miércoles, 5 de junio de 2024

Hijos de Cadmo

 



 

En los mitos griegos más antiguos el héroe Cadmo mata al dragón y siembra sus dientes en la tierra. De éstos nacerán los guerreros que más tarde fundan la ciudad de Tebas en la que Cadmo será rey. Es la misma Tebas donde la esfinge cifra el destino de Edipo y de su trágica saga.

Al contrario de China, donde el dragón es un mito solar, la imaginería cristiana asocia el dragón con lo nocturno y por ese camino deviene, al lado de la serpiente y del fabuloso basilisco- nacido de un huevo de gallina empollado por un sapo- símbolo del demonio, del pecado, es decir, de los poderes terrenales contrarios al topos uranos, a la civitas dei de que hablará más tarde Agustín de Hipona. Cabalgando en esa dirección los bestiarios cristianos alimentan un catálogo en el que abundan las alegorías y las imágenes que hacen de los animales representaciones que oscilan entre el mal puro y lo numinoso. De hecho en el Nuevo Testamento tres de los evangelistas están acompañados de igual número de animales: león, águila y buey.  A su vez, en el libro del Apocalipsis, el dragón que escupe fuego es la bestia misma, el sumo sacerdote de las huestes infernales.

Esta breve introducción nos ayuda a adentrarnos en las 334 páginas de la novela Sortilegio, del escritor Julián Andrés Gómez Pineda (Manizales, 1977), obra ganadora del premio de novela Ciudad Pereira en el año 2021. Especialista en el medioevo europeo, profesor de literatura clásica en la Universidad Tecnológica de Pereira, es además autor de la novela El ocaso de la locura, ganadora del mismo premio en 2014.

Esa sólida formación hace de Sortilegio una novela muy bien escrita. Con un brillante manejo de la lengua española propia del siglo XVI, época en la que se desarrolla la historia de los protagonistas, el autor nos conduce de a poco  hacia el centro cada vez más intrincado de  un bosque que es a la vez metáfora de la vida interior de los  personajes y trasunto histórico de la expansión imperial de  España en lo que algunos historiadores llaman La Conquista de América. Al modo del mito de Ariadna, la tarea del lector consiste en llegar al punto exacto donde las brujas ofician sus encuentros con el  Gran Cabrón,  el  Príncipe de las tinieblas, el fornicador de verga helada, el engendrador de  íncubos y súcubos, el forjador de una estela de horror que, transmitida de generación en generación, aún alienta en lo más oscuro de nuestros  insondables temores.




Lo que veas, escríbelo en un libro

Ese es el mandato al que obedecen los escritores  de todos los tiempos. Porque en medio de las turbulencias propias de una época, sólo las historias sobreviven. De modo que Casiano, el narrador de la novela atiende el mandato y se da a la tarea. Debe completar la obra iniciada por  Angelus de quien, antes que continuador, se siente un doble.

Todo empieza en Santiago de Compostela, en una Galicia donde la humillación agobia a su familia empobrecida y en otro tiempo próspera. Es el tiempo de las grandes empresas marítimas y Casiano se embarca en una nave maltrecha y plagada de ratas en la que no tardan en cundir el hambre, la desconfianza y las enfermedades.  El capitán es Pedro de Heredia, quien ha reclutado a una panda de perdularios sin nada que perder, entre los que se  cuenta Arcesio, tío de Casiano. En un mundo que se desploma, donde la fructífera convivencia entre árabes, judíos, cristianos y descendientes de visigodos es cosa del pasado es mejor hacerse a la mar. Además, las noticias sobre fabulosos reinos donde   los caminos están empedrados   con oro avivan la imaginación de unas mentes de por sí enfebrecidas.

Pero volvamos atrás, al   temprano relato de los recuerdos de Casiano en la casa materna; en la página 35 de la novela – o de su manuscrito, si lo queremos ver  así- nos cuenta que:

Despierto con sobresalto y me incorporo como llevado por un impulso involuntario. Esa horrenda imagen de una anciana bruja me acecha en mis pesadillas. Seco el sudor de mi frente, y recuerdo muy bien a mi madre recitando las doce verdades, atrapando a la bruja que había escapado de la estancia donde dormía mi tío; yo era aún un niño, y no creía en tales historias (aún hoy me cuesta dar crédito a estas cosas, creo que son sugestiones de la mente), pero lo recuerdo muy bien, tanto que esas doce verdades se quedaron grabadas en mi mente.




A partir de ese momento, Casiano y los otros protagonistas de la historia tendrán que volverse duchos en conjuros, porque el mal se agita en el aire a todas horas (ese es el verdaderos sentido de la imagen de la bruja volando en su escoba) y Dios  se empeña en mirar  hacia otro lado:  las prácticas  de la Inquisición parecen más propias de una mente infernal que  de  un tribunal inspirado en la justicia divina. Pero eso es propio de la época: quienes están más lejos de la gracia a menudo son los propios monjes encargados de invocarla, como lo aprenderá Casiano apenas  desembarcado en el Nuevo Mundo, que poco tiene de nuevo, a juzgar por la manera como los aborígenes adoran a su propia legión de  dioses  y  demonios, que a menudo se confunden con el panteón de los recién llegados.

Al enterarse de que su tío Arcesio va a ser embarcado como prisionero,  el joven Casiano decide cometer un delito y hacerse capturar como garantía de que así será enviado también a las tierras de ultramar. Como todos, Arcesio está atrapado en la urdimbre del espíritu de la época, es decir, de la creencia en las prácticas brujeriles. De hecho, en la nave viaja también la bruja  Candelaria, una presencia que cruza de principio a fin las páginas del manuscrito.

Mi tío Arcesio piensa que soy tonto. Cree que no sé lo que le ocurre, pero lo sé mejor que nadie. Una noche llegó ebrio como de costumbre, venía de la fonda. Entró en el granero mirando como si alguien lo persiguiera, yo pude verlo desde la ventana del cobertizo. Bajé apresurado y por el  güeco de la puerta roída lo vi todo: se palpaba las partes masculinas y decía : “ Dios mío santo y poderoso, la folla ¿ adónde se ha ido?” y se tocaba desesperado porque no vía su miembro… y luego salió dando tumbos, con su mano agarrando un viril inexistente, porque según parecía, lo había perdido en la cama pública de doña Tigresa; y ansí como vino se fue, a rogarle que le devolviera lo que era suyo, lo supe porque el mesmo me lo dijo luego.




Capaz de   despojar a los hombres de su miembro viril mediante sortilegios heredados  a lo largo de las generaciones, la bruja se nos revela así como lo que en el fondo es: la gran metáfora de la rebelión contra el dominio masculino pues, ¿ Qué es un hombre sin su viril, sin  su verga, sin su consentido instrumento de goce y reproducción? Si durante el día  el macho la sojuzga y  condena al silencio, la noche , la sombra lunar , es el reino donde  la hechicera restablece el equilibrio del mundo.

Leído así, no es casual que el manuscrito- o la novela- esté precedido de una cita del Malleus Maleficarum o Martillo de las Brujas, el manual redactado por el Tribunal de la Inquisición- o por el mismísimo demonio, dirán algunos- para identificar, perseguir, condenar y ejecutar a herejes y apóstatas, perros, hechiceros y fornicarios:

“Y qué debe pensarse entonces de las brujas que desta manera reúnen, a veces, órganos masculinos en grandes cantidades, en ocasiones veinte o treinta miembros, y los ponen en un nido de aves, o los encierran en una caja, donde se mueven como miembros vivos, y comen avena y trigo, como lo vieron muchos y es cosa de información común?”

                                                                         Malleus Maleficarum, II, 30





 

Por lo pronto, la bruja Candelaria hace méritos para atraer sobre su persona el martillo del tribunal cuando recomienda:

Para mandar el alma de un difunto sobre alguien, para atormentarle o hacerle enloquecer, o matarle, hay que hacer varias cosas. Primero hay que salir a media noche, y en un recodo donde se junten tres caminos, esperar una perra en celo; cuando llegue la perra hay que arrancarle algunos pelos. Se pone la caldera al fuego y en dos partes de sangre de cerdo nonato se agrega nuez moscada, castaña, oliva negra y jengibre. Mientras el conjunto suelta el aroma debemos agregar tres ratas negras nacidas en luna creciente, estas ratas representan las personas innombrables, Quando se agregan las ratas hay que abrir la ventana para que entre el éter noturno hasta la caldera y entonces se agrega grasa de difunto, que se tiene siempre en un frasco disponible.

 

Una vuelta por Babel

A estas alturas, sobra decir que Sortilegio es una novela erudita, entendida esta palabra no como el despliegue  pretencioso de datos,  sino en el sentido de amplitud y profundidad, condición necesaria para abordar los fenómenos.  Gracias a esa erudición podemos aproximarnos a la esencia de un mundo donde los descubrimientos científicos y la expansión por tierra y mar conviven con las más tenebrosas prácticas en las que la bruja Candelaria o el monje Rubicundo, ambos prosélitos del demonio Abduxuel son discípulos aventajados. De ahí que, aparte de la voz del narrador, de los narradores, la obra  sea toda una estela de voces: la del tío  Arcesio, la de Pedro de Heredia, la de los aborígenes, la del árabe suicida Abderramán, descendiente de Boadbil, el último rey moro de Granada, la de la bruja Candelaria. Pero, además, están los murmullos del pasado,  las maldiciones y conjuros que  se escuchan en el bosque o resuenan entre las paredes del monasterio. Para muestra, en la página 243 leemos estos versos finales del Auto de fe contra los fornicadores Bonifacio y Sofía:

¡Cumplid buenos verdugos la sentencia!,

El santo inquisidor se ha pronunciado,

Esquilo agora mesmo estas ovejas,

Y dellas el pecado  hemos purgado.

Oíd aquestas místicas sentencias,

Dictadas de los gran iluminados:

A aquestos que son duros de testuz,

La Iglesia les ha hundido el arcabuz.

Los duros de testuz, los réprobos, herejes y apóstatas mencionados en el Martillo de las Brujas. Los alzados contra todas las formas de poder secular, empezando por el eclesiástico. Entre los bosques de Zugarramurdi  y los del altiplano donde los jefes chibchas se disputan a muerte el control del reino se escuchan los gritos de guerra y los lamentos de los torturados, de los  sorprendidos en conjura o de los moros, cristianos y judíos entregados a los goces del cuerpo, a la celebración de la vida. En este último punto, el virtuosismo del narrador se nos presenta en la voz de Angelus:

Yo, Angelus, Recaudador de las Memorias de la Orden, el más pecador y sucio de todos, quando puse por vez primera mi masculino  atributo en las carnes rosadas y lúbricas de mi amada, caí en éxtasis o visión extática, porque un demonio llamado Abduxuel, vino a mí mientras en las entrañas de mi amada hundía mi miembro a holgura, y mientras jadeaba, este demonio me sacó de mi cuerpo, por arriba de mi cabeza, llevándome a un sitio muy quieto donde tuve muchos y variados deleites jamás pensados, y luego puso su boca de cinocéfalo en mi oído, mientras con una de sus garras me sostenía la cabeza y habló de modo muy claro en hebreo antiguo, y lo que él me dijo se copió en mi memoria de manera prodigiosa en las letras hebreas(…)

El  párrafo anterior está fechado en el año de 1457 ,a poco menos de cuatro décadas de la llegada de los españoles (andaluces, gallegos, catalanes, aragoneses, murcianos, y otros tantos) a  las tierras regadas por el Río Grande de la Magdalena. A completarlo dedicará su vida el joven Casiano, por mandato de Dios o del Diablo, da igual. Porque, como se desprende de la última frase del libro, los íncubos y los engendros son   solo un sortilegio.


PDT les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=70pPE9cQ74w&list=PLgUDJQUxv4hx7JDVHuzJdlbwNem3VtahR

 

 

 

 

 

 

jueves, 30 de mayo de 2024

Un mundo ojeroso

 



Por lo visto, el color reinante en el mundo es el violeta con sus distintas tonalidades. Y esa realidad no tiene relación con alguna moda neo-punk en el mobiliario o en una manera de vestir impulsada por las sectas Nueva Era.

Sucede que, desde hace un buen rato, la bolsa malar- así se llama esa parte de la cara- de un número más elevado de mortales suele lucir teñida de violeta. En algunos es tenue, cercana al malva.  Otros lucen ese tono intermedio propio de algunos arreboles en verano. Y un alto porcentaje le presenta al mundo el color cárdeno que suele aparecer después de un golpe violento contra algún objeto contundente: una paliza feroz, digamos.

Pero aquí se trata de otra clase de palizas no menos inquietantes. Son las propinadas por el insomnio voluntario o impuesto. Es tan elevado el número de casos reportados que el gran Morfeo debe estar pensando en cambiar de oficio, o al menos en inventar alguna cura. Gomitas de Cannabis Sativa, por ejemplo.

Por lo pronto, dejemos de lado la más conocida y natural de las causas del insomnio: la próstata y el tiempo, ese par de villanos que decidieron combinar, como en la teoría leninista- todas las formas de lucha.

Precisado ese detalle, encontramos que las claves de esa pandemia son múltiples. Mucha gente no puede dormir porque las ansiedades de la vida diaria se acumulan en tal proporción que acaban por desterrar la dosis de paz necesaria para abandonarse en esas aguas misteriosas que inspiran a tantos poetas y alimentan el bolsillo de los sicoanalistas.  Ricardo Nieto, médico siquiatra con estudios- cómo no- en Buenos Aires, me hace una enumeración tentativa: deudas, desempleo, divorcios, demandas, alcoholismo, hijas con embarazos tempranos, hijos con problemas de drogadicción, muerte de seres queridos, pérdida de estatus social y unas cuantas causas más acaban por arrojar a la gente a ese erial donde no hay lugar para la quietud y cuyo desenlace final   se traduce a menudo en locura.




Otros no duermen porque la industria del entrenamiento los asedia noche y día con seducciones sin cuento, empezando por las domésticas: la televisión, la computadora y el teléfono están  siempre a la orden. Sé de personas que duermen con los audífonos puestos, supongo que a la espera de un llamado del cielo. Conozco otras que se trasnochan a la espera de su programa de televisión favorito…  transmitido a la una de la madrugada.

También están claro, los llamados a la evasión fuera de casa: cines, bares, billares, conciertos discotecas, estadios y sectas religiosas constituyen un portafolio diseñado a la medida del bolsillo y la desesperación de cada quien.

Y el último grupo pero no el menos importante lo conforman las legiones de personas que  trabajan de día y estudian de noche como único recurso para tratar de hacerse a un lugar en un mundo cada vez más competitivo y feroz. Tengo una pareja de vecinos que salen de casa a las cinco de la madrugada y regresan cerca de la media noche. Pero no vayan ustedes a creer que llegan a descansar. Antes de dormir deben preparar las tareas para el día siguiente, adelantar algunos oficios domésticos, examinar los mensajes del buzón, lavar la ropa interior y otras minucias más.

Ya podrán ustedes concluir que no tienen hijos ¿Cuándo podrían disponer de unos minutos para  consagrarse a esos menesteres que demandan tiempo, imaginación y algo de sosiego?  A manera de sucedáneo tienen un perro que gime de soledad durante todo el día y al que- olvidaba decirlo- sacan a cagar antes echarse a dormir tres o cuatro horas, porque deben levantarse bien temprano a continuar la rutina.




Lo grave es que si usted no duerme bien el tiempo necesario para recuperar energías la mente y el cuerpo se fatigan. Eso conduce a la desconcentración; la gente empieza entonces a cometer errores y a volverse cada vez más irritable y ansiosa con el consiguiente aumento de las dificultades para dormir. En poco tiempo eso se vuelve una rueda infernal que empuja a las personas al consumo de ansiolíticos y otros medicamentos habituales para dormir, cuando no a la hospitalización, me dice el médico Nieto mientras se pasa los dedos índice y pulgar por sus enormes ojeras color violeta tipo paliza infernal.

Bien sabemos que, como todo en este mundo, las palabras y conceptos se renuevan al tiempo  que otros pierden  vigencia. Por la mañana, bien temprano, examino mi cara para constatar qué tono han adquirido mis ojeras y me pregunto dónde fue a parar aquella idea hermosa de Dormir a pierna suelta.


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=P8JEm4d6Wu4

lunes, 29 de abril de 2024

Las fugas de Conejo

 



 

          La vida es una montaña que se vuelve más escarpada a medida que trepas.

                                                John Updike

                                               Conejo en paz

 

 

On the road again

Con agudos presentimientos alojados en su corazón recién sometido a una angioplastia, Harry Angstrom, apodado Conejo desde su remota infancia, conduce su Toyota Celica hacia el sur de Estados Unidos, en la calurosa Florida. Saltando de autopista en autopista y de motel en motel engulle los kilómetros que lo separan de Deleon, la población donde posee a medias con su mujer (¿o su exmujer?) una vivienda en un condominio de clase media alta. En la radio sintoniza viejas canciones de crooners y de cantantes negras que lo mantienen en contacto con lo que no se atreve a llamar del todo su pasado.

Abajo, en una barriada negra y marginal lo espera algo oscuro que cobra un perfil más definido a medida que avanza: es su propia muerte que alcanza cada vez más consistencia luego de un segundo infarto mientras intentaba competir jugando al baloncesto con un adolescente del lugar. De joven, en los tiempos del instituto, Conejo fue un promisorio jugador  que llegó a levantar admiradores entre la gente de su generación, sobre todo entre el público femenino.

Pero eso fue en un pasado tan remoto que se antoja irreal: ahora, su corazón fatigado por las palizas de la vida le recuerda que envejece, que ya es el turno para otra gente pletórica de energías.

Ese pasado resulta tan irreconocible como la quimérica grandeza de unos Estados Unidos de América golpeados por la inflación, por la crisis de los combustibles, por la especulación financiera, por enemigos agazapados en todos los rincones del planeta y por un nuevo huracán que se aproxima a sus costas y bautizado con el nombre de Hugo. Extraña costumbre esa de bautizar a los huracanes con nombres humanos, como si con ese simple acto se pudiera conjurarlos.

En la superficie, Harry Angstrom, descendiente de inmigrantes suecos, huye de su casa familiar en Brewer, Pennsylvania, la localidad donde nació en 1933, durante uno de los coletazos de la Gran Depresión. Su esposa Janice, su hijo Nelson- que intenta salir de su adicción a la cocaína- y sus nietos Roy y Judice, acaban de ser enterados por Pru, la esposa de Nelson, de que una noche lluviosa de hace apenas unas semanas, tuvo una sesión de sexo con su suegro mientras el resto de la familia andaba fuera de casa.




Eso en la superficie, porque en el fondo intenta escapar de esa suerte de nata oscura que nos rodea a todos. Algunos la llaman alma, otros hablan de El destino y unos cuantos más la reconocen como la nada, a secas. De cualquier forma, es imposible escapar de ella. El amor, o el sexo para ser más precisos, es apenas uno de los muchos resquicios por los que tratamos de ponernos lejos del alcance de esa nata oscura. Al final, sólo conseguimos añadir otra capa.  Para Conejo el resultado de esa lucha fue una enfermedad del corazón, en el sentido fisiológico y poético de esa palabra ¿ No repiten todos esos cantantes que están enfermos del corazón?

Conducirnos a la entraña de ese inútil combate es el propósito del escritor norteamericano John Updike (1932, Reading, Pennsylvania- 2009, Danvers, Massachusets) en su tetralogía de novelas tituladas Corre Conejo, El regreso de Conejo, Conejo es rico y Conejo en Paz. Cada una de ellas abarca una década en la vida del protagonista y de quienes lo rodean: la del cincuenta en años de la posguerra, la de los sesenta con sus revueltas sociales y  su obsesión por las drogas, la del setenta con el  tránsito a  formas más despiadadas y sutiles del capitalismo, hasta llegar a los noventa cuando el desplome de la Unión Soviética   dejó a los  Estados Unidos  sin el gran enemigo y, por lo tanto, huérfanos de aquel ilusorio sentido de unidad nacional que marcó los años de la  Guerra   Fría.

En realidad no es necesario leer las novelas de Updike en el orden en que fueron publicadas. Bien visto, ese es apenas un formalismo editorial. Lo importante es seguir el camino de los personajes que gravitan en la órbita vital de Harry, como si se tratara de   satélites desamparados atados a la fuerza gravitacional de un planeta enloquecido.

Ya se trate de jóvenes o viejos, esos personajes están marcados por dos características: la exasperación sexual y un arribismo social que se alimenta de sí mismo. Esas dos fuerzas no los dejan dormir en paz. En busca de alguna forma de sosiego unos buscan las drogas de evasión en los sesenta o las que los conectan con el frenesí de los tiempos en los ochenta y noventa. Otros especulan en los mercados como quien juega a la rueda de la fortuna. En el entretiempo despliegan todos los trucos de la seducción, en una especie de carnaval que los deposita en la orilla del tiempo más fatigados que el día anterior y con un regusto amargo en la boca. Entretanto, los que ya quedaron fuera del juego se van a vivir al sur, a esa Florida de playas, de clínicas geriátricas y de tratamientos para conservar la poca salud que les resta.




Por lo visto, tantos años no les proporcionaron ni una pizca de sabiduría y templanza. Por eso miran la televisión y acarrean sus cuerpos como fardos por los campos de golf. Después de la carrera por hacerse a   un lugar en el mundo, según reza el evangelio de las clases medias, aguardan la muerte con el aire irresoluto de quien apenas si se atreve a mojar los pies en el agua del mar. A estas alturas, no les sobraría echarle un vistazo a aquella sentencia que el emperador Marco Aurelio garrapateó en sus cuadernos:

Qué bueno es, cuando tienes ante ti carne asada o algún alimento similar, imprimir en tu mente que es el cadáver de un pez o el cadáver de un ave o de un cerdo, y de nuevo, que el vino de Falerno no es más que jugo de uvas y tu túnica de borde púrpura es simplemente el pelo de una oveja empapada en la sangre de un molusco. Y en la relación sexual, que no se trata más que de la fricción de una membrana y de un chorro de mucosa expulsado.

Pero no hay sabios en las novelas de Updike. Sólo desesperados que luchan con lo que tienen a mano para mantenerse en pie sobre la cubierta de un barco que zozobra: su propio país en manos de los políticos, de los tiburones de las finanzas, de la industria del espectáculo y de los televangelistas que prometen la redención  a sus feligreses, mientras tratan de poner  al propio pellejo  a salvo de un escándalo financiero o sexual.




El comienzo del juego

Mientras viaja hacia el sur pisando a fondo el acelerador en medio de su larga noche Conejo recuerda o al menos trata de recordar. Su historia personal son hilachas, fogonazos de tiempo que a lo mejor acaban de surgir ahora mismo y nada tienen que ver con lo que la gente llama su pasado. ¿Quién le dice que Janice, Nelson, Pru, Judy y Roy existen realmente a esta hora y en algún lugar? A decir verdad, ni siquiera puede probar que el mismo exista esta noche, en esta autopista, con la voz de Connie Francis susurrando estribillos dulzones en la radio y con la vía láctea desdibujándose al fondo del firmamento.  Recuerda que una noche, durante uno de esos viajes de matrimonios cansados al Caribe, hubo intercambio de parejas. Esa vez sodomizó a  Thelma, que después se convertiría en su amante. Lejos de que la imagen le provoque placer, una punzada en el pecho le recuerda que al final del cuerpo de la mujer había un vacío y una negrura fría que hoy lo vuelven a dejar sin aliento.

La historia de toda vida es una sucesión de imágenes inconexas en un caleidoscopio a las que sólo la muerte puede poner fin, parece repetir todo el tiempo el narrador de la novela. Harry, por ejemplo, debe hacer grandes esfuerzos para remontarse a los días en que él y Janice se enamoraron - ¡Qué extraña suena esa expresión, ahora que su mujer dice odiarlo ante el tamaño de la afrenta recibida!-  Afrenta, dijo,  como si los seres  vivos no llevaran años  apareándose en respuesta a un mandato de la vida.

Pero bueno, sí, el recuerdo dice que un día Janice y él se enamoraron, que más tarde tuvieron dos hijos: Nelson, que los hizo padecer lo suyo con sus robos continuos en el negocio familiar- la concesionaria de Toyota heredada del viejo Springer, su suegro, que le echó una mano cuando perdió su empleo en la imprenta y lo encausó por el camino de la riqueza- y Becky, la pequeña que murió ahogada en la bañera, y los dejó cociéndose en un fuego eterno de acusaciones y remordimientos.




En la radio la voz ebria de Sinatra canta que siempre seremos Extraños en la noche y lo devuelve de golpe al momento en que Janice abandonó la casa para irse a vivir una aventura sexual con el griego Charlie Stavros, para entonces   hombre de confianza del viejo Springer. En una especie de retorcida compensación, Conejo llevó a vivir a la casa a Jill, una   hippy adolescente, y a Skeeter, un negro adicto a las sensaciones fuertes y comprometido en las luchas por los derechos civiles.

Para adquirir algo de consistencia, toda vida   necesita de un tiempo y de un espacio que la hagan creíble. Asideros, les dicen.  Como esos mojones con que los viajeros se orientan en el camino.  En las novelas de Updike esos mojones se materializan en forma de símbolos culturales. La música es uno de ellos: los crooners y las cantantes negras para Conejo, el rock para su hijo Nelson y el disco en los setentas, con la lujuria electrónica de Donna Summer. En el cine asistimos en compañía de la familia a una función de 2001, Odisea del espacio, de Stanley Kubrick, éxito de cartelera en 1969, el mismo año de Woodstock, de la llegada a la luna- una promesa echada a perder dos décadas después con el desastre de la nave Challenger. Para no perder la órbita, en los setenta tendríamos a E.T y en los ochenta La Sociedad de los poetas muertos, a Reagan, a Thatcher y unas cuantas de esas invasiones y guerras con que los Estados Unidos y sus amigos suelen animar la movida mundial.

En esa medida, Updike, igual que Pynchon, D.F. Wallace o Franzen , es un testigo feroz. Para ellos, el dinero es la sangre que fluye por las escleróticas arterias de un mundo agotado.  Si dejara de  circular todo desaparecería como activado por un encantamiento, empezando por la orgullosa civilización humana. Por eso, la sociedad debe estimular el consumo y el derroche en un incesante movimiento de sístole y diástole: anuncios publicitarios en las calles, en las fachadas, en las autopistas, en los moteles, en los estadios, en la televisión, en las revistas, en la radio, en las iglesias neocristianas y en cuanto sitio resulte disponible. La consigna es una sola: atragántate hasta que se te obstruya el culo, después ya veremos… si hay después.

La consecuencia más visible de todo eso es un permanente estado de crispación. La sensación de haberse quedado atrás. El pensador Herbert Marcurse llamó a eso La carrera de ratas. Siempre hay alguien a quien podemos sobrepasar y siempre hay alguien detrás pisándonos los talones. A esas alturas la única válvula de escape es una combinación de sexo, drogas y entretenimiento. Por eso el rugido de la masa en los estadios se parece   tanto al gemido de la bestia en la cama. En realidad hay bien poco de placer en todo eso. Es más bien un llamado de auxilio a una divinidad que hace rato volvió la vista a otro lado.

Porque para escritores como ellos y otros de su generación la esperanza es algo vedado. El sueño americano hace tiempo devino pesadilla.  Corea, Vietnam, Cuba, Irán, Irak, Chile son apenas algunos de los puntos en el cada vez más encogido mapa de la tierra a los que su país ha llevado la devastación. Juegos de la geopolítica, le llaman a eso.

La expresión interna de ese universo de pesadilla es el Sida, el crack, la violencia en las calles, los barrios a los que no se puede entrar, como si se tratara de otro país. Conejo, su familia y el resto de la población se mueven con un andar de sonámbulos que sólo parece encontrar algo de paz cuando se sientan frente a la pantalla de televisor… donde asisten al desfile de guerras, drogas,  delirios sexuales, intrigas y crímenes, pero esta vez sumergidos en una burbuja que parece volverlos inofensivos.




Bienaventurados los muertos

La saga de Conejo es un viaje de ida y vuelta del que su huida al sur es apenas el más reciente capítulo. Convencido de que no hay lugar para la paz entre los vivos recuerda lo que leyó, escuchó o vio alguna vez en una película: todo el tiempo caminamos sin darnos cuenta sobre los huesos de nuestros antepasados (Ando sobre rastrojos de difuntos, escribió el poeta español Miguel Hernández). Poseído por esa pequeña dosis de clarividencia evoca a su hija Becky ahogada en la bañera; a sus padres, a los padres de Janice; a Jill, la joven hippy muerta en el incendio de la casa donde la había alojado; a Skeeter  , esa curiosa mezcla de chulo, iluminado y drogadicto. Pero sobre   todo piensa en Annabelle, algo así así como un alma en pena: pudo y no pudo haber sido su hija engendrada con una ya envejecida amante llamada Ruth. Conejo ya no tendrá tiempo de saber si esa muchacha a la que vio apenas un par de veces es hija de sus entrañas.

Y entonces, de golpe, lo asalta una visión: estamos hechos de tan extraña materia que nuestro hijo muerto es ya un antepasado.  Él también puede estar muerto y nadie lo ha notado… o a lo mejor si pero hicieron la vista gorda para no destruir su mundo de ilusión. Pudo haber muerto, por ejemplo, en Vietnam, si hubiese ido a la guerra, pero a esta hora de la madrugada es mejor hacer alto en el camino y descansar en algún motel para curarse de las ilusiones.  Una película porno podría ser un buen ancla para fijarse a los bordes de la realidad.

Estados Unidos coge todo y no da nada, como un agujero negro, sentencia el empresario japonés que visita la concesionaria Toyota para revisar los vacíos dejados por los robos continuos de  Nelson. John Updike se ha especializado en escudriñar los entresijos más ocultos de ese agujero. De regreso, los vuelve de revés para mostrárnoslos en forma de novelas. Pensando en la muerte de su amante Thelma, aquejada de la enfermedad del Lupus, el narrador reflexiona:  La enfermedad de Lupus- que significa Lobo- es como una metáfora de los tiempos, una de las enfermedades de inmunodeficiencia en las que el cuerpo se ataca a sí mismo, los anticuerpos atacan su propio tejido, en una especie de odio a uno mismo.

Y eso sucede- continúa, Porque sin Dios que nos anime y nos convierta en ángeles todos somos basura. Basura, el resumen de la sociedad de consumo, un mundo donde la gente no compra cosas porque las necesite. Las compra porque están más allá de lo que necesita, le dice Nelson a su padre en uno de sus escasos raptos de comunicación.

¿Qué pasó con el sueño de los padres fundadores? ¿Adónde fue a parar eso de Y justicia todos? ¿Y lo de la fraternidad y la igualdad? Se preguntan los narradores y personajes de las novelas de Updike,  Pynchon, Wallace y todos los demás.




Desde luego, nadie puede dar respuesta. Todo el mundo está sumido en la confusión. Cada quien enganchado a su propia adicción, empezando por la violencia en la vida real o en la ficción. En América siempre hay un majara que dispara para que su nombre salga en los periódicos, dice alguien en uno de esos diálogos en los que las palabras decisivas parecen venir desde lo alto.

En Corre Conejo, la primera novela de la saga, Harry sale un día de su casa a comprar cigarrillos y no regresa. Una repentina fuerza lo empuja a abandonar el hogar conformado por Janice y el pequeño Nelson. Luego de su vuelta en El regreso de Conejo es Janice la que se va en pos de vaya uno a saber qué ilusiones en las que el sexo es apenas un pretexto. En Conejo es rico y Conejo en paz es Nelson quien, al modo de un animal acorralado, huye hacia delante arrasando lo que encuentra a su paso, empezando por sus pequeños hijos. En las novelas de Updike todos huyen, como huimos todos en el mundo del capitalismo tardío.

Ya ni siquiera perseguimos nada. La huida se ha convertido en un fin en sí mismo. Despojados de todo sentido trascendente de la vida olvidamos que hubo un tiempo en que valores tan simples como la compasión constituían el soporte de toda existencia. Es la compasión que Conejo ya no espera. El chico negro con el que jugaba al baloncesto lo ha dejado abandonado luego de   sufrir   un segundo ataque cardiaco mientras intentaba encestar una pelota de baloncesto por primera vez en muchos años. Quizá era el tanto de su vida pero ya no tendrá tiempo de saberlo.

Estamos en las páginas finales de Conejo en Paz. Las viejas calles de Brewer donde nació y creció, donde se ilusionó y perdió la fe son algo cada vez más borroso. Una neblina suspendida   sobre su cuerpo abandonado en el asfalto de la cancha. Como en las viejas sabidurías mayas, la sangre de Harry Amstrong parece haber alcanzado al fin el lugar de su quietud. Una   desastrada cancha de baloncesto en una barriada negra empobrecida. Como una última revelación, una suerte de recompensa divina por la suma de desaciertos que ha sido su vida enhebra una admonición : Ríete de los curas, pero ellos tienen la palabra que necesitamos escuchar, las que han hablado los muertos.

¿Puede alguien   imaginar un final mejor?


PDT les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=A134hShx_gw

 

 

 

martes, 9 de abril de 2024

Palabras al vuelo

 


 




Ya les he contado que me apasiona escuchar las conversaciones de la gente en la calle, en los buses, en los cafés, en las salas de espera de cualquier cosa. Donde quiera que se junten dos seres humanos surge el prodigio verbal y con él, de vez en cuando, alguna cápsula de sabiduría.

Qué le hacemos. Mi oficio me hizo chismoso por definición. Escuchar las conversaciones ajenas equivale a mirar por el ojo de la cerradura: uno puede presenciar un fogoso combate sexual o un crimen inesperado. Depende de la carta que le haya tocado en suerte. Fisgonear es como ponerle un termómetro a la vida bajo la lengua en busca de algún estado febril.

Si, ya sé que los termómetros ahora son digitales y no se ponen bajo la axila o la lengua, pero hay algo de misterioso en esos lugares que hacen válido el uso de la figura.

Pues bien, gracias al auge del vegetarianismo, el veganismo y otras hierbas, escucho cada vez con  más frecuencia la expresión Asesinatos de vacas para referirse a la  bíblica costumbre de alimentarse de bípedos y cuadrúpedos  de la más diversa pelambre. Debe ser por eso que los viejos mataderos municipales cambiaron el nombre por el de Centros de Beneficio Animal, sin detenerse a pensar en el absurdo de llamar así a un lugar donde de todas maneras se despachan vacas, cerdos y otros semovientes con destino a la mesa de sibaritas carnívoros. Supongo que es otro avance en la manía de no llamar las cosas por el nombre.

En todo caso, a ese ritmo sospecho que muy pronto hablaremos de asesinatos de pollos, de patos, de conejos, de cabras, de atunes, de perdices y el catálogo completo de seres vivos incorporados por el Homo Sapiens Sapiens a su cadena alimenticia. No es difícil conjeturar que, a corto plazo, todos moriremos por desnutrición, como si ya no existieran suficientes personas condenadas al hambre en este mundo de abundancia.

San Francisco de Asís, que estaba tocado por la gracia, hablaba de las hermanas aves, las hermanas bestias y los hermanos gusanos. Pero el santo hablaba con Dios y eso lo convirtió en un ser excepcional. Nosotros, pobres mortales, hemos de comer carnes de todo tipo si queremos mantener altas las defensas de nuestro organismo. ¿Cuál será nuestro castigo por ese pecado? ¿A lo mejor cien azotes por cada cincuenta gramos de carne consumida o una dieta de lechuga perpetua por el consumo de una humilde ala de pollo deshidratado?




Los fundamentalismos siempre han funcionado así. No quiero imaginar lo que les sucederá a los ganaderos, avicultores y piscicultores cuando llegue el día del juicio. Me temo que serán equiparados a jefes de campos de concentración nazis y soviéticos, con el correspondiente castigo ejemplar.

En un programa radial, uno de esos “consejeros” o “coach” que se multiplican al ritmo de una plaga bíblica, sentenció que la leche es un líquido maligno, tan letal como el whisky de Kentucky, el mezcal o la chicha fermentada en  el altiplano por nuestros ancestros indígenas.

El fulano no aclaró si ese anatema funciona también para la leche materna, de cabra, de nodriza y otros tantos proveedores milagrosos.

Soy de los que resuelven los asuntos del alma directamente con Dios, de modo que me senté en el banco de un parque a rumiar- y perdón por el vacuno verbo- mis tribulaciones.

La falta de leche en la temprana infancia provoca lesiones cerebrales que determinan un cretinismo de por vida, le escuché decir una vez a ese gran médico y ser humano que fue Héctor Abad Gómez.

¡Carajo!, le reclamé a mi Dios ¿por qué nos has  abandonado? Sin leche ni carne acabaremos con el cerebro achicharrado, como el de un adicto al pegante o al bazuco. Suficiente tenemos con la  televisión y los teléfonos inteligentes. Pero Él siguió sumido en su silencio eterno.




No sé a ustedes, pero se me antoja que a esta cruzada se le fue la mano, como a todas. A este ritmo a la vuelta de unos años hablaremos de pulguicidios, piojicidios, mosquicidios, cucarachicidios y otros crímenes atroces. Para entonces, habremos regresado a los tiempos oscuros. Desnutridos y enclenques sucumbiremos al asedio de toda suerte de plagas, sin necesidad de un regreso al Covid-19, segunda temporada.

Ante ese sombrío panorama, decidí pasar la página y ocuparme de cosas más amables. Por ejemplo, meditar sobre el hondo sentido de la conversación entre dos chicas adolescentes a la entrada de un centro comercial:

Adolescente I:  allí viene el buenón de Ricky,¡ Papacito!

Adolescente II: ese man me encanta ¡lo veo y se me despeluca la cuca!

*Para lectores no colombianos aclaro que la palabra cuca, aparte de aludir a una golosina tradicional, se utiliza para nombrar el órgano sexual femenino… aunque, con la pornográfica costumbre de afeitarse los genitales, sospecho que la expresión de la chica II perdió su exquisito sentido.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=p-T6aaRV9HY

 

martes, 19 de marzo de 2024

Por estas calles: las crónicas del otro Molano

 



¿Qué une los destinos de un músico de Heavy Metal sordo, un peluquero del “Parque de La  Libertad”, un vendedor de discos de  vinilo y un grupo de gaiteros que animan el aire de Pereira con ritmos heredados de viejas sangres africanas?

Responder esa pregunta es el propósito de la selección de textos que, en poco más de un centenar de páginas, nos propone el periodista Franklin Molano Gaona en su libro  Crónicas desde la Querendona, Lugares y voces, publicado en formato digital por la Fundación Universitaria del Área Andina.

Bueno, el subtítulo de Lugares y voces nos da la primera clave. El cronista nos propone un mapa narrado en el que un despliegue de voces y rostros nos permite aproximarnos al palpitante día a día de una ciudad que algunos definen como “diversa y libre” en un intento por aprehender algo del incesante tumulto en el que se mueven quienes la habitan.

Ese tumulto que llevó a Luis Carlos González, poeta oficial de la ciudad, a resumir su esencia en una frase que no tardó en devenir mensaje publicitario: “Querendona, trasnochadora y morena”. Molano se lanza a las calles y recorre sus rincones en un viaje de ida y vuelta del que regresa cargado de imágenes, de voces, de colores, olores y sabores. Con esos ingredientes cuece para el lector una serie de relatos que dan cuenta de lo que han sido los cambios y las constantes de una ciudad agitada por múltiples violencias, por sucesivas corrientes migratorias hacia distintos lugares del mundo y, sobre todo, por su decisión irrevocable de bailar hasta el amanecer como única manera de conjurar el infortunio.




De esos ingredientes tenemos noticias desde los tiempos de la violencia entre liberales y conservadores, del éxodo temprano hacia Estados Unidos y de sitios de baile tan legendarios como el Dancing, precursor de los que décadas más tarde se convertirían en foco de atracción para rumberos de todos los rincones del país.

Si el escritor argentino Tomás Eloy Martínez definió al cronista como “El sismógrafo de una sociedad”, podemos decir que Franklin Molano tiene sus instrumentos bien afinados para captar dónde están las historias y sus protagonistas. Lo sabe cuando acampa en el aeropuerto “Matecaña” para registrar los momentos de nostalgia, de dicha o desasosiego de las familias  empeñadas en recibir o despedir con canciones de Vicente Fernández a sus parientes que viven en el exterior.

Lo sabe muy bien cuando escoge el parque del barrio Providencia para tomarle el pulso a ese lugar que durante muchos años permaneció aislado del centro de Pereira por extensos potreros y permitió, entre otras cosas el surgimiento de la leyenda del “ Papa Negro”, encarnado en la figura del poeta Héctor Éscobar Gutiérrez, muerto en olor de santidad en medio del fervoroso tributo de sus seguidores.

 Sin una buena dosis de poesía, la crónica no pasará de ser simple recuento de datos al modo de un registro notarial. No por casualidad en el texto de entrada aparecen unos versos de Ramón López Velarde, uno de los grandes de la poesía en lengua castellana.  Tampoco es azar que en la crónica   sobre los discos de vinilo sobrevuele la belleza de esas voces y ritmos que entre  la bruma borrosa de las pastas rayadas nos traen noticias de otros tiempos.




Siguiendo el trazado de ese mapa, en las páginas del  libro también hay tiempo para el circo y lo que eso supone como regreso a una parte de nuestra historia personal; para proyectos culturales  como “La Cuadra” que dejaron su impronta en la reciente historia de Pereira; para un tributo  a la memoria del poeta Giovanny Gómez; para una inmersión en el frenesí de las personas que en el ajetreo del mediodía se ganan la  vida entregando almuerzos a domicilio y para un viaje al fondo de los claroscuros del "Parque de La Libertad" durante una jornada completa.

“Por estas calles la compasión ya no aparece/ y la piedad hace rato que se fue de viaje”, canta el músico venezolano Yordano  en una de sus tonadas más conocidas. Sin embargo, compasión es lo que le sobra  al cronista Franklin Molano. Compasión para meterse en la piel de  los otros y  para regresar a contarnos lo irrepetible de su aventura vital.


PDT. les comparo enlace a la band sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=Am3oIVMcJ_Q

 

viernes, 1 de marzo de 2024

Ay, Hamlet

 



Hace más de medio siglo la rubia Lida, mi profesora de inglés en el bachillerato, nos repetía una y otra vez que si no entendíamos a la perfección el sentido del verbo ser o estar, jamás aprenderíamos a cabalidad el idioma. Acto seguido escribía en el tablero con viejas tizas de cal las dos palabras que nos abrirían de par en par las puertas del reino.

Pero era inútil: enloquecidos por la testosterona, sus imberbes estudiantes sólo teníamos atención para el contoneo de sus caderas mientras escribía con letras mayúsculas: TO BE, TO BE, TO BE…

De modo que me perdí la primera oportunidad de meterme como quien dice en el terreno de la que después se convertiría en una de mis obsesiones: el lenguaje como dimensión del ser, como aquello que nos permite ex-presarnos, salir del ensimismamiento del cascarón y entrar por fin en diálogo con el mundo.

Sospecho que, en últimas, Lida tampoco entendía el porqué, pero repetía lo leído en el manual escolar con una insistencia que la volvía convincente.  De modo que, cuando a la vuelta de unos años me encontré de frente en una sala de teatro con el príncipe Hamlet en persona, empecé a sospechar no sólo que algo olía mal en Dinamarca, sino que un asunto todavía más complejo se cocinaba tras bambalinas.  Por lo visto, esas dos palabras en apariencia tan simples se guardaban su as bajo la manga.

El misterio apenas empezaba. Un día aprendí que el castellano es el único idioma conocido en el que se emplean dos palabras para marcar una diferencia clave entre ser y estar.  Me demoré otro tanto para entender que eso supone una sutileza filosófica de proporciones mayúsculas. ¿Por qué una lengua específica experimentó esa necesidad y las otras no?




La mayoría de los idiomas parecen haber encontrado las síntesis, el punto de convergencia en el que las nociones de espacio- tiempo se cruzan, se coagulan y se hacen una. Estar en el espacio equivale a ser y devenir implica estar en algún lado. Así, para Hamlet, el problema no consiste en estar o no estar. Eso es algo que se da por hecho. El problema para él es de otra índole y por eso interpela a su propia legión de sombras, de recuerdos, de fantasmas, o como ustedes prefieran llamarlos.

Para quienes intentamos expresarnos en castellano la encrucijada se multiplica como en un juego de espejos enfrentados: ¿es posible ser sin estar o, estando, podemos no ser?  Un intento de respuesta a la pregunta convoca a la historia, a la ciencia, a la filología, a la filosofía y a todos los campos del saber, en tanto ese espejo presenta grietas y por lo tanto distorsiona la información: los cuerpos y las ideas reflejados nunca son confiables del todo.

Vuelvo a las clases de Lida que, para acabar de completar, era rubia teñida, lo que la acercaba a las mujeres que aparecían en las páginas a color de la revista Sueca, nuestro principal medio de educación sexual para esa época sin internet.

Siempre sin salirse de la cartilla, nuestra profesora explicaba que sin el To be sería inútil   todo intento de aproximación al to live , al to play, y enseguida enhebraba una lista infinita: to Kiss, to work, to drink, to run, to dance, to eat , to fly, to walk. Un día cruzamos el umbral del decoro y añadimos a hurtadillas el to fuck, que nos acarreó la   expulsión de clases durante una semana.




Procacidades aparte, lo que el manual pretendía explicarnos era diáfano en su funcionalidad: sin el ser es imposible vivir, es decir, estar. Más elemental todavía: sin jugador no hay juego. Una obviedad, dirán ustedes. Pero llegar hasta allí les ha costado a los filósofos - y por lo tanto a la humanidad-  siglos y más siglos de un recorrido que no acabará nunca, porque en la naturaleza del misterio estará siempre el remitir a otros misterios. Si su claridad, precisión y concisión hoy nos resultan obvios es porque no hemos tenido que hacer el esfuerzo de alcanzarlas. Por lo demás, lo mismo sucede con todas las proezas del pensamiento y de la ciencia. Cuando en condición de consumidores procedemos a un uso rutinario y a menudo desganado de alguno de los muchos avances tecnológicos puestos en nuestras manos, hacemos tabla rasa de todos los esfuerzos que supuso ponerlos a nuestra disposición.

En el principio era el Verbo, reza la primera frase del libro del Génesis, el texto fundacional en la tradición judeo- cristiana. El Verbo, la potencia, el principio vital del lenguaje que nos lanza hacia el mundo y nos permite pasar del yo al nosotros, del aislamiento a la comunión. Con seguridad, Lida tampoco era consciente de la poderosa conexión entre esa frase y su tozudo empeño en que hiciéramos nuestra la esencia del To be. ¡Ay Lida! ¡Ay Hamlet!


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=G1cJixPCcNY

 

 

miércoles, 14 de febrero de 2024

La gran ilusión

 



“Menos Whatsapp y más historias”, esta frase afortunada dirigida por el periodista Franklin Molano a sus colegas y a sus jóvenes estudiantes debería constituir un mandato para todos los seres humanos de este tiempo, abismados como andamos en el consumo enloquecido de información, no ya como una   ayuda para comprender la sociedad y tratar de intervenir en ella, sino como un fin en sí misma. En la era del consumo compulsivo, devorar y derrochar información se convirtió en otra manera de competir por un lugar en el mundo.

El célebre derecho del ciudadano a “estar bien informado” perdió así su sentido original para devenir reacción impulsiva ante la sensación de quedarse por fuera de algo muy importante sino se está conectado las veinticuatro horas del día- y unos minutos más- a la máquina proveedora de datos.

Para la muestra, tengo un vecino, profesor de alguna cosa en una Institución Educativa, que va por  el mundo dictando sentencia sobre cuanta cosa pasa en todos los rincones de la tierra. Las medidas de Milei en Argentina, las peleas de Petro en Colombia, el regreso de Trump en Estados Unidos, la tragedia de Gaza, el estado de la economía china, los incendios forestales en Chile, el reinado de Bukele en El Salvador, los juegos geopolíticos de los poderosos con los dramas de Ucrania y el Medio Oriente, los huracanes en el Caribe… y mejor paremos porque la cadena no acaba nunca. Esa es una de sus características: en el mundo de hoy la información es una bestia que se alimenta de sí misma, como la serpiente que se muerde la cola de los cabalistas.




¿De dónde le viene el convencimiento a nuestro profesor? Él mismo lo explica: “En el mundo de hoy el que no está bien informado no puede ser competitivo. Y no está bien informado quien se desconecta de los acontecimientos”. Ahora entiendo por qué el tipo va todo el tiempo con unos enormes audífonos como orejas sustitutas que hace tiempo pasaron a hacer parte de su anatomía. Sospecho que no se los quita para dormir, ni para tomar un baño, ni para los juegos del sexo… si todavía le queda algún resquicio para esos menesteres tan poco elevados.

Eso sí, tenga usted cuidado de no indagar acerca de  su nivel de comprensión sobre los tan mentados “ acontecimientos” porque- en otra reacción instintiva-, se sacará de la manga una respuesta multiusos: “en RCN , en Caracol,  en CNN, en Fox News  o en las redes sociales  lo dijeron”. De  modo que los mencionados medios son su autoridad, su escriba, su gurú.

Y aquí reside una de las claves del problema. Por lo menos en otros tiempos había un solo gurú, un escriba, una autoridad. La gente les obedecía o se rebelaba y trataba de encontrar su camino, con alto riesgo de ser condenada a la hoguera. Pero hoy son legión, como los demonios del Nuevo Testamento.

Así pues, la única defensa frente a esa amenaza es el criterio. El acopio de elementos de juicio que permitan aproximarse al cada día con una mirada propia capaz de descorrer el velo de la confusión. Ahí está el gran desafío. Para hacerse con la herramienta se necesita tiempo, pausa, lentitud y eso  es lo que el sistema no permite, porque a lo largo de los tiempos cuando la gente se pone a pensar suele volverse peligrosa y adquiere la grosera costumbre de formular preguntas incómodas para los poderosos.




La adquisición de ese criterio implica en sí misma una lucha contra la alienación propia y ajena. En el siglo XIX Karl Marx profundizó en ese concepto y nos mostró un individuo despojado de sí mismo, obligado a luchar por objetivos que no son los suyos y, por lo tanto, deshumanizado, convertido en cosa, en mercancía. Corrida la segunda década del siglo XXI ya ni siquiera somos eso. La máquina productora de información nos convirtió en cifra, en pura abstracción ¿Se han fijado en esos recuadros de los noticieros de televisión, que al lado de imágenes de muertos y heridos- otra forma de banalizar las tragedias- nos ofrecen números a modo de respaldo, en un recurso que le da una vez más la razón a Hannah Arendt cuando formuló su advertencia sobre “La banalidad del mal”?

De ahí la validez de la frase del periodista Molano. Menos Whatsapp implica tomar distancia para emprender la reflexión. Y más historias nos devuelven a la calle, al barrio, a la esquina, a la cancha de fútbol, a la iglesia, al café, al parque, a la tienda. En suma, a los lugares de encuentro donde el rostro de los otros cobra plenitud en el cotilleo, en el apunte humorístico, en la mamadera de gallo, en la capacidad para burlarse del propio infortunio.

Vale la pena intentarlo. Por ese camino, a lo mejor el consumidor pasivo  de información vuelva a ser sujeto dueño de sí mismo, actor  de su propia vida y  no mera comparsa  en la gran ilusión  de participación aupada por la industria del espectáculo,  ese negocio colosal  del que las noticias que tanto excitan  a nuestro profesor de instituto son apenas otro insumo.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=aIuCdQtNBgg