jueves, 15 de marzo de 2018

La épica del fracaso





 “Yo, Nils Gugstrum, juro que si no llego a ser miembro  del club  de campo de Gory Brook antes de cumplir  los veinticinco años, me ahorcaré”.
  
Gory  Brook es un campo de golf, y Nils Gugstrum es el  ausente protagonista de un cuento titulado Una visión del mundo, incluido en la antología de relatos de John Cheever, publicada por Random House  en 2018.

En realidad, Una visión del mundo podría ser el título de la obra toda de Cheever, amasada con la materia de los más puros desastres: los de las ambiciones personales, los del contrato social, los de los atavismos religiosos y los de la competencia incesante por ascender  en la escalera de la vida económica y social.

Por eso mismo, porque sospechan que cada paso en la ruta de  su arribismo  es en realidad una aproximación  al despeñadero, las criaturas de Cheever van por el mundo  con el aire crispado de quien  presiente lo ineludible.

Los círculos de su infierno van de la alcoba conyugal a las reuniones de la empresa. De las fiestas y asados donde compiten y a la vez se reconocen en su fragilidad a los momentos de suprema soledad que solo las canciones y el alcohol pueden mitigar.



A lo largo de 861 páginas siempre encontramos a alguien  destapando una botella de vino, de whisky, de ginebra o de cogñac. Siempre hay un marido o una esposa intentando seducir a la pareja del vecino en un último intento de redención o de disolución total. En las historias de Cheever la gente espía las desdichas del vecino como una forma de consolación: si no hay algo parecido a la  felicidad en estas vidas, lo mejor es curarse las propias heridas  comparándolas con las desventuras del prójimo.

“Estoy sentado al sol bebiendo ginebra. Son las diez de  la mañana. Domingo. La señora Uxbridge se ha ido a algún sitio con los niños. La señora Uxbridge es nuestra ama de llaves. Prepara las comidas  y se ocupa de  Peter y de Louise”

¿Puede alguien imaginar una escena más desolada que un padre de familia embriagándose una mañana de domingo, el día que se supone asignado a la felicidad familiar, al hogar dulce hogar  tantas veces celebrado por el cancionero popular?



Y si: eso le pasa al narrador de un  cuento  cuyo título es en realidad una premonición: La cuarta alarma.

El hombre bebe porque ha visto   al edificio del  Sueño Americano desplomarse a sus pies… con él y los suyos adentro.

Y Cheever sabe tanto de esas cosas.  Nació en 1912, lo que  equivale a decir que se hizo grande en medio de las dos guerras mundiales , es decir, el periodo de la historia en el que la fe en el progreso, fundada por el  Renacimiento  y afirmada por la Revolución  Industrial, se hizo trizas arrastrando consigo las  ilusiones de varias generaciones.

                                                              John Cheever


Más tarde,  el escritor  fue testigo de una curiosa variación de  las aspiraciones trascendentes: el momento en que Norteamérica  redujo el tamaño de sus expectativas a poseer  una casa con barbacoa en el antejardín, un  Ford en el garaje  y una colección entera de   aparatos domésticos.

En otras palabras,  una suerte de liturgia donde la gente les endosa sus preocupaciones cotidianas a los objetos  para entregarse en cuerpo y alma a su desesperación.

Cuando ya  no resisten más, estos hombres y mujeres huyen hacia las casas de campo, a los supermercados, a los autocines, a los restaurantes, a los hoteles de paso y a los sitios nocturnos donde la  voz convulsa de  Louis Amstrong canta:  What a Wonderful  world.



Ustedes ya saben: dime de qué presumes y te diré  qué te hace falta.

Ricos, célebres, exitosos o  ansiosos por serlo, los personajes de Cheever son una procesión de almas en pena que se aferran a la fiesta,  a la botella o a la cópula furtiva como a una última tabla de salvación. Se apellidan Pommeroy, Hollis o Harley. Pero esas son solo maneras de nombrar   la épica del fracaso que surca sus vidas. Antes que cuentista, Cheever es una suerte de sismógrafo que traduce en cuentos la desventura de estos seres que siempre están repitiendo una eterna letanía prefigurada en el título del primero  de los cuentos de esta selección:

Adiós, hermano mío.

