jueves, 10 de abril de 2014

Entre el mito y los derechos







Ante las recientes denuncias sobre 15 casos de  práctica de la ablación ( mutilación del clítoris) a 15 niñas de la comunidad indígena  Embera, ubicada  en la zona limítrofe  con el Chocó, rescato de mis archivos el siguiente texto, escrito  hace cinco años, que considero sigue vigente y puede ayudar a la reflexión.

A pesar de  que desde hace setenta años el  Estado colombiano tiene  conocimiento de la práctica de ablaciones de clítoris a las niñas en comunidades indígenas de su territorio, solo  hacia el año 2005  se tuvo noticia de alguna acción emprendida  por un organismo oficial  para abordar un  problema que oscila entre la salud pública, las tradiciones culturales y el respeto a los derechos de los niños.
En ese año Aracelly  Ocampo  estaba al frente de la personería (una oficina encargada de velar por los derechos de las personas) del municipio de Pueblo Rico, una  pequeña población de 15.000 habitantes, ubicada en el  Departamento de Risaralda, al centro occidente del país. Fue ella quien, después de enterarse de  varios casos de ablaciones practicadas a niñas recién nacidas pertenecientes al pueblo Emberá Chamí que más tarde  padecieron infecciones, llegando incluso a la muerte de una de ellas, interpuso la denuncia ante un juez de la localidad. Para entonces, la práctica era lo que suele llamarse  “un secreto a voces”, aunque ninguna autoridad   se atrevía a intervenir. Al fin y al cabo, la constitución política de 1991 estableció  directrices muy claras en cuanto a la autonomía de los gobiernos indígenas. Según declaraciones de  la señora Ocampo a distintos medios de comunicación, hizo la denuncia porque, “si bien los pueblos indígenas tienen derecho a que se respeten sus tradiciones, eso no puede  hacerse al precio de la violación de los derechos humanos en general y los de la infancia en particular”.
La denuncia tuvo como primer resultado que, en el año 2006, distintos organismos del orden local  y nacional, a los que se sumaron  voceros de las Naciones Unidas en Colombia empezaran a trabajar en la búsqueda de un escenario de discusión y reflexión, que sin desconocer los derechos de las etnias, pudiera  tender un puente con los referentes universales de la justicia. Fue así como lograron conformar una mesa de trabajo a la que se sentaron, entre otros,  el  encargado de asuntos indígenas del gobierno departamental,  delegados para asuntos de la mujer, gobernadores indígenas, el Consejo regional indígena, el  Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y el Fondo de las Naciones Unidas para la infancia. El primer escollo a salvar  era al abierto entre quienes asumieron de entrada  la defensa de lo que denominaron  “ la identidad cultural” de los  indígenas y aquellos convencidos de que  los  derechos de las personas  no pueden estar supeditados a ninguna clase de relativismo.
Para el historiador Víctor Zuluaga Gómez, autor de varios libros sobre los Embera- Chamí, ese acercamiento tiene que pasar por un esfuerzo para comprender lo que significa la ablación para esos grupos indígenas asentados en la zona montañosa de las localidades de Pueblo  Rico y Mistrató.  “Se trata de una concepción muy distinta  sobre el papel de las mujeres y de su sexualidad en el orden del universo, que echa raíces en mitos milenarios. La clave de la extirpación del clítoris puede encontrarse en  su creencia  de que los movimientos de la mujer durante el  acto sexual  acabarán estropeando el orden del cosmos y como sin clítoris no hay placer, pues  al practicarse la ablación desaparecerán los riesgos. De otra parte, tienen la convicción de que el clítoris es una especie de falo pequeñito que se desarrolla a medida que las niñas crecen y si eso se permite, no habrá hombre dispuesto a casarse con una mujer  dotada de pene. Ahí tiene usted toda una  cosmovisión que no se puede cambiar con represión o disposiciones de policía, sino mediante un arduo trabajo de diálogo. En lo que si quiero enfatizar es en la absoluta falta de asepsia de esos procedimientos, practicados por comadronas, que representan un riesgo constante de infecciones y muertes”.


