miblog-acido
Gustavo Colorado Grisales
miércoles, 29 de julio de 2026
Un café con el poeta médico
lunes, 27 de julio de 2026
" Mientras los caballeros fuman y descansan..."
Fotografía : Nazly Johanna Londoño
Ya lo dijo el cantor: los recuerdos son como mariposas disecadas. Uno los toca y se deshacen entre los dedos. Por eso hay que acercarse a ellos con andar leve.
Los viejos baúles familiares son, si se quiere, la metáfora física de los recuerdos. En ellos conviven, de manera más o menos pacífica, viejas cartas y postales, álbumes de fotografías, carteras, pañuelos, espejos, juguetes y toda suerte de objetos que acompañaron a sus poseedores, muchos de ellos ya muertos, en su andadura por la vida.
Los arqueólogos de la literatura hurgan en esos baúles- materiales o simbólicos- en busca de pistas que conduzcan a los orígenes de determinadas formas de escritura, para recordarnos lo más obvio: que nada surge por generación espontánea. Todo lo contrario: heredamos experiencias ajenas que nos permiten continuar la marcha de otras maneras. Ese legado es, además, un antídoto contra la tentación de la soberbia, la seducción de creer y hacer creer que somos fundadores de algo y, por eso mismo, nada le debemos a la tradición.
La investigadora y escritora Adriana Villegas Botero (Doctora en Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira, profesora en la Universidad de Manizales, además de autora de la novela El oído miope y el libro de cuentos El lugar de todos los muertos), se hizo al camino en procura de las pistas capaces de mostrarnos un panorama de la literatura escrita por mujeres nacidas o residentes en lo que antes se llamó el Gran Caldas, en un arco temporal que va de 1870 a 1960.
En su propósito se adentró tanto en archivos familiares como en hemerotecas, bajo el entendido de que quienes escribían en esa época rara vez podían ver sus obras en forma de libro y se conformaban con publicaciones en periódicos y revistas, cuando no en hojas sueltas. En esa medida fueron claves los hallazgos en las páginas de los diarios Renacimiento, La Voz de Caldas y La Patria, publicados entre 1915 y 1939.
El resultado de ese trabajo riguroso y tenaz- no sobra decirlo- es el primer volumen titulado “Mientras los caballeros fuman y descansan…” y otros textos invisibles, publicado bajo el sello CARA CRUZ, con el auspicio de Colciencias, la Universidad de Manizales, la Universidad de Caldas, la Universidad Tecnológica de Pereira y el sello editorial de ésta última.
Como bien lo expresa el nombre del sello, la obra presenta una primera cara donde se reseña la vida de las escritoras y algunas muestras de los textos recogidos. En la otra el lector encuentra un estudio detallado del recorrido de las autoras hasta la publicación de sus textos, que incluye cuadros con nombres, medios de publicación y fechas que nos ubican en el contexto espacial y temporal donde se produjeron las obras.
En esa medida, es capital fijarse en el párrafo introductorio de la obra, titulado: Obras literarias, revistas culturales y prensa generalista: algunas precisiones iniciales:
El rastreo hemerográfico de obras literarias escritas por mujeres exige plantear como punto de partida qué se entiende como “obra literaria”, para explicar el criterio de selección del corpus y su clasificación. La clásica definición del lingüista Roman Jakobson (1975) plantea que la literatura es una forma de escribir que “violenta organizadamente el lenguaje ordinario”. Sobre esta definición, Terry Eagleton discute que la visión de Jakobson y, en general de los formalistas rusos “equivale a pensar que toda literatura es poesía” (Eagleton, 1994, p.16) y desconoce que la literatura tiene otras posibilidades, además de la lírica.
Son cuatrocientas treinta páginas que nos revelan el nombre, las obras y la biografía de catorce escritoras de las que no teníamos noticia. Son ellas: Ana Joaquina Cárdenas Cano, Agripina Montes del Valle, Rosario Grillo de Salgado, María Rojas Tejada, Claudina Múnera Mejía, Natalia Ocampo de Sánchez, María Botero de Robledo, Uva Jaramillo Gaitán, Belisa Botero Mora, Blanca Isaza de Jaramillo Meza, Carolina Rodó, Agripina Restrepo de Norris, María Eastman y Chila Molina Salazar.
Como se puede advertir, cinco de ellas llevaban el apellido del esposo, lo que da cuenta de su condición de amas de casa que supieron encontrar entre sus ocupaciones domésticas el tiempo y el sosiego necesarios para cultivar su inclinación por el cuento, la novela, la crónica, el ensayo y la poesía.
Para una muestra, en la página catorce encontramos estos versos de Ana Joaquina Cárdenas Cano (Rionegro, Antioquia, 1843- Manizales, Caldas, 14 de octubre de 1935) publicados en La Voz de Caldas el 19 de mayo de 1932:
(…) Yo, con afán, interrogué curiosa
a tu escogida y predilecta flor,
porque he soñado que la blanca rosa
guarda una historia para ti, de amor (…)
El título del poema es: Una pregunta a mi estimada amiga Rosario Grillo. De entrada, un lector atento advierte reminiscencias de Guillermo Valencia, Julio Flórez y el más tardío Eduardo Carranza, voces de obligada presencia en las escasas bibliotecas de esos tiempos. La conocida apelación a la figura de la flor como símbolo a la vez de belleza y fugacidad- ya presente en los clásicos latinos- nos habla del contacto de Ana Joaquina Cárdenas con una tradición.
Pero no es sólo el hálito de la poesía lo que mueve a estas autoras. En la página 113 encontramos un texto titulado Comentarios al margen del temblor, firmado por Blanca Isaza de Jaramillo Meza (Abejorral, Antioquia, 6 de enero de 1897- Manizales, 13 de septiembre de 1967). Allí ofrece muestras de una fina sensibilidad para, a partir de imágenes cotidianas- en este caso el estropicio causado por el temblor del 4 de febrero de 1938 entre las plantas domésticas- construir muy bien narradas crónicas que ofrecen una mirada distinta del desastre.
(…) Hay que pensar en esa tragedia en miniatura que es la mata ya florecida y destrozada. Primero, el preparar minucioso de la vasija y de la tierra apropiada donde el gajo se eleva con una invocación mental a la buena suerte para que prenda pronto; luego, ese examen diario para ver si junto al tallo que se mustia surge al fin el milagro de la yema nueva; la alegría ruidosa que nos produce el primer retoño que asoma tímido su pelusa rizada como un mínimo abanico cercado; el comentario ingenuo: - Qué buena mano tengo, fíjense, ya prendió la mata, el orgullo inefable de verla crecer, cuajarse de botones en una elación gloriosa hacia la luz, hacia el color; esa vanidad pueril con que queremos para nosotras la exclusividad de su belleza: esta mata es muy escasa, la trajeron de Bogotá, de Medellín (…)
Ese fragmento es un recurso maestro que prepara al lector para el contraste ofrecido por las manos cuidadosas y llenas de ternura, frente a la matera y la planta destruidas por efectos del temblor en una parábola perfecta de la vida misma.
jueves, 16 de julio de 2026
¡ Agúzate!
Chao, negro bembón y querido, ya no volveré a toparme a las seis de la mañana con tu figura de príncipe nigeriano presto al beso y al abrazo. Las calles de Pereira extrañarán tu risa capaz de despertar a los muertos, que ahora son tus compañeros y serán los de todos. Tus interlocutores de café ya no tendrán noticias sobre los libros que andabas leyendo y que subrayabas con monomaníaca obsesión. Ya no escandalizarás a las buenas conciencias con tus gritos y aplausos repentinos en medio de un Requiem de Mozart.
En fin, como dijeron los antiguos: " Que la tierra te sea leve". ¡Salud!
https://www.youtube.com/watch?v=Hr0LXTTxrFs
viernes, 10 de julio de 2026
Las lecciones de El Maestro
Rubén Darío Sierra Montoya, presentador del libro, lo advierte con toda
claridad:
Poco a poco las aguas negras de la educación tradicional han retomado
posesión del ambiente educativo local y nacional. La discusión y la
investigación pedagógicas son cada día más pobres… En este contexto, la obra y
el pensamiento del Maestro Humberto Bustamante emergen como un valioso tesoro
para las nuevas generaciones por la verdad que encarnan: el legado de un
mensaje ejemplar donde brillan la inteligencia, el compromiso y la creación en
el encuentro del hombre con su historia.
El libro en cuestión es La escuela amurallada y otros ensayos sobre
pedagogía. Su autor es Humberto
Bustamante Betancur, de quien resulta más preciso hablar como El Maestro,
así con mayúscula y articulo determinado: de esa dimensión es su cuestionamiento siempre renovado a un modelo
de educación esclerótico, que en lugar de estimular las mentes las paraliza,
anulando así cualquier posibilidad de abordaje crítico de la persona y su
entorno.
La escuela amurallada es el
cuarto título de la colección DesTiempo, propuesta editorial que ofrece
a los lectores una mirada panorámica del quehacer literario de una región
refractaria a su pasado y por lo tanto imposibilitada para asomarse a su
presente.
Formado como filósofo en la muy escolástica Universidad Pontificia
Bolivariana de Medellín, Bustamante opuso a ese mundo de pensamiento
vertical y de pretendidas verdades reveladas para siempre un afilado- y
afinado- aparato crítico capaz de volver las cosas de revés para exigir desde
la práctica un nuevo modelo de educación pensado para devolverles a niños,
jóvenes y adultos su condición de sujetos pensantes y creadores y no de meros
receptores de información.
La lectura empieza con una saludable dosis de ironía. En la página
veintitrés, bajo el subtítulo El mito
que funda la academia el lector encuentra esta declaración:
En repetidas ocasiones ha sido denunciado el mito que funda la academia:
“Si fuéramos a resumir un poco en plan de caricatura el papel del
estudiante en la estructura del salón de clase, se podría reducir a las cuatro
operaciones:
- Sentarse.
- 0ir
- Memorizar
- Repetir”
El mismísimo método de Aristóteles es puesto aquí en cuestión: en su
defecto, Bustamante propone y
ejemplariza hacer del aula el escenario donde todo debe ser sometido a revisión,
empezando por los pobres manuales que, en lugar de estimular la creatividad de
maestros y estudiantes, los confinan en la aparente comodidad de un mundo lleno
de respuestas y carente de preguntas. Dicho de otra manera, a un universo
estéril donde pierde todo sentido la estimulante sentencia atribuida a Sócrates
y que constituye el punto de partida de
toda posible forma de conocimiento : Sólo sé que nada sé.
Bustamante hizo suya esa idea y la convirtió en materia de su quehacer pedagógico. Su tarea como maestro en el aula, como rector y en general como acompañante de procesos de aprendizaje formales o informales fue siempre un volver una y otra vez a las claves de la mayéutica: las preguntas y no las respuestas como llaves para abrir puertas y ventanas a la comprensión de los misterios del universo. El taller fue uno de sus instrumentos preferidos. Por eso dice que:
El verdadero trabajo de taller consiste en el diálogo de la razón y la
experiencia. Lo esencial está en racionalizar la experiencia, interrogándola,
pensándola, dinamizándola, proyectándola. El proceso de cualificación de la
labor que realiza el educador se da sólo en la medida en que se dialectice la
experiencia. El espíritu nómade, insatisfecho, infatigable que se decide a
explorar, a investigar y a crear aprendiendo de lo experimentado.
Él fue- y es- uno de esos espíritus nómades que impulsó a los otros a poner
en práctica esos principios como punto de
partida y no de llegada. Independiente de la asignatura abordada (biología,
matemáticas, literatura, filosofía, química o física) el taller, en el sentido
más amplio de ese concepto, fue el escenario donde todos juntos, estudiantes y
maestros, ensayaron nuevas maneras de aproximarse a las infinitas dimensiones
de un universo siempre en expansión. Visto así, no es casualidad que el taller
literario ideado por El Maestro Bustamante en el colegio oficial Rafael
Uribe Uribe de Pereira llevara el nombre de La Fragua.
Trabajar con un taller requiere de tiempo y paciencia, dos cosas muy
escasas por estos días. De ahí la hondura de esta reflexión:
(…) vivimos en una época de precipitación, de carreras, de consumo, de
aceleración, de rapidez; la impresión psíquica de que el tiempo va más rápido: “el tiempo no alcanza”, se dice con frecuencia.
Es precisamente en estos momentos, cuando es más urgente que el educador se
procure para él espacios donde sea posible la soledad y el silencio; para
potenciar su vida interior, y descubrir lo esencial sin confundirse con el
tiempo presuroso que conduce al facilismo, a la superficialidad, a la
mediocridad y lo doméstico, fuera de sí mismos, sumergidos en medio del tráfago
del mundo contemporáneo, convertidos en una jalea humana, movidos según el
toque que se dé (…) página 59.
A propósito, hay una imagen de la película The Wall, con música de
la banda de rock británica Pink Floyd y dirigida por Alan Parker que
resume en buena medida las preocupaciones de El Maestro Bustamante: una fila de
pequeños estudiantes se ve empujada por el profesor a través de un embudo hacia
el centro mismo de una máquina de picar carne; al final, salen convertidos en
salchichas con destino a un mercado fácil de adivinar. El ideal de El Maestro apuntaba en sentido
contrario: forjar en la fragua de la educación individuos pensantes, autónomos
y capaces de derribar con base en ideas
argumentadas los ladrillos de la Escuela Amurallada.
miércoles, 8 de julio de 2026
Este lugar que habitamos
El dolor, el olvido, el amor, la fugacidad ,el desamor, la belleza, la fragilidad, el sueño, el tiempo, la eternidad, el abismo, la muerte. Esos son los tópicos de la poesía de todos los tiempos. En ellos se inscribe el palimpsesto que llamamos vida. La marca de agua de nuestro paso por el mundo. A lo largo de los siglos los poetas vuelven una y otra vez a esa fuente en busca del sentido, no de la vida que a lo mejor no lo tiene, sino del lenguaje que nos dice.
En esa medida el libro es camino, el poema
encrucijada y la palabra señal tallada en el lomo de una piedra.
La ruta elegida por el poeta Deyvi Gutiérrez (Pereira, Colombia, 1985)
para interrogar este lugar que habitamos es la del sueño, ese cruce de caminos
que inquieta a los humanos desde el comienzo de los tiempos. El sueño, ese
espejo opaco que a veces nos ofrece destellos de la vigilia. De ahí el título
de su libro: Biografía del sueño, un poemario de setenta y siete páginas
auspiciado por el Grupo Frisby bajo el sello de Cuadernos Negros.
Entendido así, el desafío del poeta es el acceso a lo inasible… Pero ¿es
posible tal cosa? En efecto, es posible si el poema es pregunta y no respuesta,
enigma que se despliega como un cuerpo siempre dispuesto al deseo y a la
evasión. Por eso cada verso es sendero que se bifurca, cada palabra señal
equívoca. El libro es aquí perpetua vuelta a empezar. Siguiendo esa ruta, el
poema titulado La casa que linda con los sueños (página 74) es, a su
modo, una declaración de principios:
(…) Nosotros aprendemos del sueño su ambientación
su extraña forma de hilar los eventos
él aprende de nosotros a caracterizar
y a definir a sus personas
a dar veracidad a sus historias
La máquina del sueño
sistema de proyección sofisticado
Nosotros solo jugamos con pantallas
No le gusta cuando lo abandonan
y cada vez aprende a dejarnos más tiempo
En él estamos haciendo otra residencia
para mudarnos definitivamente
Este lugar que habitamos pudo empezar en un sueño
(…)
Hilar los eventos, caracterizar y definir a sus personas, dar veracidad a
sus historias: la voz del poeta nos advierte que la máquina
del sueño dirige el teatro del mundo y por eso debemos estar siempre atentos a
sus señales. Un descuido y nos precipitamos en el sin sentido.
Ahora bien: ¿Mudarnos definitivamente hacia dónde? Eso depende de
cuánto confíe el lenguaje en nosotros. Siempre estaremos al borde de elevarnos
hacia la gracia o de despeñarnos en la insania. El poeta, el buen poeta lo sabe
y juega sus cartas. En este caso, si hemos de tratar con la materia del sueño,
la levedad tendrá que ser la primera de esas cartas. Después de todo, En él
estamos haciendo otra residencia. El destino
de esa mudanza parece ser lo infinito:
(…)
Lo infinito que tenemos por delante
mide lo mismo que lo infinito hacia atrás
sin importar cuánto nos movemos
debe ser la misma distancia
como un centro damos la medida
Una curva que se cierra constante
en todos los puntos y en ninguno (…)
Que somos el centro de la nada es una vieja intuición de los poetas de
todas las épocas. El acento de Deyvi
Gutiérrez en el poema titulado Lo eterno (página 47) apunta a convertir
esa intuición en certeza. Y a la nada solo podemos responder con el instante,
con la moneda de lo efímero. Con ella pagamos el tránsito a la disolución de la
que el sueño es metáfora, porque:
(…) Las palabras tienen fecha de caducidad
Pienso en cuántas veces más usaré una de ellas
Pues hay una cifra para todas (…)
Palabras (Página 43)
Si los seres, las
cosas, los pensamientos y las palabras que los nombran tienen fecha de
caducidad, parados en la encrucijada del propio ser (más allá de lo que eso
signifique) solo tenemos la opción de abismarnos en la luminosa tiniebla del
espejo:
(…) Cuando la palabra vida acarree consigo
la semántica de una pequeña derrota
y las cosas se resistan a llevar
los nombres que les dimos (…)
La semántica de las
derrotas grandes y pequeñas es la esencia de las literaturas en particular y de
las formas del arte en general. Es la impronta que nos sobrevive (o al menos
ese es nuestro anhelo) en este lugar que habitamos. Las setenta y siete
intensas y leves páginas del libro de Deivy Gutiérrez se suman a los intentos
de sus prójimos poetas de todo tiempo y lugar. Su Biografía del sueño
funciona a modo de bitácora de ese tozudo empeño por aproximarse a nuestra
curiosa manera de existir en la pura irrealidad de ese cuento que a Shakespeare
se le antojó Told by an idiot/ full of sound and fury/ signifying nothing.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:
https://www.youtube.com/watch?v=I_AX4R-d29o
lunes, 6 de julio de 2026
Los caminos torcidos del fútbol
A lo largo del siglo XX los deportes masivos de los estadounidenses fueron el baloncesto, el fútbol americano y el beisbol… hasta que descubrieron la veta del soccer, ese juego que hasta entonces se les antojaba una práctica de negros y otras clases de bárbaros inmigrantes.
Pero “ Business are business”:
algún encanto debía tener para atraer de esa manera la atención de millones de
aficionados en el mundo entero, reunidos primero en los estadios y luego
sentados frente a la pantalla del televisor, donde era posible bombardearlos
con publicidad que facturaba dinero a
manos llenas.
De modo que algún geniecillo de
las finanzas se dijo: tenemos que estar en ese negocio y se lo transmitió a
sus camaradas de juerga. Fue así como el
fútbol empezó a recorrer sus caminos torcidos a través de un entramado que
congrega a empresarios, publicistas, políticos, expertos en mercadeo,
intermediarios, apostadores, medios de
comunicación, entrenadores, padres de familia, y claro, futbolistas, que son la
materia prima de ese producto empacado al vacío y comercializado a través de
todos los canales posibles.
Primero crearon el Cosmos de
Nueva York en 1970, un club de bolsillo que a modo de señuelo contrató a Pelé,
Beckenbauer y Chinaglia, glorias del recién finalizado mundial de México. Dos décadas después, el 17 de
diciembre de 1993 se puso en marcha la Federación Norteamericana para cumplir
compromisos adquiridos con la FIFA, el cartel que domina en todos sus niveles la trama de poder.
