a Nigeria o a una isla de las Antillas que a su vecina Perú, por ejemplo.

 

Una vez más, y según la mirada de Michi Strausfeld, sólo la los escritores pueden  aproximarnos a ese turbulento caleidoscopio. Machado de Assis, Jorge Amado, Guimaraes Rosa o el músico y novelista Chico Buarque consiguen en sus relatos dar cuenta de esa síntesis de fábula y horror en la que los dictadores impartían clases de tortura a sus iguales latinoamericanos mientras O rey Pelé obraba auténticos prodigios con la pelota en una cancha de fútbol.

 

Porque la gran literatura, al tiempo que alcanza las cotas más altas de poesía, se nos revela también en toda su dimensión política.

 

Para Strausfeld la literatura no es un asunto de solistas. Las novelas, cuentos, aforismos, canciones y poemas, conforman un gran coro universal en el que el todo no es la suma de las partes: es el resultado de la relación y el diálogo entre las partes. Por eso se dedicó, con la paciencia de esas tejedoras que urdían en el trenzado de las mantas la historia de sus pueblos, a recoger y estudiar en cada viaje los libros que amigos y estudiosos ponían en sus manos, desde las publicaciones más humildes hasta los grandes éxitos editoriales. El resultado es este viaje apasionante por nuestras literaturas, en un recorrido que va de la poesía precolombina y los Cronistas de Indias, pasando por el célebre boom de los años sesenta, hasta nuestra realidad de hoy, en la que el resurgir de la llamada Novela negra se explica por el trasfondo de unas sociedades en las que la corrupción de los políticos, el narcotráfico y los asesinatos sistemáticos de mujeres  constituyen un nuevo capítulo de nuestras pesadillas.

 

Poco importa si, al final, nos quedamos sin saber en qué consiste ser latinoamericano. Razón de sobra para   continuar la búsqueda.

 PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=AHbQkJ2g4Bo

 

 

 

sábado, 7 de enero de 2023

Marsella: en la muy rica Villa de Segovia

 



 El despertar de las conciencias

El exgobernador  Carlos Arturo López Ángel cuenta que en Marsella, su pueblo, tuvieron preocupaciones  ambientales mucho antes de que estas se convirtieran en política mundial, suscrita en mayor o menor grado por casi todos los países del planeta. Después de todo, los inviernos desbordados y los veranos calcinantes nos tocan a todos. Hoy, dedicado al cultivo de orquídeas y plantas ornamentales en una finca ubicada detrás del Alto del Nudo, este hombre afable y despreocupado evoca esos momentos tan vitales en la historia de la localidad.

“Hablamos de los años setenta, cuando los últimos coletazos del movimiento jipi, con su evangelio de amor al prójimo y respeto por la naturaleza y por todas las formas de vida todavía se sentían entre nosotros. Una generación entera de jóvenes  marselleses, a la que algunos etiquetaron con el  calificativo de mechudos o peludos,  creció en medio de una inquietud permanente por las cosas de la cultura y en particular por  la preservación del medio ambiente.

“Para la época  todavía no se hablaba del cambio climático  ni del calentamiento global. Mucho menos se tenían noticias acerca de la extinción de muchas especies  vivientes como resultado de la depredación humana.

“Sin embargo, cuando salíamos a caminatas campestres descubríamos que  la siembra  intensiva de café o la expansión de los pastos para la ganadería amenazaba las fuentes de agua del municipio. A ese paso- decíamos- no llegaremos al siglo XXI sin haber agotados los recursos hídricos.

“Casi cincuenta años después, siento que esa fue nuestra primera toma de conciencia política sobre la necesidad de proteger nuestra casa que es la tierra. Esa inquietud me   ha acompañado toda la vida durante el ejercicio de mis responsabilidades públicas como legislador, gobernante o como un ciudadano más”.

A vista de pájaro

Con esos antecedentes,  no resulta casual que en este municipio ubicado a una hora de Pereira  hayan florecido a lo largo de  los años todo tipo de organizaciones ambientalistas, entre ellas un grupo de apasionados por las aves que, eludiendo las veleidades de los vocablos técnicos, decidieron bautizarse como los pajarólogos. Día tras días han acumulado un saber que les permite identificar y diferenciar a vista de pájaro cuales  son las aves endémicas de la región y cuáles las migratorias. Por eso pueden acompañar a un visitante por la enmarañada madeja de caminos vecinales  que rodean  a Marsella y señalarle, sin haberlos visto todavía, el lugar donde moran el toche o el azulejo, donde liba el colibrí  y donde acecha el cirirí el vuelo raudo de los gallinazos.




“La sapiencia de estos pajarólogos  no ha sido aprovechada en toda su dimensión”, dice Albeiro, un  ingeniero industrial oriundo  de Marsella que todos los puentes festivos se  enfunda su sombrero y se calza sus botas de caucho para recorrer kilómetros y más kilómetros, solo por el puro placer de caminar.

“Muchos de  ellos empezaron desde niños con campañas espontáneas contra el uso de las caucheras, ese cruce entre arma y juguete que durante muchos años  fue el terror de los pájaros de todos los tamaños. Luego, ya más grandecitos, comenzaron a observar y a  estudiar por cuenta propia los hábitos y el hábitat de  los pájaros de la zona.  Aprendieron tanto y tan pronto que  uno les preguntaba y ellos sabían responderle de qué se alimentaba esta ave  y cuál era la hembra entre los que se veían posados en una rama. Por ese camino  del conocimiento no tardaron en enseñarles a los campesinos a reconocer en los pájaros a criaturas vivientes y dignas de respeto. Y eso ya es mucho decir en una población que siempre vio a las aves como un pretexto para coger la escopeta”.

A la sombra de El Nudo

Ubicada en el área de influencia de La Serranía del Nudo, amenazada en estos tiempos por la codicia de los nuevos ricos, la localidad de Marsella es todo un enclave agrícola  y ambiental que ya en los tiempos de la fundación le mereció el nombre de Villa Rica de Segovia. Según el relato de los viejos cronistas, Pedro Pineda, fue uno de esos fundadores de pueblos que un día  tomó “su mula, su hembra y su arreo “ y partió en busca de una tierra donde plantar su heredad. Por el año de 1860, cuando todavía no se había producido la segunda fundación de Pereira, llegó a la zona proveniente de Villamaría, un pueblo cercano a Manizales.

En  ese primer viaje de aventura lo acompañó  uno de sus hijos, con quien se instaló en un sitio  conocido como La Pereza. Una vez tomó posesión de un predio viajó a Villamaría, de donde regresó en compañía de su esposa María Gregoria y del resto de la prole: cinco hombres y dos mujeres.

Esa tierra feraz no tardó en recompensarle sus esfuerzos con plantaciones de  algodón, tabaco, fique y plátano.  El fique jugó un papel clave en la confección de costales, líchigos,  enjalmas y alpargatas, elementos fundamentales para el almacenamiento y transporte de los productos del campo.




Acompañado a veces de su mujer o de alguno de  sus hijos, don Pedro viajaba cada mes hasta Santa Rosa de Cabal con el propósito de vender sus productos en el mercado y de comprar lo indispensable para el sostenimiento de su familia.

Era un camino  largo y muy culebrero el que debían recorrer en ese viaje de ida y vuelta que en verano les calcinaba  las espaldas y en invierno amenazaba con   lanzarlos por  un despeñadero,  en medio de una corriente de lodo.

Las otras formas de cultivar.

No olvidemos que cultura viene de cultivo. De sembrar y cuidar para recoger algo. A  través de su historia los habitantes de Marsella han conocido las dos maneras de cultivar: la de plantar la tierra y la de nutrir el espíritu. El más  visible de todos esos frutos es la Casa de  la Cultura.

Por los espaciosos corredores de sus tres plantas pasearon, taciturnas  o gozosas, las estudiantes del colegio las Bethlemitas. En  su capilla  siempre iluminada por una veladora, las monjas profesoras depositaron sus angustias y sus ilusiones. Más de un espíritu agobiado descargó de golpe toda su desazón en un interlocutor misericordioso que se tomó la molestia de escucharlo.

Pero esos eran otros  tiempos, más sombríos.

                                                Fotografía: El Diario


Porque hoy, declarado patrimonio histórico y arquitectónico del país, el viejo caserón restaurado tantas veces es una suerte de carnaval en perpetua renovación que alberga, en primer lugar la historia viva del municipio. En sus corredores y salones el visitante puede tomarle el pulso a  cada uno de los momentos en que Marsella ha entrado en contacto con las novedades del mundo. La  imprenta, el cine, el fonógrafo y la radio,  así como los instrumentos utilizados por músicos y artesanos devienen un rastro a la vez mudo y elocuente. Si el visitante se deja llevar, no tardará en descubrir que esos objetos y retratos le cuentan cosas.

Si se detiene por aquí, la fotografía de una muchacha hoy muerta y enterrada le hablará del fulgor irrecuperable de la juventud.

Si hace un alto frente a un instrumento musical no tardará en descubrir que los viejos bambucos y pasillos todavía alientan en el aire, mezclados con las tonadas modernas que un grupo de jóvenes interpretan bajo la orientación de un maestro egresado de la Universidad Tecnológica de Pereira.

Y abajo, presidiéndolo todo, desde uno de esos patios empedrados que tenían sus veraneras y sus fuentes de agua, las piezas de un enorme tablero de ajedrez contemplan un rectángulo de cielo azul velado por un techo de tejas de barro.

Quién sabe. A lo mejor esos ejércitos de reyes y reinas, de torres y caballos, de alfiles y peones dirimen en la alta noche, cuando  nadie los ve, un viejo pleito  no resuelto desde los días aciagos de Villa Rica de Segovia.

Porque  este lugar tampoco escapó a la locura de nuestras guerras seculares. Las que, disfrazadas bajo otras consignas, perduran  hasta nuestros días.

Lo nuestro es la vida.

“Somos conscientes de que Marsella, igual que todo el país, ha sido protagonista de muchas de esas manifestaciones violentas. Pero, sin negar esa parte de  nuestra historia, hoy queremos jugárnosla toda a las cartas de la vida”.

El tono firme de su voz no admite apelación. Es Adriana Grisales, la bibliotecaria de Comfamiliar Risaralda en Marsella. Cuando cruza la plaza  principal con su melena dorada llameando al viento, los parroquianos que dormitan en las bancas  se sobresaltan con ese paso que la lleva hacia el lugar donde las comunidades requieran un soplo de vida. Puede ser una proyección de cine, un taller de plastilina o una jornada de promoción de lectura. A pie, en moto o en jeep Adriana consiguió llegar con su propuesta creativa a un sector tan brutalmente apaleado como el de Beltrán, el recodo del río Cauca adonde fueron  a parar cientos de  cadáveres durante los años duros de la guerra en el Norte del Valle.




Cuentan las crónicas que los campesinos utilizaban sus viejas redes de pescar para sacar cadáveres de las aguas

“Pero hoy es otra cosa”, insiste  Adriana. “Al principio era muy duro ver como los niños dibujaban  en sus cuadernos los cuerpos que veían sacar del río. Pero  de  a poco las cosas empezaron a cambiar. La  alegría empezó a regresar a sus vidas. Los  padres y los maestros, que en principio se mostraban descreídos,   cambiaron de actitud. En algún momento del camino sus propias vidas comenzaron a ser transformadas por la cultura y ellos mismos  empezaron a pedir que los programas culturales no solo se mantuvieran sino que se multiplicaran. Esa es una de las razones por las que podemos afirmar que Marsella vive hoy otra  parte de su  historia”.

Con una cuchilla

“Si no  me querés / te corto la cara/ con una cuchilla/ de esas de afeitar…”

¿Quién no ha cantado al menos una vez en su vida esa tonada de Las Hermanitas Calle?

Bueno, sucede que a mediados del año 2015 los habitantes de Marsella  despertaron y descubrieron que, por obra y gracia de un sortilegio, vivían dentro de una telenovela, cuyos actores se paseaban por las calles del pueblo.

Salían de misa y se encontraban  con Danielle Arciniegas.

Regresaban de la compra en la carnicería y se tropezaban con Juan Pablo Urrego.

Los muchachos   terminaban la jornada escolar y se quedaban sin aliento al darse de narices con Carolina Gaitán.

Tres factores incidieron para que los productores decidieran grabar su telenovela  sobre esas legendarias cantantes del género carrilera en algunas locaciones de Marsella:

Su cercanía a Pereira.

Su vocación cafetera.

Y sus muy bien conservadas fachadas.

Y entonces se produjo el fenómeno: como una cuchilla que todo lo arrasa, miles de turistas de todos los rincones del país se lanzaron sobre el pueblo, ávidos de color local.

Un domingo sí y otro también, sorteaban las conocidas y mareadoras curvas para constatar con sus propios ojos lo que veían en la pantalla.

 Como era de esperarse, lo desbordaron todo en un pueblo que no estaba preparado para eso: los restaurantes, los hoteles, las cafeterías, los parqueaderos, los urinarios,  los parques.

Y  una vez pasada la fiebre, se fueron para no volver.

Pero en el aire de Marsella quedó flotando una pregunta: ¿Qué pasó con aquella “vocación turística” de la que se hablara tanto en los años ochenta del siglo anterior?

Los días dorados de don Manuel Semilla.

Cada quien a su manera: líderes comunitarios, políticos, gobernantes, jóvenes, hombres y mujeres aventuró su propio catálogo:

La Casa de la Cultura

El cementerio

El Jardín Botánico

La  Serranía del Nudo

El avistamiento de aves

Las muchas quebradas y riachuelos

La reserva natural

La ruta del agua

La ruta de las artesanías

La ruta del chocolate

Don Tomás Iza, el maestro de toda la vida, no se cansó nunca de recordarles que el municipio tenía un potencial nunca aprovechado del todo y que eso de Villa Rica de Segovia no era una casualidad.

Sin ponerse de acuerdo todos evocaron los tiempos  en que la obra de  don Manuel Semilla obtuvo un reconocimiento internacional. Como bien lo anotara el exgobernador Carlos Arturo López, todavía  no se habían inventado las políticas ambientales y eso de crear un Jardín Botánico les parecía a muchos una cosa de locos.

“Hoy, muchos añoran esas locuras”, sentencia López mientras  le quita los piojos, o vaya uno a saber qué bichos, a una de sus orquídeas.

 “Vivimos dándole la espalda a un tesoro”, repetía don Tomás, al tiempo que alzaba un dedo índice admonitorio mientras disfrutaba el café mañanero.

Dicen  que en esos momentos miraba en realidad  hacia adentro  evocando los pasos de  sus ancestros llegados de oriente.




Grano Rojo

Guillermo Gamba es uno de esos hombres que han hecho de todo en la vida. De  maestro rural a catedrático universitario. De consultor de proyectos a fabricante y vendedor de obleas. Su esencia es la esos trashumantes  que toman todo lo que encuentran el camino y lo amasan a la medida de sus anhelos. Por eso un día decidió consagrarse a la escritura de cuentos y novelas en los que hace de la historia mito  y de la leyenda  historia. Por  las páginas de una novela como Tacaloa, viento y sueños gravita una  Marsella muy suya, ingrávida a veces, como la neblina que abraza los campos en las madrugadas. Pero en otras es dura y golpea con el mazo de sus violencias tempranas. Todas esas cosas  las condensa en un blog al que decidió bautizar como Grano Rojo, en homenaje a esta tierra que lo despertó  a las primeras alucinaciones del deseo y el pavor.

Como  en un espejo.

En una de las vitrinas de la Casa de la Cultura reposa una prenda que parece cansada, como el cuerpo del futbolista que una vez la lució en un estadio lejano. Es una camiseta del club Olympique de Marsella, la ciudad hermana de esta  Villa Rica de Segovia sin mar pero  igual habitada por hijos errantes que un día están aquí y mañana en el otro extremo del planeta.

A veces, algunos turistas provenientes de ese puerto sobre el Mediterráneo llegan a esta otra Marsella que les devuelve la paz con el rumor de sus riachuelos, con el súbito vuelo de un colibrí o con el sabor de un buen plato cocido en leña.

En algún momento de su estadía todos se sorprenden con la cantidad de veces que un nombre se repite en establecimientos públicos y privados de la localidad: el del sacerdote Jesús María Estrada.

Y, si quieren, pueden animarse con un par de aguardientes en un bar de la plaza mientras al fondo suena La cuchilla, de Las Hemanitas Calle.

A lo mejor en ese juego de espejos asistan a su modo a otro despertar de las conciencias.


PDT:  Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=I86No1YcDfM

 

 

 

miércoles, 21 de diciembre de 2022

Cápsulas para el insomnio VI

 




CV

Toda la eternidad no alcanzaría para agradecerle al inventor del signo de interrogación: ¿Cómo podríamos nombrar nuestras perplejidades sin él?

CVI

Un universo en perpetua expansión no puede tener asidero. He ahí el origen de las intuiciones de los sabios budistas.

CVII

Una llama que sólo puede alimentarse de sí misma: nuestra idea de la eternidad.

CVIII

Los signos de interrogación, esos panzones maestros de la intriga.

CIX

Los humanos, trémulas llamitas que no podemos saciar la glotonería del universo.

CXI

Dios nos escribe con fuego en pliegos y pliegos de papel de estraza. Luego sopla.

CXII

Dios como metáfora del infinito universo: el principio y fin de todas las sutilezas de los teólogos.

CXIII

“Por los siglos de los siglos”. ¡Buena manera de advertir que no tenemos tregua!

CXIV

En la infancia experimentamos la certeza de que alguien nos vigila desde la eternidad. Luego fingimos haberlo olvidado.

CXV

En inglés los signos de interrogación sólo se cierran. Agudos, esos sajones.

CXVI

Sentado en medio del desierto, un hombre repite la misma palabra día y noche, luna tras luna: la perfecta inmovilidad.

CXVII

Para el inventor del reloj de arena los minutos son granos de tiempo. ¿Cuál será la metáfora del tiempo para los relojeros digitales?

CXVIII

A menudo, el lenguaje de la física cuántica se confunde con el de poetas y filósofos.

CXIX

Cuando los grandes poetas atrapan la belleza en sus versos prefieren liberarla. Eso los diferencia de los otros.

CXX

Doce horas para el día y doce para la noche; doce caballeros para la mesa redonda y doce apóstoles para la cena postrera; doce signos para el zodiaco y doce meses para el año: menudo asunto este de los números.

CXXI

El poeta Alfred Tennyson como avatar del rey Arturo y la reina Ginebra como hipóstasis de la poesía: sólo así puede concebirse tanta belleza.

CXXII

Un millón de avispas todo zumbido y aguijón: así debe ser la vida en el interior de un átomo.

CXXIII

El instante de nuestra eternidad nunca coincide con el de la eternidad de otro: de ahí nuestra insondable soledad.

CXXXIV

Ni siquiera el erial donde reposarán nuestros huesos nos pertenece.

CXXV

Sólo si resistimos el hedor de todos los muertos de todos los años, de todos los siglos, de todos los milenios, de todos los eones, podemos considerarnos vivos.

CXXVI

Los manuales de anatomía deberían advertir que los órganos internos son en realidad estaciones en el camino hacia la muerte.

CXXVII

¿Dios creerá en Dios?


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=AXnQeb0rgpU

 

 

 

jueves, 8 de diciembre de 2022

El largo y tortuoso camino

 



 

                                          Para mi querido Maurier, feligrés gozoso y doliente

 

El Deportivo Pereira, para desmemoriados

Solo al final de la conversación me dijo su nombre.

Me visitó a mediados de la década del noventa para ofrecerme enciclopedias en mi condición de responsable de las nacientes bibliotecas de Comfamiliar Risaralda, la entidad donde trabajo. El hombre transitaba esa franja de edad indeterminada entre los sesenta y los setenta años.

Un detalle llamó mi atención: parecía menos interesado en vender que en conversar; arrastraba las erres y el acento de su voz conservaba reminiscencias de algún país del sur de América. Entre un café y otro la charla se extendió hasta el cierre de la jornada. Hablamos de libros, de política, de fútbol, de amores, desamores y de todas esas cosas que alientan el fuego de una buena conversa.  Acordamos la compra de diccionarios y enciclopedias para todas las bibliotecas y, al despedirse, caímos en la cuenta de que no me había dicho su nombre.

Carmelo Colombo, para servirle, dijo con espontánea amabilidad y se despidió con un cálido apretón de manos. Su nombre me sonaba familiar, pero no lograba ubicarlo del todo en mi memoria.

A la vuelta de un mes me llegó una carta escrita con delicada caligrafía. Agradecía el haberle dedicado tiempo y hablaba de sus nostalgias y de sus sentimientos encontrados: añoraba a su vieja Asunción y amaba a Pereira, la ciudad donde había fundado una familia y había visto morir a unos cuantos amigos. En ese momento lo recordé con claridad: se trataba del mismo Colombo, el jugador paraguayo que en los días tempranos del fútbol profesional colombiano llegó a Pereira a probar fortuna en un equipo del que, en distintos momentos, harían parte compatriotas suyos como César López Fretes, Casimiro Ávalos, Benito Galeano, “Pataemula” Calonga y Andrés Recalde.

Años después de ese encuentro, en mis cursos de la universidad fui profesor de un muchacho llamado Antonio Colombo, que resultó ser nieto de Carmelo. Vueltas que da la vida.

Evoco esos momentos porque cada nueva generación que llega al mundo lo hace con la convicción de que la historia empieza con ella. De su nacimiento hacia atrás todo es una nebulosa, más cercana al universo de los libros y las leyendas que de su propia realidad. Con toda certeza, los muchachos que hoy festejan hasta el delirio la gloria recién estrenada del Deportivo Pereira no tienen idea de quienes fueron los futbolistas mencionados atrás. Ignoran que fueron los precursores de esa historia de amor futbolera entre Pereira y Paraguay que dio lugar a la leyenda de “La furia guaraní”, como se conoció al Deportivo Pereira de la época. Como tampoco saben qué es una enciclopedia, un diccionario o una carta: cuando ellos llegaron al mundo ya se había entronizado el reinado de internet.

De modo que para ellos publico esta carta. Para que se enteren de que su dicha de hoy es el resultado de un largo y tortuoso camino- pérdida de la categoría incluida-, que se remonta a los tiempos anteriores a la creación del fútbol profesional en nuestro medio.

                                           Fotografía: Laura Sepúlveda

Un alto en el camino

A finales de los ochenta descubrí un lugar ubicado en la esquina de la carrera 10 con calle 5, en el Barrio Berlín de Pereira. Lo regentaba un señor de unos ochenta años llamado Luis Carlos Giraldo. “Mi arbolito”, era el nombre del sitio. Era un híbrido entre tienda, bar, café y salón de juegos de mesa. Antes de la construcción del estadio “Hernán Ramírez Villegas" allí se congregaban las barras del Pereira que iban de tránsito hacia el estadio de Libaré o regresaban después de una tarde de gloria o de desdicha. “Alberto Mora Mora” se llama el estadio, rebautizado como “El fortín de Libaré” porque en su grama cayó más de un gigante, empezando por el legendario Millonarios de Pedernera, Di Stéfano, Rossi y compañía.



Fue don Luis Carlos quien me habló del Deportivo Patria, Vidriocol y Otún, que- según él- constituyeron el germen del Deportivo Pereira. Aunque los cronistas discrepan. Después de todo, el deporte favorito de los cronistas es discrepar. Las paredes de bahareque de “Mi arbolito” estaban decoradas con fotografías en sepia de las alineaciones del Pereira en distintas épocas. Todas estaban enmarcadas. Solo había una a color y de mayor tamaño: una imagen tomada de las páginas centrales de la revista Vea Deportes. Era el equipo de 1967, el llamado “Kinder de López Fretes”, por los jóvenes de gran calidad que se estrenaron allí: Darío López, Miguel Escobar, “Tato”  González, Alfonso Tovar y Gustavo Santa; junto a ellos, los más curtidos Eusebio Escobar, Antonio Rada y Achito Vivas, integrantes de la selección Colombia  participante en el Mundial de Chile 62. Y estaban, cómo no, los paraguayos: el arquero Víctor González, el defensor Isaías Bobadilla y el delantero “Moncho” Rodríguez.

Pero soy impreciso: la fotografía en cuestión era en realidad un altar. Un tributo del viejo a sus héroes, los únicos de carne y hueso que conoció en vida. Cada mañana, con fervor religioso, don Luis Carlos la engalanaba con una flor nueva puesta dentro de una botella que en lugar de agua contenía restos de cerveza dejados por la clientela.



Esos héroes vivían a veces en el vecindario.  Utilizaban el bus urbano, no eran codiciados por modelos y empresarios ni se transportaban en aviones privados.  Muchos ni siquiera ganaban sueldo fijo; otros trabajaban en fábricas y oficinas para ganarse la vida, pero se divertían lo suyo, dentro y fuera de la cancha. Atesoro la imagen del arquero Hernando García, del volante Oswaldo Calero y del gran Jairo Arboleda. Me los encontraba a las seis de la mañana en el paradero de buses cuando me dirigía a clases en el colegio Deogracias Cardona y ellos salían de un bailadero de rumba dura llamado “Grill Copacabana”. La dueña en persona atendía el sitio con un machete en bandolera, que utilizaba para apaciguar a los clientes más pendencieros. Los tres jugadores parranderos llevaban los botines- guayos, les decían- colgados al cuello y por supuesto, iban sin dormir y más ebrios que sobrios a cumplir con el entrenamiento. Cuanto más brillantes más bohemios eran.  Faltaban años para que los deportistas empezaran a cuidar su cuerpo con obsesión narcisista y a concebirlo como su propia máquina de producir dinero.

Era al comienzo de los setenta. El siguiente medio siglo traería cambios vertiginosos para el mundo y para el fútbol. Las transmisiones en directo por televisión captaron un mercado y con él la llegada de toda la ralea de empresarios y traficantes que bien conocemos.

Pero eso al hincha nada le importa: su destino es gozar y sufrir. Y en lo segundo los del Deportivo Pereira tienen una fecunda experiencia recorriendo “El   largo y tortuoso camino” que cantaron The Beatles.

                                                             Apolinar Paniagua

La primera vez que vi jugar al Pereira fue en 1971. Jugaba a veces en el “Mora Mora” y otras en el estadio “Santa Ana” de Cartago, porque todavía no habían sido entregadas las obras del “Hernán Ramírez Villegas”. La nómina era una renovación y a la vez una continuidad de “La furia guaraní”.  Entre los colombianos Luis Largacha y Roberto Vasco- porteros-, “Cachaco” Rodríguez y Oswaldo Calero, al tiempo que la legión paraguaya la conformaban los volantes Aurelio Valbuena, Mario Rivarola, Julio Gómez- nacido en Argentina pero paraguayo hasta los tuétanos- “Moncho” Rodríguez y el mortífero goleador Apolinar Paniagua, el mismo que le marcó tres goles a Otoniel Quintana, arquero de Millonarios, rompiendo de paso su marca de 1024 minutos con la valla invicta.

Y voy a detenerme en esa imagen porque, hasta ahora, el Pereira y sus hinchas han vivido de dichas fugaces como esa, seguidas de largas, muy largas agonías. Razones de sobra para entender y acompañar el carnaval que sus fieles devotos celebran por estos días en las calles de la ciudad y, según las imágenes que circulan en Internet, en los lugares más insospechados de la tierra.


PDT . les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=cR6KiP0Eyyk

 

 

 

martes, 29 de noviembre de 2022

El tiempo recobrado de Ira Stigman

                                                       


                                       


                                        “(…) y reposa tranquilo

                                           Tras la convulsa

                                            Fiebre de la vida (…)”

                                                          W. Shakespeare

                                                            Macbeth

 

 

Otra vez el río

Hombres y pueblos de todos los tiempos han tenido su río. Junto a sus orillas han levantado tiendas que después se convirtieron en aldeas y grandes ciudades. Por eso, desde antes de Heráclito, el río  es  la más visitada de las metáforas del devenir. Durante milenios, su viaje sin retorno ha sido la más certera imagen del paso del tiempo.

El Támesis, el Sena, el Rhin, el Orinoco, el Mississippi, el Neva, el Amazonas o el Río de la Plata  arrastran consigo, como si fuera una carga de líquenes, maderos,  bejucos y animales muertos , la historia de las multitudes de plantas, hombres y bestias que abrevan en sus orillas.

En la colosal saga de novelas que conforman la obra del escritor norteamericano nacido en Hungría Henry Roth (1906-1995), ese río es el Hudson. No es que sea solamente una parte del paisaje: sus aguas son otro protagonista de las historias.

Los biógrafos del río nos dicen que nace en el lago Tear of the Clouds, ubicado en la ciudad de Keene, en el condado de Essex, Nueva York, en la ladera suroeste del monte Marcy, el punto más alto de las montañas Adirondack. Es el estanque más alto del estado, con 4,293 pies. Añaden, además, que a partir de Troy, el Hudson se ensancha poco a poco, hasta desembocar en el océano Atlántico, entre Manhattan, Staten Island y las costas de Nueva Jersey, en la Upper Bay de Nueva York.

Cuando los personajes de las novelas de Roth caminan por la ciudad, más tarde o más temprano se topan con alguno de los avatares del río, que a veces es obstáculo y en otras tentación para los agobiados habitantes de una ciudad cuya impronta es el vértigo.

Pero volvamos a la metáfora inicial. En 1934 Roth publica su primera novela titulada Llámalo sueño. Sesenta años después, cuando muchos lo daban por muerto, el escritor publicó su segunda novela: A merced de una corriente salvaje, una tetralogía de poco más de 1300 páginas que narran la aventura de un hijo de judíos inmigrantes en la Nueva York de comienzos del siglo XX hasta devenir autobiografía de un anciano escritor que al final de la misma centuria sostiene un testarudo diálogo con su computadora, un artefacto dotado de lucidez que lo confronta sin compasión.




El niño- anciano se llama Ira Stigman. Su infancia transcurrió entre la temprana residencia en el  Lower East Side de Manhattan  y un traslado a Harlem, motivado tanto por circunstancias económicas como por la peculiaridad de su propia familia. En casa se celebra con devoción el  Yom Kippur y los mayores hablan Yiddish y observan los preceptos Kosher, mientras los más jóvenes aprenden a  desenvolverse en inglés.

El primer párrafo del libro lo anuncia así:

“Pleno verano. Los tres incidentes quedarían siempre asociados en su memoria, más duraderos, más destacados que cualquier otra cosa de aquel verano de 1914, su primer verano en Harlem. Qué extraño también que la llegada de los parientes de mamá, el traslado a Harlem y el ominoso verano de 1914 coincidieran, como si todo su ser y sus costumbres quedaran socavados por la fuerza de la historia disfrazada por el simple hecho de la llegada de sus nuevos parientes. Mil veces pensaría en vano: si hubiera ocurrido unos años más tarde. Todo lo demás podría ser lo mismo, la guerra, los nuevos parientes: si hubiera podido tener, hubiera podido vivir algunos años más en el Lower East Side, digamos, hasta su bar mitzvá. Bueno…”

Esos puntos suspensivos definen el tono y el curso de la novela. Así de simples y de inexorables  son los asuntos en la existencia  de todo hombre. Si hubiera… si hubiera… las cosas serían hoy de otra manera. Pero, como los ríos, la vida no puede echar marcha atrás. Nadie puede vivir borrando el paso anterior para rehacerlo de otra manera. Es natural entonces que la figura de la culpa nos acompañe desde el nacimiento hasta la muerte. La culpa y el consiguiente castigo como sucedáneo de la redención. O al menos es así en la tradición judeocristiana.

Eso explica la alusión al bar mitzvá, esa sentencia del Talmud que establece los trece años como la edad en la que una persona es obligada a observar los 613 mandamientos de la Torá. Después de cruzar a ese límite, nadie puede sustraerse a los rigores de la tradición.

Al menos en teoría, porque una de las muchas razones de la desgarradura existencial de Ira Stigman y de muchos protagonistas de las novelas del otro Roth, Philip (Nueva Jersey, 1933-2018) así como de los personajes erráticos que atraviesan la obra de Saul Below, judío de Quebec (1915-2005), están ancladas en la voluntad de desarraigo como una manera de insertarse en la sociedad de acogida. Dicho de otra forma: el único camino para hacerse otro, en este caso un norteamericano.




De modo que el estallido de la guerra y sus repercusiones en la historia y en la vida de los individuos marca la primera encrucijada en el camino de Ira Stigman y su familia. Eso explica el recurso de una célebre cita del Enrique VIII de Shakespeare  en tanto clave de un recorrido que, como todo lo humano, está marcado por la sospecha de lo impredecible:

Me he aventurado,

Como revoltosos pilluelos que flotan sobre vejigas,

Todos estos veranos, sobre un mar de gloria,

Más allá de donde hago pie. Mi orgullo hinchado

Me reventó al fin debajo, y ahora me ha dejado,

Cansado y envejecido para el servicio, a merced

De una corriente salvaje que me ha de cubrir para siempre.

                                                                                       Enrique VIII. III, 11

“… A merced de una corriente salvaje”. Esa es la sospecha del pequeño Ira en 1914 y la certeza del anciano escritor en 1995, en ese diálogo infinito con su computadora, que se llama Ecclesias. Expectantes al comienzo y cansados al final: esa es la parábola que abre y cierra la existencia de todos los mortales. Que se trata de la misma persona, afirman las convenciones. Pero nada ni nadie puede probar que el viejo   escritor próximo a su fin y el niño que correteaba por las riberas del Hudson y a menudo se bañaba en sus aguas sean una continuidad el uno del otro.

Las novelas de Henry Roth, o la autobiografía, como algunos prefieren llamar a ese colosal intento, no tienen propósito  distinto al de tender un puente hecho de recuerdos y palabras entre uno y otro.

Los dones de la luz

En la tetralogía de Roth los títulos funcionan a modo de cortinas que filtran la luz, al tiempo que delimitan las distintas etapas de la vida del protagonista y la de quienes lo rodean, incluidas las turbulencias de la Historia: las guerras mundiales, la quiebra financiera de 1929, las sucesivas oleadas de inmigrantes provenientes de todos los rincones de la tierra. De esos filtros de luz emergen los recuerdos, una sucesión de imágenes y sensaciones con los que el narrador intenta reconstruir una historia hecha de fragmentos. Su obra participa de la misma condición desmesurada del Ulises de Joyce, En busca del tiempo perdido, de Proust, Guerra y Paz de Tolstoi o Del tiempo y el río, de Thomas Wolfe. Cada uno de los autores utiliza y potencia un determinado sentido en su viaje exploratorio. Para unos es el olfato, para otros el oído y su condición musical, mientras para unos cuantos el tacto, sobre todo en su dimensión erótica, es el punto de contacto con el mundo y sus misterios.

Henry Roth recibió los dones de la luz y por eso se asoma al mundo con mirada de pintor: desde niño recorre las calles del Lower East Side y de Harlem y más tarde de media ciudad, fijándolo todo con diminutos alfileres en cada uno de los rincones de la memoria. Decantadas por el paso del tiempo, esas imágenes se convertirán en palabras con las que se tejerá el entramado de novelas que llevan estos títulos: Una estrella brilla sobre Mount Morris Park, Un trampolín de piedra sobre el Hudson, Redención y Réquiem por Harlem. Con la capacidad de los grandes pintores para el detalle, la voz de Ira describe el destello del sol en  la corriente del Hudson cuando la mañana aún es joven; se detiene en el tono sombrío de las fachadas de los barrios pobres, en contraste con la luz natural que parece nacer  en las casas de los suburbios ricos; la visión de un condón usado por la pareja de amantes furtivos que emerge con prisa de entre el bosque del Central Park se le revela como intuición de las dichas y pavores por venir; las  piernas perfectas de una mujer que desciende por las escaleras del metro; la  enorme campana de una torre que con su repicar parece convocar a los habitantes del mundo entero que no paran de desembarcar en Nueva York.  “ Hágase la luz”, dicen que dijo Dios el primer día de la creación, y los  escritores como Henry Roth ya estaban allí para convertirla en la sustancia misma de su obra.




Entre los que desembarcaron en Ellis Island se contaban por millares los hijos de Las doce tribus perdidas de Israel: judíos rusos, alemanes, polacos, sefarditas y húngaros trataban de hacerse a un lugar en ese mundo del que ni siquiera conocían el idioma.

La familia de Ira proviene de la Galitzia austrohúngara, en el corazón de la hoguera desde donde se propagaría la primera gran guerra y la consiguiente  caída del Imperio Austrohúngaro. Por el lado de la familia del padre destacan nombres como Meyer, Kharche, Simon, Gabe, Clara, Jacob o Chaim y Leah. La madre  tiene parientes que se llaman Hannah, Saul, Leibel, Ida o Moishe.

En medio de esa atmósfera plagada de normas religiosas que observar, el pequeño se siente sujetado por un corsé. Muy rápido intuye que si quiere hacerse un camino en la nueva sociedad tendrá que romper todos los lazos, antes de que llegue la hora de su bar mitzvá. Por eso prefiere frecuentar a los irlandeses que controlan el vecindario aunque lo discriminen, lo insulten y le propinen más de una paliza por el simple hecho de ser judío: algo le dice que es parte del precio que deberá pagar si quiere un día llegar a a ser él mismo; poco importa si no tiene claro lo que eso signifique.

En parte por presión familiar y otro tanto por su afán de hacer suyo el modo de vida americano con su “ Self made man” a modo de evangelio, Ira se desempeña  en distintos trabajos de medio tiempo, mientras  trata de  encontrar en  la escuela alguna señal que le indique hacia dónde debe dirigirse: es ayudante en una distribuidora de comestibles enlatados; fallido asistente en una oficina de abogados , vendedor de boletos en una empresa de autobuses y pregonero de refrescos y cacahuetes en  el estadio de béisbol  , donde un día tiene su propia epifanía americana cuando ve saltar a la cancha al gran Babe Ruth. La siguiente revelación tendrá lugar ocho días después en el mismo estadio; mientras baja las gradas después de entregar un refresco, vuelve la vista para atender a otro comprador y entonces ve a la mujer, sentada unos metros más arriba y olvidada de sí misma en su emoción por los avatares del juego:

“La mujer no era joven. Tendría unos cuarenta años, no era bonita, era más bien rolliza…¿estaba sentada deliberadamente con las piernas abiertas? “Coño”, la palabra surgió espontáneamente de los labios de Ira. Un coño grande y rojo con un felpudo negro que en el momento de verlo lo invadió de deseo, lo hizo caer en un espasmo súbito y desmayado”.




En su recorrido, hace amigos. Fiel a su consigna prefiere a los no judíos: ya ha habido demasiados en su vida. Uno de esos amigos no judíos es Farley, despreocupado y brillante atleta que gana   con aparente facilidad las competencias entre escuelas. Torpe en la pista, Ira lo admira y se regocija con sus éxitos.  Sobre todo, agradece su manera tranquila de aceptarlo y lo siente más cerca de su corazón por eso.  Pero un día se produce un quiebre: proclive a los pequeños robos tan frecuentes en las aulas, Ira roba la costosa pluma estilográfica de un compañero rico- todos van a la escuela pública- y en un gesto de devoción se la regala a Farley unos días más tarde. Una vez descubierto, recibe una dolorosa lección sobre las diferencias entre el mundo viejo y el nuevo. Mientras el director de la escuela lo ve como la pilatuna de un chico que debe ser corregida con una ejemplarizante expulsión, su padre descarga sobre él el martillo judío de la culpa y el castigo que le pesará durante una parte de su vida como una carga de plomo: una razón más para alejarse de esa atmósfera opresiva.

El tiempo recobrado

“Recobrar el tiempo”, como si estuviera acumulado y bien guardado en alguna parte. Empresa  inútil esa. Sin embargo todos se empecinan, sean escritores o no. Ese empeño se expresa por todas partes: en el cancionero popular y en la gran poesía; en las conversaciones de café y en las cartas de amor o desamor. En sus conversaciones con la computadora Ecclesias, el anciano Ira vuelve una y otra vez sobre el asunto. Por ejemplo, en la memoria del aparato, el episodio del  robo y sus secuelas queda registrado así:

“Pero lo sabía, o creía que lo sabía, al menos en parte, pero todo eso era demasiado, demasiado confuso ahora, demasiado indescriptible, sí, no solo el robo de la cartera, de las plumas, de las reglas y transportadores. No, había llegado demasiado lejos en su interior, sin remordimientos, cruel e incorregible, el robo de las plumas solo era una parte de lo prohibido que sentía dentro de sí, solo una parte del mal corrosivo. El robar se superaba pronto; puede que nunca volviese a robar, que nunca volviese a robar realmente algo de otra persona. En eso tenía la facultad de elegir. Lo otro estaba amalgamado, fundido con el éxtasis corporal, con un nombre que nunca debía pronunciar. Lo otro no podía negarse a hacerlo”.

“Todo tan confuso, tan indescriptible”. No hay remedio, al final solo podemos recuperar, a duras penas, los sedimentos del tiempo. El anciano escritor lo sabe, y por eso ama la simplicidad de M, su mujer, su sabia manera de moverse por el mundo, como si lo supiera todo desde siempre, lo suyo no es tanto un descubrimiento como una comprobación. Es ella, virtuosa pianista, además, quien lo acompaña en esa lucha tenaz por descubrirse a sí mismo. Así se lo hace saber a Ecclesias:

“Oh, qué cosas pasan, Ecclesias, qué cosas nos pasan, a mí, a nosotros, a mi querida mujer y a mí, este 14 de enero de 1985; a nuestros herederos, a nuestro país, a Israel, qué cosas pasan. El escritor Clarence Garner, mi buen amigo, solía arremeter contra las novelas de generaciones familiares (él pensaba en Thomas Mann). “Odio esas novelas de generaciones, ¿tú no? ¡No las aguanto!, exclamaba”. Creo que estoy de acuerdo con él, pero esto es diferente, Ecclesias: todavía tengo que descubrirme a mí mismo…”


                                              Henry Roth

Por más que esté de acuerdo con su amigo Clarence, el novelista sabe que debe escribir su propia  novela de generaciones familiares. Es el único- y último – recurso para cerrar o tratar de cerrar el  círculo perfecto que es, en  últimas, la vida de  todo hombre. Le ha tomado medio siglo comprobar que, por más tozuda que sea su voluntad de desarraigo, siempre le resultará imposible:  nuestras raíces están enterradas más allá de nosotros, de nuestros padres y abuelos, porque datan de los mismísimos tiempos de la creación y acaso más atrás. Lo ve con claridad  cuando se descubre perturbado por las noticias  que llegan desde  Israel, de su eterna confrontación con el mundo árabe. Miles de años después, las Doce Tribus Perdidas de Israel renuevan  cada día su diáspora.

A esa altura del camino es su única certeza: nunca pudo, y ya no podrá, ser un americano de América.

El amor después del amor

Y siempre, sutil y desprevenida, la presencia respetuosa de M, su mujer, a modo de bálsamo para curar las heridas, las culpas dejadas por su relación incestuosa con Minnie, su propia hermana dos años menor que él, para entonces una niña de catorce años. Del sexo con su prima Stella y de su relación de diez años  con Edith, una profesora universitaria mayor que él. Para variar, Ecclesias debe escuchar esa confesión:

“Ecclesias. Ecclesias, las oportunidades perdidas, rechazadas, y la vida decente que podría haber tenido, y que perdí y rechacé.

-Sí, el corazón lo anhela todo, los dos extremos y el centro. ¿Cómo habrías conocido a M., te pregunto por millonésima vez? ¿Cómo habrías escrito una novela notable?

De la novela puedo pasar, pero no de M. No solo me preocupa lo que habría hecho sin M., tanto o más me preocupa lo que ella habría hecho sin mí. Y no es que me halague a mí mismo. Porque su tierna, escondida, reticente feminidad, su sensibilidad de artista, su nobleza, su auténticamente única y sin embargo nada esnob necesidad de compañía, todo eso contrastado con una tristeza innata, junto al reconocimiento de la hipocresía y su pretendida crianza en la clase media.”




Y, una vez más, las distintas formas del verbo haber  como resumen de una vida, de todas las vidas: hubiera, habría, hubiese. Siempre un condicional en el camino para anular toda posible tentación de certeza. Si no podemos volver atrás, porque nos convertiríamos en estatua de sal como la bíblica mujer de Lot, solo nos queda la duda, el acertijo, la conjetura.  Para el novelista, la ilusión de recuperar al menos una parte del tiempo perdido, aunque a duras penas sea eso, una ilusión como tantas otras, cuyo recuerdo deja en el cuerpo y en el alma una sensación tan amarga y dulce como la que se desprende de esta imagen recobrada por el narrador cuando se remonta más de medio siglo atrás, siguiendo las hilachas de memoria que lo conducen a uno de los viajes en tren con su amigo Larry, una de sus amistades siempre truncas:

“… El tren había vuelto a aminorar la marcha. Ira sintió algo extraño, como si fuera él el que estaba aminorando su velocidad, como si las fantasías, las caprichosas ilusiones, estuvieran aminorando su velocidad, toda aquella nueva promesa maravillosa, el aspecto prístino de las cosas, la esperanza de un mundo en otro sitio…en algún sitio…quizá…más anhelado porque…porque…no, estaba chiflado”

Ahora, viejo y próximo al final, Ira lo ve con plena lucidez: ese disminuir de la velocidad es un primer presentimiento de la muerte, entonces tan lejana y puesta en suspensión aparente por el furor de la corriente salvaje que los versos de Shakespeare supieron expresar tan bien.

 

PDT:  les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=Rx9aiPZ-Wy0&list=PLSPzdxN1kucwzSp9i2NoTR3BlNmX9ikXp&index=7

 

 

 

 

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