jueves, 22 de octubre de 2015

Lugares comunes




Ustedes dispensarán, pero el domingo 25 de octubre es día de elecciones para gobiernos locales y regionales  en Colombia, y no tengo más remedio que apelar a una suma de  lugares comunes.
El primero de ellos dice que debo salir a votar. En caso contrario, no tendré derecho alguno a reclamar por la mala gestión del  gobernante elegido. Palabras más, palabras menos, estamos ante  algo así como una suerte de democracia extorsiva: si voto, me joden. Si  no lo hago, peor.
De modo que me echo  a la calle con el fin de analizar la oferta. Como abundan los candidatos, me detengo  frente a la fachada de un directorio político.  Veo que una señora mal encarada, de apellido López, aspira a ser comunera por  el Partido Liberal. Hasta allí todo normal, pero continúo la lectura  y descubro que la dama apoya para la alcaldía de Pereira al Partido de la U. Para la gobernación al aspirante Conservador.  Para  el Concejo a un militante de Cambio de Radical y para la Asamblea a uno que dice ser independiente.


Siento vértigo: ¿Qué  significará para esta  señora ser liberal?
Cuando la  encuentro y se lo pregunto, me invade el estupor.  “Ser liberal es pertenecer al Partido Liberal” me responde. Ante el tamaño de la perogrullada- o del cinismo- sigo mi recorrido y encuentro que Juan Manuel Arango, un exalcalde  que   hace cuatro años acusó a sus contrincantes de fraude, ahora  está alineado en las filas de estos últimos.
¿Qué carajos significa esto?, le  pregunto a mi madre, que me acompaña en el  recorrido.
“Es la política, mijo” responde mi vieja, lapidaria, y me deja sin palabras.
Confundido, trato de fijarme en los mensajes de los candidatos.
Juan Pablo Gallo, aspirante a la alcaldía habla de cambio. No sé cómo va a conseguirlo con los aliados  que tiene: la familia Gaviria Trujillo y media de  docena de políticos, cuál de todos más cuestionado.


En el otro frente encuentro a Israel Londoño, un exalcalde que habla de experiencia transformadora y llega a la jornada respaldado  por un  cacique en decadencia.
El otro candidato es un taxista proclive al uso de palabrotas en sus intervenciones públicas.
Por  el lado de la gobernación  las cosas no mejoran: cambio, transparencia, honestidad, repiten los mensajes,  en una cantilena gastada. Puras abstracciones y nada concreto.
 Llego entonces al segundo lugar común: el erario es un botín y los políticos intentan entrar a saco en él. Por eso abundan  los candidatos. Lejos de ser el proyecto de sociedad en movimiento de que hablara una vez el dirigente Darío Echandía, los partidos son hoy poco menos que trampolines.  Se arman y desarman dependiendo de las circunstancias: tercer lugar común.
Con ese panorama,  creo que prefiero quedarme en casa leyendo.


Pero temo ser tachado de mal ciudadano y peor demócrata.  Confundido, decido entonces que votaré por el taxista. Al  menos tiene algo concreto: un taxi y propone un asunto no menos útil: llevar  a los pasajeros a su lugar de destino.  Nos vemos el próximo domingo.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:


jueves, 15 de octubre de 2015

Los hijos de Saturno




 La  entrega del premio Nobel de literatura  a la periodista bielorrusa Svetlana Alexievich ha reanimado  el debate sobre las relaciones, para algunos incestuosas,  entre periodismo  y literatura. De un lado se ubican quienes sostienen que los dos mundos no tienen relación  alguna y rechazan las metáforas y otros recursos estilísticos como meras florituras. Del otro se sitúan los que conciben el periodismo como otra forma de contar historias, y por lo tanto celebran la existencia de esa criatura híbrida que se nutre a  partes iguales del documento, la fuente, el ensayo, la poesía y la narrativa en todas sus  expresiones.
Como un aporte  a la  reflexión, comparto con ustedes el siguiente texto.

                                              Svetlana Alexievich

Un célebre cuadro de don Francisco de Goya nos muestra  a Saturno (el equivalente romano de la divinidad griega Cronos, que  maneja los hilos del tiempo) dedicado a la tarea interminable  de devorar  uno a uno a sus hijos, que son los días, y con ellos al destino de los  hombres.
 A esa imagen del hombre sometido al poder  de la divinidad, los poetas de todos los tiempos  han intentado   oponerse con el sortilegio de las palabras que en todas las cosmovisiones son elemento fundacional, en la medida en que los seres y las cosas existen a partir del momento en que son nombrados. En ese sentido, uno no puede menos que admirar la obstinación de los habitantes de Macondo, entregados a la paciente tarea de rotular las cosas con su nombre y sus usos, como una manera de no sucumbir a la peste del insomnio, una de cuyas manifestaciones es el olvido.

En los albores de la  literatura (¿O del periodismo?) el viejo Homero, ciego y memorioso, se  consagra al trabajo de tejer una minuciosa red o si se quiere, de  ensayar un  fresco en el  cual quedarán consignados los pasos de la criatura  humana sobre la tierra. Dioses y demonios, príncipes y guerreros, adivinos y rapsodas, amantes y criminales nos hablan de los momentos  primordiales de unos seres en cuya sangre ya  alentaban los temores, las pasiones, la ambición y la grandeza, que son la sustancia con la cual los humanos  amasan su destino. En esa medida el poeta  griego, o quienes se ocultaron detrás de  su nombre, lo que hacen en últimas es  trenzar un detallado relato personificado de las fuerzas que muchos siglos después siguen gobernando las acciones humanas.


  Más allá de lo que sus relatos tengan para decirles a los estudiosos del mito, de la religión o la sicología, la saga de Heracles y Leda, de Jasón y Ulises,  de Helena y los Argonautas, es un auténtico   Hilo de Ariadna  que nos  ayuda por igual a interrogar los oráculos de la historia y a desentrañar las claves de ese laberinto que es el propio corazón.

 Más adelante, el mundo  será testigo de la irrupción de unos hombres que  dedican su vida a  una lucha tenaz y acaso inútil contra el olvido, pero que en todo caso intentarán apropiarse de las palabras, de lo más sutil y certero de su condición, para relatarles a sus contemporáneos y legarles a los hombres por venir, la esencia  misma de la materia con la que se construye la historia. Ellos nos  describirán los trabajos y los días, las obras, los milagros y los horrores que son el rastro dejado por los hijos de los dioses en su afán de hacerse un lugar en el mundo. Por ellos nos enteramos de los sueños de  hombres que una vez quisieron elevar una torre que llegara hasta el cielo para mirar por fin de frente el insondable rostro de Dios. De su puño y letra supimos de las intuiciones de un ser mitad mito y mitad hombre, autor de una suerte de código ético que al juntarse   con las leyendas del Asia Menor y más tarde con la filosofía griega dio lugar a  una de las grandes religiones de  la historia. Gracias a sus palabras  fuimos testigos del asombro y del terror mutuos que experimentaron los hombres de Hernán Cortés y del emperador azteca cuando una mañana remota se asomaron al abismo de sus mundos desconocidos.

 
 Una irreprimible inclinación hacia la taxonomía  llevó a que los expertos en historia o en literatura, los clasificaran un día bajo la etiqueta de  Cronistas,  es decir, en un sentido literal, los que toman nota de lo que acontece en el tiempo, aunque sería mejor decir que los cronistas son los que recogen las briznas de lo que deja el tiempo en su ir y venir sin tregua ni remedio.

La   literalidad de esa acepción pasa  por encima del hecho, constatado tantas veces, de que el cronista dista mucho de ser un notario, un amanuense que registra los asuntos de la existencia en una especie de debe y haber, aunque  ese fue el papel que  les adjudicó durante mucho tiempo  la soberbia de los poderosos: al  debe  iban a parar los sueños,  los dioses, así como las pequeñas y grandes obras de los derrotados, mientras en el haber quedaban registradas las propias hazañas. No por casualidad los cronistas formaban parte del equipo de  viaje de los conquistadores. Sin esa figura era  casi seguro que las gestas – las reales   y las inventadas-  fueran presa fácil de esa peste del olvido que es una de las  señas de identidad de la condición humana.



La lista se hace  extensa. De Flavio Josefo a Heródoto. De Marco Polo a Antonio Pigafetta. De los juglares medievales a los cronistas de Indias, todos ellos se convierten en fuente necesaria e ineludible, cuando  el historiador deja de ser un aficionado, un relator más o menos espontáneo y se convierte en un profesional. ¿Cómo si no, podríamos entender el complejo universo social, económico, político y cultural en  el que  tuvo que adentrarse Marco Polo hasta llegar a los confines de la ruta de la seda? ¿De qué  otra manera podríamos  aproximarnos a las turbulentas empresas que acometía el  Imperio Romano en el momento de la irrupción del cristianismo? ¿Con qué herramientas  habríamos de asomarnos a lo que fue la llegada de los europeos a América, si los cronistas  no hubieran descrito al detalle  la esencia de instituciones tan contradictorias como la encomienda y la inquisición?

 Tenemos entonces que la crónica no es sólo un regodearse en el relato como un fin en si mismo. Es, sobre todo, la posibilidad de comprender el mundo. Y sólo comprendiendo la naturaleza de ese   universo en el que  le ha sido dado en suerte vivir, puede el ser humano emprender alguna clase de transformación, así en lo individual, como en lo colectivo. Recordemos, de pasada, que fue por los relatos de los periodistas enviados a cubrir la guerra de Vietnam  como los ciudadanos norteamericanos tuvieron noción del genocidio que se estaba perpetrando, ayer igual que hoy,  en nombre de la democracia y de la libertad. Fue gracias al testimonio de un hombre de la dimensión del escritor y periodista polaco Riczard Kapuscinski, como los habitantes del mundo nos acercamos al carácter demencial y sanguinario de las fuerzas políticas  y financieras que se disputaban el botín en el África post colonial. Más cercanos en el espacio y en el tiempo,  autores Alfredo Molano,  Germán Castro Caicedo, Juan José Hoyos, Alberto Salcedo Ramos, Carlos Sánchez Ocampo o Juanita León han hecho de sus relatos una puerta de entrada a ese universo   doloroso y  admirable a la vez  que es el otro rostro de una Colombia que no aparece  nunca en los medios de comunicación, a no ser para  caricaturizarla en los realities o  distorsionarla en los titulares de los noticieros.

                                               Alfredo Molano
 
 Si la crónica pretende  ayudarnos a comprender y comprendernos, es evidente que no puede ser mero dato. Fría estadística. Registro monográfico de la realidad. Inventario de próceres. Contabilidad de víctimas y victimarios. Tiene además, la obligación de conducirnos de alguna manera  a lo más esencial de esos seres de carne y hueso que  hacen la Historia. En esa tarea, además de  todas las disciplinas que se ocupan de los diferentes aspectos  que afectan a la sociedad y los individuos, este género que gravitó  durante años entre la historia y el periodismo, encontró en el camino un aliado que  habría de conducirlo hacia territorios no imaginados: La literatura. Con sus técnicas narrativas, su manejo del lenguaje,  su  aptitud para crear personajes  y ante todo con la intuición poética, los diversos géneros literarios,  vale decir, la novela, el cuento, la poesía y a veces el ensayo, entraron a formar parte de una manera de contar el mundo que, sin perder de vista el hecho de  que tenía que vérselas con acontecimientos reales- con todas las dudas y ambigüedades que pueda acarrear esa expresión-   supo entender   que toda mirada perdurable del mundo debe estar soportada en un acto de creación. Es allí, en ese espacio de conjunción donde aparece un género que algunos se apresuraron a bautizar con el nombre de “Nuevo Periodismo” y otros, más osados, no dudaron en llamar “Periodismo Literario”. La  definición de caracteres, la descripción de atmósferas, los  saltos en el tiempo, los datos  prestados de otros campos del saber, serán puestos al servicio  de un intento por  ahondar en las fuerzas y misterios que gravitan sobre lo que es, para muchos, el resumen del proyecto de civilización : la ciudad moderna con sus  conflictos de intereses, con sus prodigios tecnológicos, la rapidez de las comunicaciones,  sus ofertas de bienestar sin límites, pero también con su irremediable dosis de indolencia, de competencia feroz, de soledad y de miserias sin cuento.


Vistas así las cosas no es casual que el siglo XX  sea a la vez el de la consolidación de esas megalópolis admirables y terribles intuidas por Fritz Lang en su película  Metrópolis y el del renacimiento de  un género capaz a la vez de resumir los elementos básicos del recuento histórico  y de indagar en la naturaleza y los móviles de sus protagonistas. Un género que con Gay Talese nos permite asomarnos al alma de esos seres atrapados en el vértigo de una obsesión urbanizadora que el pensador Marshall Berman fustigó una y otra vez en sus ensayos. O que en la palabra de Alma Guillermoprieto nos dejó ver, como al descuido, el infranqueable abismo que separa a Latinoamérica de los paraísos del consumo, todo ello contado desde el corazón de los pepenadores de Ciudad de México, los brujos de Rio de Janeiro o los sicarios colombianos.


  
En esa misma dirección, y aproximándonos al  caso nacional, son las voces de nuestros mejores cronistas la que nos han  mostrado la posibilidad siempre revalidada de mirarnos de otra manera  en el espejo de nuestras dichas y desventuras. En las esperanzas aplazadas de los desplazados del campo a la ciudad. En las glorias inciertas de nuestros deportistas. En la desfachatez e impudicia de los gobernantes, en el juego de abalorios de las estrellas del espectáculo y en la  inalcanzable burbuja del consumo que titila como una estrella de mentiras sobre las cabezas de los excluidos. También están, por supuesto, las historias que nos hablan de nuestra capacidad inagotable para afrontar el infortunio. De los sueños pequeños pero inapelables del tendero de la esquina. De los miedos y fantasías de la modista. De la capacidad renovada de la vida  para ganarle el pulso a la muerte. Porque ellos, los cronistas de ayer y de hoy, de vez en cuando dan en el clavo y armados del poder vivificante de las palabras encuentran la manera de hacerles  pistola a los  dioses y se van por el  atajo donde todavía es posible impedir que Saturno  se regodee devorando a sus hijos. 

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.
https://www.youtube.com/watch?v=ZY0vaMugAOM 

jueves, 8 de octubre de 2015

El testigo





Qué cosas no habrá visto el Bolívar desnudo de Pereira. Instalado en su pedestal y cagado a perpetuidad por las palomas, lleva medio siglo viendo pasar el mundo con su carga de prodigios y miserias.
Si es cierta la creencia aquella de que por cada fotografía que le tomen un hombre pierde parte de su alma, la  de este Bolívar al galope debe ser inconmensurable. He visto gringos, españoles, chinos, escoceses, australianos, ingleses, coreanos, nigerianos, argentinos, mexicanos, uruguayos, y colombianos de todas las regiones tomándose instantáneas frente a la estatua del prócer, como testimonio de su paso apresurado por estas tierras. Los turistas son así: coleccionan fragmentos de eternidad, de los que se olvidan una vez regresan a casa.


En tiempos de las viejas cámaras de rollo, un enjambre de fotógrafos se ganaba la vida en esta plaza registrando imágenes de niños recién bautizados, estudiantes acabados de graduar, emigrantes retornados y amantes recién enamorados o en trance de estarlo.  Durante al menos tres décadas un hombre llamado Lorenzo tomaba fotografías, mientras su loro del mismo nombre sacaba de una urna de cartón los papelitos de la suerte. “Lo espera una rubia en su camino”, rezaba el mío, lo que no era gran cosa: más o menos a todo varón heterosexual lo aguarda una rubia  en el camino, aunque al final resulte estar  teñida hasta el último pelo. 


Hoy, una suerte de demencia anida en los ojos de bronce de este Bolívar tan nuestro. Sospecho que esa locura tiene menos relación con el fracaso histórico del original que con el delirante trajinar de quienes pasan por aquí. Una panda de hinchas del Deportivo Pereira se  trenza  en una batalla a  navajazo limpio, sin respeto alguno para con el ilustre testigo. Un par de travestis adolescentes atracan a un anciano que acaba de cobrar su pensión. Diez perros de razas distintas asedian con ladridos  y lametazos a la mujer que pide  limosna en  el vecindario para comprarles comida. Un político promete el cielo en la tierra a una veintena de desempleados. Un sesentón  ataviado al estilo ranchero mexicano desafía las leyes del mercado y trata de convencer a los padres de familia   para que  le compren una fotografía de sus pequeños hijos a lomo de un caballo de cartón.
Bolívar no  se mueve, pero toma nota: a las cinco de la mañana un tipo bien trajeado degusta un café caliente, mientras espera la llegada del compinche con el que jugará a las cartas  hasta las ocho en punto. A la misma hora, una decena de feligreses recién bañados aguardan a que el sacristán  les abra las puertas de la catedral, para rezar al unísono el rosario de la aurora. En la otra esquina, el gurú de una secta nueva era contempla  el azul furioso del cielo  y espera con ansia la llegada de  sus fieles seguidores: tres hombres  y tres mujeres  que parecen depositar el resto de sus esperanzas en ese encuentro mañanero.


Mientras eso sucede, los mangos maduros caen sobre los transeúntes como una imprevista lluvia dulzona. A su vez, las palomas de la plaza comen y cagan. Cagan y comen como corresponde a su destino milenario. Contemplándolas, el Bolívar de bronce se pregunta por su destino de héroe inmovilizado por tantos segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años y  décadas que se  anudan a  su alrededor como una corona de penas y olvidos.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
 https://www.youtube.com/watch?v=SVOdT1v5ENo