lunes, 7 de diciembre de 2015

John en el cielo de diamantes




 “ Picture yourself / in a boat on a river/ with tangerine trees/ and marmalade skies”. La  primera vez  que escuché esa canción sentí que algo  se estremeció dentro de mi cabeza. Tendría unos once años y cursaba primero de bachillerato de la época. Esos sonidos sacados de lo más hondo del sintetizador  prefiguraban cosas nunca escuchadas: anuncios de una época marcada por el vértigo y la fragmentación. Fue mi primo Pacho quien me pasó el disco en acetato que marcó mis pasiones musicales  para el resto de la vida. Por supuesto, no entendí la letra, pero  me dí a la tarea de buscar quien la transcribiera al español. Al leerla en este idioma pasé de la sorpresa a la estupefacción  : “ “Imagínate en un bote/ en un río/con árboles de mandarina y cielos de mermelada”. ¿ Qué era  eso de cielos de mermelada?  “El resultado de una traba la hijueputa” sentenció, bíblico, uno de mis compañeros de curso. Mi confusión aumentó: para la época- solo para la  época- ignoraba lo que era una traba. Como mi padre ya se había ido de casa y mi madre  abominaba  todo lo que tuviera que ver con el rock, preferí guardarme mis sospechas.


 La imagen siguió  dando vueltas a mi alrededor  hasta que, unos cuatro años después, todo se me reveló de golpe en las páginas de Alicia en el país de las maravillas. Como ustedes saben, en ese libro Alicia sueña con el  Rey Carmesí, que a su vez sueña con Alicia, que sueña con el Rey Carmesí., que a su vez... bueno. Ustedes ya conocen  el viejo y eterno juego de los espejos enfrentados. Los cielos de mermelada sugeridos por la canción de The Beatles tenían que pertenecer a ese universo.
Para entonces , el  cuarteto de Liverpool constituía un todo en mi  cabeza, una totalidad enorme como una orquesta. Igual me sucedía con The Rolling Stones, The Who, The animals, The doors y otros cuantos emisarios de la sicodelia que ya habían hecho nido en mis afectos, para mayor desazón de Amelia, mi madre.


Fue María Teresa, una profesora de música  a quién, por lo demás, consagré más de una noche de fervor onanista, quien me  recordó que The Beatles eran cuatro   tipos con nombre propio: Paul, George,  Ringo y   John. Habían  nacido en Liverpool, un puerto inglés conocido por ser la sede de  un equipo de fútbol proclive a ganar títulos  en serie, al menos en esos tiempos. Fue ella, María Teresa, la que me  dio a conocer sus propias traducciones de otras canciones del grupo : Yesterday, Love me do, Let it be, Yellow submarine... en fin : ustedes conocerán ese repertorio que ya forma parte del legado musical del siglo XX.


Leyéndolas, más que escuchándolas, comprendí que la evidente afinidad entre las canciones del cuarteto y las aventuras de  Alicia tenía nombre propio : poesía, ese misterioso  arte consistente en establecer conexiones entre asuntos en  apariencia  aislados  entre sí, para convertirlos en belleza, esa otra forma del misterio. Desde  esos tiempos,  para mí el buen rock y la gran poesía son una y la misma cosa. Es más: suscribo la tesis de que el rock es en realidad un género literario.
Y entonces llegamos por fin al protagonista de esta historia,  ahora que se conmemoran los treinta y cinco ¡ treinta y cinco! años de su asesinato un ocho de diciembre  a la entrada del edificio donde vivía  en compañía de Yoko Ono,  la pintora japonesa a quien los adoradores de la banda siguen  acusando de ser la causante de la separación definitiva de la misma en  1969.


Se llamaba John Winston  Lennon, un hijo de la clase obrera británica nacido en Liverpool el  nueve de octubre de 1940, es decir en plena segunda  guerra mundial, lo que para un hijo de su generación no sería un hecho anecdótico, como  bien lo probaría su postura frente a la guerra del Vietnam,  que envió a una generación entera de muchachos a morir en los arrozales de las antípodas,  arrasando de paso con  remotas aldeas  que jamás habían oído hablar de los Estados Unidos de América.
El hijo de Julia mostró una temprana inclinación por la literatura y la música. Siguiendo esa ruta, no tardaría   en cruzarse con otros  herederos de la guerra movidos por  idénticas pasiones. Sus  biógrafos  y los estudiosos de la música   popular han dicho ya bastantes cosas como para redundar sobre eso aquí. Por eso prefiero volver al Lennon  poeta, el que conformó  con Paul Mc Cartney una pareja tan célebre en el mundo de la música como   aquella de Gardel y Lepera. El Lennon de Hey Jude, Julia, o Across  the Universe. El de una confianza siempre renovada en los poderes de la amistad y la solidaridad . “ Hey Jude/ don´t make it bad/ take a sad song/ and make it better”, se escuchó cantar a quines nacieron en los sesentas y empezaban a ser  adultos prematuros  a mediados de los setentas a punta de noticias como la mencionada  Guerra de Vietnam, las guerras de guerrillas en el tercer mundo, el escándalo Watergate, las dictaduras latinoamericanas o  la eterna contienda entre  israelíes  y árabes, para mencionar  solo  algunas. Atrás habían quedado las promesas de la paz y las flores. La utopía  comunista presentaba los  primeros síntomas de disolución, mientras el capitalismo en su forma más feroz afilaba los colmillos antes de emprender la arremetida final. Como si no bastara con eso, los setentas empezaron sin The Beatles.


Mientras George Harrison derivó hacia el misticismo de corte budista, Paul  McCartney enfocó su enorme talento musical  a conquistar el creciente mercado de la industria discográfica cabalgando a lomo de su banda Wings. Por su lado, Ringo Starr se las arreglaba para no desaparecer del todo. Cada vez más distante, y acompañado de Yoko Ono,   Lennon se dedicó a forjar su leyenda  política de luchador por la paz . Tanto, que todavía se utiliza  la célebre fotografía de los dos, desnudos  en su apartamento, como un símbolo de  los poderes del amor frente a las atrocidades de los señores de la guerra. Canciones como Imagine o Give  peace a chance no tardaron en devenir auténticos  himnos de los movimientos pacifistas surgidos en los cuatro puntos cardinales de la tierra.  “ En un siglo en  el que  los vencedores son los que pegan más fuerte, los que meten más goles, los hombres más ricos o las mujeres más bellas, resulta alentadora la conmoción que ha causado en el mundo entero la muerte de un hombre que  no había hecho otra cosa que cantarle al amor”, escribiría Gabriel García Márquez   una semana después del asesinato del músico en una columna titulada :  Si, la nostalgia sigue siendo igual que antes”.


Y entonces, el ocho de diciembre de 1980 sonó aquél pistoletazo a la entrada del edificio Dakota, en cercanías del Central  Park de Nueva York. Para entonces, yo tenía veinte años,  una colección de discos en acetato, una novia bohemia, una pasión demencial por el fútbol, una biblioteca en ciernes  y un montón de poemas borroneados  en los mismos cuadernos que me servían para tomar apuntes en la universidad. Fue la voz del locutor Juan Harvey Caicedo  la que me dio la noticia, como si se tratara de un heraldo de las tinieblas. “ El ex beatle   John  Lennon acaba  de ser asesinado en Nueva York”, leyó Caicedo con su impecable entonación.  Todavía hoy , tres décadas y un lustro después, recuerdo lo absurda que me pareció la expresión  ex beatle. Como si se  pudiera ser tal cosa. Como si uno pudiera convertirse de repente en ex hijo o ex padre. No  había transcurrido una hora cuando tocaron a mi puerta dos viejos compinches  de esos días, dos muchachos del verano: Alberto Verón y Jorge Enrique Osorio. Llegaron- cómo no- con el rostro demudado, la voz trémula y los discos de Lennon apretados contra el pecho como una reliquia  a punto de hacer su tránsito hacia la nada. Despojados de toda posible palabra apuramos sendos tragos de ron, esa providencial bebida que  nos ayuda a sobrellevar los trances más amargos. Solo  entonces, tuvimos fuerzas para escuchar  y  tararear  sus canciones como quien eleva  una plegaria  a una divinidad siempre dispuesta a echar la mano. “ Picture  yourself/ in a train on station/ with plasticine  porters/ and looking glass ties”, cantamos en trío desafinado. No estoy seguro, pero hoy quiero imaginar que lloramos y nos abrazamos con ese desesperado fervor de la juventud, ante  la inapelable certeza de que a esa hora John  Winston Lennon ya estaba instalado para siempre en su cielo de diamantes.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

jueves, 3 de diciembre de 2015

El espejo invertido




 El tópico es antiguo: la literatura es una  suerte de espejo que nos devuelve el mundo  vuelto de revés. Así, mientras en los cuentos de hadas  la heroína pasa por toda clase de infortunios  antes de alcanzar  la esquiva  felicidad, en la vida cotidiana las cosas empiezan  mal y terminan peor: del altar a la  audiencia de divorcio media cada vez menos tiempo. El relato sería así una especie de  compensación ofrecida por Dios, o el azar, para ayudarnos a corregir la realidad.
Pero al espejo le ha surgido un  poderoso competidor: las selfies, ese curioso ritual en el que los hijos  de la sociedad post industrial se aferran al último credo posible: la contemplación de sí mismos.
 Como disponía de tiempo, observé la escena de principio a fin. En una de esas ceremonias en las que gradúan de no sé qué cosas a niños que a duras penas pueden caminar, un pequeño disfrazado de pollo deambulaba por ahí, mientras su joven madre se consagraba a fotografiarse a  sí misma  durante al menos dos horas.  Cada vez más  insatisfecha, se  pasaba el pelo de un lado a otro del cuello,  se encrespaba las pestañas y alisaba el vestido en busca de la siempre elusiva perfección. Luego descansaba unos diez minutos  y reiniciaba la tarea.  Entretanto, sus padres- los abuelos del pequeño pollo- la miraban como quien vigila una estrella a punto de  apagarse en la noche.


Conjeturo que estos  chicos  ya no leen cuentos de hadas porque el relato son ellos mismos y los destellos de la pantalla de su teléfono son las páginas del libro. Quién sabe  qué  fábulas puede urdir  sobre su propia vida la muchacha que se toma cientos de fotografías  en una sola jornada. A lo mejor su media naranja hace a lo mismo  a unas cuantas cuadras de distancia y las pulsaciones de los teléfonos crean   entre ellos una red de comunicaciones  que los mortales no alcanzamos a sospechar.
Hay algo de metafísico en ese empecinamiento. A lo mejor  la gente, agobiada por el vertiginoso paso del tiempo y el talante inasible de los sucesos, trata de aprehender el instante como una prueba de  existencia. El destello de una prenda en la vitrina, la mirada del extraño que pasa,  el automóvil desde el que la miran, el plato servido  en el restaurante: todo puede ser una prueba a la hora de la disolución.


Así que, mientras  los profesores  le damos vueltas a la cabeza en busca de las claves para “promover  la lectura” resulta que estos chicos ignoran los libros porque solo tienen tiempo para leerse a sí mismos, en una suerte de  ritual narcisista en el que la pantalla del teléfono hace  las veces de  agua cristalizada. Va uno a saber qué miedos, qué anhelos, qué sospechas alientan los practicantes de esa liturgia mientras  intentan atrapar la imagen perfecta: el momento exacto en el que la princesa encantada  despierta de su sueño y el sapo se convierte en príncipe. La realidad por fin puesta a salvo de las miserias del tiempo.


Jorge Luis Borges anhelaba un paraíso de libros y temía un infierno de espejos. Por eso volvía una y otra vez a las páginas de Alicia en el país de las maravillas. Los  hijos de la burbuja  digital sueñan distintos paraísos y temen otros infiernos. Al  menos eso es lo que sospecho cuando veo a esta chica  poseída por el desasosiego emprender por enésima vez la tarea de fotografiar su propio cuerpo, como si temiera su inminente desintegración. Acaso en la alta noche,  ante la certeza de que nadie la mira, acepte que, como el resto de los mortales- jóvenes o viejos-  ha perdido otra batalla.

jueves, 26 de noviembre de 2015

Callejón sin salida




¿Es posible conocer la realidad? ¿Existe una  conexión entre el lenguaje y las cosas? ¿El lenguaje define sus propios límites? ¿Es el  Yo una ficción sin asidero en la realidad? Dada la  condición de su objeto de estudio: “El mundo”, la lista de preguntas que se formula la filosofía puede hacerse infinita, puesto que todo interrogante digno de ese nombre solo puede conducir a otra pregunta. Es decir,  a una aporía: un callejón sin salida.
En la obra Seduciendo al seductor, Filosofía y sujeto,  de Diego Fernando Jaramillo, las aporías son seis y corresponden a igual número de pensadores: Descartes, Locke, Kant, Hegel, Husserl y Wittgenstein, es decir, cuatro siglos de pensamiento formando un arco que cubre el desarrollo de La ilustración hasta las últimas revoluciones tecnológicas.


Uno  de los problemas de los manuales de filosofía reside en su empeño en reducir a una frase sacada de contexto todo un sistema de pensamiento, es decir, una herramienta para tratar de comprender el mundo en un recorrido que va de la cosa al fenómeno y del yo al devenir.
Buen maestro como es, Jaramillo emprende el camino inverso. Quiere ir a la raíz, y por eso parte de Descartes y su conocida premisa “Pienso, luego existo”. Surge entonces la primera cuestión:¿ Constituye en sí mismo el pensamiento una prueba de existencia? A todas luces, no: para ello se hace necesaria una conciencia que se piense a sí misma. Suspendidos sobre el vacío, debemos entonces recurrir tanto a Husserl y su idea de una conciencia vuelta sobre sí misma accediendo así al sentido, como a Jhon  Locke y su intuición del Yo como una necesidad del pensamiento, que requiere algo en lo  que sostener las cualidades y los accidentes.


El  autor de  Seduciendo al seductor sabe  que poco o nada nuevo se puede añadir al legado de  los autores abordados. Dueño de esa certeza, asume entonces  una tarea propedéutica: ayudarnos a  identificar las claves  y códigos que  soportan la estructura postulada por esos filósofos.
De ahí que una relectura de la  Crítica de la razón pura  suponga otro camino para interpretar  a Descartes.  Si no podemos  conocer las cosas en sí, debemos atender a sus manifestaciones, es decir, a los fenómenos. De la observación de las relaciones entre estos surge el entendimiento. Algo parecido acontece con la noción del ser.  No podemos conocernos a nosotros mismos, solo  a nuestra representación. Dicho de otra forma: la manera como aparecemos ante nosotros mismos.
Por momentos, cruzamos los terrenos de la sicología: el Yo, el ancla que en teoría nos fija en el mundo, en  el reino de los fenómenos, sería apenas nuestro propio relato: un juego de espejos, o mejor, una secuencia parecida a las fugas musicales, que solo pueden avanzar volviendo todo el tiempo sobre sí mismas.


Y entonces arribamos a las preguntas sobre el lenguaje, causa y fin de las reflexiones de Ludwig  Wittgenstein. En su acepción corriente, las palabras serían marcas impresas sobre las cosas, pero no expresan, no dicen las cosas. “Entre el pensamiento y el mundo existe una conexión lógica y el conocimiento de esa conexión lógica solamente se determina a través de la expresión del pensamiento, que es el lenguaje”, nos dice Jaramillo, repensando a su vez a Wittgenstein, lo que supone un gran salto desde el Pienso, luego existo inicial.
Traducidas a números, son doscientas tres páginas las utilizadas por el autor para ese tránsito, desafío que en el mundo de las ideas no es, desde luego, cuantificable. Por eso, las aprovecha muy bien para invitarnos a emprender un camino que al final nos ofrecerá como recompensa un  aparente callejón sin salida, es decir, la esencia misma de todo proyecto filosófico.