miércoles, 24 de junio de 2020

Sexo enmascarado



                   



“ Opino con Sade/ que al deseo los frenos
                     le sientan fatal.”
                                                 Joaquín Sabina
                                                  Whisky sin soda.


En medio de la avalancha informativa que nos abruma, sin tiempo para  tomar distancia crítica y mientras se multiplican  por igual las teorías conspirativas y las leyendas urbanas sobre el Covid-19, me entero de que algunas autoridades sanitarias  les recomiendan a las parejas- formales o furtivas- usar tapapocas durante las relaciones sexuales, no vaya a ser que la parca les llegue disfrazada de orgasmo.

Para variar,  el dato me llegó  vía Martha Alzate , que lo encontró en una de sus pesquisas por la prensa global.

¡Nññññeeeerdaaa, compadre,  no jooodddaaa! diría mi vecino, el poeta Aranguren ante semejante muestra de  fundamentalismo.

Hasta ahora, la reglamentación del sexo era potestad exclusiva de los inquisidores . “ Señor mío y Dios mío, perdona el pecado que vamos a cometer. No es por vicio ni es  por fornicio, es por hacer hijos en tu santo servicio”, recitaban  las parejas antes de entregarse a las  delicias y tormentos de la carne, o a lo que  algunos teólogos llamaban “ Hacer la bestia de dos espaldas”.

¿ Sexo sin besos en la boca, sin viborear de las lenguas y sin  la consiguiente descarga eléctrica  que nos estruja y nos pone fuera de nosotros mismos? ¿ a quién se le ocurre semejante aberración?.

Según los historiadores de la sexualidad, el sexo sin besos en la boca era  una suerte de código de honor  empleado por las putas. Era y  es su manera de dejar en claro  desde el  principio que se trata de una transacción en la  que una parte paga por un alivio  fugaz y la otra le sirve de medio, de instrumento.

En la práctica, tener  sexo con tapabocas  equivale a hacerlo con la ropa puesta. Y aunque este último  recurso   es válido en situaciones extremas, no es lo más  cómodo del mundo: demasiados botones, cinturones, cremalleras.

Estorbos de esos.



Pero hay algo más profundo. En  esencia,  el vestuario es también una máscara. Desnudarse es pues, desenmascarar el cuerpo. Ponerlo a disposición del otro como una ofrenda, una señal de complicidad.

Quienes vieron  “El último tango en París”, la controversial película del muy anarquista Bernardo Bertolucci, estrenada en 1972, recordarán la célebre escena  en la que  el personaje encarnado por Marlon Brando sodomiza a la muchacha interpretada por la joven María  Schneider.

Jane está desnuda por completo, mientras Paul apenas si se ha abierto la bragueta. Es decir, la mujer está inerme a campo abierto, mientras el hombre se encuentra atrincherado y a salvo de todo peligro.

En  su momento eso desató la furia de las feministas, cuyas descendientes   agrupadas en el #Metoo  reavivaron  la imagen , y de paso acusaron de violación   a un Marlon Brando ya muerto y enterrado.

Vuelvo al asunto de las mascarillas. Buscando  una explicación, me di  una vuelta por el mundo del cine, el cómic, la historia , el mito   y la literatura.

Al final,  vine a confirmar mis sospechas : a los únicos que les luce bien tirar con la máscara puesta es a Batman y a Gatúbela.



Los demás, de Adán y Eva a John Holmes y Cicciolina, pasando por Cleopatra, Octavio y Marco Antonio - ¿Conformarían un trío?-   Mesalina y sus  soldados,   el rey Salomón y la reina de Saba, Catalina  la Grande y las cortes zaristas- de seguro, organizaban orgías- todos a una fornicaban con la guardia baja. Es decir, sin máscaras, como  mandan los cánones de madre natura.

Lo propio hicieron el Marqués  de Sade, don Juan Tenorio y Giacomo Casanova, tres celebridades en las lides de Eros.

Encontré también que, en tiempos de guerras y pestes la sexualidad se desborda  en fiestas y orgías: es la vida plantándole cara a su aviesa amiga, la muerte . Al final siempre acaban reconciliadas y organizan sus propios bailes de esqueletos.



Para los fornicantes audaces no hay cuarentena que valga, concluyo al finalizar  mi breve  ronda por la Historia grande y sus hijas naturales, las historias pequeñas.

¿Sexo con mascarillas? Me pregunto. Prefiero morir dichoso, me respondo mientras pienso que, a  fin de cuentas, Batman y Gatúbela tampoco se ven del todo bien.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

jueves, 18 de junio de 2020

Sospechosos



 Parece el título de un cómic futurista al estilo de Los supersónicos pero es algo más serio. En medio de la avalancha de términos acuñados desde el advenimiento del Covid-19,  los medios  de comunicación internacionales  empezaron a utilizar  cada vez con mayor frecuencia la expresión “ Coronadetectives”, para referirse  a los dispositivos  tecnológicos  diseñados para detectar  tanto a  posibles portadores del virus como  a eventuales focos de contagio.

Hasta ahí todo parece no sólo aceptable sino deseable: la ciencia y la tecnología puestas al servicio del bienestar humano es   un anhelo  tan antiguo como nuestra presencia en la tierra.

Con  esos recursos al alcance de la mano, no sólo el personal médico sino cualquier ciudadano puede detectar la fiebre en el cuerpo de un pasajero del metro o el autobús  y reportarlo de  inmediato a una línea determinada por las autoridades.

Justo en ese momento el febril viajero se convierte en sospechoso , en un potencial propagador de la peste, esa palabra que nos negamos a utilizar y preferimos disfrazar detrás de una colección completa de eufemismos y de términos técnicos.

Después de todo, somos una civilización empeñada en negar la existencia del dolor , la muerte y la disolución definitiva.

Incluso esa práctica sigue siendo tolerable:  estamos en una carrera contrarreloj en la que cada minuto ganado al virus puede representar la salvación de muchas vidas.

Todos esos recursos se utilizan  sujetándose a normas expedidas sobre la marcha para enfrentar la pandemia, y amparadas en figuras jurídicas como el estado de excepción y la emergencia sanitaria.

Y es aquí donde surgen las dudas. Bajo la aparente legalidad se han puesto en marcha cientos de normas que rondan lo dictatorial, con toda su carga de abusos y excesos.



Aterrorizados por la amenaza del Covid-19 y por la avalancha de información que inunda las pantallas  y las redes, los ciudadanos no tenemos tiempo de discernir y, por lo tanto, de comprender y dimensionar el impacto de tantas medidas  que, una vez superada la primera fase de la emergencia ,  se convertirán en parte de la  rutina.

Unas cuantas de ellas nos esclavizarán aún más.

Una de ellas es la vigilancia del otro, un mecanismo de control utilizado por el poder desde el comienzo de los tiempos, que ha mutado desde el voz a voz y el rumor callejero hasta las más recientes sofisticaciones de la tecnología.

Un ejemplo simple: durante la cuarentena , una señora  denunció a su vecino   ante la policía por haber cometido un delito atroz:  el hombre sacó a pasear su perro dos veces en el mismo día, cuando la norma establecía una sola vez por jornada. Para reforzar su denuncia, aseguró que estuvo todo el día espiando tras los visillos.

“ Lo ví con mis propios ojos”, aseveró.

Igual que en  la Rusia de Stalin, la Alemania de Hitler, la España de Franco o los Estados Unidos del senador McCarthy, concluí. Los libros de historia nos dicen que en esos días la gente se inventaba cargos contras sus vecinos y familiares, con tal  de satisfacer sus prejuicios ideológicos, étnicos, de clase o de quedar bien con el poderoso y subir un peldaño en el reconocimiento oficial.



Con esos antecedentes  puedo imaginar sin dificultad el  uso que se les dará a esos artefactos una vez pasada la fase  crítica de la pandemia, si pasa.

Envalentonados por su papel de salvadores durante la crisis, gobernantes y delatores trasladarán sus prácticas a terrenos como la economía y la política.  Competidores y opositores podrán ser borrados del escenario con solo dar un clic, tal como se ve en esos juegos digitales practicados hoy  por un creciente número de personas.

El jugador gana puntos cada vez que  elimina a alguien del mapa.

Una conversación entre dos disidentes o entre dos inversionistas en el avión podrá ser transmitida en directo a los interesados en obtener esa información.

¿Exceso de paranoia?  ¿ Demasiadas lecturas de novelas sobre la Guerra Fría?Puede ser, pero “ incluso los paranoicos tienen enemigos”, según   dice mi amigo Rigoberto Gil que afirma un personaje de Ricardo Piglia, uno de sus  escritores favoritos.



Por lo demás, tenemos razones de sobra para  sentir aprensión: espionaje ordenado desde lo más alto del poder, propaganda negra y noticias falsas multiplicadas a través de las redes sociales pueden destruir vidas en menos de lo que dura un clic.

Con ese panorama, todos somos sospechosos de cualquier cosa cometida o por cometerse. Y eso representa toda una tentación para las agencias del poder y para quienes   aspiran a cobijarse bajo su sombra, que cuanto más tenebrosa parece más seductora resulta.


PDT les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

miércoles, 10 de junio de 2020

Gabriel en Groenlandia




Hola. Soy Gabriel. O mejor dicho, fui Gabriel porque ahora ya no soy. Ni  Gabriel ni nadie. Acabo de desembarcar en Groenlandia, el lugar del universo donde vivimos los muertos.

Nací  en Alicante el año en que se separaron los Beatles, de modo que estoy predestinado a grandes pérdidas

El pasado 14 de abril fui despachado a toda prisa y sin mayores ceremonias por unos hombres ocultos detrás de mascarillas y escafandras, después de  morir tras una violenta arremetida del  Coronavirus, el seudónimo adoptado por la pelona, la parca, la guadaña, la huesuda,  al despuntar la segunda década del siglo XXI: 2020, una cifra que pasará a la historia y que  devanará los sesos de muchos expertos del futuro en busca de su esclarecimiento.

¿Qué querrá decir 2020? ¿el comienzo o el fin de una dinastía? ¿ el código de barras de algún invento? ¿ la nueva marca del Anticristo?

No sé si ustedes  estaban enterados pero, en efecto, Groenlandia es el lugar escogido  como sitio de residencia de  todos los muertos que en el mundo han sido.

Todos.

Cientos, miles, millones, billones de fulanos de todas  las edades, embalados y remitidos por los  empresarios de pompas fúnebres desde el comienzo de los siglos : desde los encargados de prender fuego a los cuerpos en  la  época de las cavernas, hasta los modernos burócratas enterradores, pasando por los embalsamadores egipcios y los barqueros vikingos.

Antes de que hagan preguntas, les diré que no hay hacinamiento aquí: esos son problemas de los mortales en sus ciudades abarrotadas. Los muertos  estamos liberados del cuerpo, y por lo tanto, no ocupamos un lugar en el espacio. De hecho, hay sitio aquí para toda la secuencia de los números transfinitos y unas cuantas tandas más.

Donde quiera que esté, el matemático Georg Cantor se encontrará feliz. Espero encontrármelo algún día para abrazarlo y decirle que tenía razón con su teoría de los números transfinitos.

Sus argumentos son algo complicados, pero, ahora que estén en cuarentena, deberían meterles el diente. Les ayudaría a comprender las condiciones de vida en este Hades de la era digital.

Por lo demás, los urbanizadores – legales y piratas-deberían darse un paseo por aquí, a ver si aprenden alguna cosa en  aprovechamiento gozoso del espacio.



Otra aclaración : contra todos los pronósticos, aquí no se siente frío.  Quienes vivimos- si señores, los muertos vivimos sin necesidad de ser zombis-  en este sitio disfrutamos de lo que las agencias de viajes en la tierra llamaban “ un clima primaveral”.

Y digo llamaban, porque la  última peste planetaria las tiene en estado de hibernación : cero consumo de paisajes y de selfies arriesgadas es la consigna de las autoridades médicas.

Un detalle: los billones de habitantes de este lugar tenemos algo en común con los que siguen vivos: la pasión por la música. Todo el tiempo se escucha un coro babélico en el que se  entonan canciones de todos los géneros y  de todas las épocas: cantos griegos, trovas medievales, saetas gitanas, oratorios cristianos, tangos, boleros, sambas, fados, sinfonías, jazz,  baladas , salsa ,hard rock.

En éste último caso, noto que los muertos , tengan uno  o diez mil años de permanencia aquí, sienten una especial inclinación por tres canciones :  La oda a la alegría, de Beethoven , Stairway to heaven de Led Zeppelin y Si la muerte pisa mi huerto, de Joan Manuel Serrat.

¿ Las reconocen? Si no es así se las recomiendo.

Son  algo así como el Top tres de las estaciones de radio en Groenlandia.



La fascinación por la música es la única gran similitud. Todo lo demás nos distancia. No hay codicia, no hay envidia,  no hay anhelos, no hay miedo, no hay sumisión, no hay formas de poder entre nosotros.

Al entrar aquí nos invitaron  a despojarnos de esas vestiduras. Ahora andamos desnudos, como Adán y Eva antes de ser  seducidos por la serpiente.

Ah…  una diferencia   esencial : amamos el silencio y el pensamiento.

Ahora mismo suspendo este diálogo  con ustedes y me retiro a mis aposentos.

Piénsenlo. Medítenlo. Se está bien aquí ¿Saben?


PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

jueves, 4 de junio de 2020

Juego fantasma




Como todos los actos de la vida, el fútbol es puesta en escena, representación que hacemos ante la mirada de los demás.

Sin ésta última no hay relato, testimonio. Y sin narración no hay vida. Sin testigos somos apenas fantasmas vagando en la mente de una divinidad autista.

Jorge Valdano, tan buena pluma como gran futbolista, lo expresa con claridad : “ Sólo adquirí conciencia de la importancia  del gol mío que le dio el título  a la Argentina  en el mundial de México 86, cuando- muchos años después- lo escuché narrado en la voz del legendario José María Morales”.

Y Valdano tiene razones de sobra para saberlo.



Presionadas por el monto de los irracionales salarios que les pagan a los deportistas de élite, así como por los contratos de publicidad y televisión, las  grandes ligas del mundo han decidido reiniciar de a poco sus calendarios con partidos a puerta cerrada.

Alemania fue la experiencia piloto.

No  muy convencido de las bondades de la medida, empecé a formularme preguntas : ¿ Utilizarían  tapabocas los futbolistas? ¿ no les generaría problemas para respirar? ¿ cómo se las arreglarían para mantener el “ distanciamiento social”? ¿expulsaría el árbitro a quienes se saltaran las normas de bioseguridad?

Al final, fiel devoto como soy de ese juego que  los argentinos elevaron a la categoría de experiencia mística, me senté frente al televisor.  Transmitían el reinicio de la liga alemana.

Mi primera gran impresión  la produjeron los rostros de  narradores y comentaristas: parecían una procesión de resucitados que se examinaban mutuamente y se congratulaban por estar de vuelta en el mundo.

Luego, las cámaras ampliaron el ángulo de mira y, de entrada, supe que algo andaba muy mal: esas tribunas vacías, sin banderines, sin tambores, sin camisetas, sin cánticos. A miles de kilómetros de distancia podía percibirse la perturbadora presencia de una ausencia.

La ausencia, el vacío dejado por la gente al morir. Era  como estar ante una de esas consolas donde los jóvenes “ juegan fútbol” en sus aparatos digitales. Es fútbol pero no es.

Y luego, en el campo de juego, los futbolistas mirándose con desconfianza a la hora del saludo. Ni siquiera la nacionalidad común podía vencer la aprensión.

A lo mejor querían abrazarse y festejar el simple hecho de estar vivos, pero  tenían que dar buen ejemplo. Según reza un viejo tópico, el mundo  entero los miraba y estaban obligados  a un comportamiento modélico.

Lo peor llegó después. Promediando  el primer tiempo, una avanzada de argelinos, brasileños, cameruneses, colombianos, argentinos, congoleños y alemanes hilvanó una de  esas jugadas que hacen delirar al más frío de los mortales. La maravilla en estado puro.

La pelota, claro, terminó en la red.

Pero la magia, si duró, no duró nada.



Siguiendo un impulso ancestral,   el autor del gol corrió hacia la tribuna y, de repente, se frenó en seco. Su expresión de estupor lo dijo todo. Con seguridad, lo asustó el vacío, el silencio reinante, la legión de fantasmas levitando sobre las gradas.

Desconcertado, se volvió hacia sus compañeros, que a duras penas contenían las ganas  de abrazarlo y disolverse en  ese amasijo  de goce y sudor que tantos poetas y escritores amantes del fútbol han asociado al orgasmo.

Grave asunto:  en estos días, el orgasmo es considerado cuestión de alto riesgo por la Organización Mundial de la Salud y por las dictaduras que hacen de las suyas durante la cuarentena.



Al final de su desamparo, el goleador apenas atinó a elevar su mirada al cielo,  sólo para descubrir que los dioses del juego  lo habían abandonado para consagrarse   a cuestiones más urgentes.

Ni siquiera la mano de Maradona acudió en su auxilio.

Era pues, un ritual muerto en el momento de nacer, como esas religiones reducidas a mero formalismo   después de siglos de usos y abusos.

Algo así como sentarse a la mesa frente a un plato que alguna vez fue exquisito, pero que perdió todos sus aromas y sabores después de varios meses confinado en el congelador.

Sobra decir que no terminé de ver el partido.  Mi entusiasmo se esfumó. Era  el equivalente a participar en una fiesta sin música ni festejantes. Incluso los ritos funerarios precisan de público.

“¿Qué se hicieron las damas de antaño?”, se  pregunta el poeta  francés Francois Villon en uno de sus versos más célebres. Parafraseando, idéntico interrogante nos planteamos los aficionados¿Qué se hizo la alegría de ayer?

Por algo,  hasta hace apenas tres meses jugar a puerta cerrada era un castigo impuesto a los clubes por una falta grave.



Así que me niego a  ver partidos a puerta cerrada. No quiero ser testigo del momento en que el pobre Messi, luego de  tejer una de esas jugadas suyas que rondan el milagro, se vuelva hacia la tribuna para descubrir que la arremetida del Covid -19 lo dejó abandonado en mitad de un juego fantasma.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

jueves, 28 de mayo de 2020

¿Por qué me has abandonado?




Leo en internet- porque los medios impresos  emigraron por estos días a la dimensión desconocida- que una  estrellita de la farándula colombiana se mandó confeccionar una costosa y lujosa colección de tapabocas para su uso exclusivo mientras dura la “emergencia  sanitaria”, el eufemismo acuñado para  nombrar la pesadilla.

Tendría que asombrarme, pero no. Comprendo a la muchacha: para ella el Covid-19  debe ser apenas una nueva moda llegada desde la glamorosa China de comunistas  multimillonarios, donde pasó vacaciones  con su novio futbolista hace apenas un año.

Ya pasará, como los peinados, los teléfonos, los autos y los destinos turísticos.

Después de todo estas criaturas no crecen, y en el mundo de Peter Pan no hay cabida para la dosis de muerte y dolor que hoy tiene sumido  en el insomnio al planeta entero.  A propósito, leí también en internet que la venta de somníferos  ha crecido de manera exponencial desde que empezó la cuarentena en distintos lugares  del planeta.

¿Padecerá de insomnio esta muchacha?

Sospecho que no: debe creer que un tapabocas de lujo la pone a salvo de los horrores del mundo. Después de todo, cada cinco minutos recibe mensajes en su teléfono móvil, en los que se habla de muertes de viejos, de negros, de enfermos crónicos, de inmigrantes sin papeles, de mendigos, de pobres.

Nada  que ver con su mundo de gente  bella, en todo caso.

Traigo a cuento a la modelo, porque su caso sirve para  ilustrar la fragilidad de una vieja  idea que , de manera cíclica, alienta en  algunos pensadores la esperanza de que todo va a cambiar, a resultas del violento impacto producido en la sociedad por guerras y pestes.



Según esa percepción, el dolor inherente a la guerra y la peste desencadena una suerte de despertar a otra dimensión de la realidad, cuyo punto de partida es lo que los viejos teólogos llamaron “Examen de conciencia y contrición de corazón”.

Esa introspección obligada llevaría a la gente a identificar y enderezar los erráticos caminos seguidos hasta ahora por la humanidad.

 Una mala noticia : la gente no está en casa ensayando exámenes de conciencia sino viendo televisión y jugando a inventarse un nuevo avatar en las redes sociales

Un vistazo a los libros de historia, a la poesía, a la filosofía y a la literatura de todos los tiempos nos permite identificar un destello de luz  en medio del pesimismo y la confusión.

“Ahora sí, todo va a cambiar y los hombres seremos mejores”, nos advierten en algún recodo de  su obra esos testigos de momentos extremos.



Pero  no tardamos en descubrir que sus mensajes son menos una certeza que un consuelo: la tabla de un náufrago a la deriva en altamar.



Una vez en tierra firme, la gente vuelve a las andadas, no tanto por contumacia, como por el hecho de que las pulsiones encargadas de definir los actos humanos siguen siendo las mismas , milenio tras milenio:   el impulso sexual, la codicia,  el odio, la violencia, el afán de competencia, la envidia. Es decir, las fuerzas que perfilan los múltiples rostros del poder.

En realidad sólo cambia el ropaje, la apariencia, los recursos tecnológicos. Lo demás, es decir, lo importante, sigue igual.

Sucedió en tiempos del Imperio Romano, por ejemplo. No olvidemos que su decadencia coincidió  con el ascenso del cristianismo, una religión definida en sus inicios por la esperanza de tránsito hacia una vida mejor y convertida después en una burocracia sin  propósitos trascendentes.

Con el paso de los siglos, asistimos al advenimiento de otros acontecimientos devastadores: las revoluciones francesa y rusa, las dos guerras mundiales. Y en el entretiempo, las pestes, ese recurso  extremo de la vida para poner al homo sapiens en su sitio y recordarle  su fragilidad, el talante pecaminoso de su soberbia.

Y en medio de todo eso, la siempre latente promesa de un cambio sustancial.

El hombre cree dar un salto hacia  adelante, sólo para descubrir que sus  propios demonios  se le adelantaron y  a duras penas le dejan una salida: volver  a empezar, como un Sísifo redivivo.



Repito que comprendo a la chica del tapabocas de lujo. Como todo en este tiempo, ella también es un producto  en el mercado , con código de barras y fecha de vencimiento. Es  algo que aprendió  bien temprano en la vida. Por eso confía a ciegas en su tapabocas exclusivo.  Su pequeño universo está hecho de esas cosas. La imagino a solas en su habitación, ensayándolo como si fuera la máscara de Gatúbela, o algo así. A lo mejor se acompañe de  una suerte de conjuro contra la adversidad.

Lo peor que podría sucederle es un cambio en el mundo de afuera cuando pase la plaga. ¿Sobre qué valores podría sostenerse?  Lo mismo le ha sucedido a la humanidad con el transcurrir de los siglos.

Me conmueve de veras su desamparo, su ingenuidad. Rezo para que la peste no toque a su puerta y se vea obligada a asomarse a la ventana para elevar  una última pregunta a las sordas divinidades del mercado :

¿Por qué me habeís abandonado?


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

jueves, 21 de mayo de 2020

El tiempo en suspensión



Al principio parecía una casualidad. Pero ya resulta inquietante el número de veces que   he leído   y escuchado glosas a 2001, Odisea del  Espacio, dirigida por el gran Stanley Kubrick y convertida en película de culto por los cineclubistas del mundo entero.

Ensayistas y columnistas de opinión vuelven una y otra vez a la ingravidez que caracteriza la marcha de los astronautas,  acentuada por los movimientos de la cámara, como una premonición de lo que pasa con el tiempo en estos días de cuarentenas e incertidumbres.

Confinados en nuestras casas y   paralizados de súbito por un enemigo oculto, asistimos a un hecho fascinante, intuido hasta ahora sólo por los físicos teóricos: el  tiempo y el espacio se licuaron, para  transformarse en una sustancia viscosa que los humanos tratamos de atravesar con gran esfuerzo, como insectos atrapados en una mancha de aceite.

Uno se asoma a la ventana y ve el vacío donde antes se arremolinaba el clamor de una multitud ansiosa. Nada de competencias para llegar primero a la otra esquina, ni codazos para  abrirse paso entre la masa de transeúntes.



El estruendo de las bocinas y los motores emigró hacia una suerte de dimensión desconocida, provocando una  temprana añoranza entre quienes  abominaban de ellos apenas dos meses atrás.

En la calle sólo quedan las agencias del poder, enseñoreadas de ellas como alienígenas en una tierra de nadie.

Entonces empiezo a entender la reiterada cita a la película de Kubrick : sucede, que al adquirir  esa consistencia viscosa , el tiempo y el espacio se quedaron atrás, atascados en alguna espiral del universo, y nos dejaron sin asidero.

Desconcertados,  transitamos al borde del desvanecimiento, como esos  habitantes de Ciudad Gótica que  empiezan a desdibujarse antes de doblar la esquina , hasta perderse en lo más hondo de la negrura.

En un momento de nuestras vidas en el que la única certeza es la incertidumbre, empezamos  a sentir nostalgias por cosas que ayer nos resultaban molestas.

Una amiga , para quien  ha transcurrido un tiempo inabarcable desde que empezó la cuarentena- años, tal vez-, dice que  desea echarse a las calles y respirar el humo de los autos, deleitar los oídos con los insultos  de los energúmenos, las peleas de las putas  y los travestis en la alta noche, el aulllido de un perro o un humano atropellados por un borracho.

Cualquier cosa  que represente una señal de vida. Algo  que la libere de esta sensación de estar siendo borrada de la historia. De su historia.

La misma sensación plasmada por el escritor Rigoberto Gil en un inquietante texto titulado  El replicante, una criatura engendrada en las entrañas de Blade Runner, otra  película que sugiere un mundo distópico en  el que no existe posibilidad alguna de redención.



Educados en la religión del progreso, en la que el futuro es una  tierra firme a cuyo reino podemos acceder si nos empeñamos en ello con todas nuestras fuerzas, olvidamos que somos criaturas contingentes y que el mañana es sólo una ilusión, como tantas cosas inventadas por los hombres para eludir lo irremediable.

Comprendo entonces el desasosiego de mi amiga.

Si el futuro se disolvió sin que nos diéramos cuenta,  llevándose consigo  su compañera de viaje, la esperanza, la nostalgia deviene  espejo en el que la gente empieza  a mirar con cariño hasta a sus experiencias más amargas.

Sólo que antes los sucesos de la existencia  necesitaban años para convertirse en nostalgias. Estábamos demasiado ocupados viviendo como para prestar atención   a pérdidas que parecían menores. “ Usted tiene toda la vida por delante”, reza un lugar común, aunque en lo más profundo del corazón sepamos que podemos morir ahora mismo.

Casi siempre se necesitaba de una canción que nos devolviera las llaves de ese reino  extraviado en las tinieblas . “ Tu amor es un periódico de ayer” , por ejemplo.

Pero escribir buenas canciones demanda mucho tiempo,  y ya sabemos que  ese compañero de viaje  nos  abandonó en algún recodo del camino.



Por eso , confinadas entre las paredes de sus casas, las personas andan  por estos días consagradas a una singular  tarea : estirar los recuerdos hasta hacerlos parecer viejos.

Es  el único remedio que encuentran a  la mano para no   sucumbir a la desazón.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

jueves, 14 de mayo de 2020

Plantas en la ventana






Cada mañana, con lluvia o calor, mi madre saca la misma planta a la ventana. Le dicen “ Oreja de elefante”- a la planta, aclaro- y es su ritual imprescindible de todos los días, junto a  la arepa con mantequilla a la hora del desayuno y las oraciones al santoral  católico completo  a lo largo de toda la jornada.

Tiene un santo para cada problema.  Con la pandemia, mi vieja se volvió experta en la hiper especialización del trabajo.

Volveré a esa imagen al cierre de este relato.

Como  les he contado antes, siempre me ha gustado escuchar las conversaciones de la gente en  la calle, en los cafés, en los parques, en los bares, en los buses.

Sus palabras  son como migas de pan que me permiten seguir el rastro de los acontecimientos y tomarle el pulso a la sociedad, a los temores, los anhelos, las esperanzas y las ambiciones de la gente.

 En estos tiempos de encierro debo seguir ese rastro por otros caminos. Los de internet en general y los de las redes sociales en particular.

Hay de todo allí : desde chistes  finos y salidas en falso , hasta las más singulares teorías acerca de lo que nos pasa.

Con el paso de los días, noto que la gente empieza a alinearse.

Por ejemplo, abundan los que, ante la incertidumbre, optaron por convertirse en su propio gurú de autosuperación.

Para ellos, la frase “ Cuando salgamos de esta” se convirtió en una suerte de conjuro frente a la adversidad.

Y claro, siempre se incluyen en el grupo de los que saldrán de esta. Después de todo, vivimos en una sociedad que, contra toda evidencia,  como los padres de Buda se empecina en negar la existencia del sufrimiento y la muerte.



En el otro vecindario rondan los escépticos. Los que guiñan el ojo  y alzan el  pulgar como queriendo decir : ¿Ven? Se los dije.

Ambas especies son inofensivas. Pero por el camino del medio,  sin que nadie los note,  se multiplican los guías de una cruzada siniestra, capaz de razonamientos como este:

El planeta tierra se acerca hoy a los ocho mil millones de habitantes. Si, en el peor de los casos ,  el covid-19 mata a cincuenta millones ¿Qué riesgo representa eso para nuestra supervivencia como especie?

Y añaden: además, está demostrada con creces la  predisposición de la especie  humana  hacia la actividad sexual. De modo que, si trazamos una gráfica, encontraremos  que a la vuelta de unas décadas los nacimientos sobrepasarán con creces el número de muertos durante la pandemia.

¿Para qué  poner en riesgo entonces la economía del planeta? Si tenemos en cuenta que la mayoría de muertos serán viejos y enfermos, es decir  gente no sólo improductiva sino costosa para la sociedad no vemos la razón para tanta alharaca.

Quizás por un residuo de corrección  política les faltó decir que, aparte de viejos y enfermos, la mayoría de los muertos serán pobres.

Justo en ese momento uno salta de la silla ¿ No eran esas las razones invocadas por los nazis para justificar el exterminio?

¿Y no son , en últimas, las mismas ideas defendidas por Trump, Bolsonaro  y sus iguales en todos los rincones de la tierra?

Remplacemos la expresión Nacionalsocialismo por capitalismo ultraliberal y estaremos frente a un panorama tanto o más desolador. Porque esa manipulación estadística  apunta a soslayar lo más importante: la pregunta por el sentido ético de las decisiones humanas. Como si la importancia de las personas, de una sola persona, pudiera establecerse con mediciones y extrapolaciones macroeconómicas.

Desde luego, ninguna de esas curvas puede dotarnos de elementos para comprender el dolor y la desolación humana.

Y si no entendemos esas cosas estaremos perdidos, por mas que el modelo económico se salve y, como ya sugieren algunos, salga más  fortalecido, igual que aconteció después de la segunda Guerra Mundial.

Conceptos como los de justicia, solidaridad y equidad- que los cristianos llaman misericordia-desarrollados para proteger a los más débiles, serán arrasados por la noción de supervivencia del más apto, base de los totalitarismos modernos.

Ya lo sabemos: invocando al pobre Darwin, acuñaron la expresión darwinismo social para referirse a ese tipo de aberraciones.

Porque  en el fondo de todo esto alienta el concepto de eugenesia, con las consecuencias de todos conocidas.



Esa es una de las opciones que nos aguardan.

Indiferente a todo eso, mi madre se levanta cada mañana, toma su planta y la pone en la ventana a recibir el sol o la brisa. Es su declaración de  principios. Su forma personal de la esperanza. Su manera  de probar que ambas, ella y la planta, aún existen.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada