jueves, 18 de enero de 2018

Todos contra Casanova






El asunto fue así: caminaba con mi amigo Alfredo por una calle céntrica  una de esas apacibles tardes decembrinas en las que los afanes del mundo entran en suspensión.

Al cruzar la esquina aconteció el milagro: ante  nosotros pasó una de esas bellezas terrenales capaces de llevar al más sensato de los varones hacia el despeñadero.

¡Mira que belleza de  vieja! Le dije, mientras nuestros ojos se deslizaban por un abismo que nacía en el escote de una blusa amarilla y se remontaba milenios atrás, hacia los conocidos meandros instintivos de la especie.

 Cuidado, hermano. Solo  por esa frase te pueden acusar de  acoso sexual”, me reconvino  Alfredo, ya repuesto de la impresión.

No es posible, repliqué, que  de una mujer que está buena  no se  pueda decir que lo está.

“Pues  mucho cuidado”  insistió  el hombre, con una vehemencia que me provocó alarma.

Al fin y al cabo la admonición salía de los labios de un viejo zorro en las lides de la seducción.

Además, en mis tiempos de cazador furtivo era moneda corriente entre los hombres  hacerle sentir al objeto del deseo que estaba en su esfera de intereses.

O viceversa: Las mujeres también lo hacían.

Cambio de luces,  se llama el truco.

Que yo recuerde, ninguna dama entraba en crisis por eso. Algunas se sentían halagadas. Otras se sonrojaban, lo que en sí mismo representaba una buena señal.

Unas cuantas se indignaban y mandaban al cortejante al carajo, pero eso formaba parte de del viejo  y conocido juego de la seducción.



Tan viejo, que si nos atenemos  a las crónicas del Antiguo Testamento, en el  Paraíso terrenal  lo practicaron con deleite el padre  Adán y una diablesa  llamada Lilith.

Pero volvamos a estos tiempos ubicados tan lejos del paraíso.

Sucede que no estoy en redes sociales, no veo televisión y  solo escucho noticias una vez al día, por  si  en una de esas nos toca mudarnos de planeta.

Por eso me entero tarde de los escándalos que, como una droga letal, cruzan la tierra en todas  las  direcciones y convierten en adictos  a casi todos sus habitantes.

Un par de semanas atrás mi  amiga Martha Alzate me puso al día: lo del llamado acoso sexual  se convirtió en una cruzada que amenaza incluso con exhumar al mismísimo  Giacomo Casanova para que  pague por sus crímenes. Nada graves en realidad: al hombre se le acusó de seducir a unas cuantas decenas de damas, señoras, señoritas y religiosas gozosas de entrar en el juego.



El  mismo juego al que hemos sido proclives los mortales desde que tenemos memoria.

Es más: es el  juego que garantiza nuestra supervivencia como especie, si lo vemos con talante práctico.

Todos los seres vivos están familiarizados con él: las aves despliegan su plumaje,  algunos mamíferos secretan almizcle y las flores exhiben lo mejor de su colorido para atraer a los insectos.

Las reglas son simples: “Unos proponen y otros disponen” según reza una antigua frase moralista, acuñada para prevenir a las muchachas casaderas sobre los peligros que corrían si atendían a las asechanzas del lobo al cruzar el bosque.

Se trata pues de un principio de acuerdo.

Pero  hay algo más: se supone que en los años sesenta del siglo anterior hubo una revolución sexual que nos liberó de muchas prendas y de paso nos despojó de bastantes taras.

A juzgar por lo que cuentan, todo eso resultó ilusión.



Tanto, que al  escritor Antonio Caballero lo lincharon en las redes sociales por ponerle humor negro al asunto. El mismo humor que es la esencia de su estilo. La cosa  adquirió  tal cariz que el columnista salió a explicar lo obvio: en cualquiera de los casos el llamado acoso sexual es mucho menos grave que un genocidio.

Y, sin embargo, esta última tragedia no desata indignación en las redes sociales ni marchas de protesta por el destino de las víctimas.

¿Cómo se explica eso?

Bueno, son varias las circunstancias que convergen.



La  primera de ellas se deriva del lenguaje hipócrita de la corrección política, que se niega a llamar las cosas por el nombre para no ofender a nadie y, de paso, tranquilizar la conciencia.

La segunda pasa por  la recurrente apelación a la  condición de víctimacon el propósito de eludir las consecuencias derivadas de las propias decisiones.

Y  la tercera pero no menos importante: el papel de las  redes sociales como tierra de nadie donde  todo el mundo le da rienda suelta a sus histerias, sin  fijarse en gastar argumentos, por elementales que estos puedan ser.

De modo que si vamos hablar de acoso sexual tendremos que definir qué es acoso y qué es sexo.

Para empezar, entre el sexo y el poder existe un viejo contubernio al que se le puede seguir la pista en la tradición oral y escrita de todas las culturas. Al constituir en sí mismo un poder el sexo deviene  protagonista de un  intercambio en el que suele haber  daños colaterales de ambos lados, como bien lo atestiguan los cancioneros en todos los idiomas.

No por casualidad una actriz tan brillante como Catherine Deneuve, un símbolo del cine   durante la segunda mitad del siglo XX, suscribió una declaración pública en la que advierte  sobre los riesgos de la cacería de brujas  desatada por las denuncias de actrices exitosas sobre los supuestos acosos a los que fueron  sometidas décadas atrás y solo los denunciaron ahora.

Mejor dicho: cuando le sacaron provecho ni era acoso ni fueron víctimas.

Es bien sabido que en la industria  del espectáculo muchas mujeres utilizan sus atributos sexuales para abrirse camino en un mundo casi siempre dominado por hombres.

Lo mismo sucede en otros campos de la vida  económica y social: en las empresas, en la academia y en la iglesia la oferta sexual suele funcionar como moneda de uso a la hora de las promociones y los ascensos.

Y eso es más frecuente de lo que los censores están dispuestos a aceptar.

Estamos entonces frente a un complejo entramado.



¿En qué momento una persona se convierte en víctima? Quién define la frontera entre seducción y acoso? ¿De qué claves- diferentes del moralismo  y la paranoia- se sirven los inquisidores?.

Por supuesto, no hablo aquí del abuso sexual, que es un delito grave y no admite indulgencia.

Tampoco del abierto chantaje ejercido por quien  detenta el poder.

Pero a esta altura del camino sería saludable eludir  el escándalo y centrar la discusión en las  prácticas y roles creados por hombres y mujeres  para  acceder al disfrute de su sexualidad a través  de los tiempos.

No todas son víctimas y no todos son acosadores. Por el camino del medio fluyen viejas pulsiones que gravitan entre lo animal y lo cultural. Entre los instintos y las convenciones.

Propongo entonces que dejemos  la histeria y empecemos a razonar.

A ver si podemos volver a seducirnos sin miedo a ser arrojados a la hoguera.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada


jueves, 11 de enero de 2018

Conservadores anarquistas






Habituado a desvanecerse   durante largas temporadas,  mi vecino, el poeta Aranguren, reapareció justo el día del puente de Reyes Magos.

Andaba exiliado en algún pueblo de la costa adonde no llegan  los turistas y volvió  estrenando mochila arhuaca. Traía además una provisión de ron Tres esquinas como para aliviar  a un regimiento entero sitiado por la sed.

Y, sobre todo, regresaba con muchas preocupaciones a cuestas.

No me extraña: es su costumbre. El tipo se pierde durante meses y de repente toca a mi puerta depositando al entrar una valija siempre llena de preguntas sin respuesta.

Como si no tuviera con las  mías.



“¿Te haj fijao, compadre, en la cantidad de barbudoj tatuaoj y llenoj de aretej que van por las callej como una invasión de viejoj guerreroj maoríej?” Si hasta se hace cada vez más difícil distinguirloj. 

Me espetó a modo de saludo.

No es para tanto, viejo, le repliqué,  echando la cabeza a un lado para eludir su aliento de muchas borracheras decembrinas. Desde que la publicidad y el mercadeo controlan el mundo es cada vez más fácil uniformar a la gente, no solo en su aspecto físico, sino en sus ideas y comportamiento. Piense nada más en todos esos grupos políticos diseñados con las mimas técnicas utilizadas para lanzar una nueva marca de jabón o de papas fritas.

El hombre pensaba en toda esa legión de mujeres tatuadas, llenas de aretes, forradas en chalinas y calzando botines igualitos.

O zapatillas  Converse  blancas.

No es cuestión de géneros, insistí. Los hombres y mujeres de estos tiempos, independiente de su edad, parecen atender a uno de  esos llamados de El Partido, que en la China de Mao o en la Unión Soviética del estalinismo obligaban a la gente a vestirse de la misma manera.



Solo que ahora ya no se necesitan órdenes: basta  con un buen aprovechamiento de la publicidad.

Con la ayuda de internet, que todo lo vuelve simultáneo, inmediato y ubicuo, el trabajo se facilita.

A esa altura del diálogo, sin entender muy bien las preocupaciones de Aranguren, pensé en la parte interesante de todo esto.

¿No se supone que todas estas personas lucen así porque se sienten originales?

Entonces recordé  que el discurso de la publicidad y el mercadeo está basado en estudios  de sociólogos, sicólogos y antropólogos que analizan al detalle  la conducta humana para aislar sus motivaciones, sus expectativas, sus miedos y sus ilusiones.

Por eso todos hablan de originalidad e identidad, esos  viejos anhelos solo contradictorios en apariencia.

Originalidad: el soberbio y siempre frustrado deseo de ser únicos.

Identidad: la necesidad profunda de saberse partícipe de algo. Un grupo, una comunidad.



En este caso, la búsqueda de originalidad desemboca en un  grupo, en un colectivo o en una tribu, como les gusta decir a los expertos en ciencias sociales.

Por eso  vemos legiones por todas partes: animalistas, ecologistas, antitaurinos, graffiteros, patinadores y unas cuantas subespecies más.

Todos hermanados por tatuajes, barbas, aretes, chalinas y botines.

En su afán de ser únicos terminaron uniformados, como  si acabaran de  fabricarlos en una gigantesca planta de producción.

Y es aquí donde brota el oxímoron: con ese estado de cosas los únicos rebeldes de veras son los conservadores. Los  que se afeitan cada mañana con la obstinación de un presidiario. Los que lucen un cuerpo inmaculado   como prueba de resistencia a los embates de los tatuadores. Los que  a duras penas lucen anillos en su dedo anular. Y  los que no han sucumbido a los asedios de alguna secta.



Los conservadores anarquistas.

¡Lo tengo! Grité, entusiasmado por lo que al final resultaba tan obvio.

Pero a esas alturas Aranguren ya había sacado otra preocupación de su valija inagotable.

Algún día les cuento.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.