martes, 3 de noviembre de 2026

Losa designios de Dios... y de Trump






 ¡Qué tiempos son éstos

         donde  hablar de los árboles es casi delito

         porque ello es callar muchos horrores!

                         Bertolt Bretch

 

En realidad, en términos geopolíticos, el conflicto entre Caín y Abel puede ser la primera guerra imperialista documentada. Un ganadero y un agricultor se enfrentan por el control de las mejores tierras. Como siempre, la disputa se resuelve con una muerte: según el relato bíblico, Caín mata a Abel con una quijada de burro.

El concepto de propiedad privada está en el origen de todas las guerras. Un hombre o un grupo de hombres cercan un predio, siembran plantas, crían animales y declaran “Esto es nuestro”.  ¡Y ay del que se atreva a cruzar esa cerca de cañas y bejucos, miles de años después convertida en alambrada! Pero los humanos son tercos: un día, los vecinos se armaron y se apoderaron del predio en cuestión al grito de: “¡A partir de ahora esto es nuestro!” Por supuesto, fundaron su aventura sobre una pila de cadáveres

Muchos siglos antes de que los pensadores marxistas ahondaran en las dinámicas del imperialismo, las sociedades humanas lo eran de hecho. El control sobre las tierras más fértiles, sobre las aguas más abundantes en peces, sobre los bosques pródigos en madera, sobre rutas y puntos estratégicos y sobre la mano de obra se convirtió en el gran motivo de la conquista. Para eso se precisaba de capital y de gente armada. Una vez conseguidos, los ejércitos se hicieron a la mar y se dedicaron al despojo y la acumulación en nombre de una bandera o de un reino.

Como era de esperarse, muy pronto surgieron las luchas por la distribución. Rapiñas entre hombres, monarcas y naciones fueron la constante. Había que poner orden en el asunto y entonces invocaron los poderes de la divinidad: fue así como el papa de los Borgia determinó que el Imperio español era, por designio divino, el dueño de las tierras descubiertas en lo que después se llamaría América.




Y de América trata este asunto, porque el presidente Donald Trump decidió convertirse en espada y bandera de la cruzada imperialista edición siglo XXI: la de las guerras tecnológicas, la de las redes sociales y la redefinición completa del mapa de la tierra a la medida de los apetitos de los imperios ruso, norteamericano y chino que mueven sus piezas en todos los confines. Una guerra por aquí, una invasión por allá, una compra estratégica por este lado, un gobierno títere instalado en un país satélite más allá y una legión entera de sectas religiosas pregonando nuevos designios divinos a través de las redes sociales completan el cuadro nada alentador.

A diferencia del gobernante chino, amparado en la tradición milenaria del silencio en su país, los demás vociferan y atacan. Putin invoca a la santa madre Rusia y a los días de gloria- si los tuvo- del imperio soviético. Por su lado, vocero de las corporaciones y de sus propios negocios, Trump destroza los valores del modelo que lo llevó al poder y se entroniza como un nuevo emperador situado por encima de las leyes humanas. Sus áulicos, de Bukele a Milei, pasando por De la Espriella, Novoa y Fujimori II, recitan que sí, que si señor, que sus deseos son órdenes para nosotros.

Por eso no debe sorprendernos si Trump decide cambiar el nombre de los lugares para reemplazarlos por el suyo o por el adjetivo “americano”. Sus asesores en comunicaciones saben muy bien que, manipuladas al extremo, las palabras pueden suplantar a las cosas. Menos sorprendente resulta que, usando los recursos de la tecnología, el mapa de  Estados Unidos, Canadá y Groenlandia, así como el territorio de Centroamérica aparezcan cubiertos por la bandera norteamericana: bien sabemos que lo simbólico tiene un peso específico en la realidad.




Los grandes artistas suelen anticiparse al curso de los tiempos, como bien lo demuestran libros, pinturas y piezas musicales. En su novela La broma infinita, el escritor estadounidense David Foster Wallace (Ithaca, USA, 21 de febrero 1962- Claremont, California, 12  de septiembre de 2008) los Estados Unidos invaden Canadá y lo convierten en un vertedero de basura al que arrojan cada día millones de toneladas de residuos, utilizando enormes catapultas.

Por supuesto, Trump no leyó la novela de Wallace- sabemos que su analfabetismo es funcional, como el de millones de sus compatriotas-. Pero su codicia y la de sus aliados no andan lejos de lo prefigurado por el escritor. Hacer de nuevo grande a América entraña apoderarse de cada metro cuadrado donde existan recursos naturales  dignos de ser explotados. El caso del petróleo venezolano es una de las muestras más recientes. Lejos de ser una teoría conspirativa, detrás de las invasiones  masivas de inmigrantes a Ceuta parece alentar el propósito de apoderarse del estrecho de Gibraltar, tal como acontece en Ormuz.

Detrás de todo se vislumbra algo más grave: la carencia de distancia crítica entre los consumidores pasivos de información, que los lleva a la aceptación de las cosas como si pertenecieran al orden natural.  Así, cuando  los poderes hablan de “El nuevo orden mundial” la gente los escucha como quien oye  llover y no como el anuncio de los días por venir : los de refinadas y despiadadas formas de imperialismo, ante las cuales la barbarie perpetrada en siglos anteriores  por ingleses, belgas, españoles, japoneses italianos, soviéticos, alemanes y franceses se nos  presenta como un   ejercicio escolar, un boceto del desastre final.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=LVXzmG0XT6s&list=RDLVXzmG0XT6s&start_radio=1