(…) Y no hallé cosa
en que poner
los ojos
que no fuera
recuerdo de la muerte (…)
Francisco
de Quevedo y Villegas
Una compañera de trabajo cuyo nombre prefiero omitir tiene como consejero
de cabecera un programa de Inteligencia Artificial al que ella llama “mi
maestro”. Es el depositario de todas sus dichas- más bien escasas- y de sus
copiosos tormentos, que pasan por la situación económica, los desencuentros
sentimentales y sexuales, la frustración profesional, las relaciones con sus
hijos adolescentes y un extenso catálogo que sería fatigoso enumerar aquí.
Invariablemente, su “consejero” le recomienda mantener la calma, no
amargarse por insignificancias y ensayar nuevas alternativas que enriquezcan su
vida de otra manera.
Por lo visto, nada que no ofrezcan los curas en el confesionario, los
sicólogos, los siquiatras y los guías espirituales de las sectas religiosas y
laicas que proliferan al ritmo de las angustias de la gente, multiplicadas por
un modelo de sociedad que no ofrece opciones de satisfacción proporcionales al nivel
de competencia y consumo que él mismo impone. En el fondo de todo se agita el
temor supremo: el de la muerte como compañera inseparable de todo viaje.
Cuando se refiere a su maestro, mi compañera eleva una octava el tono de la
voz y asume el tono vehemente y sentencioso de quien no está dispuesto a
aceptar réplicas. Es comprensible: está convencida de que en la Inteligencia
Artificial- ella nunca la llama así- alienta algo mágico, una suerte de
espíritu capaz de leer la mente de las personas, y por eso mismo está
capacitada para ofrecer respuestas a todos los casos. Su consejera le dice cómo obtener nuevas
entradas que equilibren su situación financiera; le ofrece recetas para
reavivar la extinguida pasión sexual en el matrimonio, le plantea fórmulas para
relacionarse mejor con sus hijos y- faltaba
más-un enfoque más fructífero de su rumbo profesional.
La búsqueda de respuestas a las incertidumbres y desafíos de la vida es tan
antigua como los seres humanos. Va ligada a la incógnita insoluble que supone
el hecho de existir. Alienta en las plegarias a los dioses, en las visitas al
oráculo, en los ritos propiciatorios y- por supuesto- en esas formas modernas
que son las consultas con sicólogos,
siquiatras y todo un catálogo de terapeutas.
En realidad, lo único nuevo aquí es el ropaje tecnológico. La gente anda
con su gurú incorporado al teléfono celular y puede consultarlo cada vez que
siente tambalearse la frágil estructura de su vida íntima : siempre obtendrá
una respuesta que equilibre por un momento su ritmo cardiaco y el flujo de sus
jugos gástricos. “¡Siento tanto alivio cuando mi maestro me responde!” exclama,
agradecida, mi compañera y la mirada le brilla con un destello de revelación
bíblica.
Mis compañeros de generación recordarán esos programas radiales de gran audiencia titulados “Doctora Corazón” o “Aquí
resolvemos su caso”, que gozaban de tantos oyentes como “ Kalimán, el hombre
increíble” o “Arandú, el príncipe de la selva”. Eran dirigidos por mujeres que
adoptaban un tono maternal y comprensivo capaz de conjurar cualquier tormenta.
Los despechados, los arruinados, los abandonados de la mano de Dios y del amor
les enviaban cartas firmadas con seudónimos como “Corazón destrozado”, “Violeta
marchita”, “ Ave sin rumbo” y otros
igual de explícitos. Invariablemente, las consejeras ofrecían fórmulas para
sortear cada encrucijada. Al final, entre comerciales de jabones, medias
veladas y tintes para el pelo, las guías impartían la bendición a su caterva de
desesperados, que regresaban tranquilos- o eso se suponía- a enfrentar sus
acertijos cotidianos.
En su novela “La muerte de Alec” el poeta Darío Jaramillo Agudelo escribió
citando a no recuerdo quién y tampoco lo precisó, que “Todos buscamos el madero
de la talla exacta de nuestro naufragio”. Por lo visto y escuchado, las
respuestas de la Inteligencia Artificial obedecen a las mismas lógicas que
rigen o parecen regir la vida de los humanos desde hace miles de años. Al fin y al cabo todos necesitamos en algún
momento aferrarnos a alguna potencia de este mundo o del otro. Si, como bien lo
anotó un ingenio anónimo “los siquiatras
son los exorcistas de los ateos”,
devotos y escépticos vamos por el mundo dando golpes de ciego a la
espera de respuestas que nos deparen algún grado de sosiego, por efímero que
sea. Más aún: estamos dispuestos a pagar por ello, ya sea en efectivo, en
especie o alienando nuestra escasa
libertad en manos de algún embaucador.
Quizá por pudor, mi compañera de trabajo todavía no lo admite. Pero
sospecho que espera escuchar algún día en la voz de su gurú digital la sentencia mágica que habrá de ponerla a salvo
de todos los tormentos : “ Ego te
absolvo”.


