martes, 2 de junio de 2026

Personas y personajes

 



Muchos de ustedes recordarán la película donde un hombre regresa del futuro para  matar a la mujer que parirá a su peor enemigo.

Se trata de Terminator I, claro, la historia que catapultó al monosilábico actor Arnold Schwarzenegger al estrellato de una industria que idolatra la testosterona y los estrógenos a partes más o menos iguales.  Años más tarde, el siete de octubre de 2003, en medio de la paranoia desatada después del atentado a las Torres Gemelas , los californianos eligieron a Terminator como su gobernador, con la esperanza de que pudiera salvarlos de los alienígenas encarnados en los inmigrantes, el desempleo, la inflación y las pandillas centroamericanas.

No sobra aclararlo: eligieron al personaje, no a la persona, al fin y al cabo un mediocre actor que inició su carrera como fisiculturista y eso le bastó para dar el salto del gimnasio a la  pantalla, convirtiéndose de paso en uno de los pioneros de un producto etiquetado como reality show, vale decir, la realidad devenida espectáculo o  éste último convertido  en realidad, el orden es lo de menos.

Cuatro décadas  atrás, un actor igual de mediocre llamado Ronal Reagan fue elegido como gobernador del mismo estado el 8 de noviembre de 1966 y posteriormente presidente de su país el 4 de noviembre de 1980, dando inicio al desmonte del estado bienestar en alianza con la británica Margaret Thatcher al otro lado del Atlántico. El miedo al comunismo todavía se percibía en el aire y los votantes se arrojaron en los brazos de ese personaje de western siempre presto a desenfundar la Colt 45.

A pesar de que la dicotomía entre persona y personaje es un tópico milenario, la industria del espectáculo anclada en la cultura audiovisual y potenciada por internet, ha llevado las  cosas a un punto de no retorno donde  asuntos tan esenciales como la pregunta filosófica por el ser han perdido todo su sentido. ¿no han visto o escuchado a celebridades referirse a si mismas utilizando su seudónimo, nombre artístico o apodo en lugar del  humilde nombre consignado en el registro civil? ´Ucho gusto, soy El Tigre dicen que saluda el político Abelardo de la Espriella, cual si se tratara de un pintoresco Therian  de los trópicos.




Al principio, los actores se calzaban sus coturnos, sus túnicas y sus máscaras y subían al escenario donde representaban a héroes y villanos, a dioses y demonios.  El público se hacía partícipe de ese rito cuasi religioso (recuerden el sentido de la expresión misa en escena) y una vez finalizada la liturgia regresaba al punto de partida un poco más purificado, pues el personaje- no la persona- hacia el papel de exorcista en el sentido más preciso de la expresión.

Cuando la puesta en escena se convirtió en objeto de consumo y la persona fue suplantada por el personaje, la carga simbólica se diluyó para convertirse en mero entretenimiento. La representación perdió su condición de medio hasta reducirse a un fin en si misma. De ahí que el famoso se convirtiera en figura desechable que puede y debe ser sustituida cuando la excitación del público se agota.

 El asunto no pasaría de ser anecdótico si no fuera porque en la mente del consumidor de información y entretenimiento se producen estados de confusión capaces de paralizar en su origen cualquier intento de distancia crítica. Los ejemplos abundan. Cuando en el famoso salen a la luz las debilidades humanas comprensibles en cualquier mortal en el espectador suelen aflorar dos actitudes igualmente dañinas: o de incredulidad absoluta (lo que se dice de mi ídolo es mentira) o de condena sin remedio (es increíble tanta bellaquería en alguien que parecía tan bueno). Es en ese punto donde la persona empieza a cargar con el peso del personaje; una carga tan descomunal que acaba cobrándose su precio en la salud física y mental del involucrado. El abuso de drogas, sexo, alcohol y el consumo de fórmulas religiosas suelen ser la manifestación más visible de ese quiebre.




Y todo porque aparecer no equivale a ser. La manera como aparezco ante el mundo no revela mi condición primera. La pobre y frágil muchacha llamada Norma Jean Baker, asediada por el deseo de los poderosos y abrumada por el abuso de barbitúricos como herencia de una infancia atroz, no tenía relación alguna con la glamorosa Marilyn Monroe que se hizo carne en las fantasías sexuales de millones de habitantes de la tierra.

En la misma tónica, el poeta tímido y reconcentrado bautizado como John Winston Lennon había perdido  toda conexión con la estrella de rock acribillada a tiros el 8 de diciembre de 1980 por un tipo anónimo llamado Mark Chapman, ansioso por convertirse él también en personaje de pantallas y portadas. “Nothing gonna  changes my  World” cantó alguna vez John desde el corazón mismo de su extravío con toda la desesperanza de que era capaz: se  sabía extraño a sí mismo y sólo sobrevivía el personaje Lennon idolatrado por quienes ni siquiera intuían- tampoco les importaba- el abismo de su soledad.




Vueltos al terreno de la política, el siglo XXI ha sido pródigo en personajes fabricados por agencias de comunicación política y de noticias falsas que a menudo son las mismas. Con unos   espectadores pasivos y paralizados por el miedo aupado por los medios de comunicación, publicistas y expertos en mercadeo pusieron en escena la figura del bravucón desafiante con el puño siempre levantado y dispuesto a destrozar mandíbulas. Tipos como Trump, Putin, Bukele, Milei, maestros del muy criollo De la Espriella, se ofrecen al mundo como personajes de cómic capaces de vencer a legiones enteras de malvados. “¡ A luchar  por la justicia!” ladran todos a través de pantallas y redes sociales como aventajados discípulos de Superman. Amparados en ese grito de batalla salen tan campantes a destrozar prójimos disparando misiles o tomando medidas económicas. Como si se tratara de fieles devotos leninistas no se fijan en gastos a la hora de combinar todas las formas de lucha.

Los amantes del fútbol recordarán el buso utilizado por José Luis Chilavert, legendario arquero de  Guaraní,  Zaragoza de España, Vélez Sarsfield y de la selección paraguaya entre 1980 y 2004 . Llevaba estampada la cara de un perro bulldog que mostraba los dientes y amenazaba con despellejar a los rivales. Pues bien, no pasó mucho tiempo antes de que el portero fuera devorado por el personaje y se comportara como un perro guardián: insultaba y escupía rivales, desafiaba a las tribunas, injuriaba a los árbitros:  en medio de su delirio llegó a considerarse invulnerable.

Lo mismo les sucedió a los políticos mencionados en el párrafo anterior y a otros tantos de su calaña. Putin sueña con los viejos tiempos del estalinismo pero con  disfraz de capitalismo salvaje;  Trump se pintó a sí mismo como un Jesucristo redivivo que volvía a la tierra a desfacer entuertos ; Bukele declaró su propia guerra santa contra los tatuados culpables o inocentes. Por su lado, Milei declaró en redes sociales: “Soy uno de los tres tipos más conocidos del planeta” sin detenerse a pensar en el sentido de semejante frase.

A pesar de sus diferencias todos tienen algo en común: la voracidad por el poder, que los llevó a forjarse uno o muchos personajes que acabaron por tragárselos arrastrándolos hacia un agujero negro del que, bien sabemos, no hay punto de retorno.

https://www.youtube.com/watch?v=VJzTXxZ2WNo&list=OLAK5uy_nGi-fFGqWAJRw1pc_Bf2WguLjQX-CfivI&index=1


 

 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Ingrese aqui su comentario, de forma respetuosa y argumentada: