miércoles, 8 de abril de 2026

Ego te absolvo

 

                         




                                 (…) Y no hallé cosa

                                   en que poner los ojos

                                   que no fuera recuerdo de la muerte (…)

 

                                     Francisco de Quevedo y Villegas

 

 

Una compañera de trabajo cuyo nombre prefiero omitir tiene como consejero de cabecera un programa de Inteligencia Artificial al que ella llama “mi maestro”. Es el depositario de todas sus dichas- más bien escasas- y de sus copiosos tormentos, que pasan por la situación económica, los desencuentros sentimentales y sexuales, la frustración profesional, las relaciones con sus hijos adolescentes y un extenso catálogo que sería fatigoso enumerar aquí.

Invariablemente, su “consejero” le recomienda mantener la calma, no amargarse por insignificancias y ensayar nuevas alternativas que enriquezcan su vida de otra manera.

Por lo visto, nada que no ofrezcan los curas en el confesionario, los sicólogos, los siquiatras y los guías espirituales de las sectas religiosas y laicas que proliferan al ritmo de las angustias de la gente, multiplicadas por un modelo de sociedad que no ofrece opciones de satisfacción proporcionales al nivel de competencia y consumo que él mismo impone. En el fondo de todo se agita el temor supremo: el de la muerte como compañera inseparable de todo viaje.

Cuando se refiere a su maestro, mi compañera eleva una octava el tono de la voz y asume el tono vehemente y sentencioso de quien no está dispuesto a aceptar réplicas. Es comprensible: está convencida de que en la Inteligencia Artificial- ella nunca la llama así- alienta algo mágico, una suerte de espíritu capaz de leer la mente de las personas, y por eso mismo está capacitada para ofrecer respuestas a todos los casos.  Su consejera le dice cómo obtener nuevas entradas que equilibren su situación financiera; le ofrece recetas para reavivar la extinguida pasión sexual en el matrimonio, le plantea fórmulas para relacionarse mejor con sus hijos y- faltaba  más-un enfoque más fructífero de su rumbo profesional.




La búsqueda de respuestas a las incertidumbres y desafíos de la vida es tan antigua como los seres humanos. Va ligada a la incógnita insoluble que supone el hecho de existir. Alienta en las plegarias a los dioses, en las visitas al oráculo, en los ritos propiciatorios y- por supuesto- en esas formas modernas que son las consultas con  sicólogos, siquiatras y todo un catálogo de terapeutas.

En realidad, lo único nuevo aquí es el ropaje tecnológico. La gente anda con su gurú incorporado al teléfono celular y puede consultarlo cada vez que siente tambalearse la frágil estructura de su vida íntima : siempre obtendrá una respuesta que equilibre por un momento su ritmo cardiaco y el flujo de sus jugos gástricos. “¡Siento tanto alivio cuando mi maestro me responde!” exclama, agradecida, mi compañera y la mirada le brilla con un destello de revelación bíblica.

Mis compañeros de generación recordarán esos programas radiales de gran  audiencia titulados “Doctora Corazón” o “Aquí resolvemos su caso”, que gozaban de tantos oyentes como “ Kalimán, el hombre increíble” o “Arandú, el príncipe de la selva”. Eran dirigidos por mujeres que adoptaban un tono maternal y comprensivo capaz de conjurar cualquier tormenta. Los despechados, los arruinados, los abandonados de la mano de Dios y del amor les enviaban cartas firmadas con seudónimos como “Corazón destrozado”, “Violeta marchita”, “  Ave sin rumbo” y otros igual de explícitos. Invariablemente, las consejeras ofrecían fórmulas para sortear cada encrucijada. Al final, entre comerciales de jabones, medias veladas y tintes para el pelo, las guías impartían la bendición a su caterva de desesperados, que regresaban tranquilos- o eso se suponía- a enfrentar sus acertijos cotidianos.






En su novela “La muerte de Alec” el poeta Darío Jaramillo Agudelo escribió citando a no recuerdo quién y tampoco lo precisó, que “Todos buscamos el madero de la talla exacta de nuestro naufragio”. Por lo visto y escuchado, las respuestas de la Inteligencia Artificial obedecen a las mismas lógicas que rigen o parecen regir la vida de los humanos desde hace miles de años.  Al fin y al cabo todos necesitamos en algún momento aferrarnos a alguna potencia de este mundo o del otro. Si, como bien lo anotó un ingenio anónimo  “los siquiatras son los exorcistas de los ateos”,  devotos y escépticos vamos por el mundo dando golpes de ciego a la espera de respuestas que nos deparen algún grado de sosiego, por efímero que sea. Más aún: estamos dispuestos a pagar por ello, ya sea en efectivo, en especie o alienando nuestra  escasa libertad en manos de algún embaucador.

Quizá por pudor, mi compañera de trabajo todavía no lo admite. Pero sospecho que espera escuchar algún día en la voz de su gurú digital la  sentencia mágica que habrá de ponerla a salvo de todos los  tormentos : “ Ego te absolvo”.

 

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=Mn90bDGoeS0