miércoles, 9 de junio de 2021

Noticias del fin del mundo




                      

                                          “El abismo no tiene biógrafo”
                                                                 María Negroni


¿Cuál es mi mayor deseo en esta  vida? Se pregunta el joven soldado, tez pálida, bigote incipiente, veinte años apenas.

Y él mismo se responde: una muerte corriente, un infarto, un cáncer, un golpe, un balazo quizás.

Ese era su mayor anhelo, después de haber mirado  de frente los muchos rostros del horror nuclear.

Un mes atrás fue obligado a alistarse en las filas de los  que iban a “imponer el orden” en Chernóbil, luego de la explosión del reactor nuclear el 26 de abril de 1986, a la una, veintitrés minutos y cincuenta y ocho segundos de la madrugada.

El momento preciso en que volvimos a tener noticias del fin del mundo.

“Poner orden” en una reacción atómica en cadena: he ahí la primera muestra del absurdo que rodea las acciones del poder en todas las épocas y en todos los lugares del mundo. Parece una broma pero era en serio. Ese fue el primer anuncio de los jerarcas del  fin del imperio soviético, con Gorbachóv a la cabeza.

Aquí no  pasa nada, era el mensaje. Peor aún: durante mucho tiempo le hicieron creer a su pueblo y al mundo que hasta las peores manifestaciones  de la catástrofe, entre las que se contaban los abortos, los bebés con malformaciones,  la leucemia, los cuerpos despellejados, los animales muertos y los alimentos contaminados eran un asunto pasajero.

                                                          


Todos a una, los gobernantes, los políticos, la prensa, la academia se proponían lo imposible: ocultar que en Chernóbil se había abierto una escotilla del infierno. Pero era y es imposible ocultar una mancha nuclear que se esparce por los confines de la tierra , dejando a su paso una estela de muerte y desolación.

La escritora bielorrusa  Svetlana Alexiévich, ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2015, se consagró a seguir el rumbo de esa estela. Visitó campos devastados, se coló en clínicas donde agonizaban los sobrevivientes, habló con sus familiares, entrevistó a científicos y hasta consumió alimentos contaminados en la búsqueda de algo que se pareciera a la verdad.

O al  menos a una verdad en medio de tanta propaganda, de tanta mentira, tanto del lado soviético como de sus contradictores en el mundo.

El  resultado de ese viaje es el libro Voces de Chernóbil, Crónica del futuro, una obra coral que conjuga lo mejor de la literatura y del periodismo narrativo para entregarle al mundo el testimonio de quienes un día se acostaron confiados en el futuro y se despertaron en medio de una pesadilla de la que era imposible despertar, porque ya estaban despiertos.




El libro es una polifonía en la que se conjugan el miedo y el amor, el dolor y la esperanza, la indolencia de los burócratas y la solidaridad de la comunidad, las ambiciones personales y la compasión por el prójimo.

Como en toda situación extrema,  en Chernóbil afloró lo mejor y lo peor de la condición humana.

(…) “Modernismo… Postmodernismo. Por la  noche  me sacaron de la cama por una  urgencia. Llego al lugar. La madre está de rodillas junto a la camita: la criatura se está muriendo. Y oigo la súplica de la madre: “ Quería, hijito, que si esto ocurría, que fuera en verano. En verano hace calor, hay flores, la tierra está blanda. Ahora es invierno. Espera  aunque sea hasta la primavera.”(…)

La gente narra y se desahoga, o eso cree.  La escritora escucha  y cuenta  para  que los humanos no olvidemos que somos parte de un solo organismo gozoso y doliente a la vez.

O eso espera ella, al menos.

A lo largo de 406 páginas Svetlana Alexiévich nos conduce de la mano por los entresijos de una tragedia que, nos advierte, tiene una diferencia esencial con la de Hiroshima y Nagasaki. En éste último caso el objetivo era aniquilar a un pueblo y sentar  un precedente de dominio: anunciar el advenimiento de  un nuevo imperio. La ciencia y la técnica como instrumentos del mal.

                                                          
                                          Svetlana Alexiévich

 En Chernóbil, como en tantos otros centros nucleares, se hablaba todo el tiempo de los buenos usos del átomo, de sus bondades para la producción de energía sana y útil.

Sin embargo, algo falló. La ineptitud, la arrogancia, la burocracia se conjugaron  para  desatar el desastre. La muestra gratuita de lo que nos depara  el futuro. Eso es lo que nos dice una de las voces de Chernóbil, la del maestro de formación profesional Nikolái Prójorovich Zharkov:

(…) “ Desde mi punto de vista, somos material para una investigación científica. Un laboratorio internacional. En el centro de Europa. De nosotros, los bielorrusos, de los diez millones de personas, más de dos millones viven en tierras contaminadas. Un laboratorio natural. Todo está listo para anotar los datos, para hacer experimentos. Nos vienen a ver de todas partes del mundo. Escriben  tesis doctorales. De Moscú, de Petersburgo. Del Japón, de Alemania, de Austria…Se están preparando para el futuro”(…)

Un país entero convertido en una  concentración de cobayas, de sujetos de prueba para tratar de conjurar lo que se avecina: un apocalipsis nuclear que  se advierte en los ojos de los sobrevivientes : cristales  ardientes  en los que se refleja el bullir de la reacción atómica en cadena.

En el fondo del drama avistamos la irrevocable fragilidad de la condición humana. Seres hasta ayer plenos de  ilusiones, de proyectos, de ambición, convertidos de repente en objetos radiactivos a los que todos quieren eludir.  “ Olvídese de  él.  Lo que  está ahí en la cama no es su marido: es un objeto altamente radiactivo”, le dice el médico a una esposa devastada. No hay que culparlo. De tanto tratar con el desastre desarrolló una especie de coraza protectora  que resulta  fácil confundir con el cinismo.

Historias como parábolas.

Cada voz es un monólogo que aspira a ser diálogo para dar cuenta de la entera dimensión de  la  tragedia, así en lo individual como en lo colectivo. Por eso, el testimonio del operador de cine Serguéi Gurin, ostenta el siguiente título: Monólogo acerca de cómo San Francisco de Asís predicaba a los pájaros.

(…) “ Caminos rurales. Polvo. Yo ya había comprendido que no era simple polvo, sino polvo radiactivo. Guardaba la cámara para que no se ensuciara; había que cuidar la óptica del aparato. Era un mayo seco, muy seco. Cuánta porquería tragaba, no sé. Al cabo de una semana se me  inflamaron los ganglios. En cambio, economizábamos película como si fueran municiones; porque el primer secretario del Comité Central, Sliunkov, debía presentarse en el lugar. Nadie te anunciaba de antemano en qué lugar iba a aparecer, pero nosotros mismos lo adivinamos. El día anterior, por ejemplo, cuando recorrimos una carretera, la columna de polvo se levantaba hasta el cielo, y al día siguiente ya la estaban asfaltando : ¡dos o tres capas!” (…)

Como en todas partes, en Chernóbil el  poder quería  ocultar el tamaño del desastre. Velar la prueba de sus  responsabilidades. Sepultarla bajo capas de asfalto… aunque con ellas quedaran también enterrados cientos de miles de pájaros muertos : los pájaros de san Francisco de Asís envenenados por la radiación.

Han pasado  35 años desde ese  26 de abril de  1986. La naturaleza herida sigue engendrando terneros de dos cabezas, niños sin ano ni riñones, zanahorias monstruosas, insectos descomunales. Pero el mundo aprendió a olvidar.  A lo mejor es puro instinto de conservación. Pero también puede ser una forma refinada de la indolencia, expresada en  la frivolidad de los paquetes turísticos  que ofrecen visitas guiadas a Chernóbil como a un parque temático del Apocalipsis.

Quién sabe. De cualquier  manera, vale la pena volver cada cierto tiempo a las páginas del libro de  Svetlana  Alexiévich. En ellas podemos redescubrir qué tan cerca estamos de esos viejos, de esos niños, de las viudas, de los huérfanos, de los vecinos que una mañana de abril se despertaron en las entrañas del infierno atómico.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=CM9xN333iKo

lunes, 31 de mayo de 2021

Feudalismo en el siglo XXI




Un fantasma recorre a Colombia: la creciente desazón  de una franja cada vez más amplia  de la sociedad, compuesta en buena parte  de jóvenes que se sienten sin presente y sin futuro.

“Si no hay nada que perder, entonces todo está por ganar”,  me dijo hace cinco días uno de los líderes de la protesta, un estudiante  de medicina de la Universidad Tecnológica de Pereira, que luchó con buena fortuna para que fuera retirada una propuesta de reforma a la salud,  que amenazaba con empobrecer aún más un servicio de por si bastante precario en nuestro país.

“Pero no estoy aquí arriesgando la vida solo por  eso”, continuó, con la convicción irreductible  que sólo  pueden dar los veinte años. “Luchamos también  por las personas que  se rebuscan la vida en las calles, por los profesionales  condenados a trabajar en oficios para los que no estudiaron, por los que no pueden estudiar y por los campesinos arrinconados por el hambre, porque  sus  cultivos fueron reemplazados por productos extranjeros subsidiados o porque  fueron desplazados por los poderosos que se apoderaron de sus parcelas.”

Mientras pronuncia sus arengas,   capta y envía imágenes de las marchas a través de su teléfono móvil.  Algunas de ellas le darán la vuelta al mundo en cuestión de minutos, acaso segundos.

Milagros de internet.

Entonces todo se me aclara: quizás una de las claves de nuestro desastre histórico reside en que somos un país deslocalizado, en las distintas acepciones de la expresión. Nos creímos ciudadanos del  mundo sin serlo siquiera en nuestra propia tierra.

Como ya lo  han anotado tantos, confundimos  modernización con modernidad, apariencia con esencia. Tenemos cuatro o cinco ciudades medianamente industrializadas, equipadas con el mobiliario de las grandes urbes: torres de oficinas, bloques de viviendas, autopistas, centros comerciales, grandes autopistas, autos importados… rodeados de un enorme latifundio controlado por señores feudales que  hace un siglo lo recorrían a caballo y ahora lo hacen en camionetas 4X4.



Si le echamos un vistazo al mapa, encontramos un ingenio azucarero que se extiende  desde La Virginia, Risaralda, hasta las goteras de Popayán,  capital del departamento del Cauca, tierra de indígenas desplazados,  humillados y ofendidos una y otra vez. En el centro de las plantaciones de caña de azúcar  está Cali,   cuna de unas élites con veleidades  señoriales, que durante años disfrazó sus miserias con el mito de la rumba eterna, hasta que  la angustia de los pobres llegó  a las puertas de los salones con un estruendo que hizo saltar la  burbuja  en mil pedazos.

Al sur y al occidente tenemos selvas y selvas codiciadas por mineros, madereros, mercaderes del agua y traficantes de  toda laya. En ellas se mueven como hormigas nativos y colonos hambrientos, que ni siquiera pueden comer el pescado  que abunda en ríos y quebradas, porque sus aguas hace tiempo están contaminadas.


En los Llanos orientales y la costa Atlántica malviven los peones encargados de cuidar  miles de hectáreas  dedicadas a la ganadería. Un año si y otro también , los señores feudales viajan desde la capital y desde el exterior a celebrar su opulencia con ritos sangrientos de corralejas y vaquerías.

Si pasamos a Antioquia, encontramos a Medellín, su capital, arrogante y ensimismada, mirándose en el fondo turbio de su “ tacita de  plata” por los siglos de  los siglos. A su alrededor se extienden nueve subregiones, cual más marcada por las desigualdades: la cafetera, la minera, la maderera, la costera, la bananera, la ganadera y, claro, también la cocalera.

Para no tener que mirar esos abismos, los paisas decidieron que  no basta con  el milagro de la vida a secas: para ellos todo es “ demasiado”. Son  demasiado felices. Las cosas les  van demasiado bien. Sus hijos son demasiado buenos y sus mujeres demasiado hermosas: el lenguaje puede obrar esas proezas.

Por su lado, los santanderes vivieron durante años de espaldas a todos los demás, encandilados por las bonanzas petroleras de  Venezuela… hasta que pasó lo que ya sabemos.

El altiplano cundiboyacense no lo ha hecho mejor: una enorme despensa de papas y verduras que alimenta al resto del país,    en cuya capital conviven cortesanos de hace quinientos años  y tecnócratas del siglo XXI que pasan de sus transacciones en Corabastos o en el Capitolio a  un Shoping Center de Miami.

Por supuesto, esa diversidad nos ha proporcionado nuestra gran riqueza cultural, expresada en músicas, gastronomías, mitos y modos del habla.

Pero también ha sido aprovechada para levantar muros y formas de exclusión tan peligrosas como los regionalismos a ultranza. Tanto, que siglo tras siglo las guerras civiles  han servido para ahondarlas y alejar cualquier forma de conciliación.

No es causal entonces, que desde las guerras de independencia cada cierto tiempo aparezca un caudillo agitando las banderas del miedo y el odio: miedo a lo desconocido y odio a lo distinto. Un pensamiento propio de señor feudal atrincherado en su castillo.


Para los colonizadores antioqueños, el hacha fue  el gran fetiche. “ Es fundadora de pueblos  con el tiple y con el hacha”,   escribió Luis Carlos González,  uno de los juglares de esa avanzada. Hoy, en plena era digital, el símbolo de nuestra particular forma de feudalismo es la motosierra, una herramienta que sirve a la vez para tumbar selvas enteras y extender los dominios o para desmembrar cuerpos y exterminar disidentes.

Bien guardado en su castillo, el señor feudal no quiere saber nada del afuera, aunque suenen las cacerolas vacías , los estallidos de furia  y los llamados a la justicia. Para atender esas incómodas solicitudes están sus esbirros.

Semejante dosis de sordera sólo puede producir rabia y desazón. La rabia y la desazón  que se han  volcado a las calles a gritarle al mundo. Porque para eso sirve también la internet: para contarle al planeta que entre nosotros la modernidad y sus grandes logros, entre ellos la democracia, es apenas una máscara para disimular las arenas movedizas sobre las que transitamos.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=PUPvNacSWNQ&t=24s

miércoles, 26 de mayo de 2021

De la sabiduría





DE LA SABIDURÍA



Sentado en su piedra de meditar

después de días de silencio

el viejo campesino habló por fin:


Existimos dentro de una gota de agua

que resbala sobre una hoja

de yarumo blanco.


Duramos lo que tarda en caer

y hacerse una con la tierra.


Redondo es el mundo

si te antojas

puedes dar vueltas y vueltas:

siempre volverás al punto de partida


Así  que no te afanes.


Pereira,  mayo de 2021. Segundo Año de la Peste.


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https://www.youtube.com/watch?v=RqF28V8Kytg

viernes, 14 de mayo de 2021

Discurso falaz






Las élites del mundo, con la colombiana incluida, han manejado a lo largo de los años una posición  amañada sobre la democracia. Cuando  sirve a sus intereses ponderan las bondades del modelo frente a otras formas de gobierno : la elección popular,   el talante representativo , la separación de poderes y la defensa de las libertades.

Hasta ahí todo funciona más o menos bien: de hecho, se afirma con razón que la democracia es la menos imperfecta de  las formas de gobierno. Sólo que este principio opera mientras responda a  los intereses de los grupos de poder que la tienen a su servicio. Porque cuando se sienten amenazados vuelven a las  viejas andanzas : la mordaza , las pistolas y las mazmorras.

Los colombianos acabamos de recibir una muestra de esto último. En medio de las turbulencias desatadas por protestas sociales que piden acuerdos serios y no simples respuestas  de momento, el diario El Espectador publicó en su edición digital del  miércoles 12 de mayo una nota más que preocupante : la reunión de dos congresistas  risaraldenses con un grupo  de empresarios de la región, en la que se habló entre otras cosas, de “ apelar a la legítima defensa” y de “ hacer presión” , a través de la pauta publicitaria, sobre medios de comunicación y periodistas  para que adapten  el tono  y los contenidos de la información a las demandas de un gobierno en apuros  frente a su propio pueblo y sometido a la mirada de la comunidad internacional.




Se trata del senador Alejandro Corrales , cafetero de Belén de Umbría, y del representante a la Cámara  Gabriel Jaime Vallejo Chufji,  de las entrañas de los grupos de poder locales.

Para  empezar, deberían explicarnos en qué consisten y cuáles son los  alcances de “ La legítima defensa”. En una sociedad  excluyente y proclive  al eufemismo esa frase puede significar muchas cosas y ninguna apunta en buena dirección. Sobre todo cuando apenas  una semana atrás se empezó a   hablar de “ ciudadanos de bien armados”, cuando en realidad  se trató de pistoleros disparando contra líderes  de la protesta pacífica, como sucedió con el  estudiante Lucas Villa.

Sobre lo de “ presionar” a través de la pauta a medios y periodistas, creo que la palabra precisa  es chantajear, porque a menudo nuestro hábito de no llamar las cosas por su nombre nos ha conducido a callejones sin salida.  Basta un ejemplo : decirle “falso positivo" a un asesinato a secas dilató durante muchos  años el abordaje directo y honesto de esos crímenes.

Si bien esa es una vieja práctica, a esta altura del camino precisamos más que nunca de medios  y periodistas que aborden la complejidad y diversidad de los acontecimientos con criterio , de modo que los  consumidores de información, cada vez más pasivos y confundidos, tengan  los elementos mínimos para hacerse a una idea de las a menudo contradictorias fuerzas que los rodean.

Esa “ presión” a los medios y periodistas puede abrir las puertas al nefasto delito de opinión que tantos desastres ha ocasionado en el mundo. Después de todo, vivimos en un país que a lo largo del siglo diecinueve libró reiteradas  guerras  civiles en defensa de la  libertad de expresión.




No puede ser que las hayamos perdido todas.

Por fortuna para todos, hoy tenemos los medios alternativos  y digitales  que gestionan su supervivencia por fuera de la pauta convencional, tan fácil de  utilizar para obligar  al silencio, cuando no a la abierta complicidad de  propietarios, directores  y periodistas.

Como ustedes lo habrán notado ya, buena parte de este  texto salió entre comillas. Pero esa  es nuestra realidad de hoy : vivimos en un país entrecomillado por la retórica oficial y sus replicantes en todos los frentes. Todo lo que se dice y escucha puede ser un arma letal, sea  real o simbólica. Si antes  se hablaba de “ pájaros “, luego  de la “ mano negra” , más tarde de  “fuerzas oscuras” y ahora de “ vándalos”, algo tenebroso tiene que estar agitándose allí para que no nos decidamos a llamarlas por el nombre. Si revisamos la Historia de Colombia, siempre  algún caudillo o partido político acabó beneficiado con esa deliberada confusión.




Este es un buen momento para cuestionar el discurso falaz  sobre la democracia. Si es buena ha de serlo para todos, empezando por la aplazada deuda de la justicia social y el equilibrio económico. Pero no puede ser defendida sólo cuando el mecanismo electoral garantiza la continuidad de un político, o cuando  el legislativo sirve para aprobar leyes en beneficio  de  una casta corrompida hasta los tuétanos.  Mucho menos  si la prensa y quienes trabajan en ella son vistos como simples amanuenses desprovistos de toda distancia crítica.

Resumiendo: es hora de  empezar a quitar tantas comillas.


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https://www.youtube.com/watch?v=3n6nR6o6fzM

martes, 11 de mayo de 2021

El truco de la cola





El periodista argentino Daniel Santoro escribió: "Cuando un reportero encuentra la cola de la rata hay que jalarla, hasta llegar al final”. Esa frase afortunada resume la esencia del periodismo de  denuncia. Otros lo han dicho de distintas maneras. “ Sigue el olor del dinero” o “sigue los pasos de la amante o del amante”.

En últimas todos aluden a lo mismo: a la necesidad de no soltar al  corrupto una vez se le ha pillado por la cola. Al final, periodista y medio tendrán su recompensa: la revelación de toda una trama  de robos y saqueos en la que a menudo subyacen dos grandes detonadores:  sexo y poder. Porque, en últimas , esas son las dos pulsiones  vinculadas a toda  forma de corrupción.

Cuando el portal  web Tras la cola de la rata nació en un salón de clases allá por abril   del año  2011 no pudo haber elegido mejor el nombre.  El profesor  Abelardo Gómez Molina, que en noches de luna llena se desdobla y firma como Antonio Molina, fue el gestor de la idea en compañía de un grupo de estudiantes de periodismo.

En principio fue un blog en el que  se publicaban los mejores trabajos de los muchachos.  Pero como en el mundo las ratas son legión, pronto ese formato se reveló corto y migró hacia la condición de página web.

Pero la filosofía siguió siendo la misma: desfacer entuertos. Negocios truchos, políticos venales, saqueos al erario, fraudes y malversaciones constituyen la impronta pública de América Latina y    Colombia no es la excepción. De modo que a Abelardo y sus muchachos nunca les faltó trabajo, aunque si tiempo y recursos para  desarrollar una tarea que siempre resulta costosa.




A lo largo de esa década se han sucedido los gobiernos, pero  sus lacras siguen siendo las mismas. Y el equipo de investigación y redacción de La cola de rata- con el tiempo decidieron acortar el nombre- ha estado allí para revelarlo. Las infamias del clan Merheg con recursos tan sagrados como los de la salud.   El constreñimiento  al elector en la etapa final de la alcaldía de Juan Pablo Gallo. La irresponsabilidad del Ingenio Risaralda en el manejo de sus residuos. Las andanzas del político Mario Marín y sus familiares más cercanos  han sido y son parte de una agenda informativa que le ha valido reconocimiento y respeto en el ámbito de  los medios independientes del país.

En épocas recientes, alianzas con medios de comunicación de probada responsabilidad  como Baudó Agencia públicaLa liga contra el silencio le  han permitido expandir y  multiplicar sus audiencias más allá de los límites regionales.




Fiel al legado de los antiguos humanistas, el portal no se ha limitado al campo de la denuncia.  En sus páginas han encontrado sitio expresiones tan disímiles como la crónica, el ensayo, el cuento y la poesía,  tan importantes  todas para la comprensión de  los factores que determinan el rumbo de las personas y la sociedad.

Por eso mismo, en la celebración de sus  primeros  diez  años de vida al servicio de la sociedad la La cola de rata decidió publicar un libro cuyo título parafrasea la letra de Volver, el célebre tango de Gardel y Lepera : Diez años son nada.

Con el sello de El editor ( así se llama la editorial, a secas) el libro recoge en  doscientas noventa y cinco  páginas algunos de los más destacados textos publicados durante una década convulsa y sorprendente, como todas.

Abelardo Gómez Molina


Diez años son  nada o son mucho. Todo depende de la mirada de quien  escribe y de de quien lee. Al menos en este  libro uno puede captar la intensidad y la prolijidad de la existencia en una crónica de Giussepe Ramírez sobre el músico Alfredito Linares  o en un  texto de Felipe Chica Jiménez alrededor de la vida dura de  los raspachines de hoja de coca. A su vez, el desarraigo  implícito en toda  forma de colonización se asoma en el minucioso relato de Maritza Palma, tejido en  las entrañas del páramo. También puede desatar los nudos de la memoria en  una bella estampa de los días heroicos del ciclismo colombiano en la pluma del cronista Camilo Alzate.

Intercaladas a lo largo del libro están, por supuesto, las investigaciones de mayor impacto adelantadas por el portal en todo este tiempo.

También hay lugar para la lucidez del ensayo, en una propuesta de Alan González anclada en la obra de Constantino Cavafis o en un contrapunto de Jonathan Arredondo   sobre la obra del argentino  Ricardo Piglia y el colombiano Rigoberto Gil.

Lejos de cualquier ortodoxia,  en La cola de rata hay espacio incluso para la poesía, ese difícil género que les sirve de soporte a todos los demás.

Esa pluralidad le ha permitido fortalecerse y llegar  a su primera década con la convicción de que  son muchos los desafíos por afrontar, entre los que los recursos económicos necesarios para  la supervivencia no son asunto menor.

Por eso, siguiendo el ejemplo de los curas de parroquia, han  decidido sacar la ponchera para apelar  a la solidaridad de los lectores que hemos  enriquecido nuestro mundo a  través de sus páginas. En este caso se trata de intercambiar dinero por  historias, de modo que al final todas las partes resultan ganadoras.

Aunque en realidad es sólo un decir: una  buena historia no tiene precio, porque puede  cambiarnos la vida para siempre, tal como lo sugiere la periodista Gina Morelo en su prólogo : “ ¿Escribir para qué? ¿ Si leer  es un vicio,  escribir qué sería?”

Un vicio impune, a juzgar por los textos compilados en este libro.  Y los vicios fieles no nos abandonan nunca.

PDT.  les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=ZXqSEw3H_PI





lunes, 3 de mayo de 2021

Colombia en su punto de quiebre




En el tenis, como en la vida, existe un momento  de quiebre, una jugada que cambia el curso de los acontecimientos para bien o para mal.

Match point, le llaman a ese instante.

Los colombianos asistimos hoy a nuestro propio punto de quiebre.

Contemplando las imágenes de los destrozos ocasionados durante las recientes jornadas de protesta iniciadas el 28 de  abril, uno advierte de entrada dos planos de una misma realidad : los hechos y los síntomas.

Los primeros, expresados en atentados a bienes públicos y privados, pertenecen a la esfera del delito y  deben ser investigados y penalizados como corresponde a nuestro ordenamiento jurídico, por desacreditado que esté.

En eso todos estamos de acuerdo, porque nos permitiría dilucidar de una buena vez   la identidad de los autores de los destrozos y a quienes obedecen:

¿A la extrema izquierda, renuente a cualquier tipo de opción pacífica? ¿ A la extrema derecha, proclive a sembrar el caos para presentarse después como redentora? ¿ A agencias del Estado interesadas en deslegitimar la protesta y justificar el uso de la fuerza?

Lo segundo no es menos importante.  Según nos enseña la historia, la violencia y la anarquía no surgen por generación espontánea. Son el resultado de la frustración, la desazón y  la impotencia acumuladas durante años, décadas y siglos en las entrañas de una sociedad. Después de todo, habitamos en uno de los países más desiguales y corruptos  del mundo. Hemos sido  desgobernados por unas castas que han sustituido  nociones como solidaridad y justicia social por la más cómoda y barata práctica de la caridad… pagada con recursos de la sociedad, claro.

En eso somos expertos:  en privatizar las ganancias y socializar las pérdidas.

Tantas miserias acumuladas solo pueden conducir a la desesperanza, que es el paso previo a la desesperación. Y una sociedad desesperada se enfrenta  un desafío : o convierte esa desesperación en energía creativa y transformadora o se entrega en cuerpo y alma al primer mesías que  le ofrezca la redención. Y el pasado nos enseña que, independiente de su filiación ideológica, en política los mesías solo pueden conducirnos al abismo. Asomados al abismo, las etiquetas pasan  a un segundo plano: conceptos como izquierda o derecha se desvanecen.

Varias veces lo he compartido con ustedes: cada cierto tiempo, cuando necesito tomarle el pulso a la ciudad, calzo mis botas de siete leguas, empaco un botellín de agua, una fruta , un tentempié y me voy a recorrer las zonas marginadas de Pereira y Dosquebradas , empezando por una barriada de trabajadores de la construcción, recolectores  de café, empleadas de oficios domésticos y rebuscadores callejeros llamada Los Pinos, ubicada en la parte  alta de una ladera. De ahí en adelante siguen Galaxia, Villa Carola, Estación Gutiérrez,La Mariana, El Martillo, Camillo Torres, Santiago Londoño, Otún y El Balso.

Cruzo el puente  y emprendo la travesía por los extramuros de Pereira. Me encuentro con un paisaje similar en el que solo cambian los nombres: Charco Negro, Villa Santana, Tokio, Monserrate, Intermedio, Las Margaritas, La dulcera, La Churria, El Dorado y hasta un conglomerado de miseria con nombre de politiquero : barrio “ Luis Alberto Duque”.



Un año así y otro también, allí se han asentado desplazados por la violencia provenientes de distintas regiones del país, con  notoria presencia  de población indígena y negra. Entre ellos, y de espaldas al Estado, han tejido lazos de solidaridad que les permiten sobrevivir en medio de la indolencia de una sociedad inclinada a pensar que  las cosas que no le duelen a ella no existen.



El problema empieza por ahí. No sólo existen: es allí donde se incuban la rabia y la desesperación que un día estallan y se traducen en  destrozos.  Justo en ese momento, los privilegiados claman por protección del Estado frente a los bárbaros, momento en que el  ejército es lanzado a las calles. Y cuando eso sucede…  revisen bien los libros de historia y verán.

En esas barriadas he visto  muchachos de dieciséis años consagrados  al delito; me he tropezado con ancianos de cuarenta, estropeados por largas jornadas de trabajo duro a la intemperie;  me he topado con niños milicianos armados de changones; he encontrado pequeños de cinco años arruinados de por vida por la desnutrición. En suma, una población desprovista de cualquier forma de conciencia política y por lo tanto  inerme frente al llamado de delincuentes y caudillos, que casi siempre son los mismos.

Ese mundo está  allí en permanente ebullición. Sólo que “ los ciudadanos de bien” no los ven: andan demasiado atareados entre la casa, la oficina y el centro comercial. De hecho, este último constituye el centro de su pequeño universo.

Sucedió el 9 de abril de 1948, hace ya setenta y tres años. “ La chusma” como llamaban las élites de entonces a  los pobres, empujadas por  un instinto primigenio de supervivencia, se arrojaron a las calles y sembraron el caos en una ciudad que se preciaba de ser “ La Atenas suramericana”. Ahora ya no se les llama chusma sino terroristas, pero están impulsados por la misma furia contenida.


Ese es nuestro  punto de quiebre hoy. El retiro del proyecto de reforma tributaria muestra que el pragmatismo político y electoral primaron sobre los aspectos técnicos y económicos. Pero la crisis sigue ahí. Todavía estamos a tiempo de convertir la inconformidad y el malestar en energía transformadora. Tenemos líderes brillantes, propositivos y de  mentalidad abierta para emprender la tarea. Pienso en hombres como los exministros Alejandro Gaviria  y Juan Luis Mejía o en  Pablo Felipe Robledo, que fuera Viceministro de Justicia y Superintendente de Industria y Comercio  Pero existen muchos más. Nuestra tarea es buscarlos. De lo contrario, seguiremos  a merced de los tenebrosos personajes que  ladran en la televisión y las redes sociales. A esta altura del juego, no podemos confundir sus aullidos con  un designio histórico.

Ese es el tamaño de nuestro desafío.


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https://www.youtube.com/watch?v=0LLIkGUwIr4



lunes, 26 de abril de 2021

No nos toquen los huevos



“ A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”. Esa es quizá la alusión más antigua a la obligación de tributar que cobija a todas los integrantes de una sociedad, entendida esta como  grupos de personas  reunidas  alrededor de  una estructura de poder.

Lo que  diferencia la clase y alcance de los tributos es el criterio y los instrumentos  utilizados para justificarlos  y hacerlos valer. En la antigua Grecia existió un impuesto llamado Eisphorá, que gravaba   a los más ricos. A su vez en Roma, César Augusto, considerado el primer gran estratega fiscal, diseñó un modelo denominado Portoria. Como su nombre lo sugiere, estaba enfocado a cobrar  una tasa impositiva al ingreso y salida de  productos por los puertos.

Salvo algunos fundamentalismos, en general  se acepta que no ha existido ni existe sociedad alguna que pueda vivir sin impuestos. Son el oxígeno que permite mantener en marcha el  aparato del Estado y satisfacer las demandas de los distintos grupos sociales y económicos.

En realidad los conflictos empiezan por las implicaciones políticas de las  decisiones tributarias, entendida la política en su mejor sentido, es decir el campo que se ocupa de la gestión de lo público.


De cómo se oriente esa gestión y del momento para hacerlo, depende el mayor o menor grado de aceptación de los impuestos entre esos grupos sociales.

Dicho de otra manera : ¿Cuándo y en qué medida tocan a los ricos? ¿ Cuándo y en qué medida a los pobres? ¿Y a las clases medias?.

Entrados en el caso actual de Colombia, los impuestos nunca han formado parte de un proyecto de sociedad, porque ni siquiera ha existido tal proyecto. Son más bien recursos desesperados de coyuntura: una guerra, una emergencia, un déficit fiscal. Por eso, en tiempos de campaña los aspirantes a gobernar  se abstienen de afrontarlos en toda su dimensión. A la hora de reclamar el voto  juran que no habrá más impuestos. 

Como nos enseña la experiencia, cuando acceden al poder las cosas se tornan  de otro color.

No ha existido entre nuestros políticos una posición directa y clara frente al modelo tributario, como sí ha sucedido en Australia, en los países nórdicos y en  la Gran Bretaña y los Estados Unidos antes de  la era Reagan- Tatcher, que arrojó por la borda el patrimonio social   forjado durante siglos, dejando las cosas más esenciales en manos de un mercado voraz y sin medida ética.

No está pues en discusión la importancia de los impuestos, mucho menos en un país signado por altas tasas de evasión y fraude fiscal entre los sectores más pudientes.

Y es ahí donde reside una claves del actual debate, enturbiado por un entorno marcado por la pandemia de  la Covid-19 y las exigencias sanitarias, sociales y económicas que de  ella se derivan.


Para  algunos de los economistas más influyentes del siglo XX y lo que va corrido del XXI como J. M Keynes, Paul Samuelson y Thomas Piketty, la razón  última de un modelo tributario racional está centrada en la distribución de la riqueza y en la irragación  de sus beneficios a todo el cuerpo social.

Pero   sabemos   que entre nosotros conceptos como Justicia social  o redistribución del ingreso han sido marcados con la etiqueta descalificadora de   comunistas y subversivos.

Eso explica  que las sucesivas reformas respondan más al imperativo de enfrentar una crisis fiscal  que a la expresión política de  la responsabilidad social que nos compete a todos.  Colombia se parece así al Simón El bobito de la célebre fábula, empecinado  en  la  absurda,  agotadora e inútil tarea  de abrir un hoyo en la tierra para tapar otro.

De semejante manera de abordar las cosas   sólo puede derivarse una cadena de  contrasentidos.  Ante la intención de gravar  con impuestos  a productos tan esenciales como el huevo, la nutricionista Clara Puerta me da por teléfono su respuesta lapidaria: “ Las  carencias en el consumo de leche y huevos en la temprana infancia pueden provocar lesiones cerebrales degenerativas  capaces de ocasionar  un cretinismo de por vida”.




En el otro polo de la discusión, un estudio de la Universidad Nacional de Colombia nos dice que un impuesto del 24 % a  las bebidas azucaradas  a lo largo de veinticinco años daría, entre otras cosas, los siguientes resultados positivos:

Se evitarían  287.671 casos de enfermedades derivadas del consumo de  azúcar.

Se podrían prevenir 21.237 muertes por la misma causa.

Los recaudos por ese impuesto alcanzarían los 99.6 billones de pesos.

Sin embargo, la realidad nos dice que se pretende gravar los huevos sin tocar a las bebidas azucaradas.

La razón  es obvia: son las empresas  productoras de esas bebidas, propiedad de  grandes conglomerados económicos, las que patrocinan  las candidaturas a  la presidencia , al congreso y otras corporaciones de índole local y regional.

Como si no bastara con eso, el nombramiento de un ministro exige su aprobación y el cabildeo ante los legisladores es una práctica constante.

Imaginar una reforma tributaria con el sentido  y el alcance que le dieron los economistas mencionados unas líneas atrás se convierte entonces en una quimera.

De ahí que los colombianos no encuentren alternativa  distinta a la de lanzarse a las calles en medio del punto más alto en esta nueva escalada de la pandemia. Después de todo, está última pasará mientras los efectos de la reforma pueden afectarlos  por el resto de sus días.

Así de simple es el asunto : a esta altura del camino, no queremos que nos toquen los huevos.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=5R5I9Bhoaz0