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jueves, 8 de marzo de 2018

Desnudas y en lo oscuro





Mediados por la liturgia o el carnaval, los seres humanos  siempre hemos necesitado de fechas consagradas a celebrar momentos  esenciales de la existencia que pasan invariablemente por lo sagrado o lo profano.

En ese contexto, existen actos cuya intencionalidad es manifiestamente política, en tanto apuntan a recordar momentos claves para las  reivindicaciones o expectativas de  un determinado grupo social.

Así sucedió hasta  hace pocos años con el   Día Internacional  de la Mujer Trabajadora, convertido  ahora en el mes de la mujer por obra  y gracia de los gremios  que agrupan a los comerciantes. La academia, los medios de comunicación, las organizaciones no gubernamentales y, por supuesto, las asociaciones de mujeres, destinaban ese día a recordar qué tiene de especial la fecha del 8 de  marzo en el ámbito histórico y social de las reivindicaciones femeninas, así como a la revisión de las tareas por cumplir.



Pero de un tiempo para acá, a tono con una manera de ver el mundo que todo lo banaliza y lo convierte en mercancía, el día  de  las mujeres, al menos en el caso colombiano, empezó a parecerse   cada vez más a esas fechas en las que se nos recuerda  que todos tenemos madre, padre y además nos enamoramos de vez en cuando, condición  que debemos   demostrar  con un regalo cuyo precio será proporcional al tamaño de nuestros sentimientos.

De  modo que todo cambió : los vendedores de flores y tarjetas de ocasión se tomaron  las calles- lo cual es apenas comprensible en una país donde cada vez más personas sobreviven del rebusque- las emisoras  se dedicaron a  propagar hasta el hartazgo la demagogia ginecofilica  de las canciones de Arjona y Alberto Plaza, los almacenes anunciaron promociones de tangas y, para no  quedarse atrás los moteles y discotecas organizaron  paquetes de  dos por uno, “ porque ellas se lo merecen todo”, según rezaba  el anuncio publicado en un periódico.



Como si   fuera poco, los espacios de entretenimiento en los noticieros de televisión se abrieron “para  que ellas expresen lo que sienten y piensan” animadas por las palabras  de una presentadora anoréxica.

A su vez las  cadenas de radio pusieron a disposición del público sus páginas de Internet para que los oyentes  ejercitaran ese remedo de participación ciudadana que son las llamadas al aire o el intercambio de mensajes  a través de los medios electrónicos.

Siguiendo el ejemplo del cantante  Juanes, elevado a la categoría  de “conciencia social del país” por los malabares de los grandes diarios, cientos de colombianos pusieron a prueba su  imaginación y creatividad repitiendo una y mil veces que nuestras mujeres son una chimba.



El resultado de toda esa puesta en escena  es que cada vez se habla más del lado glamoroso del universo femenino, incluidos los innegables atractivos de su desnudez, mientras se corre un velo sobre ese  territorio   oscuro donde son víctimas de la explotación sexual, de las inequidades en  materia laboral y salarial y de ese hogar dulce hogar donde sigue  siendo frecuente que se resuelva a punta de  insultos y golpes todo aquello que no nos gusta.

 Por eso, es bastante  probable que una vez curadas de la resaca de tantas celebraciones en las que abundan las serenatas de ranchenato, miles  de  nuestras   mujeres se  despierten  convertidas en símbolo viviente de la realidad colombiana de hoy : es decir, desnudas y en lo oscuro.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

jueves, 1 de marzo de 2018

Los otros fundamentalismos





 Hace muchos, muchísimos años, en mi remota adolescencia me declaré trotskista frente a un auditorio atónito  integrado por compañeros de bachillerato.

Ellos no tenían idea de quién era Trotski, a no ser que se tratara del pastor alemán de algún vecino afecto  a los perros de raza.

Porque las inclinaciones de esos muchachos- onanistas y  ruidosos- estaban, igual que las mías, por el lado de Pelé en fútbol, de Charles Bronson en  cine y, si  acaso, de Miguel Bosé en música.

La verdad, yo tampoco tenía claro quién era el tal Trotsky. Solo que, como todos los adolescentes, quería joder la vida. O hincharle  las pelotas al vecino, que diría un porteño.

Salvo esa fugaz ficción política, nunca he militado en nada: según datos suministrados por mis fuentes, el espíritu gregario me lo quedaron debiendo para otra vida.

