viernes, 15 de noviembre de 2019

Por dignidad






No sorprende pero si abruma la intensidad  con que el presidente Iván Duque en particular y los áulicos de su gobierno en general se refieren al anunciado paro del 21 de noviembre como una amenaza para el destino de Colombia.

Una suerte de parteaguas  que puede arrojarnos  al abismo de una vez por todas.

Como si no lleváramos siglos cayendo por un desfiladero que parece no tener fondo.

Editorialistas, columnistas, dirigentes gremiales, parlamentarios, voceros de una abstracción conocida con el nombre de “Sociedad civil” y hasta comentaristas deportivos duchos en incendiar estadios y avivar fanatismos aventuran una cartografía del desastre en la que siempre el rol de malos lo juegan los disidentes   y “ los agitadores profesionales”, según la jerga utilizada por  muchos de los llamados “ líderes de opinión”.

De ahí  a poner a  los líderes de la protesta en la mira de los francotiradores media  un solo  paso.


Y dije que no sorprende porque al fin y al cabo padecemos el tercer capítulo del  gobierno de Álvaro Uribe, un hombre que, valiéndose de un lenguaje apocalíptico  y  multiplicado por una prensa comprada y arrodillada, logró  crear el el clima mental necesario para erigirse en salvador y por ese camino criminalizar toda forma de protesta social.

La misma que ahora quieren regular, para que los inconformes marchen en formación marcial el día y la hora autorizados por el régimen.

Por lo visto, el 21 de noviembre no hace parte de ese calendario.

El resultado salta a la vista: los consumidores diarios de información, entre ellos varios vecinos y compañeros de trabajo, se refieren al anunciado movimiento del 21 de noviembre con mal disimulado sentimiento de aversión.

Es más: me miran como  a un apestado cuando les digo que no sólo estoy de acuerdo: también participaré en los actos de ese día. No importa si insisto en que, bajo cualquier circunstancia, mi participación  será pacífica y respetuosa.

Les da igual. Para ellos ya cambié de estatus sociopolítico: en cuestión de segundos pasé de mamerto de facto a criminal en ciernes.

Mamerto: esa es la chapa que les ponen en este país paranoico a los disidentes. Poco importa  si, como en mi caso, nunca he militado  en nada.

Ni siquiera en las barras bravas del Atlético Nacional.

Y eso  ya es mucho decir.

De  modo que cuando me preguntan las razones, les respondo con dos palabras:

Por dignidad.


Crecí  oyendo a mis abuelos maternos contar historias de horror todas las noches a la lumbre de  una vela de parafina: los relatos de pesadilla que los verdugos les tatuaron en el alma y la piel durante  la  interminable noche de la violencia liberal- conservadora.

La misma noche a la que pretenden devolvernos de un solo golpe  los nuevos despojadores.

Antes de  cumplir diez años aprendí que política y mentira son dos vocablos sinónimos. Fue el 19 de abril de 1970. El día en que el primer Pastrana le birló las elecciones a Gustavo Rojas Pinilla.

Que tampoco era gran cosa, aclaro: sus nietos presidiarios pueden dar fe de ello.

Apenas cuatro años más tarde supe que el presidente López Michelsen, hijo de aquel de “La revolución en marcha”, había ordenado que el trazado de una importante carretera   nacional pasara por una finca de propiedad de su familia en los Llanos orientales.

El nombre de la propiedad es una joya  de ese humor británico que tanto  le gustaba  presumir a López: “La libertad”.


Van dos.  Y yo todavía no cumplía los quince años.

Luego  cruzamos un tenebroso pasadizo: el mandato de Julio César Turbay Ayala. Un astuto político  de voz gangosa y panza de Pantagruel,  que con su Estatuto de Seguridad  se aseguró el dudoso honor de ser el pionero de la Seguridad  Democrática.

El horror volvía a tocarme de cerca: apenas contaba  veinte años. Otras formas de locura acababan  de matar a Lennon  en el vecindario del Central Park y yo perdía, secuestrada, torturada  y desaparecida, a Ana Lucía Oquendo, acaso mi primer gran amor, para utilizar una expresión cara a una época en la que esas cosas le daban sentido a la vida.

¿Su delito?  Haber puesto  su conciencia crítica y sus conocimientos de derecho al servicio de los excluidos.

Igual que hoy.

Pero la horrible noche  no  cesa allí. El turno fue para Belisario Betancur. Un  mandatario gramático arrastrado por el torbellino de su pusilanimidad.

Ya nunca lo sabremos, pero durante los días de la retoma sangrienta  del Palacio de Justicia a lo mejor protagonizaba una de sus frecuentes escapadas a Pereira, donde se ahogaba en aguardiente y entonaba bambucos destemplados en compañía de su amigo Luis Carlos González.



A Betancur lo sucedió  Virgilio Barco, un hombre que,  como el país entero, perdió la memoria.

Cuando la recobramos era tarde: con César Gaviria en el papel de ventrílocuo, estábamos  en las garras del catecismo neoliberal, el manual diseñado  para promover  la religión del mercado.

La misma que  nos  redujo  a la miserable condición de autistas  dedicados al acto reflejo de producir, consumir y desechar: la triste impronta del homo economicus.

Como ven, nos vamos acercando al día de la marcha y sus muchas justificaciones.

 Continúo entonces: la estulticia de Andrés Pastrana, un presentador de televisión devenido presidente. Con esto queda dicho todo.

Y el reinado de Álvaro Uribe  y su joya de la corona: ese inaceptable eufemismo de los falsos positivos para referirse  a crímenes de Estado.

Ah bueno, antes de llegar al tercer capítulo de Uribe  estuvo Santos con su hábil juego de la egopolítica, Nobel incluido.

Hasta que llegamos a este  noviembre lleno de lluvias y presagios.

Aquí tenemos al presidente copando todas las  pantallas, todos los micrófonos, todas las portadas… y los portales.

Como un profeta monomaníaco- perdón por la necesaria  redundancia- no  cesa de advertirnos sobre los peligros de la protesta social.


Lo comprendo: igual que  sus áulicos  debe haber visto demasiadas imágenes de televisión sobre  las movilizaciones en Chile,  Ecuador, Gran Bretaña, Hong-Kong y otras turbulencias del mapamundi.

Puros movimientos instigados por los mamertos, los castrochavistas y hasta por un fantasma que se suponía muerto y enterrado: El comunismo internacional.

Ni siquiera    se han  tomado la molestia de advertir lo obvio: que esta gente está lejos de querer cambiar el mundo. Sólo aspiran a una participación moderada en el pastel.

No están movidos por ideologías o por doctrinas políticas. No por casualidad en Chile adoptaron a modo de himno una cancioncilla ligera de los ochentas: El baile de los que sobran.

Pero ni siquiera eso puede permitirse el modelo  económico en sus versiones más tardías. Como un perro que entierra los huesos y de repente  pierde el sentido del olfato, está dispuesto a extinguirse en su propia ley: consume y cállate.

Y yo, que no soy consumidor, tampoco quiero callar.

Es cuestión de dignidad ¿Saben?

Y esas cosas no se negocian.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.


miércoles, 13 de noviembre de 2019

Johannes o la melancolía





En el vasto universo del lenguaje hablado y escrito existen  palabras que no se pueden definir con  otras palabras.

Como esos vocablos gravitan sobre lo insondable, ni  siquiera tienen sinónimos.

Aunque a veces lo parezca.

Una de esas palabras es melancolía y su correspondiente adjetivo: melancólico.

Por más que uno se empeñe en forzar las cosas, al final debe admitir que melancolía no es sinónimo de tristeza, de dolor, de tedio o  de mundano aburrimiento.

Todos esos estados  del espíritu se pueden curar  mediante una buena dosis de distracción, de espectáculos, de palabrería religiosa o incluso de teorías sicológicas.

La melancolía  no.

La explicación es sencilla: mientras la tristeza, el dolor, el tedio o el aburrimiento son estados transitorios, la melancolía es una condición del ser.

Así,  hablando con precisión, no se dice que alguien es triste, pero a menudo apelamos al término melancólico para referirnos a la condición abismada de una persona.


Melancólica era por ejemplo Alfonsina Storni, la poeta que una vez se refirió  a  su libro La inquietud del rosal en los siguientes términos:

“Dios te libre amigo de La inquietud del rosal, pero lo escribí para no morir”.

Melancólico  fue también Ernesto Sábato, creador de una serie de  personajes abrumados por  una lucidez  traducida en el más visible de sus signos: la melancolía.

Alejandra Vidal, Bruno Bassán y el pintor Juan Pablo Castel pertenecen a esa  condición alucinada del que aprendió a  caminar en las tinieblas con los ojos cerrados: le basta con el fulgor de fósforo de los propios huesos.

Ustedes ya deben estar fatigados por la cantidad de veces que he utilizado la palabra en este breve texto.

Pero ya se los advertí: no tiene sinónimos, aunque muchos gramáticos  piensen lo contrario.

Así que continúo: melancólico era también el gran Dante Alighieri.  De hecho, su Divina Comedia es lo que el escritor Robert Burton llamaría una “Anatomía de la melancolía”.


¿Con qué  otras palabras podríamos  definir el estado del alma de tipos como el músico de blues  Robert Johnson, forjador de un puñado de canciones que nos  dejan al límite del desamparo?

Títulos como Cross Road Blues, Kind Hearted Woman Blues, Last Fair Dean Gone Down, Stones In My Passway, Love In Vain y la legendaria  Me And The Devil Blues  bastan para inscribir a Johnson  en esa cofradía de la que hace parte  el poeta  Francois Villon, cuya célebre pregunta no cesa de inquietarnos:

“¿Qué se hicieron las damas de antaño?”

Así las cosas, cada vez que alguien me pide una definición de melancolía lo invito a escuchar el primer movimiento de la  Segunda Sinfonía en D Mayor, Opus 73, del compositor alemán Johannes Brahms, heredero directo del genio de Mozart, Haydn y Beethoven.


Sólo la música, con su capacidad para desvelar el hondo  sentido del silencio, puede aproximarnos  a esas  simas  vislumbradas en las novelas de los escritores  que se asomaron al corazón herido de los hombres y mujeres arrastrados por el desplome del Imperio Austrohúngaro.

Es decir, al crepúsculo  de un mundo que se desvanecía en el aire, para utilizar- una vez más- la brillante frase de Karl Marx.

Me refiero a escritores como Robert Musil, Joseph Roth, Heimito von Doderer y Thomas Mann, todos  ellos portadores del virus de la melancolía y por eso mismo los únicos capaces de beber hasta las heces el cáliz de  un mundo en irremediable disolución: el de los valores aristocráticos, incapaces ya de resistir los embates de la vulgaridad y el pragmatismo burgués.

Todos ellos, en algún momento de su vida, reconocieron su deuda  con la música de Brahms.


Y yo, pobre mortal, sólo atino a invocarlo cuando alguien, desconfiado del diccionario, me pregunta por el sentido de la palabra melancolía.

PDT. Les comparto enlace a dos bandas sonoras de esta entrada






miércoles, 6 de noviembre de 2019

Primero fue el silencio





En el principio el silencio fue líquido: en el vientre de la madre un escudo de agua nos protegía de los embates del mundo con su carga de ruido y furor.


Luego, el silencio se hizo camino. Arrojados al barullo de la sociedad humana no tardamos en advertir la dosis de  desamparo implícita en el hecho de estar vivos.

Muy temprano llegamos, pues, a la  primera encrucijada: elegir el silencio  exigía recorrer una buena parte del camino en soledad.

En cambio, optar  por la senda concurrida tenía   un alto precio: el de la libertad de estar con uno mismo a cambio de la seguridad de la manada.

Salvo excepciones, los hombres optamos por el segundo camino.

Y aquí vamos, cada vez más aturdidos por el estruendo que mana de todas partes, como si fuéramos presa  de un volcán enfurecido.

Estruendo de las radios, de los televisores, de los automóviles, de los espectáculos deportivos, de los teléfonos, de los energúmenos que gritan cada vez más alto.

Por eso, a esta altura del viaje, el aturdimiento es nuestra  principal seña de identidad.

El homo aturdido y, por lo tanto, sordo, ya no sabe a quién dirigir sus plegarias.


Lo peor de todo es que ya no puede volver atrás porque teme al silencio. A ese rumor de hojas que podría devolverlo a lo más cierto de sí mismo.

Y  no hay nada  a lo que tema tanto el hombre   como al hilo de luz  que le dibuja en la alta noche los rasgos de su último rostro.

El definitivo: aquel con el que ha de enfrentarse a la muerte.

“El solitario es un caminador”. Le debo esa frase feliz a mi compinche Rigoberto Gil, compañero de viaje en largas  caminatas por las afueras de Pereira.

Juntos, hemos  escalado laderas y cruzado bosques bendecidos por cascadas que irrumpen  como un milagro en medio de la ruta.

También hemos  aliviado los pies en las aguas misericordiosas de un riachuelo de tierra fría.

En algún diciembre de natillas y canciones de Buitrago devoramos caminos polvorientos bajo un sol que no daba tregua.

Ah… el tipo es escritor, y de los buenos. Pero confieso que me gustan más esas caminatas donde la conversa fluye sin parar hasta que  “La euforia santa del silencio”, desciende sobre nosotros y nos devuelve a la quietud primordial.

A la indispensable paz interior  que nos ha sido escamoteada por el vocerío de las gentes  obligadas por la propia codicia a competir en los mercados donde siempre gana el más gritón.


Pausa para un crédito: lo de la euforia santa del silencio es del poeta Darío Jaramillo Agudelo, un degustador de auroras a quien ni siquiera la barbarie que lo despojó de uno de sus pies ha impedido echarse al camino cada vez que el corazón le reclama su diaria dosis de sosiego.

Sumo y sigo: es muy difícil encontrar un compañero de caminatas. Alguien que simplemente  sea cómplice de nuestros silencios. Al fin y al cabo, la gente es proclive a enamorarse de sus propias peroratas. Su cháchara nos impide mirar el camino como a otra forma del silencio que se expresa en el  rumor del viento, en el discurrir del agua, en el canto de los pájaros.

En el mutismo sin tiempo de los árboles.

El descubrimiento de esto último   se lo debo a mi abuela Ana María: ella misma era  un árbol siempre dispuesto a prodigar frutos imposibles.

Ella y su esposo Martiniano tenían una pequeña parcela llamada “El Tigre”,  a tres horas de camino de la cabecera municipal más próxima.

Y cuando  digo de camino quiero decir a pie.  O  “A  pata de indio”, como se estilaba  decir en esos tiempos, sin que  lo asediaran a uno los campeones de la corrección política.

Yo  tendría unos siete años. Cada semana esa vieja querida hacia un viaje de ida y vuelta hasta el pueblo. Llevaba huevos, queso y café  para vender en el mercado.  De regreso  cargaba su líchigo con carne, sal y aceite.

Lo indispensable para “seguir llevándola”, según solía decir.

El recorrido de ida y vuelta nos tomaba seis horas. Hoy la acusarían ante el Instituto de Bienestar Familiar por someter a un niño a esas torturas.

Pero es al revés: fue la vieja y amada Ana María- un árbol silencioso, un camino lleno de encrucijadas ella misma- la que me reveló desde muy temprano las muchas dimensiones del silencio, que para los grandes iniciados sigue siendo la más sincera y efectiva de las plegarias.


Ya lo dijo Paul Simon en esa canción suya tan hermosa como manoseada: “Dios nos habla en  el silencio”.

Por eso, cuando en uno de mis recorridos me cruzo con un club de caminantes me santiguo y busco un atajo.

Son algo así como una profanación: lucen uniformes con el nombre del club, llevan palos comprados a medida en algún Homecenter, consumen comida chatarra como niños posesos y  portan radios para escuchar las noticias.

Pero, sobre todo, parlotean. Y para colmo de males  lo hacen todos al mismo tiempo.

En esos instantes añoro a mi compinche Rigoberto Gil tan rigoroso él, hasta en las caminatas.

Y  extraño también la lucidez de Joel Pérez, que una tarde inundada de ron me dijo: “Toda la vida estuve esperando un amigo como usted. Alguien que me  haga la visita y no me hable”.


Y ese amigo, que hace ya siete  años se fue a vivir al barrio que hay detrás de las estrellas, sí que sabía de largos, larguísimos silencios.

Y vuelvo a invocar  la presencia de la abuela Ana María: caminando juntos   bajo el sol o la lluvia me enseñó una y otra vez lo esencial: que primero fue el silencio.

PDT . les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada




jueves, 31 de octubre de 2019

Aquí anduvo la muerte






El sobrevuelo de los buitres entre las nubes que coronan la sierra.

 Los aullidos de agonía de un mono, desmembrado a machetazos por los humanos con los que se encontró en el camino.

El olor dulzón de la  oscura nube de humo que se eleva desde la hoguera donde se calcinan los cuerpos de hombres, mujeres y niños reducidos a  trozos diminutos por orden de los traficantes de personas apostados en la zona.

La sangre que mana a borbotones del cuello cercenado de una mujer embarazada y asesinada por un todavía niño y ya casi hombre de tanto apurar hasta las heces el cáliz de la infamia que lo  rodea.

No por casualidad se hizo pollero, es decir, traficante de inmigrantes, como quien aprende un juego más.

Todo nos dice que por aquí anduvo la muerte, cuando uno se aventura a cruzar las  341 páginas del libro  Las tierras arrasadas, del escritor mexicano Emiliano Monge, publicada en julio de 2019 con el auspicio del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.

Una  tras otra,  familias enteras de emigrantes emprenden la travesía por valles y montañas, animados no tanto por la esperanza como por la certeza de que atrás apenas queda nada para rescatar, porque las vidas y las tierras han sido arrasadas por la codicia y la impiedad que animan las acciones humanas.


El primer párrafo de la novela nos anuncia la sucesión de pesadillas que se avecina:

“También sucede por el día, pero esta vez es por la noche. En mitad del descampado que la gente de los pueblos más cercanos llama Ojo de Hierba, un claro rodeado de árboles macizos, lianas primigenias y raíces que emergen de la tierra como arterias, se oye un silbido inesperado, cruje el encenderse de un motor de gasolina y desmenuzan la penumbra cuatro enormes reflectores”.

Es el anuncio de lo ominoso, que hasta el final rodea la existencia de los protagonistas, impregnándola de una sustancia  viscosa que muy pronto se nos revelará como la esencia de lo humano cuando es llevado al límite.

Los reflectores en cuestión iluminan decenas de rostros donde sólo alienta el miedo: las facciones del animal que ha sido conducido a una trampa en la que inicia todas las fases de la degradación, de la que  apenas puede salvarlo una muerte que tarda en llegar.

Engañados, secuestrados y vendidos en los mercados de seres humanos, los fantasmas que habitan la novela bajan por todos los círculos del infierno en una suerte de viaje sin regreso donde lo pierden todo, hasta quedarse sin   voz, sin oídos, sin nombre, sin memoria.


Son ellos los que recitan para sí mismos una salmodia que le permite al lector asomarse a los abismos de una desesperación para la que no hay ya consuelo:

“Le pedí a Dios que ayudara… que no dejara que eso nos hicieran… yo rezaba y ellos se reían…luego me sacaron afuera y me tiraron en el lodo…me dijeron síguele rezando a ver qué pasa… y me quedé ahí tirada… en medio de la oscuridad y el olor a podrido…ahora sueño con el olor ese a podrido…  y ya no rezo”

Recita para sus adentros la mujer que acaba de ser violada una vez más.

Cada vez que asistimos a un nuevo episodio de nuestras violencias creemos haber tocado fondo y nos decimos: ahora sí es el momento de nuestra redención.

Pero no hay forma alguna de redención: el agujero negro no tiene fondo.

Eso es lo que nos repite el narrador de esta novela en los nombres  de los lugares donde se desenvuelve  la vida  mutilada de sus personajes.

Lugares que se llaman  El infierno, El Purgatorio, La caída.

Y personajes que ostentan nombres como Epitafio, Sepelio, Mausoleo, Cementerio.

Pero lejos está el narrador de jugar con alegorías o metáforas  sugestivas: la vida de víctimas y victimarios es eso: una colección de sepelios y mausoleos.


En la cabina de los camiones van los verdugos: los tratantes de carne humana. En los contenedores viajan, colgados de las manos, los que un día partieron tras el señuelo de una ilusión que pronto se reveló estafa:

“Soy de allá pero allá sí que no hay nada…por eso voy…como se fueron ya mis otros…voy a tener allí un trabajo… voy a tener ahí una vida… me encontraré allí con mis amigos… ellos me tienen ahí contado.

“Yo voy allá para olvidarme…para olvidar lo que tenía…para olvidar pues lo que no tengo…que ya no tengo…voy allá para no tener más miedo…porque allá no voy a tener más miedo”.

A esta altura del relato el lector   ya tiene claro que allá es apenas  otro de los nombres de la muerte.

Mientras las víctimas  van dejando las mejores partes de sí mismas en un calvario que no acaba, los verdugos asisten a su propia degradación:   codicia, traiciones, mentiras que se alzan como muros  infranqueables entre lo que fueron, lo que son y lo que no llegarán a ser.

Y  al fondo,  el ojo eterno de la naturaleza contempla, una vez más, el espectáculo de  los hombres destruyéndose:

“Cada vez que los relámpagos se apagan, sobrevienen los rugidos de los truenos y al callar sus ecos enrabiados, los chicos de la selva, cuyos párpados suplican descansar aunque sea un rato, se extravían en los sonidos de la selva: croan las ranas en el río que vomitan  los enormes socavones, chillan  cientos de murciélagos adentro de las cuevas, ruge en la distancia la pantera de estas  latitudes y picotea  un ave terca el blando tronco de un altísimo aguacate”.

Y, sin embargo, en este paisaje de tierras  arrasadas brotan a veces los frutos del amor, aunque sea a través de las vidas  truncas de  Epitafio y Estela. Un amor adivinado por Mausoleo, el hombre que  encandilado por una minúscula parcela de poder, acaba convertido en verdugo de sus propios compañeros de infortunio:

“¿Quién diría que eras tan frágil… que serías así de raro? medita Mausoleo  observando nuevamente a Epitafio, cuya barbilla, cuello y pecho son alumbrados por el sol que en la distancia está emergiendo poderoso.  ¿Quién diría que una  vieja iba a ponerse así de inquieto?”

Y sí: por los siglos de los siglos el amor nos ha hecho frágiles y, por lo tanto, bellos.

A lo mejor eso es lo que quiso decirnos Emiliano Monge en el breve amanecer de esta pesadilla titulada  Las tierras arrasadas.

PDT.  les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada








martes, 22 de octubre de 2019

Carteles políticos




“El voto en blanco es la forma suprema de la desesperación política”, sentenció el profesor Danilo Herrera, sentado a una de las mesas de El cafetín, un popular tertuliadero ubicado en el centro de Pereira.

Al fondo, colgada de la pared, una fotografía de Agustín Magaldi  parecía asentir desde la eternidad.

“Mmmm… mal puede desesperar quien nunca ha estado esperanzado. Lo mío es apenas una variante del descreimiento absoluto”, le respondí.

En ese momento, los  otros contertulios tomaron partido: dos del lado del descreído y dos partidarios del esperanzado.

Empate técnico apenas  a una semana de las elecciones para gobernadores, alcaldes, concejales, diputados y ediles.

La  variopinta y no pocas veces perversa fauna que controla la vida de Colombia desde hace por lo menos trecientos años.

Es decir, mucho antes de que este territorio se llamara Colombia.


Bien provistos de café amargo, los seis conversadores: dos profesores, un abogado, un vendedor de confecciones, un cura retirado y este servidor, contador de historias, se abandonaron  a una de esas deliciosas charlas de café  en las que el tiempo  entra en suspensión y la realidad es una materia proteica que se acomoda a los antojos de cada quien.

Sólo por joder, les dije que Darío Echandía, un viejo zorro del Partido Liberal de hace más de medio siglo, escribió alguna vez que un partido político es un proyecto de sociedad en movimiento.

Desde luego, hoy no queda ni  rastro de esa idea. Convertidos en lucrativas empresas que no pocas veces rayan con el crimen organizado, los partidos políticos en Colombia operan a modo de fondos de inversión, donde  aportantes disfrazados de cualquier cosa depositan sus dineros  a la espera de que un triunfo de su favorecido les devuelva con creces el dinero apostado en la ruleta electoral.

Es decir, auténticos carteles políticos.

El modelo es de sobra conocido: contratos, cargos  públicos, coimas. Es decir, lo público como un botín en el que modernos piratas y corsarios entran a saco.




Ante la sola mención de la palabra pirata, sentí que Gardel me hacía un guiño desde  su cielo sin nubes: es lo más parecido a la esperanza que he experimentado  en el último medio siglo.

Justo entonces Hugo Medina, un profesor de filosofía borrachín y nihilista- y perdón por la redundancia- se sacó de la manga una lista  de imágenes que  pueden resumir  por si solas la sustancia de la que están hechos nuestros  aspirantes a tomar el gobierno:

-Bolsas negras de plástico repletas de dinero en efectivo, sacadas por mensajeros furtivos a la madrugada con destino a la compra de votos.

-Empleados públicos  amenazados con la pérdida del empleo si no votan por los políticos que los pusieron en el cargo.

- Empleados públicos sometidos al pago de  un porcentaje de los salarios recibidos,  destinados luego a la financiación de las campañas de sus benefactores.

- Gastos de campaña sufragados con  dineros girados por reconocidos capos del narcotráfico.

- Saqueo del erario con el fin de financiar campañas y acrecentar las fortunas personales.

- Propaganda negra urdida por geniecillos del mal conocidos bajo le etiqueta de Consultores o Asesores de campaña, diestros en manejar las redes sociales para replicar prácticas tan antiguas que se remontan a los tiempos del Imperio Romano.

“Todo el mundo denuncia, pero nadie aporta las pruebas, por temor a ser silenciado a balazos”, terció Julio César, uno de los esperanzados.

“Eso, eso, en este país un balazo no se le niega a nadie- espetó, resucitado, el profesor Danilo Herrera-, y añadió: Por eso es el momento de empezar a cambiar”.


Ésta última palabra me produjo vértigo: los demagogos la han manoseado tanto que sólo nos queda  la cáscara vacía. Es de  esos vocablos que ya no dicen nada y necesitan, por lo tanto, de un cambio.

Como se acercaba  la hora del almuerzo, de repente los contertulios nos volvimos prácticos y el profesor Herrera dio inicio  a la sesión de probabilidades electorales. Entre números y ecuaciones decidió que solo había dos candidatos con opciones reales para tomar las riendas de la ciudad.

Así dijo: “tomar las riendas de la ciudad”.

“Ellos son Carlos Maya y Mauricio Salazar”, exclamó, alzando su dedo índice con aire admonitorio.

Ahí está el problema, señores, les dije, cansado ya y con el estómago pensando en un buen churrasco: que no son opciones, que son  apenas dos máscaras de lo mismo.

El primero es   una artimaña de la actual administración para prolongar su dominio y el segundo… bueno, el segundo por algo renunció a su carrera en el congreso de la República para jugársela por la alcaldía de Pereira.

Como dijo el gringo: “Business are  business”

Así que, señores, gracias por el café y que entre el diablo y escoja.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada




miércoles, 16 de octubre de 2019

La andariega vuelve a casa


                                                                       






             ¿Cómo tornar al éxtasis de sol, a la luz ebria de mis siete años,

              al sabor maduro  de la mora,

              a todo aquel territorio desconocido por la muerte,

              a esa palpitante luz de la pureza,

             a todo esto que soy yo y que ya no es mío?

              

Darío Jaramillo Agudelo



Quizá el único viaje auténtico sea  el que nos lleva de las entrañas de la madre al temprano descubrimiento del mundo con su alijo de milagros y pavores: el pleno instante de la infancia.

El  único momento en que nos es dada la eternidad.

Esa aventura se  inicia con el fuego del deseo, continúa con nuestra estancia en el elemento líquido primordial, hasta devenir encuentro, confrontación y comunión con la tierra y el aire del afuera.

Luego volvemos al punto de partida, a la disolución implícita en el simbolismo del Ouróboros, la serpiente que se muerde la cola.

La gran literatura siempre ha intentado, de múltiples maneras, repetir los pasos de ese viaje iniciático, en procura de alguna  forma de conocimiento del mundo y de uno mismo.

En su destino errante, la escritora colombiana Albalucía Ángel ha trasegado en cada uno de sus libros de narrativa por ese sendero, en busca de las claves del reino perdido de la infancia: “esa palpitante luz de la pureza” de la que nos habla el poeta Darío Jaramillo Agudelo.

En buena hora, la Secretaría de Cultura de Pereira ha decidido reeditar, con autorización expresa de la autora, la narrativa  completa de la  escritora nacida en  Pereira en 1939 y convertida en hija del mundo  a fuer de andar y andar los caminos.


Gracias a un acuerdo con  la editorial  Random House, quienes una vez nos asomamos a sus cuentos y novelas tenemos hoy  la oportunidad de releerlos.

Otros emprenderán por primera vez el recorrido  por el universo literario de esta andariega que supo  sustraerse  a  la influencia de sus amigos del boom latinoamericano, para forjarse un estilo propio, calificado desde un comienzo como vanguardista por parte de los críticos  del momento.

Los resultados de ese periplo empiezan a darse a conocer con la publicación de las novelas Girasoles en invierno (1970) y Dos veces Alicia (1972), historias situadas en París y Londres, en las que  la viajera consignó las vivencias de buena parte de  su estancia en Europa. Girasoles en invierno  había obtenido una mención  en el Concurso Esso de Literatura en 1966.


En 1975 publica  su obra cumbre: la novela Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, un desafío narrativo y estilístico en el que  Albalucía Ángel explora  a fondo el mundo de su infancia   en Pereira, al tiempo que se sumerge en una indagación sobre raíces de una  de las muchas violencias que han surcado con sus ríos de sangre la historia de Colombia: la confrontación entre liberales y conservadores, cuyo detonante mayor fue para muchos el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948.

De hecho, el título de la novela funciona a modo de conjuro infantil contra el torbellino que envuelve a  sus protagonistas.

El virtuosismo de la obra le valió  el  premio   en la Bienal Nacional de Novela, Vivencias de Cali,  otorgado en  1975.

Más tarde vendría el libro de cuentos cortos  ¡Oh gloria imarcesible! (1979), además de Misiá Señora (1982) y Las andariegas, toda una indagación acerca de las muchas formas de   ultraje  padecidas por las mujeres a  lo largo de los siglos.


Motivaciones políticas aparte, la narrativa toda  de  Albalucía  Ángel está surcada de principio a fin por una búsqueda de los potenciales del lenguaje para expresar la esencia del espíritu humano en su confrontación con lo real o, al menos, lo que entendemos  por realidad.

En las fuentes de ese lenguaje está, desde luego, el habla coloquial: las palabras forjadas por el pueblo en sus intentos siempre renovados por expresar la riqueza de la cotidianidad. La narradora sabe, como el poeta Serrat, “que lo sencillo no es lo necio”, y por eso se abisma  en los muchos sentidos de los vocablos usados por el tendero de  la esquina, por la costurera, por el borracho y por el guachimán  de  la plaza en su intento de acercarse a  los misterios del mundo.

De su mundo.


En esa búsqueda  la autora nos recuerda que la palabra poética, pariente de la música al fin y al cabo, tiende a velar más que a revelar la hondura de las cosas.

De ahí el  enorme desafío implícito en los actos de leer y escribir: siempre estamos al lado de acá de lo inefable.

Con todo, escritor y lector lo intentan una  otra vez: a veces, algunas veces, las metáforas nos permiten un atisbo a  la sagrada esencia del misterio: el de la infancia, el de la vida, el del  deseo, el de la muerte.

Ese desafío es el que nos propone la Secretaría de Cultura de Pereira con la reedición de la narrativa completa de Albalucía Ángel.

Estamos todos invitados a asumirlo.

PDT . les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

jueves, 10 de octubre de 2019

Los adjetivos inútiles






Por obra y gracia de los manuales escolares de literatura colombiana, la amplia y honda poesía de Luis Carlos López quedó reducida a los versos de A mi ciudad nativa, más conocido en la memoria popular como el poema de los zapatos viejos.

Eso pasa  a menudo con los poemas  que se vuelven símbolo de una comunidad o de una forma particular de asumir el mundo.

Debemos bucear más a fondo para superar el deslumbramiento de esas joyas y descubrir  bien abajo la vastedad de un universo que como el de “El Tuerto” López,  abarca todos los matices de lo humano: sus poemas van desde lo tragicómico de nuestras veleidades hasta la extrema desazón metafísica, pasando, cómo no, por su profundo desdén  hacia toda forma posible de amaneramiento.

Poeta de la sencillez, mas no de la simplicidad, Luis Carlos López se entronca en una tradición que busca la claridad como esencia de toda poética y por eso elude la tentación de los adjetivos inútiles a la hora de asomarse a las cimas y a las simas de la existencia propia y ajena.

Para muestra, las dos  primeras estrofas del poema titulado El Zagalón de Pepe:

Buen muchacho, membrudo

que se pasa la vida sin afán,

con su cara de engrudo

y sus cabellos como de azafrán



Para este chico rudo,

¿Qué mayor ambición? Tiene su can, su rebaño lanudo

y  unas rodajas  de cebolla  y pan.



Poco más se puede puede pedir para atravesar sin afanes el breve camino que nos lleva del nacimiento a la muerte. Somos los humanos quienes, empujados  a partes iguales por dosis de miedo y codicia, convertimos la promesa de una mañana diáfana en la pesadilla de una noche  borrascosa.


Primero desde su Cartagena natal y luego  a partir su permanencia en Europa, Luis Carlos López se  nutrió de lo mejor de la poesía universal. Su viaje incluyó desde una paciente aproximación a la lúcida y torturada poesía de   Holderlin,  hasta una travesía de ida y vuelta al Siglo de  Oro español.

De ese recorrido iniciático nos trae de  regreso bellezas como esta, titulada Cartulina postal:

Flota en desbordamiento de cascada,

con visos de pavón, su cabellera

funeral como el ébano y la endrina.



Y acaricia su lánguida mirada,

cual suele acariciar una quimera

bajo el sopor azul de la morfina



Hombre nacido y crecido frente al mar, el poeta no echa  anclas en un lugar. Por eso, acto seguido, hace uso de ese  refinado humor negro que siempre lo caracterizó, para  dar paso a su espíritu  anticlerical:

Ciñendo rica sotana

de paño, le importa un higo

la miseria del redil.



Y yo, desde mi ventana,

limpiando un fusil, me digo:

-          ¿Qué hago con  este fusil?



Hijo de su tiempo, El Tuerto López sintió clavarse en su espíritu el aguijón del tedio, esa forma de la aflicción  que supo convertir desde muy temprano en materia de su poesía. Pero el tedio del poeta nada tiene que ver con el aburrimiento de  la gente falta de imaginación. El suyo es el estado de alma de quienes, por exceso de imaginación, acaban dándose de bruces con las múltiples formas del sinsentido:

No hay que hacerse ilusiones

sobre tibios colchones



de algodón y de seda.

la vida que nos queda



puede servirnos para vencer. Y cara a cara



y contra la corriente

tenderemos el puente



de ribera a ribera…

después, sin un suspiro,



disuelta la quimera,

nos pegamos un tiro



Escribe en un poema titulado Así habló Zaratustra, cuyo título no precisa de explicaciones.




A lo mejor fue  en  el pensamiento de Nietzche  donde adquirió ese desprecio hacia la solemnidad y  a los tópicos del falso romanticismo que  surca toda su obra. Para muestra, este poema  que lleva por título Sin ninguna intención:

Me pide usted mi autógrafo. Y  la idea

no es única y genial. Parole d´honneur.

lo mismo me pidió, siendo más fea

que un susto en la manigua, una mujer…



Una mujer de nombre Dorotea,

que al verla daban ganas de correr,

de correr y gritar: - ¡maldita sea!

-¡Ah, sus ojos de queso de  Gruyere!



El humor como conjuro aflora todo el tiempo en la poesía de Luis Carlos López. Conjuro contra el absurdo y contra al amaneramiento de una sociedad basada en la pura apariencia. Al fin y al cabo, ya lo había advertido en el poema  número I de  una selección  titulada Despilfarros:

Nada pierdo

y gano poco

con ser cuerdo.

mejor es volverse loco.

 La de  “El tuerto” López fue una obra breve e intensa condensada en cuatro títulos: De mi villorrio, Posturas difíciles, Por el atajo y Cuadernillo N° 1.  En esos libros se destila una poesía que cobra cada vez más vigor con el paso de los años, como podemos advertir en este poema titulado De tierra caliente, donde el poeta recobra la vieja  idea de que el paisaje es apenas un estado del alma:

Flota en el horizonte opaco dejo

crepuscular. La noche se avecina

bostezando. Y el mar, bilioso y viejo,

duerme como con sueño de morfina.



Todo está en laxitud bajo el reflejo

de la tarde invernal, la campesina

tarde de la cigarra, del cangrejo

y de la fuga de la golondrina…



Cabecean las aspas del molino

como con neurastenia. En el camino,

tirando el carretón de la alquería,



marchan dos bueyes con un ritmo amargo

llevando en su mirar, mimoso y largo,

la dejadez de la melancolía.





La  neurastenia de las aspas del molino. El ritmo amargo  de los bueyes. Una vez más, las metáforas nos hermanan con el universo de las bestias y las cosas, en un intento por recuperar a través de las palabras la unidad perdida desde el comienzo de los tiempos.

Esa búsqueda tan antigua como el hombre, a la que los poemas de Luis Carlos López hacen  honor con su batalla siempre ganada contra los adjetivos inútiles.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada