jueves, 18 de octubre de 2018

Cuídate de la ira de Dios...Y de las pulgas






 En sus conocidos Anales Lawman, el religioso islandés Einar Haflidason (1307-1393) lo cuenta así:

“En aquel momento, un barco zarpó de Inglaterra con mucha gente a bordo. Llegó al puerto de Bergen y se descargó una pequeña parte de la mercancía. Entonces, toda la gente del barco murió  y tan pronto como aquellos productos llegaron a la ciudad, sus habitantes empezaron a morir. Por otro lado, la pestilencia se extendió por toda Noruega y causó tal estrago que no sobrevivió más que una tercera parte de la población. El barco inglés fue hundido junto a su capitán, los hombres muertos  y la mercancía restante…”

Así empezaba todo en los años de la peste: unos combatientes que vuelven de la guerra; una caravana de mercaderes que cruza el desierto; una cofradía de peregrinos que regresa a casa después de  visitar los lugares santos; un barco repleto de mercancías… y de ratas infestadas de pulgas y piojos.

Luego un hombre aquí y otro allá empezaban a quejarse de dolores de cabeza, fiebres, vómitos y temblores.

Al mismo tiempo aparecían manchas en la piel y pequeños tumores en  algunas partes del cuerpo.

Entonces se desataba la mortandad. No había lugar del mundo conocido que pudiera escapar a ella: Mongolia,  India, Turquía, Rusia, España, Egipto, Italia, Francia.



Y luego el Nuevo Mundo.

Cada cierto tiempo la tierra entera se convertía en una aldea de apestados.

El pavor se apoderaba de todos: hombres y mujeres; niños y viejos; ricos y pobres; poderosos y desvalidos;  frailes y  laicos; bellas y feas: todos intentaban escapar hacia algún lugar inexpugnable.

Pero más temprano que tarde la peste los alcanzaba.

Entonces, cada quien buscaba su propia explicación: la ira divina,  la anómala conjunción de  los astros, “los humores malignos” del cuerpo, las emanaciones cósmicas.

Y, claro,  “Los maleficios de los judíos”.

La ciencia apenas daba sus primeros pasos  en el método de ensayo y error. Por eso, a nadie podía  ocurrírsele que las pulgas, piojos y niguas tuvieran que ver en el asunto.

O las temibles ladillas del vello púbico

Y menos podían sospechar que  las ratas, ardillas y otros roedores tuvieran su parte en la pesadilla.


  
Con sagacidad y paciencia de detective, el gran biólogo y entomólogo español  Xavier Sistach( Barcelona,1962) se dio a la tarea de seguir la estela negra de la peste, desde las páginas del Antiguo Testamento hasta nuestros días.

El resultado es un colosal libro titulado Insectos y hecatombes: Historia natural de la  peste y el tifus.

A lo largo de sus 844 páginas, Sistach apela a todo el legado de médicos, poetas, clérigos, cronistas, músicos, mercaderes, anatomistas, biólogos, reyes, políticos y científicos en su intento por mostrarnos un panorama de las pestes, sus orígenes, causas y consecuencias.

Así, llevados de la mano de Xavier SIstach, leemos en la pluma del cronista Marchionne di Coppo Stefani, también conocido como Baldasarre de´Bnaiuti:
  
“En el año del señor de 1348 se presentó una peste muy grave en la ciudad de Florencia y en su  distrito. Fue de tal furia y tan tempestuosa que incluso en las casas que tenían criados sanos, a los que se había aislado del exterior, murieron de la misma enfermedad. Casi ningún enfermo sobrevivió más allá del cuarto día y ni los médicos  ni las medicinas resultaron eficaces”.

Lejos de limitarse a las descripciones propias de su profesión, el autor nos ofrece un fresco histórico en el que  muestra  el trasfondo económico, social, político, cultural y  religioso en el que  se dieron  las grandes acometidas de la peste.

Para lograrlo, no duda en acudir a las páginas de El Decamerón, la obra de Giovanni Boccaccio cuya acción transcurre en el año de 1348, justo cuando la peste desolaba la ciudad.

