Los Estados Unidos parecen
destinados por la Providencia
para plagar de miserias a América en
nombre de la libertad.
Simón Bolívar
El presidente Donald Trump inició su carrera política en un reality show.
Y ese no es un dato menor: ese formato de entretenimiento postula mundos
paralelos a los que la gente se va a vivir a modo de sucedáneo de una realidad
que se le antoja difícil, cuando no insoportable y llena de acertijos. El problema es que, a larga, esa irrealidad resulta tanto o más dura que la de todos los días.
De los realities salen actores, actrices, cantantes, bailarines,
activistas y cientos de figuras públicas. Ya no se necesita pasar por una
escuela de teatro, un conservatorio o una academia de canto donde la disciplina
y el rigor demandan un constante esfuerzo de inventiva y persistencia. A tono
con el vértigo de los tiempos todo es rápido y ya, al mejor estilo del mundo express.
Así las cosas, el mundo ya no es el
teatro donde los dioses medían sus fuerzas sino el espectáculo donde todo se
consume con tiempo apenas de pasar al siguiente acto.
A los políticos de estos tiempos, con Trump a la cabeza, les fascina esa
inmediatez aureolada de una sensación de eficiencia que cautiva al receptor de
información. Por eso su reino es el de las redes sociales donde el reenviar
y el me gusta multiplicados hasta el delirio impiden la necesaria pausa
para pensar y tomar decisiones. Las vibraciones de TikTok suplantan al
pensamiento. A la izquierda o a la derecha del espectro político se da el mismo
fenómeno. Eso explica que los
gobernantes ya no necesiten a su lado grandes consejeros o sabios que les
sugieran el rumbo a seguir. En su lugar cuentan con equipos completos de
expertos en imagen y redes sociales.
Es la era de los tipos que parecen duros y contagian con su aire de comerse
el mundo. Sus maneras alimentan el depredador acobardado que todos llevamos
dentro. El reciente secuestro de Nicolás Maduro por parte de Trump y sus
fuerzas de seguridad es una prueba clara de esas prácticas. Rápido, quirúrgico
y con un formato perfecto, nada tiene que envidiarle al más exitoso de los realities
o series de Netflix. A propósito, sospecho que alguien ya está
escribiendo el guion de La Operación Maduro, con preventas que pronto
empezarán a operar en la bolsa.
Pocas personas en el mundo- salvo sus cómplices y favorecidos- estarán a
esta hora dispuestas a defender al ex supremo y ahora suprimido gobernante
venezolano. Los fraudes electorales, las violaciones a los derechos humanos, la
persecución a los opositores, el derroche y la corrupción anulan de entrada
cualquier tentativa en ese sentido.
Pero de ahí a postrarse de rodillas y saludar con aplausos la invasión-
porque de eso se trata: de una invasión- media un trecho muy grande. Amparado
en su discurso de Make America Great Again Trump puso en marcha en
Venezuela una prueba piloto que no
dudará en replicar cuando los juegos de poder que representa consideren de su
interés algún lugar de la tierra. En este y otros casos, si renunciamos al
pensamiento crítico pasaremos por alto, como lo han hecho tantos, que estamos
ante una violación de los principios
del Derecho Internacional.
En este último aspecto reside la clave de todo. Cuando de bellaquerías se trata los pretextos nobles abundan: defensa de la libertad, de la democracia, de los derechos humanos o del Estado. Es decir, los mismos valores que tipos como Trump, Milei o Bukele están destruyendo en sus propios países. Las motivaciones, claro, son otras: petróleo, tierras raras, agroindustria, minería, recursos hídricos o posición estratégica en el mapa. La vieja codicia imperialista se reinventa cada vez que la dinámica del sistema lo requiere. De las repúblicas bananeras o cafetaleras gobernadas por tiranos iguales o peores que Nicolás Maduro consentidos por Estados Unidos hasta los caudillos de hoy sólo media una cuestión de ropaje y tecnología. Visto así, el lenguaje bravucón de Donald Trump, tan celebrado por las derechas en el mundo, en nada se diferencia del I Took Panamá pronunciado por Theodore Roosevelt ante el congreso de su país después de la invasión a Colombia.
“Cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”, dice un viejo proverbio latino citado por Sebastián de Covarrubias en 1611. Encandilados por el reality Maduro que copa todas las audiencias desde el pasado 3 de enero, bien haríamos en volver a esa sencilla forma de sabiduría para recordar que mañana bien podríamos ser nosotros. El pretexto es lo de menos.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:
https://www.youtube.com/watch?v=Iz6svH0jWWI



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