jueves, 21 de enero de 2016

El poder insomne




  Quienes  detentan alguna forma de poder  duermen poco. Se despiertan varias veces en la noche, sudorosos y alarmados. Temen perder  sus lingotes de oro,  su sillón presidencial,  los reflectores de su fama, su séquito de  aduladores o su escritorio gerencial. Mejor dicho, para ellos no vale el dicho aquél de “dormir a pierna suelta”. Todo lo contrario: muchas veces prefieren hacerlo  parados, como los caballos. Así pueden reaccionar más rápido ante  la irrupción  de posibles asaltantes, que no son pocos.
Porque el poder propio desata la codicia ajena, y con  ella  nace la paranoia,  la sensación de ver  perseguidores, reales o inventados, por todas partes.
Un vecino bastante poderoso- o eso cree él- desarrolló unos hábitos  por lo menos curiosos: de día consume cocaína  para mantenerse  alerta y al ritmo de las exigencias de su mundo y de noche se atiborra de somníferos para obtener  una pizca de sosiego  artificial. Más curioso todavía: quienes lo rodean lo consideran un triunfador o “un hombre exitoso” como dicen en los manuales de auto superación.
Leo biografías de reyes, celebridades, magnates, gobernantes y otros especímenes y encuentro una legión de seres habitados  por el miedo. Y este último puede engendrar cosas terribles. Como el totalitarismo, para mencionar solo una de ellas. Stalin, por ejemplo,  persiguió por todos los rincones de la tierra a  León Trotski y no descansó hasta que un  fanático  de apellido  Mercader acabó con su vida destrozándole el cráneo con un pico de alpinista en su refugio de Coyoacán, México.

                                                León Trotsky ( centro) , en México

En Colombia el miedo   a los terratenientes creó las guerrillas comunistas. Años después, el miedo a estas  sirvió de justificación   a los paramilitares.  Los amigos de estos engendraron a su vez  los ejércitos  anti restitución de tierras. Y así vamos, cabalgando en ese potro de horrores  llamado Historia Patria.
Paso a los asuntos de la vida privada y el panorama no mejora. “La maté porque tenía miedo de perderla”, tituló uno de  esos periódicos  cuya lectura deja las yemas de los dedos tintas de sangre. Estamos aquí ante una forma del pavor que es a la vez visceral  y metafísica: la desencadenada por el poder sexual, que en muchos sentidos resume  a todos los demás. El temor a perder el cuerpo del otro y con él  la posibilidad de controlar su vida, es quizás el más hondo de todos. Tanto, que la expresión  “crimen pasional” todavía lleva implícita una carga  de justificación. Hasta hace poco tiempo, el derecho penal consideraba como atenuante de un crimen  “la ira y el intenso dolor” provocados por los celos.


 Los   teóricos de  la guerra  afirman que la mejor defensa es el ataque.  El guerrero teme tanto a su enemigo, es decir a la posibilidad de que este invada su territorio, que opta por aniquilarlo antes de que él haga lo propio. Esa misma premisa  se aplica en  todas las facetas de la vida en que un alguien  quiere ocupar el lugar de otro. En el mundo de los negocios lo llaman libre competencia de los mercados. En el de las pugnas religiosas recibe el nombre de lucha contra los herejes. En el caso del poder político prefieren  hablar de defensa de los principios.  La potencia de turno se siente así autorizada  a aplicar el principio de  tierra arrasada en nombre de esos valores. 


Por eso ninguno duerme. Todos ven conspiraciones, asaltantes, trepadores, advenedizos o sustitutos dispuestos a ocupar su lugar al menor descuido.  Para ganar un poco de tranquilidad levantan muros a la medida de sus temores. En la alta noche, cuando  los mortales  duermen a pierna suelta, es posible ver sus sombras deslizarse por los pasadizos del reino. De vez en cuando bostezan y añoran. Bostezan y añoran. No se sabe qué, pero añoran.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

jueves, 14 de enero de 2016

El camino del maíz




 Doña  Helena, la señora que vende golosinas de sal en una esquina de la carrera diez, en el barrio Berlín  de Pereira, está a punto de revolucionar uno de los productos claves en la identidad gastronómica  de la región andina colombiana: la arepa, esa especie de pan de maíz, que al lado de los fríjoles y la panela fue  la única fuente de sustento para tantas generaciones. Lo suyo es simple: dentro de poco empezará a vender arepas transparentes, por obra y gracia de los precios del maíz, que convirtieron  en objeto de lujo un alimento que  desde  hace siglos acompaña la dieta diaria de millones de personas en Colombia. Además , lo dice con un invencible humor negro: para  comprar  sus insumos a unos topes que se incrementan cada mes  y seguir sosteniendo  el precio  para sus clientes, sus arepas  tendrán  que  hacerse cada vez más delgadas, al punto que amenazan con alcanzar los límites de la transparencia. “Al menos así pueden mantener la ilusión de que están comiendo, como el que se conforma con mirar la foto de la novia  ausente” sentencia con una lucidez que ya desearían para sí los tecnócratas que diseñan las políticas agrarias y firman los tratados comerciales en esta tierra del nuca jamás.