De ahí en adelante el camino se
convirtió en autopista y el avance fue vertiginoso: en 1994 fueron sede del
mundial del que expulsaron a Maradona por atreverse a denunciar las prácticas
de los dirigentes. El 26 de febrero de 2016 pusieron a su ficha Giovanni
Infantino al frente de la FIFA,
utilizando como pretexto una improbable
lucha contra la corrupción, controlada hasta entonces por los suizos a través
de su agente Joseph Blatter.
Cualquier parecido con las
prácticas de la Cosa Nostra no es mera coincidencia, porque hay todavía mucho
más: en 2016 Estados Unidos fue sede de la Copa América y repitió en 2024 con
el pretexto de que solo ellos podían organizar un torneo de esa envergadura.
Para esa fecha, ya avanzaban en la
organización del Mundial 2026, de manera
conjunta con México y Canadá y con la participación de 48 equipos, tres veces
más que en el legendario mundial de México 70 ganado por Pelé y su banda de
iluminados.
Los pretextos nobles para esa
decisión abundaron, pero el más socorrido fue una supuesta “democratización” para dar cabida a los
países nuevos y más débiles, lo que no
deja de tener un rostro amable.
Pero la ecuación es otra: cada
partido significa más taquillas, más derechos de televisión, más publicidad y
más transferencias de futbolistas a un mercado insaciable. Hasta la entrañable
y humilde selección de Cabo Verde que nos enamoró a todos puso a funcionar la
cuenta de ganancias de la todopoderosa FIFA: de esa magnitud es el negocio.
Ahora bien: trampas ha habido
siempre. Desde la sospechosa expulsión de jugadores clave para favorecer a los
anfitriones en Inglaterra 66 hasta la oscura goleada 6-0
de Argentina a Perú en el mundial que ganaron los militares en 1978.
Pero lo que acabamos de ver en el
mundial que todavía no termina no tenía
precedentes: la llamada del presidente Donal Trump a su socio Infantino para
solicitar la anulación de una tarjeta roja
al jugador norteamericano Balogun va más allá de ser una
aberración: marca un antes y un después
que arroja una nube negra sobre ese juego, que a pesar de quienes se lucran de
él, sigue siendo en esencia bello. De ahora en adelante ya no habrá confianza,
ya no creeremos del todo en la transparencia
de las decisiones, por más que
nos hablen de las bondades del VAR, ahora también en entredicho.
Sabíamos que el deporte no escapa
a las potencias de la geopolítica, pero que esas potencias pretendan echar atrás un castigo merecido a una falta
evidente cometida en el campo de juego constituye un punto de no retorno
en ese camino torcido iniciado en 1970.
A lo mejor no es casualidad que en ese año naciera Infantino y se fundara el
Cosmos de Nueva York. Quién sabe.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:
https://www.youtube.com/watch?v=2XmBVTjVwXs
miércoles, 1 de julio de 2026
Las historias de Hugo Hernán
Uno empieza a existir cuando otra persona lo narra, cuando su propia vida
se recrea en la mirada o en la voz de los otros. Ese gran futbolista que fue y
el buen escritor que es el argentino Jorge Valdano lo dijo de esta bella
manera: “Sólo tuve noción de lo importante que fue mi gol en la final de México 86 veinte años después
mientras viajaba entre Madrid y Sevilla. Para distraerme, puse a sonar en mi
auto un regalo del gran José María Morales: su narración de ese gol que para
muchos es leyenda. En ese momento la emoción me volvió de golpe y sentí por
primera vez lo que había perdido en medio de la confusión de entonces. Fue,
estoy, seguro, mi porción de tiempo recuperado”.
El tiempo recuperado. Estamos ante la eterna obsesión de escritores y
artistas a todos los niveles, desde los grandes poetas hasta los cantores
anónimos. Sabedores de que pertenecemos a la nada, los humanos buscamos un hilo
de agua en el cual vernos antes de la disolución final. “Recuérdame”, debe ser
una de las plegarias más escuchadas en la historia del hombre.
Hugo Hernán Marín tuvo esa intuición mientras jugaba un día con su teléfono
celular, todo un anacronismo, si lo comparamos con los sofisticados artefactos
de hoy. Más allá de su utilidad primaria, este aparato puede y debe servir para
dejar constancia de muchas cosas ignoradas, se dijo y se echó al camino a
contar historias.
