jueves, 24 de enero de 2019

La llanura interior





 “Hace veinte años llegué a  las llanuras con los ojos bien abiertos, atento a cualquier elemento del paisaje que pareciera insinuar algún significado complejo más allá de las apariencias”,  declara de entrada el narrador de Las llanuras, un clásico de la literatura australiana escrito por Gerald Murnane, autor, entre otros, de los libros A Lifetime on Clouds y Barley Patch.

Gerald Murnane es  un gran aficionado a las carreras de caballos y nunca ha  viajado en avión.

El dato puede parecer meramente anecdótico, pero, puestos a pensar, da algunas claves para aproximarnos a la esencia de este inquietante y breve relato que en sólo ciento cuarenta y siete  páginas  nos devuelve al corazón de las grandes metáforas de ese devenir en el tiempo y el espacio que llamamos nuestra vida.

Los jinetes, los caballos y los aviones suponen un intento de conjurar y  equilibrar la siempre inconstante relación entre el tiempo y el espacio.

Eso suponiendo que el tiempo y el espacio existan como entes reales y no como  simples convenciones de la mente.

No por casualidad el autor de Las llanuras nos advierte sobre la necesidad de un significado complejo más allá de las apariencias.

Si somos apariencia, si aparecemos ante los otros  y ante nosotros mismos, eso debería tener algún  significado.

 A esa búsqueda han consagrado su vida los poetas y pensadores de todos los tiempos.



Gerald  Murnane vuelve a intentarlo en este perturbador relato que regresa a la vieja idea de las montañas, los ríos , los mares y las llanuras como metáforas que intentan  desvelar  el más inefable de todos los misterios: el de la existencia que fluye, y por eso mismo no se deja aprehender.

¿Cómo  hablar de una historia y una identidad individual y colectiva si somos apenas chispas minúsculas que brillan y se desvanecen en la noche infinita  del tiempo?

El narrador de  Las llanuras  es un joven realizador de cine que se propone, cámara en mano, llegar a lo más hondo del misterio de los hombres y mujeres habitantes de esas tierras, acostumbrados a enfrentarse cada mañana y cada noche a lo inabarcable.
  
A lo mejor por eso estos  terratenientes  beben tanto y veneran el   trabajo de los artistas: esos individuos empeñados en la tarea desesperada de encontrar  significados en las apariencias.

He ahí el profundo sentido de la heráldica como soporte de una improbable identidad. En este caso la identidad de los habitantes de las llanuras, enfrentados siempre a los hombres de las costas y del interior.

Eso es lo que intuye el narrador, sentado en la  sala de espera de un hotel, donde aguarda el momento de su cita con los terratenientes:

“Algunos de aquellos que esperaban a los grandes terratenientes en el bar del hotel me contaron que sus esperanzas se concentraban en intentar convencer a un hacendado en concreto de que el arte heráldico de su familia derivaba de una serie demasiado limitada de disciplinas. Uno de los aspirantes pretendía mostrar los resultados de sus investigaciones entomológicas y argumentar que los destellos metálicos y los prolongados rituales de una avispa que vivía en un hábitat restringido podrían corresponderse con algo que todavía no había encontrado expresión en el arte de una familia a cuyo mecenazgo  aspiraba".



La cópula de una pareja de insectos como expresión del anhelo de libertad de  estas familias encerradas en mansiones llenas de libros en los que intentaban descifrar los arcanos de  un mundo siempre haciéndose y deshaciéndose ante sus ojos.

¿Qué  sentido tenían el amor convencional y los complicados mecanismos  de la institución matrimonial frente al frenesí sexual de los conejos   apareándose una y otra vez en la llanura?

Por lo visto, los humanos habían equivocado una vez más el camino.

Y en el caso de los habitantes de las llanuras  buscaban reencontrar el rumbo  en las páginas de los manuscritos, en las figuras de animales, en los personajes de la mitología que florecían  en sus escudos o en los destellos de ámbar del whisky que escanciaban en sus formidables vasos.

Por eso se  admiran ante la presencia de ese realizador de cine que pretende revelar con sus cámaras aquello que son pero que no está en el paisaje, porque en realidad alienta del fondo de cada  uno: lo   que llaman el alma.

Una tarea imposible, desde luego.

Porque los ríos, las montañas, los mares y las llanuras están antes y después de los hombres, pero nunca  en los hombres.

Esa imposibilidad es la que empuja a los terratenientes a patrocinar el trabajo de los artistas: todos aspiran que acontezca el milagro. Algo que explique el sentido del amor, del deseo, de los recuerdos, esas múltiples formas del espejismo que es toda vida.

                                               Gerald Murnane


En  su recorrido, el autor nos da algunas pistas sobre su búsqueda inútil:

“Dormí desde la primera hora de la noche hasta justo antes de que saliera el sol. Me levanté, salí al balcón y contemplé el amanecer sobre las llanuras. Me sorprendió descubrir que apenas unos minutos antes del alba, incluso en medio de aquel paisaje, todavía me embargaba la esperanza de que ocurriera algo distinto a la habitual salida del sol. Y aquella mañana más que nunca se me hizo raro verme a  mí mismo como el personaje de una película, y las calles y los jardines que se extendían a mis pies, portentosos ya de por sí, como un  decorado cargado de   redoblada  importancia”.

La existencia como un decorado cuyos códigos  estamos obligados a descifrar. O al menos debemos intentarlo.

Y para eso  tenemos que comprender lo más difícil: que los verdaderos viajes  son mentales y por eso debemos buscar el paisaje dentro de nosotros mismos, no afuera.

PDT . les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

5 comentarios:

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  2. Los australianos están fascinados con las reflexiones inspiradas por el paisaje, por la desmesurada magnitud de la tierra. Pero claro, como bien dices, en el fondo se trata de un viaje interior. Los grandes espacios, las llanuras especialmente, estimulan esa introspección purificadora. El autor, como buen australiano, vive de cerca esa conexión catalizadora entre paisaje y alma. Los aborígenes se identifican a sí mismos como parte del paisaje, se sienten la misma cosa con la tierra, la misma entidad concreta y espiritual. El escritor, como es su naturaleza, se rebela, rechaza y al mismo tiempo comparte este enfoque. Su pugna es enriquecedora, claro.

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    1. En últimas, ese es el sentido profundo del antiguo viaje iniciático, mi querido don Lalo: llanura adentro de uno mismo.
      Usted, que frecuenta esos parajes, entiende mejor que nadie el sentido de este aforismo: " Caminó, caminó y caminó... hasta que se salió de sí mismo"

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  3. Complicado eso de buscar la llanura interior en la tierra que en sí misma es pura metáfora, donde seguramente se hace muy patente la insignificancia del hombre frente a las interminables llanuras y la inabarcable soledad del paisaje. Territorios donde no es raro encontrar fincas del tamaño de Suiza y vaqueros que arrean el ganado desde avionetas, segun pude ver en un documental. Fascinante y abrumador a la vez.

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  4. "La tierra éramos nosotros", anotó un escritor colombiano en el título de uno de sus libros, apreciado José. Sospecho que en esa dirección apunta el viaje del narrador de esta historia.

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