Uno empieza a existir cuando otra persona lo narra, cuando su propia vida
se recrea en la mirada o en la voz de los otros. Ese gran futbolista que fue y
el buen escritor que es el argentino Jorge Valdano lo dijo de esta bella
manera: “Sólo tuve noción de lo importante que fue mi gol en la final de México 86 veinte años después
mientras viajaba entre Madrid y Sevilla. Para distraerme, puse a sonar en mi
auto un regalo del gran José María Morales: su narración de ese gol que para
muchos es leyenda. En ese momento la emoción me volvió de golpe y sentí por
primera vez lo que había perdido en medio de la confusión de entonces. Fue,
estoy, seguro, mi porción de tiempo recuperado”.
El tiempo recuperado. Estamos ante la eterna obsesión de escritores y
artistas a todos los niveles, desde los grandes poetas hasta los cantores
anónimos. Sabedores de que pertenecemos a la nada, los humanos buscamos un hilo
de agua en el cual vernos antes de la disolución final. “Recuérdame”, debe ser
una de las plegarias más escuchadas en la historia del hombre.
Hugo Hernán Marín tuvo esa intuición mientras jugaba un día con su teléfono
celular, todo un anacronismo, si lo comparamos con los sofisticados artefactos
de hoy. Más allá de su utilidad primaria, este aparato puede y debe servir para
dejar constancia de muchas cosas ignoradas, se dijo y se echó al camino a
contar historias.
Pero antes digamos que Hugo Hernán Marín Hurtado, hijo de Javier y
Margarita y sobrino de Jaime estudió bachillerato en el colegio Diocesano de
Pereira mientras jugaba fútbol y fantaseaba con las piernas doradas de sus
compañeras de curso.
En busca de sí mismo fue emprendedor en varios frentes, desde el transporte
de turistas hasta el de orientador de un programa radial llamado Conexión
Deportiva, pasando por el de confeccionista
de prendas con una marca entonces transgresora y hoy secuestrada por la
industria farmacéutica: Cannabis.
Siempre fue un gran conversador, virtud que disfruté en interminables
veladas amenizadas con rock y ron Viejo de Caldas. De manera que el paso de
contar historias en la mesa de un bar o un café a hacerlo con un teléfono fue
breve y revelador.
Fue en una Copa Ciudad Pereira, uno de esos torneos locales que
reúnen viejas glorias y jóvenes promesas para añadirle a diciembre la condición
de fiesta futbolera. Don Augusto Ramírez, director del torneo, lo autorizó y
empezó sus transmisiones cuando ni siquiera sabía cómo se enfocaba el teléfono
para que las imágenes no salieran recortadas. Se equivocó muchas veces antes de
verlo con toda claridad: detrás de los niños, jóvenes, adultos y viejos que
jugaban fútbol en canchas de barrio o de vereda alentaban familias enteras,
amigos, novias, novios y compañeros de trabajo que con su presencia invisible
les daban forma a viejos valores en trance de desaparecer: los de la comunidad.
Los invisibles empezaron a adquirir rostro y voz, aquí cerca y muy lejos.
Una abuela se reportaba desde New Jersey para compartir la emoción de ver
marcar su primer gol a su pequeño nieto a quien todavía no conocía en persona y
pregonarlo a todo pulmón desde una cancha de tierra ubicada en los extramuros.
Más lejos aún, en la populosa barriada londinense de Brixton- lo que el lugar
común llama “un crisol de razas”- un exiliado de las violencias colombianas
recuperaba algo muy suyo escondido entre los pliegues del propio corazón: la
vieja cancha del sector rural de Guacarí en Pereira, con sus porterías de
guadua y su terreno de juego que en temporada de sol es polvareda y en tiempos
de lluvias se convierte en barrizal.
Como podrán advertir, a lo largo de los años Hugo Hernán convirtió su
intuición primaria en modo de vida. Es más: en su manera de ganarse la vida. Lo
supo el día en que alguien le pagó ochenta mil pesos por transmitir un partido,
su partido. De modo que recorre la región, se divierte y le pagan: ¿Se puede
pedir algo más?
Cada día que pasa las historias se acumulan y multiplican. Está la del
arquero que una vez encajó diez goles en su portería, pero en pago los dioses
le permitieron dos atajadas excepcionales, dignas de Vozinha y Room en el
Mundial 2026. Pues bien, el hombre editó esos dos prodigios, los puso a rodar
en sus redes sociales y con eso le dio sentido a su vida y a la de los suyos.
Al otro extremo de la cancha un
jugador negado para el gol erró una docena de opciones pero convirtió una
rayana en el milagro. Al final hizo lo propio: la editó y la entronizó en sus
propios altares al lado de Lionel Messi.
Y otra de antología: la tarde en la que, en plena pandemia de Covid-19,
trasmitió un partido desde el sector de El Remanso, con los alrededores de la
cancha repletos de fanáticos vociferantes. No sobra resaltar que, al final, ese
partido lo ganó la vida y lo ganó Hugo Hernán con la cámara de su teléfono.
Por supuesto, las historias son incontables y no pararán de multiplicarse. Por ahora, Hugo Hernán Marín define la propia agenda de su estadio virtual. Un calendario situado a años luz del glamoroso despliegue de publicidad, televisión, apuestas y millones en que se convirtió el fútbol. Poco le importa, si puede seguir animando el fuego- y el juego- de su conexión deportiva.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=arddc9f__Fo



