jueves, 29 de octubre de 2015

Tocata y fuga




 “Claro que si existen glotones de todo tipo ¿por qué no glotones para la iluminación?”.
La pregunta, formulada a quemarropa por la Tortuga a Aquiles en uno de los diálogos del libro Gödel, Escher, Bach, un eterno y grácil bucle, del escritor y matemático norteamericano Douglas R. Hofstadter, cae como una cascada sobre la mente del lector y la siembra de una sucesión interminable de preguntas, como corresponde a toda gran obra, independiente de su naturaleza.
Ya en las primeras páginas el lector  descubre que está ante un libro abismal. Tan abismal como esos cuadros del  artista gráfico M.C. Escher que aparecen en una de las caras de un cubo conformado además por las fugas de Johann Sebastian Bach, los teoremas  de los matemáticos Gödel y Georg Cantor, los koanes del budismo zen, las espirales de la cadena de ADN y los códigos de las computadoras, para hablar  solo de algunas de las muchas facetas del conocimiento que van y vienen  como hormigas que al cruzarse dan lugar a un nuevo lenguaje capaz de decir cosas tanto al interior del propio hormiguero como al mundo exterior.


Aquiles  y la Tortuga son- cómo no- los mismos personajes de la célebre  Paradoja de Zenón que tanto inquietara a Jorge  Luis Borges, un hombre  obsesionado a su vez con el curioso isomorfismo manifiesto en los códigos internos de las matemáticas, la mística y la teología. Cada uno a su manera y con distintos recursos, nos habla de lo mismo: el infinito y la imposibilidad de la suma de sus partes.
Pero dejemos  tranquilo a Borges en su paraíso de libros y su infierno de espejos.   Resulta  claro que la Tortuga se refiere a Hofstadter cuando habla de  “Glotones  para la iluminación”. ¿Cómo así? ¿Un personaje refiriéndose a su autor? Se preguntarán algunos. Pues sí. El juego mental propuesto por el autor  consiste en eso: una sucesión de personajes que solo pueden avanzar volviéndose sobre sí mismos, en  un constante ejercicio de autorreferencia, idéntico al de  la serpiente  que se muerde la cola. El Ouroborus, el viejo y conocido símbolo del infinito.

                                                        Douglas R.Hofstadter

Quienes  están familiarizados con  los dibujos de Escher  recordarán sin duda la perturbadora imagen de un hombre que asciende por las escaleras  de un edificio sembrado de ángulos.  En su desplazamiento  se fija en que al otro lado desciende un hombre idéntico a él, que a su vez lo mira mirarlo. Nos encontramos  frente a la eterna imagen de los espejos enfrentados; del relato dentro del relato; de la muñeca que contiene a su vez otra muñeca. Si continuamos, tendremos dos opciones: o despeñarnos por  un precipicio  sin sima   o alcanzar alguna forma de conocimiento.


Lo que  el autor de Un eterno y grácil bucle nos sugiere en las más de ochocientas páginas de su libro es que hombres como Bach asumieron el riesgo de la segunda opción. De ese salto al vacío surgió el arte de la fuga, una expresión musical   basada  en la idea de unas notas  y tonos que al volverse sobre sí mismos dan lugar a un universo sonoro igual pero distinto. Lo mismo pasa con los números y programas de computadora que dan saltos  entre  su  cifra primigenia y el infinito, en una pirueta incesante que, miren por dónde, nos remite a la forma como funciona la información genética : moléculas  que fabrican réplicas nunca iguales a  sí mismas, pero que por eso mismo permiten la supervivencia de las especies.


Y así vamos de la mano de  Hofstadter y sus amigos: la Tortuga aficionada a los acertijos, un cangrejo proclive a los descalabros y un  Aquiles que intenta caminar sobre la cuerda floja de sus propios pavores: teme que el piso de la lógica se  quiebre en ese viaje sin retorno en el que los matemáticos persiguen la misma clase de belleza que los músicos, los poetas , los pintores y todo aquél que intenta sustraerle al mundo sus secretos... solo para descubrir que  estamos atrapados en un juego infinito  de espejos enfrentados del que intentamos escapar con ayuda de un  teorema, una pintura, un acorde  o un poema que al final resultarán solo otra imagen en el abismo sin fin de ese espejo que se transforma en laberinto cuando siente amenazados sus secretos. De  eso y mucho más se ocupa Hofstadter en su libro.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.
  https://www.youtube.com/watch?v=NEKF08t3mW4



jueves, 22 de octubre de 2015

Lugares comunes




Ustedes dispensarán, pero el domingo 25 de octubre es día de elecciones para gobiernos locales y regionales  en Colombia, y no tengo más remedio que apelar a una suma de  lugares comunes.
El primero de ellos dice que debo salir a votar. En caso contrario, no tendré derecho alguno a reclamar por la mala gestión del  gobernante elegido. Palabras más, palabras menos, estamos ante  algo así como una suerte de democracia extorsiva: si voto, me joden. Si  no lo hago, peor.
De modo que me echo  a la calle con el fin de analizar la oferta. Como abundan los candidatos, me detengo  frente a la fachada de un directorio político.  Veo que una señora mal encarada, de apellido López, aspira a ser comunera por  el Partido Liberal. Hasta allí todo normal, pero continúo la lectura  y descubro que la dama apoya para la alcaldía de Pereira al Partido de la U. Para la gobernación al aspirante Conservador.  Para  el Concejo a un militante de Cambio de Radical y para la Asamblea a uno que dice ser independiente.


Siento vértigo: ¿Qué  significará para esta  señora ser liberal?
Cuando la  encuentro y se lo pregunto, me invade el estupor.  “Ser liberal es pertenecer al Partido Liberal” me responde. Ante el tamaño de la perogrullada- o del cinismo- sigo mi recorrido y encuentro que Juan Manuel Arango, un exalcalde  que   hace cuatro años acusó a sus contrincantes de fraude, ahora  está alineado en las filas de estos últimos.
¿Qué carajos significa esto?, le  pregunto a mi madre, que me acompaña en el  recorrido.
“Es la política, mijo” responde mi vieja, lapidaria, y me deja sin palabras.
Confundido, trato de fijarme en los mensajes de los candidatos.
Juan Pablo Gallo, aspirante a la alcaldía habla de cambio. No sé cómo va a conseguirlo con los aliados  que tiene: la familia Gaviria Trujillo y media de  docena de políticos, cuál de todos más cuestionado.


En el otro frente encuentro a Israel Londoño, un exalcalde que habla de experiencia transformadora y llega a la jornada respaldado  por un  cacique en decadencia.
El otro candidato es un taxista proclive al uso de palabrotas en sus intervenciones públicas.
Por  el lado de la gobernación  las cosas no mejoran: cambio, transparencia, honestidad, repiten los mensajes,  en una cantilena gastada. Puras abstracciones y nada concreto.
 Llego entonces al segundo lugar común: el erario es un botín y los políticos intentan entrar a saco en él. Por eso abundan  los candidatos. Lejos de ser el proyecto de sociedad en movimiento de que hablara una vez el dirigente Darío Echandía, los partidos son hoy poco menos que trampolines.  Se arman y desarman dependiendo de las circunstancias: tercer lugar común.
Con ese panorama,  creo que prefiero quedarme en casa leyendo.


Pero temo ser tachado de mal ciudadano y peor demócrata.  Confundido, decido entonces que votaré por el taxista. Al  menos tiene algo concreto: un taxi y propone un asunto no menos útil: llevar  a los pasajeros a su lugar de destino.  Nos vemos el próximo domingo.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada: