jueves, 15 de noviembre de 2018

Problemas reales para jóvenes digitales






Cansado de escuchar prejuicios de uno y otro lado, me dejé llevar por la marea del movimiento estudiantil un lluvioso día de  octubre. Caminar desde el campus de la Universidad Tecnológica de Pereira y cruzar el viaducto hasta alcanzar el centro de Dosquebradas supuso para mí ingresar a un mundo desconocido en cuanto a forma y fondo.

La primera  gran sorpresa fue la androginia de los participantes. Educado en un mundo bipolar en  el que las etiquetas  de macho y hembra  hacían parte de un decálogo inamovible, me vi de repente arrastrado por una masa proteica y ambigua: los muchachos del siglo XXI.

De entrada me resultó claro que la definición de su sexualidad no constituye para ellos  un asunto vital, lo que en sí mismo es ya una declaración de principios.

Todos nacieron después de la caída del Muro de Berlín, es decir, del último gran intento de edificar la utopía de comunidad planetaria anhelada tanto por los primeros cristianos como por los marxistas del siglo XIX, pasando por los falansterios que recibieron su sentencia de muerte en la alucinada California de los sesentas.

Estos chicos son otra cosa. Las ideas políticas de sus padres les interesan menos  que sus anhelos de incidir en los duros territorios del mundo real desde  la volátil red de sus autopistas  digitales.

Por eso no quieren cambiar el mundo: sólo pretenden que se les cumplan las promesas  de educación  consignadas en una constitución política promocionada en su momento como “La brújula para un nuevo país”

A juzgar por lo que vi y escuché, para estos  muchachos la política constituye una  categoría estética. 

Y  eso supone  un avance frente a los tiempos en que el ejercicio  político era una variante de la religión, con sus libros y cánticos sagrados, sus mesías y sus inquisiciones.



Un afortunado aforismo definió las luchas estudiantiles de los sesenta y setenta como  La edad de piedra. Tanta era la cantidad de guijarros, ladrillos y pedruscos que los  manifestantes arrojaban contra todo aquel que se les antojara representante del poder: policía, obispo, rector, soldado, ejecutivo, funcionario.

Aleccionados por la realidad de un país en llamas, los estudiantes de ahora  parecen valorar de una manera especial el sentido de la paz. Por eso mismo,  antes de iniciar  sus marchas insisten en la desautorización de todo acto violento: confían con creces en la fuerza intrínseca de su propio movimiento y saben que cualquier acción violenta solo servirá para descalificarlos.

Solo en ese  gesto alientan razones de  sobra para la esperanza. Los estudiantes colombianos del siglo XXI- salvo algún alucinado con pretensiones redentoras- están a salvo de la vieja  tentación de combinar  todas las formas de lucha.

Como buenos estetas,  sostienen con la autoridad un singular pulso: cada vez que pueden siembran las paredes de pinturas alegóricas. Cuando sus contradictores  las borran reemprenden la tarea con esa obstinación sólo posible a los veinte años.

Con ese gesto parecen decirnos que  su mundo podría ser un lugar más bello y que una de las claves reside en la  educación, ese derecho por el que están decididos a dar todas las batallas.

Incluso frente a aquellos que insisten en desacreditarlos incursionando  con insultos y noticias falsas en su universo natural: las redes sociales.



Todos son hijos de Facebook, de Twitter, de Instagram y de todo ese entramado de mensajes en el que ya es imposible separar el trigo de la cizaña.

A través de él fijan los lugares y horas de encuentro. Convocan y disuelven sus marchas.

Un solo ¡click! Y por arte de  magia están reunidos en una plaza.

Allí  reside su fuerza y también su debilidad: la misma señal que los mueve es capaz de  disolverlos en cuestión de segundos.

Ese último concepto, el de disolución, explica los grandes riesgos que  deben sortear.

En las redes sociales todo crece a una velocidad carente de límites… a no ser los de la disolución que se extiende como una nada más allá de las imágenes y las palabras.

No se puede crecer tan rápido y en tantas direcciones sin correr el riesgo de perderse para encontrarse un segundo después en el punto de partida.

Y eso, a la larga, desgasta.

Los representantes del gobierno colombiano lo saben y juegan con el tiempo.



Por eso alientan la negociación sin llegar nunca a soluciones concretas. Mientras eso sucede los estudiantes organizan una y otra marcha.

Cada una de ellas con mayor número de asistentes: las redes sociales funcionan a la perfección.

Sólo que los funcionarios son zorros viejos y saben que ya “Llegó  diciembre  con su alegría/ mes de parranda y animación”.

Los mensajes  de lucha por la defensa de la educación serán cada vez menores frente a las invitaciones a celebrar el alumbrado, la novena  navideña, las comilonas y las parrandas de año viejo.

Sólo entonces sabremos cómo actúan los jóvenes digitales frente a los problemas reales.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

jueves, 8 de noviembre de 2018

Pícaros, pelanduscas y orilleros






“En la venta del Molinillo, que está puesta en los fines de los famosos campos de Alcudia, como vamos de Castilla a la Andalucía, un día de los calurosos del verano, se hallaron en ella acaso dos muchachos de hasta edad de catorce a quince años: el uno ni el otro no pasaban de diez y siete; ambos de buena gracia, pero muy descosidos, rotos y maltratados; capa, no la tenían; los calzones eran de lienzo y las medias de carne. Bien es verdad que lo enmendaban los zapatos, porque los del uno eran alpargates, tan traídos como llevados, y los del otro picados y sin suelas, de manera que más le servían de cormas que de zapatos. Traía el uno montera verde de cazador, el otro un sombrero sin toquilla, bajo de copa y ancho de falda. A la espalda y ceñida por los pechos, traía el uno una camisa de color de camuza, encerrada y recogida toda en una manga; el otro venía escueto y sin alforjas, puesto que en el seno se le parecía un gran bulto, que, a lo que después pareció, era un cuello de los que llaman valones, almidonado con grasa, y tan deshilado de roto, que todo parecía hilachas. Venían en él envueltos y guardados unos naipes de figura ovada, porque de ejercitarlos se les habían gastado las puntas, y porque durasen más se las cercenaron y los dejaron de aquel talle. Estaban los dos quemados del sol, las uñas caireladas y las manos no muy limpias; el uno tenía una media espada, y el otro un cuchillo de cachas amarillas, que los suelen llamar vaqueros.”

Así empieza don Miguel de Cervantes su relato  de las aventuras y desventuras de  Rinconete y Cortadillo, dos entrañables bribonzuelos que al despuntar la adolescencia se lanzan a los caminos de una   España que todavía no lo era.

Quiero decir: no era el territorio ni la cultura y mucho menos la nación que hoy conocemos bajo ese nombre.

Rinconete y Cortadillo es la tercera  de las llamadas  Novelas ejemplares de don Miguel, publicada por primera vez en 1614.



Es vital tener en cuenta esa fecha para seguir el tortuoso- y gozoso- camino de estos antihéroes.

Para la época reinaba- para algunos historiadores es apenas un decir- Felipe III, llamado “El Piadoso”,  hijo de Felipe II y Ana de Austria.

Sus inclinaciones hacia el teatro, la danza, la música, la pintura y las artes en general lo llevaron a delegar sus funciones de rey en el Duque de  Lerma, que  su vez las delegó en Rodrigo Calderón.

Esa circunstancia hizo que surgiera un aparatoso entramado  burocrático en el que las intrigas habituales por acceder a situaciones de poder se multiplicaron.

La zalema, la amenaza velada, la promesa incumplida, la seducción, la bula y la coima alcanzaron tales proporciones que  en las propias cartas personales   de Cervantes es posible  rastrear ese espíritu.

Agobiado por la pobreza y el desprecio de sus contemporáneos, ya al filo de la muerte le  escribe al  conde de Lemos en este tono: “Puesto ya el pie en el estribo/ con las ansias de la muerte/ gran señor, ésta te escribo”. Para continuar diciendo: “(…) Y por lo menos, sepa vuesa excelencia este mi deseo, y sepa que tuvo en mí un tan aficionado  criado de servirle, que quiso pasar aún más allá de la muerte mostrando su intención”.

Ahogado en ese ambiente cortesano multiplicado hasta la exasperación,   Cervantes, que una vez había solicitado sin éxito un cargo en Las Indias,  a lo mejor quiso reivindicarse inventando  un par de personajes capaz de expresar sin cortapisas la esencia de los seres indómitos. Los que, al carecer de cualquier posesión, no pueden ser despojados ni amenazados por nadie.



Ni siquiera por el rey en persona.

Aunque muchos críticos todavía lo ponen  en duda a la hora de establecer sus cánones, con Rinconete y Cortadillo asistimos  al nacimiento de una de las figuras más entrañables de la cultura universal: El pícaro, el marginal que siempre va por las orillas del mundo tomando lo que le ofrece el día: una botella de vino, un trozo de pan, un tazón de agua, una mujer, una canción.

No importa si en ese tránsito tiene que vérselas más de una vez con los gendarmes y acabe pasando una noche  si y otra también en los húmedos calabozos.

A esa estirpe pertenecen los alegres pillastres que pueblan las páginas de El  lazarillo de Tormes, de autor anónimo  y la Historia de la vida del Buscón, de don Francisco de Quevedo.

Todos han pasado tantas hambres que, a decir de Quevedo, “Tienen telarañas en el culo”.



Los modelos económicos  y políticos han cambiado: del feudalismo al capitalismo tecnolátrico, de  la monarquía a la democracia formal, pero la esencia misma del poder sigue produciendo marginales por todas partes. 

Al excluir del banquete a millones de seres humanos, nuestro modelo de  sociedad, igual que en los tiempos de Felipe III, obliga a esos desplazados  a echar mano de todos sus recursos para sobrevivir en medio del catecismo del  sálvese quien pueda.

Por eso llevan siglos desfilando a través de los libros, los diarios, las películas, los relatos orales, la pintura y la música.

Nada ni nadie puede detener esa procesión de pícaros, putas, esgrimistas, cojitrancos, sodomitas,  tahúres, chulos y traficantes que van y vienen como peregrinos sin su camino a Roma.

Nos tropezamos con ellos en una película como Midnight Cowboy, de John Schlesinger.

Los vemos doblar la esquina en una página de El mercader de Venecia.

Nos damos de narices con su figura embozada en una canción titulada “Que demasiao”, de Joaquín Sabina.

O en un tango que celebra la sangre maleva.

Los vemos jugarse el pellejo una vez más en un capítulo de Berlín Alexanderplatz.

Y  nos  los volvemos a topar en una escena de Ladrones de Bicicletas, el doliente poema  cinematográfico de don Vittorio de Sica.

Ni los nazis, ni los comunistas ni los neofascistas de hoy  han podido acabar con ellos.



La razón es simple.

Y es política además: el sistema mismo los genera como un subproducto de  la religión del consumo y el derroche.

Como en los viejos tiempos, mientras unos van al centro comercial, otros se las arreglan para
sobrevivir en las catacumbas.

En su paraíso de desechos.

Allí van, con su alijo de trucos a cuestas combatiendo  con nuevos demonios: bacterias, virus, pistoleros a sueldo, escuadrones de la muerte, "seguridad democrática".

Es la nueva picaresca que  alimenta cuentos, crónicas, canciones, pinturas, poemas.

Es, ni más ni menos, el impagable  poder de lo marginal.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada