jueves, 11 de enero de 2018

Conservadores anarquistas






Habituado a desvanecerse   durante largas temporadas,  mi vecino, el poeta Aranguren, reapareció justo el día del puente de Reyes Magos.

Andaba exiliado en algún pueblo de la costa adonde no llegan  los turistas y volvió  estrenando mochila arhuaca. Traía además una provisión de ron Tres esquinas como para aliviar  a un regimiento entero sitiado por la sed.

Y, sobre todo, regresaba con muchas preocupaciones a cuestas.

No me extraña: es su costumbre. El tipo se pierde durante meses y de repente toca a mi puerta depositando al entrar una valija siempre llena de preguntas sin respuesta.

Como si no tuviera con las  mías.



“¿Te haj fijao, compadre, en la cantidad de barbudoj tatuaoj y llenoj de aretej que van por las callej como una invasión de viejoj guerreroj maoríej?” Si hasta se hace cada vez más difícil distinguirloj. 

Me espetó a modo de saludo.

No es para tanto, viejo, le repliqué,  echando la cabeza a un lado para eludir su aliento de muchas borracheras decembrinas. Desde que la publicidad y el mercadeo controlan el mundo es cada vez más fácil uniformar a la gente, no solo en su aspecto físico, sino en sus ideas y comportamiento. Piense nada más en todos esos grupos políticos diseñados con las mimas técnicas utilizadas para lanzar una nueva marca de jabón o de papas fritas.

El hombre pensaba en toda esa legión de mujeres tatuadas, llenas de aretes, forradas en chalinas y calzando botines igualitos.

O zapatillas  Converse  blancas.

No es cuestión de géneros, insistí. Los hombres y mujeres de estos tiempos, independiente de su edad, parecen atender a uno de  esos llamados de El Partido, que en la China de Mao o en la Unión Soviética del estalinismo obligaban a la gente a vestirse de la misma manera.



Solo que ahora ya no se necesitan órdenes: basta  con un buen aprovechamiento de la publicidad.

Con la ayuda de internet, que todo lo vuelve simultáneo, inmediato y ubicuo, el trabajo se facilita.

A esa altura del diálogo, sin entender muy bien las preocupaciones de Aranguren, pensé en la parte interesante de todo esto.

¿No se supone que todas estas personas lucen así porque se sienten originales?

Entonces recordé  que el discurso de la publicidad y el mercadeo está basado en estudios  de sociólogos, sicólogos y antropólogos que analizan al detalle  la conducta humana para aislar sus motivaciones, sus expectativas, sus miedos y sus ilusiones.

Por eso todos hablan de originalidad e identidad, esos  viejos anhelos solo contradictorios en apariencia.

Originalidad: el soberbio y siempre frustrado deseo de ser únicos.

Identidad: la necesidad profunda de saberse partícipe de algo. Un grupo, una comunidad.



En este caso, la búsqueda de originalidad desemboca en un  grupo, en un colectivo o en una tribu, como les gusta decir a los expertos en ciencias sociales.

Por eso  vemos legiones por todas partes: animalistas, ecologistas, antitaurinos, graffiteros, patinadores y unas cuantas subespecies más.

Todos hermanados por tatuajes, barbas, aretes, chalinas y botines.

En su afán de ser únicos terminaron uniformados, como  si acabaran de  fabricarlos en una gigantesca planta de producción.

Y es aquí donde brota el oxímoron: con ese estado de cosas los únicos rebeldes de veras son los conservadores. Los  que se afeitan cada mañana con la obstinación de un presidiario. Los que lucen un cuerpo inmaculado   como prueba de resistencia a los embates de los tatuadores. Los que  a duras penas lucen anillos en su dedo anular. Y  los que no han sucumbido a los asedios de alguna secta.



Los conservadores anarquistas.

¡Lo tengo! Grité, entusiasmado por lo que al final resultaba tan obvio.

Pero a esas alturas Aranguren ya había sacado otra preocupación de su valija inagotable.

Algún día les cuento.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.

jueves, 4 de enero de 2018

Goles son amores






Corazón delator

Luisa y Fernando se conocieron en una de las tribunas del estadio “Alberto Mora Mora”, el legendario  “Fortín de Libaré “donde el Deportivo Pereira de Ávalos, Calonga y Colombo hizo morder el polvo a los equipos más encumbrados  de la época de El Dorado.

Aunque los clubes y jugadores que los convocaban eran mucho más modestos. En el caso de Luisa venía a acompañar al equipo del Terminal de Transportes, dirigido por Carlos Arturo  Toro, un desgarbado defensor central que jugó  varias temporadas con  el Deportivo Pereira de la primera división.

A Fernando simplemente lo atraía la pelota: el Deportivo Pereira casi nunca llegaba a las finales y la vida  se le volvía insoportable si no estaba sentado en una gradería gozando las gambetas de algún incontrolable puntero izquierdo nacido en Guapi o las atajadas imposibles de uno de esos arqueros que volaban de palo a palo, según la retórica al uso de los comentaristas deportivos.



Todavía estaban lejos los tiempos de la televisión satelital  y las opciones de disfrutar los juegos  de las ligas poderosas del mundo eran nulas.

De modo que a un enfermo de fútbol le quedaban pocas alternativas para curarse su adicción.

Una de ellas era la Copa Ciudad Pereira.

Así que los caminos de Luisa y Fernando se cruzaron una noche de martes en la tribuna principal del Mora Mora. Mientras uno de los defensores del Terminal intentaba conjurar una sucesión interminable de pases del contendor,  ellos sintieron por primera vez que algo se alteraba en el ritmo de su corazón delator.

Como en el Olaya

Corría el año  1982 cuando al dirigente deportivo Augusto Ramírez  asistió a un partido que le devolvía  al fútbol su condición de hijo del barrio. Se trataba de  uno de los juegos del “Hexagonal del Olaya” un torneo escenificado al sur de Bogotá, que convocaba a miles de aficionados durante la temporada de final y comienzo de año, cuando la liga profesional  entraba en receso.

Allí se daban cita jóvenes promesas   que apenas despuntaban a la adolescencia y viejas glorias ya  retiradas del fútbol profesional pero con el talento intacto.

Caterpillar Motors era uno de los equipos que animaban el torneo

“Esto  tenemos que hacerlo también en Pereira” se dijo  Ramírez y se la pasó dándole vueltas a la  idea en la cabeza durante el viaje de regreso. Si bien  la capital de Risaralda era una ciudad más pequeña, el fervor por el fútbol y  la cantidad de barrios donde la pasión de la pelota es casi la única opción para el uso del tiempo libre le daban fuerza a la idea.

“Nada más con la gente de Alfonso López, Kennedy, Libaré, Berlín y Corocito tiene uno para empezar”, se decía el dirigente mientras imaginaba una primera estructura para el arranque.

Luego de la inauguración del estadio “Hernán Ramírez Villegas”, ubicado en cercanías del aeropuerto Matecaña, el Mora Mora  cayó en el abandono. Las graderías se deterioraron y el césped  llegó a ser más apto para el pastoreo de vacas que para  la práctica del fútbol.

Pero si se recuperaba sería la sede natural para un torneo que, todavía en la cabeza de su fundador, ya ostentaba el nombre de Copa Ciudad Pereira.



En ese mismo año de 1982 se dio la patada inicial de un torneo que lleva tres décadas y la mitad de otra animando la vida de los amantes al fútbol durante la temporada de Navidad y Año Nuevo.

Pero el asunto va más allá de la devoción por un balón: muchas familias a las que, en principio, no les interesaba mucho el fútbol hicieron de la copa un pretexto para reencontrarse. Ya es  moneda común toparse en las tribunas del Mora Mora con risaraldenses emigrados a distintos lugares del país y el mundo durante las últimas décadas, que asisten a los partidos con la certeza de que aquí se encontrarán con amigos y conocidos a quienes no ven desde hace cinco, diez o veinte años.

Darío Arcila y Pablo Carvajal son un  buen ejemplo. El primero  está  radicado en New Jersey desde hace treinta años. Su negocio “Arcila Shoerepair” es visitado por una clientela de origen judío que reconoce en su trabajo la calidad de los  viejos artesanos ahora en trance de desaparición.

Por su parte, Pablo  vive desde hace quince años en Australia, donde  el profesionalismo de los colombianos en el campo de la construcción no tiene reparos.

Darío nació y creció en San Judas ese populoso sector que se extiende a orillas del río   Otún y  de donde cada año parten unas cuantas  decenas de muchachos a rebuscarse la vida en remotos confines de la tierra.

Pablo llegó a Pereira en compañía de sus padres en el año de 1979. Consiguieron vivienda en San Nicolás, donde su viejo llegó a ser oficial de construcción bastante solicitado por un vecindario en permanente crecimiento. De allí partió hacia Australia en 1991 invitado por unos ingenieros  contratados por una importante  compañía de ese país.

Y aquí están, reunidos por una pelota en este diciembre de 2017, treinta y cinco años después de que el equipo de Heladería Tropical venciera a la   Selección de Cuba, en una final cuyo recuerdo todavía hace vibrar de emoción  a los devotos seguidores de la copa desde su primera edición.

Te acordás hermano

Raúl  Correa, un vendedor callejero fanático de la salsa, recuerda que en la Copa Ciudad Pereira jugaron René Higuita y John Jairo Tréllez cuando apenas eran un par de adolescentes que amasaban sus esperanzas en  la selección Antioquía dirigida por Luis Alfonso Marroquín.

                                               "Chicho" Serna, al medio.

“La gente se olvida de que aquí jugó el Chicho Serna antes de pasar a Nacional  y dar el salto hacia Boca Juniors”, dice Raúl y suelta  una risotada sin dientes que despierta de su letargo a Ramón, un perro envejecido que le hace compañía en su trajinar calle arriba y calle abajo.

Pero no son solo ellos. Por  aquí también pasaron José Fernando Santa y Juan Carlos Osorio, cuando apenas despuntaban  en el fútbol. Osorio, oriundo de Santa Rosa de Cabal, es hoy el entrenador de la selección mexicana, clasificada al mundial de Rusia 2018.}

                                                Augusto Ramírez


Hoy los equipos  ostentan otros nombres: Andrés Escobar, Escuela Sócrates Valencia, Audifarma, Comfamiliar. El sol de diciembre pone a prueba las fuerzas de los futbolistas que intentan sobreponerse a los treinta grados de temperatura que se abaten sobre sus espaldas.

Entretanto, Luisa y Fernando se resguardan a la sombra en compañía de su hijo Luis Fernando, veinticinco años, Ingeniero Mecánico, ciclista, jugador de baloncesto y  practicante de  tejo, que empezó a nacer una noche de martes  en que el camino de sus padres se cruzó justo en esta gradería.

PDT : Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada