El guardián entre filósofos
En el calendario de la liturgia católica existen fechas entrañables: el 8 y
el 25 de diciembre, el 6 de enero y el Domingo
de Resurección. Todas aluden a una forma de renacimiento, a un nuevo giro
de la rueda del tiempo en el que los humanos cambian de piel y se aprestan para
otro ciclo de su vida.
Todo empieza- es un decir, porque el acontecimiento se da en la
eternidad- la víspera del 8 de diciembre
con la fiesta del alumbramiento. Por eso, en muchos lugares se encienden velas
y faroles para conmemorar el momento de la Inmaculada Concepción. En la casa de
mi abuela Ana María, ubicada en una vereda llamada El Tigre, se preparaba sancocho, natillas y buñuelos para repartir
entre los vecinos. Siempre asumí como un honor la tarea de llevar la ofrenda a
los habitantes de las casas cercanas y de convocar a los más lejanos para que
se acercaran al banquete. Muy pronto comprobé que se trataba de los mismos
participantes en los convites organizados a lo largo del año para arreglar
caminos, reparar puentes, tender conductos de agua o trasladar enfermos a la
cabecera municipal.
De modo que lo sucedido el lunes 8
de diciembre de 1980 tuvo un significado especial para mí. Las noticias no
viajaban tan rápido como hoy cuando, gracias a Internet, resulta imposible no enterarse de las
cosas. Hasta la medianoche del día siete había estado encendiendo velas con
algunos amigos del vecindario en la carrera octava con calle doce de Pereira:
José Ferney Escobar, Nelson Marín, César Patiño y Mario López se contaban entre
ellos. Eran los mismos con los que jugaba fútbol en cuanto potrero podíamos
encontrar en Pereira y Dosquebradas, en perjuicio de las vacas y caballos que
se veían desplazados por unas horas.
Y entonces llegaron los portadores de la noticia. Se trataba de Alberto
Berón y Jorge Enrique Osorio, dos muchachos
apenas adolescentes que había conocido en la Taberna Akí, una suerte
de pequeño templo del rock ubicado en la antigua Cámara de Comercio de Pereira,
regentado por los hermanos Álvaro y Jorge Guarín. “¡Mataron a John Lennon!”, exclamaron al
unísono con voz trémula y una peligrosa palidez en el semblante. Después se
supo que un tipo llamado Mark Chapman, en cuyo poder, aparte de una pistola
todavía humeante, se encontró un ejemplar de The Catcher in the rye, la novela de J.D. Salinger traducida en
algunos países como El cazador oculto
y en otros con el título de El guardián
entre el centeno. La obra fue objeto de culto entre los lectores adolescentes después de su
publicación en 1951. Resultó ineludible entonces que algunos encontraran
relaciones entre Houlden Caulfield, su protagonista, y el asesino del músico.
Por supuesto, esa noche fui a la mencionada taberna a emborracharme hasta
el delirio y a escuchar, con la
complicidad de Álvaro Guarín, el cancionero completo de Lennon en solitario y
el de su carrera con The Beatles a lo
largo de una década. Unos cuantos feligreses hacían lo mismo y de vez en cuando
nos abrazábamos en busca de consuelo. Éramos, sin lugar a dudas, el club de los
corazones solitarios. En esa taberna había conocido en el mes de marzo a una
muchacha de mi edad llamada Gloria Cecilia Gómez que trabajaba en una tienda de
ropa- es decir, mi “ Chica de la boutique”- que una noche lluviosa me ofreció
sus labios a modo de recompensa por haberle descubierto una canción de
Fleetwood Mac titulada Never going back again.
Fue toda una premonición: justo a los tres meses se fue de mi vida y
nunca más volví a tener noticias suyas.
En muchos sentidos, la muerte violenta de Lennon marcó un antes y un
después en la vida de mi generación. En lo externo fue la década de la caída
del Muro de Berlín y con ella el derrumbe de la utopía socialista y el comienzo
del reinado del ultraliberalismo encarnado en la dupla Reagan- Thatcher, que lo
puso todo en manos de las implacables leyes del mercado. Cuatro décadas y media
después, tipos como Trump, Milei, Bukele y compañía son la fiel expresión de
esa manera de ver el mundo donde nociones como respeto, legalidad y solidaridad
han sido borradas de la faz de la tierra… por ahora, espero. En Colombia
gobernaba un siniestro y patético individuo empeñado en ser una caricatura de
sí mismo, a lo que ayudaba bastante su infaltable corbatín, del que no se
despojaba ni a la hora del sexo, según el decir de algunos caricaturistas. Se
llamaba Julio César Turbay Ayala y fue el artífice de una figura llamada Estatuto de Seguridad, que le dio
patente de corso a los militares para detener, torturar, desaparecer y asesinar
a todo el que consideraran un enemigo real o imaginario del régimen. En medio
de esa oleada de locura perdí a Cristina, una novia de mis tiempos de
universidad, cuyo único delito conocido fue ser militante de la Juventud Comunista, una especie de
escuela preparatoria para quienes después serían cuadros del partido. Ese
horror prefiguró lo que después sería el exterminio de la Unión Patriótica, el partido político de izquierdas que vio caer acribillados
a tiros a miles de sus militantes en todas las regiones de Colombia. Entre
ellos se cuenta el dirigente Gildardo Castaño Orozco, quien fuera mi profesor
de Economía Política, asesinado a balazos en las calles de Pereira el 6 de
enero de 1989. De modo que el Día de
Reyes también tuvo en mi vida su
momento de oscuridad.
Buenas nuevas
Como toda vida es un paisaje de luz y de sombras, cinco años después de lo
de Lennon Alberto Berón y Jorge Enrique Osorio, con admirable vocación
salesiana, me trajeron un regalo que no me cansaré de agradecerles ni a ellos
ni al hecho de estar vivo: me presentaron a Juan Carlos Pérez Salazar en la
Semana Santa de 1985- otra vez las fechas litúrgicas-. Acordamos una visita a la
finca La Coronaria, algo así como un
señuelo del paraíso, donde a veces se refugiaban sus padres, el cardiólogo Joel
Pérez Soto y Celina, la madre, una conversadora infinita que parece más bien una
banda sonora desenrollándose en el tiempo bajo el impulso de una memoria
inagotable: basta con mencionar un nombre, una anécdota, un lugar, para que de
inmediato se active en ella un mecanismo
capaz de reconstruirlo todo con inaudita precisión.
A los pocos días, Juan me prestó varios libros de cuentos de J.D. Salinger
y de H.P. Lovecraft y ese fue el
comienzo de un diálogo que no cesa de
renovarse, en el que pasamos del fútbol
a la gran literatura, de ahí al rock- en ese tiempo el hombre era fiel
devoto de la banda británica Queen- y de éste a
los chismes parroquiales que, aún hoy, repasamos con deleite cuando me llama algunos sábados en la tarde desde su Londres
de niebla.
Cuarenta años después, esa amistad se convirtió en una hermandad de la que
participa la familia entera. El viejo, Joel, de cuya compañía disfruté en medio
de veladas animadas por libros, por ideas políticas y por muchas botellas de
ron, murió en octubre de 2012. Pero quedan Celina y sus hijos, Juan Carlos,
Mauricio y Felipe, de quien tengo una imagen impagable: la de un niño de trece
años que jugaba al tenis con una raqueta más grande que él. A Mauricio lo
envolvía- lo envuelve- el mutismo de
quien contempla un mundo incomprensible cuyos misterios trata de descifrar con
la ayuda de muchos libros. Como dice el Antiguo
Testamento, Felipe engendró a Ema y Maripaz y no sabemos a quién vayan a
engendrar ellas. Por ahora, nos reunimos
cada 24 de diciembre a rezar la novena de Niño Dios, un rito que tengo el privilegio de oficiar desde hace por
lo menos treinta y cinco años y al que se ha sumado mi hija Angie.
Juan vive desde hace veintisiete años en Londres, donde ejerce su oficio de
contador de historias. Pero ni diez mil kilómetros de distancia ni las aguas
del Atlántico han hecho mengua en la hermandad. Es más, durante su reciente
visita a Colombia me sorprendió con una prueba que no admite refutación: una
parte de su colección de cartas, telegramas y postales que le envié durante un
par de décadas desde ese abril de 1985, hasta que Internet las convirtió en un
anacronismo
De modo que ahí vamos: 8 y 24 de diciembre, 6 de enero, Semana Santa.
Motivos de sobra para darle la razón al narrador de la obra de Antoine de
Saint- Exupéry: Los ritos son necesarios.
PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=2CeO8I0cwQo