jueves, 1 de octubre de 2026

Pruebas PISA: de mal en peor

 




El titular de BBC Mundo con fecha 8 de septiembre de 2026 es lapidario: “Pruebas PISA: España obtiene los peores resultados de su historia mientras la mayoría de los países de América Latina sufre un retroceso”. Más adelante precisa, citando el informe de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos): “PISA 2025 registró el rendimiento medio más bajo observado hasta ahora en ciencias, lectura y matemáticas. La lectura ha caído después de alcanzar su máximo alrededor de 2012; las ciencias han descendido de forma más gradual durante la última década; y las matemáticas han experimentado un descenso especialmente pronunciado desde 2018.”

¿Qué hemos hecho para merecer esto? Se preguntan al unísono gobiernos, educadores, estudiantes y medios de comunicación. La respuesta más socorrida es en realidad una evasión: los responsables son los teléfonos celulares que no dejan concentrar a los muchachos y la Inteligencia Artificial que hace los deberes por ellos.

¿Y el modelo educativo qué rol asume? ¿y la formación de profesores y directivos de escuelas y colegios? ¿y el acompañamiento de los padres de familia y cuidadores? ¿y el papel de los medios de comunicación?

Como bien sabemos, las pruebas PISA son un examen mundial realizado cada tres años, con el fin de medir las habilidades de los estudiantes de 15 años en lectura, matemáticas y ciencias, es decir, los pilares del proceso de conocimiento.

Emprender un lamento vergonzante no resuelve nada: lo mismo venimos haciendo desde que se realizan esas pruebas, sin que se ofrezcan soluciones efectivas. Lo que si aflora es un cruce de acusaciones mutuas.




Que los gobiernos no invierten lo suficiente en educación; que los padres de familia se desentienden de sus hijos; que los estudiantes son indolentes y que los profesores son una manga de arribistas preocupados solo por el incremento del salario.

Todo eso tiene su parte de verdad, claro. Pero hay mucho más. Con el  transcurrir de los años hemos borrado de plano el legado filosófico de los grandes educadores , desplazando el pensamiento y  sustituyéndolo por técnicas de información basadas en el dato y la cifra, sin el contexto necesario para  ayudar a su comprensión.

Uno de esos legados es el precepto socrático de la mayéutica (técnica de asistir en los partos). En esa cosmovisión, se nace a partir del descubrimiento paulatino del mundo : el maestro hace que el alumno, por medio de preguntas, acceda al conocimiento. El verbo acceder juega aquí un papel clave. Se accede a través de puertas y ventanas que se abren a las distintas dimensiones del universo, no a partir de fórmulas preestablecidas y memorizadas.

 En nuestra sociedad, y por lo tanto en el modelo  educativo, abundan los especialistas y escasean los maestros. Los primeros pretenden ofrecer respuestas a todo; los segundos no cesan de formular preguntas y ahí reside la diferencia: Las respuestas adormecen y tranquilizan; las preguntas inquietan y despiertan el interés.




De modo que acusar a los estudiantes de indolencia y de ocuparse solo del teléfono es un acto de irresponsabilidad. Esa legión de “expertos” llenos de títulos que hoy ocupan las aulas y experimentan con métodos de evaluación cada vez más absurdos deberían  cuestionarse si están formulando las preguntas adecuadas, a tono con los tiempos y atendiendo al contexto social  y cultural en el que se mueven los jóvenes estudiantes.

En lugar  de sentencias como aquella de : “ A los muchachos  no les interesa leer” los docentes( ya que no los maestros) deberían preguntarse si ellos mismos saben leer, vale decir, emprender un diálogo comprensivo con los libros y con el mundo asumido como texto. Y aquí no se habla sólo de literatura. Las matemáticas, la ciencia, la filosofía y las  artes participan de esa condición.

En su libro La  escuela amurallada ( Editorial Destiempo, Pereira), el maestro Humberto Bustamante nos abre las puertas a reflexiones como esta:

“ Cuando un estudiante llega a grado once ha trasegado el currículo de  la enseñanza de la  lengua materna, durante más de once años con una de las intensidades horarias más altas. ¿ Por qué esos resultados tan pobres?, ¿ por qué hemos estado produciendo unos educandos sin amor a la lectura, sin amor  a la escritura, sin haber aprendido a redactar una carta, hacer una solicitud o un requerimiento?” ( página 62)

En este punto el problema se revela en toda su dimensión: una persona con esas limitaciones es incapaz de pensar por cuenta propia, por más títulos que posea. Por lo tanto no  dispone de los instrumentos idóneos para interrogarse a sí misma y para formularle preguntas al mundo que la rodea.  Y no hablamos de asuntos abstrusos. Nos referimos a cosas tan sencillas como preguntarse por qué elegir un candidato y no otro. Por qué consumir o no un producto. Por qué  escoger  una carrera o una profesión.




El resultado de  ese vacío es un individuo pasivo y una masa acrítica, susceptible de ser manipulada por el primer encantador de serpientes que se cruce en el camino, como lo podemos comprobar en  los escenarios políticos de hoy, más allá de  filiaciones políticas  o partidistas. Vistos así, los resultados de las pruebas PISA 2025 trascienden el ámbito escolar y nos hablan en realidad de la desaparición del ciudadano como protagonista de la propia vida y como actuante en la sociedad de la que  hace parte. ¿ Cómo revertir esa situación? De ese tamaño es la pregunta que  nos  sugieren esas cifras.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=jRXJA9sQ4p0

 

lunes, 14 de septiembre de 2026

Siempre en agosto



 Dicen los historiadores que, atraído por la ubicación estratégica y por el señuelo del oro, mitad realidad y mitad leyenda, el mariscal de campo español Jorge Robledo fundó a san Jorge de Cartago un 9 de agosto de 1540 en el mismo lugar donde está situada la actual Pereira. Las razones por las cuales el poblado fue trasladado en 1691 a orillas del río La Vieja siguen siendo objeto de discusión.

Sobre lo que no existen dudas es sobre la fundación de Pereira tres siglos después, el 30 de agosto de 1863. Todo empezó entre dos aguas: las de los ríos Otún y Consotá. En esas tierras feraces, nutridas por cenizas volcánicas, un puñado de hombres y mujeres inició la aventura. Distribuyeron predios, levantaron casas de guadua y esterilla, iniciaron la crianza de animales domésticos  y  plantaron las semillas que cargaban en sus líchigos como valiosos tesoros:   maíz y fríjol como dieta base para jornadas de sol a sol que demandaban muchas calorías.

Podría postularse una tercera fundación: la inauguración del Ferrocarril de Caldas en Pereira el 7 de agosto de 1921, cuya llegada se  había producido tres semanas antes, el 11 de julio.

El ferrocarril puso al poblado en contacto con el mundo a través del puerto de Buenaventura. Las exportaciones se agilizaron y las importaciones pusieron a disposición de los habitantes los más variados adelantos de la ciencia, la tecnología y la cultura: máquinas, abonos, medicamentos, licores, libros, gramófonos, pianos, discos, proyectores de cine. A partir de ese momento la aldea se amplió y todo cambió para bien o para mal.


                                               Código para seguir la presentación del expositor

La ubicación geográfica como obligado lugar de paso, abrió las puertas para la  inmigración interna y externa. Caucanos, antioqueños, negros, indígenas y mestizos acabaron cruzándose con viajeros llegados de tierras lejanas: siriolibaneses, judíos, alemanes, ingleses y franceses aportaron su cuota en esa mezcla de sangres y saberes que explican el dinamismo comercial y cultural de la ciudad. A esa experiencia no son ajenos los futbolistas paraguayos incorporados por el Deportivo Pereira desde finales de  los  años cuarenta del siglo XX. Muchos de ellos se quedaron a vivir y morir en la ciudad porque, según declaró una vez Isaías Bobadilla, Pereira les resultaba igualita a Asunción: pequeña, cálida y bulliciosa.

Para conmemorar los 163 años de Pereira, el área de Cultura de Comfamiliar Risaralda programó una charla con el historiador Sebastián Martínez Botero el miércoles 19 de agosto en la Biblioteca Centro.   Pero una semana antes llegó el terremoto y lo trastornó todo por el momento.

Pero ya lo dijo el poeta: al andar se hace camino y es hora de retomar la marcha. Gracias a  la hospitalidad de El barista de la Circunvalar y como abrebocas del llamado Día de la pereiranidad, (que celebra el natalicio del poeta Luis Carlos González un 26 de septiembre) el historiador estará compartiendo su charla con el público el viernes 25 de septiembre a las 3:00 pm en el mencionado café, porque re-conocernos es  también la mejor manera de recomenzar

Están todos invitados a la conversa.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=Z6ZDzKsoPH8&list=RDZ6ZDzKsoPH8&start_radio=1

jueves, 10 de septiembre de 2026

"Juntacadáveres"






 


La figura del vencedor plantando el pie sobre el cadáver del enemigo derrotado o de la presa capturada es anterior a los seres humanos: el tigre exhibiendo su poder con la garra sobre el cuerpo sangrante del antílope es, si se quiere, un emblema.

De ahí en adelante, adaptada al tiempo y al lugar, la imagen ha tenido cientos de réplicas : el jefe de la tribu exhibiéndose frente a los suyos junto a un montón de tibias y cráneos. El conquistador de lejanos mundos saludando al frente de una pirámide sangrienta de cuerpos atravesados por lanzas. Los militares aliados haciéndose fotografías entre las ruinas de los campos de exterminio nazis. Stalin y sus legiones haciendo lo propio con los detenidos y asesinados por el régimen. Lo importante es tener una imagen  amenazante para mostrarle al mundo.

De modo que cuando el presidente de Colombia pronuncia discursos frente a las cámaras junto a los cadáveres de personas abatidas por la fuerza pública no está descubriendo nada. Por algo durante su campaña se hizo llamar “El Tigre”. Ni siquiera es novedad utilizar las redes sociales para multiplicar las imágenes con el fin de llegar en principio a  quienes lo eligieron (“Miren como les cumplo”) y , sobre todo, a sus opositores (“¡ Cuidado, esto le puede pasar a usted!”).  Juntar y mostrar cadáveres ha sido una de las prácticas favoritas de quienes detentan el poder. Las imágenes de Hiroshima y Nagasaki destruidas siguen teniendo efecto entre quienes están bajo la injerencia de los Estados Unidos de América ahora que Trump quiere cubrir con la bandera de su país y bautizar con su nombre muchos  lugares del mundo.




Ustedes recordarán aquellas imágenes del foto periodista independiente James Foley, en apariencia decapitado por  el grupo Estado Islámico el 20 de agosto de 2014, en  un hecho transmitido  por las redes sociales como una postal en vivo y en directo del horror.

 Bien sabemos que las masas respaldan y adulan al bravucón. Sus palabras y prácticas hacen que se sientan protegidas. Eso tampoco es nuevo: la ciencia nos muestra con múltiples ejemplos el rol del macho alfa en el rebaño, un papel que en los humanos es potenciado por la fama o el poder religioso, económico,  político o cultural.


                                           James Foley

A lo largo de su historia Colombia ha sido pródiga en juntar cadáveres  con múltiples pretextos ( la defensa o refundación de la patria, los “ valores democráticos” o la reivindicación de la familia, la propiedad privada y la tradición, entre ellos). En la Guerra de los mil días   fueron alrededor de cien mil muertos mal contados ( para entonces la estadística era una disciplina pobre); en la Violencia de liberales y conservadores los números mejoraron: se habla de unos trescientos mil muertos, la mayoría de ellos campesinos fanatizados por la dirigencia de sus partidos. Más adelante, el conflicto armado entre guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes y fuerzas del Estado dejó, según  el Centro de Memoria Histórica, 262.197 muertos ( no sabemos si sumaron los 6402 asesinatos bautizados como “ falsos positivos), aunque las cifras no han dejado de aumentar.

Lo anterior, sin contar las Guerras Civiles del siglo XIX: Federalistas y Centralistas, Guerra de los Supremos, Guerra Civil de 1851 y 1854, Guerra Magna, Guerra de las Escuelas y Guerra Civil de 1884 a 1885. Como pueden leer, nuestra experiencia en juntar cadáveres es de vieja data, como lo es tan bien nuestra desmemoria : basta con que aparezca un caudillo, independiente de sus pretextos o de su filiación ideológica,  para que el rebaño salga a respaldarlo con un inesperado caudal de votos. Una vez  instalado en el poder, aplaudirán sus acciones violentas, llámense “ falsos positivos” o  defensa de “ La Patria Milagro”.  Así somos.




Sobre los asesinados en las guerras civiles del siglo XIX escasean las cifras, pero no hay duda de que aportaron lo suyo al levantamiento de esa pirámide de muertos que debería hacer parte de nuestro escudo nacional.

“Fueron más de tres mil “ dice una voz en Cien años de Soledad; “ Aquí no hubo ningún muerto”, replica otra  parodiando los comunicados oficiales del gobierno de Miguel Abadía Méndez, después de la Masacre de las Bananeras  ocurrida el 6 de diciembre de 1928 en Ciénaga (Magdalena) territorio controlado por la United Fruit Company, empresa instigadora de la agresión.

Esa ha sido la constante histórica: negar o minimizar las muertes como estrategia para despojar de peso específico el impacto de las decisiones y políticas gubernamentales. De ahí el empeño en postular la  inexistencia de un conflicto armado. La  ecuación es pavorosa: si no hay conflicto, no hay víctimas. Si la guerra es una ficción,  el horror derivado de ella  lo es a la enésima potencia.




Y aquí llegamos al hondo sentido de  las exhibiciones del presidente de Colombia : los únicos muertos  que valen aquí son los míos, los que he  empezado a cazar en cumplimiento de mis promesas. En otras palabras, mis presas. Los otros son, a duras penas, simples números. Insumos para los noticieros. Así que ustedes, mis fieles devotos, pueden dormir tranquilos hasta la próxima emisión. Felices sueños.


PDT les comparto enlace  a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=6cB0TjOJwCY

martes, 1 de septiembre de 2026

Cuando pase el tembleque

 




                                            Antigua estación del ferrocarril


Pasado el temblor nos quedó el tembleque, el miedo milenario de las bestias ante los poderes de la naturaleza: el rayo, el trueno, la borrasca, el fuego   que los primeros humanos trataron de conjurar con rezos, danzas y cantos.  Tres semanas más tarde muchas personas se resisten a regresar  a sus casas, aunque no hayan sufrido mayores daños ¿Y si vuelve a temblar? Me pregunta una vecina mirando su casa con ojos de espanto.

Carente de respuesta , intento mi propio conjuro: caminar. Voy por las calles pisando mis propios recuerdos como fragmentos de un  espejo roto.  Uno de los recuerdos más persistentes es la ruta de los peregrinos: hombres, mujeres y niños que en tardes de domingo caminaban por trochas y calles desde el barrio Cuba hasta  “El fortín de Libaré”, el viejo estadio “Alberto Mora Mora” donde el Deportivo Pereira de los paraguayos libró batallas heroicas muchos años antes de que el entrenador Alejandro Restrepo hiciera el milagro de sacarlo campeón.

De modo que calzo mis tenis de siete leguas, cargo mi morral con agua, frutas, maní  y frutos  secos y emprendo la patoneada desde el parque cuyo nombre rinde tributo a la memoria  de Guadalupe Zapata, la negra que el blancaje  pretencioso de la parroquia quiso borrar de la lista de fundadores. Me aguarda una mañana entera de camino desde Cuba hasta Libaré : es mi tributo a la ciudad que me lo dio todo: historias, libros, músicas, ron, teatros, amigos, mujeres, bares y baretos. No puedo pedir más.


                                                  Estadio "Alberto Mora Mora"

Tomo la  llamada Avenida del Ferrocarril. Una hermosa mulata barre los escombros de una fachada mientras canta que “ Los caminos de la vida no son lo que yo pensaba, no son como imaginaba”. Un grupo de niños  convierte en portería el alero de una casa desplomada y disputa un partido de fútbol entre montones de guijarros. Buen presagio: la alegría del fútbol como promesa de que la ciudad  empieza a levantarse entre  sus ruinas.

Cada  esquina una herida, cada recodo un mundo que se fue. Llego a la Avenida Sur- la que el río Consota bordea en buena parte del trayecto, paso por la Universidad Católica y saludo  las viejas aulas donde compartí clases durante tres lustros, mientras el sol madrugador  de agosto empieza a pegar duro en las espaldas. El ruido y el humo de carros y motos comienzan a hacer de las suyas. No importa: el barrio  Providencia,  el reino de sombras del poeta Héctor Escobar Gutiérrez me aguarda con sus esquinas rotas. Antes de llegar, me detengo en lo que fue la polvorienta cancha del colegio  Deogracias Cardona, donde el sacerdote Gabriel Osorio dirigía los partidos entre rezos y palabrotas.

 Subo por la calle veintiuna y cruzo por la  urbanización Lorena reducida a casi nada. La vieja estación del tren del parque Olaya Herrera es una postal de otro tiempo: el  del ferrocarril que  desde 1921 trajo a la aldea  los prodigios y desastres de la modernización. Aquí llegaban los viajeros que bajaban o subían entre el pregón de los vendedores de golosinas de sal y los bohemios que escuchaban  tangos, pasillos y boleros mientras, envalentonados por el aguardiente, palpaban el trasero de las coperas.

 Busco la carrera diez, la que conduce en línea directa a Libaré. Vadeo los puentes donde se comercian las cosas más insólitas : una muñeca rota, un zapato sin pareja, la carcasa de un computador, una navaja sin filo, un balón desinflado. Están más surtidos que nunca con  los objetos rescatados de los escombros. En los parques han brotado cambuches ocupados en muchos casos por familias que no se vieron afectadas por el terremoto : siguiendo una vieja tradición, buscan pellizcar algo de los presupuestos asignados a los damnificados. Buena parte de la comuna  Villavicencio, donde abundaron los inquilinatos  a resultas de la  renovación urbana del centro de Pereira, emprendida después del terremoto de 1999, se encuentra inutilizable. Las vetustas casas construidas a  comienzos y mediados del siglo XX no resistieron el embate. Un símbolo:  en la muy golpeada iglesia de La Trinidad un  sacerdote oficia la misa en el despacho parroquial.


                                                                   Iglesia de La Trinidad

En las calles de Berlín y Corocito niños y viejos van y vienen. Los primeros han  descubierto entre las ruinas nuevos lugares para jugar al escondite. Los segundos escudriñan su mundo perdido con ojos   acuosos. Una leyenda urbana dice que en  una tienda  llamada Mi arbolito, ubicada en la  carrera  once con calle cinco nació el Deportivo Pereira, a partir de la fusión  del Deportivo Patria y Vidriocol. No hay modo de verificarlo por ahora: don Luis Carlos Giraldo, su propietario, murió hace años y de la tienda nada queda.

En sus viajes de ida y vuelta, los fieles devotos del Deportivo Pereira hacían un alto en  bares y tiendas de Villavicencio para celebrar las victorias y llorar las derrotas, que cada vez se hicieron más frecuentes, mientras en las victrolas y equipos de sonido sonaban canciones de Carlos Gardel y El Caballero Gaucho. Alguien me dijo que en este sector creció el escritor Wilmar Ospina Mondragón y me lo imagino  recorriendo las  devastadas calles de su infancia  buscando entre los escombros algún tesoro perdido: un trompo, una pelota, una revista de Dragon Ball Z o la fotografía de una muchacha amada en silencio, como corresponde  a los grandes amores.

En el punto donde  funcionaron bares  de leyenda como el Dancing, voy cuesta abajo hacia Libaré por la Avenida Santander. Decenas de ciclistas pedalean hacia su propio punto de peregrinación : el corregimiento de La Florida. Algunos llevan parlantes con reguetón a todo volumen. Supongo  que es su manera de conjurar  el  propio tembleque.


                                           El " Guadalupe Zapata", antes del tembleque.

Unas cuadras más y estoy a las puertas del santuario: el viejo estadio “ Alberto Mora Mora” que, milagrosamente se mantiene en pie después de varios terremotos. Sospecho que lo sostienen los espíritus de Galeano, Achito Vivas, Colombo, Ávalos, Calonga, Rada, Escobar  o López Fretes, futbolistas que hicieron de las suyas en su gramilla. El poeta médico Juan Guillermo Álvarez me contó que, en una tarde de gloria, el brasileño Quarentinha  rompió  de un pelotazo el travesaño del arco sur. De ese tipo de historias están hechos el estadio y la ciudad toda. Terminado el recorrido por hoy, estoy seguro de que de esas y muchas otras  historias parecidas nos alimentaremos cuando pase el tembleque.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=tE22cxiRXcI

 

jueves, 13 de agosto de 2026

A pesar de todo...

 



Crecí con mis abuelos maternos en el campo y vi a los vecinos organizar convites para resolver toda suerte de dificultades y, de paso, hacer más amable la vida de quienes habitaban la vereda: limpiar cunetas, tender puentes, reparar escuelas, construir canchas de fútbol, levantar puestos de salud. Al final de la jornada, exhaustos y dichosos, se recompensaban con un gran sancocho acompañado de muchas botellas de cerveza y el descorche de unas cuantas botellas de aguardiente, mientras en los radios Sanyo sonaban canciones de Los Trovadores de Cuyo que hablaban de amores perdidos, como casi todos.

El convite, esa hermosa palabra que sugiere un llamado, una invitación a sumar fuerzas, a hacerse partícipe de las urgencias y expectativas de la comunidad, se transformó en las áreas urbanas en poderosa herramienta para resolver las demandas de una población a la que el Estado tardaba mucho en llegar o no llegaba nunca.

Convidar es entonces la posibilidad de hacerse uno con los otros.

Fueron los convites los que, en principio, impulsaron la construcción de esas barriadas de las ciudades, adonde llegaron los campesinos expulsados por las violencias o en procura de mejores condiciones de vida para sus familias. Una vez construidas las casas de ladrillo o bahareque aparecían otras necesidades: salud, educación, cultos religiosos, recreación, transportes.

Así se levantaron hospitales, iglesias, escuelas, calles, puentes, parques. Por eso, el convite es parte de un patrimonio social y cultural que aflora cuando más se lo necesita, como en estos días posteriores al terremoto del lunes 10 de agosto que devastó buena parte del Eje Cafetero y el Chocó, así como de la región vecina del Valle del Cauca.




Amo caminar la ciudad, contemplar sus fachadas, detenerme en una tienda donde los parroquianos juegan parqués o dominó, escuchar el vocerío de los vendedores de frutas, gozar viendo a los niños jugar al fútbol en una cancha de tierra. En fin, disfrutar de esa fuente inagotable de donde mana la vida.

Por eso resulta doblemente doloroso recorrer las calles de Pereira por estos días.  El local donde funcionó un viejo teatro en el que vimos películas inolvidables se vino abajo dejando una estela de polvo y escombros. El café que convocaba a contertulios apasionados del fútbol, la política y las muchachas bonitas es un montón de ruinas. El puesto donde compraba Nuevo Estadio, El Espectador y revistas porno fue sepultado por un alud de cemento y ladrillos. El edificio de cultura de Comfamiliar Risaralda, la empresa que me acoge desde hace muchos años, se ve gravemente herido y no podemos entrar.  Para completar el cuadro, un vigilante me dice que doña Maruja, la señora que deleitaba a la concurrencia con sus empanadas memorables fue trasladada de urgencias a una clínica y nada se sabe de ella. Entre tanto, un enjambre de curiosos- turistas del desastre- toma fotografías y videos con sus teléfonos digitales y los reparte por el mundo. En los rostros de todos habitan la angustia y la incertidumbre. Por ahora somos un desfile de zombies del que forman parte  decenas de perros y gatos que huyeron espantados y ahora buscan a sus tutores.

 Por ahora... porque del otro lado avanza un desfile de muchachos armados con picos, palas, martillos, mazas, varillas de hierro y cualquier cosa capaz de partir un bloque de cemento, horadar un montón de ladrillos y mover ventanales retorcidos hasta dar con alguna persona o un animal que se debaten entre las ruinas.  Esos muchachos son algo así como una legión de la esperanza.




Tatiana es parte de esa legión. Estudia Ciencias del Deporte en la Universidad Tecnológica de Pereira. En su rostro moreno  resaltan unas ojeras violeta: va a completar tres días con sus noches patrullando las calles en compañía de dos amigos de nombres bíblicos: Felipe y Santiago. Llevan sus morrales  repletos de botellines  de agua y comida. Con sus teléfonos alumbran cada grieta, cada resquicio, los oídos  atentos a un gemido, un gruñido, cualquier señal de vida entre los escombros. Hasta ahora han conseguido ubicar a tres personas, dos perros y cuatro gatos con vida : más que suficiente para seguir en la brega.




Tatiana y sus amigos no conocían el significado de  la palabra convite, tan cara a la vida de sus mayores. Poco importa: sin saberlo han rescatado su espíritu, el sentido de compasión y solidaridad que alienta en esas siete letras. Ese ha sido su motor durante estos días de ansiedad. Se notan fatigados pero dicen que no piensan parar por ahora. “ Somos jóvenes, tenemos energías y vamos a ponerlas al servicio de quienes nos necesitan” dicen , casi en coro, a modo de declaración de principios.

Después de hablar con ellos y sentir su despliegue de  energía y buena voluntad uno siente que  la  calamidad duele menos “ A pesar de todo”, como en el poema de María Elena Walsh.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=airw_TWaOvI&list=RDairw_TWaOvI&start_radio=1

 

martes, 11 de agosto de 2026

La pluma y el bisturí






 Vicario de los dioses, el Medicine Man de las culturas antiguas es hechicero, sacerdote, sanador y, por eso mismo, poeta. Su rol en el mundo es el de restaurador del equilibrio perdido.

Muy a pesar de la burocratización impuesta en estos tiempos por la industria de la salud, el médico no ha perdido del todo su aura. Equipado con su bisturí, su estetoscopio y su aparataje tecnológico de última generación, el umbral entre la vida y la muerte sigue siendo su lugar en el mundo. O al menos eso se espera de él: que esté siempre presto a disputarle a las parcas su dosis de humanidad moribunda.

El médico escritor goza todavía de un doble prestigio: si se mantiene despierto puede mirar de frente a la muerte en todas sus facetas, las del alma y las del cuerpo. Es más: a despecho de sofisticaciones tecnológicas, la vieja pregunta acerca de en qué órgano del cuerpo se aloja el alma no ha sido resuelta del todo. Desde el nacimiento, cada órgano alienta sus pequeños males y al final todos desembocan en el mar de la gran muerte definitiva, llevándose consigo los misterios del ánima.

Juan Guillermo Álvarez Ríos, poeta, ensayista y médico internista para acabar de completar, ha escrito una obra que, como todo buen libro, deja al lector atento lleno de preguntas que él mismo deberá resolver o al menos deberá intentarlo.  Preguntas que alientan en versos como este de las Baladas para el ausente, del escritor Ladino Gaitán: Tantas enfermedades cobrando explicaciones al viento tantos infiernos disputándose las calles, a las que Álvarez replica: El dolor cotidiano está en cada enfermo pero puede sumarse y hacerse un dolor populoso e insoportable para un poeta. Sólo el médico puede detener la rueda brahamánica del sufrimiento cuando  extiende su  mano curativa hacia el doliente.




La mirada médica, una libresca mirada al arte de curar, es el título de este libro de  ciento trece páginas que empieza con una cita del escritor serbio Miroslav Pavić  :Dios cura, nosotros solo cambiamos vendajes. Las cosas quedan claras de entrada: la muerte sigue inscrita en los designios de la insondable divinidad; los mortales, empezando por los médicos, hacen lo que pueden.

Bajo esa premisa, el poeta médico Juan Guillermo Álvarez nos propone un viaje de ida y vuelta de la pluma al bisturí a través de las literaturas escritas por profesionales de la medicina y por las de autores que sin serlo auscultaron el cuerpo y el alma de sus personajes, convencido de que, por definición, la ciencia médica debe ser un asunto de amor al prójimo, más allá de la evidente mercantilización que hoy la absorbe y la traduce en estadísticas.

En la página 84 del libro Álvarez postula una declaración de principios:  La medicina, como el hombre, mira lo que es capaz de ver y sobre ello diserta. Las cosas que restan en la sombra, los fenómenos crepusculares o francamente oscuros- que surcan el horizonte de los sentidos como apariciones para volver a la densa noche de la que parecen surgir- sólo son abordadas tangencialmente por ella. Sólo amamos lo que conocemos, conocemos apenas lo que vemos. El diagnóstico debe estar en nuestra mente como concepto para ser formulado, antes de someterlo a las pruebas que lo confirmen. He aquí nuestra limitación esencial, contra la que luchamos día a día para abrir nuevos filones del conocimiento, tales como la teoría de los fractales- que se aplica en el árbol diagnóstico de alcance logarítmico- o la inmunomodulación. La medicina, sonda y tentáculo del hombre, se impone este deber: agrandar el área donde llega la luz y habitar sus nuevas conquistas.

Unos párrafos más   atrás encontramos esta cita tomada de Santa Evita, la obra del novelista y cronista argentino Tomás Eloy Martínez:

Al despertar de un desmayo que duró más de tres días, Evita tuvo al fin la certeza de que iba a morir. Aunque los médicos no cesaban de repetirle que la anemia retrocedía y que en un mes recobraría la salud, apenas le quedaban fuerzas para abrir los ojos.




Los médicos también tenían la certeza de que Evita iba a morir, piensa el lector. Pero ante le evidencia científica se abren a la compasión, a la simple obligación humana de brindar consuelo al inconsolable. Saben que sus palabras le pueden ayudar al  moribundo a disfrutar de un tenue rayo de luz que se filtra por la ventana y eso ya es suficiente recompensa para ambas partes: así de simple es el oficio de vivir y así de inapelable el acto de morir.

En ese sentido, en la página veintinueve, Álvarez Ríos recuerda que: El médico, que ahora es un sirviente, puede ser también un amigo, un consejero abrumado por limitaciones inmensas pero siempre dispuesto a escuchar, como el caso de Hermógenes, médico del emperador Adriano. Con el paso del tiempo, dejará de ser  un sirviente pero nunca de ser un servidor.

 Entre otros autores, en las páginas de La Mirada Médica nos topamos con citas de Kafka, de Don DeLillo, de Philip Roth, Thomas Mann, Heinrich Boll, Eudora Welty, de William Faulkner, Robert Musil, Somerset Maugham, Saul Bellow ,Marguerite  Yourcenar, e incluso con fragmentos de la exitosa serie de televisión House, protagonizada por ese brillante internista lúcido y cojitranco adicto a los narcóticos llamado Greg, situado siempre a un paso del cinismo absoluto.




Si es buen médico y por añadidura buen poeta, el hoy llamado profesional de la salud se abismará con el enfermo (ahora llamado paciente) en los pliegues de su cuerpo doliente y de su alma atormentada para regresar revestido de una sabiduría que trasciende lo clínico y se asoma a la desnudez de lo humano en su portentosa  paradoja : la carne en trance de disolución se hace  promesa de eternidad, aunque sea difícil seguir siendo emperador ante un médico, como confesaba  Helio Adriano a   su íntimo epistolar, por supuesto, médico. Esa dificultad reside hoy, entre otras cosas, como lo advierte el autor en la página treinta y dos en que: La sociedad podrá caer en el marasmo de sus valores y costumbres, del médico siempre se esperará el sacrificio, el sobreesfuerzo que conlleva el acto altruista.


PDT . les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=6ruHDWSNvB8