jueves, 11 de abril de 2019

Cartografía del poder






Seducidos por la idea de lo fantástico como otro plano de la realidad, Jorge Luis Borges y Lewis Carroll, postularon un mapa dibujado a escala de 1: 1. Es decir, un mapa del tamaño del mundo con sus ríos y montañas, con sus hombres y mujeres de todas las razas, con su  Rey Carmesí y su Aleph.

En realidad, los dos escritores estaban trasladando  al terreno de la ficción un viejo anhelo de  sucesivas generaciones de hombres, desde los días de la fundación mítica del mundo hasta los tiempos del imperialismo cibernético: el diseño de un mapa global que diera cuenta de un universo en el que nada escapa al control de la divinidad primero y de los  potentados después.

En busca de las claves de ese imposible, el escritor británico Jerry Brotton emprendió una investigación que lo llevó a la escritura del libro Historia del Mundo en 12 Mapas, publicado en 2014 en la colección editorial  Debate.

El resultado es un viaje  en el espacio y en el tiempo, que conduce al lector desde Sippar, actual Irak, en el siglo VI antes de Cristo,  hasta  nuestros días, cuando los mapas de Google Earth son consultados por millones de personas que sueñan  con ver el planeta representado por fin a escala real.

Todo empezó cuando el arqueólogo de origen iraquí Hormuzd  Rassam descubrió un pequeño fragmento de una tablilla cuneiforme de 2.500 años de antigüedad en las ruinas de lo que fuera la ciudad babilonia de Sippar, hoy conocida como Tell Abu Habbah, en la periferia suroriental de la actual Bagdad.



Se trata, según coinciden los eruditos modernos, del primer mapa del mundo del que se tiene noticia.

Aunque debemos precisar que aquí se habla del mundo conocido por una cultura. Es decir, del concepto encerrado en el vocablo Ecúmene.

Desde entonces, al ritmo del viejo impulso humano por la conquista de territorio, el mundo conocido no ha cesado de  ampliar sus fronteras.

Y con él, la necesidad de  representar las tierras conquistadas en un gráfico que sea a la vez síntesis  de los propios dominios y fuente de identidad.

Es decir, de lo que suele llamarse una nación.

Para Brutton, de entrada resulta claro que, más allá de una representación de   lugares, un mapa es una forma de validar el poder político, económico, religioso y cultural de un pueblo en una determinada coordenada del tiempo y del espacio.

Lo que  en nuestra  época llamamos geopolítica.

 Desde esa mirada, el mapa de Ptolomeo,  datado en  150 después de Cristo, ilustra el poderío militar  de la Hélade, encarnado en la figura de Alejandro Magno, que hizo de Alejandría ejemplo vivo de una polis griega trasladada  a tierras egipcias.

Siguiendo la ruta del Mediterráneo  la pesquisa de Jerry Brotton nos instala en Sicilia, año de 1154, cuando la isla  era protagonista del  intercambio entre la cultura musulmana y una tradición occidental representada en Roger II “rey de Sicilia, del ducado de Apulia y del principado de    Capua”.



Al – Idrisi recibe el encargo de confeccionar un mapa en el que la promocionada  igualdad de condiciones entre árabes y occidentales se revelará como mera ilusión: lo que Roger II y su descendencia pretenden es reafirmar su  supremacía sobre el mundo conocido.

Y se valen  de una mente tan brillante como la de al- Idrisi. Así lo describe Jerry Brotton:

“Los  datos escritos que se conservan sobre la vida de al-Idrisi son escasos y a menudo contradictorios. Sigue abierto el debate en torno a su lugar de nacimiento: algunos sugieren que fue España, otros Marruecos o hasta Sicilia; pero todas las evidencias apuntan a que se educó en Córdoba. 

En su apogeo durante los siglos VIII y IX como capital del califato omeya, Córdoba fue una de las mayores ciudades del mundo, con una población estimada en más de 300.000 habitantes. Contaba con la mezquita  más grande del mundo, fundada en  786, y era la sede de la que se puede considerar la mayor universidad de Europa, de la que salieron algunas de las mentes más brillantes  del periodo medieval, entre ellos el filósofo musulmán Ibn  Rushd  ( Averroes) y el rabino, filósofo  y médico judío Moshé Ben Maimón ( Maimónides)”.

En ese párrafo Brotton nos deja un mensaje claro : desde el comienzo de los tiempos los cartógrafos han sido personas  de poder, en concordancia con  quienes los escogen para adelantar la tarea de dar forma al tamaño de los imperios, de los reinos y, más tarde, de las naciones.

Esa condición resulta más evidente cuando nos adentramos en esa combinación de poder religioso, político y económico que  supuso la conquista española de América: la Ciudad de Dios y la  Ciudad del rey se hacen una en los trazados de mapas que cobran forma definida a medida que la cruz  y la espada se juntan para extender las fronteras del mundo conocido: la vieja ecúmene se apresta a gestar lo que  los discursos del siglo XX llamarían La globalización : ese entramado de especulación financiera, explotación de los recursos naturales,  uniformidad cultural y perfeccionamiento de los medios de comunicación como avanzada del control planetario por parte de las grandes corporaciones.



Superados los desafíos de la Guerra fría, el mapa del mundo conocido aparece pintado de un solo color… hasta que la emergencia de China y el resurgir de Rusia le dan otro tinte a las cosas.

Sobre todo China, cuya Ecúmene comprendía tanto las líneas del cielo como las de la tierra. Al respecto Brotton nos cuenta que:

“Los mapas  a los que aluden los poetas Song incluyen no sólo la estela del Hua yi tu, sino también otros ejemplos contemporáneos grabados en Xilografía, como el Mapa topográfico general de los territorios chinos más antiguos que se conservan. El incremento de la administración pública de la dinastía Song en los siglos XII y XIII hizo que el número de candidatos que se presentaban a sus exámenes aumentara hasta las 400.000 personas, y parte de su preparación consistía en dominar los usos prácticos y administrativos de los mapas”.

El mapa como cifra de la dominación  y como herramienta para el  ejercicio del poder surca así las seiscientas páginas del libro de Jerry Brotton, quien, a modo de colofón  le recuerda al lector:

“Durante más de tres mil años, la humanidad ha soñado con crear un mapa del mundo universalmente aceptado, ya desde que el anónimo artífice del mundo babilonio diera forma a su tablilla con la arcilla de la tierra. Hoy, esta sigue pareciendo una fantasía idealista, y siempre estará condenada al fracaso por la imposibilidad de crear una proyección de la Tierra comúnmente aceptada. Pese a las pretensiones de Google Earth, ¿será alguna vez posible, o siquiera deseable, crear lo que quería Abraham Ortelio, un mapa  exhaustivo y universalmente aceptado de toda la Tierra  que pueda actuar como el ojo  omnisciente de la historia?

Por lo visto, se trata de una fantasía tan irrealizable como los  delirios  de Borges y Carroll.

PDT . les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada


jueves, 4 de abril de 2019

Agente Naranja





 Ya les he contado que mi vecino, el poeta Aranguren, irrumpe en mi casa  cada vez que los desasosiegos del amor, las decepciones propinadas por su amado Unión Magdalena o la locura del mundo lo asaltan en la alta  noche.

“¡Que sí, que si coñooo, que el gobiedno de Duque noj va a jumigad con el temible Agente Nadanja!”

Bramó a modo de saludo, estropeando  la siesta de nuestra gata Fortunata.

Durante unos segundos sentí pánico: los gringos y sus cómplices en el gobierno de Iván Duque habían  decidido reemplazar el glifosato por un defoliante  más feroz.

Como ustedes saben, el Agente Naranja es un herbicida letal  del que  se  irrigaron más de cuarenta millones de litros entre 1962 y 1970, como parte de la estrategia de guerra ejecutada por los Estados Unidos durante  su incursión en Vietnam.

Las secuelas en la tierra, así como en humanos y animales continuaban sintiéndose  medio siglo después.

Pero no: el poeta Aranguren se refería a otras cosas.

Desplegando un ejemplar del  diario económico La República  del 12 de septiembre de 2018, leyó en voz alta las declaraciones de un funcionario del gobierno que hablaba en tono perentorio de la necesidad de desarrollar esa rama de la economía basada en  tres puntos básicos: la creatividad, la cultura y las artes como materia prima; la primacía de los derechos de propiedad intelectual  y la función directa de los dos anteriores como parte de una cadena de valor creativa.

Entre esos servicios se cuentan la cultura y las expresiones artísticas en general.

Es lo que llaman La Economía Naranja.



El presidente lo dejó claro en la ceremonia de su posesión, el 7  de agosto de 2018:

“Nos la vamos a jugar para que este país tenga la posibilidad de ver en los emprendedores tecnológicos unos nuevos protagonistas del progreso. Que el internet de las cosas, que la robótica, que la impresión en 3D, empiecen a hacer de Colombia ese centro de innovación que tanto nos merecemos”.

Iván Duque  tenía  razones para saberlo: junto a Felipe Buitrago es autor del libro “Economía Naranja: una oportunidad infinita”, una publicación  auspiciada por el  Banco Interamericano de Desarrollo. La obra   hace énfasis en el potencial de la  economía creativa y cultural.

Como sucede tantas veces con cosas y conceptos  mal entendidos, desde distintos frentes  culturales y artísticos salieron a celebrarlo.

Al fin la cultura y las artes pueden entrar a competir en mercados abiertos”, exclamaron algunos artistas y gestores culturales.

La verdad, no me extrañó. Muchos  de ellos se debaten en una curiosa frontera ideológica: cuando tienen contratos con el Estado son oficialistas a rajatabla y  al mismo tiempo profesan ideas casi socialistas.

Cuando no los tienen o están a punto de perderlos se  convierten en opositores.



En medio de su entusiasmo, no se fijaron en un detalle: las cifras utilizadas para impulsar el concepto de Economía Naranja incluyen en la misma bolsa toda la franja conocida como Entretenimiento: conciertos masivos, restaurantes, eventos deportivos.

Y al final, como en los noticieros de televisión, aparecen la cultura y las artes.

En la citada publicación de La República aparecen las siguientes cifras:

“El potencial de la economía naranja es enorme y ya se observa en el PIB. Solo el año pasado movió más de $20 billones entre artes escénicas, productos audiovisuales e industria musical, lo que es casi 2,3% del Producto Interno Bruto, un porcentaje igual o superior a otras actividades económicas que reciben más subsidios. En todo el mundo, la economía naranja tiene un valor aproximado a los US$4,2 billones, en industrias que cada día transforman la manera cómo nos entretenemos o nos informamos. En América Latina, la cifra casi se acerca a los US$200.000 millones, en donde Colombia es uno de los más representativos. Hay mucho por crecer, pero hay que blindar este camino”.

Los números son sugestivos y pueden encandilar a cualquiera. El asunto de fondo  es  lo que inquieta al poeta Aranguren: bajo esa perspectiva todo  queda sujeto a las llamadas Leyes del mercado. 

¿Acabarán los artistas   y gestores sometidos a  los caprichos y gustos de los consumidores? ¿Adónde irán a parar los componentes éticos y estéticos que se suponen parte de todo acto creador?

Mucho me temo que esas preocupaciones pertenecen al pasado: en el reino del espectáculo sólo valen los conceptos de compra y venta

                                                              Retrato de Lunia Czcech
                                                                                                    Amadeo Modigliani
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Ya lo sabían en París, la ciudad que mató de hambre a Amadeo Modigliani y cuyos marchantes se enriquecieron  décadas más tarde con la venta de sus cuadros.

No sé, le digo al  atribulado Aranguren: sospecho que uno de esos marchantes fue el inventor de la Economía Naranja.


PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada 
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