martes, 9 de noviembre de 2021
Mentiras eternas
martes, 2 de noviembre de 2021
El último tren
El tren lento va partiendo
El sonido de una sirena y la humareda olorosa a carbón mineral es todo lo que sobrevive en la memoria de quienes viajaban en tren a Armenia por la ruta de Nacederos-Alcalá- Quimbaya y Montenegro. Eso y la visión de los cuerpos de hombres y mujeres que, allá abajo, disfrutaban de las aguas limpias del río, a la altura del Balneario Sucre.
En esos trenes llegaron, vía Buenaventura, los prodigios técnicos que cambiaron la vida de quienes habitaban la región: radios, discos en vinilo, victrolas, caperuzas, relojes, despulpadoras de café y medicamentos milagrosos como las píldoras de vida que acabaron por suplantar las recetas caseras de las abuelas.
De eso hace ya medio siglo, porque la máquina del tren se apagó y las orillas de la carrilera fueron ocupadas por familias que llegaban huyendo de la pobreza o de alguna de las violencias que se enseñorean de los campos colombianos cuando se descubre una fuente de riquezas capaz de atraer a una nueva horda de bárbaros. Así surgieron barrios como Nacederos, Matecaña y La Libertad, ubicados detrás del aeropuerto y del zoológico que recién se mudó al parque Ukumarí con su tropa de monos disolutos y elefantes nostálgicos. Más abajo nacieron las distintas etapas de Galicia, estimuladas por los caciques políticos, sabedores de que la llegada de los pobres trae siempre a cuestas una cosecha de votos.
En Pereira la estación central del tren funcionaba sobre la carrera trece con calles diecinueve y veinte, a un costado del Parque Olaya Herrera. Los vecinos más viejos del barrio Mejía Robledo todavía recuerdan la algarabía armada por los viajeros al subir y bajar con sus maletas de cuero, sus costales de fique y sus bolsas de plástico repletas de ropa, alimentos o chucherías compradas en el camino.
Como sucede con todo puerto o estación dignos de ese nombre, en los alrededores florecieron hoteles, restaurantes, bares, cafetines y ventorrillos de toda suerte de objetos para salir de apuros: jabones, cuchillas de afeitar, piedras para candelas, pañuelos, parrillas para asar arepas, radios y linternas. Los condones y las toallas higiénicas todavía eran cosa extraña entre nosotros.
Cuando el tren se fue para siempre, la estación se sumió en el silencio y fue ocupada por una nueva clase de desterrados que dormían bajo sus aleros, hasta que la administración municipal decidió convertirla en sede de la Biblioteca Pública “Ramón Correa Mejía”, que llegó con sus cortejo de visitantes ilustres: desde al Álgebra de Baldor y la Tabla Periódica de los elementos, hasta las sagas infinitas de León Tolstoi y Tomas Mann, pasando por voces tan vigorosas de la literatura nacional como José Eustasio Rivera, Gabriel García Márquez o Héctor Rojas Erazo, sin olvidar a los más cercanos Benjamín Baena Hoyos o Alba Lucía Ángel.
El Olaya Herrera vio entonces desfilar a varias generaciones de estudiantes que encontraron en los anaqueles de la biblioteca la información y el conocimiento indispensables para emprender el camino que la ciudad en crecimiento les ofrecía como una promesa.
De la regla y el compás
“Aquí reposan los restos del prócer por el cual esta ciudad lleva su nombre. José Francisco Pereira Martínez. Cartago, 1789. Tocaima, 1863”.
A los humanos nos gustan las exhumaciones. Es nuestra manera de entender o exorcizar el pasado. El obelisco, más bien modesto, elevado en homenaje a Francisco Pereira, está ubicado en el Parque Olaya Herrera, a unos metros de la calle 19, sobre el pasaje que lo separa del edificio donde funciona la gobernación. En la parte alta, la regla y el compás, los símbolos de la masonería, nos recuerdan que a lo largo de la historia las distintas logias han estado vinculadas al devenir de la ciudad. En la política, en los negocios, en la academia y en las artes, los masones han dejado la impronta de su cosmovisión. Los masones y los liberales. De hecho, el nombre de este parque rinde homenaje a la memoria de Enrique Olaya Herrera, presidente de Colombia entre 1930 y 1934, cuyo gobierno supuso el fin de la hegemonía conservadora.
Según los forjadores de su mitología, ese talante liberal y masón hizo de Pereira una ciudad abierta a las ideas y por lo tanto bien dispuesta a recibir a quienes llegaban de otras tierras a probar fortuna. De ahí que al territorio arribaran no solo colonos de otras regiones de Colombia sino inmigrantes desplazados por las guerras del Medio Oriente que se establecieron en la ciudad y ampliaron con su cultura y sus prácticas mercantiles el estrecho horizonte de la naciente población. Apellidos como Chujfi, Náder, Syriani, Merheg, Sefair, Gandur y Aguel se cruzaron con los raizales Jaramillo,Vallejo, Ángel y Salazar, para dar lugar a un mestizaje que desde entonces define la esencia de la ciudad.
Muy pronto, las fiestas de Pereira hicieron de ese feliz encuentro un motivo de celebración. Y el Parque Olaya Herrera resultó ser el escenario propicio para recibir las comparsas en las que los inmigrantes sirios y libaneses hacían de sus tradiciones, sus músicas y sus gastronomías toda una puesta en escena. Cuentan los cronistas que los pereiranos del área urbana y rural caminaban hasta el Olaya, animados por la idea de ver hablar, cantar y bailar a hombres y mujeres llegados de otros mundos, aunque tan de carne y hueso como ellos.
Salado de ConsotáLos caminos de la sal.
Mucho antes de la llegada del tren, el punto donde hoy está ubicado el parque Olaya fue escenario de otros encuentros. El de los comerciantes y viajeros que bajaban por la ruta del Alto del Nudo y atravesaban los puentes de guadua tendidos sobre las aguas del río Otún o subían por la pendiente de lo que hoy es la Calle de la Fundación, después de recorrer los caminos del Quindío y cruzar el río Consota. La imagen de los arrieros y sus recuas de mulas cargadas de productos del campo precedió a las flotas de camiones, buses y automóviles que se asentaron después en los alrededores de la antigua galería central, siempre en el vecindario del Olaya.
Esos viajeros aprovechaban la antigua urdimbre de senderos que conducían al Salado de Consotá, el gran epicentro de actividad económica ubicado cerca a lo que hoy es Caracol- La Curva, que durante los tiempos de la colonia mereciera especial atención por parte de la corona española.
La actual calle diecinueve se desarrolló sobre el camino que unía los ríos Otún y Consota. No es difícil imaginar el desfile de hombres y bestias recorriéndola con su carga de víveres y productos de pancoger. Su destino eran las pequeñas parcelas y algunas grandes haciendas hoy urbanizadas pero que entonces se antojaban remotas. En los potreros que luego se convirtieron en el Parque Olaya improvisaron kioscos para tomar la merienda, refrescar las bestias y cerrar negocios. De vez en cuando un arriero desenfundaba la guitarra y animaba la velada con pasillos que hablaban de montes borrascosos, ríos turbulentos y hembras indómitas. En el fondo, esos hombres no estaban muy lejos de los muchachos que hoy se reúnen en el parque Olaya Herrera a contarse sus cuitas, a fumarse sus porros y a enamorar chicas al son de unos versos de Enrique Bumbury.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=19IqBjBo3Ro
miércoles, 27 de octubre de 2021
De los muertos
DE LOS MUERTOS
Fotografías en sepia
de los eternamente jóvenes
tiempo suspendido en las ventanas
rumor de huesos en la madrugada.
Una fuga de Bach
un bandoneón
un solo de guitarra de Jeff Beck
en el tejado.
Palabras nunca dichas
que vibran en el aire
con alas de murciélago.
Rincones jamás visitados por la luz.
Cenizas en los párpados:
un soplo apenas
y se desvanecen
dejan de ser memoria.
Pereira, septiembre de 2021. Segundo año de la peste.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=dbbtmskCRUY
martes, 19 de octubre de 2021
Robert Musil : la morada del hombre
La corriente del tiempo es una corriente que arrastra sus propias riberas.
Hay que negarse a todo aquello en lo que no se pone toda el alma.
Un hombre sin atributos no dice No a la vida, sino: Todavía No
Robert Musil
El río del tiempo
Desde Heráclito el río es la más socorrida metáfora del tiempo. El incesante fluir de los minutos es el agua que renueva a cada instante el contenido de la vida, en si misma una secuencia de momentos a menudo desconectados entre sí, según lo ha venido a demostrar la neurociencia.
Es ese discurrir de acontecimientos, que parecen sucederse sin cesar, lo que produce la sensación de que algo real está sucediendo. A esa sensación le llamamos Historia.
Entendidas así, las crisis personales y colectivas, lejos de ser algo negativo, son la compañía natural de todo lo humano. Un mundo sin crisis sería como el agua estancada en la que toda forma de vida está destinada a la degradación.
Todo tiempo es, entonces, una forma de la crisis. En los individuos lo son el nacimiento, la infancia, la juventud, la edad adulta, la madurez, la vejez y su desenlace natural: la muerte como engarce que cierra el círculo y le da sentido a todo lo demás al devolvernos al origen, al fango primordial.
Igual pasa con las sociedades. Su devenir marca una curva que va de su irrupción, su crecimiento, su momento de apogeo y su posterior declive para dar lugar a nuevas formas políticas, económicas y culturales.
Ahora bien, en la práctica nadie puede trazar una frontera entre ambos mundos. Las personas viven inmersas en sus pensamientos, obsesiones y creencias sin desligarse del entorno histórico en el cual les corresponde nacer y vivir. La sociedad incide así en las expectativas y decisiones de la gente, al tiempo que ésta empuja el curso de los hechos, dependiendo de su grado de participación en lo público.
En ese cruce de caminos surge lo que se suele llamar “ El espíritu de la época”
Para el creador de la novela, que además es autor de Tres Mujeres y de Las tribulaciones del estudiante Torless, el mundo está organizado de tal manera que las personas son unas en la vida pública y otras en la vida privada. Sin embargo, no hay una escisión total. Esos mundos se conectan a través de pasadizos secretos explorados por la ciencia, el arte, la sicología, la poesía, la religión, la sociología y el folclore. De igual modo, en los imperios los pueblos ofrecen un rostro ante el poder central, mientras en las profundidades se agitan las diferencias de lenguaje, creencias, intereses, costumbres y cultura.
La obra como prisma
En ese sentido, Musil construye la novela a modo de prisma que integra y separa a la vez esos mundos, permitiéndole al lector una mirada , en perspectiva y en profundidad, del “ espíritu” del Imperio Austrohúngaro en su momento de declive, es decir el del paso del feudalismo a la burguesía, abordado por escritores contemporáneos suyos como Franz Kafka, Joseph Roth, Stefan Zweig, Romain Rolland, Thomas Mann y Heimito von Doderer , empeñados también en la tarea de desentrañar las motivaciones últimas de una sociedad que asistía a la disolución de sus antiguos valores mientras acometía la dolorosa tarea de edificar otros nuevos.
Con el fin de hacerse a un eje, el escritor nos propone un momento histórico: la celebración del jubileo de Su Majestad Francisco José, emperador de Kakania ( nombre que se utiliza en el lenguaje coloquial para designar el imperio). El soberano lleva más de sesenta años en el poder, lo que para sus áulicos exige una celebración de profundo sentido simbólico, que resuma ante su pueblo la idea de lo inmutable. Con ese fin se constituye un grupo de personas representativas de distintos sectores del poder, que intentan agrupar tendencias disímiles alrededor de un evento bautizado como “ La acción paralela ”. Entre esas personas se cuentan, en primer lugar, el mismo soberano, cuya presencia invisible se siente todo el tiempo a la hora de la toma de decisiones. En segundo término encontramos a Diotima “ Una mujer cuya belleza es sólo comparable a su estupidez”, que sin embargo en su medio se erige símbolo de las fuerzas de la naturaleza y de los valores de la cultura. Es la sensual esposa del influyente funcionario Tuzzi, cuyo magnetismo atrae a su alrededor un grupo de hombres y mujeres movidos a partes iguales por el deseo y la admiración.
El emperador Francisco JoséA ellos se suman el general Von Stumm, el empresario y escritor Paul Arheim, encarnación del puente entre los mundos del espíritu y la materia, caro a la reflexión propuesta a lo largo de la novela. También encontramos a Walter y Clarisse, errática pareja anclada en la vieja idea del arte como forma de redención. Está el asesino Moosbrugger, capaz de concitar simpatías entre quienes lo ven como el elemento transgresor necesario para restaurar el equilibrio en cualquier sociedad. A modo de materialización del poder se nos presenta al conde Leinsdorf. Él y Diotima son los dos planetas que garantizan el movimiento de las fuerzas gravitacionales presentes en el salón donde se proyecta el futuro de Kakania, un reino sin grandes mitos aglutinantes, por ser “ el primer país al que Dios le retiró el crédito”.
En el salón de Diotima, epicentro de las reuniones, esas fuerzas cobran a la vez la forma de un llamado a la paz, para la que se necesita una suerte de estado supranacional, al tiempo que se incuba una conspiración pangermánica contaminada de antisemitismo y presentida por la diversidad de pueblos que conforman el rostro visible del imperio. Era tanta la ebullición, que uno de los asiduos asistentes, poseído por el impulso de su propia retórica y achispado por el alcohol ( “El whisky era oro líquido y calentaba como el sol de mayo”), se refirió a esa casa como “ Un crisol de ideas”
Al fin y al cabo, las ideas, creencias y prejuicios no son mas que el vestido usado por los humanos para disimular que van desnudos por el mundo.
Y está , por supuesto, Ulrich , “ El hombre sin atributos”. Es el portador de las contradicciones de los tiempos. Es alguien que ya no sabe quién es. Entre la crepuscular aristocracia y la naciente burguesía resume a veces al estado del alma de los pueblos unidos de manera artificial por el imperio. El narrador intenta una imagen para definirlos: “ Un roedor que no sabe de si mismo si es una ardilla o un lirón; un ser que no tiene idea de su esencia, está expuesto a sufrir en circunstancias determinadas un irremediable ataque de miedo ante la sorpresa de su propia cola”.
Imperio AustrohúngaroSu condición errante lo hace atractivo ante las mujeres. Lo ama Bonadea, lo ama Gerda, hija del funcionario de banco Fischel, convencido de que la cordura sólo se adquiere en contacto con la realidad. Lo ama Clarisse, que al final de la novela desnuda su pensamiento, ante la imposibilidad de desnudar su cuerpo.También lo aman Diotima y su criada Raquel. Cada una a su manera, se enamora de una faceta distinta de ese hombre que avanza a contracorriente entre un grupo de personas que persiguen la quimera del absoluto, se encuentre este en el arte, en la guerra, en la política o en el dinero: en un mundo sin Dios todos los caminos son posibles. Si tal cosa es deseable- y alcanzable- podría decirse que sumando las partes de Ulrich intuida por cada una de ellas se puede forjar el todo de un hombre del que pueda afirmarse que expresa el ser de su tiempo.
Ajeno a esos anhelos , Ulrich da bandazos en “una dudosa época que califica de genial tanto a un músico o a un científico como a un caballo o a un futbolista”. De esa medida es la confusión en unos tiempos que han perdido los viejos valores sin hacerse todavía a unos nuevos. ¿ Es elogio del caballo o desprecio del científico lo que alienta en esa frase?
Por eso la burguesía profesa de un lado la religión de la técnica y lo nuevo, mientras del otro trata de copiar los modelos feudales: la sofisticación de los salones, el valor de las obras de arte como elemento diferenciador, la guerra y los símbolos marciales en tanto garantes de la inmutabilidad del poder terrenal – “ Para los hombres de armas el orden se transforma en necesidad de matar”-, así como el cambio incesante expresado en las más diversas modas que afectan por igual el mundo de la ropa y la cultura.
Los protagonistas emprendedores de la la Acción Paralela transitan en ese terreno inestable y tratan de asirse en lo privado al ancla de las emociones y en lo público a la estela de las ideas. De ahí las citas permanentes, tanto de la poesía y el arte, como de los credos políticos. El salón de Diotima- que es a la vez la casa de su esposo, el funcionario Tuzzi- es un hervidero de tendencias que chocan y a la vez se enriquecen. Atada a su hermosura y a un conveniente barniz cultural, su vida gravita entre la tentación del adulterio como afirmación de autonomía y la culpa impuesta por atavismos religiosos y sociales. Ella ignora que el adulterio bien llevado es en realidad el mejor aliado de la institución matrimonial. Eso permite que el viejo conflicto entre vicios privados y virtudes públicas vuelva a aflorar aquí. Ulrich lo sintetiza así: “Uno no sólo soporta corporalmente a su semejante, sino que también lo puede palpar hasta estremecerse, por decirlo así, bajo sus enaguas psicológicas”.
De ahí el carácter frágil y provisional sobre el que se asientan los sistemas que moldean la vida pública y privada. Vista así , “ la vida ordinaria es el término medio de todos los crímenes que podemos cometer”. Por eso mismo Ulrich se atreve a exclamar: “¡ Leyes de la personalidad! ¡ Como hablar de una corporación sindical de serpientes luminosas!”
La morada del hombre
Para Musil, lejos de ser algo perjudicial, esas contradicciones constituyen la morada del hombre. Para apropiárselas y convertirlas en agente vital, se apela a viejas convicciones como aquella de que la mujer debe acoger dos veces al hombre: primero como amante y luego como madre. No es casual entonces que el centro de la Acción Paralela sea una mujer como Diotima, en un mundo sólo en apariencia gobernado por el sexo masculino.
La inestabilidad propia de cada época- empezando por la de la decadencia del Imperio Austrohúngaro – conduce, en El hombre sin atributos, a convicciones como esta: “ De tiempo en tiempo, de era en era, el mundo necesita de hombres que se resistan a coquetear con la mentira”. Contra toda apariencia, a esa condición pertenece Ulrich. Su desasimiento dista de ser apatía: es apenas la apariencia de quien sospecha la mentira detrás de la máscara de solidez y respetabilidad burguesas. Está tan necesitado de amor como todos los humanos, pero lo abruma la incomunicación. “… Para el espíritu moderno, para el que construir puentes sobre los océanos y los continentes es un juego, nada resulta tan imposible como tomar contacto con las almas que viven a la vuelta de la esquina”.
Sometidas a la incertidumbre y al vaivén de los acontecimientos, las personas tratan de aferrarse a los ideales, algo inasible por definición, sobre todo porque: “ Los ideales tienen extrañas propiedades, entre otras la de transformarse en su contrario cuando se les quiere seguir escrupulosamente”. Esa característica conduce por vía directa a la vieja y conocida tentación de los filósofos que: “… Son opresores sin ejército. Por eso someten al mundo de tal manera que lo cierran en un sistema” Pero la naturaleza del mundo no se inclina hacia los sistemas sino hacia la entropía, como lo propone la Segunda Ley de la Termodinámica: en el campo puramente humano, la entropía se traduce en el desorden de los sentidos, en las turbulencias de la sangre que conducen a la locura y al crimen, a la desmesura del poder y a la barbarie de la guerra.
Al hombre sin atributos le asisten, pues, serias razones para mantenerse apartado de los sistemas y sus formas humanas. Sabe que “ En el mundo no hay nada urgente… salvo la necesidad de apartarse al excusado”. Con tal convencimiento esa clase de hombre puede tomarse su tiempo. Esa capacidad es confundida a menudo con indolencia por los llamados “hombres de acción”. Diotima sabe comprender muy bien esa particularidad cuando reflexiona: “ No hay hombres de razón y de provecho en estado puro. Cada uno entra en la vida con alma viva, pero la monotonía de la existencia lo cubre como la arena cubre los obstáculos del desierto, las pasiones vulgares caen sobre él como un incendio, y luego el mundo gélido causa en su ser la frigidez..”.
Lejos de ser un derrotado, el hombre sin atributos es tan indómito como los primeros ángeles caídos. Por eso resulta tan atractivo para admiradores y contradictores. Diotima- que además es su prima- participa por igual de la simpatía y el rechazo hacia Ulrich. En ese ir y venir, se le hace inevitable la comparación con su marido Tuzzi y con su siempre potencial amante Paul Arheim: “ El ser humano debería vivir donde mejor pueda desarrollar sus facultades. Donde mejores posibilidades tenga. Pues sólo así es posible el mayor incremento de vida para todos”.
Robert MusilEl crepúsculo de Kakania
Mientras los protagonistas se debaten entre incertidumbres y anhelos, Kakania, el viejo emperador y la Acción Paralela siguen su marcha. Serbios, checos, polacos, friulanos, croatas, rutenos y valacos, sometidos sólo en apariencia al poder central, atrapados en las fronteras de una nación artificial, alientan cada mañana sus aspiraciones de autonomía, aunque se trate sólo de la ilusoria autonomía ofrecida por los credos políticos y sus caudillos .
En las últimas páginas del libro acompañamos a Ulrich y al conde Leindorf, que contemplan desde la ventana del palacio de este último el avance de la masa vociferante, que protesta contra algo o contra alguien, incapaz de precisar los contornos de ese enemigo inefable. Sólo que lo necesita en tanto fuerza motriz de sus acciones. Su empuje ciego desembocará en una revolución, que no tardará en derivar hacia una reacción. Qué más da: esa es la fatalidad que anima los movimientos sociales.
La Acción Paralela podrá quizás celebrar el jubileo del emperador, pero no podrá detener el desvanecimiento de los ideales y mucho menos los embates de la gran guerra que se apresta a arremeter sobre el cuerpo de un reino enfrentado, como todos, a la inminencia de su propia disolución. Después de todo, como se lo plantea Ulrich en sus pensamientos finales: “ La comedia humana es interpretada por malos actores”.
PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada: https://www.youtube.com/watch?v=940dNX5zHEU
lunes, 11 de octubre de 2021
Cápsulas para el insomnio
miércoles, 6 de octubre de 2021
Guadalupe y El oso
Salvados de las aguas
Hace veinte años la quebrada El Oso arremetió con furia en un invierno artero y dejó anegadas las casas de 1200 familias en los barrios Los Cristales, La Habana, Santa fe, La Acuarela, La Isla, San Felipe, Guadalupe, Santa Inés y Los Sauces, todos ellos ubicados en la Ciudadela Cuba de Pereira.
Era una advertencia para los vecinos que habían convertido su cauce en un basurero: sillas, mesas, colchones, juguetes, estufas y toda suerte de enseres domésticos dados de baja iban a parar a sus aguas.
Como sucede siempre, la tragedia hizo visible la existencia de esas barriadas que empezaron a crecer en los años sesenta del siglo XX, impulsadas por la inmigración de campesinos llegados de los municipios de Caldas y del Norte del Valle.
Para la época, la quebrada discurría apacible entre fincas ganaderas y cafeteras hasta desembocar en las aguas del río Consota.
Era frecuente ver familias enteras bañándose en sus aguas limpias y preparando el sancocho para la prole en sus orillas.
“Todo empezó a complicarse cuando la gente empezó a sacar piedra y arena para construir su casa. Como eso se hacía sin cuidado, empezó la erosión y con la llegada de las lluvias era inevitable que la quebrada se desbordara”, dice don Miguel López, un campesino llegado de Apía a finales de los años cincuenta, en los días más duros de la violencia entre liberales y conservadores.
El rugido del oso hizo que muchos pereiranos se enteraran de su existencia. Aunque suene difícil de creer en una ciudad tan pequeña, miles de personas supieron de los nombres de estos barrios cuando la noticia de la inundación apareció en la primera página de los periódicos. Así de fragmentados estamos. Así de indiferentes vivimos.
Y eso que las cifras son elocuentes: más de doscientas mil personas, es decir, la mitad de la población de Pereira, ocupan este vecindario donde reinan los ritmos caribes y donde los futbolistas se dan silvestres.
Hay todavía más: desde los años setenta del siglo anterior los cubiches- es decir, los nativos del barrio Cuba- no han parado de emigrar hacia distintos lugares del mundo.
Don Miguel, pensionado de las Empresas Públicas, está sentado en una de las bancas del Parque El oso, un centro recreacional dotado con piscina y canchas múltiples, que sirve de punto de encuentro y uso lúdico del tiempo libre para los habitantes del sector.
“Antes de su construcción la gente no tenía un lugar sano para divertirse. Ya no se podía ir al río, por la contaminación y la suciedad o por los malandrines que daban vueltas por ahí quitándole a la gente sus cosas. De modo que El Oso es para nosotros símbolo de tiempos muy difíciles en el pasado, antes de que se construyeran las obras de mitigación, pero también de cosas bonitas en el presente. Aquí vienen los padres con sus niños; llegan los enamorados y sirve también para que mucha gente se gane la vida vendiendo refrescos, artesanías, juguetes, golosinas y tomándose fotografías”.
Si señores: en tiempos de teléfonos celulares y cámaras digitales, algunos hombres sobreviven tomando fotografías en viejas cámaras que se resisten al olvido.
Con regusto a trapiche
Con un clima parecido al del vecino Departamento del Valle del Cauca, el sector de Cuba albergó trapiches y plantaciones de caña de azúcar que se extendían hasta el sector de Llanogrande. Fue aquí donde vino a parar en 1947 un puñado de fugitivos de La violencia.
Y entonces comenzó todo.
En una corriente ininterrumpida llegaban las viudas y los huérfanos de la guerra. En cambuches de esterilla se hacinaban hasta veinte personas. Ante el tamaño del drama, el alcalde de la época, Emilio Vallejo Restrepo, gestionó ante el Instituto de Crédito Territorial un plan de vivienda por autoconstrucción. Corría 1960 cuando se entregó el primer lote y un año después se formalizó la fundación. Por supuesto, no se contaba con los servicios básicos, pero eso poco importaba: se trataba de tener un techo donde protegerse del frío y la lluvia.
Las aguas negras de todos esos desesperados iban a parar al cauce de El Oso.
Así que la quebrada tiene sus razones para enfurecerse de vez en cuando.
O al menos así lo entiende don Miguel mientras hace memoria sentado en su banco del parque.
“Estábamos a siete kilómetros del centro de Pereira. Es decir, en otro planeta. Para llegar al centro de la ciudad teníamos que caminar hasta la estación del tren, en Nacederos. Tuvimos que trabajar mucho, hasta que al fin logramos que entrara el primer carro de Superbuses. Prestaban el servicio en una jornada de cinco y treinta de la mañana hasta las seis de la tarde. Así que durante toda la noche quedábamos varados. Pero ya era algo”.
Bajo el ala de san Francisco.
Con el sol de las dos de la tarde escociéndoles las espaldas, los viejos habitantes de Cuba añoran el antiguo parque ubicado a un costado de la iglesia de San Francisco. Antes y después de la misa dominical era el punto de encuentro de los campesinos llegados de Altagracia, Arabia, San Joaquín y el Cardal. Bajo la sombra de sus árboles se tejieron noviazgos y se pactaron negocios para cuyo cumplimiento bastaba la palabra.
Todos sin excepción recuerdan con gratitud al padre franciscano Fray Arturo Calle Restrepo. Aparte de ejercer su ministerio religioso, fue el fundador de la Cooperativa de Ahorro y Crédito, La Junta de Acción Comunal y La Juventud Franciscana, entre otras organizaciones que sirvieron para darle rumbo a una comunidad dispersa y todavía marcada por el miedo.
Y por eso el traslado de la iglesia de guadua al lugar que hoy ocupa fue considerado como una segunda fundación de Cuba. Fue en 1963, el año del centenario de la ciudad que todavía los ignoraba. Después de una jornada dominical en la que las manos se multiplicaron para acarrear materiales, a las cuatro de la tarde las campanas llamaron a misa. La iglesia de San Francisco y el parque contiguo tejerían juntos su historia a lo largo de casi medio siglo.
El llamado de la negra
Por esas razones los cubiches de la vieja guardia que crecieron alrededor del viejo parque todavía no se acostumbran al piso duro y a las sillas incómodas de la plaza Guadalupe Zapata.
“Es poco acogedor. No tiene sombra”, se queja un señor con pinta de oficinista, de paso hacia la estación del Megabus.
“El encanto del viejo parque residía en su pequeñez, en sus árboles que le daban un ambiente íntimo” dice una profesora de la escuela Juan XXIII, ubicada en el vecindario.
“Esto es un lugar para conciertos y espectáculos. No para sentarse a conversar”, tercia un estudiante de música con su clarinete en bandolera.
De cualquier manera aquí está. La plaza Guadalupe Zapata, bautizada así en honor a una mujer negra que se cuenta entre los primeros habitantes de Pereira.
Aunque los historiadores todavía no se ponen de acuerdo. Unos defienden su papel central en la fundación de la ciudad. Otros, como Alfredo Cardona Tobón, le restan protagonismo y aseguran que su rol fue poco menos que anecdótico.
Plaza Guadalupe ZapataDe cualquier manera, don Miguel López prefiere atrincherarse en sus recuerdos que lo devuelven a unos tiempos marcados por la influencia de la Revolución Cubana. Esa es la razón por la que algunos de estos barrios se llaman Leningrado, La Isla o La Habana.
Debe ser por eso que en este sector gustan tanto la salsa, el son y el ron.
O al menos eso piensa don Miguel mientras se pasea entre El Oso y Guadalupe.
PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=trbXhB8RMYQ
viernes, 1 de octubre de 2021
Nuevo libro de Gustavo Colorado
El jueves 7 de octubre de 2021, a las 7:00 pm, en desarrollo de la Feria Paisaje Café y Libro de Pereira , la editorial El editor presenta el libro de ensayos breves La horda digital, de Gustavo Colorado Grisales.
Estos son los datos de contacto de la editorial:
Teléfono móvil de Sebastián Castañeda: 3137604841
Correo electrónico : eleditor.col@gmail.com
La horda digital es un libro de ensayos breves, que recoge textos publicados a lo largo de la última década. En ellos el autor emprende un viaje de ida y vuelta que va de lo local a lo global, siempre con una mirada crítica de los acontecimientos. El mundo gestado por internet, la política, el fútbol, la música y las estampas de ciudad cruzan cada una de sus páginas en una suerte de caleidoscopio que le permite al lector vislumbrar algunas claves de la cultura contemporánea.
Fiel a la voluntad de síntesis implícita en el ensayo breve, el libro renueva de principio a fin el necesario diálogo con el lector, imprescindible para hacer de la página escrita una forma de conocimiento propio y del mundo.





























