lunes, 4 de mayo de 2026

Todo tiene su final

 




Queme todo, queme cada una de mis cartas, siempre la última más hermosa que la anterior. Yo también lo haré, yo quemaré todo apenas sepa que la leyó. Cuando llegue a este punto lo sabrá, yo estaré con usted y sonarán las canciones en rezo mientras todo deja de ser para los dos.

Suyo, siempre.

Así termina el libro de cuentos titulado Vuelta de Hoja, escrito por Gustavo Vargas Ramírez (Armero, Tolima, 1984), ganador del premio de la Colección de Escritores Pereiranos, modalidad cuento en su edición 2024 y publicado a finales de 2025. Vargas Ramírez es además autor de un libro titulado Breve Historia de los Blogs en América Latina y de la colección de relatos breves Crónicas para Fantasmas.

Nunca sabremos quién es la destinataria de esta carta, en cuya entrada sólo leemos  Querida A. a modo de saludo. De manera que estamos ante un misterio redondo: ignoramos quién es el remitente y quién la destinataria. El recurso del relato que se muerde la cola es caro a una tradición que se remonta a los orígenes del género. Por eso lo peor que puede hacer el narrador es revelar el misterio.   A duras penas puede sugerirlo a modo de invitación al lector:  quien propone un acertijo debe dejar a su interlocutor en ascuas.

A juzgar por los catorce cuentos que conforman este breve volumen de ochenta y seis páginas, el autor ha logrado su propósito. De entrada, el título del primero de ellos propone un ritual eterno: Penélope, espera.  La mujer del mito teje y desteje no una prenda sino su propio destino en tanto la materia de su prenda son los días.

¿Estás ahí? Háblame. Sí, soy yo. Volví. No sé a dónde me llevaron. No llores. No llores. Estoy bien. Ven a la plaza. Ven rápido. Quiero verte, le dice una voz a través del teléfono antes de perderse de nuevo en los territorios de lo insondable. El no sé dónde me llevaron sugiere una desaparición forzosa, pero es apenas eso.  Los cuentos del libro están llenos de situaciones que si bien acontecen en lugares precisos: la Plaza de Bolívar, las calles polvorientas de un pueblo abandonado de la mano de Dios, una taberna de salsa llamada La Sonora Ponceña, en realidad suceden en esa difusa frontera en la que el tiempo y el espacio se desvanecen: sólo las palabras pueden dar cuenta de ella.




Para dar en el blanco esas palabras deben sortear las tentaciones del adverbio y el adjetivo- su hermano mayor-, tan caras a la lengua castellana. Es más, deben ir ligeras de equipaje si  quieren aproximarse a unos personajes y situaciones cuya impronta es lo inefable. Así, en el tercer párrafo del cuento titulado La Puerta Falsa encontramos:

Isabel remojó el pan en el chocolate. Se sorprendió al disfrutar los sabores combinados en su boca mientras alguna divinidad lloraba sobre Bogotá, porque eso era la lluvia: premonición de tristeza sobre otro episodio de la historia tan manipulable y necesaria en los discursos de bandera e himno nacional.

En los cuentos de  Vuelta de Hoja la vida de los protagonistas se cruza, muchas veces sin que ellos mismos se den cuenta, con los hilos de la historia de un lugar cuya impronta es el dolor ocasionado por la violencia y los desencuentros,  expresados por ejemplo en los anhelos frustrados de ese remedo de boxeador  apodado El Muerto, quien en el relato Día para Dormir, entre alcoholes y canciones intenta sobrellevar los golpes a la mandíbula que la vida le propina una y otra vez en una ciudad y un país diestros en demoler ilusiones.

Si  hay algo que aflora aquí todo el tiempo es ese fracaso que en América- empezando por el sur de Estados Unidos- tiene en los pueblos de tierra caliente la metáfora perfecta de todas las formas posibles del abandono. Rincones donde el tiempo parece haber entrado en suspensión, mientras en lo más profundo de los seres y las cosas se incuban la locura y el crimen.




Así, el cuento que le da título al libro, no por casualidad precedido de una cita tomada de La casa grande, la novela de Álvaro Cepeda Samudio, empieza de esta manera:

El pueblo era como el anterior. Las cuatro calles daban a la iglesia y el parque. Los  árboles parecían viejos olvidados en las esquinas, tan secos como los huesos encontrados en la fosa hace un par de semanas. Era la hora de la siesta el día que llegamos y ni el viento se asomaba por los andenes para alborotar el polvo. Sólo había calor de melcocha pegada al cuerpo y el ruido mareador de los ventiladores de las casas a punto de caer.

La misma sobriedad y precisión alienta en todos los cuentos de este libro y eso aumenta todavía más la sensación de agobio sin remedio. En Vuelta de Hoja el agobio proviene de una realidad destilada sobre los personajes como metal derretido. En este caso, el sentimiento surge de la aventura de un grupo de soldados obligados por sus superiores a perpetrar el delito bautizado con el eufemismo de falsos positivos, asunto del que sólo nos enteremos así de paso, un tanto al azar y otro tanto porque no hay más remedio.

Gustavo Vargas Ramírez conoce bien el oficio de escribir cuentos. Por eso lo que leemos aquí acaece siempre más acá del umbral donde la vida- y con ella la  literatura- se desdibujan en una línea de sombra que sólo puede intuir la palabra del poeta.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=uTXP8VB52-I&list=RDuTXP8VB52-I&start_radio=1

 

miércoles, 8 de abril de 2026

Ego te absolvo

 

                         




                                 (…) Y no hallé cosa

                                   en que poner los ojos

                                   que no fuera recuerdo de la muerte (…)

 

                                     Francisco de Quevedo y Villegas

 

 

Una compañera de trabajo cuyo nombre prefiero omitir tiene como consejero de cabecera un programa de Inteligencia Artificial al que ella llama “mi maestro”. Es el depositario de todas sus dichas- más bien escasas- y de sus copiosos tormentos, que pasan por la situación económica, los desencuentros sentimentales y sexuales, la frustración profesional, las relaciones con sus hijos adolescentes y un extenso catálogo que sería fatigoso enumerar aquí.

Invariablemente, su “consejero” le recomienda mantener la calma, no amargarse por insignificancias y ensayar nuevas alternativas que enriquezcan su vida de otra manera.

Por lo visto, nada que no ofrezcan los curas en el confesionario, los sicólogos, los siquiatras y los guías espirituales de las sectas religiosas y laicas que proliferan al ritmo de las angustias de la gente, multiplicadas por un modelo de sociedad que no ofrece opciones de satisfacción proporcionales al nivel de competencia y consumo que él mismo impone. En el fondo de todo se agita el temor supremo: el de la muerte como compañera inseparable de todo viaje.

Cuando se refiere a su maestro, mi compañera eleva una octava el tono de la voz y asume el tono vehemente y sentencioso de quien no está dispuesto a aceptar réplicas. Es comprensible: está convencida de que en la Inteligencia Artificial- ella nunca la llama así- alienta algo mágico, una suerte de espíritu capaz de leer la mente de las personas, y por eso mismo está capacitada para ofrecer respuestas a todos los casos.  Su consejera le dice cómo obtener nuevas entradas que equilibren su situación financiera; le ofrece recetas para reavivar la extinguida pasión sexual en el matrimonio, le plantea fórmulas para relacionarse mejor con sus hijos y- faltaba  más-un enfoque más fructífero de su rumbo profesional.




La búsqueda de respuestas a las incertidumbres y desafíos de la vida es tan antigua como los seres humanos. Va ligada a la incógnita insoluble que supone el hecho de existir. Alienta en las plegarias a los dioses, en las visitas al oráculo, en los ritos propiciatorios y- por supuesto- en esas formas modernas que son las consultas con  sicólogos, siquiatras y todo un catálogo de terapeutas.

En realidad, lo único nuevo aquí es el ropaje tecnológico. La gente anda con su gurú incorporado al teléfono celular y puede consultarlo cada vez que siente tambalearse la frágil estructura de su vida íntima : siempre obtendrá una respuesta que equilibre por un momento su ritmo cardiaco y el flujo de sus jugos gástricos. “¡Siento tanto alivio cuando mi maestro me responde!” exclama, agradecida, mi compañera y la mirada le brilla con un destello de revelación bíblica.

Mis compañeros de generación recordarán esos programas radiales de gran  audiencia titulados “Doctora Corazón” o “Aquí resolvemos su caso”, que gozaban de tantos oyentes como “ Kalimán, el hombre increíble” o “Arandú, el príncipe de la selva”. Eran dirigidos por mujeres que adoptaban un tono maternal y comprensivo capaz de conjurar cualquier tormenta. Los despechados, los arruinados, los abandonados de la mano de Dios y del amor les enviaban cartas firmadas con seudónimos como “Corazón destrozado”, “Violeta marchita”, “  Ave sin rumbo” y otros igual de explícitos. Invariablemente, las consejeras ofrecían fórmulas para sortear cada encrucijada. Al final, entre comerciales de jabones, medias veladas y tintes para el pelo, las guías impartían la bendición a su caterva de desesperados, que regresaban tranquilos- o eso se suponía- a enfrentar sus acertijos cotidianos.






En su novela “La muerte de Alec” el poeta Darío Jaramillo Agudelo escribió citando a no recuerdo quién y tampoco lo precisó, que “Todos buscamos el madero de la talla exacta de nuestro naufragio”. Por lo visto y escuchado, las respuestas de la Inteligencia Artificial obedecen a las mismas lógicas que rigen o parecen regir la vida de los humanos desde hace miles de años.  Al fin y al cabo todos necesitamos en algún momento aferrarnos a alguna potencia de este mundo o del otro. Si, como bien lo anotó un ingenio anónimo  “los siquiatras son los exorcistas de los ateos”,  devotos y escépticos vamos por el mundo dando golpes de ciego a la espera de respuestas que nos deparen algún grado de sosiego, por efímero que sea. Más aún: estamos dispuestos a pagar por ello, ya sea en efectivo, en especie o alienando nuestra  escasa libertad en manos de algún embaucador.

Quizá por pudor, mi compañera de trabajo todavía no lo admite. Pero sospecho que espera escuchar algún día en la voz de su gurú digital la  sentencia mágica que habrá de ponerla a salvo de todos los  tormentos : “ Ego te absolvo”.

 

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=Mn90bDGoeS0

miércoles, 25 de marzo de 2026

El rock & roll todavía es para mí

 


Les comparto enlace a la conversa El rock & roll todavía es para mí, realizada en la Biblioteca Comfamiliar de Pereira.

https://www.youtube.com/live/oqWwzfnApDM




lunes, 2 de marzo de 2026

Tras las huellas de Silvio Girón

 




Blasfemar era el verbo favorito del escritor pereirano Silvio Girón Gaviria. La  blasfemia, en su más puro sentido, definía su ser y estar en el mundo. Abjurar de todos los poderes establecidos de este mundo y del otro era la esencia   misma de la vida de este hombre de pluma rápida y feroz, dotada de un olfato especial para detectar el hedor que se desprende de todas las formas de poder.

En las estaciones de radio, en sus columnas de los periódicos, en sus libros y folletos alentó siempre el espíritu indomable del que se resiste a creer en la palabra de quienes “Tienen la sartén por el mango… y el mango también”, según canta la gran Susana Rinaldi.

Lo de pluma rápida y feroz no es una figura literaria.  Sus familiares cuentan que se acomodaba frente a su vetusta máquina de escribir y borroneaba cuartillas con el ímpetu del que necesita con urgencia sacarse del alma y del cuerpo una legión entera de demonios. Tal como salían de la  Olivetti las imprimía o las leía en   las estaciones de radio que lo utilizaban para decir lo que sus propietarios o periodistas no se atrevían. Con el paso de los años su palabra dejó un rastro que, entrada la tercera década del siglo XXI, constituye un documento invaluable para asomarse a los muchos rostros de una Pereira que se debate entre la nostalgia por la aldea que fue y el envanecimiento por la metrópoli que no es.




El periodista, investigador y profesor Abelardo Gómez Molina, riguroso editor por lo demás, se propuso seguir las huellas que Girón Gaviria dejó a su paso por la ciudad.  Porque el escritor era sobre todo eso: un caminante de las calles y un frecuentador de los antros donde se advierte el pulso de una comunidad. El resultado es el libro titulado Silvio Girón Gaviria:  Vida y obra de un rebelde con causas, publicado por la Secretaría de Cultura de Pereira y su Biblioteca “Ramón Correa Mejía” en diciembre   de 2025 bajo el sello   La Chambrana.

Sin necesidad de teorías al uso, en los textos de Silvio Girón Gaviria las fronteras entre los géneros se diluyen atendiendo a las urgencias del relato. A veces cuentos, a veces crónicas, en otras ocasiones viñetas o artículos de opinión y en algunos casos novelas breves. Lo importante para él siempre fue recrear la materia viva de que estamos hechos los transeúntes de este desopilante lugar llamado tierra. Por encima de todo lo suyo fue el mundo de los marginales, de los excluidos; esa franja siempre creciente de barrios de miseria alimentada con él éxodo de los campesinos expulsados desde pueblos y veredas por sucesivas violencias o animados por las expectativas de estudio, trabajo y servicios en las capitales.

Es por eso que, en la página 33 de su trabajo sobre Girón, Abelardo Gómez cita al escritor español Pedro José Palacios, residente en Colombia a comienzos de los setenta, quien en su prólogo al libro Que griten las paredes (1972), escribe: “Un nuevo libro de Silvio Girón no puede ser sino lo que esperábamos que sea: otro testimonio de la época que le ha tocado conocer directamente. El autor nació en el mismo escenario que describe un día tras otro".




En su búsqueda Abelardo Gómez Molina visitó bibliotecas, revisó archivos, hurgó en hemerotecas y consultó a quienes en algún momento compartieron la aventura vital y literaria del autor de La ninfa de los parques. El resultado es una amalgama de textos y voces que en 81 páginas de pequeño formato nos revelan algunas razones para entender la visceral escritura de Girón, que produjo fascinación y repulsa a partes  iguales. Entre otras cosas, el lector se pregunta si, de haber contado con un buen editor y corrector de estilo que le pusiera orden a tanto vértigo, su obra no merecería hoy una atención distinta a la de lo meramente anecdótico. En su defensa, podemos conjeturar que el ritmo de su escritura obedecía al frenesí de un poblado que a troche y moche se  transformaba en ciudad  intermedia, con todas las cosas buenas y malas que eso acarrea.

En el primer párrafo de su investigación, Abelardo Gómez advierte:

La vida de cualquier persona puede tejerse a partir de dos miradas, muchas veces antagónicas: la del individuo de carne y hueso que está plagado con los claroscuros que nos deparan las mezquindades de la vida rutinaria o, mejor aún, la de aquél que a partir de sus propósitos- eso que en el romanticismo llamaban ideales-, con la exacta concreción de los mismos en su obra, sienta las bases del desciframiento interior. En Silvio Girón Gaviria no hay tal disyuntiva: su vida y su obra se confunden en un solo propósito: la plenitud de la coherencia, quizá el estado ideal al que cualquiera desearía llegar.




Claroscuros, mezquindades, ideales, desciframiento, coherencia. Esos cinco  conceptos definen con precisión la ruta de viaje de Silvio Girón. La misma que Abelardo Gómez decidió rastrear para devolvernos una semblanza del hombre y el escritor que a bordo de su máquina de escribir  tejió una postal de la ciudad que fue el motivo de sus dichas y desvelos

 

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=4MfE28D5QH0

jueves, 19 de febrero de 2026

Siete maneras de contar el mundo




Desde los tiempos de la conquista, la figura del cronista que cruza el océano para dar cuenta de lo que vio en mundos recién descubiertos es un tópico en la literatura y el periodismo. De paso, define una manera de ver las cosas: la del contador de historias que ve la vida como un palimpsesto revelador de sorpresas a cada instante.

Muchas cosas han cambiado desde entonces. Ya no se tiene que viajar en barco y sortear tormentas antes de llegar al destino propuesto. Los contadores de historias de estos tiempos se enfrentan a otro tipo de tormentas: las de la geopolítica y la desinformación que cunden por todas partes. Las armas de todos los poderes se han vuelto sofisticadas y el reportero debe caminar sobre campos minados.

Con todo, algo permanece: la voluntad de descorrer los velos que ocultan las intenciones de los poderosos en todos los rincones de la tierra. Los asedios de los imperialismos, los horrores del narcotráfico y la trata de personas, la persecución a los disidentes, las viejas y nuevas formas de dictadura, las guerras que se multiplican en todos los puntos cardinales o las renovadas formas de noticias falsas constituyen un desafío permanente al coraje y la inventiva de los periodistas surgidos o consolidados en lo que va del siglo XXI.

Siguiendo una constante desde los tempranos días de su fundación en 1863, Pereira ha sido una ciudad en permanente contacto con los prodigios y horrores que convulsionan cada día la faz del planeta. De ello dan cuenta las publicaciones surgidas en las primeras décadas del siglo XX. A su modo, los periódicos se las arreglaban para mantener a sus lectores enterados de acontecimientos tan decisivos para la humanidad como la Primera Guerra Mundial o la Revolución Bolchevique.




El periodista Henry Orrego- durante más de dos décadas corresponsal de France Press en América Latina- se propuso seguir el rastro de esas formas de contar y su expresión en un grupo de colegas nacidos o formados en Pereira que hoy trabajan en distintos medios del mundo. El resultado es una selección de textos y reseñas biográficas con un título elocuente: Periodismo de exportación: corresponsales extranjeros nacidos en Pereira, obra publicada en La Chambrana, colección de bolsillo editada por la Secretaría de Cultura de Pereira y su biblioteca “Ramón Correa Mejia” a comienzos de 2026.

La selección de textos y autores estuvo precedida de una rigurosa tarea enfocada a ubicar a los periodistas en sus actuales lugares de residencia y trabajo para concertar entrevistas y tener acceso a su manera particular de ejercer el oficio.  Al final resultaron siete crónicas , reportajes y testimonios que le permiten al lector tener una mirada panorámica del mundo de hoy desde el estilo y las técnicas de quienes un día partieron de Pereira y se hicieron a un sitio en medios de comunicación de gran influencia internacional como CNN o BBC Mundo.




Son ellos Catalina Gómez (Una defensa apasionada del periodismo); Jennifer Montoya (Los periodistas no somos amigos del poder); Juan Carlos Pérez Salazar ( México y el infierno de la trata de mujeres); William Restrepo, constructor del periodismo televisivo en español de EEUU; Javier Amaya (Lino Gil Jaramillo en el radar del FBI); John Jairo Posada Castaño ( El día en que los gringos me hicieron rezarle al milagroso de Buga) y Henry Orrego ( Y Pinochet se levantó de la silla de ruedas).

Al recibir el premio “David Berbian” otorgado en octubre de 2025 en España   por su tarea como reportera de guerra en Ucrania y Oriente Medio, Catalina Gómez expresó lo siguiente:

Creo que ustedes nos apoyan no solo porque nos quieren, también porque entienden la importancia de contar el mundo, sobre todo contar esas realidades que muchos no se atreven o no quieren contar. Porque con la situación en la que nos encontramos necesitamos de todas las miradas posibles y ojalá enormemente diversas, para poder descubrir y entender lo que pasa y no dejar que el relato quede en manos de una sola voz o de una visión sesgada que solo replica la narrativa del sistema que las sostiene. O peor aún, que ese relato quede silenciado por la ausencia de periodistas que se atrevan a meterse en lo más profundo para poder contarnos aquello que creen importante.




Estamos ante una declaración de principios que, por lo demás, es común a todos los periodistas reconocidos o anónimos que asumen su tarea con honestidad y  valentía, y por eso le permiten al consumidor de información tener una mirada en perspectiva del mundo que lo rodea. Desde Londres o Miami, desde Seattle o Irán esta selección de textos y autores se nos ofrece a modo de caleidoscopio que entre dichas y desvelos facilita una aproximación a los múltiples rostros de un Mapamundi ( permítanme ese anacronismo en tiempos de Google Maps y la I.A) donde la Guerra Fría nunca terminó, porque la caída del Imperio Soviético abrió en realidad las puertas para un nuevo invitado al banquete (China) y hoy padecemos sus consecuencias.

 

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=F_xbfIgWMHU

 

 

 

 

miércoles, 11 de febrero de 2026

La política como reality

 



Promediando el siglo XX, el estadista colombiano Darío Echandía nos recordó que “Un partido político es un proyecto de sociedad en movimiento”. Mal que bien, quienes aspiraban a gobernar tenían en mente una idea de ciudad, de región, de país y trataban de llevarla a cabo en la medida en que un gobierno se da en el mundo de lo posible, ya que no en el de lo deseable

Con el rápido desarrollo de los medios de comunicación audiovisuales y la entronización definitiva de Internet, el ejercicio de la política devino puesta en escena de una imagen de mandatario diseñada a la medida de los deseos, los miedos, las ilusiones y las expectativas de una masa cada vez más desprovista de sentido crítico para discernir entre una suma de  propuestas  más parecidas a los productos expuestos  en un supermercado que a un planteamiento serio y bien fundado en ideas y alternativas para sociedades  urgidas de grandes soluciones.

 Despojadas de contenido, las campañas políticas se nos aparecen ahora como un colorido portafolio destinado a satisfacer los deseos de segmentos de sociedad cada vez más delimitados por las agencias de publicidad y mercadeo político. En ese escenario  ya no se necesita estudiar con rigor el rol de las múltiples fuerzas que intervienen en la configuración de una sociedad (políticas, culturales, sociales, étnicas, religiosas, económicas).

Las Agencias de Comunicación Política (así las llaman) acabaron por suplantar a esos juiciosos pensadores que asesoraban a quienes pretendían gobernar a sus ciudadanos. El ropaje suplantó así a las ideas, convirtiendo al político en un payaso capaz de   superar los límites del ridículo con tal de cautivar a una masa acrítica.



Así las cosas, lo que en tiempos de la Guerra fría se conoció como “aparato ideológico” ( independiente de lo que eso signifique), fue desterrado para poner en su lugar un sistema de signos heredado primero de los programas de concurso donde los asistentes votan por un producto y al final son recompensados con “muestras gratis” del mismo. Más tarde, los políticos aparecieron haciendo el papel de cuenta chistes, aupando a su vez a los orientadores de ese tipo de programas hacia la arena política (¿Recuerdan a Alfonso Lizarazo y su fiasco como congresista?).

 En la década del sesenta el pensador francés Guy Debord (1931- 1994) advirtió en su libro La Sociedad del Espectáculo sobre el rápido deterioro de los criterios de valoración utilizados por los seres humanos y sus líderes para medir y dimensionar el grado de evolución de las sociedades de las cuales formaban parte. En ese contexto, las ideas y el correspondiente debate fueron reemplazados por un juego de espejos diseñado desde los centros de poder para encandilar y desviar de su camino a quienes luchaban en procura de transformaciones sociales grandes o pequeñas. De ahí a la certeza de la revolución traicionada mediaba sólo un paso.

 Las intuiciones del francés no andaban lejos: cuando Ronald Reagan ( un mediocre actor de cine que apareció en películas del oeste)  se convirtió en el gobernador número 33 de California en 1966 , para alcanzar después la presidencia de Estados Unidos en 1981, estaba allanando el camino para la colonización de la política por parte de la industria del espectáculo.




En efecto, el viejo concepto de electorado se volvió anacrónico y fue reemplazado por el de audiencia, lo que no es un asunto menor: el elector supone alguna medida de participación, mientras la audiencia está predestinada a aplaudir y por lo tanto a validar lo planteado en el escenario, por absurdo o demencial que resulte.  No es casual entonces que los políticos canten, bailen, se meneen, utilicen pelucas o muestren el culo como el colombiano Mockus en su momento, si con ello consiguen seducir al auditorio: votos son amores.




Visto, así, lo del músico Bad Bunny – Vega Baja, Bayamón, Puerto Rico, 10 de marzo de 1994- en la más reciente edición del SuperBowl- una suerte de fetiche de la sociedad del consumo y el derroche- es apenas otro capítulo de la migración de la política hacia el reino del espectáculo. Carentes de ideas en consonancia con las necesidades de la sociedad los gobernantes acabaron depuestos por ídolos fabricados en serie por el mercado del entrenamiento. Es de tal tamaño el vacío, que  la puesta en escena de  Bad Bunny tuvo más efecto que los textos de miles de editorialistas y columnistas de opinión a los que nadie nos  lee. La parábola es clara: sin ser nada del otro mundo desde el punto de vista musical, la propuesta del portorriqueño resultó más contundente que las contorsiones y el tono iracundo de Donald Trump, que de manera bastante  retorcida quiso hacer del odio al extranjero en un país hecho por inmigrantes la extraña fórmula para “hacer a América grande de nuevo”.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=G6FuWd4wNd8

 



domingo, 1 de febrero de 2026

Sólo para locos

 

                                                         El " escorpión" de Hugo Gatti


Ya les he contado que, en mis remotos tiempos del bachillerato, solía cruzarme en el paradero de buses con tres brillantes jugadores del Deportivo Pereira y del fútbol colombiano:  Hernando García, portero   o “ cancerbero”, como decían los cronistas deportivos de esos tiempos; Oswaldo Calero, volante de marca caza tobillos y Jairo “ El maestrico” Arboleda, uno de esos genios silvestres que siempre guardaban en  la manga el as capaz de resolver la situación más difícil : una gambeta imposible, un “túnel”, un “taquito”, un “sombrero” o una “bicicleta”.  Para entonces, el fútbol no había sido invadido por el hongo de la corrección política, ligada a la conversión del juego en un negocio de dimensiones planetarias.

El encuentro siempre se daba a eso de las cinco y cuarenta y cinco de la mañana. Yo me dirigía al colegio Deogracias Cardona y ellos, ebrios de ron y de salsa brava, aguardaban la ruta que los conducía a los entrenamientos en el estadio “Alberto Mora Mora”, el viejo “ Fortín de Libaré” que vio caer al mismísimo Millonarios de Pedernera , Cozzi y Di Stéfano, conocido como “ El ballet azul”. Los tres- Calero, García y Arboleda- amanecían bailando en un sitio de malandrines y rumba dura llamado “Copacabana”, regentado por una mujer de mano implacable  de nombre Bernarda, que solía calmar a los borrachos díscolos esgrimiendo un machete de marca Incolma, de  donde se derivó la palabra “Incolmazo”. Nuestros héroes llevaban los botines colgados al cuello y se sacaban del cuerpo el alcohol consumido mediante entrenamientos  que duraban toda la mañana bajo un sol de justicia.


                                                                 Víctor Campaz

Los jóvenes de hoy, habituados a ver en las redes sociales a Cristiano Ronaldo a bordo de su avión privado, a Messi dorándose al sol en su yate y a James Rodríguez pilotando su Ferrari por alguna autopista, no me creen cuando les digo que los futbolistas de hace medio siglo viajaban en bus. Poco importa si les recreo con palabras- poco confían en las palabras estos hijos de las imágenes- a los paraguayos Aurelio Valbuena, Mario Rivarola y Apolinar Paniagua, colgados como cualquier parroquiano en un bus de Urbanos Cañarte repleto hasta las banderas de oficinistas, estudiantes y trabajadores de la construcción.

Los futbolistas mencionados no eran la excepción. Empezando por los más geniales, eran   poco más o menos que marginales sospechosos de vagancia y cosas peores. Los jefes de familias bien entraban en pánico si sus retoños se inclinaban por ese juego o si sus hijas, seducidas por una gambeta inconcebible, mostraban algún interés por uno de esos delincuentes en potencia. Muy distinto a estos días de futbolistas billonarios y glamorosos cuyo estilo de vida es un modelo a seguir, aupado por las escuelas de fútbol que se multiplican por todas partes al ritmo de la codicia de empresarios, entrenadores, periodistas deportivos y padres de familia.


                                                           O.O Corbatta

Con el advenimiento de la nueva era, la locura en el fútbol fue proscrita. Ese cruce entre deportista, poeta y malandrín empezó a ser borrado de las canchas. Esos bohemios entrañables que lucían melenas desordenadas, llevaban las medias abajo, la camiseta afuera y guardaban en el baúl todo un catálogo de jugadas que rozaban la belleza pura fueron prohibidos en el reglamento.  Asumido como una empresa con todo y su tecnocracia, el juego se volvió atractivo para todos: los pobres vieron allí una oportunidad de redención, las clases medias una nueva herramienta de ascenso y los ricos   otra manera de acrecentar el capital. Justo en ese momento, la televisión, la publicidad, el mercadeo y las casas de apuestas jugaron sus cartas. Los futbolistas debían cuidarse para hacer rentables las inversiones. De ahí que la carrera profesional se extienda hoy hasta donde el cuerpo permita facturar. Por eso las grandes estrellas tienen entrenadores, médicos y cocineros personales.

 Los voceros de la doble moral lo sentenciaron: los futbolistas que no se cuidaron terminaron mal. Y citan genios como Houseman, Pedro Alexis González – apodado con saña como “ El borracho”- Omar Orestes Corbatta- otro borrachito incorregible-, el salvadoreño “ Mágico” González y al mismo Maradona, así como a los arqueros Higuita y Gatti, salvados por alguna divinidad cuando transitaban al borde del abismo. En el bando de los ejemplares ponen a Pelé, a Messi y a Cristiano. En el caso colombiano ubican de un lado a Víctor Campaz o a Henry Caicedo y en el otro a James Rodríguez y Luis Díaz. Millonarios glamorosos y bohemios indomables conforman así los polos irreconciliables para los modelos al uso. Poco importa si ni siquiera los más brillantes de hoy pueden hacer un “túnel”, un “sombrerito” o una “bicicleta” sin volverse reos de violación a los derechos del rival burlado.


                                                             René Houseman

“Sólo para locos. La entrada le cuesta la razón”, leemos en la ya olvidada y acaso  también proscrita novela de Herman Hesse, titulada “El Lobo Estepario”.   Se me ocurre que esa frase pudo haber lucido muy bien a la entrada del camerino de uno de esos viejos estadios donde   veintidós tipos- algunos de ellos poseídos por el delirio- se preparaban para hacer de la tarde propia y ajena una fiesta interminable.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=os4k2Zu7EB4