viernes, 30 de diciembre de 2011

La parábola de los Nule

Como la  temporada de fin de año es bastante pródiga en simbolismos religiosos, la proverbial justicia colombiana no se quedó atrás y nos regaló una joya  digna de ingresar a la Historia Universal de la Infamia urdida por Jorge Luis Borges. Se trata de la Parábola de los Nule, una suerte de parodia del lenguaje bíblico, que en esencia dice así: Bienaventurados los ladrones, porque de ellos es el reino de la  impunidad.  Lindo mensaje para estos días en  que la gente es de por sí proclive a la sensiblería: Familia que roba unida  permanece  unida.  Así  en los estrados de los jueces  como en los paraísos fiscales del mar Caribe, tan apetecidos por los corsarios a lo largo de la historia.   El mensaje  no puede ser más funesto para una sociedad que trata de inventarse una parcela de dignidad en medio de la  corrupción sin límites como propósito de vida. De  modo que entiendo su desaliento, amigo lector, después de escuchar que los jueces colombianos, tan rigurosos para aplicarle el peso de la ley a un raponero de esquina, sentenciaron a siete años de cárcel, susceptibles de rebaja, a los juiciosos  hermanitos que saquearon a su antojo el patrimonio  público, con la complicidad de funcionarios venales, mientras fungían como  prohombres en las páginas de las revistas de finanzas  y farándula.
¿Dije  cárcel? Mil disculpas por la exageración.  Es casi seguro que  pagarán sus irrisorias penas en espaciosos salones  dotados  de televisión por cable y aire acondicionado, mientras afuera  sus familiares, socios y cómplices seguirán administrando los bienes  oficializados con presteza a nombre de terceros. Para  completar  esta lección de cinismo,  los contratistas estrella de los últimos diez años,  se apresurarán a tomar cuanto curso se inventen las autoridades carcelarias para que puedan sumarle meses  a la rebaja de pena por estudios  y buena conducta : Origami, meditación trascendental,  repostería,   Play Station , acrobacia,  contabilidad  por  partida doble, confección de peluches y cocina vegetariana.  De ese modo,  a la vuelta de treinta  y seis  meses los colombianos podremos contar de nuevo con su infinita sapiencia  para administrar como se debe las locomotoras del desarrollo planteadas  por el actual gobierno. Nada  de qué preocuparse, al fin y al cabo: solo la minería  dejará billones de pesos para que los herederos de Alí Babá puedan seguir haciendo de las suyas.
De modo que si usted , idealista consumado a pesar de todas las evidencias,  todavía se empeña en educar   a  los suyos en principios tan  arcaicos como la decencia, la dignidad, el respeto a la palabra empeñada  y el carácter intocable de los recursos públicos, le sugiero  que se invente la siguiente fábula para que su proyecto no se  eche del todo a perder :  En realidad los Nule son unos humildes pastorcitos abandonados por su parentela, que un día vieron una  estrella tiritando de frío en el cielo, en la  que de pronto, asaltados por una luz cegadora,  pudieron leer  la palabra contratación. Así que emprendieron una peligrosa  travesía desde las arenas calcinantes de la costa atlántica hacia un paraíso situado 2600 metros más cerca de las estrellas. Ayudados por una caravana    de contrabandistas de incienso, mirra y oro, expertos en construir  autopistas para camellos reumáticos, llegaron  a una urbe ruidosa en la que las únicas estrellas eran las  trece conquistadas por el equipo de fútbol Los Millonarios, bastante pobres en los últimos años. Vagando por las calles sin nadita  que comer,  se tropezaron con una caterva de avivatos  que vieron en su desamparo la oportunidad de la vida para tocar  los duros corazones de  presidentes,  alcaldes y secretarios. Fue  así como ingresaron  a los sacrosantos salones del Palacio Liévano y   la   Casa de  Nariño. El resto ya lo conocemos :  el tamaño de la arbitrariedad  cometida por la justicia colombiana  al condenarlos a siete años de prisión es tan  grande que la única manera de reparar la afrenta es emprender , pero ya, una recolección de firmas  para  pedirle al Vaticano que acepte de una buena vez que jamás existió ningún Herodes  y mucho menos una   matanza de inocentes, pues los únicos inocentes son estos pobres hermanitos que un día abandonaron su ciudad natal para partir en  busca de  la estrella prometida.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Los nuevos templos


Empiezo por aclarar que, salvo la vida misma,  no profeso credo alguno en materia religiosa, de modo que lo mío nada tiene  que ver con la justa indignación que pueda sentir un feligrés consecuente con su fe. Son más bien manías de observador que no puede evitar una reflexión sobre lo que  pasa a su alrededor.
Con seguridad ustedes  habrán notado que,  de un tiempo para acá, durante esta temporada las tradicionales novenas de aguinaldos  en las iglesias han perdido el interés ganado por  las realizadas en los centros comerciales. También se han fijado, supongo, en la manera  como muchas  personas que solo en apariencia estaban dedicadas a  la meditación y al diálogo con su divinidad, abandonan   en forma precipitada los lugares   de   oración para responder al  reclamo más prosaico de una llamada que suena en el teléfono móvil.
Ya les he dicho en otras ocasiones  que mi ocupación favorita es el ocio y por eso  dispongo de tiempo  para  fijarme en esas cosas. Lo confieso en público porque mis jefes saben que, a pesar de todo, soy un tipo cumplidor del deber. Esa fue la herencia dejada por mi abuela Ana María  antes de  marcharse por la puerta grande. De no ser por esa dosis de plusvalía, no podía haber sostenido una columna de opinión  durante tantos años. De modo que continuemos. En ese  imperceptible cambio de escenario para un ritual con tanto contenido simbólico  en la vida de los colombianos- recordemos que la novena es una tradición local que no tiene equivalente en otras latitudes- se esconde quizás el síntoma de  algo más profundo: el desplazamiento  del sentido de trascendencia de la propia vida, ubicado por místicos y filósofos al interior de la persona, hacia un panteón exterior copado por  todos los fetiches concebidos por la religión del consumo. En mi último recorrido vi a una familia entera, incluido a un abuelo  ataviado con indumentaria playera, postrada ya no  ante la célebre imagen que la mitología cristiana ubica en Belén de Judá, sino frente a una vitrina que exhibía la última colección de tenis confeccionados en Vietnam y Guatemala ,  distribuidos en el mundo entero por una de las multinacionales que se disputan ese gigantesco mercado   brutal y sin escrúpulos llamado globalización que, bien lo sabemos, es el eufemismo utilizado por la corrección política para referirse a las viejas prácticas coloniales. Les juro que alcancé   a escuchar cómo los siete integrantes del clan recitaban en coro palabras de fervor. Una prueba más de que Dios está en todas partes. Entre tanto, mi atención se desviaba hacia una tropa de adolescentes  en nada diferenciables de los que se  exhiben por los  pasillos de cualquier centro comercial del planeta. En este caso su fervor se inclinaba  hacia una profetisa  andrógina que ostenta el curioso nombre de Lady Gaga.Dios salve  a nuestros ídolos. Muy  al fondo, a modo de sonido ambiental, se escuchaba el estribillo de Vamos pastores  vamos, entonado por una plantilla de niños y jóvenes desganados que esperaban con impaciencia la hora de las rifas. Aquí viene otra confesión: esa  tarde me gané un juego de calcetines que, para mi infortunio , llevaba estampada la imagen de Cristiano Ronaldo. Así de inciertos son los caminos de la fe: soy devoto de Lionel Messi.
Mientras descendía por las escaleras   y pensaba en como ponerme a salvo de tamaña impiedad perdí toda esperanza. Como  arrastrados por un imán, mis ojos se posaron en la figura  de una  señora de belleza otoñal que  en   ese momento hubiera deseado parecerse a esa divinidad oriental   dotada con muchos brazos. Tantas eran las bolsas que trataba de sostener, mientras su marido, su amante o lo que fuera, permanecía impasible ante sus esfuerzos de prestidigitadora. A lo mejor   esa indiferencia era su manera de cobrarse el saqueo irrevocable de la tarjeta de crédito. Solo entonces comprendí  porqué el rostro de la  señora se me  hacía tan familiar:  se trataba de la misma mujer que una hora antes abandonaba la iglesia en plena   eucaristía mientras  trataba de ubicar en el desorden de  su bolso de piel el lugar exacto de donde provenían los latidos de su teléfono  móvil.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Andariegos que son


Desde mediados de noviembre de cada año, el paisaje que rodea al aeropuerto Matecaña  de Pereira cambia de decorado. Como atraídos por un imán, los serenateros empiezan a rondar el terminal aéreo y el aire se llena de sonidos de rancheras, vallenatos, boleros o música de despecho. Los buses de escalera con sus bocinas estruendosas y adornados con globos y festones le dan un aire de carnaval al lugar.  Las familias se arremolinan esperando el vuelo con los viajeros  que alcanzaron a tiempo la conexión en Bogotá. ¿Cuál es  el motivo para tanta agitación y algarabía? Pues que regresan los andariegos. Son los colombianos  que se fueron del país en las últimas décadas en busca de mejores condiciones de vida para sus familias.
Unos residen  en  Estados Unidos. Otros en Inglaterra y España. Unos cuantos más vienen de lugares   tan distantes como Australia o los  Emiratos Árabes.  Desde el momento mismo  de su descenso del avión saludan y reparten besos a parientes y amigos todavía difíciles de identificar. Da igual: en ese momento, cualquier rostro desconocido puede ser el de un amigo.
Trabajan arreglando oficinas, cuidando niños y ancianos, podando el césped o conduciendo camiones.  Un porcentaje de ellos, haciendo alarde de su nueva  prosperidad, se dedica a actividades menos edificantes. Pero todos regresan  decididos a tirar la casa por la ventana. A pesar de la crisis  económica que hace cada vez más incierta su permanencia en los países de  acogida, retornan dispuestos a  gastarse sus buenos  dólares o euros en fiestas, regalos y paseos.  Cualquier cosa que garantice el reconocimiento y la admiración de familiares, amigos y vecinos. Después de todo llevan años- algunos décadas- doblando el lomo en remotos lugares de la tierra y sometidos  al más duro anonimato.
Muchos ya adquirieron las costumbres de sus sitios de residencia y muy pronto lo que  añoraban en la  distancia empezará a molestarles. El carácter pedigueño de la parentela, la adulación provinciana y  la estrechez de  sus pueblos y ciudades encabezan esa lista incómoda. Impacta la manera como  algunos hacen resaltar  un improvisado acento andaluz,  valenciano o  de Asturias para diferenciarse de sus iguales  en la tierra natal.
Pero ya habrá tiempo para  el aburrimiento y la decepción. Por ahora, se pasean por los salones del aeropuerto  Matecaña, sobrecargados de paquetes  y maletas, en  medio de muchas músicas que se confunden con la algarabía de los comités de recepción. Una  que otra muchacha le parte el alma al novio que se quedó esperándola   en su  barrio, pues  llega de la mano de una  pareja conquistada en tierras lejanas: un plomero de Chicago, un mecánico de  Vallecas en Madrid o un traficante de alguna cosa en el barrio chino de Barcelona. Por lo pronto, mientras el amante desairado se  escabulle con sigilo en medio de la multitud, las familias  de los  risaraldenses andariegos celebran la vuelta a casa  de esos héroes anónimos que con su tenacidad se  echaron a cuestas la responsabilidad  de garantizar buenas condiciones de vida para quienes permanecieron en casa.
La duración del jolgorio dependerá del monto de los ahorros o de la capacidad de endeudamiento del festejante. Podrá ser cosa de dos semanas  o de un par de meses. Para entonces podrán andar rebuscándose los dólares  para el tiquete de ida. No importa. En últimas se trataba de recuperar energías para soportar otros  cinco años trabajando en cosas  que poco o nada tiene que ver con las ilusiones tempranas. Tendrán   además   que hacer la vista gorda ante el tamaño de la crisis económica que sacude el planeta. Al fin y al cabo en su país las cosas no mejoran para  la mayoría de la gente,  a pesar  de los indicadores alegres. Así que la víspera del viaje pasarán la noche en vela tratando de redondear las conversaciones   dejadas  a medias y   apurarán un trago doble de  aguardiente o de  ron que les ayude a sobrellevar la nostalgia. Andariegos que son.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Cuando los arqueros sabían volar


A la memoria de Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira. Amén.

Cuenta la leyenda que hubo una época en  que los arqueros de fútbol volaban de palo a palo, como pájaros a la caza de frutos imposibles. Dicen además que en ese panteón de semidioses  habitaban tipos como Lev Yashin, Amadeo Carrizo, Ricardo Zamora o Gordon Banks. Criaturas aladas capaces de estirarse en el aire y ahogar con las yemas de los dedos el grito de júbilo  que ya empezaba a  incubarse en la garganta de figuras no menos legendarias  como Pedernera, Kubala,  Sívori, Garrincha, Pelé o Sócrates. En nuestro medio, esa estirpe  tuvo sus representantes más conspicuos  en ídolos que casi siempre llegaban del sur del continente y  respondían a los  nombres de Rosendo Toledo, Isidro Olmos, Raúl Navarro  o  Juan Carlos Delménico. Entre los locales,  Senén  Mosquera, Otoniel Quintana, James Mina  y Pedro Zape tienen, gracias a sus atajadas de fábula, un lugar asegurado en la memoria de los aficionados.
Pero eran otros tiempos, desde luego. Porque entonces el fútbol estaba más cerca del aliento inefable de la poesía que de la lógica atroz de las grandes corporaciones. Para empezar, la única motivación de sus practicantes era el gusto por ese juego que despierta idénticas pasiones en Noruega y en Antofagasta. En ese mundo, el portero era un hombre encargado tanto de evitar los goles del equipo contrario como de  llenar de electricidad el área chica. El fútbol estaba tan cerca de la magia que, aun hoy, existen sobrevivientes de la vieja  guardia dispuestos a jurar por la memoria de sus antepasados, que hubo arqueros como Julio Cozzi, capaces de desviar con la mirada los más terribles disparos de los delanteros rivales.
 Mucha agua ha corrido bajo los puentes o, mejor dicho, bajo los arcos y el deporte, como tantas utopías vendidas y traicionadas, pasó a formar parte de la implacable máquina de moler gente y producir dinero en que  acabó de convertirse el mundo. Al igual que los músicos, los actores, los bailarines o los cantantes, los futbolistas quedaron matriculados en ese gigantesco circo conocido como  industria del espectáculo.
Para que el circo fuera rentable se  necesitaban administradores, por supuesto. Entonces  apareció la figura del Director Técnico, que reemplazó al entrañable entrenador destinado a hacer las veces de animador, taumaturgo y  líder de la orquesta.  Ese director técnico fue  encargado de   gerenciar los recursos naturales, es decir,  el talento de sus dirigidos,  para convertirlos en goles, puntos y trofeos que de paso dejaran llenas las arcas de los dueños del equipo y las de las empresas que invierten en publicidad y en transmisiones de radio y televisión.
En ese paso del juego a las finanzas el primer sacrificado, a lo mejor por llevar el número uno a la espalda, fue el arquero. Su rentabilidad se empezó a evaluar por el menor número de goles encajados y de inmediato las áreas grande y chica fueron medidas con minuciosidad de topógrafo. Acto seguido se  le indicó por donde podía moverse y por donde no. De ese modo, si atendía a pie juntillas las instrucciones, siempre estaría parado en el lugar adecuado y no tendría ningún sentido  realizar esas   estilizadas maniobras que hacían las delicias de los fotógrafos. Mejor dicho, y aquí empieza  la   pesadilla: ¡No tendría necesidad de volar! Al fin se había inventado la jaula para encerrar al viejo y querido pájaro de fuego  que se estiraba de palo a palo.
A partir de ese día los arqueros dejaron de ser  aves, para convertirse en burócratas del área. Tal vez  en ese tránsito resida la explicación  para que con su condición plumífera  hayan  desaparecido también  esos cronistas que,  como el uruguayo Diego Lucero o el argentino Robinsón, hicieron  de la reseña deportiva un género literario. En su lugar quedó una legión vociferante que confunde la verborrea con la argumentación y la estulticia con la sencillez, y por eso mismo es incapaz de remitirnos con su pluma o  su palabra a esos tiempos  milagrosos cuando los arqueros sabían volar.

viernes, 2 de diciembre de 2011

La agonía del lenguaje


“Qué tal, chinos y chinas. Les  habla  su diyey Paco,   aquí desde los estudios de la rechimba emisora que sabemos. Hemos madrugado a las  diez  aeme, para  hacerlos felices con nuestro espais  de entretenimiento. Ya saben : los que no nos escuchan mueren de pura jartera. A lo bien, si o qué. Bueno, sin mas pre…pre…pre ámbulos abrimos nuestra sección de sexología,  consultorio sentimental y otros consejitos   útiles ¡Su nombre, mamita! Hola Connie ¿Cómo estás? ¿Por qué esa voz tan aburrida, mami? ¿Tu machucante no te echó ni uno anoche? ¡Pues levántate otro que en la olla hay más! Bueno, chao, preciosura…muuaaaahhh. Seguimos con nuestro  espais de socio… perdón, de sexología ¡Tenemos otro oyente en la línea!"
Si usted es uno de esos  idealistas  que todavía creen en la radiodifusión masiva como una posibilidad de contribuir  a la educación de la gente, le recomendamos que si va a navegar por el dial  tome las precauciones de un  moderno Ulises y se haga amarrar muy bien  a su silla, ojalá con cadenas de acero inoxidable, si no  quiere  sucumbir a la indignación  o a la pesadumbre sin remedio y acabe destrozando contra el suelo el entrañable  aparato heredado de generación en generación desde  que su  tatarabuelo lo importó de contrabando por las rutas del Urabá antioqueño.
Porque   lo que va  a encontrar será un escenario de pesadilla donde, con unas pocas y honrosas excepciones, el lenguaje agoniza en medio de una especie de suplicio de Tántalo, como si en lugar de ser  un vehículo de comunicación  y comprensión entre los humanos, se hubiera convertido de repente en  un aparato ortopédico, imperfecto para acabar de completar, que no dice lo que pretende  decir y acaba por expresar  lo que nunca se propuso.
Si aterriza en un espacio periodístico de los llamados “serios”, es probable que  un periodista que en noches de luna llena se convierte en tecnócrata, lo abrume con una jerga en la que  a duras penas el oyente  puede identificar términos   como cluster, commodities,broker, gobernanza,resiliencia o leadership,sin que nadie se tome  la molestia de  contarle    qué quieren decir esos vocablos en  castellano
En el caso de que se le cruce un programa deportivo , los   responsables  de su conducción lo trasladarán a un  universo hiperbólico  donde todo es “impresionante” o  “espectacular”, aunque se trate del  humilde acto de amarrarse unos botines. Para la muestra, les cuento que hace un par de días le escuché decir a un comentarista de cuyo nombre no quiero acordarme, que " al arquero del Deportivo Pereira le duelen las pelotas abajo". Eso  para no hablar de un extraño virus todavía no identificado, causante de una al parecer  irreversible atrofia de las palabras que los lleva a referirse al director técnico  de un equipo como el “deté”.
Y si por uno de  esos insondables designios de la providencia va a usted a caer donde los sexólogos y consejeros sentimentales de marras, mejor  encomiéndese  a James Clerk  Maxwell, el  físico inglés que con sus teorías sobre el electromagnetismo previó la propagación de la energía en el espacio , que finalmente dio lugar al descubrimiento de las  ondas de radio   , aprovechadas en principio  para ayudarle al  lenguaje a circular, sin sospechar que con la colaboración de algunos  “profesionales del micrófono” se estaba sembrando el germen de la propia destrucción.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Rapsodia bohemia


 Para el contador de histerias

La propia Caballé que me negó sus favores/ la diva que pasaba tanto de cantautores” se lamenta un despechado Joaquín Sabina, vencido por la legendaria soberbia de la soprano catalana Montserrat Caballé, que se negaba a compartir escenario con alguien no perteneciente al excluyente mundo de los cantantes líricos.
De modo que cuando en 1988 la mujer aceptó cantar Barcelona al lado del vocalista Freddie Mercury, el ya mítico líder de la banda británica Queen, fue como si una señal descendiera del mismísimo Olimpo para abrirle un lugar al controvertido músico que hizo de la puesta en escena de su grupo una afirmación de su propia identidad sexual. De hecho, la canción se convirtió en el himno oficial de los juegos olímpicos realizados en la ciudad condal en 1992. Desde entonces, el cantante se movió en la difusa frontera que separa la denominada música culta- ¿Podría alguien explicarnos por qué la llaman así? - de las sospechosas y siempre movedizas arenas del universo rockero.
Uno se imagina lo que debió sentir ese hombre bautizado con el nombre de Farroksh Bulsara, cuando empezó a cantar al lado de la que es considerada por muchos como la más portentosa voz en la historia de la música española. Al fin y al cabo no se le podía acusar de modesto en sus aspiraciones. Desde que decidió adoptar el apellido Mercury , de Mercurio, el mensajero de los dioses, el mundo supo a que atenerse. No por nada había nacido en Zanzíbar , junto a la costa de Tanzania, de modo que era un hijo del Imperio Británico, con la suma de contradicciones que acarrea esa condición. Hay que ver la fervorosa ironía con que los ingleses contemplan a la familia real para darse cuenta del peso que esa anacrónica figura tiene en su mitología nacional. De manera que Mercury y sus amigos estaban jugando en dos frentes cuando decidieron bautizar la banda con ese nombre lleno de sugerencias y ambiguedades : Queen. De un lado afirmaban su condición de súbditos del imperio y del otro volvían de revés los múltiples sentidos que la palabra reina tiene en el mundo gay.
La trivia del rock and roll nos cuenta que se juntaron en 1970. Se llamaban Brian May, un ensimismado guitarrista capaz de sostener riffs abismales mientras le sonríe al vacío. Roger Taylor, el baterista habituado a largas cabalgatas destinadas a alentar el obsesivo corazón solitario condensado en el bajo de John Deacon. Y estaba por supuesto, Freddie. El gran Freddie cuya voz de cristal fundido sigue temblando en el aire mientras no acaba nunca de entonar los acordes de Bohemian Rapsody, esa canción del álbum A night at the opera, un homenaje velado a la vieja película de los hermanos Marx, que se hubieran muerto de la risa o de la dicha escuchando a la banda, mientras el vocalista, enfundado en un traje de lentejuelas y moviendo las caderas como una buscona barriobajera ponía en cuestión los prejuicios del público.
La historia de allí en adelante es bastante conocida. Como todo el que se acerca a la genialidad, Mercury y sus alegres pillastres convirtieron en valor estético todo lo que pasaba por sus manos. Hasta la menospreciada música disco que se tomó el mundo en la segunda mitad de los años setentas del siglo XX alcanzó por obra y gracia de la banda matices imposibles por otros caminos. Quien lo ponga en duda puede remitirse a cancioncillas como Crazy little thing called love o Another bites the dust. La delicia rítmica y la picaresca hacen de las suyas y ponen a dudar hasta al más ortodoxo de los rockeros duros.
Recuerdo que en la antesala de las funciones del Festival de Cine de Cartagena utilizaban como preludio la obertura de Flash Gordon, con ese coro que tiene tintes de sublime. Muchos de los asistentes lo esperábamos con la misma ansiedad que acompañaba el inicio de la película. Digo mal : la obertura era parte de la película. Ese sonido es el que me acompaña hoy, cuando a veinte años de su muerte los rockeros del mundo y los que no lo son tanto le rinden tributo a la memoria de  ese hombre que, a su manera, supo ser fiel a su destino elegido de mensajero de los dioses.

viernes, 18 de noviembre de 2011

El largo y tortuoso camino



The long and winding road
That leads  to your door
Will  never disappear
               Lennon & McCartney

Como bien lo enseña la experiencia cotidiana, todo en  la vida se  aprende: desde lo más complejo a lo más elemental. El secreto reside en la paciencia  y la disciplina que  cada quien le dedica a la  búsqueda del conocimiento. Al ser  una invención humana, el mundo de los  sentimientos  y sus derivaciones está sujeto por lo tanto al entorno cultural en el que se producen los encuentros entre las personas. Es por eso que  los  pensadores nos hablan de una  “educación sentimental”, de la misma manera como se alude  a un pensamiento político, una cultura económica o una instrucción religiosa. Se trata de un largo y tortuoso camino que no siempre conduce a buen puerto. Aprendemos a amar  y a disfrutar el encantamiento sexual, dependiendo  no tanto de los instintos como de la orientación que hayamos recibido al respecto. Vista así, uno comprende  la conclusión de aquél sociólogo cuando sentenció que  “El único territorio donde las  niñas ricas se enamoran de los muchachos pobres es el de las telenovelas mexicanas” dando  a entender que si bien la   mitología amorosa da para todo, la realidad económica y social no alcanza para casi nada.
En la sociedad  de masas  esa educación  sentimental, al igual que las otras, está cada vez más en manos de los medios de comunicación, que diseñan y ponen en práctica unos modelos de vida que la gente suele atender sin reflexionar mucho sobre lo  que significa  para su propia existencia .  En ese panorama   los dramatizados televisivos y el  cancionero popular juegan  un papel determinante, al punto de  que son legión   las personas que viven tal cual lo escuchan en las canciones  o lo ven en las telenovelas. El problema empieza cuando se constata que  los modelos no son  los mejores  para alcanzar esa  fugaz y precaria cuota de dicha que nos ha sido asignada a los mortales. Para comprobarlo basta con echar a rodar una antología de esas canciones  donde los seres de carne y hueso  no existen. Las mujeres, por ejemplo o son esas vírgenes inalcanzables y colmadas de virtud que  aparecen  en las natividades de  los  pintores flamencos  o las criaturas predestinadas para el mal que tantos réditos literarios le dieron a escribanos como José María  Vargas Vila. Entre “Mujeres oh mujeres tan divinas” y   “Tu eres la chancla  que yo dejé tirada” se debate entonces la incertidumbre amorosa de los hombres de estas tierras. Miradas desde la perspectiva femenina, las cosas no mejoran, pues las pobres  tienen que escoger entre el padre y marido  ejemplar que no malgasta un céntimo en una cana al aire,  o el impenitente  y brutal  borrachín que una canción define como “animal rastrero y culebra ponzoñosa”.  Mejor dicho: ningún territorio humano  donde ensayar algún remedo de comunión, porque la adoración y el desprecio  son las únicas opciones posibles.
Cuando se trata del reino de los dramatizados los tonos pasan del  gris al oscuro profundo, pues las historias están pobladas de gente rematadamente  mala o insoportablemente buena, sin lugar para los claroscuros que son la seña común de la condición humana. Por eso mismo los protagonistas están siempre llorando, gritando, insultando, maldiciendo, suplicando o las cinco cosas a la vez, lo cual no es precisamente  el  mejor ejemplo para quienes  se empecinan en ensayar el milagro diario de la convivencia.
“Lo que nos pidan podemos/si no podemos no existe/ y si no existe lo inventamos por ustedes/mujeres”, escribió el cantante    Ricardo Arjona en uno de esos raptos de demagogia que lo convirtieron en un fetiche generacional. Acto seguido, procedió a propinarle una paliza a su mujer de entonces, en un episodio que los medios explotaron hasta la exasperación.  Pero más allá de ese hecho que pasó de ser una nota de farándula a convertirse  en una causa  judicial, lo que se concluye de todo eso es cuan lejos está nuestra educación sentimental de permitirnos una vía de acceso a ese universo  dichoso, tortuoso y contradictorio pero siempre enriquecedor que nos deparan los encuentros afectivos con las personas que se cruzan en nuestro camino.

viernes, 11 de noviembre de 2011

La distorsión de lo público



La escena la presencié hace muchos años, cuando el uso de la telefonía móvil  no se había hecho masivo y la gente hacía largas filas frente a  las cabinas de teléfonos públicos instaladas en las esquinas. Una de  esas muchachas proclives a hacer visita por teléfono se eternizó hablando por el aparato y al ser increpada  por una señora que necesitaba usar el servicio le  respondió  en tono ofuscado: “¡ve, pues si tiene afán busque otro. Para eso esto es público!”
Tiempo  después  un ciudadano francés radicado en Pereira me preguntaba por  qué en Colombia los conductores de buses del servicio público obligan  a  sus atribulados pasajeros a escuchar a todo volumen la música de su  predilección. El pobre hombre tenía razón para estar preocupado: un día, agobiado por  la emisión obsesiva de ese engendro apodado  “ranchenato”, le solicitó al chofer  que  le bajara un poco al volumen, a lo que el hombre respondió que más bien se bajara él si no le gustaba la música.
Los episodios, que de por si resultan  inquietantes cuando se trata de  asuntos como los narrados, adquieren dimensiones de catástrofe cuando  pensamos en la concepción que nuestra sociedad tiene de lo público. Así como la muchacha del teléfono y el conductor del bus, los latinoamericanos en general y los colombianos en particular   somos inclinados a creer que lo público no es el patrimonio construido entre todos. Al contrario: lo asumimos como una tierra de nadie a la que se entra a troche y moche arrasando con lo que aparezca en el camino. Claro, no tenemos noción del otro, al que preferimos mirar siempre con recelo, cuando no como un enemigo. De allí a aceptar y  legitimar las prácticas de corrupción media solo un paso. El que se roba los recursos públicos no está dotado para pensar  que con su delito  en realidad le  está robando  las posibilidades de vida a quienes acuden a las clínicas y hospitales, que pueden ser sus mismos allegados. Mucho  menos puede calcular las pérdidas que se  derivan de sus acciones en términos de   educación,  vivienda,   recreación , movilidad  y seguridad. Es decir, de componentes  indispensables para  la buena vida de todos. Nada de eso: los bienes  públicos son un botín y bobo es quien no les eche el guante.
Como si no bastara con eso, el sistema de justicia tampoco ayuda mucho, pues más tardan los pillos en caer que las autoridades en liberarlos, con el resultado de que la sociedad recibe un mensaje nefasto: saquear  el patrimonio colectivo es   rentable y seguro, pues al fin  y al cabo lo robado se va para el exterior o queda en manos de testaferros, mientras  los que cometieron los delitos obtienen toda clase de gabelas que acaban por reducir las penas hasta lo irrisorio.
Las elecciones del 30 de octubre  en Colombia deberían  habernos servido al menos para emprender una reflexión sobre la forma  como hemos distorsionado la noción de lo público. Pues si un alto porcentaje  de aspirantes  a cargos  en el ejecutivo y legislativo hace rato lo asumieron como una empresa privada en la que se invierte y se recoge en medio de la impunidad total, el ciudadano  que avala las aspiraciones con su voto debería pensárselo  no una  si no varias veces  antes de respaldar las ambiciones de quienes desde hace muchos años se revelaron como auténticos herederos de Alí Babá y sus cínicos amigos.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Ley de fuga


En la década del setenta  del siglo pasado, durante la administración de  Julio César Turbay Ayala, un político dueño de una de las más numerosas y perdurables clientelas  electorales que se recuerden en  Colombia, se puso en marcha una siniestra figura  conocida con el nombre de Estatuto de Seguridad. El engendro ,  además de contemplar entre líneas el delito de opinión reeditó de hecho , aunque  no estaba consignado en    parte alguna, la temida y temible  “ Ley de fuga”, que en la práctica autorizaba al ejército y a la policía para disparar contra cualquier ciudadano que emprendiera las de Villadiego ante el llamado de ¡ Alto!  o que estando ya detenido  intentara una  salida a su situación distinta  a la ofrecida por los poco  fiables estrados judiciales. Y  le disparaban  aunque el fugitivo en cuestión  estuviera desarmado y ni siquiera hubiese intentado  atacar a sus captores.
En un recordado documento de la época, que lleva el título  lapidario de “El libro negro de la represión”  se  registran en detalle los crímenes cometidos por agentes del Estado  desde los tiempos de los “Chulavitas”, nombre con el que se bautizó a la policía altamente politizada  en la época de la violencia liberal conservadora, amparados siempre en la mencionada “ Ley de Fuga”. Se sabe incluso de muchas personas que estando detenidas fueron sacadas  como quien dice a dar un paseo y asesinadas  después  con el fácil recurso de afirmar que habían emprendido la  fuga, sin que por lo visto a nadie se le ocurriera solicitar  las pruebas del hecho.
Pues bien, durante el gobierno de  Turbay fueron asesinadas decenas de  personas valiéndose de ese pretexto.  Uno de los casos  más evocados es el de un estudiante de la Universidad Nacional de Colombia que se atrevió  a pintar  un graffiti alusivo al presidente de la república, en el que se reemplazaba la palabra excelentísimo por  la más elocuente excrementísimo. Se dice que el pobre hombre, armado solo de una brocha y un tarro de pintura, porque los aerosoles eran todavía una novedad, fue fusilado sin fórmula de juicio y hasta la fecha se desconoce el paradero de sus huesos.
¿A cuento de qué viene todo  esto? Se preguntarán ustedes. Pues, en primer lugar, a que nuestra principal enfermedad colectiva es la desmemoria y bien haríamos en emprender la búsqueda de algún antídoto. Y  lo segundo, pero no menos importante, que todavía está fresca entre nosotros la imagen de Diego Felipe Becerra, un muchacho que apenas se ensayaba en el oficio de vivir, muerto a tiros por un agente de la policía mientras se dedicaba al  dañinísimo acto de pintar graffitis en unas circunstancias que desde ese día no han dejado de generar versiones encontradas y que por eso mismo  deben ser objeto de discusión si no queremos que esas prácticas se vuelvan moneda corriente.
El  dato fundamental es que el joven no estaba armado, y en eso coinciden todas las partes, incluso aquellos que  en su momento afirmaron que se trataba de un peligroso atracador. De  manera que por veloz que hubiese sido su carrera, no había motivo alguno para dispararle…. a no ser  que un tarro de aerosol esté clasificado dentro  del catálogo  de armas letales y utilizables con fines terroristas.  Todo es posible en este mundo de paranoicos  desde  que el  atentado  a las Torres Gemelas convirtió a  todos los disidentes en  enemigos públicos. Aunque a decir verdad, dependiendo de la perspectiva, un graffitero  puede ser muy peligroso, sobre todo si le da por escribir verdades en las paredes, superficies que, lo aprendimos en el manual de urbanidad de Carreño , son el papel del canalla… y de los subversivos desarmados.
 La  moraleja de este cuento es perturbadora : la peligrosidad  real  o potencial de una persona está  sujeta no a datos extraídos de la realidad, sino  a la subjetividad de alguien que  está armado  no  solo con las herramientas de la ley, si no con pistolas  tan contundentes  y letales  como la que acabó con la vida de  este chico que , como corresponde a un  Estado de derecho digno de serlo, seguirá siendo inocente mientras  no se demuestre lo contrario.

viernes, 28 de octubre de 2011

Tras la cola de la rata


Durante las décadas  del setenta y ochenta del siglo pasado,  las unidades investigativas de los periódicos  jugaron un importante papel en la vida de los colombianos, que a través de  sus publicaciones  tenían acceso a  una mirada crítica y con buen nivel de independencia sobre la  forma como se manejaban los asuntos públicos. Todavía se recuerda el impacto que tuvieron las denuncias de periódicos como El   Espectador sobre  las irregularidades en el sector financiero, que incluso llevaron a juicio a gente tan poderosa en su momento como los banqueros Félix Correa Amaya y  Jaime Michelsen. Fue en  ese mismo diario, dirigido entonces por la familia Cano, donde se empezaron  a revelar las nefastas relaciones entre el narcotráfico y amplios sectores de la sociedad colombiana.
El diario  El Tiempo no se  quedó atrás. Liderada por el periodista Daniel Samper Pizano,  su unidad investigativa sacó a la luz más de  una irregularidad en los sectores público y privado. Por supuesto, no podemos olvidar el valioso trabajo de gente  como Alberto Donadio, autor de libros tan controversiales en su momento como “El espejismo del subsidio familiar” o  “Los  Hermanos del presidente”, un recuento de las andanzas y tráfico de influencias de la familia  del entonces presidente de la república, César GaviriaTrujillo.
Como puede inferirse del  último de  los  títulos mencionados, durante esas décadas  nuestros periodistas se vieron muy estimulados por el ejemplo de Woodward y  Bernstein, reporteros del Washington  Post  investigadores del caso Watergate, cuyas revelaciones desencadenaron la renuncia del presidente de los Estados Unidos, Richard M  Nixon.
Sin embargo, con el paso del tiempo las unidades investigativas de los medios se vieron arrinconadas y reducidas a su mínima expresión, entre otras  cosas como resultado de la rápida toma de las empresas informativas por los grandes conglomerados económicos, que por su multiplicidad de intereses y relaciones  no veían  con buenos ojos unas publicaciones que podían afectar sus negocios. Una a una fueron desapareciendo, hasta el punto de que hoy esa tarea es desempeñada por unos cuantos columnistas de opinión, con todo el riesgo que pueda representar  para sus vidas, pues de  hecho ya no cuentan con el respaldo de los medios, bastante puntillosos a la hora de  salvar cualquier responsabilidad institucional acerca de lo que los  autores de las notas denuncien.
 En el caso de las regiones, el panorama en ese campo siempre ha sido desolador. La cercanía de medios y periodistas con el poder político los ha convertido en muchos casos en meras extensiones de las oficinas de prensa de alcaldías y gobernaciones. Si a eso le sumamos  una actitud permanente de autocensura podemos decir que, de hecho, no hemos tenido periodismo investigativo entre nosotros.
Por eso resulta tan saludable la irrupción  en nuestro medio  de un blog que lleva el elocuente nombre de  Tras la cola de la rata, diseñado y alimentado  por un grupo de jóvenes de la Universidad Católica de  Pereira, bajo la tutoría del profesor Abelardo Gómez, orientador del taller de reportaje  Con la independencia  y la libertad que da el mundo de  Internet estos muchachos  han conseguido en pocos meses lo que los medios tradicionales han eludido durante  mucho tiempo: sacar a la luz la naturaleza de los  manejos  de grupos legales o ilegales que controlan sectores enteros de la vida pública y privada . Con un rigor y una disciplina  que ya desearía más de uno,  el equipo  de trabajo de  Tras la cola de la rata le ha devuelto la esperanza a un sector de la sociedad  reacio a aceptar que todo está perdido y sobre todo le ha proporcionado una refrescante dosis de oxígeno a un periodismo que desde hace tiempo renunció  a la tarea de contar y pensar la sociedad con unos mínimos elementos de  independencia y que por eso mismo se acostumbró al triste papel de  amanuense del poder político y económico.







viernes, 21 de octubre de 2011

El día en que murió la chiva


Quienes  suscriben la teoría  coinciden en los términos pero discrepan  en la fecha. Algunos dicen que fue el 31 de agosto  de 1997,  día de la muerte  de Diana  Spencer, mas conocida en el folclore británico y en las revistas de farándula como la princesa Diana de  Gales. Otros prefieren centrarse en el 25 de junio de  2009  cuando Michael Jackson, bautizado por los vendedores de discos como El rey del pop, le dijo adiós a este mundo dejando plantados  a quienes lo esperaban  a la salida de la clínica para tomarle la última foto.
 Según el lenguaje abstruso de la burocracia judicial,  las causas de sus muertes no han sido esclarecidas y siguen siendo objeto de investigación .  De cualquier manera, todos sabemos que los dos  murieron de un mal   no registrado en los códigos clínicos pero que  cobra su dosis diaria de víctimas en el mundo entero: fama y soledad. Conjeturas aparte, todo apunta  a que con ellos murió también una presa que durante años fue codiciada por los propietarios y los trabajadores de la industria de las comunicaciones: la llamada chiva periodística. Se  sabe de acuciosos y connotados reporteros condenados al anonimato por sus empleadores, solo por llegar un minuto después que  los obreros de la competencia al lugar de los acontecimientos. El cine, sobre todo el norteamericano, ha sido  pródigo en historias  sobre  las feroces y  letales  pugnas desatadas entre los medios de comunicación- muchos de ellos pertenecientes al mismo grupo  familiar- para conquistar la presea dorada de la primicia que los consumidores de información esperan con la ansiedad de quien sospecha que le va en ello la vida.  Pero , entre todas, se recuerda  una película dirigida  por Sidney Lumet cuyo titulo constituye en si mismo una radiografía  del tortuoso  camino emprendido por los medios de comunicación en el mundo a medida que extraviaron el rumbo : Network, poder que mata.
En ambos casos, el de Spencer y Jackson,  la aldea global  pronosticada por Mc Luhan y sus prosélitos, supo de la muerte de sus ídolos antes que los  medios de  comunicación . Cuando  los noticieros iniciaron sus emisiones   y los distribuidores de prensa deslizaron los ejemplares todavía tibios de los periódicos  bajo las puertas ya el mundo estaba enterado de que la princesa  triste y el ídolo torturado habían  puesto  fin a su peregrinar sobre la tierra.  Fue entonces cuando los magnates de la prensa y sus legiones de trabajadores supieron que  asistían al fin de una era : la de la  primicia o chiva como su razón de ser  en el mundo. Llegar primero al teatro de los acontecimientos ya no tenía mucho sentido. La noticia tendría que dejar de ser un fin para convertirse en un medio. La responsable de todo era, ustedes  ya lo habrán advertido,  Internet , esa infinita tela de araña  que, al modo de la divinidad diseñada por los teólogos medievales, está en todas partes y en ninguna
 A esa altura del camino se hizo  ineludible recomponer la manera de ver las cosas. Unos, más pragmáticos pero menos imaginativos, optaron por deslizarse hacia otros mercados y eligieron  los entonces nacientes y lucrativos realities. Otros  , más agudos y pacientes, entendieron que,  dueñas del primer dato pero carentes de  las herramientas de interpretación, las audiencias se quedarían con quienes le agregaran valor  a la noticia. Es decir,  los  que tuvieran la capacidad de análisis para ubicar los eventos  en su contexto y por esa vía facilitar su comprensión. Aunque la  tendencia existió desde el nacimiento mismo de los medios tal como los conocemos hoy, las fronteras se hicieron más visibles. De  un  lado, los que exigen su dosis diaria de sucesos puros  y duros, como si del cuero cabelludo de un combatiente se tratara : estamos ante al periodismo como proveedor de  un producto con un rol específico en  los mercados. Del otro, quienes esperan  que medios y periodistas se conviertan en compañeros de viaje en su intento de asumirse como sujetos  pensantes y por lo tanto políticos : en  este caso se  demanda un interlocutor. En esa sutil pero decisiva elección reside el papel que finalmente desempeñen en la vida de la gente las empresas  periodísticas y sus trabajadores, aunque todavía se siga debatiendo cual fue el  día exacto en que la chiva murió.

viernes, 14 de octubre de 2011

¡Todos al polígrafo!


En  los diccionarios de edición más reciente se nos aclara  que un polígrafo no es  solo un tipo versado en escribir  sobre diversas materias. También es un aparato que, según los manuales, detecta los más  leves cambios fisiológicos experimentados por un individuo conciente de estar diciendo mentiras. Mejor  dicho: el infierno de Pinocho y toda su parentela. En  resumen, la máquina detecta    perturbaciones sutiles en aspectos como la respiración, la sudoración y la presión sanguínea, de modo que por más habilidades que posea el sujeto acaba, como quien dice, delatado  por su propio organismo.
Durante los últimos días he pensado mucho en el polígrafo y en sus muchos beneficios leyendo las propuestas de campaña- o, mejor  dicho, la ausencia de ellas- de los políticos con aspiraciones de ser alcaldes, gobernadores, concejales   o diputados al final del proceso  electoral  adelantado en Colombia y que finalizará el domingo 30 de octubre.
Ustedes conocen de sobra los discursos, así que no voy a fatigarlos mucho. Tomaré al azar tres ejemplos  encontrados en los folletos repartidos en las reuniones o reproducidos  de los comunicados de prensa que los medios replican con cómplice automatismo.
“Trabajaré con todo mi amor  y todas mis fuerzas por  hacer del nuestro el mejor  departamento de Colombia. Generaré  empleo  para las mujeres  cabeza de hogar  y haré feliz la infancia de nuestros niños que son el futuro de la patria”. Se  lee en las declaraciones de una mujer  con aspiraciones de gobernar  un abandonado- perdón por la redundancia- departamento de la Amazonia .Olvidemos la sarta de lugares comunes que se multiplican en el párrafo. Es más: perdonemos eso de “la infancia de nuestros niños” El detalle  reside en que por parte alguna explica cómo lo va  a conseguir, a resultas de lo cual no debemos  esforzarnos mucho para concluir que no tiene intención de hacerlo. Ni siquiera de intentarlo.
Mejor  trasladémonos  al centro del país. Justo en el corazón de la que  algunos  mensajes publicitarios llaman  “región de oportunidades”, a despecho de los indicadores de desempleo, de los cacicazgos , de los carteles de la contratación que lo controlan todo y del éxodo de buena parte de sus habitantes   al exterior, uno de los aspirantes dice en su página de Internet  que  "convertiré a la ciudad región en uno de los motores de las locomotoras de la prosperidad anunciadas  por el presidente Santos”. Para variar, no se toma la molestia de explicarnos por dónde diablos  van a circular unas locomotoras en un país y una región  en los que la construcción de  una  carretera tarda décadas y donde  una mezcla de indolencia y corrupción acabó con el sistema de ferrocarriles, medio de transporte indispensable para dinamizar cualquier propuesta de desarrollo digna de ese nombre.
Por último ocupémonos de  los boletines de un señor que desea- así lo dice- ocupar un escaño en  la Asamblea. “En mi condición de  diputado concentraré todos mis esfuerzos y mi experiencia como servidor público para que no haya un solo rincón de nuestro querido departamento sin conexión a Internet. Cada niño tendrá un computador a su disposición y de esa manera se hará realidad   nuestro sueño de ser ciudadanos de la aldea global”. Confieso que tuve  que hacer un gran esfuerzo para resistirme a la tentación de exclamar !Amén!  Pero por respeto a  la democracia  cantada por el poeta Walt Whitman opté por seguir de largo. Al fin  y al cabo ya estamos acostumbrados  a que nuestros políticos  derrochen   durante la campaña todo  el acervo de  adjetivos,  adverbios de modo y demás  recursos que abundan en el  diccionario greco quimbaya. En su defecto, les propongo  sumarse a  una campaña que, aprovechando  el recurso de las columnas de opinión y de las muy efectivas redes sociales , consiga  que   todos  aquellos ciudadanos dispuestos a no hipotecar su voto  a un contrato o a un cargo público , cada vez que alguien intente asestarles un plegable promocional o un comunicado de prensa proselitista respondan con una frase que puede empezar por fin a cambiar la historia de Colombia : ¡ Todos al polígrafo !

viernes, 7 de octubre de 2011

Adictos a la hipérbole


Políticamente correcto y cuidadoso de no ofender a nadie, el columnista Edison Marulanda  Peña  dio sin embargo en el clavo de la   que parece ser nuestra más certera seña de  identidad colectiva :  una   irreprimible inclinación a hinchar la realidad, valiéndonos de un arsenal de adjetivos y adverbios que acaban por imposibilitar cualquier comprensión de los hechos  y sus  protagonistas.
Hablo de la columna publicada por Edison en el periódico La Tarde de Pereira el domingo 31 de julio  bajo el título de “¿ Feria del Libro?”. En su texto el autor dirige una serie de interrogantes a los responsables del Instituto de Cultura de Pereira en general y a los encargados de la biblioteca pública  en particular, en relación con un evento presentado  bajo un concepto que, como el de feria, efectivamente lleva a pensar  en  una diversidad  de actividades conectadas alrededor del libro como objeto de goce y conocimiento.
De manera que el lunes    agosto me di  un paseo por los alrededores del Centro Cultural “Lucy Tejada”, sede de la mencionada  “ Feria” y lamento decirles que me  encontré con un mercado de  las pulgas no muy bien surtido que digamos. Es más : pude ver los mismos títulos que las librerías de viejo sacan   a la venta  cada año con la esperanza de  que   aparezca por fin  un comprador que salve al autor de ser vendido por kilos de papel, como es de  uso corriente en ese negocio.
Tengo que confesar que por convicción vital y política soy cliente  asiduo de esos mercados: allí uno siempre puede adquirir  a buen precio lo que necesita en la misma medida que otros lo desprecian y derrochan. Pero  este ni siquiera ofrecía esa posibilidad. Así que  le di la razón al columnista ¿Por qué llamar feria del libro a un evento que  carecía de las mínimas condiciones  para  serlo?
 Se me ocurre que la explicación reside  en lo que un crítico literario definió de manera bastante atinada como grecoquimbayismo , es decir  la creencia de que a punta de pirotecnia verbal podemos lograr por arte de magia lo que no  alcanzamos frente a los desafíos de la realidad. Basta con echarle un vistazo a nuestro himno  local para entender la naturaleza de esa suerte de adicción a la sonoridad antes que al sentido de las palabras: allí se  habla con profusión de héroes, titanes y gestas en las que se compara el hoy antiecológico acto de descuajar montañas con las proezas  de las divinidades griegas y romanas. Por eso tuvo que pasar más de  un siglo para que un historiador como Víctor Zuluaga nos revelara, documentos en mano, que nuestro mito fundacional, como todos los relatos de esa especie, tiene mucho de fraudulento. Al final supimos que detrás del lenguaje florido alentaban los terrestres intereses de siempre: un puñado de ambiciosos trataban de hacer  historia con los recursos que  encontraban a la mano.
El  del  mercado de libros no es, por supuesto, el único caso reciente. Con motivo del  Mundial de Fútbol  Sub 20  hemos tenido que soportar una sarta de adjetivos como monumental, magnífico, majestuoso   para referirse a un estadio de fútbol, muy bonito si, pero que es apenas eso: un escenario deportivo bien logrado.  Y eso para no  recordar que, apropósito de cualquier nimiedad nos da por concebirnos como una raza  portadora de un destino manifiesto. Cómo será el asunto, que el poeta Luis Carlos González, nada sospechoso de ser apátrida- como califican por  estos pagos a todo aquél que se atreva asumir una postura disidente- se burló  en varias ocasiones de esa manía de sus coterráneos de esconderse  entre manojos de palabras. “¿Raza? ¿Raza de qué?” , se preguntaba el autor de La Ruana , ofuscado  por los aspavientos de sus compañeros de tertulia, una colección de zambos, mulatos y mestizos como somos casi todos en estas tierras, que por alguna  ignota  razón se sentían descendientes de una estirpe incontaminada  “ ¿Raza de qué?” , les repetía alzando su infaltable trago de  aguardiente y cerraba la discusión con unos versos que eran en realidad  un epitafio para tantas veleidades  : “ Si solo nos queda puro el hijueputa/ y lo estamos negando todavía”

jueves, 29 de septiembre de 2011

Hipócritas que somos


Como dijo una vez don  Perogrullo, empecemos por el principio. El hombre no asesinó a nadie, no perpetró ninguna masacre, no dinamitó oleoductos, no se robó una porción del patrimonio público, ni, que sepamos, violó a un menor de edad. Sin embargo, todos a una, empezando por algunos voceros de esa entidad gaseosa denominada “opinión pública”, le cayeron con el látigo sin darle tiempo a la legítima defensa, suponiendo que haya cometido algún delito.
¿El crimen? Pues fumarse un bareto, en un país donde el negocio de las drogas ha enriquecido a más de uno de los que fungen como prohombres y ciudadanos beneméritos en las páginas sociales de periódicos y revistas.  Me refiero, claro, al futbolista Wilder Medina, un muchacho surgido en las barriadas de Medellín, que se abrió paso por la vida a gambeta limpia hasta que una sociedad  carcomida en las entrañas por el virus de la doble moral decidió cobrarle una pena máxima. Las razones, según el lenguaje sensiblero de una sicóloga  que dio declaraciones ante las cámaras, obedecen  a que el goleador del Deportes Tolima “tiene un problemita”.
En este punto tenemos que empezar a  andar despacio, porque  a todas luces los portadores del problema son quienes lo juzgan: hasta ahora el futbolista se  ha limitado a fumarse un porro, a divertirse y cumplir con su deber que es, suponemos, jugar bien y hacer goles. Además para eso le pagan.
Lo deprimente de todo este espectáculo es que casi nadie se ocupó del único detalle importante: el  Tetrahidrocanabinol-  el  agente químicamente activo de la marihuana- está incluido en la lista de sustancias prohibidas por los tribunales médicos del deporte.  Allí debería  terminar la discusión y con ella las sanciones   a que el caso dé lugar. Pero  no sucedió así, porque no se podía  desaprovechar la ocasión para sacar a relucir la al parecer inagotable dosis de hipocresía que nos  hace tan, pero tan encantadores. Existen antecedentes de  eso. Si  ejercitamos un poco la memoria, encontraremos que al amado y odiado Diego Maradona lo expulsaron del mundial de fútbol de Estados Unidos en 1994, no por consumir cocaína, pues eso ya lo sabía todo el mundo, empezando por sus entrenadores, sino por denunciar las prácticas mafiosas de la Fifa, que obligaba a los futbolistas a jugar al mediodía en el mes de julio para no perder el negocio de la televisión. Y eso en estados como Texas y California, que hierven en medio del verano gringo. ¿Rigor disciplinario? Nada de eso. Pura y rampante hipocresía.
De  modo que es tiempo de formular preguntas incómodas: ¿Cuántos de los inquisidores no se meten una raya de cocaína antes de ingresar a la reunión de junta directiva de su empresa? ¿Cuántos  no sobrefacturan las cuentas de los contratos y organizan licitaciones amañadas? ¿Cuántos de ellos no acosan a la secretaria cada vez que decide subirle un par de centímetros a la minifalda?  Porque en últimas  la esencia del asunto reside allí: señalar el rabo de paja del prójimo para que nadie se fije en el tamaño del nuestro. De otra manera no tiene sentido alguno que nos salgan con el cuento ese de  que “un  deportista debe dar ejemplo” ¿ Alguien le consultó a Wilder Medina  antes de asignarle esa tarea ?  Además ejemplo de qué se pregunta uno, si hasta ahora   no se ha demostrado  que el jugador le haya hecho mal a nadie bajo los efectos de la  marihuana o lo que utilice en sus ratos libres. Si no me equivoco, es allí adonde apunta la constitución política cuando consagra el derecho al libre desarrollo de la personalidad: a la posibilidad de formar   individuos autónomos, con la potestad de hacer con su vida lo que les plazca y por eso mismo responsables de  sus  actos.
Así que haríamos muy bien en no sacar las cosas del contexto : el jugador transgredió una norma   acatada- aunque violada una y mil veces- en el mundo del deporte. Suponemos  que él es el primer interesado en asumir  la responsabilidad y en tomar las decisiones que le correspondan. Lo demás es puro aprovechamiento de una situación privada para sacar a  pasear nuestra colección  de máscaras de buenos  muchachos. Hipócritas que somos.