jueves, 18 de agosto de 2016

Ricos y pobres




“Es mejor ser rico que  pobre”, sentenció una vez Kid Pambelé, el boxeador palenquero  que se lió a puñetazos con la vida y acabó- como todos-   fulminado por nocaut.
La frase, lapidaria en su obviedad, es hoy más recordada  y citada que sus  épicas victorias en Panamá, Buenos Aires, Cartagena o  Filipinas.
Suerte similar corrió  la declaración  aquella del ciclista  Martín Emilio “Cochise” Rodriguez, el  primer colombiano en  competir por un equipo europeo.
“En Colombia la gente no se muere de cáncer, ni de infarto, sino de envidia”, habría  dicho ese hombre de piernas irrompibles, que  nunca se cansó de ganar sucesivas ediciones de la Vuelta a Colombia, cuando  las  carreteras eran poco menos que caminos de herradura.


Nunca como hoy, cuando las olimpíadas de Río llegan a su final, cobran tanta vigencia esas frases lúcidas y certeras. Como sucede siempre,  a pesar de que la atención de medios y aficionados se enfoca en el fútbol, son las disciplinas individuales las que  aportan las medallas. Mientras la selección  masculina de fútbol tuvo un lánguido y displicente  desempeño de principio a fin, fueron los levantadores de pesas, los yudocas y los boxeadores  quienes aportaron los mayores logros. Por lo visto, los futbolistas estuvieron más pendientes de los empresarios que planeaban sobre los estadios en busca de  nuevas y jóvenes presas que de vencer a los rivales.
Ese estado de cosas no es una casualidad. Al tiempo que  los jugadores de  fútbol tienen como única motivación ingresar al club de nuevos ricos inflado por los programas de farándula,  a boxeadores y  pesistas los enciende  una ilusión: escapar  de la miseria. No anhelan ser ricos: solo esperan salir de pobres. Es decir, tener una casa para la familia y tal vez unos ingresos fijos que  garanticen  una vida en los límites de la dignidad. Recordando a “El Cordobés”, el mítico torero de los años sesenta, podemos repetir  que lo único capaz de  llevar a un hombre a  arriesgarse a una lesión de por vida es el hambre. El caso del pesista  Óscar Figueroa es ilustrativo: tres cirugías en la columna vertebral dan cuenta de  más de dos décadas de fatiga para alcanzar la incierta cumbre de la gloria olímpica.


Desde luego, quienes agitan banderas, corean himnos  y se arriman a  la foto ganadora poco se interesan en esos asuntos. Al fin y al cabo, suelen ser refractarios a la sangre y el dolor.
No deja de resultar perturbador el hecho de que una persona intente redimirse levantando pesos enormes, inhumanos casi. De ese tamaño son sus carencias. Mientras  los demenciales ingresos de algunos futbolistas consiguieron que  los estratos medios y altos vieran  con ojos codiciosos las inclinaciones de sus hijos por esa disciplina, ninguno de ellos  celebraría  la elección de la halterofilia... a no ser que uno de esos caprichos del  mercadeo y la publicidad la convierta en una práctica bien recibida en la bolsa de valores. Por obra y gracia de un  milagro, los levantadores de pesas se volverían glamorosos y no tardarían en ser asediados por modelos y contratados para promocionar perfumes, autos y relojes.


Independiente de si son malayos, chinos, mexicanos o colombianos, estos deportistas lucen en la frente la marca de la marginación. Una mezcla de rabia  y euforia impregna  sus gestos y sus declaraciones en la victoria  y en la derrota. Se indignan lo suyo cuando los  gobernantes intentan apropiarse de  sus preseas. Y, por supuesto, están  llenos de  razones. Han chapoteado lo bastante en el  fango. Como Pambelé en los callejones de San Basilio de Palenque. Como “ Cochise” en  las carreteras destapadas de Antioquia. O como este Óscar Figueroa acosado por la violencia  y la pobreza,  que hizo de las pesas su forma personal de redención. Todos, a fin de cuentas, mordieron el polvo y comprendieron lo esencial: es mejor ser rico que pobre.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

martes, 9 de agosto de 2016

Destetados




 A ver si ustedes me ayudan a entender: desde que nací estoy viendo tetas, empezando por las altamente nutritivas de mi mamá Amelia. Durante años, las vi en las portadas de las revistas o en algunas películas en teatros a los que conseguí  entrar de manera clandestina. Cuando   entreví las de Brigitte Bardot en la tapa de la revista  Vanidades, insinuadas  detrás de su blusita mojada, creí asistir a una epifanía. Y eso que acababa de recibir mi primera comunión
De los años setenta en adelante, ustedes y yo hemos visto tetas por millones: en  la televisión, en el cine,  en los periódicos, en las revistas y más tarde en internet. Las hemos visto de todos los tamaños: turgentes y escuálidas, del diámetro  de una manzana o en racimo completo, como en el Cantar de los Cantares. Las  hemos contemplado de todas las texturas: lisas como pasadas por aceite de almendras  y recubiertas de pelusa como la piel del melocotón.  Han desfilado de todos los colores ante nuestra mirada: negras, blanquísimas, doradas, cobrizas,  luminosas.


Hay tetas naturales   y otras  hinchadas a punta de silicona. Pero todas tienen sus admiradores y, a veces, sus clientes.
Más tarde, cuando llegaron las primeras novias, pudimos disfrutarlas en vivo y en directo. De esa manera dimos fe de su talante prodigioso.
En fin, que para mayor gloria de Dios y de los hombres,  nacimos, crecimos y moriremos rodeados de tetas por todas partes.
Y ahora resulta que en Colombia un puñado de fanáticos quiere prohibir que las mujeres les den de mamar a sus crías  en lugares públicos, con el argumento retorcido de la defensa de la moral.
Ya se han recibido denuncias sobre personas que increpan a mujeres en buses, trenes, taxis, parques o restaurantes, por el  humano acto de ofrecerle la teta a   su retoño.
Por lo visto, mientras ellos tienen derecho a hartarse de viandas y vinos en los restaurantes, los recién nacidos  deben privarse del alimento, porque atentan contra unos “principios morales” que ni siquiera han  tenido tiempo de conocer.
¿De qué carajos estamos hablando?

                                          Natividad, Paul Gauguin
 
¿Es inmoral que una  madre   alimente a su  hijo en el momento  preciso en que lo necesita solo porque no cuadra con el engranaje  de unas mentes, esas sí,  pecaminosas de cabo a rabo?
Así las cosas, los niños deberán arriesgarse a contraer una  gastritis prematura, o caer en la desnutrición para que su madre no incurra en ese pecado recién inventado.
No sé, pero cada vez que escucho una noticia de estas, pienso  en el Procurador Ordóñez o  en uno de  esos seres que orientan programas radiales, cuyo propósito consiste en advertirnos sobre los males que nos aguardan si seguimos fornicando como conejos- con perdón de los conejos- o si los enfermos terminales claman por la misericordia de la eutanasia, para  no hablar del escozor que les provocan  el matrimonio homosexual, el aborto o la dosis personal de droga.


Curiosamente,  esos guías espirituales no se inmutan ante la miseria del prójimo, las violencias que dejan   cada minuto su tendal de muertos, la desigualdad social, el saqueo del erario y los fraudes  de los gobernantes. Nada de eso le resulta inmoral a su particular visión del mundo.
Pero se santiguan ante la visión de una teta misericordiosa que le da a un recién nacido fuerzas para emprender la lucha por la vida. No contentos con eso, piden castigos severos para la osada  madre. Unos cuantos azotes no le vendrían mal a la impúdica. Quizá así retome el sendero de las buenas costumbres.
Paso por un  centro comercial y veo salir  a cuatro damas con unos escotes que me dejan sin aliento y con taquicardia. Pienso entonces  en los integrantes del tribunal anti nutrición de bebés en lugares públicos y me hundo en la confusión.
A ver si ustedes me ayudan a entender.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada



jueves, 4 de agosto de 2016

Cosas de roqueros




Tenía diez años cuando mi primo Pacho me puso en contacto con el delirio en persona: una grabación en vinilo de una obra de los Iron Butterfly que, en la práctica, era la banda sonora de toda una generación. Supongo que  ya lo sospechan: se trataba de In-a-gadda-da –vida y allí estaba resumido todo, o al menos casi todo: las ansias de libertad, una furia latente contra algo indefinido, el propósito de demoler el mundo edificado por los adultos y la negativa  a dejarse absorber por el sistema… aunque a la vuelta de unos años el  sistema  nos hubiera tragado sin compasión.
En ese bosque denso de  sintetizadores y guitarras eléctricas alentaba además el anhelo aplazado de inventarse un mundo en otra  parte ¿Dónde? No hagan ese tipo de preguntas, pues en eso consiste la esencia de la utopía: en no conocer el nombre del lugar donde acontecerá el milagro.


Fue de esa manera como empecé mi tránsito por esa música que abreva en las fuentes más inesperadas: en las fugas de Bach y los compases de Mozart, en los músicos rusos de finales del siglo XIX, en las plegarias elevadas en las iglesias, en las leyendas rurales inglesas y en las canciones de los campesinos negros marginados a orillas del Mississippi, narradas por el genio de Mark Twain, el más políticamente incorrecto de los escritores de su tiempo.
Pero hay todavía más: las puestas en escena de Frank Zappa, de quien no se puede precisar si es un   director de teatro, un músico del Renacimiento, un provocador político, un compositor de rock, un  actor porno, un genio del humor negro y unas cuantas cosas más.
¿Cómo olvidarse de la poesía  que Paul Simon y Art Gartfunkel van desgranando mientras atraviesan con sus botas de siete leguas las noches desoladas de Nueva York?
Puedo  seguir enumerando y me perdería en un bosque infinito de bandas y solistas de este género que es, para mí, la música de fondo del siglo XX con sus guerras y sus desnudeces,  con sus políticos venales y sus consumidores voraces, con sus fabricantes  de ilusiones y sus desastres en masa.


Como una legión de viejos compinches  transitan por el desfiladero de mis insomnios. De B.B King a Deep Purple, de Bob Dylan a Janis Joplin, de Yes a Jethro Tull, pasando- cómo no- por los venerables The Beatles y The Rolling Stones, cara y cruz de una misma moneda. Ellos resumen el desconcierto de varias generaciones  marcadas por unos tiempos de vértigo cuya seña de identidad es la desmemoria y su destino final el olvido.
Hasta donde puedo recordar, la vida no ha hecho nada distinto a darme regalos. Terribles unos, sublimes otros, pero impagables todos. Entre  los segundos me prodigó la fortuna de encontrarme con un muchacho llamado Alejandro Patiño, de quien no sé a qué horas aprendió tanto de música, de todas las músicas  que en el mundo han sido. Con él me di el lujo de hacer un programa en un pequeño canal de televisión local, patrocinado por la locura temporal de otro enviado del cielo: Jorge Alberto Marín. Se llamaba Tiempo de Rock, una suerte de tertulia audiovisual en la que indagamos por la impronta que esta música de guitarras dolientes y versos luminosos  ha  dejado en  el muro de los tiempos: la economía, la familia, la religión, la política,  la literatura, el cine y la sexualidad ¿Recuerdan “Chelsea Hotel”, esa plegaria en la que el poeta Leonard Cohen le agradece a Janis Joplin la redención fugaz de una mamada?


Es media noche y escucho a Lou  Reed, un poeta de alcoholes y penumbras habituado a transitar por el lado más bestia de  la vida. Quizá  solo Tom Waits se haya acercado   un tanto  a esa manera suya de cantar desde el centro mismo de su herida abierta.
Como una premonición, con esos dos músicos se cerró, por física  quiebra del patrocinador, el ciclo de Tiempo de Rock. Alejandro sigue orientando su programa  Rock sin Fronteras en la Emisora Cultural de Pereira. Por mi parte, me levanto  a escribir letanías como ésta, para agradecerle a la vida y a mi primo Pacho el  don de esta música que me mantiene vivo, o mejor dicho: medio  muerto a veces, pero vivo a pesar de todo.

PDT: les comparto enlace a la (obvia) banda sonora de esta entrada