jueves, 19 de febrero de 2026

Siete maneras de contar el mundo




Desde los tiempos de la conquista, la figura del cronista que cruza el océano para dar cuenta de lo que vio en mundos recién descubiertos es un tópico en la literatura y el periodismo. De paso, define una manera de ver las cosas: la del contador de historias que ve la vida como un palimpsesto revelador de sorpresas a cada instante.

Muchas cosas han cambiado desde entonces. Ya no se tiene que viajar en barco y sortear tormentas antes de llegar al destino propuesto. Los contadores de historias de estos tiempos se enfrentan a otro tipo de tormentas: las de la geopolítica y la desinformación que cunden por todas partes. Las armas de todos los poderes se han vuelto sofisticadas y el reportero debe caminar sobre campos minados.

Con todo, algo permanece: la voluntad de descorrer los velos que ocultan las intenciones de los poderosos en todos los rincones de la tierra. Los asedios de los imperialismos, los horrores del narcotráfico y la trata de personas, la persecución a los disidentes, las viejas y nuevas formas de dictadura, las guerras que se multiplican en todos los puntos cardinales o las renovadas formas de noticias falsas constituyen un desafío permanente al coraje y la inventiva de los periodistas surgidos o consolidados en lo que va del siglo XXI.

Siguiendo una constante desde los tempranos días de su fundación en 1863, Pereira ha sido una ciudad en permanente contacto con los prodigios y horrores que convulsionan cada día la faz del planeta. De ello dan cuenta las publicaciones surgidas en las primeras décadas del siglo XX. A su modo, los periódicos se las arreglaban para mantener a sus lectores enterados de acontecimientos tan decisivos para la humanidad como la Primera Guerra Mundial o la Revolución Bolchevique.




El periodista Henry Orrego- durante más de dos décadas corresponsal de France Press en América Latina- se propuso seguir el rastro de esas formas de contar y su expresión en un grupo de colegas nacidos o formados en Pereira que hoy trabajan en distintos medios del mundo. El resultado es una selección de textos y reseñas biográficas con un título elocuente: Periodismo de exportación: corresponsales extranjeros nacidos en Pereira, obra publicada en La Chambrana, colección de bolsillo editada por la Secretaría de Cultura de Pereira y su biblioteca “Ramón Correa Mejia” a comienzos de 2026.

La selección de textos y autores estuvo precedida de una rigurosa tarea enfocada a ubicar a los periodistas en sus actuales lugares de residencia y trabajo para concertar entrevistas y tener acceso a su manera particular de ejercer el oficio.  Al final resultaron siete crónicas , reportajes y testimonios que le permiten al lector tener una mirada panorámica del mundo de hoy desde el estilo y las técnicas de quienes un día partieron de Pereira y se hicieron a un sitio en medios de comunicación de gran influencia internacional como CNN o BBC Mundo.




Son ellos Catalina Gómez (Una defensa apasionada del periodismo); Jennifer Montoya (Los periodistas no somos amigos del poder); Juan Carlos Pérez Salazar ( México y el infierno de la trata de mujeres); William Restrepo, constructor del periodismo televisivo en español de EEUU; Javier Amaya (Lino Gil Jaramillo en el radar del FBI); John Jairo Posada Castaño ( El día en que los gringos me hicieron rezarle al milagroso de Buga) y Henry Orrego ( Y Pinochet se levantó de la silla de ruedas).

Al recibir el premio “David Berbian” otorgado en octubre de 2025 en España   por su tarea como reportera de guerra en Ucrania y Oriente Medio, Catalina Gómez expresó lo siguiente:

Creo que ustedes nos apoyan no solo porque nos quieren, también porque entienden la importancia de contar el mundo, sobre todo contar esas realidades que muchos no se atreven o no quieren contar. Porque con la situación en la que nos encontramos necesitamos de todas las miradas posibles y ojalá enormemente diversas, para poder descubrir y entender lo que pasa y no dejar que el relato quede en manos de una sola voz o de una visión sesgada que solo replica la narrativa del sistema que las sostiene. O peor aún, que ese relato quede silenciado por la ausencia de periodistas que se atrevan a meterse en lo más profundo para poder contarnos aquello que creen importante.




Estamos ante una declaración de principios que, por lo demás, es común a todos los periodistas reconocidos o anónimos que asumen su tarea con honestidad y  valentía, y por eso le permiten al consumidor de información tener una mirada en perspectiva del mundo que lo rodea. Desde Londres o Miami, desde Seattle o Irán esta selección de textos y autores se nos ofrece a modo de caleidoscopio que entre dichas y desvelos facilita una aproximación a los múltiples rostros de un Mapamundi ( permítanme ese anacronismo en tiempos de Google Maps y la I.A) donde la Guerra Fría nunca terminó, porque la caída del Imperio Soviético abrió en realidad las puertas para un nuevo invitado al banquete (China) y hoy padecemos sus consecuencias.

 

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=F_xbfIgWMHU

 

 

 

 

miércoles, 11 de febrero de 2026

La política como reality

 



Promediando el siglo XX, el estadista colombiano Darío Echandía nos recordó que “Un partido político es un proyecto de sociedad en movimiento”. Mal que bien, quienes aspiraban a gobernar tenían en mente una idea de ciudad, de región, de país y trataban de llevarla a cabo en la medida en que un gobierno se da en el mundo de lo posible, ya que no en el de lo deseable

Con el rápido desarrollo de los medios de comunicación audiovisuales y la entronización definitiva de Internet, el ejercicio de la política devino puesta en escena de una imagen de mandatario diseñada a la medida de los deseos, los miedos, las ilusiones y las expectativas de una masa cada vez más desprovista de sentido crítico para discernir entre una suma de  propuestas  más parecidas a los productos expuestos  en un supermercado que a un planteamiento serio y bien fundado en ideas y alternativas para sociedades  urgidas de grandes soluciones.

 Despojadas de contenido, las campañas políticas se nos aparecen ahora como un colorido portafolio destinado a satisfacer los deseos de segmentos de sociedad cada vez más delimitados por las agencias de publicidad y mercadeo político. En ese escenario  ya no se necesita estudiar con rigor el rol de las múltiples fuerzas que intervienen en la configuración de una sociedad (políticas, culturales, sociales, étnicas, religiosas, económicas).

Las Agencias de Comunicación Política (así las llaman) acabaron por suplantar a esos juiciosos pensadores que asesoraban a quienes pretendían gobernar a sus ciudadanos. El ropaje suplantó así a las ideas, convirtiendo al político en un payaso capaz de   superar los límites del ridículo con tal de cautivar a una masa acrítica.



Así las cosas, lo que en tiempos de la Guerra fría se conoció como “aparato ideológico” ( independiente de lo que eso signifique), fue desterrado para poner en su lugar un sistema de signos heredado primero de los programas de concurso donde los asistentes votan por un producto y al final son recompensados con “muestras gratis” del mismo. Más tarde, los políticos aparecieron haciendo el papel de cuenta chistes, aupando a su vez a los orientadores de ese tipo de programas hacia la arena política (¿Recuerdan a Alfonso Lizarazo y su fiasco como congresista?).

 En la década del sesenta el pensador francés Guy Debord (1931- 1994) advirtió en su libro La Sociedad del Espectáculo sobre el rápido deterioro de los criterios de valoración utilizados por los seres humanos y sus líderes para medir y dimensionar el grado de evolución de las sociedades de las cuales formaban parte. En ese contexto, las ideas y el correspondiente debate fueron reemplazados por un juego de espejos diseñado desde los centros de poder para encandilar y desviar de su camino a quienes luchaban en procura de transformaciones sociales grandes o pequeñas. De ahí a la certeza de la revolución traicionada mediaba sólo un paso.

 Las intuiciones del francés no andaban lejos: cuando Ronald Reagan ( un mediocre actor de cine que apareció en películas del oeste)  se convirtió en el gobernador número 33 de California en 1966 , para alcanzar después la presidencia de Estados Unidos en 1981, estaba allanando el camino para la colonización de la política por parte de la industria del espectáculo.




En efecto, el viejo concepto de electorado se volvió anacrónico y fue reemplazado por el de audiencia, lo que no es un asunto menor: el elector supone alguna medida de participación, mientras la audiencia está predestinada a aplaudir y por lo tanto a validar lo planteado en el escenario, por absurdo o demencial que resulte.  No es casual entonces que los políticos canten, bailen, se meneen, utilicen pelucas o muestren el culo como el colombiano Mockus en su momento, si con ello consiguen seducir al auditorio: votos son amores.




Visto, así, lo del músico Bad Bunny – Vega Baja, Bayamón, Puerto Rico, 10 de marzo de 1994- en la más reciente edición del SuperBowl- una suerte de fetiche de la sociedad del consumo y el derroche- es apenas otro capítulo de la migración de la política hacia el reino del espectáculo. Carentes de ideas en consonancia con las necesidades de la sociedad los gobernantes acabaron depuestos por ídolos fabricados en serie por el mercado del entrenamiento. Es de tal tamaño el vacío, que  la puesta en escena de  Bad Bunny tuvo más efecto que los textos de miles de editorialistas y columnistas de opinión a los que nadie nos  lee. La parábola es clara: sin ser nada del otro mundo desde el punto de vista musical, la propuesta del portorriqueño resultó más contundente que las contorsiones y el tono iracundo de Donald Trump, que de manera bastante  retorcida quiso hacer del odio al extranjero en un país hecho por inmigrantes la extraña fórmula para “hacer a América grande de nuevo”.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=G6FuWd4wNd8

 



domingo, 1 de febrero de 2026

Sólo para locos

 

                                                         El " escorpión" de Hugo Gatti


Ya les he contado que, en mis remotos tiempos del bachillerato, solía cruzarme en el paradero de buses con tres brillantes jugadores del Deportivo Pereira y del fútbol colombiano:  Hernando García, portero   o “ cancerbero”, como decían los cronistas deportivos de esos tiempos; Oswaldo Calero, volante de marca caza tobillos y Jairo “ El maestrico” Arboleda, uno de esos genios silvestres que siempre guardaban en  la manga el as capaz de resolver la situación más difícil : una gambeta imposible, un “túnel”, un “taquito”, un “sombrero” o una “bicicleta”.  Para entonces, el fútbol no había sido invadido por el hongo de la corrección política, ligada a la conversión del juego en un negocio de dimensiones planetarias.

El encuentro siempre se daba a eso de las cinco y cuarenta y cinco de la mañana. Yo me dirigía al colegio Deogracias Cardona y ellos, ebrios de ron y de salsa brava, aguardaban la ruta que los conducía a los entrenamientos en el estadio “Alberto Mora Mora”, el viejo “ Fortín de Libaré” que vio caer al mismísimo Millonarios de Pedernera , Cozzi y Di Stéfano, conocido como “ El ballet azul”. Los tres- Calero, García y Arboleda- amanecían bailando en un sitio de malandrines y rumba dura llamado “Copacabana”, regentado por una mujer de mano implacable  de nombre Bernarda, que solía calmar a los borrachos díscolos esgrimiendo un machete de marca Incolma, de  donde se derivó la palabra “Incolmazo”. Nuestros héroes llevaban los botines colgados al cuello y se sacaban del cuerpo el alcohol consumido mediante entrenamientos  que duraban toda la mañana bajo un sol de justicia.


                                                                 Víctor Campaz

Los jóvenes de hoy, habituados a ver en las redes sociales a Cristiano Ronaldo a bordo de su avión privado, a Messi dorándose al sol en su yate y a James Rodríguez pilotando su Ferrari por alguna autopista, no me creen cuando les digo que los futbolistas de hace medio siglo viajaban en bus. Poco importa si les recreo con palabras- poco confían en las palabras estos hijos de las imágenes- a los paraguayos Aurelio Valbuena, Mario Rivarola y Apolinar Paniagua, colgados como cualquier parroquiano en un bus de Urbanos Cañarte repleto hasta las banderas de oficinistas, estudiantes y trabajadores de la construcción.

Los futbolistas mencionados no eran la excepción. Empezando por los más geniales, eran   poco más o menos que marginales sospechosos de vagancia y cosas peores. Los jefes de familias bien entraban en pánico si sus retoños se inclinaban por ese juego o si sus hijas, seducidas por una gambeta inconcebible, mostraban algún interés por uno de esos delincuentes en potencia. Muy distinto a estos días de futbolistas billonarios y glamorosos cuyo estilo de vida es un modelo a seguir, aupado por las escuelas de fútbol que se multiplican por todas partes al ritmo de la codicia de empresarios, entrenadores, periodistas deportivos y padres de familia.


                                                           O.O Corbatta

Con el advenimiento de la nueva era, la locura en el fútbol fue proscrita. Ese cruce entre deportista, poeta y malandrín empezó a ser borrado de las canchas. Esos bohemios entrañables que lucían melenas desordenadas, llevaban las medias abajo, la camiseta afuera y guardaban en el baúl todo un catálogo de jugadas que rozaban la belleza pura fueron prohibidos en el reglamento.  Asumido como una empresa con todo y su tecnocracia, el juego se volvió atractivo para todos: los pobres vieron allí una oportunidad de redención, las clases medias una nueva herramienta de ascenso y los ricos   otra manera de acrecentar el capital. Justo en ese momento, la televisión, la publicidad, el mercadeo y las casas de apuestas jugaron sus cartas. Los futbolistas debían cuidarse para hacer rentables las inversiones. De ahí que la carrera profesional se extienda hoy hasta donde el cuerpo permita facturar. Por eso las grandes estrellas tienen entrenadores, médicos y cocineros personales.

 Los voceros de la doble moral lo sentenciaron: los futbolistas que no se cuidaron terminaron mal. Y citan genios como Houseman, Pedro Alexis González – apodado con saña como “ El borracho”- Omar Orestes Corbatta- otro borrachito incorregible-, el salvadoreño “ Mágico” González y al mismo Maradona, así como a los arqueros Higuita y Gatti, salvados por alguna divinidad cuando transitaban al borde del abismo. En el bando de los ejemplares ponen a Pelé, a Messi y a Cristiano. En el caso colombiano ubican de un lado a Víctor Campaz o a Henry Caicedo y en el otro a James Rodríguez y Luis Díaz. Millonarios glamorosos y bohemios indomables conforman así los polos irreconciliables para los modelos al uso. Poco importa si ni siquiera los más brillantes de hoy pueden hacer un “túnel”, un “sombrerito” o una “bicicleta” sin volverse reos de violación a los derechos del rival burlado.


                                                             René Houseman

“Sólo para locos. La entrada le cuesta la razón”, leemos en la ya olvidada y acaso  también proscrita novela de Herman Hesse, titulada “El Lobo Estepario”.   Se me ocurre que esa frase pudo haber lucido muy bien a la entrada del camerino de uno de esos viejos estadios donde   veintidós tipos- algunos de ellos poseídos por el delirio- se preparaban para hacer de la tarde propia y ajena una fiesta interminable.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=os4k2Zu7EB4