Queme todo, queme cada una de mis
cartas, siempre la última más hermosa que la anterior. Yo también lo haré, yo
quemaré todo apenas sepa que la leyó. Cuando llegue a este punto lo sabrá, yo
estaré con usted y sonarán las canciones en rezo mientras todo deja de ser para
los dos.
Suyo, siempre.
Así termina el libro de cuentos titulado Vuelta de Hoja, escrito por
Gustavo Vargas Ramírez (Armero, Tolima, 1984), ganador del premio de la Colección
de Escritores Pereiranos, modalidad cuento en su edición 2024 y publicado a
finales de 2025. Vargas Ramírez es además autor de un libro titulado Breve
Historia de los Blogs en América Latina y de la colección de relatos breves
Crónicas para Fantasmas.
Nunca sabremos quién es la destinataria de esta carta, en cuya entrada sólo
leemos Querida A. a modo de
saludo. De manera que estamos ante un misterio redondo: ignoramos quién es el
remitente y quién la destinataria. El recurso del relato que se muerde la cola
es caro a una tradición que se remonta a los orígenes del género. Por eso lo
peor que puede hacer el narrador es revelar el misterio. A duras penas puede sugerirlo a modo de
invitación al lector: quien propone un
acertijo debe dejar a su interlocutor en ascuas.
A juzgar por los catorce cuentos que conforman este breve volumen de
ochenta y seis páginas, el autor ha logrado su propósito. De entrada, el título
del primero de ellos propone un ritual eterno: Penélope, espera. La mujer del mito teje y desteje no una
prenda sino su propio destino en tanto la materia de su prenda son los días.
¿Estás ahí? Háblame. Sí, soy yo. Volví. No sé a dónde me llevaron. No
llores. No llores. Estoy bien. Ven a la plaza. Ven rápido. Quiero verte, le dice una voz a través del teléfono antes de
perderse de nuevo en los territorios de lo insondable. El no sé dónde me
llevaron sugiere una desaparición forzosa, pero es apenas eso. Los cuentos del libro están llenos de
situaciones que si bien acontecen en lugares precisos: la Plaza de Bolívar, las
calles polvorientas de un pueblo abandonado de la mano de Dios, una taberna de
salsa llamada La Sonora Ponceña, en realidad suceden en esa difusa
frontera en la que el tiempo y el espacio se desvanecen: sólo las palabras
pueden dar cuenta de ella.
Para dar en el blanco esas palabras deben sortear las tentaciones del
adverbio y el adjetivo- su hermano mayor-, tan caras a la lengua castellana. Es más, deben ir
ligeras de equipaje si quieren
aproximarse a unos personajes y situaciones cuya impronta es lo inefable. Así,
en el tercer párrafo del cuento titulado La Puerta Falsa encontramos:
Isabel remojó el pan en el chocolate. Se sorprendió al disfrutar los
sabores combinados en su boca mientras alguna divinidad lloraba sobre Bogotá,
porque eso era la lluvia: premonición de tristeza sobre otro episodio de la
historia tan manipulable y
necesaria en los discursos de bandera e himno nacional.
En los cuentos de Vuelta de Hoja la vida de los protagonistas se cruza, muchas veces sin que ellos mismos se den cuenta, con los hilos de la historia de un lugar cuya impronta es el dolor ocasionado por la violencia y los desencuentros, expresados por ejemplo en los anhelos frustrados de ese remedo de boxeador apodado El Muerto, quien en el relato Día para Dormir, entre alcoholes y canciones intenta sobrellevar los golpes a la mandíbula que la vida le propina una y otra vez en una ciudad y un país diestros en demoler ilusiones.
Si hay algo que aflora aquí todo el
tiempo es ese fracaso que en América- empezando por el sur de Estados Unidos-
tiene en los pueblos de tierra caliente la metáfora perfecta de todas las
formas posibles del abandono. Rincones donde el tiempo parece haber entrado en
suspensión, mientras en lo más profundo de los seres y las cosas se incuban la
locura y el crimen.
Así, el cuento que le da título al libro, no por casualidad precedido de
una cita tomada de La casa grande, la novela de Álvaro Cepeda Samudio,
empieza de esta manera:
El pueblo era como el anterior. Las
cuatro calles daban a la iglesia y el parque. Los árboles parecían viejos olvidados en las
esquinas, tan secos como los huesos encontrados en la fosa hace un par de
semanas. Era la hora de la siesta el día que llegamos y ni el viento se asomaba
por los andenes para alborotar el polvo. Sólo había calor de melcocha pegada al
cuerpo y el ruido mareador de los ventiladores de las casas a punto de caer.
La misma sobriedad y precisión alienta en todos los cuentos de este libro y
eso aumenta todavía más la sensación de agobio sin remedio. En Vuelta de
Hoja el agobio proviene de una realidad destilada sobre los personajes como
metal derretido. En este caso, el sentimiento surge de la aventura de un grupo
de soldados obligados por sus
superiores a perpetrar el delito bautizado con el eufemismo de falsos
positivos, asunto del que sólo nos enteremos así de paso, un tanto al azar
y otro tanto porque no hay más remedio.
Gustavo Vargas Ramírez conoce bien el oficio de escribir cuentos. Por eso
lo que leemos aquí acaece siempre más acá del umbral donde la vida- y con ella
la literatura- se desdibujan en una
línea de sombra que sólo puede intuir la palabra del poeta.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=uTXP8VB52-I&list=RDuTXP8VB52-I&start_radio=1






















