martes, 3 de noviembre de 2026

Losa designios de Dios... y de Trump






 ¡Qué tiempos son éstos

         donde  hablar de los árboles es casi delito

         porque ello es callar muchos horrores!

                         Bertolt Bretch

 

En realidad, en términos geopolíticos, el conflicto entre Caín y Abel puede ser la primera guerra imperialista documentada. Un ganadero y un agricultor se enfrentan por el control de las mejores tierras. Como siempre, la disputa se resuelve con una muerte: según el relato bíblico, Caín mata a Abel con una quijada de burro.

El concepto de propiedad privada está en el origen de todas las guerras. Un hombre o un grupo de hombres cercan un predio, siembran plantas, crían animales y declaran “Esto es nuestro”.  ¡Y ay del que se atreva a cruzar esa cerca de cañas y bejucos, miles de años después convertida en alambrada! Pero los humanos son tercos: un día, los vecinos se armaron y se apoderaron del predio en cuestión al grito de: “¡A partir de ahora esto es nuestro!” Por supuesto, fundaron su aventura sobre una pila de cadáveres

Muchos siglos antes de que los pensadores marxistas ahondaran en las dinámicas del imperialismo, las sociedades humanas lo eran de hecho. El control sobre las tierras más fértiles, sobre las aguas más abundantes en peces, sobre los bosques pródigos en madera, sobre rutas y puntos estratégicos y sobre la mano de obra se convirtió en el gran motivo de la conquista. Para eso se precisaba de capital y de gente armada. Una vez conseguidos, los ejércitos se hicieron a la mar y se dedicaron al despojo y la acumulación en nombre de una bandera o de un reino.

Como era de esperarse, muy pronto surgieron las luchas por la distribución. Rapiñas entre hombres, monarcas y naciones fueron la constante. Había que poner orden en el asunto y entonces invocaron los poderes de la divinidad: fue así como el papa de los Borgia determinó que el Imperio español era, por designio divino, el dueño de las tierras descubiertas en lo que después se llamaría América.




Y de América trata este asunto, porque el presidente Donald Trump decidió convertirse en espada y bandera de la cruzada imperialista edición siglo XXI: la de las guerras tecnológicas, la de las redes sociales y la redefinición completa del mapa de la tierra a la medida de los apetitos de los imperios ruso, norteamericano y chino que mueven sus piezas en todos los confines. Una guerra por aquí, una invasión por allá, una compra estratégica por este lado, un gobierno títere instalado en un país satélite más allá y una legión entera de sectas religiosas pregonando nuevos designios divinos a través de las redes sociales completan el cuadro nada alentador.

A diferencia del gobernante chino, amparado en la tradición milenaria del silencio en su país, los demás vociferan y atacan. Putin invoca a la santa madre Rusia y a los días de gloria- si los tuvo- del imperio soviético. Por su lado, vocero de las corporaciones y de sus propios negocios, Trump destroza los valores del modelo que lo llevó al poder y se entroniza como un nuevo emperador situado por encima de las leyes humanas. Sus áulicos, de Bukele a Milei, pasando por De la Espriella, Novoa y Fujimori II, recitan que sí, que si señor, que sus deseos son órdenes para nosotros.

Por eso no debe sorprendernos si Trump decide cambiar el nombre de los lugares para reemplazarlos por el suyo o por el adjetivo “americano”. Sus asesores en comunicaciones saben muy bien que, manipuladas al extremo, las palabras pueden suplantar a las cosas. Menos sorprendente resulta que, usando los recursos de la tecnología, el mapa de  Estados Unidos, Canadá y Groenlandia, así como el territorio de Centroamérica aparezcan cubiertos por la bandera norteamericana: bien sabemos que lo simbólico tiene un peso específico en la realidad.




Los grandes artistas suelen anticiparse al curso de los tiempos, como bien lo demuestran libros, pinturas y piezas musicales. En su novela La broma infinita, el escritor estadounidense David Foster Wallace (Ithaca, USA, 21 de febrero 1962- Claremont, California, 12  de septiembre de 2008) los Estados Unidos invaden Canadá y lo convierten en un vertedero de basura al que arrojan cada día millones de toneladas de residuos, utilizando enormes catapultas.

Por supuesto, Trump no leyó la novela de Wallace- sabemos que su analfabetismo es funcional, como el de millones de sus compatriotas-. Pero su codicia y la de sus aliados no andan lejos de lo prefigurado por el escritor. Hacer de nuevo grande a América entraña apoderarse de cada metro cuadrado donde existan recursos naturales  dignos de ser explotados. El caso del petróleo venezolano es una de las muestras más recientes. Lejos de ser una teoría conspirativa, detrás de las invasiones  masivas de inmigrantes a Ceuta parece alentar el propósito de apoderarse del estrecho de Gibraltar, tal como acontece en Ormuz.

Detrás de todo se vislumbra algo más grave: la carencia de distancia crítica entre los consumidores pasivos de información, que los lleva a la aceptación de las cosas como si pertenecieran al orden natural.  Así, cuando  los poderes hablan de “El nuevo orden mundial” la gente los escucha como quien oye  llover y no como el anuncio de los días por venir : los de refinadas y despiadadas formas de imperialismo, ante las cuales la barbarie perpetrada en siglos anteriores  por ingleses, belgas, españoles, japoneses, italianos, soviéticos, alemanes y franceses se nos  presenta como un   ejercicio escolar, un boceto del desastre final.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=LVXzmG0XT6s&list=RDLVXzmG0XT6s&start_radio=1

martes, 6 de octubre de 2026

No se fije en gastos, compadre

 






Hace unos días, mi hermano Juan Carlos Pérez me envió desde Londres un paquete virtual completo que me dejó “¡Plop!”, ese monosílabo que es la impronta de la revista Condorito, una historieta clave para entender la cultura popular latinoamericana, con todo y su legión de súper héroes silvestres. El vocablo en cuestión expresa asombro, perplejidad, desconcierto y por eso mismo el escritor Rigoberto Gil lo utilizó como título  de una novela suya sobre desaparecidos.

Los lectores de mi generación y la siguiente ya lo habrán adivinado: los archivos contenían  ejemplares digitalizados de Blue Demon, Santo El enmascarado de plata, Tamakún, Kalimán, Arandú y, claro, de ese esbozo de héroe que fue el colombiano Kapax, cuya leyenda se quedó a mitad de camino, entre otras cosas como resultado de sus pugnas con el controvertido hombre del espectáculo Armando Plata Camacho y sus socios, que en un principio fungieron como sus apoderados.

Como buenos autores de ficción, muchos escritores propagaron su propia historieta: que  habían aprendido a leer- no pocas veces a escondidas de sus padres   y a la luz de una vela- en las páginas de los grandes clásicos, empezando por Homero, Shakespeare, Cervantes, Balzac y Flaubert, entre otros. Poco importaba lo inverosímil de su relato: se trataba de inscribir de entrada su nombre en la estela de los consagrados.

Por fortuna, en América Latina las generaciones siguientes no precisaron de ese truco: tenían a la mano fuentes más humildes y vivas que llegaban a los quioscos de revistas cada semana con su urdimbre de aventuras cuidadosamente ilustradas por maestros  de la pluma. A modo de complemento, las estaciones de radio emitían sus propias versiones de la saga, encarnadas por las figuras del radioteatro de ese momento.




 Así que nos formamos leyendo historietas y escuchando radioteatros. No se podía pedir un comienzo mejor.  Al fin y al cabo el escritor mexicano Carlos Monsivais- el cronista de ese palimpsesto viviente llamado Distrito Federal- nos contó que la tradición de los luchadores enmascarados se remonta a los aztecas y acaso mucho más atrás, de modo que si vamos a hablar de herencias no nos fijemos en gastos, como diría  Don Chuma, el entrañable personaje de la revista chilena Condorito.

Los escenarios eran disímiles. Las peripecias de los protagonistas acontecían en la misteriosa India, en la civilizada Londres, en la populosa Ciudad de México o en la insondable selva amazónica. A diferencia de los súper héroes norteamericanos, marcados por el individualismo del legado protestante,  los latinoamericanos recibimos la herencia  católica de valores tan importantes como la solidaridad  y la compasión, características comunes a los súper héroes de este lado del continente.




Porque no se trataba sólo de aventuras: cuando Kalimán le pide serenidad y paciencia a su pequeño amigo  Solín está transmitiendo unos valores caros a las culturas orientales que nos sirven de mucho en medio del frenesí consumista y competitivo  del capitalismo tardío. Por su lado, Santo y Blue Demon son desfacedores de entuertos  en una ciudad que , como la capital de México, crece a un ritmo enloquecido dejando a su paso una estela de perdularios, dementes y desvalidos.

Trasladados a la selva, Arandú y Tamakún libran sus propias batallas contra los emisarios de la injusticia, atraídos por las riquezas de sus ríos, sus minas y sus recursos infinitos. Visto así, fueron sin proponérselo precursores de los actuales ambientalistas, empeñados en una lucha al parecer perdida contra la voracidad de los nuevos expoliadores.

¿Una lectura política de nuestros súper héroes? Puede ser, no la descartemos.




Tengo un recuerdo imborrable de mis días de escolar: salíamos del colegio a las cinco de la tarde y corríamos hasta la primera tienda de barrio, donde el propietario tenía encendido a todo volumen uno de esos viejos radios Philips de tubos, empotrados en muebles de madera. De sus entrañas salían las voces de Kalimán, Solín y todos los demás-  poco nos  importaba que fueran en realidad las voces de Gaspar Ospina y Erica Krum-. Allí  escuchábamos el capítulo completo mientras devorábamos golosinas de azúcar y sal. Finalizada la emisión emprendíamos carrera- metíamos pique- hasta un almacén de baratijas donde le correspondía el turno a Arandú, el príncipe de la selva. Si nos quedaba alguna moneda   comprábamos  una baratija a modo de pago por la hospitalidad del dueño que- no lo olvidaré nunca- se llamaba Efraín y tenía cara de ogro con pelos que le salían de orejas y nariz, aunque era la nobleza en persona.

Como pueden leer,  el responsable de  estos  recuerdos es Juan Carlos, que con su envío despertó en mi interior una  sucesión de imágenes y emociones caras a mi historia personal y a la de compañeros de viaje como Alberto Verón, Guillermo Constaín,  Jorge Osorio, Rigoberto Gil, Diego Jaramillo, Edison Marulanda, Juan Guillermo Álvarez y el fallecido José Fernando Marín, entre otros.

Que yo sepa, a ninguno de  ellos le dio nunca por decir que  le debe su temprana formación a Tolstoi, ni siquiera a Julio Verne. El mismo Juan Carlos tiene colecciones encuadernadas de esas historietas. A lo mejor de allí le viene esa generosidad que lo lleva a repetir, cada vez que un prójimo lo necesita: “ No se fije en gastos , compadre”.


PDT.  les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=w-E5loqXM4Y

 

jueves, 1 de octubre de 2026

Pruebas PISA: de mal en peor

 




El titular de BBC Mundo con fecha 8 de septiembre de 2026 es lapidario: “Pruebas PISA: España obtiene los peores resultados de su historia mientras la mayoría de los países de América Latina sufre un retroceso”. Más adelante precisa, citando el informe de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos): “PISA 2025 registró el rendimiento medio más bajo observado hasta ahora en ciencias, lectura y matemáticas. La lectura ha caído después de alcanzar su máximo alrededor de 2012; las ciencias han descendido de forma más gradual durante la última década; y las matemáticas han experimentado un descenso especialmente pronunciado desde 2018.”

¿Qué hemos hecho para merecer esto? Se preguntan al unísono gobiernos, educadores, estudiantes y medios de comunicación. La respuesta más socorrida es en realidad una evasión: los responsables son los teléfonos celulares que no dejan concentrar a los muchachos y la Inteligencia Artificial que hace los deberes por ellos.

¿Y el modelo educativo qué rol asume? ¿y la formación de profesores y directivos de escuelas y colegios? ¿y el acompañamiento de los padres de familia y cuidadores? ¿y el papel de los medios de comunicación?

Como bien sabemos, las pruebas PISA son un examen mundial realizado cada tres años, con el fin de medir las habilidades de los estudiantes de 15 años en lectura, matemáticas y ciencias, es decir, los pilares del proceso de conocimiento.

Emprender un lamento vergonzante no resuelve nada: lo mismo venimos haciendo desde que se realizan esas pruebas, sin que se ofrezcan soluciones efectivas. Lo que si aflora es un cruce de acusaciones mutuas.




Que los gobiernos no invierten lo suficiente en educación; que los padres de familia se desentienden de sus hijos; que los estudiantes son indolentes y que los profesores son una manga de arribistas preocupados solo por el incremento del salario.

Todo eso tiene su parte de verdad, claro. Pero hay mucho más. Con el  transcurrir de los años hemos borrado de plano el legado filosófico de los grandes educadores , desplazando el pensamiento y  sustituyéndolo por técnicas de información basadas en el dato y la cifra, sin el contexto necesario para  ayudar a su comprensión.

Uno de esos legados es el precepto socrático de la mayéutica (técnica de asistir en los partos). En esa cosmovisión, se nace a partir del descubrimiento paulatino del mundo : el maestro hace que el alumno, por medio de preguntas, acceda al conocimiento. El verbo acceder juega aquí un papel clave. Se accede a través de puertas y ventanas que se abren a las distintas dimensiones del universo, no a partir de fórmulas preestablecidas y memorizadas.

 En nuestra sociedad, y por lo tanto en el modelo  educativo, abundan los especialistas y escasean los maestros. Los primeros pretenden ofrecer respuestas a todo; los segundos no cesan de formular preguntas y ahí reside la diferencia: Las respuestas adormecen y tranquilizan; las preguntas inquietan y despiertan el interés.




De modo que acusar a los estudiantes de indolencia y de ocuparse solo del teléfono es un acto de irresponsabilidad. Esa legión de “expertos” llenos de títulos que hoy ocupan las aulas y experimentan con métodos de evaluación cada vez más absurdos deberían  cuestionarse si están formulando las preguntas adecuadas, a tono con los tiempos y atendiendo al contexto social  y cultural en el que se mueven los jóvenes estudiantes.

En lugar  de sentencias como aquella de : “ A los muchachos  no les interesa leer” los docentes( ya que no los maestros) deberían preguntarse si ellos mismos saben leer, vale decir, emprender un diálogo comprensivo con los libros y con el mundo asumido como texto. Y aquí no se habla sólo de literatura. Las matemáticas, la ciencia, la filosofía y las  artes participan de esa condición.

En su libro La  escuela amurallada ( Editorial Destiempo, Pereira), el maestro Humberto Bustamante nos abre las puertas a reflexiones como esta:

“ Cuando un estudiante llega a grado once ha trasegado el currículo de  la enseñanza de la  lengua materna, durante más de once años con una de las intensidades horarias más altas. ¿ Por qué esos resultados tan pobres?, ¿ por qué hemos estado produciendo unos educandos sin amor a la lectura, sin amor  a la escritura, sin haber aprendido a redactar una carta, hacer una solicitud o un requerimiento?” ( página 62)

En este punto el problema se revela en toda su dimensión: una persona con esas limitaciones es incapaz de pensar por cuenta propia, por más títulos que posea. Por lo tanto no  dispone de los instrumentos idóneos para interrogarse a sí misma y para formularle preguntas al mundo que la rodea.  Y no hablamos de asuntos abstrusos. Nos referimos a cosas tan sencillas como preguntarse por qué elegir un candidato y no otro. Por qué consumir o no un producto. Por qué  escoger  una carrera o una profesión.




El resultado de  ese vacío es un individuo pasivo y una masa acrítica, susceptible de ser manipulada por el primer encantador de serpientes que se cruce en el camino, como lo podemos comprobar en  los escenarios políticos de hoy, más allá de  filiaciones políticas  o partidistas. Vistos así, los resultados de las pruebas PISA 2025 trascienden el ámbito escolar y nos hablan en realidad de la desaparición del ciudadano como protagonista de la propia vida y como actuante en la sociedad de la que  hace parte. ¿ Cómo revertir esa situación? De ese tamaño es la pregunta que  nos  sugieren esas cifras.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=jRXJA9sQ4p0

 

lunes, 14 de septiembre de 2026

Siempre en agosto



 Dicen los historiadores que, atraído por la ubicación estratégica y por el señuelo del oro, mitad realidad y mitad leyenda, el mariscal de campo español Jorge Robledo fundó a san Jorge de Cartago un 9 de agosto de 1540 en el mismo lugar donde está situada la actual Pereira. Las razones por las cuales el poblado fue trasladado en 1691 a orillas del río La Vieja siguen siendo objeto de discusión.

Sobre lo que no existen dudas es sobre la fundación de Pereira tres siglos después, el 30 de agosto de 1863. Todo empezó entre dos aguas: las de los ríos Otún y Consotá. En esas tierras feraces, nutridas por cenizas volcánicas, un puñado de hombres y mujeres inició la aventura. Distribuyeron predios, levantaron casas de guadua y esterilla, iniciaron la crianza de animales domésticos  y  plantaron las semillas que cargaban en sus líchigos como valiosos tesoros:   maíz y fríjol como dieta base para jornadas de sol a sol que demandaban muchas calorías.

Podría postularse una tercera fundación: la inauguración del Ferrocarril de Caldas en Pereira el 7 de agosto de 1921, cuya llegada se  había producido tres semanas antes, el 11 de julio.

El ferrocarril puso al poblado en contacto con el mundo a través del puerto de Buenaventura. Las exportaciones se agilizaron y las importaciones pusieron a disposición de los habitantes los más variados adelantos de la ciencia, la tecnología y la cultura: máquinas, abonos, medicamentos, licores, libros, gramófonos, pianos, discos, proyectores de cine. A partir de ese momento la aldea se amplió y todo cambió para bien o para mal.


                                               Código para seguir la presentación del expositor

La ubicación geográfica como obligado lugar de paso, abrió las puertas para la  inmigración interna y externa. Caucanos, antioqueños, negros, indígenas y mestizos acabaron cruzándose con viajeros llegados de tierras lejanas: siriolibaneses, judíos, alemanes, ingleses y franceses aportaron su cuota en esa mezcla de sangres y saberes que explican el dinamismo comercial y cultural de la ciudad. A esa experiencia no son ajenos los futbolistas paraguayos incorporados por el Deportivo Pereira desde finales de  los  años cuarenta del siglo XX. Muchos de ellos se quedaron a vivir y morir en la ciudad porque, según declaró una vez Isaías Bobadilla, Pereira les resultaba igualita a Asunción: pequeña, cálida y bulliciosa.

Para conmemorar los 163 años de Pereira, el área de Cultura de Comfamiliar Risaralda programó una charla con el historiador Sebastián Martínez Botero el miércoles 19 de agosto en la Biblioteca Centro.   Pero una semana antes llegó el terremoto y lo trastornó todo por el momento.

Pero ya lo dijo el poeta: al andar se hace camino y es hora de retomar la marcha. Gracias a  la hospitalidad de El barista de la Circunvalar y como abrebocas del llamado Día de la pereiranidad, (que celebra el natalicio del poeta Luis Carlos González un 26 de septiembre) el historiador estará compartiendo su charla con el público el viernes 25 de septiembre a las 3:00 pm en el mencionado café, porque re-conocernos es  también la mejor manera de recomenzar

Están todos invitados a la conversa.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=Z6ZDzKsoPH8&list=RDZ6ZDzKsoPH8&start_radio=1

jueves, 10 de septiembre de 2026

"Juntacadáveres"






 


La figura del vencedor plantando el pie sobre el cadáver del enemigo derrotado o de la presa capturada es anterior a los seres humanos: el tigre exhibiendo su poder con la garra sobre el cuerpo sangrante del antílope es, si se quiere, un emblema.

De ahí en adelante, adaptada al tiempo y al lugar, la imagen ha tenido cientos de réplicas : el jefe de la tribu exhibiéndose frente a los suyos junto a un montón de tibias y cráneos. El conquistador de lejanos mundos saludando al frente de una pirámide sangrienta de cuerpos atravesados por lanzas. Los militares aliados haciéndose fotografías entre las ruinas de los campos de exterminio nazis. Stalin y sus legiones haciendo lo propio con los detenidos y asesinados por el régimen. Lo importante es tener una imagen  amenazante para mostrarle al mundo.

De modo que cuando el presidente de Colombia pronuncia discursos frente a las cámaras junto a los cadáveres de personas abatidas por la fuerza pública no está descubriendo nada. Por algo durante su campaña se hizo llamar “El Tigre”. Ni siquiera es novedad utilizar las redes sociales para multiplicar las imágenes con el fin de llegar en principio a  quienes lo eligieron (“Miren como les cumplo”) y , sobre todo, a sus opositores (“¡ Cuidado, esto le puede pasar a usted!”).  Juntar y mostrar cadáveres ha sido una de las prácticas favoritas de quienes detentan el poder. Las imágenes de Hiroshima y Nagasaki destruidas siguen teniendo efecto entre quienes están bajo la injerencia de los Estados Unidos de América ahora que Trump quiere cubrir con la bandera de su país y bautizar con su nombre muchos  lugares del mundo.




Ustedes recordarán aquellas imágenes del foto periodista independiente James Foley, en apariencia decapitado por  el grupo Estado Islámico el 20 de agosto de 2014, en  un hecho transmitido  por las redes sociales como una postal en vivo y en directo del horror.

 Bien sabemos que las masas respaldan y adulan al bravucón. Sus palabras y prácticas hacen que se sientan protegidas. Eso tampoco es nuevo: la ciencia nos muestra con múltiples ejemplos el rol del macho alfa en el rebaño, un papel que en los humanos es potenciado por la fama o el poder religioso, económico,  político o cultural.


                                           James Foley

A lo largo de su historia Colombia ha sido pródiga en juntar cadáveres  con múltiples pretextos ( la defensa o refundación de la patria, los “ valores democráticos” o la reivindicación de la familia, la propiedad privada y la tradición, entre ellos). En la Guerra de los mil días   fueron alrededor de cien mil muertos mal contados ( para entonces la estadística era una disciplina pobre); en la Violencia de liberales y conservadores los números mejoraron: se habla de unos trescientos mil muertos, la mayoría de ellos campesinos fanatizados por la dirigencia de sus partidos. Más adelante, el conflicto armado entre guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes y fuerzas del Estado dejó, según  el Centro de Memoria Histórica, 262.197 muertos ( no sabemos si sumaron los 6402 asesinatos bautizados como “ falsos positivos), aunque las cifras no han dejado de aumentar.

Lo anterior, sin contar las Guerras Civiles del siglo XIX: Federalistas y Centralistas, Guerra de los Supremos, Guerra Civil de 1851 y 1854, Guerra Magna, Guerra de las Escuelas y Guerra Civil de 1884 a 1885. Como pueden leer, nuestra experiencia en juntar cadáveres es de vieja data, como lo es tan bien nuestra desmemoria : basta con que aparezca un caudillo, independiente de sus pretextos o de su filiación ideológica,  para que el rebaño salga a respaldarlo con un inesperado caudal de votos. Una vez  instalado en el poder, aplaudirán sus acciones violentas, llámense “ falsos positivos” o  defensa de “ La Patria Milagro”.  Así somos.




Sobre los asesinados en las guerras civiles del siglo XIX escasean las cifras, pero no hay duda de que aportaron lo suyo al levantamiento de esa pirámide de muertos que debería hacer parte de nuestro escudo nacional.

“Fueron más de tres mil “ dice una voz en Cien años de Soledad; “ Aquí no hubo ningún muerto”, replica otra  parodiando los comunicados oficiales del gobierno de Miguel Abadía Méndez, después de la Masacre de las Bananeras  ocurrida el 6 de diciembre de 1928 en Ciénaga (Magdalena) territorio controlado por la United Fruit Company, empresa instigadora de la agresión.

Esa ha sido la constante histórica: negar o minimizar las muertes como estrategia para despojar de peso específico el impacto de las decisiones y políticas gubernamentales. De ahí el empeño en postular la  inexistencia de un conflicto armado. La  ecuación es pavorosa: si no hay conflicto, no hay víctimas. Si la guerra es una ficción,  el horror derivado de ella  lo es a la enésima potencia.




Y aquí llegamos al hondo sentido de  las exhibiciones del presidente de Colombia : los únicos muertos  que valen aquí son los míos, los que he  empezado a cazar en cumplimiento de mis promesas. En otras palabras, mis presas. Los otros son, a duras penas, simples números. Insumos para los noticieros. Así que ustedes, mis fieles devotos, pueden dormir tranquilos hasta la próxima emisión. Felices sueños.


PDT les comparto enlace  a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=6cB0TjOJwCY

martes, 1 de septiembre de 2026

Cuando pase el tembleque

 




                                            Antigua estación del ferrocarril


Pasado el temblor nos quedó el tembleque, el miedo milenario de las bestias ante los poderes de la naturaleza: el rayo, el trueno, la borrasca, el fuego   que los primeros humanos trataron de conjurar con rezos, danzas y cantos.  Tres semanas más tarde muchas personas se resisten a regresar  a sus casas, aunque no hayan sufrido mayores daños ¿Y si vuelve a temblar? Me pregunta una vecina mirando su casa con ojos de espanto.

Carente de respuesta , intento mi propio conjuro: caminar. Voy por las calles pisando mis propios recuerdos como fragmentos de un  espejo roto.  Uno de los recuerdos más persistentes es la ruta de los peregrinos: hombres, mujeres y niños que en tardes de domingo caminaban por trochas y calles desde el barrio Cuba hasta  “El fortín de Libaré”, el viejo estadio “Alberto Mora Mora” donde el Deportivo Pereira de los paraguayos libró batallas heroicas muchos años antes de que el entrenador Alejandro Restrepo hiciera el milagro de sacarlo campeón.

De modo que calzo mis tenis de siete leguas, cargo mi morral con agua, frutas, maní  y frutos  secos y emprendo la patoneada desde el parque cuyo nombre rinde tributo a la memoria  de Guadalupe Zapata, la negra que el blancaje  pretencioso de la parroquia quiso borrar de la lista de fundadores. Me aguarda una mañana entera de camino desde Cuba hasta Libaré : es mi tributo a la ciudad que me lo dio todo: historias, libros, músicas, ron, teatros, amigos, mujeres, bares y baretos. No puedo pedir más.


                                                  Estadio "Alberto Mora Mora"

Tomo la  llamada Avenida del Ferrocarril. Una hermosa mulata barre los escombros de una fachada mientras canta que “ Los caminos de la vida no son lo que yo pensaba, no son como imaginaba”. Un grupo de niños  convierte en portería el alero de una casa desplomada y disputa un partido de fútbol entre montones de guijarros. Buen presagio: la alegría del fútbol como promesa de que la ciudad  empieza a levantarse entre  sus ruinas.

Cada  esquina una herida, cada recodo un mundo que se fue. Llego a la Avenida Sur- la que el río Consota bordea en buena parte del trayecto, paso por la Universidad Católica y saludo  las viejas aulas donde compartí clases durante tres lustros, mientras el sol madrugador  de agosto empieza a pegar duro en las espaldas. El ruido y el humo de carros y motos comienzan a hacer de las suyas. No importa: el barrio  Providencia,  el reino de sombras del poeta Héctor Escobar Gutiérrez me aguarda con sus esquinas rotas. Antes de llegar, me detengo en lo que fue la polvorienta cancha del colegio  Deogracias Cardona, donde el sacerdote Gabriel Osorio dirigía los partidos entre rezos y palabrotas.

 Subo por la calle veintiuna y cruzo por la  urbanización Lorena reducida a casi nada. La vieja estación del tren del parque Olaya Herrera es una postal de otro tiempo: el  del ferrocarril que  desde 1921 trajo a la aldea  los prodigios y desastres de la modernización. Aquí llegaban los viajeros que bajaban o subían entre el pregón de los vendedores de golosinas de sal y los bohemios que escuchaban  tangos, pasillos y boleros mientras, envalentonados por el aguardiente, palpaban el trasero de las coperas.

 Busco la carrera diez, la que conduce en línea directa a Libaré. Vadeo los puentes donde se comercian las cosas más insólitas : una muñeca rota, un zapato sin pareja, la carcasa de un computador, una navaja sin filo, un balón desinflado. Están más surtidos que nunca con  los objetos rescatados de los escombros. En los parques han brotado cambuches ocupados en muchos casos por familias que no se vieron afectadas por el terremoto : siguiendo una vieja tradición, buscan pellizcar algo de los presupuestos asignados a los damnificados. Buena parte de la comuna  Villavicencio, donde abundaron los inquilinatos  a resultas de la  renovación urbana del centro de Pereira, emprendida después del terremoto de 1999, se encuentra inutilizable. Las vetustas casas construidas a  comienzos y mediados del siglo XX no resistieron el embate. Un símbolo:  en la muy golpeada iglesia de La Trinidad un  sacerdote oficia la misa en el despacho parroquial.


                                                                   Iglesia de La Trinidad

En las calles de Berlín y Corocito niños y viejos van y vienen. Los primeros han  descubierto entre las ruinas nuevos lugares para jugar al escondite. Los segundos escudriñan su mundo perdido con ojos   acuosos. Una leyenda urbana dice que en  una tienda  llamada Mi arbolito, ubicada en la  carrera  once con calle cinco nació el Deportivo Pereira, a partir de la fusión  del Deportivo Patria y Vidriocol. No hay modo de verificarlo por ahora: don Luis Carlos Giraldo, su propietario, murió hace años y de la tienda nada queda.

En sus viajes de ida y vuelta, los fieles devotos del Deportivo Pereira hacían un alto en  bares y tiendas de Villavicencio para celebrar las victorias y llorar las derrotas, que cada vez se hicieron más frecuentes, mientras en las victrolas y equipos de sonido sonaban canciones de Carlos Gardel y El Caballero Gaucho. Alguien me dijo que en este sector creció el escritor Wilmar Ospina Mondragón y me lo imagino  recorriendo las  devastadas calles de su infancia  buscando entre los escombros algún tesoro perdido: un trompo, una pelota, una revista de Dragon Ball Z o la fotografía de una muchacha amada en silencio, como corresponde  a los grandes amores.

En el punto donde  funcionaron bares  de leyenda como el Dancing, voy cuesta abajo hacia Libaré por la Avenida Santander. Decenas de ciclistas pedalean hacia su propio punto de peregrinación : el corregimiento de La Florida. Algunos llevan parlantes con reguetón a todo volumen. Supongo  que es su manera de conjurar  el  propio tembleque.


                                           El " Guadalupe Zapata", antes del tembleque.

Unas cuadras más y estoy a las puertas del santuario: el viejo estadio “ Alberto Mora Mora” que, milagrosamente se mantiene en pie después de varios terremotos. Sospecho que lo sostienen los espíritus de Galeano, Achito Vivas, Colombo, Ávalos, Calonga, Rada, Escobar  o López Fretes, futbolistas que hicieron de las suyas en su gramilla. El poeta médico Juan Guillermo Álvarez me contó que, en una tarde de gloria, el brasileño Quarentinha  rompió  de un pelotazo el travesaño del arco sur. De ese tipo de historias están hechos el estadio y la ciudad toda. Terminado el recorrido por hoy, estoy seguro de que de esas y muchas otras  historias parecidas nos alimentaremos cuando pase el tembleque.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=tE22cxiRXcI