El médico Hugo Marcilian, quien presentó la denuncia contra los padres de dos niñas  Emberá Chamí que llegaron al hospital local con graves  infecciones después de habérseles practicado ablación de clítoris, tiene una percepción menos condescendiente. “Por encima de cualquier consideración  de carácter cultural, está la ética  médica, que obliga a denunciar todo lo que represente un atropello contra la dignidad humana, y la   mutilación de una  parte del cuerpo de una persona lo es en grado sumo. Por esas razones  tomamos la decisión de  poner  a las autoridades  en conocimiento de lo que estaba sucediendo”  dijo en una entrevista concedida a medios radiales. Esa posición es compartida por Jaime Mena, alcalde  de Pueblo  Rico y por voceros del movimiento político Mira, que ha incorporado  a  sus propuestas la defensa de los derechos de los niños, así como de los colombianos presos en el exterior. “Siempre me  he opuesto ha esa práctica” ha dicho en distintos escenarios.
El asunto  es tan complejo que los mismos voceros indígenas  no llegan a ponerse de acuerdo. Algunos afirman  de manera tajante que se deben respetar sus tradiciones mientras otros se muestran proclives a una revisión de la validez de algunas de sus costumbres ancestrales. En un foro indígena realizado en Bogotá el martes 25 de julio de 2008 el líder Aldemar Tauzarma, insistió en  que se deben respetar los derechos y las tradiciones, aunque al mismo tiempo reconoció que a ninguna de sus dos  hijas le fue practicada  la ablación.
En ese mismo evento, el juez promiscuo civil municipal  Marino de  Jesús   Arcila pidió detener esa práctica.  El mismo,  cuando se desempeñaba   en el municipio de Quinchía tuvo conocimiento del caso de dos niñas que fueron trasladadas al hospital de esa población, quienes presentaban graves infecciones después de habérseles practicado la ablación. Aunque aclaró que no formuló cargos penales, al considerar que no hubo dolo ni intención criminal si insistió en que ese tipo  de costumbres deben ser  revisadas a la luz del derecho, porque la constitución  y los códigos son muy claros a la hora de tipificar las lesiones y los atentados a la dignidad de las personas.


Cuando se les pregunta por la validez de las prácticas, las parteras, comadronas o “aguelas” de la zona  de Pueblo Rico, se remiten a la autoridad  de los taitas, jaibanás  o Medicine men, depositarios de los saberes ancestrales de la comunidad. Una de ellas, de nombre de Etelvina, describe con precisión el procedimiento: “Utilizamos un clavo caliente, una cuchilla  u otro objeto metálico. Para desinfectar se aplica el zumo de distintas  plantas, una de ellas conocida como escoba.” Cuando se le interpela sobre el sufrimiento de las pequeñas,  responde que ese no es problema  “Porque ellas no experimentan sensaciones”.
Por su parte, las mujeres de  la comunidad prefieren guardar silencio cuando se les pregunta por su opinión sobre las implicaciones que  el procedimiento de la ablación ha tenido para sus vidas. “Es cuestión de los taitas. Ellos saben lo que hacen. No tenemos por qué meternos con esas cosas”, declaran. Solo Danery Nayaza, una  profesora de treinta años que cursó una licenciatura en sociales en la Universidad Tecnológica de Pereira y  quien desde hace 15 años vive lejos de su comunidad, va más allá para decir que no solo  se trata de los riesgos para la salud, sino de las implicaciones en materia de autoestima y de las posibilidades de disfrute de la sexualidad cuando esas niñas lleguen a la edad adulta.


Aparte del componente ritual, existe una creencia extendida entre los indígenas, en el sentido  de que la ablación de clítoris es un mecanismo efectivo de control de la infidelidad,  concepción que la líder feminista Adriana Rojas considera inaceptable “¿Dónde quedan entonces los derechos de  de esas personas que un día aspirarán al disfrute pleno de su sexualidad?” pregunta con vehemencia, sentada en una oficina cuyas paredes está forradas de fotografías de figuras femeninas como  Rigoberta Menchú, Remedios Varo y  Michelle Bachellet.
Mientras   los ginecólogos insisten en que, aparte de los riesgos de  infecciones que pueden llegar a ser mortales, la ablación de clítoris es generadora de secuelas como hemorragias y dolor crónico , hasta ahora las únicas  acciones concretas derivadas de los foros y encuentros son una serie de visitas  a los  asentamientos indígenas, realizadas por funcionarios del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, un organismo gubernamental , entre cuyas funciones está la protección de la infancia. En la actualidad el trabajo se encuentra en una fase de diagnóstico para conocer de  primera mano  el contexto en el que  tiene lugar la práctica de la ablación, para poder diseñar las herramientas que conduzcan al diálogo entre las percepciones particulares de los indígenas, los marcos constitucionales y legales y la noción de los derechos   universales de las personas.
Para el abogado y catedrático Albeiro  Beltrán “apasionado por el estudio  de las relaciones entre el derecho y la cultura”, como el mismo se define,  aunque no se han registrado denuncias en los últimos meses,  dado el peso que tienen los atavismos en los seres humanos, es altamente probable que las ablaciones a niñas se sigan practicando entre  muchos  integrantes de la etnia Embera- Chamí.  “Sucede  que, como en buena parte de los   rituales,  estas cosas están rodeadas de un sigilo,  que recién se rompió con las denuncias de los médicos  y los pronunciamientos de los jueces".


Finalmente, el antropólogo William Medina, egresado de la Universidad Nacional de Colombia, asegura que la zona de Pueblo Rico y Mistrató puede ser la única de Colombia donde los indígenas mantienen la costumbre de la ablación  y que esa circunstancia, en lugar  de aclarar, hace más complejo el  panorama, pues algunos líderes  se sienten en la obligación de  conservarla, como soporte mismo de sus  cosmovisiones. Es en ese punto, donde coincide con médicos, jueces y autoridades, en el sentido de que no será la represión, sino la educación y la persuasión los elementos  capaces de generar las condiciones para el cambio en unas costumbres que, dadas las implicaciones en materia de salud y derechos, en todo caso habrá de darse de manera bastante lenta.

jueves, 3 de abril de 2014

Alertas tardías

                                               Fotografía: El Tiempo

 Todo comenzó al finalizar los años ochentas del siglo anterior. Un puñado de familias, animadas por los caciques políticos de la época, se asentaron de manera irregular en los alrededores del cerro de Canceles, un antiguo santuario indígena. La práctica es bien conocida: estimular invasiones   por parte de personas carentes de vivienda, tramitar  la compra y legalización de los predios, así como la instalación de servicios públicos. Con eso ya se tiene asegurado un feudo  electoral, que se multiplica a medida que  la fórmula se convierte en un imán capaz de arrastrar grandes grupos de población.
A los pocos años ya se había conformado un grupo de barrios llamados Villa Santana, Las Margaritas, Intermedio, Monserrate y El Danubio. Más tarde, a resultas del desplazamiento interno, surgirían los sectores de Tokio y El Remanso,  habitados  en su mayor parte por familias  desplazadas por la violencia, constituyendo un grupo importante el de negritudes provenientes del departamento del Chocó.
Recuerdo que desde  un espacio periodístico llamado “Señales  para encontrar la ciudad”, en compañía del investigador y escritor Alberto Verón advertimos sobre lo que  se estaba incubando allí.  “Si  no se definen  y ponen en práctica líneas de desarrollo social y económico que integren a estas familias en los grandes proyectos de la ciudad y la región, a la vuelta de pocos años las nuevas generaciones serán presa fácil de los grupos  criminales que hoy constituyen casi la única opción de vida de los jóvenes marginados de Medellín, Cali y Bogotá”, se lee en un comentario al libro No nacimos pa semilla, de Alonso Salazar, publicado en 1990.

                                            milena-gutierrez-caro.blogspot.com

 No se  necesitaba ser mago  ni profeta para intuir hacia donde derivarían las cosas. Las cifras de entonces no han hecho  cosa distinta a crecer y empeorar. Los niveles de escolaridad apenas alcanzan la básica primaria. Más de la mitad de la población carece de empleo formal. Las mujeres que trabajan lo hacen en oficios domésticos o en  cafeterías y bares sin ningún tipo de prestación social. Muchas jóvenes o incluso niñas optan por ejercer la prostitución en zonas céntricas de la ciudad. A su vez los hombres trabajan en el sector de la construcción  o se dedican a vender frutas, verduras o chucherías por toda la ciudad, en un  incierto ejercicio que muchas  veces depende del humor de los funcionarios encargados de controlar el espacio público o de las  erráticas políticas de la administración de turno.
Con ese panorama,  resultaba inevitable que las bandas criminales, surgidas de un contubernio entre el narcotráfico y la desbandada de militantes de grupos paramilitares y guerrilleros, encontraran en sectores como estos una inagotable fuente de mano de obra  barata  , tanto para la  distribución de drogas como  para los ajustes de cuentas a través del sicariato.


Pasó el tiempo y los problemas se agravaron ante la indiferencia de una sociedad que prefiere seguir alimentando el mito del progreso incesante o el lugar común de “La transnochadora, querendona y morena”. Hasta que,  hace unas semanas se conoció la noticia del cierre temporal del Jardín Infantil de Tokio, como medida preventiva ante los problemas de violencia. Al hecho se respondió con frases huecas, operativos policiales y declaraciones retóricas sobre inversión social. Por eso resultan tan patéticas las llamadas alertas tempranas de la Defensoría del Pueblo: en realidad, dada la dimensión del drama social que se vive allí, se trata de unas alertas muy, pero muy tardías.

martes, 25 de marzo de 2014

El viento de la amnesia





Vivir en un gueto nigeriano equivale  a una doble exclusión: la del mundo de las naciones ricas y la de cualquier posibilidad de bienestar en el propio país. En esa frontera malvive Ázaro, hijo de una pareja dedicada a  labrarse la supervivencia en los límites  de la miseria.
Pero, además, la familia vive en otra frontera: aquella donde se aproximan- o  separan- la ciudad y la selva. De un lado, mientras se lucha por la vida, los inventos de la ciencia y la tecnología, materializados en un automóvil o en un cableado de energía eléctrica titilan en la distancia como una promesa de redención demasiado hermosa para ser cierta. Del otro las fuerzas de la naturaleza, es decir, la magia, se ofrecen como única salida para luchar contra los poderes de este mundo  y del otro abatidos sobre la población.
Con esos materiales  el escritor nigeriano  Ben Okri nos regala  El camino hambriento, una novela que es a la vez epopeya de la marginalidad y grito de rebelión ante  la opresión padecida por la mitad de África. En sus  580 páginas asistimos  a un choque, sí, pero también al encuentro desgarrado de dos mundos que intentan convivir en  medio del dolor, el hambre y la desolación sin medida: el de la llamada civilización europea y el de los mitos y códigos ancestrales de  un continente que  se  resiste a la  disolución.
Como  millones de pobres en el mundo, los  padres de Ázaro se levantan cada día y se lanzan a las calles en procura de algún trabajo que les permita llevar el pan a casa. Eso sí, nunca saben si regresarán a ella al final de la jornada, tantas son las asechanzas del camino.
“Somos el milagro que Dios creó para probar los frutos amargos del tiempo. Somos preciosos  y un día nuestro sufrimiento se transformará en las maravillas  de la muerte (...) es por eso que nuestra música es dulce. Hace que el aire recuerde” recita un día el padre en una suerte de  salmodia de consuelo heredada de los mayores.


Como si se tratara de un viaje al corazón mismo del blues, El camino hambriento suena  a modo de una vieja canción destinada a sanar viejas heridas. Una suerte de viento  capaz de cobijar  con la amnesia a los millones de peregrinos desarraigados de todo lo que hace amable la existencia. Pero la amnesia lleva implícito su propio veneno: el de la pérdida de lo más valioso, el legado de los ancestros consignado en rituales y conjuros capaces de mantener a raya al opresor. Convertida en fetiche, la antigua magia corre el riesgo de desvanecerse  y hacerse divertimento, caricatura.
Es por eso que, acorralado por la desesperanza, el  padre decide un día hacerse boxeador.“...No importa en qué nos sentemos, algún día nos hará caer”, dice a modo de declaración de principios, antes de intentar abrirse paso a puñetazo limpio en un mundo que ha extirpado cualquier noción de justicia. Muy pronto comprueba que el poder no es solo físico: los discursos de los políticos y la fe ciega de la masa que los sigue seducida por sus regalos y promesas lo llevan a intentar una salida  en esa dirección, como un animal acorralado que  huye retrocediendo entre el tumulto de sus perseguidores.


