jueves, 7 de junio de 2018

La nave de las causas perdidas






 “Sé muy poco  sobre el mono aullador: lo mío  es el loro orejiamarillo.”

La  muchacha- veinte años, toda de negro hasta los pies vestida-  pronunció su declaración de principios con la firmeza de quien no está seguro de otra cosa en el mundo.

Hasta ese momento no imaginaba el grado de especialización alcanzado por los activistas del siglo XXI.  Creía que los ambientalistas se  ocupaban del planeta entero, con sus respectivos reinos: animal, vegetal, mineral…y virtual.  Crecí en un mundo en el que las etiquetas cobijaban a  legiones completas de ciudadanos: comunistas, conservadores, católicos, protestantes. Cosas así.

De modo que emprendí mi pesquisa en busca de las razones de todo esto.

Como todos saben, el nueve de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín, el mismo  donde,  un veinticuatro de agosto de 1961, fue abatido a tiros  Gunter Liftin cuando intentaba  cruzar esa barrera levantada con los miedos de la guerra fría.



Los expertos en geopolítica coinciden en que el derrumbe del muro supuso la muerte de las grandes ideologías. Incluso un funcionario del gobierno norteamericano, el profesor Fukuyama, se atrevió a decretar, con exceso de arrogancia, “El fin de la Historia”, en un libro que ya casi nadie recuerda, porque al final resultó que en muchos lugares de la tierra la Historia apenas empezaba, como lo demuestran cientos de insurrecciones desatadas en la periferia.

Pero, en fin, ya sabemos que para no disolverse en la desazón, la mente humana necesita creer en cualquier cosa ubicada en este mundo o en los otros. Los ateos, por ejemplo,  practican su credo con un fervor parecido al misticismo. Incluso tienen autores sacralizados. Qué sé yo: Hawkins, Dawkins (¿habrá algún designio en la grafía de esos nombres?).  A su vez, el catecismo  comunista tuvo en  Marx, Engels y Lenin la triada que instauraría el paraíso en la tierra.

Por su lado, los consumidores compulsivos  hicieron de los centros comerciales sus templos y creen que  sus tarjetas débito y crédito equivalen al  “Ábrete sésamo” de los cuentos orientales.

Eso para no hablar de las miles  de sectas que surgen todos los días, ofreciendo   fórmulas de salvación  hechas a la medida.



Por  ese camino empecé a entender un poco  el asunto.  Desvanecida  la utopía de la sociedad sin clases irrumpieron de la nada miles de  movimientos- no por casualidad  se  les denomina “alternativos”- a modo de maderos a los que  cada quien se aferra,  según el tamaño de su naufragio.

De ahí el talante hiperespecializado de  sus acciones,  por lo visto bastante alejadas de la gran armonía universal. Los antitaurinos no  necesariamente  se  llevan bien  con los vegetarianos, por ejemplo. Incluso han llegado a colisionar, según me explica mi vecino, cuyo hijo- baterista de una banda de punk-   dedica su  tiempo libre, que es casi todo, a  amenazar por internet a  toreros, ganaderos, rejoneadores y  en general a todo aquél que exprese algún tipo de simpatía por la tauromaquia.

Tratando de avanzar un poco, le pregunto a Alfredo, un ingeniero del medio ambiente que lucha  contra el calentamiento global, por los alcances de los acuerdos firmados entre las grandes potencias.



Al hombre le brilla la mirada cuando responde, con admirable dosis de fe,  que “esta vez sí será”.  El cree de veras que son Macron, Trump,Xi Jinping,Putin y Merkel  y no las corporaciones que financiaron sus campañas los que gobiernan el mundo. Por eso tiene su propio nicho de combate: la ganadería intensiva.  “Las vacas son  fábricas vivas de gases contaminantes”, escribió en una hoja  volante que reparte entre todo aquél que se detenga a escucharlo.

Espero no me malinterpreten. No cuestiono esas prácticas. Todos necesitamos algo en lo que creer. En mi caso, creo que este blog contribuye a la reflexión y al debate inteligente, tan necesarios para sobreaguar en este mundo desquiciado.

Para mí, es una suerte de nave de  causas perdidas que conduzco a la deriva, ya ven ustedes, a la espera de un milagro.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
                                                

jueves, 31 de mayo de 2018

Las formas del olvido





A menudo olvidamos que la muerte acontece justo después del olvido.

No al revés,  como tantas veces quisiéramos creer.

Morimos en el momento en  que el último recuerdo de nosotros se desvanece en la memoria de quienes atestiguaron nuestro paso por el mundo.

Dicho de otra manera: nuestra muerte es la desmemoria de los otros.

Por eso existen los cementerios, los camposantos: para que los vivos aligeren  sus culpas visitando un montón de huesos cada vez más próximos a su disolución.

En esa frontera sutil e inapelable que nos separa del olvido transcurren las ciento treinta y dos páginas de la novela Camposanto, escrita por Marcela Villegas y publicada por Sílaba Editores en febrero de 2018.


Elena, la madre de Amalia, protagonista de la historia, se adentra en las tinieblas del alzhéimer dejando a su paso un estropicio de vidrios rotos: su propia vida hecha trizas.



Amalia  es antropóloga forense y ejerce ese oficio con  obstinación. En muchos sentidos intuye que ese exhumar, limpiar y clasificar huesos es en el fondo una parábola de su errática existencia.

Luego de cursar estudios en el exterior regresa  para viajar a lo más hondo de un país aquejado por la más peligrosa de las formas del alzhéimer: la del que se niega  a recordar, porque  sabe que al fondo del laberinto lo espera una colección de espejos enfrentados en  cuyo azogue se reflejan todas las manifestaciones posibles de la infamia.

Uno de  los muchos ejércitos en guerra  acaba de desmovilizarse y sus jefes se han comprometido a revelar el sitio donde enterraron a sus víctimas.

Muy pronto, descubrimos que el país entero es una fosa común.

Así que Amalia debe habérselas con la desmemoria de  su madre y la de la tierra a la que decidió volver.

Para empezar, la voz de su madre le recuerda que sus pies han de acostumbrarse a senderos de horror:

“Camino descalza  sobre un reguero de vidrios rotos. Creo en este dolor, en la evidencia que brota de las heridas en mis pies y mancha el piso  blanco de la cocina”.

Imposible no evocar el hilo de sangre que cruza el pueblo y llega hasta la casa de Ursula  Iguarán en Cien años de soledad, anunciando las pesadillas por venir.

La suma de pesadillas que llamamos Historia de Colombia.



Porque Camposanto es una novela tejida con una suma de evocaciones que van de los recuerdos personales a la historia colectiva, en un ejercicio poético en el que los milagros de la ternura y el deseo suelen preceder al acaecer de la catástrofe.

Así lo siente Amalia, recordando a su profesor Brogan:

“Trabajo de mujeres”- decía el profesor Brogan con respeto- “Solo ellas lo entienden”-  decía y nos hablaba de que a lo largo de la historia casi siempre han sido las mujeres las encargadas de lavar y amortajar a los muertos. “Nos traen al mundo y nos despiden… o les damos tantos problemas vivos que quieren asegurarse de que en verdad nos marchamos”, remataba siempre, ahogado por su risa asmática.

Los huesos nos revelan   la dimensión de su desventura mientras Amalia toma nota para decirnos que:

“No todos somos iguales ante la muerte. La vida nunca se borra por completo; deja sus claves sutiles en el esqueleto. Los huesos son bitácoras que hablan de los ancestros, del hambre y de los golpes.  De la enfermedad o de la dicha y la riqueza. Reescribimos ese registro  para quienes no pueden leer el relato de los huesos pero conocen la otra historia: la del sexo, el fenotipo, la edad y la estatura”.

A esta altura del camino, lo más fácil sería etiquetar a Camposanto como otra novela de la violencia. 

Pero no hay tal: ni siquiera es  una novela de la violencia.

La obra de Marcela Villegas es mucho más: es un intenso poema en prosa en el que los personajes devienen testimonio de unas tragedias que se abisman en lo más profundo de la condición humana. 

En los meandros donde asechan el deseo y los miedos que empujan nuestro tránsito por el mundo.

 Eso es lo que trata de decirnos Elena desde la noche eterna en que empieza a convertirse su vida:

“Cuando me despierto en la noche me parece que alguien ha cambiado las cosas del lugar en el que las dejé al acostarme. En ocasiones me da rabia, pero casi siempre siento miedo. Me demoro mucho tiempo en dormirme de nuevo”.



A lo mejor allí resida la clave de todo: en que  siempre hay alguien- Dios, el destino, la Historia- que nos cambia las cosas del lugar en el que las dejamos y nos pasamos  el resto de la existencia tratando de devolverlas a su sitio original.

Como  Marleny, la madre de Felipe, un joven  homosexual asesinado solo por eso: por sus gustos personales.

Marleny quiere   restituirles a  los huesos de su hijo su lugar en el mundo.  Por un momento, Amalia se olvida de los  formalismos burocráticos y  se permite una relación de confianza, de complicidad. 

Un hueso, más otro hueso, más otro hueso no son solo un esqueleto: Son la historia de una vida.

Apenas lo necesario para descansar en paz antes de que  reine el olvido.


PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

lunes, 28 de mayo de 2018

Doctora corazón



                                           Caricatura : Esteban París


En los días de gloria de las radionovelas se hizo célebre una  suerte de oráculo o de autoridad que siempre les daba una respuesta precisa a las cartas  remitidas por mujeres atribuladas  bajo el peso de sus desencuentros sentimentales.

A los pocos días el oráculo, amparado bajo el nombre de Doctora Corazón, leía las cartas de agradecimiento  de sus corresponsales, más que complacidas por haber sido salvadas de un final a manos del veneno, la horca, la cuchilla de afeitar o el viejo conocido pistoletazo en la sien.



Salvación: Esa era la palabra mágica.

Evoco esa imagen, abrumado por la cantidad de veces  que he escuchado pronunciar el vocablo  salvación  durante la última fase de la campaña electoral que ahora  tiene a los colombianos ante una  disyuntiva desesperanzadora:  Votar por Iván Duque para “salvarse” de Petro o votar por Petro para “salvarse” de Uribe.

Soteriología llaman a eso los teólogos cristianos. Es decir, Doctrina de Salvación.

¡Ahora  si nos llevó la Petrona! Exclamó mi mamá Amelia al enterarse de que el candidato de izquierda- o del comunismo puro según los azuzadores de la paranoia- había pasado a la segunda vuelta.

¡Nos  tragó la tierra con un tercer gobierno de Uribe en cuerpo ajeno! Gritó mi vecino, el poeta Aranguren, blandiendo su sempiterna botella de ron Tres esquinas.

A su manera los dos están pidiendo ayuda: Eso es lo que buscan  las personas cuando hablan o escriben entre signos de exclamación.



Y cuando alguien pide ayuda no tarda en aparecer el salvador. Así ha sido siempre desde que los humanos descubrimos la desesperación. Da igual si es desesperación económica, política, religiosa, moral o sexual. Quien desespera ha perdido toda esperanza, y por eso mismo está dispuesto a echarse en brazos del primer redentor.

Y los políticos parecen dotados de un sentido adicional para captar esos síntomas.

El escritor Gore Vidal, cuya familia frecuentaba la Casa Blanca durante los días de  Franklin D. Roosvelt, cuenta que los líderes del Partido  Demócrata le dedicaban  más tiempo y energías  a intrigar para que los republicanos  eligieran al peor candidato imaginable, que a la escogencia de su propio representante en la  contienda electoral.

El truco hizo carrera. Al final, la gente acaba votando para evitar que el perverso candidato  rival acceda a la presidencia. Si el del propio partido  es bueno o malo resulta secundario.



Con algunas variantes, Álvaro Uribe se jugó esa carta en 2002 y  su gran contendor, el Partido Liberal, escogió como su candidato a Horacio Serpa, asociado con los escándalos de corrupción conocidos como Proceso 8000.

La victoria fue demoledora.

Como si no bastara con eso, el caudillo  llegó al poder con la  promesa de  aplastar la cabeza de una serpiente a  la que bautizó como Lafar, en un deliberado giro de su dicción de terrateniente  iletrado.

Con esos ingredientes, sumados a un caballo y un sombrero caros a nuestra ascendencia campesina, las agencias de mercadeo político fabricaron un redentor a la medida de los miedos de la gente.

Desmovilizadas las Farc había que forjar a la carrera una encarnación del mal. Alguien capaz de concitar  con su sola presencia la imagen de  todas  las calamidades.

Y he  aquí que a la derecha colombiana- la ilustrada y la de motosierra- les cayó del cielo la  figura y el programa de gobierno de Gustavo Petro.

Directo, retórico y  pendenciero, Petro devino  muy pronto espejo invertido del uribismo.

O al menos así lo postularon los expertos en publicidad.

¡Que vuelve el comunismo! ¡Que vuelve el comunismo! Gritaron en coro desde  todos los rincones de un país conservador hasta el tuétano.

Cosa curiosa: cuando se trata de descalificar a los opositores se dice que el comunismo es una cosa  trasnochada, un anacronismo,  una entelequia que murió en 1989 con la caída del Muro de Berlín.

Pero nada mejor que esa palabra si se trata de   asustar al electorado para volcarlo en favor de una propuesta salvadora. Una doctrina de salvación.



En ese estado preapocalíptico  nos encontramos por estos días en la tierra de Nairo, Shakira y James.

En los estratos altos preparan las valijas para escapar a Miami a la menor señal de peligro 
castrochavista.

Los demás apretamos los dientes y templamos los huesos por si vuelve el cepo uribista.

Y todos, cada quien a su manera, aguardan por la carta de la Doctora Corazón que no acaba de llegar.


PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada