lunes, 4 de mayo de 2026

Todo tiene su final

 




Queme todo, queme cada una de mis cartas, siempre la última más hermosa que la anterior. Yo también lo haré, yo quemaré todo apenas sepa que la leyó. Cuando llegue a este punto lo sabrá, yo estaré con usted y sonarán las canciones en rezo mientras todo deja de ser para los dos.

Suyo, siempre.

Así termina el libro de cuentos titulado Vuelta de Hoja, escrito por Gustavo Vargas Ramírez (Armero, Tolima, 1984), ganador del premio de la Colección de Escritores Pereiranos, modalidad cuento en su edición 2024 y publicado a finales de 2025. Vargas Ramírez es además autor de un libro titulado Breve Historia de los Blogs en América Latina y de la colección de relatos breves Crónicas para Fantasmas.

Nunca sabremos quién es la destinataria de esta carta, en cuya entrada sólo leemos  Querida A. a modo de saludo. De manera que estamos ante un misterio redondo: ignoramos quién es el remitente y quién la destinataria. El recurso del relato que se muerde la cola es caro a una tradición que se remonta a los orígenes del género. Por eso lo peor que puede hacer el narrador es revelar el misterio.   A duras penas puede sugerirlo a modo de invitación al lector:  quien propone un acertijo debe dejar a su interlocutor en ascuas.

A juzgar por los catorce cuentos que conforman este breve volumen de ochenta y seis páginas, el autor ha logrado su propósito. De entrada, el título del primero de ellos propone un ritual eterno: Penélope, espera.  La mujer del mito teje y desteje no una prenda sino su propio destino en tanto la materia de su prenda son los días.

¿Estás ahí? Háblame. Sí, soy yo. Volví. No sé a dónde me llevaron. No llores. No llores. Estoy bien. Ven a la plaza. Ven rápido. Quiero verte, le dice una voz a través del teléfono antes de perderse de nuevo en los territorios de lo insondable. El no sé dónde me llevaron sugiere una desaparición forzosa, pero es apenas eso.  Los cuentos del libro están llenos de situaciones que si bien acontecen en lugares precisos: la Plaza de Bolívar, las calles polvorientas de un pueblo abandonado de la mano de Dios, una taberna de salsa llamada La Sonora Ponceña, en realidad suceden en esa difusa frontera en la que el tiempo y el espacio se desvanecen: sólo las palabras pueden dar cuenta de ella.




Para dar en el blanco esas palabras deben sortear las tentaciones del adverbio y el adjetivo- su hermano mayor-, tan caras a la lengua castellana. Es más, deben ir ligeras de equipaje si  quieren aproximarse a unos personajes y situaciones cuya impronta es lo inefable. Así, en el tercer párrafo del cuento titulado La Puerta Falsa encontramos:

Isabel remojó el pan en el chocolate. Se sorprendió al disfrutar los sabores combinados en su boca mientras alguna divinidad lloraba sobre Bogotá, porque eso era la lluvia: premonición de tristeza sobre otro episodio de la historia tan manipulable y necesaria en los discursos de bandera e himno nacional.

En los cuentos de  Vuelta de Hoja la vida de los protagonistas se cruza, muchas veces sin que ellos mismos se den cuenta, con los hilos de la historia de un lugar cuya impronta es el dolor ocasionado por la violencia y los desencuentros,  expresados por ejemplo en los anhelos frustrados de ese remedo de boxeador  apodado El Muerto, quien en el relato Día para Dormir, entre alcoholes y canciones intenta sobrellevar los golpes a la mandíbula que la vida le propina una y otra vez en una ciudad y un país diestros en demoler ilusiones.

Si  hay algo que aflora aquí todo el tiempo es ese fracaso que en América- empezando por el sur de Estados Unidos- tiene en los pueblos de tierra caliente la metáfora perfecta de todas las formas posibles del abandono. Rincones donde el tiempo parece haber entrado en suspensión, mientras en lo más profundo de los seres y las cosas se incuban la locura y el crimen.




Así, el cuento que le da título al libro, no por casualidad precedido de una cita tomada de La casa grande, la novela de Álvaro Cepeda Samudio, empieza de esta manera:

El pueblo era como el anterior. Las cuatro calles daban a la iglesia y el parque. Los  árboles parecían viejos olvidados en las esquinas, tan secos como los huesos encontrados en la fosa hace un par de semanas. Era la hora de la siesta el día que llegamos y ni el viento se asomaba por los andenes para alborotar el polvo. Sólo había calor de melcocha pegada al cuerpo y el ruido mareador de los ventiladores de las casas a punto de caer.

La misma sobriedad y precisión alienta en todos los cuentos de este libro y eso aumenta todavía más la sensación de agobio sin remedio. En Vuelta de Hoja el agobio proviene de una realidad destilada sobre los personajes como metal derretido. En este caso, el sentimiento surge de la aventura de un grupo de soldados obligados por sus superiores a perpetrar el delito bautizado con el eufemismo de falsos positivos, asunto del que sólo nos enteremos así de paso, un tanto al azar y otro tanto porque no hay más remedio.

Gustavo Vargas Ramírez conoce bien el oficio de escribir cuentos. Por eso lo que leemos aquí acaece siempre más acá del umbral donde la vida- y con ella la  literatura- se desdibujan en una línea de sombra que sólo puede intuir la palabra del poeta.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=uTXP8VB52-I&list=RDuTXP8VB52-I&start_radio=1