Entretanto, Ázaro libra sus propios combates. Es un abiku, un niño-espíritu atrapado en los umbrales de la vida y la muerte. Va y viene del mundo de los vivos al de los difuntos, tal como sus mayores deambulan  por un territorio que no acaba de definirse. En ese tránsito lo acompaña siempre la sombra de Madame Koto, una especie de metáfora del poder, investida a la vez con los dones de la bruja y la capacidad de maquinación de una líder política.
No exenta de una dosis de humor  que siempre  salva a los personajes de la locura total, la novela de Okri deviene parábola: el camino hambriento es la historia personal de cada quien. La vida individual y colectiva es  un animal insaciable que se devora a si mismo en un rito incesante. Nuestros esfuerzos y desvelos son una ofrenda a su voracidad. Débiles  y poderosos son apenas figurantes de feria y por eso mismo la vida individual se hace ofrenda y la social, expresada en la política, simple mascarada. Sin embargo,  desde lo profundo de la selva y a través de los siglos llega un sonido de cánticos, un redoblar de tambores destinado a recordarles  a los protagonistas y a los lectores que  viajamos con ellos que, a pesar de todo, hay en este mundo una franja de luz donde algo parecido a la esperanza es posible.

PDT : les  comparto enlace a una canción del músico nigeriano Batabunde Olatunji

jueves, 20 de marzo de 2014

Diablo mundo



En los diccionarios caseros y en los manuales de educación cívica nos dicen que, en su sentido literal, democracia quiere decir “gobierno del pueblo”. Por lo visto antes, durante y después de las elecciones del 9 de marzo, entre nosotros ese ejercicio parece más bien un recetario para poner en práctica en las cocinas del infierno.
Belisario, un vecino de la vereda donde vivo, me contó que le pagaron cincuenta mil pesos por su voto. Incluso me mostró con orgullo el billete, acompañado del respectivo certificado electoral. No quiso decirme quién le pagó, pero da igual : pudo haber sido cualquiera. En Colombia esas cosas son parte de la rutina. “ No tengo pensión, ni trabajo, ni familia que me ayude, así que esa platica me cayó del cielo”, añadió el viejo a modo de justificación. De esas necesidades elementales se alimentan los políticos a este lado del mundo.
Doña Clemencia, aseadora de una oficina pública, me dice que en los dos meses previos a las elecciones la amenazaron con despojarla del puesto si no recogía al menos cinco votos : los de su núcleo familiar más cercano. El domingo 9 de marzo a las ocho de la noche deambulaba presa de la angustia, ante la inminente derrota de su candidato.
“ Fue una fiesta de la democracia” dicen los voceros del gobierno cuando termina una jornada de estas. Por lo pronto, quienes hacen la fiesta son otros. Por ejemplo, María Irma Noreña, formada a la sombra del clan Merheg, celebra la llegada de su esposo Mauricio Salazar a la Cámara de Representantes. Pero además, se habla de su eventual aspiración a la alcaldía de Pereira. No importa que su paso por la gerencia de Aguas y Aguas haya estado rodeado de denuncias sobre nepotismo e irregularidades en la contratación pública. Después de todo, el olvido es uno de nuestros deportes favoritos.
A propósito de los Merehg, antes de de refugiarse a toda prisa en el Líbano de sus ancestros, el ex senador Habib le endosó la clientela electoral a su hermano Samy, hoy flamante senador por el partido Conservador. Un astuto manejo de la televisión por cable y de millonarios recursos económicos nunca explicados del todo permitieron forjar esta empresa familiar y política que se inició en el Partido Liberal, mutó hacia un engendro conocido como Colombia Viva, antes de deslizarse hacia el Partido Conservador, un movimiento especializado en negociar sus casi extinguidos principios a cambio de un lugar a la sombra de quien detente el poder.
En el café donde suelo perder el tiempo, Argemiro Campos, un abogado y economista especializado en chismografía política, afirma a toda voz que el ex alcalde Israel Londoño le endosó a última hora sus votos al mencionado Samy Merheg, a pesar de haber hecho campaña al lado del senador Soto, un cacique ahora en apuros. Ese deslizamiento sería la causa de las angustias electorales de este último. “ Y faltan datos de otras cabeceras”, grita levantando el dedo índice con el aire de un ángel exterminador.
Por supuesto no estamos hablando de nada nuevo. Es como escuchar al ex presidente Uribe perorar sobre la ilegitimidad del Congreso : como si él mismo no le hubiese dado carácter institucional a la corrupción y las componendas. Solo que es inevitable escribir sobre estas cosas para no olvidar que la democracia, al menos entre nosotros, es en realidad el gobierno del diablo.

lunes, 10 de marzo de 2014

Los años y los siglos




Aunque  lo parezca,  un siglo y cien  años no son la misma cosa. El primero da la sensación de cosa hecha, de asunto concluido.  Tanto, que se recurre a una etiqueta  para definirlo.  El siglo de Pericles.  El siglo de oro español, el siglo de la reina Victoria o el siglo de la Ilustración. De siglos está hecha la Historia con  mayúsculas, con su  profusión de acontecimientos magnificados por los expertos en   organizar el pasado. En los siglos cada cosa tiene su lugar y nada parece resultado del azar o de los sobresaltos  desencadenados por las pasiones humanas. Ese orden, siempre artificioso, es el padre de la creencia en el sentido de la Historia. Cada suceso generaría otro, en una  cadena de causas y efectos capaz de explicar  por si sola  las expresiones más sórdidas  o sublimes de la aventura humana. Con los siglos no hay, pues, apelación. Su sino es, si se quiere, el de la fatalidad. Y su reino el de las grandes masas y los líderes capaces de conducirlas hacia  la utopía  o el desastre, que al final resultan ser lo mismo
Los años en  cambio nos remiten a las pequeñas dichas y desventuras de los hombres. No hay en ellos lugar para las grandes gestas. Apenas , sí, para el ensayo   recurrente de ese relato inacabado que es toda vida. Si los siglos parecen  una amplia  autopista  hacia alguna tierra de promisión, los años se acercan más a una madeja  tejida  y destejida por alguien que aguarda su recompensa diaria expresada en asuntos tan simples e irremplazables como un beso, un adiós, una  melodía  o un plato servido en la mesa. Su territorio es el de los juglares, los contadores de historias, los poetas  o los místicos. Los años son las letras, las palabras y las frases de un relato  a veces entrañable y en otras doloroso dirigido a preservar nuestras breves  historias individuales de la disolución definitiva.
Tomemos  dos obras maestras de la literatura  latinoamericana. Imaginemos una  novela titulada Un siglo de soledad ¿Habría allí lugar para  la anónima y por eso mismo ilustrativa saga de la familia Buendía, extraviada en los meandros de la sangre  y en los caminos tortuosos de la guerra? Me temo que un siglo no sería suficiente: se  precisa del  paciente  inventario de los años para dar cuenta de ese  éxodo hacia una suerte de paraíso vuelto de revés donde todos los actos conducen hacia la desmemoria y la desolación.



Pensemos en cambio en un libro titulado Los cien años de las luces. Algo no encaja. Alejo Carpentier se hubiese extraviado en un laberinto de pequeñas anécdotas sin encontrar  la esencia de ese momento  de la historia anclado en una fe ciega en la ciencia  y la razón como instrumentos capaces de alejar las tinieblas de la ignorancia y la superstición, facilitando de paso la feliz convivencia entre los  seres humanos. No importa  si al final  la medicina resulta peor que el mal.


La elección de títulos como Cien años de soledad o El siglo de las luces no es, pues, aleatoria: responde a  la necesidad de ubicar la materia  narrada en un contexto capaz de ayudarnos a  recordar que la Historia grande está  amasada con pequeñas historias sin las cuales ni el más épico de  los relatos  sería posible.