El 20 de julio de 1921 un hombre remite desde Pereira, Caldas, Colombia, una carta dirigida a Anatole France y Henri Barbusse, directores del grupo Claridad en París. El primero es el autor de libros como La isla de los pingüinos, los dioses tienen sed y La rebelión de los ángeles, que le valieron el Premio Nobel de Literatura ese mismo año. El segundo fue un escritor, periodista y militante comunista francés autor de libros como Infierno, Bajo Fuego y Stalin, un nuevo mundo visto a través de un hombre.
En el tercer párrafo de la carta leemos:
Así como vosotros, yo me dirijo con fervoroso entusiasmo hacia la hermosa
París en busca de vuestras ideas para a alimentar mi pensamiento, encauzarlo y
contribuir a la realización de vuestro querer inmensamente filántropo, que os
preocupáis por el porvenir intelectual hispanoamericano.
Para entonces París era todavía el sueño dorado de intelectuales y artistas
en todos los confines de la tierra. Obtener su bendición equivalía a tocar el
cielo. Pereira en cambio era una ignota aldea perdida en las montañas
colombianas, refundada en 1863.
El remitente de la carta, publicada en El bien social, era un señor
llamado Eduardo Martínez Villegas. La pregunta obligada es: ¿Qué hacía este
hombre carteándose con dos celebridades reconocidas en medio mundo?. Una buena
respuesta podría ser que, que contra toda apariencia, en Pereira también pasaban cosas
por esos días. Y sí que pasaban. Ese 1921 llegó el Ferrocarril de Caldas a la
región y con él se tendió un puente entre la aldea y el mundo que permitió
acceder tanto a los recientes desarrollos tecnológicos como a las producciones
literarias, cinematográficas y musicales del momento. Justo en ese año, el 20 de junio, empezó a circular el
periódico La Patria, con sede en Manizales pero con gran incidencia en
Pereira, al punto de servir de modelo a posteriores publicaciones locales como El
Diario, El Impacto, El Imparcial y a revistas como Variedades
o Lengua y Raza. La ciudad ensayaba pues lo que un siglo más tarde se
llamaría Globalización.
De modo que Martínez Villegas estaba como quien dice conectado, para
utilizar una palabra cara a estos
tiempos de internet y redes sociales. De esa inquieta conexión con el mundo surgió una obra crítica que la
colección Destiempo recoge en su tercer número bajo el título de Textos
Recuperados. Porque de eso se trata: de hurgar en viejos baúles y sobre
todo en ese sorprendente baúl que es la
memoria de las personas para traer de vuelta producciones que llevaban décadas sepultadas en
algún cuarto de san Alejo.
En el texto de presentación del libro el poeta e investigador Mauricio
Ramírez Gómez escribe:
La muerte de los escritores se asemeja a un naufragio. Con su desaparición,
sus pertenencias y las versiones sobre ellos se dispersan en todas las
direcciones. A veces, sólo se salvan algunos fragmentos y anécdotas que se
replican de generación en generación. La mayoría se convierten en nombres sin
sentido, en los periódicos y revistas, porque quienes los leyeron y admiraron,
en su época, desaparecieron también. Tal es el caso de Eduardo Martínez
Villegas, reconocida figura intelectual de Pereira durante las primeras tres
décadas del siglo XX.
Martínez Villegas produjo entonces su obra en el tránsito de la aldea hacia
una población un poco más grande que se asomaba, insomne, a los prodigios
y acontecimientos que sacudían al mundo,
entre ellos la Primera Guerra Mundial y la Revolución Bolchevique
que tanto impactaran a France y Barbusse, los escritores a quienes se dirige en
su carta.
Más adelante, en esa misma
presentación, Mauricio Ramírez cita un texto publicado por Abelardo Restrepo
Vélez en el periódico La Tribuna
donde afirma que: “Los
ensayos sobre León de Greiff, Rafael Maya, Daniel Samper Ortega, Miguel Rasch
Isla y Francisco Rodríguez Maya publicados en Mundo al día, El
Gráfico, Universidad y Cromos, revistas estas que son carteras
de gran autoridad, no sólo en Colombia sino también en América, revelan al
espíritu investigador y al escritor infatigable que ya tiene asegurado un
puesto de honor en el templo de las bellas letras y una página de gloria
esculpida en la conciencia de las generaciones vivas”.
Con esas presentaciones, ya podemos adentrarnos en los textos de
Martínez Villegas para tener una muestra
de sus propósitos y alcances, así como de su estilo. En una reseña titulada Libro
Colombianos, publicada en El Gráfico de Bogotá en octubre de 1928,
el autor escribe a propósito de Eduardo Nieto Caballero:
“Por sus frutos los conoceréis”, dijo el Cristo, y este apotegma del
primer socialista que intentó establecer entre los hombres la igualdad, habla muy bien de
los libros de Eduardo Nieto Caballero por quien hubiera querido hacer un
estudio exacto de su personalidad vista por sus tres esenciales aspectos: como
ciudadano, como amigo y como hombre de letras. Yo lo he estudiado con paciente
imparcialidad a través de cinco o más de sus libros y en todos aparece el
hombre de un temperamento acorde con lo que de él dicen sus amigos y aun sus
adversarios más encarnizados, sobre todo los pocos que poseen la rara virtud de
la entereza espiritual que permite, sin violentarse moralmente, reconocer los
méritos ajenos como aislando, en cierto modo, la persona que los posee, de su
ambiente”.
Emilio Correa Uribe
Ese tono sostenido se percibe en sus notas críticas sobre Eduardo
Castillo, sobre la poesía colombiana del momento, así como sobre autores pereiranos de
la índole de Eduardo Correa Uribe, Carlos Echeverri Uribe, Julio Cano o el
influyente Benjamín Tejada Córdoba, pereirano por adopción. La sobriedad, el elogio sin servilismos
resaltan como impronta de una escritura que hoy sentimos contemporánea porque
no hace concesiones a los vicios literarios al uso.
Al final de estos Textos Recuperados encontramos esta nota publicada
por Lisímaco Salazar en El Diario de Pereira donde, con motivo de la muerte del
escritor el 10 de mayo de 1929, rinde tributo a una vida y obra que, para bien
de nuestro patrimonio cultural y literario, la colección Destiempo acaba de
presentar en su más reciente publicación:
La muerte, esa cosa invisible, esa única verdad de que podemos envanecernos
los mortales, ha tronchado, como una tempestad, la vida de un hombre, la vida
de un artífice, la vida de un arbusto corpulento que empezaba a fructificar.
Pero ¿qué de raro es esto? Cuando hablamos de esa única verdad, es porque todo-
y todos- habremos de caer al peso de su guadaña.
Eduardo Martínez Villegas vivió en este mundo treinta y ocho años, pero
dejó para sucesivas generaciones de lectores más que un puñado de textos que
hoy le permiten al lector asomarse a una singular visión de las cosas en la que
a cada paso se reafirma su condición de hombre de palabra.
PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada :
https://www.youtube.com/watch?v=Nb-WpYtRNI4




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