Promediando el siglo XX, el estadista colombiano Darío Echandía nos recordó que “Un partido político es un proyecto de sociedad en movimiento”. Mal que bien, quienes aspiraban a gobernar tenían en mente una idea de ciudad, de región, de país y trataban de llevarla a cabo en la medida en que un gobierno se da en el mundo de lo posible, ya que no en el de lo deseable
Con el rápido desarrollo de los
medios de comunicación audiovisuales y la entronización definitiva de Internet,
el ejercicio de la política devino puesta en escena de una imagen de mandatario
diseñada a la medida de los deseos, los miedos, las ilusiones y las
expectativas de una masa cada vez más desprovista de sentido crítico para
discernir entre una suma de
propuestas más parecidas a los
productos expuestos en un supermercado
que a un planteamiento serio y bien fundado en ideas y alternativas para
sociedades urgidas de grandes soluciones.
Despojadas de contenido, las campañas
políticas se nos aparecen ahora como un colorido portafolio destinado a
satisfacer los deseos de segmentos de sociedad cada vez más delimitados por las
agencias de publicidad y mercadeo político. En ese escenario ya no se necesita estudiar con rigor el rol de
las múltiples fuerzas que intervienen en la configuración de una sociedad
(políticas, culturales, sociales, étnicas, religiosas, económicas).
Las Agencias de Comunicación
Política (así las llaman) acabaron por suplantar a esos juiciosos
pensadores que asesoraban a quienes pretendían gobernar a sus ciudadanos. El
ropaje suplantó así a las ideas, convirtiendo al político en un payaso capaz
de superar los límites del ridículo con
tal de cautivar a una masa acrítica.
Así las cosas, lo que en tiempos de la Guerra fría se conoció como “aparato ideológico” ( independiente de lo que eso signifique), fue desterrado para poner en su lugar un sistema de signos heredado primero de los programas de concurso donde los asistentes votan por un producto y al final son recompensados con “muestras gratis” del mismo. Más tarde, los políticos aparecieron haciendo el papel de cuenta chistes, aupando a su vez a los orientadores de ese tipo de programas hacia la arena política (¿Recuerdan a Alfonso Lizarazo y su fiasco como congresista?).
En la década del sesenta el pensador francés
Guy Debord (1931- 1994) advirtió en su libro La Sociedad del Espectáculo
sobre el rápido deterioro de los criterios de valoración utilizados por los
seres humanos y sus líderes para medir y dimensionar el grado de evolución de
las sociedades de las cuales formaban parte. En ese contexto, las ideas y el
correspondiente debate fueron reemplazados por un juego de espejos diseñado
desde los centros de poder para encandilar y desviar de su camino a quienes
luchaban en procura de transformaciones sociales grandes o pequeñas. De ahí a
la certeza de la revolución traicionada mediaba sólo un paso.
Las intuiciones del francés no andaban lejos:
cuando Ronald Reagan ( un mediocre actor de cine que apareció en películas del
oeste) se convirtió en el gobernador
número 33 de California en 1966 , para alcanzar después la presidencia de
Estados Unidos en 1981, estaba allanando el camino para la colonización de la
política por parte de la industria del espectáculo.
En efecto, el viejo concepto de
electorado se volvió anacrónico y fue reemplazado por el de audiencia, lo que
no es un asunto menor: el elector supone alguna medida de participación,
mientras la audiencia está predestinada a aplaudir y por lo tanto a validar lo
planteado en el escenario, por absurdo o demencial que resulte. No es casual entonces que los políticos
canten, bailen, se meneen, utilicen pelucas o muestren el culo como el
colombiano Mockus en su momento, si con ello consiguen seducir al auditorio:
votos son amores.
Visto, así, lo del músico Bad
Bunny – Vega Baja, Bayamón, Puerto Rico, 10 de marzo de 1994- en la más
reciente edición del SuperBowl- una suerte de fetiche de la sociedad del
consumo y el derroche- es apenas otro capítulo de la migración de la política
hacia el reino del espectáculo. Carentes de ideas en consonancia con las
necesidades de la sociedad los gobernantes acabaron depuestos por ídolos
fabricados en serie por el mercado del entrenamiento. Es de tal tamaño el
vacío, que la puesta en escena de Bad Bunny tuvo más efecto que los textos de
miles de editorialistas y columnistas de opinión a los que nadie nos lee. La parábola es clara: sin ser nada del
otro mundo desde el punto de vista musical, la propuesta del portorriqueño
resultó más contundente que las contorsiones y el tono iracundo de Donald
Trump, que de manera bastante retorcida
quiso hacer del odio al extranjero en un país hecho por inmigrantes la extraña
fórmula para “hacer a América grande de nuevo”.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:
https://www.youtube.com/watch?v=G6FuWd4wNd8


























