jueves, 24 de diciembre de 2020

Mapa para encontrar a Macondo



La vida está hecha de tópicos. Sin ellos nos perderíamos en la inextricable trama de las causas y los azares.

La literatura, por lo tanto, se sostiene sobre una serie de tópicos multiplicados por partida doble: los del relato y los de la interpretación.

Uno de ellos sostiene que sobre la obra de García  Márquez  “está dicho todo”, olvidando de paso que toda gran obra funciona al modo de un salón de espejos enfrentados en el que las interpretaciones  se   extienden hasta el infinito: el del improbable número de lectores.

Desde la aparición de Cien años de soledad, la sola palabra Macondo y sus múltiples  sentidos geográficos y simbólicos le plantea un enigma distinto a cada lector.

Y apenas estamos en  el nombre del lugar  donde se desenvuelve la vida de unos personajes que   despliegan cada una su propio misterio: ¿Quién y qué son ese Melquiades, esa  Úrsula, esa Amaranta, ese José Arcadio, esa Remedios y en general toda la saga inabarcable de los Buendía con su sarta de prodigios y pesadillas?

El escritor Rigoberto Gil se propuso seguir los rastros de estas criaturas, a través de los muchos caminos propuestos por la obra de García Márquez: los de la Historia, los del mito, los de la leyenda, los de la poesía.

El resultado es un libro titulado La buena hora de la literatura colombiana en el siglo XX, publicado en 2019 por la Universidad Tecnológica de Pereira en la Colección Trabajos de Investigación.

Ducho en pesquisas literarias, el autor emprende un viaje de ida y vuelta a momentos clave en la evolución de la literatura colombiana.


Entre los ripios del romanticismo y el modernismo en el tránsito del siglo XIX al XX,  hasta llegar al diálogo con las literaturas del mundo, en especial la norteamericana, pasando por esa suerte de Patria Boba  en la que los políticos eran gramáticos y los poetas acuñaban a partes iguales versos y discursos, el autor de El laberinto de las secretas angustias traza un arco en el tiempo y el espacio, que obliga al lector a ubicarse en el territorio elegido por García Márquez para librar sus batallas.

De esa manera, comprendemos que la ruptura acometida por el creador de Macondo fue posible gracias a la batalla  librada  a contracorriente por  ensayistas y escritores como Baldomero Sanín Cano, Max Grillo, Jorge y Eduardo Zalamea.

Ellos y otros como Hernando Téllez, Jorge Gaitán Durán, Ernesto Volkening y Rafael Gutiérrez Girardot, sacudieron esa República de las Letras olorosa a sacristía y alcanfor desde los tiempos de la colonia, cuando la Iglesia Católica y el Partido Conservador se encargaron de recortar el mundo, hasta reducirlo a un decálogo de la cortesía y la doble moral.


Sin esos espíritus vanguardistas, a lo mejor se habría retardado bastante   ese momento de ruptura al que asistimos  en el último diálogo de El coronel no tiene quien le escriba, cuando el viejito militar, cansado de esperar esa carta que nunca llega, y hastiado de la cantaleta de su mujer,  ante le pregunta de ¿Y  mientras tanto qué comemos? Responde con una palabra que marcó un antes y un después en la historia de la literatura colombiana: Mierda.

Mucho tiempo después.

Fue tan audaz ese salto, que prefiguró lo sucedido tras la publicación en España de La mala  hora, donde la obra fue objeto de toda suerte de mutilaciones y de cambios inconsultos por parte de editores  mojigatos   y estreñidos por la censura franquista.

Para muestra,  en la página 208 de su libro Rigoberto Gil cita a Paula Andrea Marín, autora de una  publicación sobre la profesionalización del escritor en Colombia:

 Para  ilustrar su punto de vista, Marín enumera  nueve de esas expresiones, varias de las cuales se repiten en la obra: la palabra “puta” aparece diez veces, “mierda” seis, “eructar” cuatro. En fin: si a esta desacralización e inclusión del lenguaje popular en la obra literaria, se le agregan frases y oraciones cargadas de contenido ideológico y político como “turco guevón”: “turco de mierda”; “meterme a puta”; “metiéndoles el revólver por el culo”; “debe estar donde las putas”; “este es un tonto del culo”; “Policía-hijo-de-puta”; “barriga de su puta madre” o “eructó tres veces”, es comprensible que la recepción de  La mala hora, premiada en un concurso nacional por intelectuales de prestigio, fuera incómoda para una sociedad en la que, como bien lo sintetizara Luis Harss, predominan en su cultura dinámicas obsoletas, inspeccionadas por instituciones moralistas:  “Colombia es el baluarte de del conservadurismo católico, el  museo del tradicionalismo  político y el purismo literario. Sus escritores han sido académicos y gramáticos” ( 1966, 381).



Alguien dirá que  esas audacias ya abundaban, varios siglos atrás, en la obra de genios como Shakespeare y Cervantes o en los versos de poetas tan grandes como Don Francisco de Quevedo.

Pero qué le hacemos si, como bien lo advirtió el  a  menudo despreciado poeta Julio Flórez: Todo nos llega tarde/ hasta la muerte.

Rigoberto Gil decidió  ponernos al día, empezando   por la puesta en cuestión del más socorrido de los  lugares comunes en torno a la obra de García Márquez: el del realismo mágico, en realidad un embeleco forjado por académicos seducidos por la idea del buen salvaje.

Allí reside el valor de este ensayo: en 255 páginas que incluyen una copiosa bibliografía,  el autor nos recuerda que los pergaminos de Melquíades  son en realidad un mapa cifrado para encontrar a Macondo, entendido este   como una gran metáfora que nos devuelve, una y otra vez, al punto de partida: la pregunta por los inefables sentidos de la palabra escrita.


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=QONT5GJHt0Y


miércoles, 16 de diciembre de 2020

Adán Buenosayres o el comienzo del fin del mundo




I

La fundación

—Ahí está Buenos Aires —empezó a decir—. Dos millones de almas... 

—Dos millones y medio —le corrigió Bernini, autorizado estadista. 

—Hablo en números redondos —gruñó Samuel—. Dos millones de almas que sostienen, la mayoría sin saberlo, su terrible pelea sobrenatural. Dos millones de almas batalladoras que ruedan aquí, se levantan allá, sucumben o triunfan, oscilando entre los dos polos metafísicos del universo. 

En la página 102 de Adán Buenosayres, la obra cumbre del escritor argentino Leopoldo Marechal, asistimos a este diálogo entre dos de los cientos de personajes que habitan esa novela enorme en su intención de abarcarlo todo:  la geografía, las clases sociales, las ideas, los prejuicios, las nostalgias, los sueños, los deseos y las pesadillas de sus personajes, que son a su vez los de la ciudad que los define.

Publicada inicialmente el 30 de agosto de 1948, Adán Buenosayres es, como toda gran obra literaria, una recreación  y una premonición. La recreación de un mundo que nace y la premonición del final que le roe las entrañas.

Dividida en siete partes o “libros” , la novela empieza por el final: la muerte y  funeral del protagonista, incluido el combate entre ángeles y demonios que se disputan su alma.

En esos libros narrados a veces en tercera persona y en otras a través de la voz del poeta  mismo,  afloran de vez en cuando algunas claves de su destino, esa palabra que gozara de tanto prestigio en otras épocas.

Un destino asociado siempre a una palabra mágica: Maipú, la remota tierra natal de Adán, su particular Ítaca.

En el entretiempo,  asistimos a la eterna confrontación entre el conquistador y el colonizado. Entre    el “progreso” y “la barbarie”.

El gaucho Santos Vega, expresión de lo presumiblemente autóctono,  y el legionario Juan sin Ropa, emisario de las huestes infernales. Del imperialismo a secas.





He ahí el péndulo que arrastra en una y otra dirección la existencia de los protagonistas.

Y todo siempre en tono de sátira, en la mejor tradición clásica salpicada de situaciones desopilantes.

Siete contertulios, entre los que se cuentan un poeta, un astrólogo, un filósofo y un matemático, emprenden una singular aventura:  trascender las fronteras urbanas para adentrarse en la  extensión insondable de la pampa  habitada por el silencio, esa  metáfora del infinito omnipresente en la poesía argentina.



 
De algún modo, presienten que los citadinos se atrincheran en sus barrios de malevos y aristócratas, temerosos de disolverse en la vastedad de la llanura.

El adentro y el afuera. Los dos polos metafísicos señalados por el filósofo de origen judío Samuel Tesler. La fuerza  ascensional que nos atrae hacia lo celeste y la gravedad telúrica que nos arrastra hacia el barro primigenio.

Antes de partir, participaron en una  tertulia del barrio Saavedra en la que se pasaba de lo divino  a lo humano y otra vez de vuelta con esa  facilidad sólo posible en la suprema lucidez o en el fanatismo extremo.

El preludio de ese viaje iniciático al fondo de la noche – o del alma humana, que es lo mismo-ocupa las primeras cien páginas de la novela.

En su propósito de abarcarlo todo, desde  su inicio, la novela es un torrente de imágenes, de metáforas, de dichos populares, de aforismos y sentencias pronunciadas por un creciente número de hombres y mujeres que, prosaicos o iluminados, tratan de asirse a las palabras con la esperanza de   que ellas los salven de  la disolución que es la impronta de esa ciudad fundada  primero por  Pedro de Mendoza en 1541 y luego por Juan de Garay, acompañado de 50 paraguayos, en 1580.

¿Qué sucedió entre una y otra fundación? Que la ciudad fue destruida por sus propios  habitantes como una manera de escapar a las constantes amenazas de los indígenas.

Ese dato histórico resulta ser clave para comprender la siempre renovada  encrucijada en la que se debaten los porteños. Un puñado de hombres  que abandonan sus tierras y cruzan el océano para   extraviarse en la nostalgia del que no acaba nunca de echar raíces en la nueva tierra.

Es la desazón que cruza de principio a fin las letras de tango.




Así se comprende que  mientras algunos personajes invocan  su origen europeo como seña de identidad, otros  apelen a la figura del criollo y el compadrito  como única manera de sentirse en tierra firme.

II
Los viajeros

Leopoldo Marechal nació en 1900. De modo que creció con un siglo caracterizado   en su país por sucesivas oleadas de inmigrantes expulsados de sus lugares de origen por hambrunas, guerras, pestes, totalitarismos o por el simple anhelo de mejorar las condiciones de vida. “ Hacer la América” era el equivalente del sueño americano entronizado después como gran motivación  para los habitantes de la periferia.

Vascos, gallegos, andaluces, catalanes, franceses, ingleses, judíos, italianos, rusos, sirios, chinos, japoneses hicieron de Buenos Aires  su tierra de promisión.

Por eso en las calles, barrios y esquinas donde transcurre la novela se dan cita apellidos como:Arizmendi, Pereda, Abdalla, Abrameto, Negri, Johansen, Chischolm y varias centenas más que le dan rostro y voz a una ciudad que por eso mismo no tarda en  verse inundada de ideologías, credos religiosos, utopías, mitos y toda clase de creencias forjadas sobre la marcha  con la urgencia de quien necesita sentir algo firme bajo los pies.

A todos los mueve “ la sed de los que están lejos del agua”, como bien lo precisa uno de los personajes.



 
Así los describe el narrador, trenzados en una de esas batallas cotidianas que constituyen el santo y seña de la ciudad:

Ubicado en la primera línea del redondel, Adán Buenosayres estudió a los combatientes. Allí estaban los íberos de pobladas cejas que, desertando las obras de Ceres, conducen hoy tranvías orquestales; y los que bebieron un día las aguas del torrentoso Miño, varones duchos en el arte de argumentar; y los de la tierra vascuence, que disimulan con boinas azules la dureza natural de sus cráneos; y los andaluces matadores de toros, que abundan en guitarras y peleas; y los ligures fabriles, dados al vino y la canción; y los napolitanos eruditos en los frutos de Pomona, o los que saben empuñar escobas edilicias; y los turcos de bigote renegrido, que venden jabones, aguas de olor y peines destinados a un uso cruel; y los judíos que no aman a Belona, envueltos en sus frazadas multicolores; y los griegos hábiles en estratagemas de Mercurio; y los dálmatas de bien atornillados riñones; y los siriolibaneses, que no rehuyen las trifulcas de Teología; y los nipones tintóreos. Estaban, en fin, todos los que llegaron desde las cuatro lejanías, para que se cumpliese el alto destino de la tierra Que-de-un-puro-metal-saca-su-nombre. Y estudiando aquellas fachas inverosímiles, Adán se preguntaba cuál sería ese destino; y era grande su duda. 

Como habrán notado ya, el lenguaje para describir este tipo de escenas es de estirpe homérica. Pero lejos está Marechal de incurrir en anacronismos. Su intención  es de índole paródica. Con ese recurso nos ubica  en un mundo donde los dioses- si existen- deben conformarse con la contemplación de  pequeñas escaramuzas entre vecinos.

Para reforzar el guiño, en uno de esos giros del  habla tan frecuentes en la novela, uno de los conversadores  exclama : “¡ Salve otoño, padre de la cursilería. Mostradme una hoja seca y soltaré automáticamente un lugar común!”

Poeta como es, Adán Buenosayres  sustituye en este caso la mirada de los dioses olvidados por los hombres. No por casualidad ha idealizado en sus versos a una muchacha  encarnada en un nombre: Solveig Admunsen ,  pero que en realidad no pasa de ser una entre la infinitud de prosaicas muchachas en flor que en el mundo han sido y serán:

El otro cuidado no lo afectaba en su condición de viajero sino en su naturaleza de amante, y el Cuaderno de Tapas Azules que había resuelto llevar a Saavedra lo embarcaba otra vez en laboriosas reflexiones. Porque, al leerlo, ¿se reconocería Solveig Amundsen en la pintura ideal que había trazado él con materiales tan sutiles? ¡Bah! No era eso lo que le interesaba en realidad, sino el conocimiento que mediante aquellas páginas haría Solveig de un Adán Buenosayres prodigiosamente desconocido hasta entonces. «Acaso, al descubrírsele de pronto aquel extraño linaje de amor, ella se le acercaría con los pies amorosos de la materia que busca su forma. Y sería en el invernáculo de su jardín y ante una muerte de rosas otoñales que ya nada les diría, porque...» 

Al tiempo que le lanza guiños irónicos a la antigüedad clásica- incluso se refiere el relato como una Argentinopopeya- el narrador hace lo propio con un romanticismo ya tardío. Lo que prima  en esas vidas es el  pragmatismo puro de  quien vive convencido de que en el próximo paso puede estar en juego su destino.




Para muestra va este párrafo:

Había por ahí cierto asaltante llamado Polifemo el de las orejas agudas, cuyo temible oficio era el de aligerar la bolsa de los caminantes gracias a un recurso tan simple y viejo como el hombre: la puñalada sentimental. Es de saber que Polifemo, el saqueador de almas, padecía una ceguera total originada, según los mitólogos, en ciertas demasías de sus antepasados. Pero, ¡guay del viandante que, menospreciando los ojos vacíos de Polifemo, se ilusionara con la posibilidad siquiera remota de sustraerse a su vigilia! Porque, habiéndosele negado a Polifemo todas las galanuras del mundo visible, sus orejas dominaban en cambio los ocho rumbos del universo audible, de modo tal que ni el mismo viento, así calzase los livianos chapines de su hermana la brisa, hubiera pasado junto al cíclope sin ser oído. Adán Buenosayres no habría intentado ese imposible si el artificio del ciego y su rebuscada teatralidad no le repugnasen hasta la indignación. Fácilmente podía eludir el sortilegio barato de aquella figura, con guitarrón y todo; pero estaba seguro de que una moneda suya enriquecería fatalmente los bolsillos de Polifemo, no bien la voz del gigante se la reclamara. Era necesario librarse de la conmoción visceral que le produciría la voz. ¿De qué manera? Evitando aquel grito irresistible. ¿Cómo? Deslizándose junto al ciego sin que lo advirtiera. ¿Mediante qué recurso? 

Fiel a su condición de poeta, es decir, de criatura suspendida entre el cielo y la tierra, Adán Buenos Ayres compensa la imposibilidad de lo celeste en “ el cuerpo selvático de Irma”, una muchacha ocupada en oficios domésticos o en la piel trémula de Ruth,  empleada de cocina que sueña con ser cantante lírica:

Ruth, la de «La Hormiga de Oro», retiró sus manos del sucio lebrillo donde un agua impura cubría dos platos y una fuente sin lavar aún. Reinaba en la cocina un espantoso caos de utensilios: aquí la olla impúdica exhibía su culo tiznado; más allá el cucharón y la espumadera se cruzaban fieramente como dos sables; en el brasero, la sartén llena de costras hacía un mudo relato de sus frituras pretéritas. Un terrible olor de boga frita en aceite rancio lo saturaba todo: las moscas engolosinadas hervían en el basurero y en las grasientas chorreaduras del mantel de hule. Sólo un puerro barbudo, tres ajíes brillantes y algunas papas terrosas, metidos en un cesto de junco, dignificaban la barbarie del ambiente con el rigor clásico de sus volúmenes y colores. Pero Ruth (justo es decirlo) no anclaba en aquellas vulgaridades terrestres: ¡bien distinto era el mundo en que discurría su intelecto mientras enjugaba sus manos (¡unas manos hechas para acariciar el torso aéreo de los silfos!) y abatía su frente al peso de quién sabe qué hondas cavilaciones! 

A diferencia de Don Quijote, nuestro poeta no necesita transfigurarlas. Todo lo contrario: es su condición rastrera la que le permite mantenerse firme en el quicio de su vida.
III

En busca de El hombre

Habíamos dejado a los siete aventureros de Saavedra en los extramuros de la ciudad. 

Apenas han dado los primeros pasos en la oscuridad cuando tropiezan con el cuerpo de un caballo muerto. Un caballo: el símbolo de la conquista. El medio utilizado para fatigar  hasta sus confines la extensión de la pampa y, de paso, exterminar a los aborígenes.

Ese propósito echa anclas en una visión del mundo basada  en la idea de que los europeos tenían una misión: la conquista, mientras los  nativos tenían un destino: la sumisión.

Porque, como  toda gran novela, Adán Buenosayres es también  un arte política en tanto desnuda una verdad: todo descubrimiento geográfico marca el comienzo de múltiples saqueos: de cuerpos, de almas y de  riquezas materiales. Sólo así se entiende la declaración de principios de Mr Chischolm : “ Sólo Inglaterra sabe colonizar. Es cuestión de estilo. ¡Rule Britania!”.

                                          Leopoldo Marechal


¿Qué buscan estos hombres empecinados en desafiar la vastedad de la pampa?  En la superficie, se dirigen a lo que dieron en llamar “ La casa del muerto”.  Pero el lector no tarda en advertir que en realidad buscan nada menos que a un hombre, al Hombre que reúna y defina el ser porteño. El Adán de cuyo barro participan todos los habitantes de la ciudad. La criatura primigenia capaz de ordenar tanta dispersión.

Pero el gaucho Santos Vega, que una vez fue símbolo de identidad, ahora es apenas una caricatura usada para engañar escolares. La razón es sencilla: no puede haber identidad entre tantas identidades.  De ahí la fascinación argentina por marginales y orilleros: ellos sí son auténticos. Moverse en los extremos de la vida les confiere esa distinción. Eso explica el tono épico   utilizado por el narrador para pasar revista a una pelea de verduleras.

Sin grandes mitos sobre los que asentarse, los buscadores apelan al Río de la Plata como metáfora. Así , uno de ellos exclama: “ El que no ha escuchado la voz del río no comprenderá nunca la tristeza de Buenos Aires ¡Es la tristeza del barro que pide un alma!”.

IV
Al final las aguas convergen

Por esas y otras razones, Adán Buenosayres tiene asegurado su lugar en una lista corta de grandes novelas latinoamericanas. Escrita y publicada muchos años antes de Cien años de soledad,  exhibe  unos cuantos elementos en común con la obra de García Márquez. 

Mientras el escritor colombiano narra en clave mítica el principio y fin de un mundo rural (“ La  aldea encantada”, según definición afortunada de Fernando Cruz Kronfly), la novela de Marechal hace lo propio con esa multitudinaria convención de lenguas, pueblos y soledades que desfilan por las páginas de su libro  como  una procesión de desterrados.

Sobresale además, la omnipresencia del humor y la ironía para hacerles el quite a las tentaciones del  trascendentalismo y la solemnidad, tan caras  a toda una tradición literaria propia de este lado del mundo.

Por las páginas de una y otra circulan personajes disparatados, situados en la endeble y nunca bien precisada frontera que separa a los cuerdos de los locos. Con todo, cuando las circunstancias lo exigen, no tarda en aflorar en ellos una misteriosa forma de  sensatez.

Y está claro, el lenguaje. Un lenguaje que  a  veces alcanza los topes más elevados del castellano, sin perder la conexión  con la belleza del  habla popular, heredada del Siglo de Oro español.

Y lo último: en   las dos no hay posibilidad alguna de redención. Eso explica que a  ambas les venga tan bien el versículo del Apocalipsis citado por un personaje del argentino : “ Y el cielo será retirado como un libro que se arrolla”.


PDT.  les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=7ktDGzek-7k

jueves, 10 de diciembre de 2020

Botas y pijamas



-Usted, que  lee tanto, ¿Por qué no viaja más?

La pregunta me la soltó un profesor de  literatura, así de sopetón, sin que alguna conversación previa viniera al caso.

-¿Y cuál es la relación? Le   repliqué .

-Simple: así podrá conocer de primera mano los lugares donde transcurren las novelas y los cuentos de sus autores favoritos.

-Si es por eso, el viaje sería inútil, le dije: ni el Dublín  de Joyce, ni la Praga de Kafka, ni el Berlín de Alfred Doblin, ni  el Chicago  de  Below, ni el Buenos Aires de Sábato, ni la Barcelona de Juan Marsé existen fuera de la topografía mental de esos escritores. 

Dicho de otra forma, esos nombres son convenciones para una puesta en escena que intenta cifrar las múltiples realidades que son una ciudad o un pueblo minúsculo, como en el caso de Faulkner.

Así las cosas : ¿ Es más  “real” Nueva York que Macondo o París que la Santa María de Onetti?

Estamos aquí frente al lector viajero-descreído que necesita  “ ver con sus propios ojos y tocar  con sus propias manos”  el inasible universo que los escritores le proponen.

Algo así como el Tomás del Nuevo Testamento.

-Así que déme una razón más sólida para emprender esa vuelta al mundo en no sé cuántos días, insistí.

-Mmmm… bueno. Por el gusto de conocer  lugares.


“ Conocer”, qué verbo tan ambiguo este, pensé, pero lo dejé pasar, porque se me antoja un argumento más sincero. En una época en la que el consumo constituye el único sentido de la existencia, consumir paisajes es apenas otra manera de estar vivo.

Por eso la gente colecciona selfies de los lugares visitados: es la única prueba palpable de que estuvieron allí. De lo contrario, el mundo sería más irreal de lo que  suele ser.

Incómodo, el profesor buscó en la cabeza una tercera pregunta, pero al final  se convenció de su inutilidad y se marchó calle abajo, mascullando  va uno a saber qué cosas.

Nunca le  he pedido a nadie que me explique su vida, y menos que me dé razones para ser cómo es : sería meterlo en un callejón sin salida.

Uno acepta a las personas o no las acepta y ya.

Por eso me produce gran desazón cuando me piden explicar  ese  asunto inexplicable que soy.



Aunque en esto de viajar o no viajar  es muy simple. Es cuestión de temperamentos.

Están los que, independiente de las motivaciones, viven siempre con las botas puestas, listos para echarse al camino.

Se trata del culo inquieto. Una variedad del Homo Sapiens que no se halla en ninguna parte y por eso va de un lado a otro buscándose con un ahinco propio de judío errante.

Son pues, los hombres de botas.

Y estamos los hombres de Pijama. Los que  sólo en la propia casa nos sentimos bien.  Hasta las sábanas de los hoteles de lujo se nos antojan ásperas en comparación  con la  suave dureza de nuestro colchón.

Lo bueno del asunto reside en que los dos especímenes nos necesitamos. Como sin  relato no hay viaje, el culo inquieto nos necesita para que escuchemos con paciencia la detallada descripción de sus aventuras, reales o inventadas.

“ Habla más que un perdido cuando aparece”, reza el viejo refrán. Y a su modo, el viajero  contumaz es una suerte de perdido que vuelve a casa para preparar su próxima gira.

Y los eternos empijamados necesitamos de las minuciosas y casi siempre hiperbólicas descripciones de los andariegos que juegan a ser  encarnaciones prosaicas de Ulises, el errabundo.

Esos floridos relatos nos ayudan a  vencer el insomnio : dar vueltas en la cama es nuestra manera de recorrer el mundo.

De modo que es sólo cuestión de equilibrio. Por mí , pueden partir cada día hacia algún lugar  distinto : aquí los estaré esperando con el oído atento y un café humeante en la mesa.


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=MJF0dbZCVgQ

jueves, 3 de diciembre de 2020

Del silencio






DEL SILENCIO


En la alborada del alma

escuchamos  un gong eterno:

es el eco del propio corazón

que anuncia el tiempo de la vendimia,

de los besos no dados.


La hora del canto de las aves.


Ellas nos recuerdan con sus trinos

que el  silencio es anterior al mundo

y nos aguarda allá

muy al fondo de los  trabajos 

y los días.


-“En el principio era el silencio”-.


Si le prestamos atención

el sonido del gong

-persistente, eterno- nos enseña

que el camino a la iluminación

no es el de ida sino el de regreso.


Que no es en el mundo

sino en la propia casa

donde alienta la sabiduría.


De ahí la insistencia del gong:


Su paciente llamado

encierra las formas supremas del silencio.


Pereira, diciembre de 2020. Año de la peste.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=Les39aIKbzE


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miércoles, 25 de noviembre de 2020

Una plegaria por El Diego, a la mayor gloria de Dios


Fue el 19 de febrero de 1980, hace más de cuarenta años. Argentinos Juniors, un modesto equipo de fútbol de  una zona popular de Buenos Aires conocida como La Paternal, se enfrentaba  a un no menos oscuro onceno con sede en Pereira, Colombia. 

Era uno de esos cuadrangulares amistosos tan frecuentes por esa época al comienzo de temporada en el fútbol profesional colombiano. Por esos días, el América de Cali celebraba su primer título, alcanzado el 19 de diciembre de 1979. Fue el final de una eterna sequía  bautizada por sus hinchas como  “ La maldición de garabato”.

Y entonces  acaeció el milagro : un jovencito que ya había hecho de las suyas en Japón con la selección juvenil del flaco Menotti, prefiguró  con seis años de anticipación  la dimensión exacta de su propia gloria, materializada en el  mundial de México 86.

Con  el paso de los años, los analistas  repetirían  cientos de veces que el gol anotado al Deportivo Pereira fue el más bello en la carrera de El Diego. El máximo ícono de la Iglesia Maradoniana.

El mismo que  acaba de apagarse, al menos en su dimensión terrenal, después de sesenta años de una vida plagada de leyendas, contradicciones, miserias y grandezas.



Es uno de los grandes recuerdos futboleros de mi vida. Me cuento entre los que asistieron a ese juego que  al final terminó empatado  4 a 4 en el tiempo reglamentario. De manera que puedo jurar que presencié el momento de la mayoría de edad de uno de los más grandes futbolistas de la historia.

El mismo que en el partido contra los ingleses en México dio  otra muestra de su saludable irreverencia cuando aseguró que el célebre gol irreglamentario lo había anotado con la mano de Dios.

Por fortuna, las miserias del Var todavía no habían sido inventadas para privar al fútbol de su impagable dosis de azar  y error.

Pero volvamos a ese  19 de febrero en Pereira. Ese tipo de imágenes  vuelven mejor a nuestra memoria cuando apelamos a recuerdos prestados. Es decir, cuando un tercero los narra.

Esta vez se trata del relato  de Hugo Horacio Lóndero, el formidable delantero argentino que se quedó a vivir en Colombia y formaba parte del Deportivo Pereira ese día.

Lóndero lo describió así: "Él arrancó similar al gol que hizo en México, como en la mitad de la cancha. Fue eludiendo a los rivales: Farid Perchy, Henry Viáfara se le tiraron encima. Luego vino el paraguayo Alcides Sossa y el último que lo cruzó  era “El moño” Muñoz. Cuando llegó, amagó a patear, enganchó y quedó de frente al arco. Cuando le salió el arquero, que era Roberto Vasco, amagó a tirar al segundo palo y se la tocó cortita al primero. Fue un gol espectacular”. 

Bueno, el manoseado adjetivo espectacular  no le hace justicia  a ese momento. Lo de Maradona ese día pertenece a la estirpe de los grandes designios.

De las cosas de Dios.

Como todos los elegidos de los dioses, El Diego fue un hombre controversial. En su momento denunció a la Fifa como lo que es: un cartel mafioso, y lo castigaron expulsándolo del Mundial de Estados Unidos 94.  Fue amigo de Fidel Castro, de Hugo Chávez y se hizo tatuar una efigie del Che Guevara, como para expresar que , de haber coincidido en el espacio y en el tiempo, también hubiera sido su compinche.



Al modo de los artistas malditos, supo frecuentar las tinieblas : ni las drogas fuertes, ni los alcoholes, ni  el sexo a raudales le fueron ajenos.

Por eso los moralistas lo condenaron siempre. Le enrostraban no haber sido un buen ejemplo para la sociedad. ¿ Y quién dijo que los genios tienen la obligación de ser un ejemplo para nadie? ¿Acaso  El Diego se postuló  alguna vez como ejemplo de auto superación?

Todo lo contrario:  cada vez que pudo, subrayó su condición de marginal. De orillero siempre en contravía. Más de un  antihéroe del tango y la milonga se hubiera sentido  a sus anchas departiendo con él en algún arrabal.Sólo que , en lugar de un puñal, el hombre obraba prodigios con la pelota. Lo saben  los hinchas de Argentinos, de Boca, del Barcelona, del Nápoles y, cómo no, de varias selecciones argentinas.


Cuentan que estuvo a punto de llegar al América de Cali luego de su paso más bien decepcionante por el Barca, pero el Nápoles italiano se  atravesó en el negocio y el asunto pudo haber provocado una guerra a muerte entre la Camorra napolitana y el cartel de Cali.

Pero eso daría para otra saga de leyendas.


El poeta colombiano  Porfirio Barba Jacob escribió en un rapto de lucidez etílica : “ Era una llama al viento y el viento la apagó”.

No sé si el viento del olvido  y el desdén puedan apagar la llama que este hombre dejó viva en el corazón de  quienes amamos  el juego bonito. Creo que no : son  legión las cosas bellas que alientan entre la mano de Dios y el  corazón de El Diego.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=3CUnwPgopIk


jueves, 19 de noviembre de 2020

Nos vemos en La Cuadra



Existen lugares  capaces de formar pliegues en la piel de las ciudades. Usted levanta al azar uno de esos pliegues y se encuentra con  un juego de espejos, como palimpsestos que cuentan cada uno su propia historia  y la refleja en el espejo de enfrente.

Pueden ser  bares, plazas, templos, callejuelas, viejas casonas, tiendas de barrio, canchas. Uno se aproxima a ellos y siente en el aire el rumor de voces de quienes una vez los frecuentaron y  ya no están: viajaron a tierras remotas o se fueron para siempre de este mundo.

Pero , de muchas maneras, allí están, aferrados a esos jirones de eternidad que el tiempo les arroja a modo de salvavidas.

Tienen la levedad del símbolo y la solidez de la piedra.

Tanto, que la gente los utiliza como mojones para no perderse en la barahúnda diaria.

Nos vemos en El Prometeo, en la tienda Mi arbolito,  en la cancha de Los Carabineros, en el Teatro Capri, en el atrio de La Trinidad, en el bar Leticia, decían nuestros mayores a la hora de pactar las citas  con los compadres o los encuentros de amor furtivo.

Nos vemos en  La Cuadra , dijeron, dijimos muchos desde el nacimiento de lo que en principio fue una idea, luego  un acuerdo y más tarde un tejido  de lugares a la altura de la Avenida Circunvalar.

Fue en  el año 2000, cuando un grupo de artistas liderado por los pintores Viviana Ángel y Jesús Calle, el fotógrafo Javier García y la gestora cultural Lucía Molina le dio vida a La Cuadra, talleres abiertos, como una  forma de proponer  un  encuentro desde la estética con una ciudad  que se empecinaba en  echar abajo los sitios que una vez fueran su memoria viva.

Y la gente empezó a acudir al llamado. Primero  con curiosidad y luego con esa clase de devoción propia de las ceremonias rituales.

                                       Carlos Enrique Hoyos

Porque  muy pronto La Cuadra  resultó ser eso: un ritual, un acto de comunión ciudadana en el que  varias generaciones se reunieron durante dos décadas para reafirmar su particular manera de sentirse ligadas a unas calles, a unos modos particulares de ver el mundo.

Era pues ineludible que La Cuadra deviniera fiesta. A las exposiciones y talleres se  sumaron la música, el baile, el vino, el cine, el teatro.

Una puesta en escena reavivada durante veinte años el primer jueves de cada mes.

Los  rumores de esa fiesta empezaron a escucharse en otros lugares del país.



¿En qué lugar de Pereira queda exactamente La Cuadra? Me preguntó, ávido, Ramón Rivas, un periodista cultural afincado en Bogotá.

En todas partes y en ninguna, le  respondí. Es más bien un estado de la mente. Cada quien a su modo tiene su propia cuadra dibujada en la  cartografía particular que le sirve de hoja de viaje para no extraviarse en una ciudad pequeña y vertiginosa a la vez.

Supongo que así fue y será para muchos habitantes  y visitantes de la ciudad. Por eso cundió la desazón cuando , a comienzos de 2020, sus gestores anunciaron el final definitivo de la aventura.

Pero qué le hacemos, si así son los grandes amores. Y el de La Cuadra fue un gran amor engendrado en las entrañas mismas de la ciudad.

Esa clase de amores, tan escasos, se convierten en parte de uno. No importa si ya encienden otros cuerpos o atracan en puertos desconocidos.  Siempre estarán allí, cada  uno a su tiempo y a su modo.


Por eso, cada vez que sus fieles devotos concertan una cita vuelven a la vieja fórmula:  Nos vemos en La cuadra.


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=OQnfsLdKRPU


miércoles, 11 de noviembre de 2020

Nostalgias perras: perros callejeros en la cuarentena



Sospecho que en su largo camino  hacia la hominización, los perros desarrollaron una especie de  proustiano sentido de la nostalgia, detonada por aromas,  ruidos, timbres de voz.

O mejor dicho: por la ausencia de  esas antiguas presencias.

Esa condición se acentúa en el caso de los perros callejeros, desplazados por  las cuarentenas hacia una  suerte de fisura en el espacio- tiempo,  bastante parecida a la del   encierro humano.

Aunque, en su caso se trata de un confinamiento hacia afuera. Un confinamiento al revés. Una forma aún más acentuada del destierro.

Por definición, el perro callejero es el campeón de la supervivencia. En él cobra pleno sentido el lugar común que define la ciudad como una  jungla de cemento.

En las calles los sentidos se aguzan, devienen instrumento para identificar de un solo golpe de oído, de olfato o de vista al potencial amigo o al letal enemigo.

Las promesas pueden venir de la cocina de un restaurante, de la vitrina de una panadería, de la visión sangrienta de una carnicería, o de la señora que pasa con la compra mañanera.

Las amenazas llegan de todas partes: conductores distraídos o dementes, vigilantes energúmenos, vecinos  malhumorados, tribus neo nazis, drogatas paranoicos, congéneres hambrientos y feroces.

En fin, la variopinta vida cotidiana de cualquier ciudad.

En esa búsqueda, cada perro supo encontrar su propio espacio de redención: la puerta de un restaurante popular, el alero de una cafetería,  las bancas de un parque o el atrio de una iglesia, como en el caso de la mujer que, de tanto instalarse con su familia perruna  a la puerta de la catedral, acabó por convertirse en parte de la liturgia.

Pero la  pandemia de la Covid-19 lo puso todo patas arriba en un santiamén, enviando a los humanos al exilio de sus casas y dejando a los perros todavía más de patitas en la  calle.

I

Primer día de clases


Nadie puede precisar con exactitud cuándo apareció el primer perro callejero en el campus de la Universidad Tecnológica de Pereira. Pero  lo que no se discute es la masificación de su presencia hace cosa de una década.   Llegaron de toda raza y condición, me dice Rosalba, una funcionaria de la administración a punto de jubilarse, que cada mes destinaba con rigor religioso el diez por ciento de su salario a la compra de alimentos y medicinas para los  muchos perros y unos cuantos gatos que se enseñorearon de prados, pasillos y  aulas, en fraterna convivencia con maestros y estudiantes.

Su presencia se hizo más notoria de unos diez años hacia acá, cuando algunos estudiantes y profesores empezaron a adoptarlos, a ponerles nombres y a comprarles concentrado para su alimentación.  Recuerdo a  Lassie, por ejemplo, por la famosa perra de la película.  También a Flor, una  Tacita de Té que no tardó en ser adoptada por una estudiante que se la llevó a su  casa. Entiendo que allí sigue, envejeciendo y con vida de princesa entre los mimos de toda la familia. Eso entre los animales más amables, porque también llegaron perros bravos como  Rambo, un doberman abandonado cerca de la universidad, que tardó su tiempo en convertirse  en  un perro  dócil y amable. Un estudiante de medicina de nombre Federico, se encargó de esa tarea. El muchacho tenía un conocimiento de los perros tan bueno que hasta llegó a alcanzar fama de domador.

Según el último censo, al comenzar la cuarentena la  cifra de habitantes perrunos del campus    había alcanzado la cifra de  catorce, cada uno  bajo el cuidado del Comité de Bienestar Animal, una dependencia creada en 2014, bajo la rectoría de Luis Enrique Arango Jiménez. En  mucha menor medida también se colaron gatos, aunque el talante indómito de estos últimos hizo que no fueran tan populares entre estudiantes y funcionarios.

Entre esas excepciones se cuenta Martina, una siamesa de noble abolengo que llegó a la universidad preñada de cinco criaturas que, una vez paridas, no tardaron en ser  acaparadas por igual número de adoptantes. Supongo que el prestigio de la raza ayudó, lo que viene a probar que los atavismos de clase no sólo funcionan para los humanos.

El asunto alcanzó tales dimensiones, que  la universidad acabó por crear un Comité de Bienestar Animal, generador en principio de  algún rechazo entre la parte de la comunidad  hostil  hacia los animales, o por lo menos indiferente  ante su presencia en el campus, relata José Norbey, un profesor de matemáticas  que decidió adoptar   un pekinés de colmillos afilados como agujas  hipodérmicas. Hoy , el  pequeño animal comanda una bandada de gansos que completan la guardia pretoriana de su finca, en el sector de La Bella.

Para quienes  los queremos y valoramos, resultaba de veras entrañable contemplar un perro echado  a la puerta del aula, o incluso instalado con comodidad en un rincón del salón, con el aire absorto de quien presta  mucha atención al curso de las ecuaciones, los teoremas, las derivadas o la teoría de conjuntos. Quién sabe, a lo mejor ya hay perros expertos en esas  maravillas de los números o de otras disciplinas. Todo depende  de la facultad  y del programa que hayan elegido para instalarse.

Porque los hay para todos los gustos y programas : unos optan por la medicina, otros por la mecánica,  más allá eligen las ciencias del deporte y unos cuantos más tienen inclinaciones literarias, al punto de que se los ha visto escuchar con atención agudas disertaciones sobre  La urbanidad de las especies, el libro de cuentos del escritor Rogoberto Gil.


Cuenta la leyenda…



Como en todas las comunidades, entre los perros también florecen y se multiplican las leyendas urbanas.  Es el caso de Buseto, un perro que, según testigos, viajaba todos los días  a la universidad en la ruta 6 del transporte urbano.  En principio, abordaba el bus en la terminal de transportes. Mediante una sucesión de ladridos ya identificados por los conductores expresaba su deseo de  subir a bordo. Cuando le abrían la puerta, el animal se instalaba y a los pocos minutos se bajaba en la Universidad Tecnológica, donde era objeto de toda clase de atenciones. Una vez terminada la jornada, repetía la operación en sentido inverso y descendía  en la Terminal.

Su lugar de residencia era toda una incógnita. Fin del viaje, muchas gracias  a todos y hasta la mañana siguiente.

Era jodido y mordelón este Buseto.  Quien trataba de tocarlo cuando se instalaba en su atalaya de El Guaducto,  corría el riesgo de llevarse en la piel la marca de sus colmillos. Por alguna razón, el único que sobrevivió al intento fue el político Sergio Fajardo. Durante una de sus visitas a Pereira quiso cruzar ese puente de guadua. Al ver  a Buseto, contra todas las advertencias de sus acompañantes,  se inclinó a  acariciarlo. Para sorpresa de todos el animal se dejó hacer.


Cuestión de empatías, creo yo.  Convergencias políticas, piensan otros.

Otra celebridad es Gitana, la perra activista experta en protestas sociales. Con una pañoleta roja anudada al cuello, participa en todas las marchas y  se dice que hasta aprendió  a recitar consignas y a ladrarles a los policías.

La gitana roja, le dicen algunos militantes de la vieja guardia.



La leyenda  más pintoresca de todas es la de Jíbaro. Según testigos, es  el dealer del campus. Se trata de un criollo que recorrería toda la universidad con una canastilla atada al cuello. En ella  porta decenas de baretos- cigarrillos de marihuana-  cuidadosamente liados. Los compradores los toman y depositan en la canastilla  el importe de la compra. Al agotar la existencia regresa  al lugar donde lo espera su anónimo propietario, que repite la operación  hasta agotar existencia.

Servicio al cliente, entiendo que le llaman a eso. Ni Rappi lo hace tan bien.

Pero no todos los quieren.  De hecho hay quienes  los detestan al extremo de querer exterminarlos. Dicen que son portadores de enfermedades, que  estar pisando mierda de perro todo  el tiempo no es precisamente lo más agradable y que incluso ellos mismos, así como amigos, parientes y visitantes de la universidad han sido objeto de mordeduras, algunas de ellas graves

Supongo que en estos  meses  de educación virtual deben sentirse a sus anchas, lejos del que consideran el peor enemigo del hombre.

No es ese el caso de  personas como José Luis Tristancho, profesor de ingeniería, o  de Campo Elías, del área de Ciencias Básicas, que no dudaron en llevarse para sus casas algunos de los perros.

El cariño que muchos estudiantes y profesores les profesan puede rastrearse en los nombres utilizados para rebautizarlos : Mono eléctrico, Brownie, Monita Aservi o Mono bareto, éste último por su inclinación a merodear  por el lugar donde algunos estudiantes consumen su dosis personal de marihuana.

¿Pero cuál ha sido el destino de los perros de la  Tecnológica durante estos largos meses?



Carolina Aguilar, funcionaria de la universidad , preside desde 2014 el Comité de Bienestar Animal.  Además, es  activa animadora de la página web Peluditos,  un completo medio de información para captar recursos y gestionar adopciones. Con cifras en la mano expone  un panorama completo de la presencia de perros y gatos en el campus.

Hay que precisar algo: cuando se habla  de catorce animales, nos referimos a los presentes en  la universidad al comenzar las cuarentenas, y con ellas el paso a la virtualidad.

Pero si  contamos los  perros rescatados   a lo largo del tiempo, la cifra podría alcanzar el centenar. Hubo un momento en que llegamos a tener setenta en La perrera. Sucede que muchos de ellos , después de recibir la adecuada  atención en salud, así como la debida higiene y alimentación han sido devueltos a sus familias o entregados en adopción. Muchos perros y gatos  son abandonados en el campus o en sus proximidades, tal vez por la receptiva actitud de tantos estudiantes y profesores.

Por eso digo que ,vistas así las cosas, entre los que van y vienen pueden completar unos cien , hasta ahora.

Cualquiera que tenga una mascota en su casa sabe lo que cuesta  mantenerla. Entre los concentrados, la vacunación, la higiene, la eventual atención médica y toda la parafernalia adicional pueden llevarse una buena  tajada del presupuesto familiar.

Así que al Comité le toca moverse para buscar recursos. Carolina lo cuenta así :

Si bien el rector  Arango Jiménez aprobó la  puesta  en marcha del Comité, de entrada dejó claro que debíamos gestionar recursos para su sostenimiento. Por eso creamos la página Peluditos,  dirigida a organizar cadenas a través de las  redes sociales con el propósito de  encontrar donantes y familias adoptivas. Hasta ahora todo ha funcionado muy bien. Por ejemplo, esos recursos nos han  garantizado el suministro alimenticio  desde la llegada de la pandemia. Entre los donantes es bueno mencionar a la alcaldía de Pereira, que nos ha respaldado con recursos a través del Bioarque Ukumarí. Para distribuir la comida al interior de la universidad contamos con la buena voluntad  de los vigilantes  y de las personas de los servicios de aseo.

Como quien dice,  nosotros buscamos la plata, les hacemos llegar los paquetes  y ellos se encargan de llevar la comida a la mesa.

II

¡A otro perro con ese hueso!



Steven , el hijo de Asdrúbal, estudia Ingeniería Eléctrica en la Universidad Tecnológica de Pereira. Al lado de su padre aprendió a querer los perros… y un poquito a los gatos. 

Asdrúbal es uno de  los carniceros del sector de Villa Santana.  Fue uno de los primeros campesinos inmigrantes  que se  asentaron  en el naciente barrio, cuando apenas era un puñado de casas diseminadas por la ladera.  En su vereda del municipio de Santuario había regentado una pequeña carnicería vecinal, donde les vendía carne de res y cerdo a los habitantes del sector. De ñapa, les regalaba patas de res, orejas y algunas vísceras que los campesinos compartían con sus perros.

Fue así como  aprendió que, en materia de alimentación, esos animales son tan caprichosos como los humanos.

Son bastante resabiaos, si quiere que le diga, declara  con un tono de voz altísimo, de modo que todo el vecindario se entera de la conversación. Algunos se acercan para enterarse mejor del asunto. Con el auditorio multiplicado, el  hombre se lanza a explicar el  chisme.

A unos sólo les gusta el Calambombo, que viene a ser el hueso pelao donde se forma la rodilla o chocozuela. Otros prefieren el hígado,   otros  se emboban con las orejas y pueden pasarse horas mordiéndolas como si fueran chicle. Quién sabe, tal vez  ese sea su desparche, su manera de matar el tiempo. La gente me dice que si soy  pendejo, que por cada pedazo de carne que les echo a los perros estoy perdiendo plata. Con seguridad es así, pero no se imaginan lo feliz que me pone ver animalitos contentos.

Esa es mi mayor ganancia.

Entre sus comensales se cuenta Pecas, un  labrador flaquísimo como un faquir , a quien por eso mismo los vecinos rebautizaron  con el nombre de Carnegato. Es el más madrugador.  A las cinco de la mañana  ya está echado a la puerta del local, a la espera de que su amigo  Asdrúbal abra  el negocio.

Yo no sé a ese animalito pa dónde se le va la comida, porque alimento nunca le falta. Unos le dan sopa, otros sancocho y  siempre le cumplo con su ración diaria. Eso sí: que ni piense en concentrados porque en estos lados eso es un lujo que nadie se puede dar. Sobre todo porque desde la aparición del virus es mucha la gente que no pudo volver a trabajar. Las ventas en las calles las prohibieron, a las empleadas domésticas las mandaron pa la casa sin un peso, las obras de construcción se paralizaron y todo el mundo  empezó a pasar necesidades.

Pero eso sí, cosa bien rara, nunca dejaron de comprar carne. Eso me ha permitido vivir bien y seguir dándole la ración diaria a los animales. Si hasta tengo un par de gatos por ahí que hacen fila para esperar su dosis. Como será, que la gente se enoja porque, según ellos, tengo la culpa de de que que ya no cacen ratones. Usted conoce bien el refrán: gato lleno no caza.

Y gato satisfecho trae más gatos, pienso, mientras conjeturo el destino de los perros que hicieron del campus universitario su propia ciudad aparte. Quizás como ningún otro, ellos esperan con ansia el fin de las  clases virtuales.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta crónica

https://www.youtube.com/watch?v=UhqbBlN986E