Fotografía : Nazly Johanna Londoño
Ya lo dijo el cantor: los recuerdos son como mariposas disecadas. Uno los toca y se deshacen entre los dedos. Por eso hay que acercarse a ellos con andar leve.
Los viejos baúles familiares son, si se quiere, la metáfora física de los recuerdos. En ellos conviven, de manera más o menos pacífica, viejas cartas y postales, álbumes de fotografías, carteras, pañuelos, espejos, juguetes y toda suerte de objetos que acompañaron a sus poseedores, muchos de ellos ya muertos, en su andadura por la vida.
Los arqueólogos de la literatura hurgan en esos baúles- materiales o simbólicos- en busca de pistas que conduzcan a los orígenes de determinadas formas de escritura, para recordarnos lo más obvio: que nada surge por generación espontánea. Todo lo contrario: heredamos experiencias ajenas que nos permiten continuar la marcha de otras maneras. Ese legado es, además, un antídoto contra la tentación de la soberbia, la seducción de creer y hacer creer que somos fundadores de algo y, por eso mismo, nada le debemos a la tradición.
La investigadora y escritora Adriana Villegas Botero (Doctora en Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira, profesora en la Universidad de Manizales, además de autora de la novela El oído miope y el libro de cuentos El lugar de todos los muertos), se hizo al camino en procura de las pistas capaces de mostrarnos un panorama de la literatura escrita por mujeres nacidas o residentes en lo que antes se llamó el Gran Caldas, en un arco temporal que va de 1870 a 1960.
En su propósito se adentró tanto en archivos familiares como en hemerotecas, bajo el entendido de que quienes escribían en esa época rara vez podían ver sus obras en forma de libro y se conformaban con publicaciones en periódicos y revistas, cuando no en hojas sueltas. En esa medida fueron claves los hallazgos en las páginas de los diarios Renacimiento, La Voz de Caldas y La Patria, publicados entre 1915 y 1939.
El resultado de ese trabajo riguroso y tenaz- no sobra decirlo- es el primer volumen titulado “Mientras los caballeros fuman y descansan…” y otros textos invisibles, publicado bajo el sello CARA CRUZ, con el auspicio de Colciencias, la Universidad de Manizales, la Universidad de Caldas, la Universidad Tecnológica de Pereira y el sello editorial de ésta última.
Como bien lo expresa el nombre del sello, la obra presenta una primera cara donde se reseña la vida de las escritoras y algunas muestras de los textos recogidos. En la otra el lector encuentra un estudio detallado del recorrido de las autoras hasta la publicación de sus textos, que incluye cuadros con nombres, medios de publicación y fechas que nos ubican en el contexto espacial y temporal donde se produjeron las obras.
En esa medida, es capital fijarse en el párrafo introductorio de la obra, titulado: Obras literarias, revistas culturales y prensa generalista: algunas precisiones iniciales:
El rastreo hemerográfico de obras literarias escritas por mujeres exige plantear como punto de partida qué se entiende como “obra literaria”, para explicar el criterio de selección del corpus y su clasificación. La clásica definición del lingüista Roman Jakobson (1975) plantea que la literatura es una forma de escribir que “violenta organizadamente el lenguaje ordinario”. Sobre esta definición, Terry Eagleton discute que la visión de Jakobson y, en general de los formalistas rusos “equivale a pensar que toda literatura es poesía” (Eagleton, 1994, p.16) y desconoce que la literatura tiene otras posibilidades, además de la lírica.
Son cuatrocientas treinta páginas que nos revelan el nombre, las obras y la biografía de catorce escritoras de las que no teníamos noticia. Son ellas: Ana Joaquina Cárdenas Cano, Agripina Montes del Valle, Rosario Grillo de Salgado, María Rojas Tejada, Claudina Múnera Mejía, Natalia Ocampo de Sánchez, María Botero de Robledo, Uva Jaramillo Gaitán, Belisa Botero Mora, Blanca Isaza de Jaramillo Meza, Carolina Rodó, Agripina Restrepo de Norris, María Eastman y Chila Molina Salazar.
Como se puede advertir, cinco de ellas llevaban el apellido del esposo, lo que da cuenta de su condición de amas de casa que supieron encontrar entre sus ocupaciones domésticas el tiempo y el sosiego necesarios para cultivar su inclinación por el cuento, la novela, la crónica, el ensayo y la poesía.
Para una muestra, en la página catorce encontramos estos versos de Ana Joaquina Cárdenas Cano (Rionegro, Antioquia, 1843- Manizales, Caldas, 14 de octubre de 1935) publicados en La Voz de Caldas el 19 de mayo de 1932:
(…) Yo, con afán, interrogué curiosa
a tu escogida y predilecta flor,
porque he soñado que la blanca rosa
guarda una historia para ti, de amor (…)
El título del poema es: Una pregunta a mi estimada amiga Rosario Grillo. De entrada, un lector atento advierte reminiscencias de Guillermo Valencia, Julio Flórez y el más tardío Eduardo Carranza, voces de obligada presencia en las escasas bibliotecas de esos tiempos. La conocida apelación a la figura de la flor como símbolo a la vez de belleza y fugacidad- ya presente en los clásicos latinos- nos habla del contacto de Ana Joaquina Cárdenas con una tradición.
Pero no es sólo el hálito de la poesía lo que mueve a estas autoras. En la página 113 encontramos un texto titulado Comentarios al margen del temblor, firmado por Blanca Isaza de Jaramillo Meza (Abejorral, Antioquia, 6 de enero de 1897- Manizales, 13 de septiembre de 1967). Allí ofrece muestras de una fina sensibilidad para, a partir de imágenes cotidianas- en este caso el estropicio causado por el temblor del 4 de febrero de 1938 entre las plantas domésticas- construir muy bien narradas crónicas que ofrecen una mirada distinta del desastre.
(…) Hay que pensar en esa tragedia en miniatura que es la mata ya florecida y destrozada. Primero, el preparar minucioso de la vasija y de la tierra apropiada donde el gajo se eleva con una invocación mental a la buena suerte para que prenda pronto; luego, ese examen diario para ver si junto al tallo que se mustia surge al fin el milagro de la yema nueva; la alegría ruidosa que nos produce el primer retoño que asoma tímido su pelusa rizada como un mínimo abanico cercado; el comentario ingenuo: - Qué buena mano tengo, fíjense, ya prendió la mata, el orgullo inefable de verla crecer, cuajarse de botones en una elación gloriosa hacia la luz, hacia el color; esa vanidad pueril con que queremos para nosotras la exclusividad de su belleza: esta mata es muy escasa, la trajeron de Bogotá, de Medellín (…)
Ese fragmento es un recurso maestro que prepara al lector para el contraste ofrecido por las manos cuidadosas y llenas de ternura, frente a la matera y la planta destruidas por efectos del temblor en una parábola perfecta de la vida misma.


