 
Ya los mexicanos lo habían sufrido tanto que organizaron protestas  para defender el derecho a la entrañable tortilla que constituye la base de su  dieta diaria. Lo más grave de todo es que en ambos casos no se podrán  sustituir esos alimentos   con pan fresco, porque los derivados del trigo hace tiempo se convirtieron en una exquisitez impensable  para esa mayoría de la población que se ejercita en el milagro diario de la supervivencia. Así van las cosas en el que, según los ministros de economía de los países más ricos, es el mejor de los mundos   posibles: un paisaje donde la opulencia de unos contrasta con el  drama de millones que deben renunciar al    disfrute de las cosas que durante mucho tiempo produjeron en  sus huertas caseras.
“Ese es el mundo”, responde- cínico- un  administrador recién graduado A la frase le falta, por supuesto, el complemento: “Ese es el mundo que nos interesa”, debería decir. Ese mundo se expresa   en  acuerdos que  poco tienen de tratado y mucho de imposición.  Al tenor del discurso de la globalización desactivan y  paralizan la  producción en países enteros, garantizando así mano de obra, materias primas y condiciones tributarias  enfocadas a asegurar  las ganancias. 


A  ese panorama debemos sumarle  la última conquista  del capital: resulta que   los productos de la tierra  ya no se  destinan a  alimentar a  la gente, si no a llenar los vientres de  los automóviles y las máquinas que se  multiplican a un ritmo demencial, propiciando que los mismos gobiernos y sus aliados en el sector privado estimulen la apropiación de la tierra para destinarla al  negocio de los biocombustibles.  Por ese camino, además del maíz, productos  como la yuca y el  arroz han  pasado a formar parte del catálogo de privilegios monárquicos, al lado del faisán, el caviar y las trufas.
Los resultados de esas  decisiones letales saltan a la vista :  los granos dorados que aparecen en  los mitos  fundacionales de tantos pueblos como el origen mismo del hombre americano y que le han servido a  sucesivas generaciones  para sobrevivir y alegrar la existencia con la  diversidad  de pequeños prodigios que van de  la tortilla a la arepa, pasando por las cremas, las tortas y la mazamorra,  acabaron por  volverse tan  costosos que  en su puesto del barrio Berlín doña Helena decidió recurrir  a la última y desesperada fórmula de amasar arepas transparentes.

jueves, 7 de enero de 2016

Evasiones




Despliego las páginas  del  periódico y contemplo el desfile interminable. Muy prendados de sí mismos, pronuncian discursos,  firman pactos, declaran la guerra o  buscan la paz, marcan goles, cierran negocios, baten marcas. En las páginas sociales nacen,  se casan, se gradúan, viajan, regresan, se reproducen, se enferman y mueren en medio de una feria de vanidades. En las notas judiciales, los pobres y marginales  pagan sus quince minutos de fama con la única moneda de que disponen: la propia vida.  Llego a las páginas de opinión y me veo a mí mismo, muy   tieso, intentando en vano exorcizar, en una cuartilla, el peso  enorme de mi desazón.
Como en la vida, en las páginas del periódico todo el mundo cumple su propio rol: los ricos  y poderosos por aquí, los arribistas  por allá y los eternamente frustrados por este la lado. Al fin y al cabo, eso de  que  en un futuro no lejano a cada niño nacido le  implantarán  un dispositivo  electrónico con el libreto de su propia vida, es decir, con su improbable identidad, no deja de ser un malentendido : en realidad esa práctica  es  tan antigua como el homo sapiens. Solo que, hasta ahora, esa tarea  la han desempeñado las instituciones llamadas pilares: la familia, la escuela y la iglesia. Más tarde llegaron los medios de comunicación  a cerrar el círculo imponiendo modelos de vida medidos por la capacidad de producción y consumo. Nada nuevo, en verdad.


Como es imposible desempeñar  el mismo papel durante todo el tiempo sin caer en la  demencia, los mortales nos inventamos las evasiones a modo de  puertas de escape. Hay  que ver como fábricas  y oficinas engullen gente a primera hora de la mañana. Ellos llegan  bien bañados y recién afeitados. Perfumadas y emperifolladas ellas. A las seis de  la tarde esas mismas oficinas los vomitan hechos una piltrafa, sin más anhelos que la  expectativa del fin de semana o de unas vacaciones  que aguardan al final del camino como un salvavidas ilusorio.
Entonces cada quien pone a prueba su capacidad de evasión, dependiendo de sus recursos. Está el turista que empaca sus maletas y escapa hacia cualquier lugar de la tierra, para regresar un par de semanas después cargado de fotografías y chucherías, solo para descubrir que su colección de máscaras lo aguarda detrás de la puerta


Un  poco más abajo, ya son legión  quienes  se arrojan a chapotear en un lago de alcohol y fantasías químicas, del que emergen un poco más pálidos y nimbados de una singular lucidez que se evapora una vez  reasumido el papel  de todos los días.
Los más, optan por el más expedito de los recursos: el sexo, ese puente hacia el reino animal, en  el que, liberados  por unos minutos de taras y prejuicios, todos nos hundimos en un recinto  donde, entregados a los instintos primordiales, reina  el olvido de nosotros mismos en una siempre renovada promesa de liberación, que se diluye  y nos devuelve esa condición de animales tristes después de la cópula de que hablara san Agustín.
Queda, claro, el  eterno  recurso de la religión. Aunque  en estos tiempos  los dioses hayan sido secuestrados por toda suerte de timadores, prestos a  engordar la cuenta  bancaria con los  miedos  y desesperaciones del prójimo. No es casual que en cada  cuadra se multipliquen  dos tipos de negocios: los templos de sectas religiosas y los puntos de apuestas.


Ante la imposibilidad del escape, casi todos optamos por gritar gol en una veintena idiomas   como una patética  forma de consuelo: hace una semana, mi mujer me sorprendió festejando un gol de la liga rusa. Entre apenado y cínico, ensayé  una justificación: qué le vamos a hacer- le dije – si al igual que en  aquél  viejo poema,  yo tampoco tengo donde esconderme.