Lo viví en mi propia piel: cuando la biblioteca pública municipal de Pereira Ramón Correa Mejía funcionaba en la antigua estación del ferrocarril del Parque Olaya Herrera, mi camino se cruzó con el de una muchacha morena y festiva llamada Gloria Tolosa, a quien le debo un puñado de momentos impagables de dicha terrenal. Hacía consultas para sus compromisos académicos, mientras yo leía como un poseso a Proust, Musil, Faulkner, Greene, Pavese y a otros tantos espíritus tocados por la gracia.
De modo que, entre besos y
palabras, transcurrieron esos años de gloria.
Hasta que una tarde infausta un
señor que resultó ser el director de la biblioteca, amargo hasta lo más hondo
de sus entrañas, llegó hasta la mesa que habíamos hecho nuestra y danto palmas
de furia nos conminó a abandonar el lugar “por practicar actos obscenos en ese
recinto sagrado”. Después me enteré de que el tipo, de cuyo nombre no quiero
acordarme, era un sacerdote frustrado y consideraba impuros unos cuantos besos
entusiastas. Por lo visto, los amores de estudiante no eran lo suyo.
En realidad, el sujeto en
cuestión era la norma y no la excepción. Las personas de mi edad y las de más
atrás recordarán que las bibliotecas de escuelas y colegios-cuando existían-
eran lugares de castigo regentados por unas señoras bigotudas y rígidas- sin f
o con f- adonde eran enviados los
estudiantes díscolos y poco afectos a la disciplina. Hoy considero un milagro
que alguien “educado” en esos ambientes llegara a amar los libros al punto de
convertirlos en el sentido de su vida.
Por eso, la celebración de los
treinta años de las Bibliotecas de Comfamiliar Risaralda- la
entidad donde me gano y disfruto la vida y, donde, por añadidura, me pagan, supone
para mí varios motivos de regocijo.
Casa de la Cultura, Marsella Risaralda
El primero de ellos, que la vida
me dio el regalo de ponerlas en marcha en 1996 cuando tenían un nombre
abstracto y sin matices: Centros de Recursos Educativos Municipales
(CREM) En efecto, eran unas dotaciones de instrumentos musicales y discos compactos, aparte de unas
computadoras enormes y pesadas que para entonces eran de avanzada y hoy equivalen a la edad de piedra
de la tecnología digital. Esos elementos fueron suministrados por el gobierno nacional de la época a través de las gobernaciones.
Pero el más importante fue la
oportunidad de darle una vuelta de tuerca a esos recintos lúgubres que
provocaban cualquier cosa menos ganas de leer, para convertirlos en lugares de
puertas y ventanas abiertas por donde hoy entran las corrientes de la vida y
contribuyen a cambiar de alguna forma la existencia de quienes las frecuentan.
En suma, se trataba de convertir
las bibliotecas en puntos de encuentro donde tuvieran cabida las celebraciones,
los debates de toda índole, las ideas políticas, la diversidad en todas sus
formas, las múltiples expresiones culturales y, lo último pero no menos
importante, los besos robados.
Cinco años después, Wilson Flórez
Valencia asumió el timón y no tardó mucho en llegar al frente de la Red
Nacional de las Bibliotecas de las Cajas, desde donde alcanzó incluso
proyección internacional.
Fue así como empezaron a brotar,
como de un suelo generoso y feraz, distintos programas que con el paso del
tiempo se extendieron a los catorce municipios de Risaralda en sus áreas
urbanas y rurales. La imagen de unas muchachas que llegaban a las veredas a
bordo de un jeep Willys con maletas cargadas de libros puede ser un buen
resumen del espíritu de una aventura llamada Bibliotecas Comfamiiar.
A bordo de esos jeeps y de buses
intermunicipales fue posible escribir el libro Un altar para la
desmemoria, donde se cuenta la peripecia vital de los fundadores de
esos pueblos “colgados de los barrancos”, como en el poema canción de Serrat.
En la biblioteca, gracias al empuje de muchachos- entonces lo eran- como Nelson
Zuluaga, Jhon Wilson Ospina y Jaime Andrés Ballesteros nacieron criaturas del
talante del Cine Club Borges y su hijo Cómic sin Fronteras,
un programa en sintonía con los lenguajes de las nuevas generaciones que,
honrando su nombre, trasciende las fronteras. Pero hay mucho más, por supuesto:
clubes de lectura, presencia en instituciones educativas, proyección de
películas, festejos, conversas, presentaciones de libros y acceso a la
tecnología digital, servicios de información y bibliotecas virtuales entre
otros.
La experiencia recogida se
tradujo en 2017, fecha de celebración de los 60 años de Comfamiliar Risaralda,
en la presentación en sociedad del programa 14 Estaciones, Un viaje a la
memoria, donde el visitante puede viajar a través del sitio web de las bibliotecas y acercarse al
patrimonio cultural, histórico, turístico, religioso y económico de los
municipios del departamento. Crónicas escritas, fotografías, videos y audios se
convierten así en tentación para quienes deseen acercarse a esos lugares en
cuerpo presente.
Las instituciones las hacen las personas, no son simples estructuras físicas o entes jurídicos. Por eso quiero mencionar aquí algunos nombres un tanto al azar: Adrianas, Tatianas, Juan Carlos, Johanas, John César, Wilson, Álex Elizabeth, Saras,Luz Stella, Alejandras, Dianas, Wilder, Nazly, Carolina, Ignacio, Édgar. No son todos pero representan al resto. Ellos son el rostro y la mano amiga de una entidad que desde su creación en 1957 no ha cejado en su propósito de transformar vidas. Y las bibliotecas son una de las maneras de hacerlo.
Sobre todas ellas gravita la
presencia de Maurier Valencia Hernández, escultor de quijotes y amantes
ansiosos en sus ratos libres, entre otros detalles desconocidos. Cómplice y
compinche en el mejor sentido de esas palabras, su respaldo como Director
Administrativo durante muchos años, silencioso e incondicional, hizo posible
que los propósitos se materializaran sin tropiezos ni trabas burocráticas. Todo
lo contrario: su palabra favorita era “¡Hágale”- que después reemplazó por la
más breve “dele”- para expresar que se contaba con su respaldo.
“Veinte años no es nada” reza el
tango de Gardel y Lepera. En el caso de las tres décadas de las bibliotecas de
Comfamiliar Risaralda debemos decir que treinta años son mucho, si los contamos al ritmo de la sucesión de ideas que paso a paso se convirtieron en realidades,
de modo que hoy los visitantes pueden decir sin miedo a la censura: Nos
vemos en la biblioteca.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:
https://www.youtube.com/watch?v=yFtj-1WFbew&list=RDyFtj-1WFbew&start_radio=1





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