jueves, 5 de abril de 2018

Jota Erre en las entrañas del dólar





 Por lo menos desde que los hombres forjaron el mito de Sísifo, los escritores han intentado aprehender la  esencia del absurdo, así en la vida  personal como en la historia colectiva.

La gran diferencia reside en que  William Gaddis se propuso encerrar todo el absurdo en las 1133 páginas de su novela Jota Erre, que  complementa la  desmesurada estela de Los reconocimientos y de Ágape se paga, sus otras dos obras más  reconocidas.

Cuando digo todo el absurdo  no estoy apelando a una hipérbole. Utilizando como telón de fondo la  omnipresente pantalla del televisor y como santo y seña el In god we trust que aparece a modo de mantra en los billetes de dólar,  Gaddis se consagra, como quien pela una cebolla, a desplegar cada uno de los componentes del  sinsentido  norteamericano y, por lo tanto, de la existencia toda de un mundo cuya única motivación  es la multiplicación del capital.

La economía,  la política, los medios de comunicación, el modelo educativo, el sexo, la religión, la cultura y el arte son sometidos a un ejercicio de demolición  del que al final solo sobrevive la mueca, la risa de una divinidad que juega con el mundo como una manera de  distraer su propio aburrimiento.



Esa divinidad  se hace carne en Jota Erre, un niño que controla el mundo con la ayuda de un teléfono, un lápiz y sobre todo de esa codicia sin medidas  que constituye la gran seña de identidad de los Estados Unidos.

No por casualidad sus líderes aseveran una y otra vez que no gobiernan un país sino una empresa.

Por eso, cuando necesitan iniciar a los niños en los secretos del alma nacional, los llevan a la bolsa de valores y les enseñan a especular con papeles: de esa materia está hecho el sueño americano, según lo ve la mirada implacable y lúcida de Gaddis.

En su tarea de socavarlo todo, el autor no se fija en gastos al desplegar  la inagotable dosis de humor corrosivo que atraviesa  su obra entera.

Así, para burlarse del improbable carácter trascendente del comercio sexual no duda en echar mano de un símil extraído del mundo de la física:

“Micro  Faradio, sí, eso es, el faradio es una entidad eléctrica, con la resistencia al mínimo y el campo  completamente excitado, cogió a Mili Amperio la tumbó con todo su  potencial de tierra, le subió la frecuencia y le bajó la capacitancia, sacó su sonda de alto voltaje y la insertó  en el enchufe de ella conectándolos en paralelo, y le provocó un cortocircuito en el canal…”

¿Puede  concebirse una imagen más apartada de los tópicos románticos?

Quien se propone desenmascarar el mundo  en el que le correspondió en suerte vivir no puede pararse en miramientos.



Esa decisión hermana a Gaddis con otro de los grandes de la literatura norteamericana  contemporánea: el invisible Thomas Pynchon. Los dos comparten el descreimiento y el odio feroz por el sistema de valores de una sociedad fundada en la hipocresía y la avaricia.

A esos valores  pertenece el mundo del arte y la cultura, cuya banalidad exaspera a algunos personajes de Gaddis, al punto de que ni siquiera anhelan congraciarse con  los lectores.

“Muy bien. Espero que a todos los lectores esta historia les sirva para estar prevenidos y para hacer alguna aportación a las alas del tiempo, problema, joder, es que casi todos los lectores preferirían estar en el cine. Prestar  atención, pensar algo, sacar una conclusión, problema, joder, es que casi todos los libros están escritos para lectores completamente satisfechos con lo que son, preferirían estar en el cine, llegan con las manos vacías y se van igual, joder, lo que le decía a Schramm Bast. Si les pides que hagan un mínimo esfuerzo, joder, quieren que se lo den todo hecho, se  levantan y se van al cine…”

Este  Bast es un prospecto de músico que se la pasa hablando de acciones, de especulación, de transacciones en la bolsa.  Es el típico caso del que quiere ser artista pero no está dispuesto a pagar el precio: la  soledad, el desencanto, la frustración.  Esos especímenes abundan en los libros de Gaddis, tanto como las parejas que siguen juntas porque dar marcha atrás puede ser un pésimo negocio. Para muestra, una conversación en la página 406:

-          Eres como una, a veces eres como una enfermedad, Marian, joder, eres como una enfermedad incurable que he cogido en alguna parte…

-          Tú eres tu propia enfermedad, Tom, joder- dijo ella, pasó a su lado con el vaso en dirección al pasillo y ahí, por encima del hombro de él- : Qué vas a  hacer con estos periódicos.

Esa  clase de diálogos letales es lo único capaz de   acercar a los personajes de la novela.

Letales y por completo desasidos de lo que se considera la esencia de lo humano: la ternura, la comprensión, la piedad.

Pero  no hay lugar para esas cosas en  un mundo regido por la segunda ley de la termodinámica: como en el universo físico, en Jota Erre todo tiende  hacia el caos, a la entropía.



De ahí la nostalgia de los hombres por la racionalidad, el orden: lo anhelan tanto que están dispuestos a exterminarse con tal de instaurarlo en la tierra.

Pero toda tentativa resulta inútil.

Ante lo inapelable, la única manera de aproximarse al caos, de dar cuenta de su esencia  es  a través de un lenguaje igual de caótico.

Por eso Gaddis  le tuerce el cuello a la sintaxis y edifica  su obra a través de frases  y párrafos que se cruzan, se anulan y  dan lugar  a un barullo que es igual a la vida de todos los días. Lo que algunos optimistas llaman el mundo real. Ese  donde un pistolero no tiene reparos en irrumpir en  una taberna del oeste y  acribillar a tiros al pianista, dando lugar a la conocida súplica:

No disparen, soy sólo el pianista.

Colgada en un saloon de  Leadville, esta petición llamó la atención del arte en su madura procesión de un único individuo cruzando la nueva frontera de los ochenta donde el frágil elemento humano todavía abundaba incluso en las artes”.



Poco o nada queda del frágil elemento humano y el arte es apenas otro producto en la bolsa de  valores. Nada lo diferencia de  los papeles con los que se especula con hipotéticos descubrimientos de minerales,  con la reactivación de una  decadente empresa cervecera o con el talento de un músico predestinado al fracaso.

Poseído por el humor  sin remedio de los lúcidos, Jota Erre planea con su puñado de papeles sobre estas vidas que se desintegran y van a parar al cesto de la basura. De vez en cuando, cuando quiere asomarse al alma de su país, extrae de su bolsillo un arrugado billete de dólar y recita el mantra:

In God  we trust. 

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada



4 comentarios:

  1. Aun me sigo preguntando de dónde saca usted tanta energía para 'devorarse' más de mil páginas como si nada. Por diversas razones suelo esquivar las obras demasiado voluminosas. Bastante tuve con intentar acometer las novelas de Foster Wallace, me digo.

    Qué magnífica forma de resumir el alma de un pais tan extenso en una sola palabra: el dólar como inmejorable metáfora de la codicia o la búsqueda insaciable del sueño americano. Sueños y caros anhelos que son solo humo en la gran mayoria de los casos.

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  2. Apreciado, José : no por casualidad, en el billete de dólar aparece escrito ese sucedáneo del Padrenuestro : " In god we trust".

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  3. Gustavo, parece que en el auge de la verticalidad de las transacciones económicas, en el juego de mercados, está la muerte de esa historia que los posmodernos aseguraron en los noventas luego de lo de Muro de Berlín. Se desvaneció el contexto y los relatos promovieron un presentismo acelerado por la manera de manipular la información en internet. Esta reseña estimula la lectura de la novela en código para comprender lo que pasa ahora con Facebook y Cambridge Analytica.

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  4. Me parece una gran idea, apreciado Eskimal. Digo, eso de abordar la lectura en esos códigos. A propósito, Jota Erre tiene muchas cosas en común con La broma infinita, la novela de David Foster Wallace- aparte de la inmersión en la locura norteamericana, claro-.
    Me refiero a la manera como expresan lo que hasta hace medio siglo era apenas una sospecha: que las corporaciones suplantarían a los estados y, por ese camino, convertirían a los ciudadanos en simples autómatas consumidores.
    Esos escritores gringos se las traen.

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