La entrega del premio Nobel de literatura a la periodista bielorrusa Svetlana
Alexievich ha reanimado el debate sobre
las relaciones, para algunos incestuosas,
entre periodismo y literatura. De un lado
se ubican quienes sostienen que los dos mundos no tienen relación alguna y rechazan las metáforas y otros recursos estilísticos como meras
florituras. Del otro se sitúan los que conciben el periodismo como otra forma
de contar historias, y por lo tanto celebran la existencia de esa criatura
híbrida que se nutre a partes iguales
del documento, la fuente, el ensayo, la poesía y la narrativa en todas sus expresiones.
Como
un aporte a la reflexión, comparto con
ustedes el siguiente texto.
Svetlana Alexievich
Un
célebre cuadro de don Francisco de Goya nos muestra a Saturno (el equivalente romano de la
divinidad griega Cronos, que maneja los
hilos del tiempo) dedicado a la tarea interminable de devorar
uno a uno a sus hijos, que son los días, y con ellos al destino de
los hombres.
A esa
imagen del hombre sometido al poder de
la divinidad, los poetas de todos los tiempos
han intentado oponerse con el
sortilegio de las palabras que en todas las cosmovisiones son elemento
fundacional, en la medida en que los seres y las cosas existen a partir del
momento en que son nombrados. En ese sentido, uno no puede menos que admirar la
obstinación de los habitantes de Macondo, entregados a la paciente tarea de
rotular las cosas con su nombre y sus usos, como una manera de no sucumbir a la
peste del insomnio, una de cuyas manifestaciones es el olvido.
En los albores de la literatura (¿O del periodismo?) el viejo
Homero, ciego y memorioso, se consagra
al trabajo de tejer una minuciosa red o si se quiere, de ensayar un fresco en el
cual quedarán consignados los pasos de la criatura humana sobre la tierra. Dioses y demonios,
príncipes y guerreros, adivinos y rapsodas, amantes y criminales nos hablan de
los momentos primordiales de unos seres
en cuya sangre ya alentaban los temores,
las pasiones, la ambición y la grandeza, que son la sustancia con la cual los
humanos amasan su destino. En esa medida
el poeta griego, o quienes se ocultaron
detrás de su nombre, lo que hacen en
últimas es trenzar un detallado relato
personificado de las fuerzas que muchos siglos después siguen gobernando las
acciones humanas.

Más allá de lo que sus relatos tengan para decirles a los
estudiosos del mito, de la religión o la sicología, la saga de Heracles y Leda,
de Jasón y Ulises, de Helena y los Argonautas,
es un auténtico Hilo de Ariadna que nos
ayuda por igual a interrogar los oráculos de la historia y a desentrañar
las claves de ese laberinto que es el propio corazón.
Más adelante, el
mundo será testigo de la irrupción de
unos hombres que dedican su vida a una lucha tenaz y acaso inútil contra el
olvido, pero que en todo caso intentarán apropiarse de las palabras, de lo más
sutil y certero de su condición, para relatarles a sus contemporáneos y legarles
a los hombres por venir, la esencia
misma de la materia con la que se construye la historia. Ellos nos describirán los trabajos y los días, las
obras, los milagros y los horrores que son el rastro dejado por los hijos de
los dioses en su afán de hacerse un lugar en el mundo. Por ellos nos enteramos
de los sueños de hombres que una vez
quisieron elevar una torre que llegara hasta el cielo para mirar por fin de
frente el insondable rostro de Dios. De su puño y letra supimos de las
intuiciones de un ser mitad mito y mitad hombre, autor de una suerte de código
ético que al juntarse con las leyendas
del Asia Menor y más tarde con la filosofía griega dio lugar a una de las grandes religiones de la historia. Gracias a sus palabras fuimos testigos del asombro y del terror mutuos
que experimentaron los hombres de Hernán Cortés y del emperador azteca cuando
una mañana remota se asomaron al abismo de sus mundos desconocidos.

Una irreprimible inclinación hacia la
taxonomía llevó a que los expertos en
historia o en literatura, los clasificaran un día bajo la etiqueta de Cronistas,
es decir, en un sentido literal, los que toman nota de lo que acontece
en el tiempo, aunque sería mejor decir que los cronistas son los que recogen
las briznas de lo que deja el tiempo en su ir y venir sin tregua ni remedio.
La
literalidad de esa acepción pasa
por encima del hecho, constatado tantas veces, de que el cronista dista
mucho de ser un notario, un amanuense que registra los asuntos de la existencia
en una especie de debe y haber, aunque
ese fue el papel que les adjudicó
durante mucho tiempo la soberbia de los
poderosos: al debe iban a parar los
sueños, los dioses, así como las
pequeñas y grandes obras de los derrotados, mientras en el haber quedaban
registradas las propias hazañas. No por casualidad los cronistas formaban parte
del equipo de viaje de los conquistadores.
Sin esa figura era casi seguro que las
gestas – las reales y las
inventadas- fueran presa fácil de esa
peste del olvido que es una de las señas
de identidad de la condición humana.

La lista se hace extensa. De Flavio Josefo a Heródoto. De
Marco Polo a Antonio Pigafetta. De los juglares medievales a los cronistas de
Indias, todos ellos se convierten en fuente necesaria e ineludible, cuando el historiador deja de ser un aficionado, un
relator más o menos espontáneo y se convierte en un profesional. ¿Cómo si no,
podríamos entender el complejo universo social, económico, político y cultural
en el que tuvo que adentrarse Marco Polo hasta llegar a
los confines de la ruta de la seda? ¿De qué
otra manera podríamos
aproximarnos a las turbulentas empresas que acometía el Imperio Romano en el momento de la irrupción
del cristianismo? ¿Con qué herramientas
habríamos de asomarnos a lo que fue la llegada de los europeos a
América, si los cronistas no hubieran descrito
al detalle la esencia de instituciones
tan contradictorias como la encomienda y la inquisición?
Tenemos entonces que la crónica no es sólo un
regodearse en el relato como un fin en si mismo. Es, sobre todo, la posibilidad
de comprender el mundo. Y sólo comprendiendo la naturaleza de ese universo en el que le ha sido dado en suerte vivir, puede el ser
humano emprender alguna clase de transformación, así en lo individual, como en
lo colectivo. Recordemos, de pasada, que fue por los relatos de los periodistas
enviados a cubrir la guerra de Vietnam
como los ciudadanos norteamericanos tuvieron noción del genocidio que se
estaba perpetrando, ayer igual que hoy,
en nombre de la democracia y de la libertad. Fue gracias al testimonio
de un hombre de la dimensión del escritor y periodista polaco Riczard
Kapuscinski, como los habitantes del mundo nos acercamos al carácter demencial
y sanguinario de las fuerzas políticas y
financieras que se disputaban el botín en el África post colonial. Más cercanos
en el espacio y en el tiempo, autores
Alfredo Molano, Germán Castro Caicedo,
Juan José Hoyos, Alberto Salcedo Ramos, Carlos Sánchez Ocampo o Juanita León
han hecho de sus relatos una puerta de entrada a ese universo doloroso y
admirable a la vez que es el otro
rostro de una Colombia que no aparece
nunca en los medios de comunicación, a no ser para caricaturizarla en los realities o distorsionarla en los titulares de los
noticieros.

Alfredo Molano
Si la crónica pretende ayudarnos a comprender y comprendernos, es
evidente que no puede ser mero dato. Fría estadística. Registro monográfico de
la realidad. Inventario de próceres. Contabilidad de víctimas y victimarios.
Tiene además, la obligación de conducirnos de alguna manera a lo más esencial de esos seres de carne y
hueso que hacen la Historia. En esa
tarea, además de todas las disciplinas
que se ocupan de los diferentes aspectos
que afectan a la sociedad y los individuos, este género que gravitó durante años entre la historia y el
periodismo, encontró en el camino un aliado que
habría de conducirlo hacia territorios no imaginados: La literatura. Con
sus técnicas narrativas, su manejo del lenguaje, su
aptitud para crear personajes y
ante todo con la intuición poética, los diversos géneros literarios, vale decir, la novela, el cuento, la poesía y
a veces el ensayo, entraron a formar parte de una
manera de contar el mundo que, sin perder de vista el hecho de que tenía que vérselas con acontecimientos
reales- con todas las dudas y ambigüedades que pueda acarrear esa
expresión- supo entender que toda mirada perdurable del mundo debe
estar soportada en un acto de creación. Es allí, en ese espacio de conjunción
donde aparece un género que algunos se apresuraron a bautizar con el nombre de
“Nuevo Periodismo” y otros, más osados, no dudaron en llamar “Periodismo
Literario”. La definición de caracteres,
la descripción de atmósferas, los saltos
en el tiempo, los datos prestados de
otros campos del saber, serán puestos al servicio de un intento por ahondar en las fuerzas y misterios que
gravitan sobre lo que es, para muchos, el resumen del proyecto de civilización
: la ciudad moderna con sus conflictos
de intereses, con sus prodigios tecnológicos, la rapidez de las
comunicaciones, sus ofertas de bienestar
sin límites, pero también con su irremediable dosis de indolencia, de
competencia feroz, de soledad y de miserias sin cuento.

Vistas así las cosas no es casual que el
siglo XX sea a la vez el de la
consolidación de esas megalópolis admirables y terribles intuidas por Fritz
Lang en su película Metrópolis y el del renacimiento
de un género capaz a la vez de resumir
los elementos básicos del recuento histórico
y de indagar en la naturaleza y los móviles de sus protagonistas. Un
género que con Gay Talese nos permite asomarnos al alma de esos seres atrapados
en el vértigo de una obsesión urbanizadora que el pensador Marshall Berman
fustigó una y otra vez en sus ensayos. O que en la palabra de Alma Guillermoprieto
nos dejó ver, como al descuido, el infranqueable abismo que separa a
Latinoamérica de los paraísos del consumo, todo ello contado desde el corazón
de los pepenadores de Ciudad de México, los brujos de Rio de Janeiro o los
sicarios colombianos.

En esa misma dirección, y aproximándonos al caso nacional, son las voces de nuestros
mejores cronistas la que nos han
mostrado la posibilidad siempre revalidada de mirarnos de otra manera en el espejo de nuestras dichas y
desventuras. En las esperanzas aplazadas de los desplazados del campo a la
ciudad. En las glorias inciertas de nuestros deportistas. En la desfachatez e
impudicia de los gobernantes, en el juego de abalorios de las estrellas del
espectáculo y en la inalcanzable burbuja
del consumo que titila como una estrella de mentiras sobre las cabezas de los
excluidos. También están, por supuesto, las historias que nos hablan de nuestra
capacidad inagotable para afrontar el infortunio. De los sueños pequeños pero
inapelables del tendero de la esquina. De los miedos y fantasías de la modista.
De la capacidad renovada de la vida para
ganarle el pulso a la muerte. Porque ellos, los cronistas de ayer y de hoy, de
vez en cuando dan en el clavo y armados del poder vivificante de las palabras
encuentran la manera de hacerles pistola
a los dioses y se van por el atajo donde todavía es posible impedir que
Saturno se regodee devorando a sus
hijos.
PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.
https://www.youtube.com/watch?v=ZY0vaMugAOM