Y como no creo en la reencarnación…

Bueno, el asunto es que siempre me he considerado un librepensador. Alguien que desconfía hasta el tuétano tanto de  gurús y profetas como de  sus seguidores.

Seguidores: ese vocablo tan caro al mundo de internet.



Ese descreimiento tiene  al menos un origen: pienso que, lejos de ser una teoría o una doctrina, el fundamentalismo es una estructura de la mente.  Incapaz de asumirse en la incertidumbre- por lo demás, lo único a lo que podemos aproximarnos con certeza-  la mente busca un asidero, una teoría,  una idea, un madero en medio del temporal. En suma, busca una verdad.

Justo en ese punto empiezan los problemas. Porque una verdad solo puede serlo si se afirma contra otras. Más aún: si anula  a las otras. Y en  ese propósito el fundamentalista no se detiene hasta constatar que esa  otra verdad ha desaparecido del horizonte con todo y sus portadores.

Hace un par de años, por joder la vida, publiqué un texto titulado Místicos del ateísmo.  Cabalgando sobre ese oxímoron quería llamar la atención sobre una singularidad: muchos ateos, lejos de manifestar una apertura mental frente a la variedad del mundo, asumen su creencia como otra religión:  profesan verdades reveladas por  la ciencia y la razón, se remiten a autores oraculares y citan libros cuasi sagrados.

Casi siempre pasan por encima de lo más obvio: que con todo y su portentosa capacidad para interpretar  y transformar el mundo, la ciencia y la razón  no dejan de ser facultades humanas.

Por lo tanto tienen límites. Más allá de ellos se extiende una infinita  línea de sombra.

Es decir, el mundo de lo inefable. Esa manifestación del espacio y del tiempo adonde solo pueden llegar la poesía, la intuición, la mística.

Esas cosas que los fanáticos de la razón no toleran.



“A este estúpido hay explicarle con plastilina que Dios no existe ¿O qué?”

“Las creencias no se respetan”

Las anteriores fueron dos de las frases escritas en la sección comentarios por quienes emprendieron la respectiva lapidación virtual, una práctica cada vez más utilizada en la red.

“Salgo a buscar la plastilina a ver si al fin entiendo”, escribí a modo de repuesta y di por terminada la controversia, que  ya llegaba al par de semanas.

Vale recordar que mi buen amigo Iván Rodrigo García, ateo confeso y devoto,  trató de  hacer una defensa de mis ideas y sufrió un destino peor: sus propios congéneres la emprendieron contra él con una sarta de palabras como piedras.

Evoco todo esto porque el pasado  14 de febrero,  Miércoles de Ceniza en la liturgia católica, ocurrió algo con el hijo de un amigo que me pide no revelar su nombre aquí, por temor a represalias.  De modo que lo llamaré el pequeño F.

Sucede que ese día, como buenos hijos de familias católicas practicantes, varios muchachos llegaron a su colegio,   El Liceo Francés de Pereira, con la cruz de ceniza pintada en la frente.

Ustedes ya saben: Polvo eres y todo lo demás.

Pues bien, durante un buen rato a  F. y sus compañeros se les impidió el ingreso a clases.

Es más: los reunieron en un salón a la espera de que las autoridades del colegio tomaran una decisión.

¿La razón? “El nuestro es un colegio laico” les  dijeron.

Según esa premisa, el laicismo es una obligación. Lo mismo que el evangelio de la ciencia y la razón para algunos ateos.   Quien no los profese corre el riesgo de alcanzar la condición de apestado.

Igual que en los viejos tiempos.

Es decir: a esos muchachos que ningún daño hacían con sus cruces de ceniza se les discriminaba en público en nombre de la igualdad, la libertad y la fraternidad, célebres premisas de  la Revolución Francesa. 


  
Cuando le pregunté a mi amigo  si a la hora de la matrícula les hicieron algún tipo de advertencia  al respecto la respuesta fue negativa.

Al final el asunto no pasó a mayores. Pero el malestar quedó flotando en el aire. Lo sucedido  a F. y sus condiscípulos es un aviso de que los otros fundamentalismos siempre están allí, a la espera del menor motivo para dar el zarpazo.

Y todo amparado en un puñado de buenas razones.

PDT :  les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada