Las arbitrariedades cometidas contra la prensa por el presidente Correa de Ecuador, así como las acciones de su par Hugo Chávez en Venezuela suscitaron enérgicas y justificadas protestas por parte de editorialistas y columnistas de los medios de comunicación en Colombia. Era lo menos que se debía hacer, pero ¿Qué hay de la propia casa? Porque si bien en nuestro país ni el ejecutivo ni el legislativo han alcanzado, al menos en tiempos recientes, los extremos de los mandatarios vecinos, otra cosa muy distinta sucede con los poderes electorales y económicos, diestros en estrangular periódicos y estaciones de radio a través de la compra directa o del manido recurso de utilizar la pauta publicitaria para neutralizarlos cuando empiezan a volverse incómodos.
Empecemos por el poder económico del mismo Estado en el orden local, regional y nacional. Es bien sabido que en institutos, corporaciones autónomas, alcaldías y gobernaciones los recursos de publicidad se asignan dependiendo del grado de sumisión que medios y periodistas hayan expresado durante las campañas electorales. Por ese camino estos últimos aprendieron rápido que cuando el patio se calienta es mejor dirigir la mirada hacia otra parte, hincar la rodilla en tierra y esperar la bendición del soberano, que en este caso llega en forma de contratos de publicidad. Fue así como nació un engendro que gravita entre la genuflexión sin pudores y el periodismo extorsivo. Si el gobernante es pródigo será objeto de toda suerte de alabanzas y sus yerros serán considerados asuntos menores. En caso contrario se dirigirá toda la artillería contra la más irrelevante de sus acciones. El resultado son esas publicaciones que pasan de la adulación suprema a la bilis sin medida, dependiendo del tamaño de los favores recibidos. Las primeras víctimas son, desde luego, el rigor, la autonomía y el sentido crítico como condiciones necesarias para conservar los límites mínimos de la decencia. Vista desde esa perspectiva, esa forma de coartar la libertad de expresión es tan atroz como la utilizada por Correa, Chávez, Ortega, Castro y los regímenes totalitarios que les sirvieron de modelo.
Puestos a competir, los capitales privados no se quedan atrás. Es más: sus métodos superan con creces a los utilizados por los gobernantes y legisladores. Después de todo, mantienen la chequera siempre a mano, sin necesidad de pasar por los formalismos propios del sector público. Todavía está fresco en la memoria lo sucedido con la revista Cambio, cuyas denuncias tocaron de cerca la entraña de grupos económicos vinculados a El Tiempo. Suerte parecida corrió la columnista Claudia López cuando sus dardos rozaron intereses relacionados con los dueños de casa. Puestos a revisar episodios más lejanos encontraremos que el drama de la familia Cano al frente de El Espectador empezó justo cuando su unidad investigativa se dio a la tarea de hurgar en la olla podrida de los banqueros de entonces que, como los de ahora, constituían uno de los sectores más parasitarios y rapaces de la sociedad. A propósito, el más conspicuo representante de estos últimos en el país, Luis Carlos Sarmiento Angulo, no cesa en su empeño de hacerse con el control del periódico que un día perteneció a la familia presidencial. Quiero estar en primera fila para ver cómo abordan editorialistas y redactores la información relacionada con el infinito tejido de intereses del banquero. Habrá que ver la interpretación que se le da para entonces al asunto espinoso de la libertad de opinión.
“¿Por qué llamarla crisis si es un robo monumental?” se cuestiona el periodista Matt Taibbi en su libro Cleptopía. Su pregunta alude al tratamiento dado por los medios de comunicación del mundo al colosal desfalco protagonizado por los sectores inmobiliario y financiero. Desde la distancia, me atrevo a hilvanar una respuesta: muchos de ellos estaban vinculados de manera directa o indirecta con los implicados en los delitos. De modo que, ante la obligación de informar, no encontraron una salida distinta a la de contar verdades a medias. Y ese recurso resulta muchas veces más dañino que una mentira completa. Por eso, mientras Chávez y Correa censuran a la prensa en sus países, los colombianos haríamos bien en recordar el sentido del viejo proverbio hebreo: “Cuando veas que están rasurando a tu vecino, pon tu barba en remojo”.






