Rubén Darío Sierra Montoya, presentador del libro, lo advierte con toda
claridad:
Poco a poco las aguas negras de la educación tradicional han retomado
posesión del ambiente educativo local y nacional. La discusión y la
investigación pedagógicas son cada día más pobres… En este contexto, la obra y
el pensamiento del Maestro Humberto Bustamante emergen como un valioso tesoro
para las nuevas generaciones por la verdad que encarnan: el legado de un
mensaje ejemplar donde brillan la inteligencia, el compromiso y la creación en
el encuentro del hombre con su historia.
El libro en cuestión es La escuela amurallada y otros ensayos sobre
pedagogía. Su autor es Humberto
Bustamante Betancur, de quien resulta más preciso hablar como El Maestro,
así con mayúscula y articulo determinado: de esa dimensión es su cuestionamiento siempre renovado a un modelo
de educación esclerótico, que en lugar de estimular las mentes las paraliza,
anulando así cualquier posibilidad de abordaje crítico de la persona y su
entorno.
La escuela amurallada es el
cuarto título de la colección DesTiempo, propuesta editorial que ofrece
a los lectores una mirada panorámica del quehacer literario de una región
refractaria a su pasado y por lo tanto imposibilitada para asomarse a su
presente.
Formado como filósofo en la muy escolástica Universidad Pontificia
Bolivariana de Medellín, Bustamante opuso a ese mundo de pensamiento
vertical y de pretendidas verdades reveladas para siempre un afilado- y
afinado- aparato crítico capaz de volver las cosas de revés para exigir desde
la práctica un nuevo modelo de educación pensado para devolverles a niños,
jóvenes y adultos su condición de sujetos pensantes y creadores y no de meros
receptores de información.
La lectura empieza con una saludable dosis de ironía. En la página
veintitrés, bajo el subtítulo El mito
que funda la academia el lector encuentra esta declaración:
En repetidas ocasiones ha sido denunciado el mito que funda la academia:
“Si fuéramos a resumir un poco en plan de caricatura el papel del
estudiante en la estructura del salón de clase, se podría reducir a las cuatro
operaciones:
- Sentarse.
- 0ir
- Memorizar
- Repetir”
El mismísimo método de Aristóteles es puesto aquí en cuestión: en su
defecto, Bustamante propone y
ejemplariza hacer del aula el escenario donde todo debe ser sometido a revisión,
empezando por los pobres manuales que, en lugar de estimular la creatividad de
maestros y estudiantes, los confinan en la aparente comodidad de un mundo lleno
de respuestas y carente de preguntas. Dicho de otra manera, a un universo
estéril donde pierde todo sentido la estimulante sentencia atribuida a Sócrates
y que constituye el punto de partida de
toda posible forma de conocimiento : Sólo sé que nada sé.
Bustamante hizo suya esa idea y la convirtió en materia de su quehacer pedagógico. Su tarea como maestro en el aula, como rector y en general como acompañante de procesos de aprendizaje formales o informales fue siempre un volver una y otra vez a las claves de la mayéutica: las preguntas y no las respuestas como llaves para abrir puertas y ventanas a la comprensión de los misterios del universo. El taller fue uno de sus instrumentos preferidos. Por eso dice que:
El verdadero trabajo de taller consiste en el diálogo de la razón y la
experiencia. Lo esencial está en racionalizar la experiencia, interrogándola,
pensándola, dinamizándola, proyectándola. El proceso de cualificación de la
labor que realiza el educador se da sólo en la medida en que se dialectice la
experiencia. El espíritu nómade, insatisfecho, infatigable que se decide a
explorar, a investigar y a crear aprendiendo de lo experimentado.
Él fue- y es- uno de esos espíritus nómades que impulsó a los otros a poner
en práctica esos principios como punto de
partida y no de llegada. Independiente de la asignatura abordada (biología,
matemáticas, literatura, filosofía, química o física) el taller, en el sentido
más amplio de ese concepto, fue el escenario donde todos juntos, estudiantes y
maestros, ensayaron nuevas maneras de aproximarse a las infinitas dimensiones
de un universo siempre en expansión. Visto así, no es casualidad que el taller
literario ideado por El Maestro Bustamante en el colegio oficial Rafael
Uribe Uribe de Pereira llevara el nombre de La Fragua.
Trabajar con un taller requiere de tiempo y paciencia, dos cosas muy
escasas por estos días. De ahí la hondura de esta reflexión:
(…) vivimos en una época de precipitación, de carreras, de consumo, de
aceleración, de rapidez; la impresión psíquica de que el tiempo va más rápido: “el tiempo no alcanza”, se dice con frecuencia.
Es precisamente en estos momentos, cuando es más urgente que el educador se
procure para él espacios donde sea posible la soledad y el silencio; para
potenciar su vida interior, y descubrir lo esencial sin confundirse con el
tiempo presuroso que conduce al facilismo, a la superficialidad, a la
mediocridad y lo doméstico, fuera de sí mismos, sumergidos en medio del tráfago
del mundo contemporáneo, convertidos en una jalea humana, movidos según el
toque que se dé (…) página 59.
A propósito, hay una imagen de la película The Wall, con música de
la banda de rock británica Pink Floyd y dirigida por Alan Parker que
resume en buena medida las preocupaciones de El Maestro Bustamante: una fila de
pequeños estudiantes se ve empujada por el profesor a través de un embudo hacia
el centro mismo de una máquina de picar carne; al final, salen convertidos en
salchichas con destino a un mercado fácil de adivinar. El ideal de El Maestro apuntaba en sentido
contrario: forjar en la fragua de la educación individuos pensantes, autónomos
y capaces de derribar con base en ideas
argumentadas los ladrillos de la Escuela Amurallada.



No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Ingrese aqui su comentario, de forma respetuosa y argumentada: