Muchos de ustedes recordarán la película donde un hombre regresa del futuro para matar a la mujer que parirá a su peor enemigo.
Se trata de Terminator I, claro, la historia que catapultó al
monosilábico actor Arnold Schwarzenegger al estrellato de una industria que
idolatra la testosterona y los estrógenos a partes más o menos iguales. Años más tarde, el siete de octubre de 2003,
en medio de la paranoia desatada después del atentado a las Torres Gemelas
, los californianos eligieron a Terminator como su gobernador, con la
esperanza de que pudiera salvarlos de los alienígenas encarnados en los
inmigrantes, el desempleo, la inflación y las pandillas centroamericanas.
No sobra aclararlo: eligieron al personaje, no a la persona, al fin y al
cabo un mediocre actor que inició su carrera como fisiculturista y eso le bastó
para dar el salto del gimnasio a la
pantalla, convirtiéndose de paso en uno de los pioneros de un producto
etiquetado como reality show, vale decir, la realidad devenida
espectáculo o éste último
convertido en realidad, el orden es lo
de menos.
Cuatro décadas atrás, un actor igual
de mediocre llamado Ronal Reagan fue elegido como gobernador del mismo estado
el 8 de noviembre de 1966 y posteriormente presidente de su país el 4 de
noviembre de 1980, dando inicio al desmonte del estado bienestar en alianza con
la británica Margaret Thatcher al otro lado del Atlántico. El miedo al
comunismo todavía se percibía en el aire y los votantes se arrojaron en los
brazos de ese personaje de western siempre presto a desenfundar la Colt
45.
A pesar de que la dicotomía entre persona y personaje es un tópico
milenario, la industria del espectáculo anclada en la cultura audiovisual y
potenciada por internet, ha llevado las
cosas a un punto de no retorno donde
asuntos tan esenciales como la pregunta filosófica por el ser han
perdido todo su sentido. ¿no han visto o escuchado a celebridades referirse a
si mismas utilizando su seudónimo, nombre artístico o apodo en lugar del humilde nombre consignado en el registro
civil? ´Ucho gusto, soy El Tigre dicen que saluda el político Abelardo
de la Espriella, cual si se tratara de un pintoresco Therian de los trópicos.
Al principio, los actores se calzaban sus coturnos, sus túnicas y sus
máscaras y subían al escenario donde representaban a héroes y villanos, a
dioses y demonios. El público se hacía
partícipe de ese rito cuasi religioso (recuerden el sentido de la expresión misa
en escena) y una vez finalizada la liturgia regresaba al punto de partida
un poco más purificado, pues el personaje- no la persona- hacia el papel de
exorcista en el sentido más preciso de la expresión.
Cuando la puesta en escena se convirtió en objeto de consumo y la persona
fue suplantada por el personaje, la carga simbólica se diluyó para convertirse
en mero entretenimiento. La representación perdió su condición de medio hasta
reducirse a un fin en si misma. De ahí que el famoso se convirtiera en figura
desechable que puede y debe ser sustituida cuando la excitación del público se
agota.
El asunto no pasaría de ser
anecdótico si no fuera porque en la mente del consumidor de información y
entretenimiento se producen estados de confusión capaces de paralizar en su
origen cualquier intento de distancia crítica. Los ejemplos abundan. Cuando en
el famoso salen a la luz las debilidades humanas comprensibles en cualquier
mortal en el espectador suelen aflorar dos actitudes igualmente dañinas: o de
incredulidad absoluta (lo que se dice de mi ídolo es mentira) o de condena sin
remedio (es increíble tanta bellaquería en alguien que parecía tan bueno). Es
en ese punto donde la persona empieza a cargar con el peso del personaje; una
carga tan descomunal que acaba cobrándose su precio en la salud física y mental
del involucrado. El abuso de drogas, sexo, alcohol y el consumo de fórmulas
religiosas suelen ser la manifestación más visible de ese quiebre.
Y todo porque aparecer no equivale a ser. La manera como aparezco
ante el mundo no revela mi condición primera. La pobre y frágil muchacha
llamada Norma Jean Baker, asediada por el deseo de los poderosos y abrumada por
el abuso de barbitúricos como herencia de una infancia atroz, no tenía relación
alguna con la glamorosa Marilyn Monroe que se hizo carne en las fantasías
sexuales de millones de habitantes de la tierra.
En la misma tónica, el poeta tímido y reconcentrado bautizado como John
Winston Lennon había perdido toda
conexión con la estrella de rock acribillada a tiros el 8 de diciembre de 1980
por un tipo anónimo llamado Mark Chapman, ansioso por convertirse él también en
personaje de pantallas y portadas. “Nothing gonna changes my World” cantó alguna vez John desde el
corazón mismo de su extravío con toda la desesperanza de que era capaz: se sabía extraño a sí mismo y sólo sobrevivía el
personaje Lennon idolatrado por quienes ni siquiera intuían- tampoco les
importaba- el abismo de su soledad.
Vueltos al terreno de la política, el siglo XXI ha sido pródigo en
personajes fabricados por agencias de comunicación política y de noticias
falsas que a menudo son las mismas. Con unos
espectadores pasivos y paralizados por el miedo aupado por los medios de
comunicación, publicistas y expertos en mercadeo pusieron en escena la figura
del bravucón desafiante con el puño siempre levantado y dispuesto a destrozar
mandíbulas. Tipos como Trump, Putin, Bukele, Milei, maestros del muy criollo De
la Espriella, se ofrecen al mundo como personajes de cómic capaces de vencer a
legiones enteras de malvados. “¡ A luchar
por la justicia!” ladran todos a través de pantallas y redes
sociales como aventajados discípulos de Superman. Amparados en ese grito de
batalla salen tan campantes a destrozar prójimos disparando misiles o tomando
medidas económicas. Como si se tratara de fieles devotos leninistas no se fijan
en gastos a la hora de combinar todas las formas de lucha.
Los amantes del fútbol recordarán el buso utilizado por José Luis
Chilavert, legendario arquero de Guaraní,
Zaragoza de España, Vélez
Sarsfield y de la selección paraguaya entre 1980 y 2004 . Llevaba estampada
la cara de un perro bulldog que mostraba los dientes y amenazaba con
despellejar a los rivales. Pues bien, no pasó mucho tiempo antes de que el
portero fuera devorado por el personaje y se comportara como un perro guardián:
insultaba y escupía rivales, desafiaba a las tribunas, injuriaba a los árbitros: en medio de su delirio llegó a considerarse
invulnerable.
Lo mismo les sucedió a los políticos mencionados en el párrafo anterior y a
otros tantos de su calaña. Putin sueña con los viejos tiempos del estalinismo
pero con disfraz de capitalismo salvaje; Trump se pintó a sí mismo como un Jesucristo
redivivo que volvía a la tierra a desfacer entuertos ; Bukele declaró su
propia guerra santa contra los tatuados culpables o inocentes. Por su lado,
Milei declaró en redes sociales: “Soy uno de los tres tipos más conocidos del
planeta” sin detenerse a pensar en el sentido de semejante frase.
A pesar de sus diferencias todos tienen algo en común: la voracidad por el
poder, que los llevó a forjarse uno o muchos personajes que acabaron por
tragárselos arrastrándolos hacia un agujero negro del que, bien sabemos, no hay
punto de retorno.
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