“Ya habían transcurrido los años  de la fructífera  Encarnación del Hijo de Dios al número de mil trescientos cuarenta y ocho cuando a la egregia ciudad de Florencia, nobilísima entre todas las otras ciudades de Italia, llegó la mortífera peste que, por obra de los cuerpos superiores o por nuestras acciones inicuas, fue enviada sobre los mortales por la justa ira de Dios para nuestra corrección”.



De a poco, Sistach  descorre el velo  sobre las criaturas encargadas de ejecutar la ira de Dios.

Se llaman Pulex irritans, descubierta por Linné, Xenopsylla  cheopis,  desenmascarada por Rotthschild y Nosopsylus  fasciatus, cuyo descubrimiento es atribuido  a Bosc.

Detrás de esos nombres  tan elegantes se esconde una legión de insectos portadores de la peste, es decir, los vectores de la enfermedad, conducidos hasta los hombres por las ratas y otras alimañas.

Por eso las trincheras, los barcos y los graneros han sido  algunos de los grandes focos, según  descubrimos a medida que avanzamos en la lectura.

Como descubrimos que   en la familia de célebres banqueros Rotschild había varios entomólogos avezados.

O que los años de la peste vieron florecer esas formas de  filosofía solo posibles en los casos más desesperados: las que aconsejan entregarse a los placeres y tomar la flor del día antes de que la guadaña de la muerte cercene toda posibilidad de dicha terrenal.



Para que nos hagamos a una idea de los alcances de esa guadaña, el libro está ilustrado con cuadros comparativos que  muestran los lugares y las épocas de mayor virulencia de la peste: el mapa de la hecatombe.

Por ese camino asistimos a los avances de la ciencia, al tesón  de los investigadores capaces de inocularse el mal en el propio cuerpo con tal de encontrar el remedio adecuado.

En ese intento murieron miles de científicos y médicos, pero también nacieron muchas  instituciones consagradas a salvar vidas.

Pero está también la otra cara: como ha sucedido siempre a lo largo de la Historia, el desastre devino tierra abonada para especuladores, oportunistas  y charlatanes, como bien lo documenta Daniel Defoe en su tan celebrada obra  Diario del año de la peste, citada por Sistach en la página 648 de su libro:

“Los gritos de mujeres y niños en las ventanas y puertas de las casas en donde tal vez sus parientes más próximos estaban agonizando, o acababan de morir, se oían con tanta frecuencia al pasar  por las calles, que oírlos bastaba para destrozar el más duro de los corazones. Estos  terrores y este pánico de la gente llevó a caer en innumerables necedades, locuras y maldades, y no faltaron consejeros realmente perniciosos para alentarla a seguir este camino, que no era otro que el de correr a consultar adivinos, magos y astrólogos, para conocer su destino, o, como se dice vulgarmente, para que les dijeran la buena ventura, les hicieran su horóscopo, y demás cosas por el estilo”.



Para que su relato y sus análisis no se vuelvan farragosos,  Xavier Sistach está dispuesto incluso a hurgar en lo mejor de la picaresca si  eso le sirve para aproximarse  por un atajo al mundo de los insectos causantes de la peste, según se desprende de estos versos dedicados por Étienne Pasquier a  Mademoiselle Desroches:

“Plazca ahora a Dios  que yo pudiera convertirme en pulga/ Pues alzaría el vuelo hasta alcanzar tu cuello/ O con una suave rapiña succionaría tu pecho/ O lentamente, paso a paso, me deslizaría más abajo/ Allí, como un juguetón amordazado, Yo sería pulga idolatrada/Pellizcando yo no sé qué/ Que me gusta mucho más que yo mismo”.

Hasta para esos deleites da este libro formidable.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada 

miércoles, 10 de octubre de 2018

Los insomnios del niche Manuel






 De Cali se llevó, bien sembrados en el corazón, su pasión por el equipo de fútbol América, “ La mechita”, y una canción que es,  de hecho, el otro himno de la ciudad : “Cali pachanguero”.

Ah… Y el recuerdo de la piel de Yuliana, una belleza llegada del Chocó profundo, bailarina de salsa y vendedora de jugo de borojó  en el vecindario del estadio Pascual Guerrero.

Con esos afectos guardados en el morral, el niche Manuel Largacha se embarcó  un día de julio de 2010 rumbo a una tierra de promisión resumida en cinco  letras: Catar o Quatar, allá bien lejos, cruzando mares, montañas y desiertos.

Había escuchado ese nombre por primera vez en 1995, cuando la selección colombiana de fútbol fue a disputar un mundial sub 20 en esas arenas ardientes de día y heladas de noche.

Pero antes, Manuel pasó por muchos insomnios.

Los de las noches interminables cuando, en compañía de su madre Herminia y de sus cuatro hermanos, tuvo que escapar del fuego cruzado entre guerrillas, paramilitares y ejército.

Vivían en un caserío perdido a orillas del río Atrato.

Fue en 1994.

Su único equipaje era la ropa que llevaban puesta. Al llegar a Cali se hacinaron en la casa de unos parientes,  en el  distrito de Aguablanca, una barriada de marginados que creció al ritmo del desamparo de quienes  se refugiaban en la ciudad, perseguidos por la miseria y la violencia.



En las calles de Cali sobrevivieron vendiendo todo lo que podía ser vendido: botellines de agua, helados, muñecas, agujas, matacucarachas, ropa interior, mangos, chontaduros, chocolatines.

De todo.

Entonces las causas del insomnio fueron otras: el miedo a que los echaran de la pieza cuando el producto de las ventas no alcanzaba para llegar a fin de mes. El pálpito de que sus hermanos se echaran a perder en las calles  de esa ciudad  donde cada esquina era una forma del abismo.

Y entonces volvió a oír la palabra mágica: Catar, Quatar.



Genaro, un albañil que jugó en las divisiones inferiores del América hasta que un rival le hizo trizas el  peroné, le habló de un gringo- en realidad era un brasileño-, que estaba enganchando hombres jóvenes y decididos a trabajar duro en la extracción del cobre en ese país.

“Si uno es juicioso, puede ganarse el equivalente  a nueve millones de pesos colombianos al mes. Además, el gringo le presta la plata para el viaje y  apenas empiece a trabajar se lo va descontando”, le dijo Genaro.

Suficiente para que las ilusiones de cualquiera alzaran el vuelo.

Y  Manuel, que a sus cuarenta todavía se sentía joven, pensó que esa sería acaso su última oportunidad de hacerles una casa a su mamá y a sus hermanos.

A partir de ese día  las causas de sus insomnios tuvieron otro matiz.

“ No pegué el ojo las diez horas  que duró el viaje a Madrid, las doce que  nos demoramos para llegar a Moscú y las seis del viaje hasta Catar. Imagínese el miedo de llegar a un país del que uno no conoce las costumbres, el idioma, la gente: nada”.

Pero hubo otro motivo para no dormir:

“ Lo de los nueve millones resultó pura ilusión. Para esa época el país se estaba llenando de haitianos y venezolanos que llegaban por montones en barcos contratados por traficantes de personas. Como trabajaban por cualquier cosa, ese era el pretexto de los patrones para mantener los salarios bajitos. A duras penas uno podía pagar la cuota del viaje. Con el resto se pagaba la habitación y la comida”.

Así pasó un año. 



Durante el día Manuel y sus compañeros trabajaban a 42°C de temperatura, extrayendo  bloques de cobre que después eran enviados a China.

En la noche y la madrugada la temperatura bajaba a  menos 2°C: las temibles heladas del desierto.

Con ese frío era imposible dormir y reponer fuerzas para reiniciar la jornada. Entonces, en la alta noche las nostalgias del Chocó, de  Cali, de Aguablanca, revoloteaban como pájaros  nocturnos alrededor de su cama en el campamento.

Sus picotazos no lo dejaban dormir.

“Por ejemplo, lo de la comida era tenaz. El pan no era el pan que comemos aquí, sino una masa plana sin huevo, ni levadura, ni sal. El plátano y el fríjol no se conocían. Era tan pobre todo que un tolimense montó un negocio de comida colombiana y se llevó un hermano panadero a trabajar en Catar. Rapidito se hicieron a un capital”.

Y entonces llegaron otras dificultades Para darles trabajo les exigían experiencia y recomendaciones. 

Imaginen: a alguien acabado de llegar. Además, los habían llevado con un visado de turistas que expiró a los tres meses y por el permiso de trabajo les cobraban mil doscientos dólares.

Un  motivo más para no dormir.



Con ese panorama a cuestas Manuel decidió que era mejor volver a casa. A los besos de Yuliana. A los cada vez más escasos goles del América y  a la brisa que refresca las calles de Cali cuando cae la tarde.

Toda una fortuna, después de todo.

En esas andaba, vendiendo jugo de chontaduro y borojó cuando me lo encontré a la salida del estadio un domingo de agosto.

“Me gano casi lo mismo que en Catar, pero duermo mejor”, dice, mientras empuja su carrito al ritmo del contoneo de una mulata  de ensueño que cruza la calle, toda de rojo hasta los pies vestida.

PDT . les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

jueves, 4 de octubre de 2018

Una fauna para El blues de la parranda






 “Todo hombre es  una historia”, cantaba la banda de rock colombiana Kraken, allá en sus albores.

Paso a paso, a medida que una persona se abre camino por el mundo teje con sus palabras, sus gestos y sus actos una urdimbre que, al  entrelazarse con las de los otros, da lugar a ese relato fascinante que llamamos La vida.

Célebres o anónimos, ricos o pobres, grandes o chicos  los seres humanos se narran a sí mismos y narran a los otros en un coro que no  cesa de crecer con cada nacimiento.

Con cada encuentro.

Canciones, poemas, dibujos, pinturas, fotografías, fábulas y diálogos familiares dan cuenta de esa aventura en la  que cada quien se reinventa a la medida de sus ilusiones y sus carencias.

Así nacen tanto la literatura escrita como la tradición oral.

Va uno a saber quién fue en principio  ese Odiseo elevado a la categoría de héroe por la imaginación de Homero.

Entre otras cosas, es probable que otro alguien haya inventado a éste último.

De esa sucesión de incertidumbres y milagros está hecha la vida.

                                          Ratón

Y de esa materia están hechos los personajes  que  habitan las canciones de El blues de la parranda, la obra musical  nacida de los encuentros gozosos   entre Carlos Elliot, Rubiel Pinillo y Los parranderos de La Florida.

Imaginen un diálogo entre Tom Sawyer y Cosiaca, el entrañable personaje de nuestra picaresca campesina.

El escenario podría ser una piedra encallada en mitad de las aguas del río Otún.

O una de  esas embarcaciones que siguen surcando el río Mississippi.

Ese es el mundo en el que se mueven las criaturas de El blues de la Parranda.

En una de esas, caminando por la vereda, nos topamos  con el paso inconfundible de Ratón, uno de los inspiradores de   El blues de la parranda. Allí va, con su tumbao de guapo, convocando a la fiesta  y el delirio.

Sin él, La Florida y el mundo serían un poco más pobres.

                                               Rubiel Pinillo

Fijémonos en Miguelito, el  viejo sabio portador de las virtudes curativas de las plantas: el paico, la yerbabuena, la mejorana, el culantrón de sabana.  Toda una farmacia ambulante que lleva la buenaventura a los hombres acorralados por los achaques.

En   El blues de la parranda sus recetas se vuelven canción.

Y por aquí cruza, señoras y señores, el mismísimo Chumacera  en persona. Una suerte de caballero andante con sombrero y sin caballo.

                                         Chuma

Igual que el personaje de Cervantes, Chuma también es- a su manera-  desfacedor de entuertos, defensor de damas y asaltante de alcobas.

En esta fauna no podía faltar la mula Katrina, ese animal laborioso, valiente y afable como pocos, nacido para cargar el mundo sobre su lomo a lo largo de unos  andurrilaes imposibles.

Caminos como los que llevan  de La Florida a La Laguna del Otún, ese territorio donde nacen las canciones de Rubiel Pinillo, este cultor de nuestra picaresca de arrieros, espantos y  polvos furtivos en mitad del cafetal.

                                          Carlos Elliot


Bienvenidos entonces a la fauna recreada por Rubiel Pinillo y Carlos Elliot para El blues de la parranda, una producción de la Fundación Músicas en Albor, por la difusión de las nuevas músicas latinoamericanas.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada