miércoles, 25 de mayo de 2022

Vanguardias, caudillos y redentores




“En la guerra política contemporánea, y no sólo en América Latina, la comunicación  es la nueva arma. Las estrategias de comunicación son fundamentales para desviar la atención del votante con problemas inventados o extemporáneos, o con versiones de los hechos amoldadas a la narrativa de quien gobierna. Si atraviesan crisis o se ven acorralados y necesitan movilizar debate social y que movilicen a la ciudadanía, lo hacen con  las cadenas  nacionales o con twitter, como el nuevo aprendiz de tirano, el salvadoreño Nayib Bukele”.

La lúcida  reflexión anterior, aparece en la página 5OO del libro Delirio Americano, del ensayista y pensador colombiano Carlos Granés, publicado en 2O21 por  la casa editorial Taurus.

Si usted quiere, dependiendo de su país de origen, puede remplazar el nombre de Bukele por el de López Obrador, Daniel Ortega, Iván Duque, Nicolás Maduro, Jair Bolsonaro, Pedro Castillo o Alberto  Fernández y el resultado será el mismo: una realidad paralela fabricada  con los mismos criterios utilizados para diseñar cualquier  producto, desde un champú hasta un automóvil de lujo,  pasando por la venta de paisajes en el sector turístico o de perfumes para estimular los impulsos sexuales.

No por casualidad existen agencias de publicidad y mercadeo político, cuya finalidad es fabricar candidatos y gobernantes a la medida de los miedos, ambiciones y expectativas de los potenciales electores. En esa búsqueda pueden fabricar la imagen de un ejecutivo triunfador como el  Primer Ministro  canadiense Justin Trudeau, de un hacendado entre paternalista y autoritario como Álvaro Uribe, de un camaján de barriada como Nicolás Maduro, de  un  trabajador rural  como Pedro Castillo o de un activo hijo de la galaxia digital como el ya citado Bukele.

Pero  el recurso de los medios de comunicación, por poderoso que sea no deja de ser un ropaje o, si se quiere, un disfraz. La esencia del asunto, es decir, la manipulación de la palabra, del mensaje redentor y de conceptos caros a  pulsiones colectivas como la patria y la nacionalidad es  tan antigua como la política en sus múltiples avatares,  para utilizar un concepto caro al mundo de internet.




Como cualquier investigación sobre tiranos, caudillos y redentores puede remontarse  hasta tiempos  lejanos en la historia de la humanidad, en su propósito de entender y ayudarnos a comprender esa variopinta abstracción llamada Latinoamérica , Carlos Granés fija límites de espacio y tiempo. Su recorrido empieza en 1898,  con la llamada Guerra de Cuba, cuyo resultado supuso la pérdida de la última de las colonias españolas en América y el comienzo de la hegemonía norteamericana a este lado del mundo, que décadas atrás llevó a Simón Bolívar a pronunciar su célebre  diatriba: “ Los Estados Unidos parecen destinados por la providencia para plagar de miserias a América en nombre de la  libertad”.

Y la  lucha por la Libertad, otra abstracción mistificada por la Revolución Francesa al lado de Igualdad y Fraternidad, será el combustible de las   fanáticas y brutales contiendas que caracterizan la historia de nuestro continente , desde México y la pérdida de grandes extensiones de su territorio a manos de los norteamericanos, hasta los países del cono sur con sus dictadores letales.

Ese viaje emprendido en Cuba, uno de cuyos protagonistas fue el poeta y  prócer nacional José Martí, concluye para Granés el 25 de noviembre de  2O16,  fecha de   de la muerte de Fidel Castro en la misma isla, sobreviviente  de su propia utopía después de haberse convertido en  modelo  de muchas revoluciones en el mundo, tras la caída  del dictador Fulgencio Batista- otro  tirano sanguinario y corrupto- el  1º de enero de 1959.


                                                                 José Martí

En ese intermedio se produjo el desfile de dictadores y populistas que todos conocemos, sumado a la consiguiente irrupción de las guerrillas rurales y urbanas, hasta desembocar en  otra dictadura: el reinado de las víctimas y su concreción cultural más elocuente: el lenguaje elusivo   e hipócrita de la corrección  política, empeñado en tender un velo de palabras sobre los aspectos más infames de nuestras sociedades.


Un libro agita las aguas.


Toda comunidad tiene  sus libros fundacionales, sean sagrados o profanos. Para los propósitos del autor de Delirio Americano, uno de esos textos  es  Ariel, el ensayo del escritor  uruguayo José Enrique Rodó ( 1871-1917). En su obra, Rodó toma tres personajes del universo de Shakespeare: Próspero , Calibán y Ariel, para formular los prototipos de lo  que  podría ser el rumbo de nuestro continente. De entrada , enfrentamos  una simplificación: en un momento  u otro  hemos de tomar partido: Calibán o Ariel. Los latinoamericanos leímos temprano y mal- durante el bachillerato- el libro de Rodó. Con su proverbial capacidad  para el esquematismo , el autor  definía fronteras: Próspero tiene dos sirvientes. Calibán es el salvaje primitivo,  materialista movido por sus instintos. Ariel  es el hombre animado por la fuerza elevada y espiritual. Como su nombre lo sugiere, Próspero es el amo o, para  hablar  en términos políticos, la encarnación del poder imperial.

En esa aparente encrucijada, renunciamos desde un comienzo a la opción del camino del medio. De ahí en adelante , esa fue  una de las constantes de nuestro quehacer político, civilista o armado. Para nosotros El siglo XX fue el escenario de la materialización , casi siempre violenta  y a menudo corrupta de ese maniqueísmo : buenos o malos, indigenistas o latinistas, liberales o conservadores, comunistas o fascistas.  Sólo una cosa nos unía: el odio al imperialismo norteamericano por parte de uno y otro bando,  posición que empezaría a cambiar con la llegada y entronización de Hitler  en el poder como amenaza  mundial. Esa nueva baraja geopolítica motivó  un rápido consenso que aglutinó a sectores  hasta entonces antagónicos en la defensa contra  el peligro nazi.




Y aquí aparece el otro elemento esencial para las tesis  formuladas en Delirio Americano: el rol de las vanguardias  artísticas y literarias , como espejo o negación de las ideas políticas en juego. Poetas, escultores, músicos y pintores expresarían desde entonces la voluntad de dar cabida a  una de esas tendencias o a todas de manera simultánea o sucesiva. Después de un trabajo de investigación que le tomó más de una década, Carlos Granés elige un primer ejemplo: la Revolución Mexicana, cuya fecha oficial de inicio se sitúa el 2O de noviembre de 191O, aunque sus orígenes se remiten a la lucha contra la dictadura de Porfirio Díaz, que abarcó de 1877 a 188O  y luego de 1884 a 1911.

La revuelta en México fue, si se quiere, una amalgama de credos políticos y religiosos, de prejuicios sociales y raciales, de atavismos culturales y de abismos económicos que, salvadas particularidades locales, puede  servir para acercarse mejor a la realidad histórica de los países que abarcan del Río Grande a la Tierra del Fuego. Una vez llegados al poder, los revolucionarios traicionaron- como todos- los principios que animaron la lucha en un comienzo para enfrascarse en  feroces disputas por el control , que no tardarían en convertir la mexicana en la primera revolución institucionalizada y burocrática del continente.

Décadas después, con sus propias variaciones, los caudillos y tiranos del resto del continente, con el respaldo de Estados Unidos, devenido aliado imprescindible, replicarían la fórmula para perpetuarse en el poder. Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana, la familia Somoza en Nicaragua, Marcos Pérez Jiménez en Venezuela, Velasco Alvarado en Perú, los Stroessner en Paraguay, Getulio Vargas en Brasil y Juan Domingo Perón en Argentina, son apenas algunos de esos nombres. Entrado el siglo XXI, el colombiano Álvaro Uribe replicaría la fórmula, con el célebre " articulito" de reforma a la constitución par  hacerse reelegir, aunque la trampa no le alcanzó para un tercer periodo.


Las vanguardias saltan al escenario.




El poder político, sobre todo el de inspiración populista, siempre ha sabido que, para mantener su dominio necesita  apoyarse en tradiciones culturales reales  o inventadas. Más que de teorías económicas o  preceptos ideológicos, precisa de un sistema de símbolos que  movilicen y congreguen a su alrededor a una masa creciente de adeptos. El mito de Juan Domingo Perón y su esposa Evita en Argentina es uno de los más claros ejemplos.

No por casualidad, Carlos Granés elige el caso de México para sustentar su hipótesis: los entresijos de las relaciones entre el poder político- económico y los movimientos culturales nos dan la pauta para seguirle el rastro  a lo sucedido en el resto de los países latinoamericanos. Volviendo a la influencia de Ariel, los  primeros muralistas serían la expresión de lo  telúrico, de lo autóctono frente al latinismo y la reivindicación  del legado español y grecorromano   en nuestros países. A su vez, Ariel ilustraba- nunca más preciso el sentido de esta palabra- lo mejor de este último espíritu. Alentado por esta  convicción, el educador José Vasconcelos asumió la tarea de   hacer de la revolución  burocratizada la mejor herramienta para  descubrir y reivindicar la “ verdadera” identidad mexicana. Su influencia no tardó en repercutir en el resto del continente.

Políticos liberales y conservadores,  inspirados por el fascismo o el socialismo, alimentaron sus delirios populistas en esas fuentes nutricias. Lo “propio” y lo “ajeno”, irreconciliables según los teóricos, fueron las  abstracciones encargadas de guiar los movimientos de una brújula que, a juzgar por los resultados, nunca apuntó en la dirección más acertada. El autor de Delirio Americano lo sintetiza de esta manera:

“ El paso del populismo ha dejado sociedades divididas en bloques antitéticos, pueblo y antipueblo, buenos patriotas y malos patriotas, convirtiendo la democracia  en un nuevo campo de batalla. Patria o  muerte, viva la coca, mueran los yanquis, Muerte al somocismo (veinte años después de muerto el último Somoza): son gritos que llaman a la movilización fervorosa y perfomántica, a veces acompañada de expresiones de violencia. Sus objetivos siempre son los mismos: tomar el espacio público y conquistarlo para apabullar al enemigo y hacer ver la propia como la única opción legítima, la única acorde con los fundamentos de la patria, las esencias del pueblo, el bien, la dignidad o la moral”.

                                 Evita y Perón

Esta certera reflexión vale para nuestros países hace cien años o para nuestra realidad de hoy: así de errático ha sido el camino de  Colombia y de América Latina.

A diferencia de los movimientos políticos, inamovibles en su estéril  dicotomía, las vanguardias artísticas y culturales  se postularon siempre como puente, como agente capaz de dialogar con  el patrimonio espiritual del mundo y de sintetizar lo mejor de aquí y de allá. Los primeros artistas mexicanos en rebelarse contra el muralismo abrieron las  puertas para que entraran las corrientes saludables que renovaban  la vieja Europa. A eso contribuyeron mucho las políticas estatales de brindar asilo a quienes escapan de la Guerra Civil en España, de los nazis en Alemania y sus aliados en el mundo, del estalinismo y su sus Gulags en la Unión Soviética. Por eso, la acogida brindada a  Trotsky y su posterior  asesinato en su refugio de Coyoacán se convirtieron en símbolo  de ese concepto de cosmopolitismo, tan necesario para  neutralizar toda forma de cerrazón mental.

                                  Caetano Veloso


Situado en el brasil de Getulio  Vargas y a propósito de la conmoción experimentada por el poeta y músico Caetano Veloso luego de ver la película  Tierra en Trance, de su compatriota Glauber Rocha, Carlos Granero nos dice acerca de las vanguardias:

“ La película de Rocha deslegitimaba todos esos clichés del arte izquierdista, y eso, se dio cuenta Veloso, liberaba de la demagogia y el victimismo y permitía abordar aspectos  culturales, míticos, místicos, morales, antropológicos, formales; se abrían nuevos campos para explorar, nuevas formas de rebelión. Esa sensación la volvió a tener al poco tiempo, al ir al Teatro Oficina, el proyecto del dramaturgo experimental José Celso, a ver Roda Viva, una obra de Chico Buarque, la cabeza más visible de la música popular brasileña. La obra lo sorprendió por su radicalismo expresivo y por su osadía. Era iconoclasta - se burlaba de la Virgen-, erótica- los actores se desnudaban- y sobre todo antropofágica. En la última escena el protagonista, un cantante famoso, acaba devorado por sus seguidores. Literalmente se lo comían, y para dar realismo usaban  el hígado de un animal que acababa salpicando  de sangre a los espectadores de la primera fila”. ( Delirio Americano, página 379).

Como podemos leer, a diferencia de las doctrinas políticas, que fosilizan y destruyen, las vanguardias artísticas insuflan vida, integran lo  en apariencia  irreconciliable. Propician el diálogo entre mundos disímiles. Y esa diferencia no es un dato menor : cuando señala el común origen religioso de dos guerras, la civil española y la violencia  de liberales y conservadores en Colombia, el autor nos revela que, lejos de ser un filo nazi y fascista como sus copartidarios del grupo Los Leopardos, Alzate Avendaño entre ellos,  lo que motivaba el odio del caudillo  conservador Laureano Gómez contra los liberales echaba en realidad raíces en su catolicismo ultramontano. Tendrían que llegar desde la cultura los nadaistas, una vanguardia local heredada de los poetas norteamericanos, para hacer respirable ese aire enrarecido  por odios seculares.

En su recorrido por un mapa que es físico y mental a la vez,  Carlos Granés no ahorra esfuerzos  ni detalles:  país  por país, con paciencia de orfebre,  ausculta los latidos más profundos de su naturaleza, sus atavismos, sus violencias, sus artistas, sus ideólogos, sus errores repetidos y su eterna reiteración del populismo de izquierda y derecha como inútiles  fórmulas redentoras.

Todo el tiempo fluye a nuestro lado la corriente espiritual expresada en nombres como los de López Velarde, Miguel Ángel Asturias, Caetano Veloso, Rómulo Gallegos, Xul Solar, Vicente Huidobro, César Vallejo, Germán Arciniegas, Tarsila do Amaral, Jorge Icaza, Oswaldo Guayasamín, Jorge Luis Borges, Alejandro Obregón, Alejandra Pizarnik, Augusto Roa Bastos, Pablo Neruda, Jorge Amado, Elena Poniatowska,  Rufino Tamayo, Oscar Niemeyer… y hasta la banda peruana Los Saicos, posible pionera de los  anarquistas acordes del punk a este lado del mundo.

Al final, como siempre, queda la certeza de que sólo en la cultura encuentran los pueblos y los individuos alguna clase de asidero. Una forma de ponerse a salvo de los delirios  políticos.   Poetas, músicos, novelistas, pintores, ensayistas, realizadores de cine, actores y cultivadores   de la tradición oral nos enseñan todo el tiempo que soñar con mundos mejores no es una utopía, aunque el canto de sirenas de los demagogos haya seducido a  muchos artistas en  algún tramo del camino.


PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=haVaaDLwWvI


 



miércoles, 18 de mayo de 2022

El bibliófilo y el rey

                 Para  mi hermano Juan Carlos Pérez, mi dealer personal de libros



En 1992 el escritor español Arturo Pérez- Reverte era corresponsal de guerra en los Balcanes. Entre  otros muchos horrores, le  tocó ver y reportar la destrucción de la Biblioteca de Sarajevo, un centro cultural que hasta ese momento había sido punto de encuentro para la multiplicidad de pueblos y lenguas que componen el mapa de  la región: árabes, turcos, gitanos, eslavos, latinos y africanos del norte enriquecieron durante siglos el patrimonio de la humanidad con sus relatos, sus cantos, sus poemas , sus ritos, su arquitectura y sus plegarias.

De repente, la vieja y conocida irracionalidad humana se abatió sobre la biblioteca y la redujo a escombros. Abatido él también, Pérez – Reverte escribió :

“Cuando un libro arde, cuando un libro es destruido, cuando un libro muere, hay algo de nosotros mismos que se mutila irremediablemente. Cuando un libro arde, mueren todas las vidas que lo hicieron posible, todas  las vidas en él contenidas y todas las vidas a las que ese libro hubiera podido dar, en el futuro, calor y conocimientos, inteligencia, goce y esperanza. Destruir un libro es, literalmente, asesinar el alma del hombre”.

Idéntico sentimiento de indignación y dolor debieron sentir los hombres y mujeres que, en distintos momentos  de la historia, vieron desaparecer, a manos de otros hombres, libros, pinturas, esculturas, partituras y  museos. Desde la  antigua Babilonia hasta la  Guerra de Irak , el enorme edificio que llamamos civilización ha sido blanco predilecto de quienes quisieran  borrar de la tierra todo rastro de humanidad que los ponga en evidencia.


Por fortuna siempre quedan huellas. La literatura está hecha de huellas. El escritor es alguien que va en busca de los rastros físicos y  espirituales que todos dejamos en nuestro paso por el mundo. Por eso, el conocido tópico nos muestra a Scherlock Holmes embozado en la niebla londinense y armado de una enorme lupa, siempre siguiendo alguna pista real o inventada.

La imagen vale para todos los autores, no sólo para los de historias de suspenso. Aunque… la vida toda es la mejor entre las novelas de suspenso.

Sin esos seres laboriosos y pacientes, los actos humanos grandes y pequeños serían borrados por el tiempo y la muerte que, al fin  y al cabo, son la misma cosa. Los escritores pues, y antes de ellos los aedos y rapsodas, son los guardianes del conjuro-el único- que nos depara la ilusión de permanencia frente a la irremediable disolución:  las palabras,  esos sonidos que, según lo consignado en las religiones más disímiles, fundan  el mundo.

En un principio, esa memoria se conservó y transmitió a través de la oralidad: todos guardamos como un tesoro la imagen de los viejos contando historias a la luz de una vela o de una lámpara. Eran los encargados de cuidar la historia de la familia, de la comunidad, del pueblo, del mundo en suma. Casi siempre lo hacían en versos, que es la forma más fácil de memorizar. Pero no se conformaban con recitar  lo aprendido: un día si y otro también, añadían algo de su propia cosecha hasta convertir el relato en un coro de voces que ampliaba los límites del universo.

A su modo, los viejos hacían suyo el ritual de los seres anónimos que grababan con fuego en su mente las epopeyas  forjadas- eso nos dicen- por alguien a quien llamamos Homero. Poco importa en realidad si existió  o no un autor con ese nombre: siglo tras siglo, los personajes de La Ilíada y La Odisea siguen acompañándonos como un eco de la voz de los dioses que, con sus palabras, animaron el inerte universo.

Que otros discutan la autoría de esas obras. La obsesión por la propiedad intelectual es, después de  todo, un invento moderno.



La escritora española Irene Vallejo (Zaragoza,1979) decidió  rendir  tributo a la prehistoria personal suya y la de sus lectores, cuando las letras eran una incógnita y la lectura un imposible. En los días de infancia eran casi siempre las madres quienes les leían a sus hijos esas historias llenas de fantasías y horrores, de prodigios y misterios, responsables de las dichas y desvelos de millones de niños de sucesivas generaciones en todos los rincones de la tierra.

Cuando su madre se marchaba y la niña se quedaba sola en su  habitación sentía- como todos- que  en su mente se abrían  puertas y ventanas por las que ingresaban  criaturas procedentes de  dimensiones ignoradas. Algún día tendría que encontrar la manera de descifrar las claves del misterio.

Para  cumplir su propósito, Irene Vallejo emprendió la escritura de un libro cuyo título es en sí mismo  un poema: El infinito en un junco, publicado bajo el sello editorial Siruela en junio de 2O21


Érase una vez junto al Nilo

Hablar de la  historia de la escritura significa, claro, remitirse a viejos jeroglíficos  grabados   en tabletas de arcilla, originadas  al parecer en los fértiles  valles del Tigris y el Éufrates. Y es aquí  donde el libro de la escritora aragonesa se revela como un feliz encuentro entre el relato y el ensayo. Sin darnos cuenta, transitamos por arenas ardientes intentando descifrar con ella esos  curiosos signos parecidos a patitas de insectos que precedieron a la invención del alfabeto como lo conocemos hoy.

Siguiendo esos rastros, aprendemos que los hombres  de esa época escribían y leían en tabletas de  barro, igual que los hijos del siglo XXI   leen y digitan en sus tabletas electrónicas.  Pronto  descubrieron que los materiales eran tan frágiles como los humanos que los fabricaban: después de todo, ambos estamos hechos de tierra.



Se necesitaba , pues, un material menos tosco, más flexible y manejable. Y entonces se dio el milagro: en las orillas del río Nilo crecían unas plantas  de cuyos tallos, después de un cuidadoso tratamiento, se extraía un material que, al secarse, cumplía una mejor función que las rígidas y quebradizas tablillas. Los humanos habían descubierto el papiro, el predecesor ilustre del papel que los fenicios, tal como hicieron con tantos otros prodigios- se encargaron de comercializar y difundir por el mundo conocido.

A partir de ese momento, la humanidad ya tenía donde fijar y acumular sus leyendas, su historia, sus descubrimientos técnicos y científicos, así como las palabras reveladas por sus dioses.

¿ Están seguros de que tenía donde guardarlos?

Vamos  con calma. El asunto no es tan sencillo. Lo que desde el presente vemos  como grandes saltos a los  hombres de su tiempo les tomó siglos. El nuevo material era flexible y de más ágil manipulación, si. Pero  su origen vegetal lo hacía fácil presa de insectos, hongos y de un enemigo todavía  más letal: el fuego, ese poder tan apetecido por toda suerte de sátrapas , desde emperadores chinos hasta  individuos como Hitler, Stalin y los fundamentalistas  islámicos, pasando por el Tribunal de la Inquisición y toda una estela de incineradores de ideas.

Quemar libros- y a veces a sus autores- sigue siendo uno de los pasatiempos favoritos de los detentadores del poder. Para que no lo olvidemos, Ray Bradbury escribió esa terrible parábola titulada Farenheit 451. En ese mundo distópico emparentado con el 1984  de Orwell opera un cuerpo de bomberos al revés , cuya tarea es perseguir y destruir todos los libros existentes. Sólo puede sobrevivir uno: el manual para  ubicar y desaparecer todos los demás.


Puesto en marcha el milagro de los libros, estos se encargaron de crear su propia necesidad: la biblioteca, ese hogar de la sabiduría , como lo llamaban los antiguos. Y otra  vez hemos de volver al Medio Oriente, a la Biblioteca de Babilonia. Cuentan que fue  la primera merecedora de ese nombre… aunque en Alejandría siempre pensaron otra cosa. Lo cierto es que, según los  cronistas, la biblioteca no  tardó –es un decir- en trascender la condición de caótico lugar de almacenamiento para ofrecer al mundo un primer modelo de orden y  método para llegar a las fuentes del conocimiento.

La Biblioteca de Alejandría –, sí. La biblioteca de  Alejandro, el discípulo de Aristóteles, primer coleccionista de libros que se recuerda- se encargaría de perfeccionar esos métodos y , por ese camino, de forjar su propia  leyenda de esplendor y destrucción.

Después de ese rodeo, guiados siempre por la voz de Irene Vallejo, estamos de vuelta en Egipto. Historiadores y cronistas nos dicen que fue Ptolomeo, uno de los generales de Alejandro, heredero de  esa parte del reino después de la temprana muerte del macedonio, quien  tuvo la idea de crear una gran biblioteca en la  ciudad fundada por su líder. El propósito era digno de  Jorge Luis Borges: reunir  todos los libros del mundo, de todos los autores  y en todas las lenguas. Ciencia, poesía, leyenda, mito, filosofía, religión, culinaria. Todos los campos del saber humano tendrían cabida allí. 

En suma, la biblioteca sería la expresión espiritual del sueño político y militar  de Alejandro : conquistar y llevar el helenismo a todo el mundo conocido. Es decir, lo mismo que hacen hoy los norteamericanos, pero sin  tradición cultural.

Ptolomeo se consagró a su empresa con el ahínco de  un obseso incurable. Copió, intercambió, robó y confiscó libros de todas las procedencias. En su delirio ignoró un detalle: un día los aniquiladores del espíritu habrían de reducir   su sueño a cenizas. Por desgracia, la pesadilla presenciada por Pérez – Reverte en Sarajevo tuvo sus antecedentes  veinticuatro  siglos atrás.

Para que no olvidemos, Irene Vallejo nos instala en Alejandría y nos invita de paso a un recorrido de incesantes descubrimientos que llega hasta nuestros días.  A su lado, exploramos los pasadizos de la la biblioteca de Oxford, ese santuario contemporáneo de la palabra escrita. Vale decir, del espíritu de todos los hombres de todos los tiempos. 

Apenas eso.

Entre esos descubrimientos, encontramos maravillas como la siguiente, detallada en la página 164 de su libro:

“ La historia de nuestra literatura empieza de forma inesperada. El primer autor del mundo que firma un texto con su propio nombre es una mujer.

" Mil quinientos años antes de Homero, Enheduanna, poeta y sacerdotisa, escribió un conjunto de himnos cuyos ecos resuenan  todavía en los Salmos de la Biblia. Los rubricó con orgullo. Era hija del rey Sargón I de Acad, que unificó la Mesopotamia central y meridional en un gran imperio, y tía del futuro rey Naram-Sim. Cuando los estudiosos descifraron los fragmentos de sus versos, perdidos durante milenios y recuperados sólo en el siglo XX, la apodaron La Shakespeare de la literatura sumeria, impresionados por su escritura brillante y compleja”.

Enheduanna fue la ilustre predecesora de Safo y del grupo de poetas reunidas en Lesbos. Como lo fue de la rebelde Hipatia, de Emily Dickinson, de Selma Lagerloff, de Virginia Woolf, de Ana Ajmátova,  de Margueritte Yourcenar, de Elena Poniatowska, de Alex Munro y de todas las mujeres célebres o anónimas que han plantado y cosechado en el huerto del pensamiento y la imaginación.




Una palabra tuya bastará para sanarme

Esa tarea erudita no le impide a Irene Vallejo compartir anécdotas mundanas que ponen a salvo el libro de las tentaciones de la solemnidad. Para hablar de la pervivencia de Alejandro entre nosotros no  se remite a los textos canónicos.  En su lugar prefiere hablar de la letra de Alexander The Great, una de las canciones  insignia de la banda  británica de heavy metal Iron Maiden, así como de la película de Oliver Stone, un director bastante proclive a las teorías conspirativas.

Y nos deleita todavía más: durante su estancia en Oxford en 2O16, que precedió a la  escritura de El infinito en un junco, se enteró de la decisión  tomada por la academia sueca de otorgar el  Premio Nobel de Literatura al poeta, compositor y músico de folk-rock Bob Dylan. Mientras los académicos se alineaban en dos bandos  irreconciliables- similares a los apocalípticos e integrados de Umberto Eco-, los que celebraban la decisión y los que la concebían como el colmo de la frivolidad, la autora aragonesa lo vio todo con absoluta lucidez: en realidad, el jurado había dado vueltas durante varios milenios, y al final optó por volver a los orígenes de la literatura, otorgándole el premio a un  conservador de la tradición oral.

Esa es la esencia del viaje propuesto por  El infinito en un junco:  emprender una  aventura a través de la interminable y  milagrosa historia de las palabras habladas y escritas. De su condición de umbral que nos abre la mente a otras dimensiones del adentro y el afuera, de las metáforas y de los conceptos,  de la vigilia y el sueño, de la materia y el espíritu.

No importa cuántas veces regresen los quemadores de libros, los siniestros bomberos de Bradbury. La palabra se las arreglará una y otra vez para llegar hasta nosotros por otros caminos  a cumplir su eterna misión: curar las   viejas y nuevas heridas. Ya lo dijo el evangelista en uno de los  versos más bellos jamás pronunciados: “Una palabra tuya bastará para sanarme”.

Es probable- y posible- por ejemplo, que a la vuelta de la esquina un poema, una novela, un ensayo, un texto científico o un tratado filosófico estén contenidos en un haz de pulsaciones electrónicas que  conectarán  sin intermediaciones con el cerebro y éste se encargue de convertirlas en algo aprehensible para los lectores de ese futuro cercano. Será algo así como un papiro  invisible. Como para darle la razón a la escritora cuando decidió escoger ese título para su libro: El infinito en un junco.


PDT.  les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=6BH9HvZx3nI


viernes, 13 de mayo de 2022

Leda, el cisne y los buitres



Al ser en sí misma una forma de poder, la sexualidad de los poderosos ha estimulado siempre la imaginación de la gente y por ese camino la de artistas y creadores buenos, regulares, malos y geniales.

Todos ellos han forjado con su obra una mitología completa conformada, como todas, por seres  mitad humanos y mitad divinos, cuyo rastro podemos seguir en relatos, leyendas poemas, pinturas, canciones, cuentos y novelas.

Desde muy temprano, en las páginas coloreadas de alguna cartilla, nos familiarizamos con la historia de Leda y el cisne. Ustedes ya saben: Zeus bajando del Olimpo disfrazado de  ave para saciar sus deseos con una beldad terrestre. De modo que su aventura  puede ser la predecesora de esas revistas de chismes  sobre famosos, tan apetecidas por millones  de personas en el mundo. Eso para no hablar de las redes sociales y su incesante ronda de rumores que  crecen y se multiplican al ritmo de las emociones de cada quien.

Sospecho que , en nuestros días, la historia de Zeus y Leda batiría   todas las marcas de Megusta en las redes sociales. O mejor dicho: “ rompería el twitter”, como acostumbran  decir quienes se mueven en esos territorios.

De ahí en adelante,  imágenes y narraciones se acumulan : Adán y Lilith; Sansón y Dalila; el rey Salomón y la reina de Saba; Alejandro Magno y sus decenas de amantes de ambos sexos. Y la lista sigue: Claudio y Mesalina;  Lucrecia Borgia y su  hermano César; Cleopatra, Marco  Antonio y, según las malas  lenguas, unos cuantos más; Catalina la Grande y el chambelán Serguéi Saltikov; Madame de Pompadour y Luis XV… y mejor paremos aquí, porque el catálogo podría no tener fin.


Todavía hoy,  en el reino encantado de Netflix se hacen series inspiradas en parte o en su totalidad en las vidas reales   o inventadas de los famosos de la Historia. Dependiendo del grado de calidad, se ocupan de mostrar el entorno social, económico, cultural y político en que vivieron  esas personas. Otras- las más- dejan  muy en claro que sólo les interesan las escenas de cama, como si la gente, por voraz que sea, pudiera pasarse la vida entera en una cópula infinita.

Algunas- escasas más bien- se empeñan en explorar el alma de los protagonistas hasta llegar al núcleo de sus dramas, sus dichas, sus desvelos, sus motivaciones, sus miedos y sus pesadillas. Es decir, a la esencia de su humanidad. Pero para eso se precisa de poetas como Robert Graves o narradores del talante de D.H. Lawrence o Hermann Broch, para mencionar sólo unos nombres. Su capacidad de comprensión nos acerca a la fragilidad y grandeza del más anónimo de los mortales y nos ayuda a entender que,  en los momentos de mayor frenesí,  nuestros cuerpos son campos  de batalla en los que combaten fuerzas atávicas y por lo tanto ingobernables.



Conocemos de sobra  lo sucedido al interior de las instituciones y sociedades que han pretendido encorsetar los instintos : todos sus métodos conducen a la locura y a pasadizos no conocidos del infierno tan reales como los de las viejas parábolas.


Una escritora de tan fina sensibilidad como Mary Renault se acercó sigilosa a la tienda de campaña de Alejandro Magno para espiarlo y acaso comprenderlo en la noche de sus dudas,  con el cuerpo ya saciado y el alma   sedienta de conquistas en esa vida suya que hasta el último minuto de su breve existencia fue un eterno delirio de muerte y furor.  Su novela  El muchacho persa es una muestra  de la sutil diferencia entre una gran obra literaria y una de esas novedades fabricadas en serie para  satisfacer los gustos del público.

Ese tipo de escritores son los únicos capaces de revelar las dotes de Cleopatra, Catalina La Grande y Madame de Pompadour como estrategas políticas. Su habilidad para tejer y destejer la  madeja de la diplomacia. El resto es  morbo y nada más.

Pienso en esas cosas siguiendo el espectáculo de porno justicia montado alrededor  del juicio contra el actor Johnny Depp,  en un caso que al principio parecía un divorcio corriente. Uno más entre los cientos de miles que todos los días se entablan en el mundo.


Pero no fue así: era una presa demasiado suculenta para dejarla escapar. Día a día, lo que debería ser un asunto exclusivo de los tribunales se convirtió en un reality show por entregas en el que todos nos arrojamos con hambre caníbal sobre las miserias de dos personas- el actor y su ex mujer Amber Heard-  quemándose a fuego lento en una hoguera animada por un negocio que, como el del espectáculo, no duda en escudriñar y exhibir los resquicios más insospechados de  cuerpos y almas si eso contribuye a mantener cautivas las audiencias, incrementando así sus ganancias por publicidad.

Insisto: ese tipo de juicios son rutinarios en los tribunales. La diferencia en este caso reside  en que el viejo contubernio entre sexo y poder se despliega y regurgita ante la mirada de millones de consumidores de información congregados a la espera de la próxima ofrenda. Aparte de satisfacer nuestra fascinación por lo morboso, los primeros planos del rostro  doliente de la mujer, los  focos dirigidos a la mirada de bestia acorralada del hombre, son  aprovechados por parte de activistas de todo tipo. Puro alimento para esa masa devoradora de información que llamamos ciudadanía.

Cuando todo esto se agote como objeto de consumo los medios se dirigirán a otro lado: el público del circo sigue pidiendo sangre en la arena. Los detalles más escabrosos de la confrontación entre Depp y Amber Heard pasarán a otro plano y sólo quedarán sus despojos , a la espera de que uno de los alguacilillos de la plaza dé la orden de arrojarlos al  foso de la basura.

O quién sabe. A lo mejor en este momento un batallón de oportunistas está escribiendo novelas y guiones de películas que les llenen el bolsillo antes de que el olvido lo cubra todo.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=7HAnFzkGQSo





viernes, 29 de abril de 2022

Colombia y el Péndulo Inmóvil



Hace  unas noches soñé que Colombia patentaba ante no sé qué agencia internacional su invento del Péndulo Inmóvil, así como en  otras épocas patentamos con gran éxito la  innovación del poeta sin poema, el puente sin río y el crimen sin autor.

¿Cómo así? ¿Nos está tomando el pelo?- o tocando los huevos, como diría un amigo argentino - preguntarán ustedes.

Y sí, claro. Ya sé que la esencia del péndulo consiste en desplazarse del centro a  la izquierda, para volver al  punto de partida antes de pasar a la derecha. Y así en una repetición infinita, a no ser que alguna fuerza externa lo  interrumpa.

¿Les suena  eso de izquierda- centro- derecha- centro- izquierda?

Bueno, ya empezamos a entendernos.

Sucede que nuestro péndulo es distinto: lo suyo es la ilusión del movimiento, la impostura, el disfraz (o la post verdad, como dicen las modas al uso).

En realidad, contra la apariencia de movimiento y cambio caras al discurso de lo nuevo, muchos de nuestros estados mentales continúan en tiempos de la colonia.

El pasado 30 de abril, por ejemplo, tropecé  con una procesión de laicos que, en lenguaje sibilino, desde luego, como corresponde a nuestra pasión por el rodeo, acusaban de criminales  a las mujeres que defienden y ponen en práctica  su derecho al aborto y, de paso, a los magistrados que con su jurisprudencia amparan esas decisiones.

Cuando les pregunté por qué esos movimientos denominados Pro Vida no se expresaban también contra los asesinatos de líderes sociales, los despojos de tierras y las muertes de niños por desnutrición optaron por hablar del clima.

En el país con  “ la democracia más sólida y antigua de América Latina” pasan esas cosas.



A propósito de solidez y antigüedad, abro un libro de  Historia de Colombia y compruebo que el péndulo sigue en su sitio. Desde los tiempos que sucedieron a  las guerras de independencia los partidos políticos no han dudado en desterrar y asesinar a sus ovejas descarriadas cuando sus acciones  van más allá de los simples formalismos democráticos y se vuelven más incómodas de la cuenta.

Pienso en Sucre, en Uribe Uribe, en Gaitán, en Galán, en Guadalupe Zapata : no por casualidad después de  su asesinato sólo se detiene a sospechosos de ser los autores materiales, pero nunca  se habla de los  que dieron las órdenes Es decir, de los auténticos  poderes que mueven los hilos  en el teatrino.

Si eso pasa con sus disidentes, sabemos de sobra lo que han hecho con los opositores: Pizarro, Bateman, Pardo Leal,  Jaramillo y el partido Unión Patriótica en pleno.  En  últimas su conquista fue la paz de los cementerios. Para todos la ilusión de volver  a la vida civil y participar en ella con los instrumentos legitimados no pasó de ser eso: una  quimera.

No podía ser de otra manera. El campo de la política es nuestro más ilustrativo ejemplo de inmovilidad. En las llamadas Democracias occidentales la constante- al menos en lo formal- ha sido  la  cíclica alternancia de mandos en el ejecutivo, dependiendo de algunos contenidos programáticos, la incidencia de factores globales y , sobre todo, del cansancio de los electores.

 Demócratas y  republicanos en Estados Unidos, Partido Popular y Partido Socialista Obrero en España, laboristas y conservadores en Gran Bretaña se turnan en un modelo que debió haber inspirado a liberales y conservadores  en Colombia para crear la figura de El Frente Nacional, como salida a la violencia que ellos mismos habían atizado.

Para mejorar las cosas, en nuestro país ofrecemos valores agregados : tenemos derecha ilustrada y  derecha con motosierra. Izquierda institucionalizada e izquierda con  cilindros bomba.

Puestos en América Latina el panorama  no cambia: México, Costa Rica, Brasil, Argentina, Chile y Uruguay han elegido- y a veces reelegido- apellidos que representan  una idea de sociedad, si eso quiere decir alguna cosa en estos tiempos:  Fox,  Peña Nieto y López Obrador en México; Bolsonaro  y Lula en Brasil; Bachelet y Piñera en Chile , Kirchner y  Macri en Argentina, así como Mujica y Luis Lacalle Pou en Uruguay, son sólo algunos ejemplos.

¿Y por  qué se saltó a Colombia si somos la “democracia ejemplar”?, preguntarán ustedes.


Pues porque somos los inventores del Péndulo Inmóvil. Tomemos la pasada Semana Santa: las homilías de los jerarcas religiosos tronando con su lenguaje escurridizo contra el candidato “ ateo y expropiador”  al tiempo que alababan al “ defensor de los valores y la familia”, me hicieron pensar en Monseñor Builes, que en plena ordalía de la violencia entre liberales y conservadores, desde su púlpito en Santa Rosa  de Osos- un baluarte  del espíritu ultramontano- exhortaba a sus feligreses a luchar contra “ la cizaña liberal y atea”.

Exaltados por ese verbo incendiario, cientos de campesinos analfabetos determinaban en su propia conciencia que matar liberales no era pecado.

Como tampoco es pecado hoy  desaparecer , asesinar, desplazar y desterrar en nombre de “ los altos valores  de la patria”. No llamar a las cosas por el nombre es otra de las manifestaciones de nuestra inmovilidad.

                                     Laureano Gómez y Alberto Lleras

Mas que quietud, lo de  nuestro péndulo es fosilización.  El espíritu conservador- en sentido filosófico y partidista - cristalizó en una sociedad que hizo  suya la idea del protagonista de El Gatopardo, la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa : “ Cambiar todo para que todo siga igual”. Es decir: la pura ficción del movimiento.

En ese sentido asombra comprobar cómo, a  pesar de los constantes usos y abusos, la palabra cambio sigue funcionando como señuelo electoral. Lo de “ Nuevo” alude sólo al reemplazo de unos rostros por otros más jóvenes pero elegidos a través de la vieja maquinaria consistente en  apropiarse de los recursos del Estado, es decir, de la sociedad, para beneficiar intereses particulares.

Esas cosas nos ayudan  a entender en parte la violenta reacción de un sector significativo de la sociedad colombiana contra cualquier tipo de transformación,  por modesta que sea. De ahí nuestra devoción por los caudillos y redentores que, por definición, son los garantes de la inmovilidad del péndulo.



Como las campañas políticas y los candidatos se  fabrican hoy en las agencias  de publicidad, en los medios y en las redes sociales, los expertos en mercadeo político apelan a símbolos primarios, que toquen la entraña y muevan los impulsos ancestrales de los electores potenciales. No sé si exista entre nosotros un símbolo con más poder unificador y representativo que el sombrero, esa prenda que se modifica según las idiosincrasias regionales, pero en el fondo sigue siendo la misma: Aguadeño, Vueltiao o llanero. Da igual. Debe ser porque parece igualar a terratenientes y peones, latifundistas y campesinos pobres. En otras palabras, crea la sugestión de ser una prenda democrática, igual que los ataúdes pero más optimista.


Por eso hace veinte años, los publicistas montaron al caudillo de turno   en un caballo y lo vistieron con poncho y sombrero. Ya conocemos los resultados. Y por eso en la actual campaña no tuvieron que forzar mucho la imaginación para ataviar al candidato Gutiérrez con su   respectivo sombrero y lo ofrecieron en el mercado como “ El presidente de la gente”, otra frase vendedora a pesar del desgaste.

De inmediato, sin necesidad de ideas ni programas- esas antiguallas- empezó a subir en las encuestas aupado por las redes sociales y por nuestros ancestrales temores ante cualquier tipo de transformación.

Igual que hace cien, cincuenta, veinte , diez, cuatro años. Como pueden ver, tenemos argumentos de sobra  para patentar nuestro Péndulo Inmóvil.


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=lUEEzJI1DZM


lunes, 25 de abril de 2022

La Historia como Dèjà vu



Salvadas las  diferencias tecnológicas, un rastreo comparativo  a los medios de comunicación impresos, televisivos, radiales o digitales, pongamos de  1968 y 2O22 producen en el lector no la sensación sino la certeza  de lo ya visto. Como para darles la razón a quienes piensan que  la Historia no hace nada distinto a dar vueltas, así cambien la envoltura de los hechos y las motivaciones de sus protagonistas.

Cuando uno  lee las noticias de hace cincuenta años sobre la presencia de quinientos mil soldados norteamericanos matando y haciéndose  matar en los arrozales   de Vietnam, no puede  evitar la analogía con  la actual agresión rusa a Ucrania. Cambian las armas, cambian los nombres de los poderosos y cambian los pretextos, pero en el fondo se trata del eterno despojo con sus estelas de sangre , devastación y dolor perpetrado en un caso  bajo la justificación de la “defensa de la democracia y las libertades” y la  “amenaza a la soberanía del pueblo ruso”   en el otro.

                                           Jimi Hendrix


En el caso de Vietnam una reseña del libro Despachos de guerra, del escritor y corresponsal  Michael Herr lo sintetizó  en esta  frase : “Vietnam, una generación enviada a un viaje sin regreso a los infiernos, sin otro escudo que un casete con música de Jimi Hendrix en la mochila”.

En otras palabras: el mapa del mundo como teatro de las guerras urdidas por todos los imperialismos, independiente de su orientación ideológica.

Idéntica  certeza experimenta el lector , a medida que avanza en la  lectura del libro  Una crónica noticiosa de 1968 en Colombia, escrito por los investigadores y académicos Álvaro Acevedo Tarazona ( historiador) Angie Daniela Ortega Rey ( filósofa) y Andrés Correa Lagos ( historiador), los tres vinculados  a la Universidad Industrial de Santander, a cuyo sello editorial pertenece esta publicación. En varios sentidos, la obra amplía y complementa el panorama abierto en el libro  1968, historia de un acontecimiento ( utopía y revolución en la universidad colombiana) del mismo Álvaro Acevedo Tarazona.


Entre otros episodios registrados por  periódicos como  El Tiempo, El Espectador,  El Espacio, El Colombiano, El Heraldo y Vanguardia Liberal que contribuyen a reforzar la  percepción de lo ya visto, encontramos los siguientes:


La insistencia en la lucha contra las drogas.


La reiterada violencia contra las mujeres.


El tráfico de esmeraldas.


El asesinato de dieciocho indígenas cuibas, explotado por la prensa sensacionalista.


Las  disputas internas de los partidos políticos.


El aumento de la delincuencia común en las grandes ciudades.


Y a nivel internacional se insiste en el crecimiento de la insurgencia en América Latina, la propagación de una epidemia de gripe asiática iniciada, al parecer, en Hong Kong, los trasplantes de órganos y el aprovechamiento de la energía nuclear en la lucha contra el cáncer, la unidad planetaria de la moda a partir de diseños concebidos en París, Milán y Nueva York, todo ello enmarcado en la irrupción de los jóvenes como protagonistas de los cambios políticos, económicos y culturales. La atención que se les  prodiga a los ídolos de rock o a visitantes  como el poeta ruso Yevgueni  Yevtushenko son una prueba de ello.


Alguien podrá decir  que sobre ese año rodeado de un aura mítica ya se ha escrito todo. En realidad, en el campo de la  historia nunca se habrá dicho todo: lejos de ser un cuerpo fosilizado, se trata de un organismo vivo que se transforma a medida que surgen nuevos descubrimientos e interpretaciones. Cada nuevo historiador tiene su propia mirada y es animado por propósitos distintos a los de quienes los precedieron.

Eso es lo que hacen los autores del libro. En su caso- y el título   así lo advierte- se adentran en los relatos y registros  de los medios  de comunicación colombianos, en especial de la prensa escrita a nivel  local, regional y nacional, sin perder de vista el  entorno planetario que, al modo de una fuerza centrífuga,  ejercía su influencia en todas direcciones, preludiando lo que después sería bautizado con el nombre de globalización.

El concepto de crónica  implica un viaje en el tiempo, y por eso la obra está estructurada sobre un registro y análisis de las noticias divulgadas entre los meses de enero y diciembre de 1968 , y eso plantea de entrada un primer desafío. Como todos sabemos, ningún medio de comunicación grande o pequeño es inocente o neutral en sus propósitos. Todos obedecen a intereses individuales o de grupo, surcados por una amplia gama de coordenadas:  el dinero, las ideas políticas  o religiosas, las dinámicas gremiales, las ideologías o los prejuicios.


En esa medida el investigador está obligado  a discernir, en medio de una cantidad de información  que no cesa de crecer y multiplicarse, los elementos que le permitan identificar el grado de veracidad y de calidad del material que  tiene ante sus ojos. Además, tendrá que darse a la tarea de indagar en las motivaciones veladas o manifiestas de los generadores de información , tanto de las fuentes como de los periodistas y sus patronos.

                                     Paulo VI


Así, en  el primer párrafo del capítulo correspondiente a enero de 1968, tomando como base la edición de El Tiempo del segundo día de ese mes, leemos lo siguiente:

“Enero de 1968 empieza con el deseo de alcanzar la paz mundial. Desde el primer día, que es declarado Día de la Paz, el papa Pablo VI levanta sus plegarias ante miles de creyentes congregados en la basílica de San Pedro para clamar por negociaciones justas  que conduzcan al fin de la guerra en Vietnam. El mensaje pronunciado por el pontífice exhorta a la prolongación de la tregua de año nuevo y pide combatir  el egoísmo, el orgullo, los sueños de poder y la ideología de opresión  para asegurar la convivencia”.


¿ Alguna diferencia con las homilías del papa Francisco  a propósito de la situación actual en Ucrania? En ambos casos  el discurso se agota en  la retórica propia de las diplomacias. Al fin y al cabo, no debe olvidarse que El Vaticano es un Estado  diminuto y poderoso a la vez .  Por lo tanto, las palabras y decisiones de su gobernante deben obedecer a esas lógicas.


Uno de los valiosos aportes del libro Una crónica noticiosa de 1968 en Colombia consiste en ubicarnos en ese tiempo y lugar  precisos. De esa manera, nos ayuda  a entender la situación presente. Por esa vía nos resulta claro que, a pesar de haber transcurrido más de medio siglo, las estructuras de poder en el mundo no han cambiado mucho desde los días de la Guerra Fría… salvo el creciente protagonismo de China en la geopolítica del planeta.


Lo mismo puede decirse de los hechos que se despliegan a lo largo de las 383 páginas del libro, registrados entre enero y diciembre de 1968. Tomemos por caso el más impactante de todos: el movimiento estudiantil que, sólo en  el papel, surgió en Francia en mayo de ese  año.  En realidad, la revuelta en Francia tuvo más impacto mediático, entre otras cosas porque contó con el auspicio simbólico o efectivo de pensadores tan influyentes como  Jean Paul Sartre y Guy Debord. Pero, por poco que se descorra el velo, el lector encontrará que movimientos similares se desencadenaron, incluso con anterioridad o de manera simultánea, en Japón,  Roma, Barcelona, Santo Domingo, México ( con los Juegos Olímpicos como elemento aglutinante), Argentina, Brasil y Estados Unidos de América, aupados  en este último caso por la generación de la psicodelia anclada en la estética Jipi, el rock y en las ideas de los poetas Beat,  que tanto influyeron  en los Nadaístas en Colombia, de cuyas  puestas en escena, escandalosas para la época, se ocuparon en detalle los medios de comunicación.

Y aquí llegamos a la médula de lo propuesto por los autores del libro : la forma como todas esas dinámicas  planetarias  tuvieron su  expresión en nuestro país: un rincón más bien ignoto de la tierra que hacía  su tránsito del campo a la ciudad, controlado por la Iglesia Católica y el Partido Conservador, a pesar de los significativos logros de los liberales y sumido en sangrientas confrontaciones como resultado de esas pugnas.

Si en las antípodas los imperialismos se cobraban sus cuotas de poder en la sangre de los vietnamitas y de los soldados norteamericanos, Colombia vivía la irrupción de grupos armados surgidos de  injusticias seculares, bajo el influjo de la Unión Soviética, China y sobre todo de la Revolución Cubana, todo ello glorificado por  la muerte sacrificial del Che Guevara en las selvas bolivianas.

A su  vez,  la Iglesia Católica confesional vio como sus estructuras se agrietaban,  a partir de un movimiento renovador  bautizado como Teología de la Liberación,  cuya expresión local fue el Grupo Golconda, fortalecido  tras la Conferencia Episcopal Latinoamericana realizada en Medellín. Una de las manifestaciones políticas más ilustrativas de esa tendencia en Colombia fue el  movimiento Frente Unido  liderado por el sacerdote Camilo Torres  Restrepo, quien muy pronto derivó  hacia las guerrillas, donde murió en su primer combate el 15 de febrero de 1966 en un lugar llamado Patio Cemento, ubicado entre los municipios de San Vicente de Chucurí y El Carmen de Chucurí, Santander.

                                  El padre Camilo Torres en la guerrilla


Pero lejos está el libro de seguir una sola línea de  espacio tiempo: eso sería simplificar las cosas.  Sabedores de que sin el concepto de cultura es  imposible comprender la Historia en sus múltiples dimensiones, los autores proponen un caleidoscopio en el que convergen las ideas políticas, los credos religiosos, las leyendas urbanas, los modelos económicos y los pensadores locales, así como los desarrollos científicos junto a las  corrientes artísticas y culturales.

De esa manera, nos hacemos partícipes de los fenómenos y fuerzas que movían la sociedad en ese momento. Desde los propósitos de modernización del gobierno liberal de Carlos Lleras Restrepo hasta los aportes de la píldora anticonceptiva y el uso de la minifalda a la afirmación de las mujeres como actores sociales y dueñas de su cuerpo en tanto  fuente de disfrute sexual. De los aportes del rock y las drogas a la expansión de la conciencia a los influjos de los pensadores marxistas en el campus universitario. De la carrera espacial   a manifestaciones  colaterales   tan prosaicas como  los avistamientos de Ovnis. De  la  migración masiva de los campesinos hacia las capitales  y su contacto con  el consumo y los fenómenos de masas al incremento de los cupos para la educación media y superior, con su consiguiente impacto en la movilidad social.


Si el mayo  de 1968   cambió el mundo para siempre, como afirman  algunos  estudiosos de la cultura,   no lo sabremos con certeza. Lo que nadie discute es que lo estremeció hasta los cimientos haciendo que sus efectos se sintieran en todo el planeta, así fuera en forma de crónicas, fotografías, caricaturas, archivos audiovisuales, canciones y columnas  de opinión. “Pronto viviremos /un mundo mucho mejor”, cantaban  Los Flippers, de Arturo Astudillo, considerada después de Los Speakers como la más representativa banda  de rock colombiana en ese momento. La condición humana impidió, una vez más, que esos sueños se alcanzaran, pero  la lectura de este libro les servirá a muchos para descubrir o comprobar que una generación, ya muerta o envejecida, lo intentó.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=1GVcV20iChY



martes, 19 de abril de 2022

Un vagabundo del Poble Sec

                               




               Periodista : ¿Quién es la persona más entrañable en su vida?

               Serrat: Iba a decir que mi mamá, pero me acordé de Ronaldinho



Es hermoso partir sin decir adiós


“ El adiós de Serrat”, titularon al unísono los medios de comunicación cuando se conoció   el itinerario de la gira de despedida de Joan Manuel Serrat en 2O22, por lo menos en lo que a presentaciones en vivo se refiere.

¿ Cómo puede decir adiós alguien que está sembrado  en la entraña de  varias  generaciones de hispanoamericanos que se hicieron- nos hicimos- mayores a través de un cancionero que, entre el amor, la utopía y la indignación política, nos devuelve una  y otra vez a la siempre incierta esencia de lo que somos?

Fue en 1965 y The Beatles sacudían al mundo cuando se publicó Una guitarra, el primer álbum del poeta catalán. Las dos primeras estrofas, grabadas en principio en su lengua natal, dicen así:


Me la regalaron cuando me rodeaban

Sueños de mis diez y seis años, aún adolescente

Entre mis manos que temblaban

Yo cogí bien fuerte aquel juguete

 

Crecimos juntos, yo me hice un hombre

Ella se destrozó a mi lado

Ahora que la veo sucia y rota

Me doy cuenta de lo mucho que la he estimado.



Toda una declaración de  principios. Desde entonces , hasta hoy, más allá de sus mujeres y sus amigos, la guitarra ha sido su compañera de viaje en una aventura que lo ha llevado  a rodar  por todos los rincones de la tierra donde un grupo de personas hable castellano.

De ahí en adelante se sucederían títulos que los devotos de sus poemas canciones nos sabemos de memoria: Tu nombre me sabe a yerba, Cantares, Soneto a mamá, Pare, Para la libertad, Para piel de manzana, Si la muerte pisa mi huerto, Lucía, Mil años hace, Tío Alberto, Vagabundear ( “Entre el cielo y el mar/ vagabundear”) Esos locos bajitos,  Por dignidad y, claro, la incomparable Mediterráneo (“Empujad al mar mi barca/ con un Levante otoñal/ y dejad que el temporal/desguace sus alas blancas”), nos laten cuerpo adentro para recordarnos que habrá poesía mientras aliente un solo hombre sobre la tierra.

Como me sucedió con  The Beatles, fue Miriam- a quien Dios tenga en su gloria- , mi profesora de música en el colegio Deogracias Cardona de Pereira, la persona que puso en mis manos las reliquias que todavía conservo con el fervor de los peregrinos que viajan a Santiago de Compostela: dos casetes con  una selección de versos de Antonio Machado y Miguel Hernández musicalizados y cantados  por un muy joven Serrat.




Cuando Cupido plantaba un nido


Desde esos días, hace medio siglo ya, se mantiene esta historia de amor que no ha cesado de crecer y de alimentarse con cada verso, con cada acorde creado  al alimón  entre  Serrat, el maestro pianista  Ricardo Miralles y un excelso grupo de músicos encargados de tejer el encaje de  sus canciones. Todo ello, sin deslindarse un solo instantes de las calles del Poble Sec, la barriada de Barcelona donde nació Serrat, porque los grandes  espíritus son capaces de abarcar el mundo sin deslindarse un solo instante de su aldea.

En su novela Últimas tardes con Teresa, publicada en  1966, apenas un año después de que Serrat estrenara su disco Una guitarra, el escritor catalán  Joan Marsé, contemporáneo y amigo íntimo de Serrat, para quien dos décadas después compondría la canción Los fantasmas del Roxy, sobre una vieja sala de cine reconvertida en sucursal bancaria, recrea en clave de ficción las implicaciones políticas, económicas, sociales y culturales de la llegada de miles de inmigrantes a Barcelona  durante los días más oscuros de la dictadura de Franco.

Vieja imagen del Poble Sec

La trunca historia de amor entre una  niña rica que juega a ser rebelde, llamada Teresa Serrat ( un homenaje nada velado a su amigo) y un aventurero identificado en el relato como  El pijoaparte- una suerte de Julien Sorel en versión proletaria- ilustra con creces el mundo de arenas  movedizas sobre el que transitaba la ciudad por aquellos días.

Los  nuevos habitantes viajaban desde los rincones más pobres de España, después de haber sido mineros o trabajadores del campo curtidos por la miseria. Barcelona ya era entonces el principal centro industrial del país, que encandilaba son sus promesas de bienestar a unos hombres y mujeres que nada tenían para perder. Como siempre sucede en esos casos, se asentaron en  los extramuros de la  que  era también el epicentro cultural y artístico del España y que en su momento les dio acogida a los  anarquistas que anunciaban el fin de un mundo y el comienzo de otro nuevo.

Uno de esos barrios es el Poble Sec. Allí se asentaron Josep Serrat, obrero por obligación y anarquista por vocación y su mujer  Ángeles Teresa, ama de casa emigrada desde Zaragoza.  De esa unión nació el protagonista de esta historia, un 27 de diciembre de  1943, víspera del Día de los Santos Inocentes en  el calendario católico. Dicen que su madre, devota ferviente, lo vio como una premonición afortunada. En su momento, Ángeles y Josep  fueron fuente de inspiración para las canciones Soneto a mamá  y Pare, ésta última nunca cantada en castellano.

Pero eso sería años más tarde.


Entre el cielo y el mar, vagabundear


Allí transcurrieron la infancia y la temprana juventud de este futuro perito agrícola, cultivador de viñedos y , sobre todo, trovador de las dichas y desventuras de  su gente. Y esto último no es un tópico: cuentan que en Uruguay, Chile y Argentina, la gente empezó a tener noción clara del inminente final de las dictaduras cuando Serrat- prohibido durante varios años por los militares- volvió para  hacer profesión de fe en la vida y la libertad, a las que siempre cantó durante sus propios días de destierro. De paso, es bueno recordar que en su docta ignorancia, los militares también prohibieron la entrada  a sus países de los muy subversivos y peligrosos Antonio Machado y Miguel Hernández, acaso emisarios de otra conspiración comunista.

Como sucedió con otros poetas cantores de la estirpe de Bob Dylan, Leonard Cohen, Lou Reed, Tom  Waits o su propio compinche Joaquín Sabina (“Mi primo el Nano/ que no me toca nada y es mi hermano”), Serrat acabó por sobreponerse a su mala voz, entrecortada y asmática, porque la hondura de sus versos sabe trasegar otros caminos y vadear otras aguas. O si no, que lo digan los fieles devotos  seguidores del Fútbol Club Barcelona que llenaron el Camp Nou el 29 de noviembre de 1999 para la ceremonia de celebración del centenario del equipo. Fue el hijo del Poble Sec quien cantó el himno y no la gran Montserrat Caballé, y eso ya es mucho decir.



Dos décadas después, en una  tertulia con el exfutbolista y presentador deportivo argentino Quique Wolff, Serrat se extendería sobre la manera como el Barca y sus poetas más amados cobran vida una y otra vez en sus canciones.

En el año 2O12 Sabina  y Serrat publicaron un disco con un título  revelador : “ La Orquesta del Titanic”. Les asistían bastantes razones para escogerlo: los dos  habían sorteado  graves enfermedades que llevaron a los agoreros a pronosticar su retiro e incluso su muerte.  Ambos habían sobrevivido a las advertencias de quienes anunciaban el final de la era de los cantautores. Y los dos, en fin, habían cruzado una y otra vez el océano en medio de aguas turbulentas , ofreciendo recitales cada uno por su lado o emprendiendo proyectos  conjuntos cuando su astros los juntaban. “ Tendría que estar prohibido un fulano así”, escribió  Sabina, el de Úbeda, Jaén, en  la ya citada canción homenaje   a su primo el Nano.

Razón de sobra para preguntarse a esta altura del camino, mientras se agotan los boletos para la gira que empieza este 27 de abril  en el Beacon Theater de Nueva York y concluirá en el Palau Sant Jordi de Barcelona el 23 de diciembre: ¿ Puede decir adiós un fulano así?


PDT. Les comparto enlace a la banda  sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=sg_RCCwy0K4