jueves, 19 de febrero de 2026

Siete maneras de contar el mundo




Desde los tiempos de la conquista, la figura del cronista que cruza el océano para dar cuenta de lo que vio en mundos recién descubiertos es un tópico en la literatura y el periodismo. De paso, define una manera de ver las cosas: la del contador de historias que ve la vida como un palimpsesto revelador de sorpresas a cada instante.

Muchas cosas han cambiado desde entonces. Ya no se tiene que viajar en barco y sortear tormentas antes de llegar al destino propuesto. Los contadores de historias de estos tiempos se enfrentan a otro tipo de tormentas: las de la geopolítica y la desinformación que cunden por todas partes. Las armas de todos los poderes se han vuelto sofisticadas y el reportero debe caminar sobre campos minados.

Con todo, algo permanece: la voluntad de descorrer los velos que ocultan las intenciones de los poderosos en todos los rincones de la tierra. Los asedios de los imperialismos, los horrores del narcotráfico y la trata de personas, la persecución a los disidentes, las viejas y nuevas formas de dictadura, las guerras que se multiplican en todos los puntos cardinales o las renovadas formas de noticias falsas constituyen un desafío permanente al coraje y la inventiva de los periodistas surgidos o consolidados en lo que va del siglo XXI.

Siguiendo una constante desde los tempranos días de su fundación en 1863, Pereira ha sido una ciudad en permanente contacto con los prodigios y horrores que convulsionan cada día la faz del planeta. De ello dan cuenta las publicaciones surgidas en las primeras décadas del siglo XX. A su modo, los periódicos se las arreglaban para mantener a sus lectores enterados de acontecimientos tan decisivos para la humanidad como la Primera Guerra Mundial o la Revolución Bolchevique.




El periodista Henry Orrego- durante más de dos décadas corresponsal de France Press en América Latina- se propuso seguir el rastro de esas formas de contar y su expresión en un grupo de colegas nacidos o formados en Pereira que hoy trabajan en distintos medios del mundo. El resultado es una selección de textos y reseñas biográficas con un título elocuente: Periodismo de exportación: corresponsales extranjeros nacidos en Pereira, obra publicada en La Chambrana, colección de bolsillo editada por la Secretaría de Cultura de Pereira y su biblioteca “Ramón Correa Mejia” a comienzos de 2026.

La selección de textos y autores estuvo precedida de una rigurosa tarea enfocada a ubicar a los periodistas en sus actuales lugares de residencia y trabajo para concertar entrevistas y tener acceso a su manera particular de ejercer el oficio.  Al final resultaron siete crónicas , reportajes y testimonios que le permiten al lector tener una mirada panorámica del mundo de hoy desde el estilo y las técnicas de quienes un día partieron de Pereira y se hicieron a un sitio en medios de comunicación de gran influencia internacional como CNN o BBC Mundo.




Son ellos Catalina Gómez (Una defensa apasionada del periodismo); Jennifer Montoya (Los periodistas no somos amigos del poder); Juan Carlos Pérez Salazar ( México y el infierno de la trata de mujeres); William Restrepo, constructor del periodismo televisivo en español de EEUU; Javier Amaya (Lino Gil Jaramillo en el radar del FBI); John Jairo Posada Castaño ( El día en que los gringos me hicieron rezarle al milagroso de Buga) y Henry Orrego ( Y Pinochet se levantó de la silla de ruedas).

Al recibir el premio “David Berbian” otorgado en octubre de 2025 en España   por su tarea como reportera de guerra en Ucrania y Oriente Medio, Catalina Gómez expresó lo siguiente:

Creo que ustedes nos apoyan no solo porque nos quieren, también porque entienden la importancia de contar el mundo, sobre todo contar esas realidades que muchos no se atreven o no quieren contar. Porque con la situación en la que nos encontramos necesitamos de todas las miradas posibles y ojalá enormemente diversas, para poder descubrir y entender lo que pasa y no dejar que el relato quede en manos de una sola voz o de una visión sesgada que solo replica la narrativa del sistema que las sostiene. O peor aún, que ese relato quede silenciado por la ausencia de periodistas que se atrevan a meterse en lo más profundo para poder contarnos aquello que creen importante.




Estamos ante una declaración de principios que, por lo demás, es común a todos los periodistas reconocidos o anónimos que asumen su tarea con honestidad y  valentía, y por eso le permiten al consumidor de información tener una mirada en perspectiva del mundo que lo rodea. Desde Londres o Miami, desde Seattle o Irán esta selección de textos y autores se nos ofrece a modo de caleidoscopio que entre dichas y desvelos facilita una aproximación a los múltiples rostros de un Mapamundi ( permítanme ese anacronismo en tiempos de Google Maps y la I.A) donde la Guerra Fría nunca terminó, porque la caída del Imperio Soviético abrió en realidad las puertas para un nuevo invitado al banquete (China) y hoy padecemos sus consecuencias.

 

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=F_xbfIgWMHU

 

 

 

 

miércoles, 11 de febrero de 2026

La política como reality

 



Promediando el siglo XX, el estadista colombiano Darío Echandía nos recordó que “Un partido político es un proyecto de sociedad en movimiento”. Mal que bien, quienes aspiraban a gobernar tenían en mente una idea de ciudad, de región, de país y trataban de llevarla a cabo en la medida en que un gobierno se da en el mundo de lo posible, ya que no en el de lo deseable

Con el rápido desarrollo de los medios de comunicación audiovisuales y la entronización definitiva de Internet, el ejercicio de la política devino puesta en escena de una imagen de mandatario diseñada a la medida de los deseos, los miedos, las ilusiones y las expectativas de una masa cada vez más desprovista de sentido crítico para discernir entre una suma de  propuestas  más parecidas a los productos expuestos  en un supermercado que a un planteamiento serio y bien fundado en ideas y alternativas para sociedades  urgidas de grandes soluciones.

 Despojadas de contenido, las campañas políticas se nos aparecen ahora como un colorido portafolio destinado a satisfacer los deseos de segmentos de sociedad cada vez más delimitados por las agencias de publicidad y mercadeo político. En ese escenario  ya no se necesita estudiar con rigor el rol de las múltiples fuerzas que intervienen en la configuración de una sociedad (políticas, culturales, sociales, étnicas, religiosas, económicas).

Las Agencias de Comunicación Política (así las llaman) acabaron por suplantar a esos juiciosos pensadores que asesoraban a quienes pretendían gobernar a sus ciudadanos. El ropaje suplantó así a las ideas, convirtiendo al político en un payaso capaz de   superar los límites del ridículo con tal de cautivar a una masa acrítica.



Así las cosas, lo que en tiempos de la Guerra fría se conoció como “aparato ideológico” ( independiente de lo que eso signifique), fue desterrado para poner en su lugar un sistema de signos heredado primero de los programas de concurso donde los asistentes votan por un producto y al final son recompensados con “muestras gratis” del mismo. Más tarde, los políticos aparecieron haciendo el papel de cuenta chistes, aupando a su vez a los orientadores de ese tipo de programas hacia la arena política (¿Recuerdan a Alfonso Lizarazo y su fiasco como congresista?).

 En la década del sesenta el pensador francés Guy Debord (1931- 1994) advirtió en su libro La Sociedad del Espectáculo sobre el rápido deterioro de los criterios de valoración utilizados por los seres humanos y sus líderes para medir y dimensionar el grado de evolución de las sociedades de las cuales formaban parte. En ese contexto, las ideas y el correspondiente debate fueron reemplazados por un juego de espejos diseñado desde los centros de poder para encandilar y desviar de su camino a quienes luchaban en procura de transformaciones sociales grandes o pequeñas. De ahí a la certeza de la revolución traicionada mediaba sólo un paso.

 Las intuiciones del francés no andaban lejos: cuando Ronald Reagan ( un mediocre actor de cine que apareció en películas del oeste)  se convirtió en el gobernador número 33 de California en 1966 , para alcanzar después la presidencia de Estados Unidos en 1981, estaba allanando el camino para la colonización de la política por parte de la industria del espectáculo.




En efecto, el viejo concepto de electorado se volvió anacrónico y fue reemplazado por el de audiencia, lo que no es un asunto menor: el elector supone alguna medida de participación, mientras la audiencia está predestinada a aplaudir y por lo tanto a validar lo planteado en el escenario, por absurdo o demencial que resulte.  No es casual entonces que los políticos canten, bailen, se meneen, utilicen pelucas o muestren el culo como el colombiano Mockus en su momento, si con ello consiguen seducir al auditorio: votos son amores.




Visto, así, lo del músico Bad Bunny – Vega Baja, Bayamón, Puerto Rico, 10 de marzo de 1994- en la más reciente edición del SuperBowl- una suerte de fetiche de la sociedad del consumo y el derroche- es apenas otro capítulo de la migración de la política hacia el reino del espectáculo. Carentes de ideas en consonancia con las necesidades de la sociedad los gobernantes acabaron depuestos por ídolos fabricados en serie por el mercado del entrenamiento. Es de tal tamaño el vacío, que  la puesta en escena de  Bad Bunny tuvo más efecto que los textos de miles de editorialistas y columnistas de opinión a los que nadie nos  lee. La parábola es clara: sin ser nada del otro mundo desde el punto de vista musical, la propuesta del portorriqueño resultó más contundente que las contorsiones y el tono iracundo de Donald Trump, que de manera bastante  retorcida quiso hacer del odio al extranjero en un país hecho por inmigrantes la extraña fórmula para “hacer a América grande de nuevo”.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=G6FuWd4wNd8

 



domingo, 1 de febrero de 2026

Sólo para locos

 

                                                         El " escorpión" de Hugo Gatti


Ya les he contado que, en mis remotos tiempos del bachillerato, solía cruzarme en el paradero de buses con tres brillantes jugadores del Deportivo Pereira y del fútbol colombiano:  Hernando García, portero   o “ cancerbero”, como decían los cronistas deportivos de esos tiempos; Oswaldo Calero, volante de marca caza tobillos y Jairo “ El maestrico” Arboleda, uno de esos genios silvestres que siempre guardaban en  la manga el as capaz de resolver la situación más difícil : una gambeta imposible, un “túnel”, un “taquito”, un “sombrero” o una “bicicleta”.  Para entonces, el fútbol no había sido invadido por el hongo de la corrección política, ligada a la conversión del juego en un negocio de dimensiones planetarias.

El encuentro siempre se daba a eso de las cinco y cuarenta y cinco de la mañana. Yo me dirigía al colegio Deogracias Cardona y ellos, ebrios de ron y de salsa brava, aguardaban la ruta que los conducía a los entrenamientos en el estadio “Alberto Mora Mora”, el viejo “ Fortín de Libaré” que vio caer al mismísimo Millonarios de Pedernera , Cozzi y Di Stéfano, conocido como “ El ballet azul”. Los tres- Calero, García y Arboleda- amanecían bailando en un sitio de malandrines y rumba dura llamado “Copacabana”, regentado por una mujer de mano implacable  de nombre Bernarda, que solía calmar a los borrachos díscolos esgrimiendo un machete de marca Incolma, de  donde se derivó la palabra “Incolmazo”. Nuestros héroes llevaban los botines colgados al cuello y se sacaban del cuerpo el alcohol consumido mediante entrenamientos  que duraban toda la mañana bajo un sol de justicia.


                                                                 Víctor Campaz

Los jóvenes de hoy, habituados a ver en las redes sociales a Cristiano Ronaldo a bordo de su avión privado, a Messi dorándose al sol en su yate y a James Rodríguez pilotando su Ferrari por alguna autopista, no me creen cuando les digo que los futbolistas de hace medio siglo viajaban en bus. Poco importa si les recreo con palabras- poco confían en las palabras estos hijos de las imágenes- a los paraguayos Aurelio Valbuena, Mario Rivarola y Apolinar Paniagua, colgados como cualquier parroquiano en un bus de Urbanos Cañarte repleto hasta las banderas de oficinistas, estudiantes y trabajadores de la construcción.

Los futbolistas mencionados no eran la excepción. Empezando por los más geniales, eran   poco más o menos que marginales sospechosos de vagancia y cosas peores. Los jefes de familias bien entraban en pánico si sus retoños se inclinaban por ese juego o si sus hijas, seducidas por una gambeta inconcebible, mostraban algún interés por uno de esos delincuentes en potencia. Muy distinto a estos días de futbolistas billonarios y glamorosos cuyo estilo de vida es un modelo a seguir, aupado por las escuelas de fútbol que se multiplican por todas partes al ritmo de la codicia de empresarios, entrenadores, periodistas deportivos y padres de familia.


                                                           O.O Corbatta

Con el advenimiento de la nueva era, la locura en el fútbol fue proscrita. Ese cruce entre deportista, poeta y malandrín empezó a ser borrado de las canchas. Esos bohemios entrañables que lucían melenas desordenadas, llevaban las medias abajo, la camiseta afuera y guardaban en el baúl todo un catálogo de jugadas que rozaban la belleza pura fueron prohibidos en el reglamento.  Asumido como una empresa con todo y su tecnocracia, el juego se volvió atractivo para todos: los pobres vieron allí una oportunidad de redención, las clases medias una nueva herramienta de ascenso y los ricos   otra manera de acrecentar el capital. Justo en ese momento, la televisión, la publicidad, el mercadeo y las casas de apuestas jugaron sus cartas. Los futbolistas debían cuidarse para hacer rentables las inversiones. De ahí que la carrera profesional se extienda hoy hasta donde el cuerpo permita facturar. Por eso las grandes estrellas tienen entrenadores, médicos y cocineros personales.

 Los voceros de la doble moral lo sentenciaron: los futbolistas que no se cuidaron terminaron mal. Y citan genios como Houseman, Pedro Alexis González – apodado con saña como “ El borracho”- Omar Orestes Corbatta- otro borrachito incorregible-, el salvadoreño “ Mágico” González y al mismo Maradona, así como a los arqueros Higuita y Gatti, salvados por alguna divinidad cuando transitaban al borde del abismo. En el bando de los ejemplares ponen a Pelé, a Messi y a Cristiano. En el caso colombiano ubican de un lado a Víctor Campaz o a Henry Caicedo y en el otro a James Rodríguez y Luis Díaz. Millonarios glamorosos y bohemios indomables conforman así los polos irreconciliables para los modelos al uso. Poco importa si ni siquiera los más brillantes de hoy pueden hacer un “túnel”, un “sombrerito” o una “bicicleta” sin volverse reos de violación a los derechos del rival burlado.


                                                             René Houseman

“Sólo para locos. La entrada le cuesta la razón”, leemos en la ya olvidada y acaso  también proscrita novela de Herman Hesse, titulada “El Lobo Estepario”.   Se me ocurre que esa frase pudo haber lucido muy bien a la entrada del camerino de uno de esos viejos estadios donde   veintidós tipos- algunos de ellos poseídos por el delirio- se preparaban para hacer de la tarde propia y ajena una fiesta interminable.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=os4k2Zu7EB4

lunes, 19 de enero de 2026

Hombre de palabra

 



 

El 20 de julio de  1921 un hombre  remite desde Pereira, Caldas, Colombia, una carta dirigida a Anatole France y Henri Barbusse, directores del grupo Claridad en París. El  primero  es el autor de libros como La isla de los pingüinos, los dioses tienen sed  y La rebelión de los ángeles, que le valieron el Premio Nobel de Literatura ese mismo año. El segundo fue un escritor, periodista y militante comunista francés autor de libros como Infierno, Bajo Fuego y Stalin, un nuevo mundo visto a través de un hombre.

En el tercer párrafo de la carta leemos:

Así como vosotros, yo me dirijo con fervoroso entusiasmo hacia la hermosa París en busca de vuestras ideas para alimentar mi pensamiento, encauzarlo y contribuir a la realización de vuestro querer inmensamente filántropo, que os preocupáis por el porvenir intelectual hispanoamericano.

Para entonces París era todavía el sueño dorado de intelectuales y artistas en todos los confines de la tierra. Obtener su bendición equivalía a tocar el cielo. Pereira en cambio era una ignota aldea perdida en las montañas colombianas, refundada en 1863.

El remitente de la carta, publicada en El bien social, era un señor llamado Eduardo Martínez Villegas. La pregunta obligada es: ¿Qué hacía este hombre carteándose con dos celebridades reconocidas en medio mundo?. Una buena respuesta podría ser que, contra toda apariencia, en Pereira también pasaban cosas por esos días. Y sí que pasaban. Ese 1921 llegó el Ferrocarril de Caldas a la región y con él se tendió un puente entre la aldea y el mundo que permitió acceder tanto a los recientes desarrollos tecnológicos como a las producciones literarias, cinematográficas y musicales del momento. Justo en ese   año, el 20 de junio, empezó a circular el periódico La Patria, con sede en Manizales pero con gran incidencia en Pereira, al punto de servir de modelo a posteriores publicaciones locales como El Diario, El Impacto, El Imparcial y a revistas como Variedades o Lengua y Raza. La ciudad ensayaba pues lo que un siglo más tarde se llamaría Globalización.




De modo que Martínez Villegas estaba como quien dice conectado, para utilizar una palabra cara a   estos tiempos de internet y redes sociales. De esa inquieta conexión  con el mundo surgió una obra crítica que la colección Destiempo recoge en su tercer número  bajo el título de Textos Recuperados. Porque de eso se trata: de hurgar en viejos baúles y sobre todo en ese  sorprendente baúl que es la memoria de las personas para traer de vuelta producciones que llevaban décadas sepultadas en algún cuarto de san Alejo.

En el texto de presentación del libro el poeta e investigador Mauricio Ramírez Gómez escribe:

La muerte de los escritores se asemeja a un naufragio. Con su desaparición, sus pertenencias y las versiones sobre ellos se dispersan en todas las direcciones. A veces, sólo se salvan algunos fragmentos y anécdotas que se replican de generación en generación. La mayoría se convierten en nombres sin sentido, en los periódicos y revistas, porque quienes los leyeron y admiraron, en su época, desaparecieron también. Tal es el caso de Eduardo Martínez Villegas, reconocida figura intelectual de Pereira durante las primeras tres décadas del siglo XX.

Martínez Villegas produjo entonces su obra en el tránsito de la aldea hacia una población un poco más grande que se asomaba, insomne, a los prodigios y  acontecimientos que sacudían al mundo, entre ellos la Primera Guerra Mundial y la Revolución Bolchevique que tanto impactaran a France y Barbusse, los escritores a quienes se dirige en su carta.




Más  adelante, en esa misma presentación, Mauricio Ramírez cita un texto publicado por Abelardo Restrepo Vélez en el periódico La Tribuna  donde afirma que: “Los ensayos sobre León de Greiff, Rafael Maya, Daniel Samper Ortega, Miguel Rasch Isla y Francisco Rodríguez Maya publicados en Mundo al día, El Gráfico, Universidad y Cromos, revistas estas que son carteras de gran autoridad, no sólo en Colombia sino también en América, revelan al espíritu investigador y al escritor infatigable que ya tiene asegurado un puesto de honor en el templo de las bellas letras y una página de gloria esculpida en la conciencia de las generaciones vivas”.

Con esas presentaciones, ya podemos adentrarnos en los textos de Martínez  Villegas para tener una muestra de sus propósitos y alcances, así como de su estilo. En una reseña titulada Libros Colombianos, publicada en El Gráfico de Bogotá en octubre de 1928, el autor escribe a propósito de Eduardo Nieto Caballero:

“Por sus frutos los conoceréis”, dijo el Cristo, y este apotegma del primer socialista que intentó establecer entre los hombres la igualdad,  habla muy bien de los libros de Eduardo Nieto Caballero por quien hubiera querido hacer un estudio exacto de su personalidad vista por sus tres esenciales aspectos: como ciudadano, como amigo y como hombre de letras. Yo lo he estudiado con paciente imparcialidad a través de cinco o más de sus libros y en todos aparece el hombre de un temperamento acorde con lo que de él dicen sus amigos y aun sus adversarios más encarnizados, sobre todo los pocos que poseen la rara virtud de la entereza espiritual que permite, sin violentarse moralmente, reconocer los méritos ajenos como aislando, en cierto modo, la persona que los posee, de su ambiente”.


                                                       Emilio Correa Uribe

 Ese tono sostenido se percibe en sus notas críticas sobre Eduardo Castillo, sobre la poesía colombiana del momento, así como sobre autores pereiranos de la índole de Emilio Correa Uribe, Carlos Echeverri Uribe, Julio Cano o el influyente Benjamín Tejada Córdoba, pereirano por adopción. La sobriedad, el elogio sin servilismos resaltan como impronta de una escritura que hoy sentimos contemporánea porque no hace concesiones a los vicios literarios al uso.

Al final de estos Textos Recuperados encontramos esta nota publicada por Lisímaco Salazar en El Diario de Pereira donde, con motivo de la muerte del escritor el 10 de mayo de 1929, rinde tributo a una vida y obra que, para bien de nuestro patrimonio cultural y literario, la colección Destiempo acaba de presentar en su más reciente publicación:

La muerte, esa cosa invisible, esa única verdad de que podemos envanecernos los mortales, ha tronchado, como una tempestad, la vida de un hombre, la vida de un artífice, la vida de un arbusto corpulento que empezaba a fructificar. Pero ¿qué de raro es esto? Cuando hablamos de esa única verdad, es porque todo- y todos- habremos de caer al peso de su guadaña.

Eduardo Martínez Villegas vivió en este mundo treinta y ocho años, pero dejó para sucesivas generaciones de lectores más que un puñado de textos que hoy le permiten al lector asomarse a una singular visión de las cosas en la que a cada paso se reafirma su condición de hombre de palabra.


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada :

https://www.youtube.com/watch?v=Nb-WpYtRNI4

 

 

lunes, 5 de enero de 2026

La dura irrealidad


 


          


         Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia

           para plagar de miserias a América en nombre de la libertad.

                                                Simón Bolívar

El presidente Donald Trump inició su carrera política en un reality show. Y ese no es un dato menor: ese formato de entretenimiento postula mundos paralelos a los que la gente se va a vivir a modo de sucedáneo de una realidad que se le antoja difícil, cuando no insoportable y llena de acertijos. El problema es que, a  larga, esa irrealidad resulta tanto o más dura que la de todos los días.

De los realities salen actores, actrices, cantantes, bailarines, activistas y cientos de figuras públicas. Ya no se necesita pasar por una escuela de teatro, un conservatorio o una academia de canto donde la disciplina y el rigor demandan un constante esfuerzo de inventiva y persistencia. A tono con el vértigo de los tiempos todo es rápido y ya, al mejor estilo del mundo express. Así las cosas,  el mundo ya no es el teatro donde los dioses medían sus fuerzas sino el espectáculo donde todo se consume con tiempo apenas de pasar al siguiente acto.

A los políticos de estos tiempos, con Trump a la cabeza, les fascina esa inmediatez aureolada de una sensación de eficiencia que cautiva al receptor de información. Por eso su reino es el de las redes sociales donde el reenviar y el me gusta multiplicados hasta el delirio impiden la necesaria pausa para pensar y tomar decisiones. Las vibraciones de TikTok suplantan al pensamiento. A la izquierda o a la derecha del espectro político se da el mismo fenómeno.  Eso explica que los gobernantes ya no necesiten a su lado grandes consejeros o sabios que les sugieran el rumbo a seguir. En su lugar cuentan con equipos completos de expertos en imagen y redes sociales.

Es la era de los tipos que parecen duros y contagian con su aire de comerse el mundo. Sus maneras alimentan el depredador acobardado que todos llevamos dentro. El reciente secuestro de Nicolás Maduro por parte de Trump y sus fuerzas de seguridad es una prueba clara de esas prácticas. Rápido, quirúrgico y con un formato perfecto, nada tiene que envidiarle al más exitoso de los realities o series de Netflix. A propósito, sospecho que alguien ya está escribiendo el guion de La Operación Maduro, con preventas que pronto empezarán a operar en la bolsa.




Pocas personas en el mundo- salvo sus cómplices y favorecidos- estarán a esta hora dispuestas a defender al ex supremo y ahora suprimido gobernante venezolano. Los fraudes electorales, las violaciones a los derechos humanos, la persecución a los opositores, el derroche y la corrupción anulan de entrada cualquier tentativa en ese sentido.

Pero de ahí a postrarse de rodillas y saludar con aplausos la invasión- porque de eso se trata: de una invasión- media un trecho muy grande. Amparado en su discurso de Make America Great Again Trump puso en marcha en Venezuela una prueba piloto  que no dudará en replicar cuando los juegos de poder que representa consideren de su interés algún lugar de la tierra. En este y otros casos, si renunciamos al pensamiento crítico pasaremos por alto, como lo han hecho tantos, que estamos ante una violación   de los principios del Derecho Internacional.

En este último aspecto reside la clave de todo. Cuando de bellaquerías se trata los pretextos nobles abundan: defensa de la libertad, de la democracia, de los derechos humanos o del Estado. Es decir, los mismos valores que tipos como Trump, Milei o Bukele están destruyendo en sus propios países. Las motivaciones, claro, son otras: petróleo, tierras raras, agroindustria, minería, recursos hídricos o posición estratégica en el mapa. La vieja codicia imperialista se reinventa cada vez que la dinámica del sistema lo requiere. De las repúblicas bananeras o cafetaleras gobernadas por tiranos iguales o peores que Nicolás Maduro consentidos por Estados Unidos hasta  los caudillos de hoy sólo media una cuestión de ropaje y tecnología. Visto así, el lenguaje bravucón de Donald Trump, tan celebrado por las derechas en el mundo, en nada se diferencia del I Took Panamá pronunciado por Theodore Roosevelt ante el congreso de su país después de la invasión a Colombia.




“Cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”, dice un viejo proverbio latino citado por Sebastián de  Covarrubias en 1611. Encandilados por el reality  Maduro que copa todas las audiencias desde el pasado 3 de enero, bien haríamos en volver   a esa sencilla forma de sabiduría para recordar que mañana bien podríamos ser nosotros. El pretexto es lo de menos. 


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=Iz6svH0jWWI