jueves, 9 de abril de 2015

Thomas Adams y los semáforos





 Mi amigo Jorge Alberto Marín, quien no por nada es un experto  en mercadeo y publicidad, me formuló la pregunta  a quemarropa a la hora del desayuno: ¿Qué pasaría con las políticas de mercadeo  de las fábricas de chicles si un día prohíben  las ventas de sus productos en los semáforos?  Aunque  la posibilidad es remota, dada nuestra vocación secular  de productores de pobres, pensé que la primera consecuencia será el incremento de las cifras de desempleo en las estadísticas oficiales: bien sabemos que a los rebuscadores no los cuentan  como desempleados, entre otras razones por el impacto político que  el aumento o la disminución de esos indicadores suele tener.
Quizá inspirada en algunos personajes de   La guerra de las galaxias, la jerga  administrativa versión siglo XXI llama  “Fuerza de ventas” a  los viejos vendedores de siempre. Con ello se  sugiere  que se va a un combate con los competidores, el mercado y con la resistencia de los clientes. “Que la fuerza te acompañe”, supongo que les dicen los capitanes de empresa a sus escuadrones  cuando salen a tomarse el mundo.


Picado por la curiosidad , me paré  entre las doce del mediodía y la una y treinta de la tarde e en uno de los cruces  viales más congestionados de Pereira: el  semáforo de la carrera octava con  calle catorce. Me acompañaba un grupo de estudiantes universitarios.
Aparte de un enjambre  de motociclistas enloquecidos y de conductores ansiosos, contamos ocho personas entre los cinco y los setenta años ocupadas en las siguientes tareas: una anciana mendigaba monedas,  un tipo adulto limpiaba parabrisas, un travesti entrado en la treintena ofrecía sus servicios, un hombre ciego entonaba en una  armónica melodías destempladas. Van cuatro. La otra mitad de la fuerza de ventas, compuesta en su totalidad por chicos  menores de edad  ofrecía cajas pequeñas de dos chicles a  cien pesos cada una. Como teníamos un objetivo preciso nos concentramos en este último nicho de negocio y  escribimos en nuestras libretas cuatro  nombres imaginados. Perezoso como soy, apelé a los nombres bíblicos y  sugerí  trazar a la derecha de cada uno una raya corta por cada   caja de chicles vendida.


Al llegar a casa me dediqué a la tarea de sumarlas y me encontré con unas cifras que, en principio le dan la razón a Jorge Alberto. No sobra aclarar que anotábamos solo las que alcanzábamos a cubrir con un golpe de vista.
Juan sumaba treinta rayas a la una y media de la tarde.
Pedro acumulaba cuarenta y siete.
Pablo lo superaba por una raya.
Y  Marcos le ganó  al anterior por una cabeza: cincuenta rayas.
Ciento setenta y cinco rayas en hora y media en  un solo semáforo. Nada despreciable para un negocio informal.
De repente sentí vértigo: pensé en miles de semáforos instalados en decenas de ciudades del tercer mundo. Imaginé cientos de miles de conductores  adictos a la goma de mascar. Supuse legiones enteras de muchachos  empecinados en sacarle  unas monedas a esa adicción.

                                                                    Thomas Adams

Como sucede con casi todo en este mundo, la respuesta  solo podía ser política: no solo a los aspirantes  a gobernar republiquetas tropicales les conviene mantener a millones en la pobreza. Abrumado por las cifras evoqué la figura de  Thomas Adams y su hijo. El viejo es reconocido por ser el creador del chewing  gum. En su momento fue secretario personal del dictador mexicano Antonio López de Santa Anna. Quizás  mirando  cómo su jefe amortiguaba los remordimientos de conciencia masticando cualquier cosa blanda  que tuviera a la mano, imaginó el paraíso como una miríada de cuadritos de goma  saborizados y cientos de semáforos diseminados por el planeta para ponerlos en venta. Quién sabe.

martes, 31 de marzo de 2015

Los trabajos de Hércules




El relato clásico nos cuenta que Heracles, hijo de Zeus y Alcmane, en un rapto de locura provocado por la diosa Hera mató  a su mujer, sus hijos y dos de sus sobrinos. A modo de expiación debió someterse a doce trabajos impuestos por Euristeo, usurpador de su legítimo derecho al trono.
Entre esos trabajos se  encontraban: matar al León de Nemea; liquidar a la Hidra de Lerna; robar las yeguas de Diomedes; capturar a  Cerbero y sacarlo de los infiernos y robar las manzanas del Jardín  de las  Hespérides. Como pueden ver, no era un asunto de poca monta.
Pero el periplo del héroe no obedecía  solo al acatamiento de un castigo: era ante todo un viaje iniciático cuya recompensa era el conocimiento de sí mismo y de los misterios del  mundo. Desde entonces el concepto de aventura estuvo ligado al descubrimiento del universo y sus leyes secretas.


Huérfano  de cualquier  aliento heroico, nuestro tiempo no tiene una salida distinta al remedo, la caricatura. Con su capacidad de reducirlo todo, desde lo más terrible a lo más sublime, a mero espectáculo, inventó los reality shows, una  manera patética de  remedar valentía ante millones de espectadores hastiados pero  a la vez incapaces de despegar su mirada de la pantalla: si apagaran el aparato , todo consuelo se desvanecería en el acto. No importa si saben que los figurantes- algunos famosos y otros anónimos- van  sobre seguro, como esos turistas que  viajan hacia tierras lejanas  tratando de parecerse a viejos exploradores, pero  amparados por toda clase de pólizas.
Pero a veces la seguridad  tiene que fallar  para abrirle paso a la incertidumbre. De lo contrario, la vida superaría los límites de lo insoportable. Y entonces suceden cosas como las acaecidas en La Rioja, Argentina, el   nueve de marzo de 2015.


Como olvidamos rápido, recordemos lo esencial: durante la filmación de un episodio del reality Dropped, dos  helicópteros colisionaron , causando la muerte, entre otras personas, de la ex navegadora Florence Arthaud, la nadadora  Camille  Muffat, medalla de oro en los juegos olímpicos de Londres 2012 y el boxeador Alexis Vastine, bronce en los olímpicos de Pekín 2008. Todos de nacionalidad francesa.  Se trata de un programa de televisión el que  los integrantes de dos equipos son arrojados en paracaídas sobre algunos terrenos inhóspitos, donde  tienen la obligación de “Luchar por la supervivencia”, según reza el mensaje publicitario del programa.
La tragedia irrumpió , pues, en el corazón mismo de la banalidad  ¿O qué son, si no, esos tributos al vacío en los que se invierten millones para poner en escena heroísmos en los que  nada , salvo la propia estulticia, se pone en juego? Solo que la vida suele sacarse su dosis de humor negro y  de vez en cuando   gusta de jugar al azar. Vi la perplejidad pintada en el rostro de unos vecinos adictos a ese tipo de programas. Por lo visto y escuchado,  no discernían muy bien  si el desastre era real o formaba parte del espectáculo ¿Acaso no se llaman esos programas reality shows? Al menor descuido, el lenguaje se vuelve problemático.


Alienados  hasta  el tuétano por la publicidad, el mercadeo y el consumo compulsivo, los habitantes del siglo  XXI parecen necesitar cada vez más de dosis mayores de adrenalina para sentirse vivos. De ahí  lo atractivos  que  resultan los  llamados deportes extremos, tanto para quienes los practican como para quienes los ven arrojarse  al vacío  o estrellarse en una motocicleta, sentados frente a la pantalla del televisor con una bebida energizante en la mano.
Según el mito, a su regreso  Hercacles- o Hércules-  debía traer las pruebas de sus  hazañas. La  piel del León  de  Nemea fue una de ellas.  En  su defecto, las víctimas del accidente en  La Rioja dejaron  la propia piel en una puesta en escena inútil, sin sentido, como tantas de las cosas que caracterizan a un mundo  asaltado por el hartazgo y abandonado por la poesía.

jueves, 26 de marzo de 2015

Alquimia de los espejos




 Volta, una suerte de guía espiritual anclado entre  la sicodelia, el budismo zen y los residuos de la sociedad posindustrial,  ha sido asignado por la Sociedad secreta conocida como AMO para iniciar  a Daniel Pearse en  el arte de volverse invisible. El  propósito es robar  el Diamante apenas entrevisto en sueños y encriptado en lo profundo de una montaña custodiada por los cuerpos de élite del gobierno de los Estados Unidos de América. El muchacho nació en 1966 y su madre Annalee,  habituada a cambiar de compañero de  cama entre una noche y otra, no puede darle  la menor pista acerca de quién es su padre. De entrada asistimos pues a  la clásica pregunta por la identidad personal.
Los métodos utilizados  para alcanzar la invisibilidad son tan diversos como peligrosos: la exposición a fieras sangrientas en bosques solitarios, las armas de fuego,  milenarios ritos chamánicos , sustracción de  Plutonio  de un laboratorio y   explosivos cócteles de LSD  , entre  otros productos de un amplio catálogo.


Esas son las puntas de la madeja de Stone Junction, la novela de Jim Dodge, traducida  al español con el subtítulo de Una   epopeya alquímica. Cuando uno tira de alguna de esas puntas, se despliega ante su  mirada la  vasta amalgama de los antiguos viajes iniciáticos  que son a la vez los del descubrimiento del mundo y por lo tanto de los más recónditos pliegues del propio ser. Allí encontramos entonces la dolorosa partida de casa,  las pruebas tortuosas, el descenso a las tinieblas, los combates con los guardianes del  Gran Secreto, que en este caso son las huestes infernales de la CIA, los  avistamientos de la  locura  y el regreso ascencional hacia la lucidez y el conocimiento. “No se trata de atravesar el río, sino de conseguir que el río lo atraviese  a uno”, reza de una de las muchas sentencias que  sostienen esta novela de quinientas treinta  y siete páginas, que no por  casualidad está precedida   de un  prólogo de Thomas Pynchon, ese viejo experto en incursiones  al mundo desquiciado que es en últimas la auténtica cara del sueño americano.


 Porque  Stone Junction  no es un simple divertimento  escrito en clave lisérgica y ocultista. En realidad es  un puñetazo feroz asestado en la mandíbula de la sociedad de  su país, fundada en falacias como  la defensa de la democracia y las oportunidades para todos,  superstición que se desploma  cuando una mente  atenta empieza a  formular preguntas incómodas.
Para probar lo anterior  basta la reflexión de uno de los protagonistas: “Un gobierno nacional ya es bastante malo; pero esta administración es la mayor  colección de canallas y subnormales  de la  historia reciente, y tal vez de toda la historia”. La invectiva puede estar dirigida contra Richard Nixon, Bill Clinton  o  Barack Obama. Al  final da lo mismo.
En el universo  forjado por Dodge, los caminos  del conocimiento personal  conducen así  a la  claridad política, en una sociedad   invadida hasta los huesos por el evangelio del capitalismo.  “No se trata de  poseer el Diamante sino de verlo: allí radica la diferencia entre la codicia y la sabiduría”, nos dice  el narrador en una de  las fases de su viaje al fondo del misterio.


Es  allí donde cobran dimensión esos dos símbolos tan caros a la filosofía,  el mito, la literatura, el rito y las teogonías: el espejo y la alquimia. En el fondo de azogue del primero nos buscamos y en el matraz de la segunda intentamos transmutarnos. Búsqueda y transformación son los catalizadores  de esta historia que nos empuja a través de aguas turbulentas hacia  una orilla en la que no hay respuestas: solo un montón de preguntas para  reiniciar el tránsito, como corresponde  a  todo  camino de conocimiento digno de ese nombre.
“Si lo imposible tuviese sentido, no sería imposible”, le espeta  Volta a Daniel en momentos de duda  y desaliento. Acto seguido lo inmoviliza con doble estocada:“Hemos nacido para sorprendernos”. “ Cuando necesitas tener esperanzas, tienes motivos para preocuparte”.


Al final, casi sin aliento, asistimos como testigos  necesarios a un diálogo entre los protagonistas, que bien podría ser el comienzo de otra historia.  “Yo no creo en fantasmas” le dice  Daniel Pearse,  desafiante,  a su guía Volta.  Este le replica entonces, sereno y lapidario: “Eso no me lo digas a mí: díselo a  tu fantasma”.

PDTA :  aquí va el enlace a la banda sonora de esta entrada