jueves, 12 de abril de 2018

El fin del misterio






Por estos días he pensado  bastante en  Arhur Conan Doyle y en George Orwell.

Todo se debe a un documental divulgado en un canal de televisión por cable, en el que muestran cómo las cámaras instaladas por todas partes no solo han facilitado, sino que en muchos casos han suplantado el trabajo de los detectives.

Así, estos últimos no tienen que  preguntarse tanto por  quién es el asesino  o el ladrón como por su lugar de procedencia. El misterio devino entonces pesquisa de índole cartográfica y étnica, con toda la carga de prejuicios  que eso conlleva.

 Como ustedes saben, el primero es un escritor escocés, creador  de una saga literaria protagonizada por el inspector Sherlock Holmes, un  hombre que investigaba crímenes con la precisión lógica de un matemático. 



El otro fue un periodista y narrador inglés nacido en la India, que legó para la posteridad  literaria y política una suerte de parábola sobre un mundo en el que  todas  las vidas estarían controladas por una  divinidad  gris, despiadada y tecnocrática de la que sería imposible esconderse : El Gran  Hermano, materializado no solo en  los  regímenes totalitarios sino en la era del capitalismo digital, en la que se está interconectado y se es consumidor o no  se es nada.

La particularidad  de Sherlock Holmes residía en que una vez resuelto un misterio tropezaba con otro, en una secuencia  bastante parecida a la del método de conocimiento  científico, en el que la respuesta a una incógnita  conduce  a otra pregunta y así hasta el infinito.

En ese  misterio nunca resuelto, muchos espiritualistas, incluido el propio Conan Doyle, creen entrever el rostro de  un poder sobrenatural que  algunas veces deciden llamar Dios.

                                                    George Orwell

 
 Por su lado , aunque la visión  de Orwell  no es nueva  y echa raíces en la pregunta filosófica por la mirada de los otros que nos  vigilan y juzgan y a quienes vigilamos  y juzgamos, sí está potenciada mediante los instrumentos diseñados por el poder para multiplicar y  reforzar esa capacidad de control.

En el citado documental las cámaras instaladas por toda la ciudad- como en un guión del neorrealismo italiano-  siguen los pasos de un hombre desde que sale de su vivienda hasta que termina  apuñalando a otro a varios  kilómetros de casa.

Lo vemos abordar el metro,  devorar una  hamburguesa en un  sitio de comidas rápidas, ingresar a una ferretería donde compra un cuchillo,  subirse a un autobús y finalmente desembarcar a una cuadra del parque donde su víctima lee en las páginas de un periódico la noticia sobre un  asesinato.

Los grandes novelistas del género negro no lo pudieron haber  hecho mejor.



La policía no tarda mucho en dar con el paradero del homicida, que resulta ser un  hombre de origen  tailandés, residente en  el barrio Chino de Nueva York.  En estos dos últimos datos se hace notar el énfasis del narrador, que a su vez ha suplantado  al detective: al ojo de El Gran Hermano parece interesarle poco si el móvil del crimen es el robo, la venganza o la demencia amorosa.  Ante sus ojos  el contexto étnico del sospechoso resuelve  todo el enigma.

Al menos ese es el peligroso mensaje que nos quieren transmitir: que la tecnología lo resuelve todo y puede incluso no solo suplantar al policía sino al aparato de justicia en su conjunto. Con pruebas en apariencia incontrovertibles ¿para qué formularse preguntas engorrosas?

Y no hablo solo de la siempre  latente posibilidad de un montaje, sino de ese algo  que exigía del investigador un profundo conocimiento de la condición humana y que a ratos lo hermanaba con  el médico o el sacerdote, es decir, con personas  habituadas de suyo a detenerse en el umbral del misterio. 



Despojadas de cualquier arrogancia o pretensión de verdad absoluta, disponían de tiempo para  plantearse preguntas sobre  la condición  y las circunstancias de la víctima y del victimario. En cierto modo, todavía estaban a salvo de esa cadena productiva que exige indicadores y resultados a cualquier precio.

No por casualidad, Conan Doyle pensaba, contra toda evidencia, que el mago Houdini  poseía de verdad poderes sobrenaturales. Ese detalle le permitía dudar de sus propias  certezas y lo dejaba siempre un poco más acá de la brutal pesadilla adivinada por su casi contemporáneo Orwell.

Mucho me temo que, con todo ese entramado de cámaras que vigilan  y registran cada uno de  nuestros pasos , asistimos al principio del fin de esa clase de misterio que le da sabor y color a nuestro tránsito por el mundo, así en la vida como en la ficción. 

PDT . les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

jueves, 5 de abril de 2018

Jota Erre en las entrañas del dólar





 Por lo menos desde que los hombres forjaron el mito de Sísifo, los escritores han intentado aprehender la  esencia del absurdo, así en la vida  personal como en la historia colectiva.

La gran diferencia reside en que  William Gaddis se propuso encerrar todo el absurdo en las 1133 páginas de su novela Jota Erre, que  complementa la  desmesurada estela de Los reconocimientos y de Ágape se paga, sus otras dos obras más  reconocidas.

Cuando digo todo el absurdo  no estoy apelando a una hipérbole. Utilizando como telón de fondo la  omnipresente pantalla del televisor y como santo y seña el In god we trust que aparece a modo de mantra en los billetes de dólar,  Gaddis se consagra, como quien pela una cebolla, a desplegar cada uno de los componentes del  sinsentido  norteamericano y, por lo tanto, de la existencia toda de un mundo cuya única motivación  es la multiplicación del capital.

La economía,  la política, los medios de comunicación, el modelo educativo, el sexo, la religión, la cultura y el arte son sometidos a un ejercicio de demolición  del que al final solo sobrevive la mueca, la risa de una divinidad que juega con el mundo como una manera de  distraer su propio aburrimiento.



Esa divinidad  se hace carne en Jota Erre, un niño que controla el mundo con la ayuda de un teléfono, un lápiz y sobre todo de esa codicia sin medidas  que constituye la gran seña de identidad de los Estados Unidos.

No por casualidad sus líderes aseveran una y otra vez que no gobiernan un país sino una empresa.

Por eso, cuando necesitan iniciar a los niños en los secretos del alma nacional, los llevan a la bolsa de valores y les enseñan a especular con papeles: de esa materia está hecho el sueño americano, según lo ve la mirada implacable y lúcida de Gaddis.

En su tarea de socavarlo todo, el autor no se fija en gastos al desplegar  la inagotable dosis de humor corrosivo que atraviesa  su obra entera.

Así, para burlarse del improbable carácter trascendente del comercio sexual no duda en echar mano de un símil extraído del mundo de la física:

“Micro  Faradio, sí, eso es, el faradio es una entidad eléctrica, con la resistencia al mínimo y el campo  completamente excitado, cogió a Mili Amperio la tumbó con todo su  potencial de tierra, le subió la frecuencia y le bajó la capacitancia, sacó su sonda de alto voltaje y la insertó  en el enchufe de ella conectándolos en paralelo, y le provocó un cortocircuito en el canal…”

¿Puede  concebirse una imagen más apartada de los tópicos románticos?

Quien se propone desenmascarar el mundo  en el que le correspondió en suerte vivir no puede pararse en miramientos.



Esa decisión hermana a Gaddis con otro de los grandes de la literatura norteamericana  contemporánea: el invisible Thomas Pynchon. Los dos comparten el descreimiento y el odio feroz por el sistema de valores de una sociedad fundada en la hipocresía y la avaricia.

A esos valores  pertenece el mundo del arte y la cultura, cuya banalidad exaspera a algunos personajes de Gaddis, al punto de que ni siquiera anhelan congraciarse con  los lectores.

“Muy bien. Espero que a todos los lectores esta historia les sirva para estar prevenidos y para hacer alguna aportación a las alas del tiempo, problema, joder, es que casi todos los lectores preferirían estar en el cine. Prestar  atención, pensar algo, sacar una conclusión, problema, joder, es que casi todos los libros están escritos para lectores completamente satisfechos con lo que son, preferirían estar en el cine, llegan con las manos vacías y se van igual, joder, lo que le decía a Schramm Bast. Si les pides que hagan un mínimo esfuerzo, joder, quieren que se lo den todo hecho, se  levantan y se van al cine…”

Este  Bast es un prospecto de músico que se la pasa hablando de acciones, de especulación, de transacciones en la bolsa.  Es el típico caso del que quiere ser artista pero no está dispuesto a pagar el precio: la  soledad, el desencanto, la frustración.  Esos especímenes abundan en los libros de Gaddis, tanto como las parejas que siguen juntas porque dar marcha atrás puede ser un pésimo negocio. Para muestra, una conversación en la página 406:

-          Eres como una, a veces eres como una enfermedad, Marian, joder, eres como una enfermedad incurable que he cogido en alguna parte…

-          Tú eres tu propia enfermedad, Tom, joder- dijo ella, pasó a su lado con el vaso en dirección al pasillo y ahí, por encima del hombro de él- : Qué vas a  hacer con estos periódicos.

Esa  clase de diálogos letales es lo único capaz de   acercar a los personajes de la novela.

Letales y por completo desasidos de lo que se considera la esencia de lo humano: la ternura, la comprensión, la piedad.

Pero  no hay lugar para esas cosas en  un mundo regido por la segunda ley de la termodinámica: como en el universo físico, en Jota Erre todo tiende  hacia el caos, a la entropía.



De ahí la nostalgia de los hombres por la racionalidad, el orden: lo anhelan tanto que están dispuestos a exterminarse con tal de instaurarlo en la tierra.

Pero toda tentativa resulta inútil.

Ante lo inapelable, la única manera de aproximarse al caos, de dar cuenta de su esencia  es  a través de un lenguaje igual de caótico.

Por eso Gaddis  le tuerce el cuello a la sintaxis y edifica  su obra a través de frases  y párrafos que se cruzan, se anulan y  dan lugar  a un barullo que es igual a la vida de todos los días. Lo que algunos optimistas llaman el mundo real. Ese  donde un pistolero no tiene reparos en irrumpir en  una taberna del oeste y  acribillar a tiros al pianista, dando lugar a la conocida súplica:

No disparen, soy sólo el pianista.

“Colgada en un saloon de  Leadville, esta petición llamó la atención del arte en su madura procesión de un único individuo cruzando la nueva frontera de los ochenta donde el frágil elemento humano todavía abundaba incluso en las artes”.



Poco o nada queda del frágil elemento humano y el arte es apenas otro producto en la bolsa de  valores. Nada lo diferencia de  los papeles con los que se especula con hipotéticos descubrimientos de minerales,  con la reactivación de una  decadente empresa cervecera o con el talento de un músico predestinado al fracaso.

Poseído por el humor  sin remedio de los lúcidos, Jota Erre planea con su puñado de papeles sobre estas vidas que se desintegran y van a parar al cesto de la basura. De vez en cuando, cuando quiere asomarse al alma de su país, extrae de su bolsillo un arrugado billete de dólar y recita el mantra:

In God  we trust. 

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada



miércoles, 4 de abril de 2018

Queremos tanto a Julio


Yo, que lo he controvertido y lo controvertiré  cada vez que haya lugar, rechazo las amenazas  contra mi querido Julio Matador propagadas  a través de esa sentina del odio  que son las redes sociales.





Larga vida al rock and roll y a Matador

De paso, le dejo una canción
  https://www.youtube.com/watch?v=Mf51dikie3k


jueves, 22 de marzo de 2018

La luz herida






Muchas de las religiones conocidas aseveran que, olvidados de Dios, los hombres  se dirigen hacia el abismo. Y que solo la fe y la plegaria pueden conjurar la caída.

La caída, esa vieja idea ligada al concepto de redención.

En el mundo sin dioses las criaturas no van hacia el abismo: Ellas mismas son el abismo.

Enloquecidas por el deseo o el miedo se vuelven una y otra vez sobre sí mismas, como heridas siempre abiertas, en busca  de la luz. Del instante de sosiego que les restaure el equilibrio.

Pero  el presentimiento de la luz solo consigue ahondar más las heridas.

En realidad, la luz es otra forma de la herida. De la  doliente certeza de estar vivos.

Por esos territorios transitan los personajes de La ciudad sitiada, la perturbadora novela de Clarice Lispector. Lo suyo es esa sutil frontera entre la vida y la muerte  solo alcanzable en el mundo de los sueños. 

Ese territorio  donde la materia se hace leve y el espíritu adquiere la consistencia de la arcilla.

En ese universo, cuando los seres se preparan para la disolución los objetos les saltan al rostro a modo de salvavidas.



Ante la falta de elementos que prueben la propia existencia las cosas devienen asidero, maderos a los que aferrarse en medio del naufragio.

Aunque ellas mismas no pasen de ser apariencia, fenómeno. Lo que nos es dado a modo de sucedáneo, ante la imposibilidad de acceder a la esencia de lo que se es, pero a lo que nunca podremos llegar.

Nada  sabemos acerca de lo que somos. Por lo tanto debemos conformarnos con vislumbrar las formas  con que aparecemos ante nosotros mismos.

Dicho de otra manera: Somos nuestros propios  fantasmas.

Vista así, La ciudad sitiada es, ante todo, el reino de la extrañeza.

 Lucrécia,  el personaje de la novela de Clarice Lispector,  intuye que el día y la noche son un juego  de espejos que siempre revelan lo que no somos.

Por eso se abisma en la pura contemplación de los seres , las cosas y los fenómenos de los que se sabe simple avatar: el galope de los caballos en mitad de la noche; el vuelo de una paloma  que huye despavorida en medio de la lluvia; un sombrero arrebatado por el viento.

Siempre lo inasible. De esa sustancia está hecha la novela: de lo que jamás se podrá poseer: Es decir, de la vida.



Imposible acercarse a las páginas de  La ciudad sitiada  mediante los instrumentos convencionales. 

En realidad  Lucrécia es una sospecha y la ciudad naciente de S. Geraldo una metáfora del mundo como el lugar donde la gente espera sin esperanzas y el amor es apenas otra forma del desencuentro.

“Los seres marinos, cuando no tocan el fondo del mar, se adaptan a una vida flotante o pelágica”, estudió  Perseu  la tarde  del 15 de mayo de 192…” leemos en la página  27.

Así son las criaturas que habitan La  ciudad sitiada: flotantes. Almas en pena o a veces sin pena.

Como todos, Lucrécia quiere estar donde no está. Para ella el amor es la  simple promesa de la huida y los hombres apenas un pretexto para escapar a otros reinos.  Los únicos que pueden llevarla a una ciudad más grande. Y a otra. Y a otra. Hasta que todo  se torne de nuevo pequeño y vuelta a empezar hasta el fin de los tiempos.

Porque en La ciudad sitiada no hay principio ni fin. Aunque a veces lo parezca, como al comienzo de la novela:

“Apenas terminó de hablar cuando el reloj de la iglesia tocó la primera campanada, dorada, solemne. El pueblo pareció oír por un instante el espacio… el estandarte de la mano de un ángel se inmovilizó, estremeciéndose. Pero de repente los fuegos artificiales subieron y estallaron entre las campanadas. La multitud, espabilada del sueño rápido al que  había sucumbido, se movió bruscamente  y de nuevo reventaron los gritos en el carrusel”.

En ese breve párrafo ya está condensado todo.  La primera campanada es la de la fundación de un mundo  donde el pueblo oye el espacio y empieza a ensancharse con él. A ensancharse en él. 

Mientras eso sucede, el ángel del tiempo enciende los  fuegos artificiales y despierta a una multitud que se agolpa  a esperar su turno frente al carrusel de la vida.

¿Es posible pensar en una metáfora que resuma de mejor manera el juego eterno de la vida y la muerte?

La vida como un fuego de artificio.

La muerte como estremecimiento inmóvil.

                                                        Clarice Lispector


Lo demás son apenas nombres. Apariencias. Lucrécia Neves y los hombres: El teniente Felipe, Perseu María, Mateus, el doctor Lucas. Y está también   Ana, su madre: acaso otra manifestación de la luz herida que atraviesa las calles, las casas y las vidas de quienes  habitan en S. Geraldo,  ese pueblo que se hace ciudad y arrastra consigo una multitud de objetos (sombreros, zapatos de charol, tazas, flores, artificiales) a los que la  gente intenta aferrarse en su tránsito hacia el abismo.

Y como testigo indiferente, “un dios impersonal para quien las nubes fuesen una manera de no estar en la tierra y las sierras la manera de estar más lejos”.

Mientras eso sucede, afuera pasa un asunto sin importancia: apenas la vida.

La vida según Clarice Lispector.

PDT . les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada