miércoles, 10 de octubre de 2018

Los insomnios del niche Manuel






 De Cali se llevó, bien sembrados en el corazón, su pasión por el equipo de fútbol América, “ La mechita”, y una canción que es,  de hecho, el otro himno de la ciudad : “Cali pachanguero”.

Ah… Y el recuerdo de la piel de Yuliana, una belleza llegada del Chocó profundo, bailarina de salsa y vendedora de jugo de borojó  en el vecindario del estadio Pascual Guerrero.

Con esos afectos guardados en el morral, el niche Manuel Largacha se embarcó  un día de julio de 2010 rumbo a una tierra de promisión resumida en cinco  letras: Catar o Quatar, allá bien lejos, cruzando mares, montañas y desiertos.

Había escuchado ese nombre por primera vez en 1995, cuando la selección colombiana de fútbol fue a disputar un mundial sub 20 en esas arenas ardientes de día y heladas de noche.

Pero antes, Manuel pasó por muchos insomnios.

Los de las noches interminables cuando, en compañía de su madre Herminia y de sus cuatro hermanos, tuvo que escapar del fuego cruzado entre guerrillas, paramilitares y ejército.

Vivían en un caserío perdido a orillas del río Atrato.

Fue en 1994.

Su único equipaje era la ropa que llevaban puesta. Al llegar a Cali se hacinaron en la casa de unos parientes,  en el  distrito de Aguablanca, una barriada de marginados que creció al ritmo del desamparo de quienes  se refugiaban en la ciudad, perseguidos por la miseria y la violencia.



En las calles de Cali sobrevivieron vendiendo todo lo que podía ser vendido: botellines de agua, helados, muñecas, agujas, matacucarachas, ropa interior, mangos, chontaduros, chocolatines.

De todo.

Entonces las causas del insomnio fueron otras: el miedo a que los echaran de la pieza cuando el producto de las ventas no alcanzaba para llegar a fin de mes. El pálpito de que sus hermanos se echaran a perder en las calles  de esa ciudad  donde cada esquina era una forma del abismo.

Y entonces volvió a oír la palabra mágica: Catar, Quatar.



Genaro, un albañil que jugó en las divisiones inferiores del América hasta que un rival le hizo trizas el  peroné, le habló de un gringo- en realidad era un brasileño-, que estaba enganchando hombres jóvenes y decididos a trabajar duro en la extracción del cobre en ese país.

“Si uno es juicioso, puede ganarse el equivalente  a nueve millones de pesos colombianos al mes. Además, el gringo le presta la plata para el viaje y  apenas empiece a trabajar se lo va descontando”, le dijo Genaro.

Suficiente para que las ilusiones de cualquiera alzaran el vuelo.

Y  Manuel, que a sus cuarenta todavía se sentía joven, pensó que esa sería acaso su última oportunidad de hacerles una casa a su mamá y a sus hermanos.

A partir de ese día  las causas de sus insomnios tuvieron otro matiz.

“ No pegué el ojo las diez horas  que duró el viaje a Madrid, las doce que  nos demoramos para llegar a Moscú y las seis del viaje hasta Catar. Imagínese el miedo de llegar a un país del que uno no conoce las costumbres, el idioma, la gente: nada”.

Pero hubo otro motivo para no dormir:

“ Lo de los nueve millones resultó pura ilusión. Para esa época el país se estaba llenando de haitianos y venezolanos que llegaban por montones en barcos contratados por traficantes de personas. Como trabajaban por cualquier cosa, ese era el pretexto de los patrones para mantener los salarios bajitos. A duras penas uno podía pagar la cuota del viaje. Con el resto se pagaba la habitación y la comida”.

Así pasó un año. 



Durante el día Manuel y sus compañeros trabajaban a 42°C de temperatura, extrayendo  bloques de cobre que después eran enviados a China.

En la noche y la madrugada la temperatura bajaba a  menos 2°C: las temibles heladas del desierto.

Con ese frío era imposible dormir y reponer fuerzas para reiniciar la jornada. Entonces, en la alta noche las nostalgias del Chocó, de  Cali, de Aguablanca, revoloteaban como pájaros  nocturnos alrededor de su cama en el campamento.

Sus picotazos no lo dejaban dormir.

“Por ejemplo, lo de la comida era tenaz. El pan no era el pan que comemos aquí, sino una masa plana sin huevo, ni levadura, ni sal. El plátano y el fríjol no se conocían. Era tan pobre todo que un tolimense montó un negocio de comida colombiana y se llevó un hermano panadero a trabajar en Catar. Rapidito se hicieron a un capital”.

Y entonces llegaron otras dificultades Para darles trabajo les exigían experiencia y recomendaciones. 

Imaginen: a alguien acabado de llegar. Además, los habían llevado con un visado de turistas que expiró a los tres meses y por el permiso de trabajo les cobraban mil doscientos dólares.

Un  motivo más para no dormir.



Con ese panorama a cuestas Manuel decidió que era mejor volver a casa. A los besos de Yuliana. A los cada vez más escasos goles del América y  a la brisa que refresca las calles de Cali cuando cae la tarde.

Toda una fortuna, después de todo.

En esas andaba, vendiendo jugo de chontaduro y borojó cuando me lo encontré a la salida del estadio un domingo de agosto.

“Me gano casi lo mismo que en Catar, pero duermo mejor”, dice, mientras empuja su carrito al ritmo del contoneo de una mulata  de ensueño que cruza la calle, toda de rojo hasta los pies vestida.

PDT . les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

jueves, 4 de octubre de 2018

Una fauna para El blues de la parranda






 “Todo hombre es  una historia”, cantaba la banda de rock colombiana Kraken, allá en sus albores.

Paso a paso, a medida que una persona se abre camino por el mundo teje con sus palabras, sus gestos y sus actos una urdimbre que, al  entrelazarse con las de los otros, da lugar a ese relato fascinante que llamamos La vida.

Célebres o anónimos, ricos o pobres, grandes o chicos  los seres humanos se narran a sí mismos y narran a los otros en un coro que no  cesa de crecer con cada nacimiento.

Con cada encuentro.

Canciones, poemas, dibujos, pinturas, fotografías, fábulas y diálogos familiares dan cuenta de esa aventura en la  que cada quien se reinventa a la medida de sus ilusiones y sus carencias.

Así nacen tanto la literatura escrita como la tradición oral.

Va uno a saber quién fue en principio  ese Odiseo elevado a la categoría de héroe por la imaginación de Homero.

Entre otras cosas, es probable que otro alguien haya inventado a éste último.

De esa sucesión de incertidumbres y milagros está hecha la vida.

                                          Ratón

Y de esa materia están hechos los personajes  que  habitan las canciones de El blues de la parranda, la obra musical  nacida de los encuentros gozosos   entre Carlos Elliot, Rubiel Pinillo y Los parranderos de La Florida.

Imaginen un diálogo entre Tom Sawyer y Cosiaca, el entrañable personaje de nuestra picaresca campesina.

El escenario podría ser una piedra encallada en mitad de las aguas del río Otún.

O una de  esas embarcaciones que siguen surcando el río Mississippi.

Ese es el mundo en el que se mueven las criaturas de El blues de la Parranda.

En una de esas, caminando por la vereda, nos topamos  con el paso inconfundible de Ratón, uno de los inspiradores de   El blues de la parranda. Allí va, con su tumbao de guapo, convocando a la fiesta  y el delirio.

Sin él, La Florida y el mundo serían un poco más pobres.

                                               Rubiel Pinillo

Fijémonos en Miguelito, el  viejo sabio portador de las virtudes curativas de las plantas: el paico, la yerbabuena, la mejorana, el culantrón de sabana.  Toda una farmacia ambulante que lleva la buenaventura a los hombres acorralados por los achaques.

En   El blues de la parranda sus recetas se vuelven canción.

Y por aquí cruza, señoras y señores, el mismísimo Chumacera  en persona. Una suerte de caballero andante con sombrero y sin caballo.

                                         Chuma

Igual que el personaje de Cervantes, Chuma también es- a su manera-  desfacedor de entuertos, defensor de damas y asaltante de alcobas.

En esta fauna no podía faltar la mula Katrina, ese animal laborioso, valiente y afable como pocos, nacido para cargar el mundo sobre su lomo a lo largo de unos  andurrilaes imposibles.

Caminos como los que llevan  de La Florida a La Laguna del Otún, ese territorio donde nacen las canciones de Rubiel Pinillo, este cultor de nuestra picaresca de arrieros, espantos y  polvos furtivos en mitad del cafetal.

                                          Carlos Elliot


Bienvenidos entonces a la fauna recreada por Rubiel Pinillo y Carlos Elliot para El blues de la parranda, una producción de la Fundación Músicas en Albor, por la difusión de las nuevas músicas latinoamericanas.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

jueves, 27 de septiembre de 2018

Artificios para disimular el miedo








Un mes atrás se realizó en Pereira  una nueva edición del Festival Internacional de Poesía Luna de Locos.

Allí tuve oportunidad de compartir con una punkera hispano-croata igualita a Patti Smith; una sacerdotisa bielorrusa que recitaba gospels a sus dioses en una lengua llena de susurros; un gnomo llegado de Gales, y una suerte de oso rumano que asperjó sus blasfemias con una voz de trueno sobre los asistentes al Lago Uribe Uribe.

Blusero sin guitarra,  aquí les comparto algunos de los míos.




Artificios  para disimular el miedo

                                       “¿No hiere ya sus ojos la dulce luz del día?”
                                                           Infierno, Dante, La Divina Comedia.
                                                           Canto X

                                                                             


I

De súbito
el naufragio se hizo inevitable

Pero aún nos quedaba el supremo recurso
de escribir historias

 A veces inventadas:
 tu risa de ayer,
acunando  mi soledad de hoy

Nosotros, escépticos de profesión,
enarbolamos entonces
la bandera de la vida

Aunque el escenario no fuera otro
que ese calcinado y hambriento territorio
reservado a las quimeras.

                                                  
 II

Asistir a pequeñas maravillas
como el contacto del jabón
con las axilas
a la hora del baño matutino

O esperar la salida de la luna
con la certeza de que acudirá puntual
igual que hace mil años

Despertarse con el rumor de  la leche
improvisando mareas
en las entrañas de las vacas

Dormirse contando
los animalitos verdes que sestean
al otro lado de la muerte

Y asomarse a los ojos de una desconocida
inmóvil bajo un paraguas
en una tarde de noviembre

Como si acabáramos de descubrir
en las páginas del diario
el número del billete de lotería
que guardamos en casa.

                                                                  
                                                                                    III

Hoy te hablaré de la savia que asciende
por las entrañas del edificio
y mancha con su vaho
el espejo de los ascensores

De  la cópula de una pareja
que antes del diluvio
hizo arder las azoteas

Del murciélago que roza con sus alas
el sueño de los niños

De solteronas que tejen
sobrecamas
a las tres de la mañana

Del vientre  estéril
de las comadronas

De la fina escarcha que planea
sobre los incendios forestales

De grietas en el sol.

                                                                           
                                                                                 IV

Bendita sea  esta noche
que asperja el mundo
con el vino lechoso del  insomnio

Y nos deja este  montón de nada
en el cuenco de las manos

Bendito tú, amigo
que eres agua, tiempo,
sed.

Bendita tú, mujer que no me amas
y así me salvas de futuros desamores.

Bendita tierra que eres sal,
sol,
atardecer incendiado de granizos.

Bendita tú, piedra,
sabedora de tantas verdades
que prefieres callar.

Bendito el frutecido follaje
de los pájaros,
que no firman pactos
ni siquiera con el viento.

Bendito el verbo
del hombre que dijo:
“Los cielos y la tierra pasarán…”

Y bendita tú, muerte,
Que en los párpados yertos del amigo
Me obligas a ser lo que no soy.



PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada