lunes, 5 de enero de 2026

La dura irrealidad


 


          


         Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia

           para plagar de miserias a América en nombre de la libertad.

                                                Simón Bolívar

El presidente Donald Trump inició su carrera política en un reality show. Y ese no es un dato menor: ese formato de entretenimiento postula mundos paralelos a los que la gente se va a vivir a modo de sucedáneo de una realidad que se le antoja difícil, cuando no insoportable y llena de acertijos. El problema es que, a  larga, esa irrealidad resulta tanto o más dura que la de todos los días.

De los realities salen actores, actrices, cantantes, bailarines, activistas y cientos de figuras públicas. Ya no se necesita pasar por una escuela de teatro, un conservatorio o una academia de canto donde la disciplina y el rigor demandan un constante esfuerzo de inventiva y persistencia. A tono con el vértigo de los tiempos todo es rápido y ya, al mejor estilo del mundo express. Así las cosas,  el mundo ya no es el teatro donde los dioses medían sus fuerzas sino el espectáculo donde todo se consume con tiempo apenas de pasar al siguiente acto.

A los políticos de estos tiempos, con Trump a la cabeza, les fascina esa inmediatez aureolada de una sensación de eficiencia que cautiva al receptor de información. Por eso su reino es el de las redes sociales donde el reenviar y el me gusta multiplicados hasta el delirio impiden la necesaria pausa para pensar y tomar decisiones. Las vibraciones de TikTok suplantan al pensamiento. A la izquierda o a la derecha del espectro político se da el mismo fenómeno.  Eso explica que los gobernantes ya no necesiten a su lado grandes consejeros o sabios que les sugieran el rumbo a seguir. En su lugar cuentan con equipos completos de expertos en imagen y redes sociales.

Es la era de los tipos que parecen duros y contagian con su aire de comerse el mundo. Sus maneras alimentan el depredador acobardado que todos llevamos dentro. El reciente secuestro de Nicolás Maduro por parte de Trump y sus fuerzas de seguridad es una prueba clara de esas prácticas. Rápido, quirúrgico y con un formato perfecto, nada tiene que envidiarle al más exitoso de los realities o series de Netflix. A propósito, sospecho que alguien ya está escribiendo el guion de La Operación Maduro, con preventas que pronto empezarán a operar en la bolsa.




Pocas personas en el mundo- salvo sus cómplices y favorecidos- estarán a esta hora dispuestas a defender al ex supremo y ahora suprimido gobernante venezolano. Los fraudes electorales, las violaciones a los derechos humanos, la persecución a los opositores, el derroche y la corrupción anulan de entrada cualquier tentativa en ese sentido.

Pero de ahí a postrarse de rodillas y saludar con aplausos la invasión- porque de eso se trata: de una invasión- media un trecho muy grande. Amparado en su discurso de Make America Great Again Trump puso en marcha en Venezuela una prueba piloto  que no dudará en replicar cuando los juegos de poder que representa consideren de su interés algún lugar de la tierra. En este y otros casos, si renunciamos al pensamiento crítico pasaremos por alto, como lo han hecho tantos, que estamos ante una violación   de los principios del Derecho Internacional.

En este último aspecto reside la clave de todo. Cuando de bellaquerías se trata los pretextos nobles abundan: defensa de la libertad, de la democracia, de los derechos humanos o del Estado. Es decir, los mismos valores que tipos como Trump, Milei o Bukele están destruyendo en sus propios países. Las motivaciones, claro, son otras: petróleo, tierras raras, agroindustria, minería, recursos hídricos o posición estratégica en el mapa. La vieja codicia imperialista se reinventa cada vez que la dinámica del sistema lo requiere. De las repúblicas bananeras o cafetaleras gobernadas por tiranos iguales o peores que Nicolás Maduro consentidos por Estados Unidos hasta  los caudillos de hoy sólo media una cuestión de ropaje y tecnología. Visto así, el lenguaje bravucón de Donald Trump, tan celebrado por las derechas en el mundo, en nada se diferencia del I Took Panamá pronunciado por Theodore Roosevelt ante el congreso de su país después de la invasión a Colombia.




“Cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”, dice un viejo proverbio latino citado por Sebastián de  Covarrubias en 1611. Encandilados por el reality  Maduro que copa todas las audiencias desde el pasado 3 de enero, bien haríamos en volver   a esa sencilla forma de sabiduría para recordar que mañana bien podríamos ser nosotros. El pretexto es lo de menos. 


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=Iz6svH0jWWI



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