jueves, 23 de septiembre de 2010

La muerte del viajero



Si hemos de creerles  a los estudiosos de la historia del pensamiento, hace muchos siglos los hombres-reales o inventados- partían  hacia tierras lejanas, no tanto por conocer otros lugares y personas, como por encontrarse a si mismos. Eso explica que Ulises, Heracles, Jasón, Alejandro de Macedonia, Adriano, Marco Polo o Antonio Pigaffeta, alentados por la imaginación de los poetas, adquirieran dimensión simbólica como resumen de los sueños colectivos. En tanto la aventura del viajero  era menos geográfica que espiritual, sus  peregrinaciones  tuvieron un componente iniciático que duró hasta dos centurias atrás.
Sin embargo, en etapas sucesivas, el siglo XX le expidió acta de defunción a la figura del viajero como emblema de inquietud y conocimiento, reduciéndolo a una especie de funcionario movido por fuerzas que nada tenían que ver  con el espíritu inicial.
Primero fueron los viajantes de comercio, nacidos al ritmo de la Revolución industrial, cuya tarea era llevar los prodigios de la naciente sociedad de consumo a los rincones más apartados. En realidad, lo único que los acercaba a sus predecesores era una que otra aventurilla erótica con amas de casa aburridas o con adolescentes dispuestas a correr riesgos para quitarse de encima el lastre de la virginidad.
Luego llegaron  las agencias de viajes y, con la ayuda de un descubrimiento como la fotografía, se inventaron una nueva  especie de consumidor que  ya no compra y desecha objetos reales o simbólicos, si no paisajes y monumentos : el turista, una criatura mutante que siempre viaja al fiado y va por el mundo orgullosa de sus tarjetas de crédito y de sus cámaras digitales de video y fotografía en las que, incapaz de recordar nada, registrará todo lo que encuentre a su paso. Para que no queden  dudas,  lleva siempre a mano su seguro de vida y su tarjeta de vacunación contra plagas tropicales, de modo que lo único capaz de acercarlo al vértigo y la incertidumbre de los viejos  aventureros sería el  asalto de una pandilla juvenil en los extra muros de alguna ciudad del tercer mundo, que ya casi es el cuarto.
Y entonces fue el advenimiento de Internet, esa suerte de divinidad laica que está en todas partes y en ninguna, cuyo  primer efecto visible  fue despojar muchas cosas de la vida de su valor más preciado: El misterio, como bien lo deben saber los camarógrafos de Discovery Channel y la National  Geographic. Ya   lo dijo  Indiana Jones , con su filosofía simple  y certera, capaz de conmover al mismísimo Harrison Ford: “Sin misterio  no hay  aventura, y sin aventura no hay vida”. Por  eso  es tan fácil entender a esos  adolescentes japoneses, saturados de información y solitarios hasta la desolación, encerrados   en sus cuartos y conectados al mundo a través de los finísimos hilos de la web, sobreviviendo a base  de comida chatarra y a lo mejor añorando sin saberlo unos tiempos cuando los hombres partían  sin otro equipaje que la curiosidad y atravesaban mares tormentosos, para regresar muchos años después con un montón de noticias sobre los seres que habitaban al otro lado del mundo.

2 comentarios:

  1. Saludos maestro!... :)
    maravilloso texto... seguiremos viajando por las redes... en cuestión de nanosegundos! :D

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  2. Como siempre, muchas gracias por aceptar el diálogo, amigo Trejos.

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