Pero antes digamos que Hugo Hernán Marín Hurtado, hijo de Javier y
Margarita y sobrino de Jaime estudió bachillerato en el colegio Diocesano de
Pereira mientras jugaba fútbol y fantaseaba con las piernas doradas de sus
compañeras de curso.
En busca de sí mismo fue emprendedor en varios frentes, desde el transporte
de turistas hasta el de orientador de un programa radial llamado Conexión
Deportiva, pasando por el de confeccionista
de prendas con una marca entonces transgresora y hoy secuestrada por la
industria farmacéutica: Cannabis.
Siempre fue un gran conversador, virtud que disfruté en interminables
veladas amenizadas con rock y ron Viejo de Caldas. De manera que el paso de
contar historias en la mesa de un bar o un café a hacerlo con un teléfono fue
breve y revelador.
Fue en una Copa Ciudad Pereira, uno de esos torneos locales que
reúnen viejas glorias y jóvenes promesas para añadirle a diciembre la condición
de fiesta futbolera. Don Augusto Ramírez, director del torneo, lo autorizó y
empezó sus transmisiones cuando ni siquiera sabía cómo se enfocaba el teléfono
para que las imágenes no salieran recortadas. Se equivocó muchas veces antes de
verlo con toda claridad: detrás de los niños, jóvenes, adultos y viejos que
jugaban fútbol en canchas de barrio o de vereda alentaban familias enteras,
amigos, novias, novios y compañeros de trabajo que con su presencia invisible
les daban forma a viejos valores en trance de desaparecer: los de la comunidad.
Los invisibles empezaron a adquirir rostro y voz, aquí cerca y muy lejos.
Una abuela se reportaba desde New Jersey para compartir la emoción de ver
marcar su primer gol a su pequeño nieto a quien todavía no conocía en persona y
pregonarlo a todo pulmón desde una cancha de tierra ubicada en los extramuros.
Más lejos aún, en la populosa barriada londinense de Brixton- lo que el lugar
común llama “un crisol de razas”- un exiliado de las violencias colombianas
recuperaba algo muy suyo escondido entre los pliegues del propio corazón: la
vieja cancha del sector rural de Guacarí en Pereira, con sus porterías de
guadua y su terreno de juego que en temporada de sol es polvareda y en tiempos
de lluvias se convierte en barrizal.
Como podrán advertir, a lo largo de los años Hugo Hernán convirtió su
intuición primaria en modo de vida. Es más: en su manera de ganarse la vida. Lo
supo el día en que alguien le pagó ochenta mil pesos por transmitir un partido,
su partido. De modo que recorre la región, se divierte y le pagan: ¿Se puede
pedir algo más?
Cada día que pasa las historias se acumulan y multiplican. Está la del
arquero que una vez encajó diez goles en su portería, pero en pago los dioses
le permitieron dos atajadas excepcionales, dignas de Vozinha y Room en el
Mundial 2026. Pues bien, el hombre editó esos dos prodigios, los puso a rodar
en sus redes sociales y con eso le dio sentido a su vida y a la de los suyos.
Al otro extremo de la cancha un
jugador negado para el gol erró una docena de opciones pero convirtió una
rayana en el milagro. Al final hizo lo propio: la editó y la entronizó en sus
propios altares al lado de Lionel Messi.
Y otra de antología: la tarde en la que, en plena pandemia de Covid-19,
trasmitió un partido desde el sector de El Remanso, con los alrededores de la
cancha repletos de fanáticos vociferantes. No sobra resaltar que, al final, ese
partido lo ganó la vida y lo ganó Hugo Hernán con la cámara de su teléfono.
Por supuesto, las historias son incontables y no pararán de multiplicarse. Por ahora, Hugo Hernán Marín define la propia agenda de su estadio virtual. Un calendario situado a años luz del glamoroso despliegue de publicidad, televisión, apuestas y millones en que se convirtió el fútbol. Poco le importa, si puede seguir animando el fuego- y el juego- de su conexión deportiva.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=arddc9f__Fo

















