martes, 27 de septiembre de 2016

Un mensaje de Isaiah Berlin





 " Pues nadie que no esté virtualmente muerto o moribundo puede ser espectador indiferente del destino de una sociedad a la cual está ligada su propia vida".
                     Isaiah Berlin
                                                   Biografía de Karl Marx
                                                  Alianza  Editorial


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 https://www.youtube.com/watch?v=Jl4wIOZpv_I

lunes, 19 de septiembre de 2016

Lo bueno de escuchar






¡Facho!
¡Mamerto!
¡Jodeputa!
¡Recontra facho!
¡Mparío!
¡Recontra mamerto!
¡Uribestia!
¡Santista!
¡Retrógrado!
¡Vende patria!
¡ Amén!


¡Recórcholis! Exclamé al contemplar esa muestra  de  estulticia que crece  como un hongo en las calles y en las redes sociales ante la proximidad del plebiscito que, independiente de sus resultados,  nos brinda una oportunidad que no han tenido  generaciones enteras de colombianos: la de tomar decisiones según el propio juicio sobre asuntos que han de afectarnos a todos.
Ante el intercambio de insultos y la pobreza de criterios que descalifica al disidente con el adjetivo de mamerto o  denigra de  quien solo es conservador  asignándole el calificativo de fascista, queda la pregunta sobre las razones que nos llevan a  confundir las convicciones con los insultos y la pura verborrea con  la argumentación.
Para empezar, crecimos confundiendo lo que está bien con lo que nos conviene y eso da pie a una grave distorsión ética: a menudo nuestras  conveniencias pueden arrasar regiones enteras del mundo ajeno.
Bastaría con revisar lo que entendemos por diálogo o negociación para captar la dimensión del despropósito.


Miremos lo que   pasa con el concepto de diálogo. Con alguna excepción, pasamos por alto que  la clave de este último consiste en escuchar, como  lo enseñara Platón en Fedón y Fedro: solo después de atender las razones del otro  estamos en condiciones de formular las nuestras. Pero no es así.  Formados en una escuela autoritaria, hicimos del diálogo no una  herramienta  de comunicación sino una manera de imponernos sobre los demás. Por eso, cuando  se nos acaban los argumentos empezamos a alzar la voz, cuando no a agredir al interlocutor. En nuestra historia abundan los ejemplos de cómo, llegados a ese punto, los pistoletazos suplantan a las ideas. Por ese camino no se alcanza una conciliación sino una imposición.

Con la idea de negociación nos va peor. En el habla coloquial, negociar no equivale a entenderse con los demás, a llegar a acuerdos con ellos sino a enredarlos, a sacar ventaja sin importar los medios.  Por eso entre nosotros negociar   se volvió sinónimo de embaucar, de engañar

En ambos casos omitimos lo esencial: quien se dispone a dialogar y negociar debe dar por sentado que en algún momento debe renunciar a algo. Por eso, de entrada el gobierno Santos presentó su declaración de principios: “El modelo económico no se negocia”.  Y los voceros  de las Farc tuvieron la sensatez para entenderlo y asumirlo. Por perverso que les resulte el sistema, en los acuerdos de La Habana no  se iba a  cuestionar la propiedad privada ni a implantar el comunismo, como lo pregona cierta tendencia paranoica. A su vez, los representantes del  gobierno aceptaron las razones de la insurgencia. Solo  así pudieron sentarse a la mesa y mantener los diálogos, a pesar de los momentos críticos.


Cuando no se comprenden esos elementos básicos explota el epíteto, la adjetivación incendiaria. Los resultados pueden ser devastadores. En lugar de facilitar acercamientos se exacerban los odios, cunde la animadversión. La toma de decisiones deviene así  un acto irracional. Todo lo contrario de lo que debería ser un diálogo o una negociación.
Con todo y que la cuenta regresiva para el plebiscito avanza, todavía estamos a tiempo de apelar a la lucidez.  En realidad solo se necesita hacer una pausa y escuchar, escuchar, escuchar mucho antes de replicar.
El pasado   9 de septiembre, durante su presencia en el noticiero de  Ecos 1360 Radio, la congresista María del Rosario Guerra, promotora del No, deslizó  una lista de razones para justificar su posición. Las Farc se lucran con el narcotráfico. Las Farc  han reclutado  niños. Las Farc obligan a  abortar a las  mujeres que militan en sus filas. Las Farc han desplazado y asesinado campesinos. Las Farc han secuestrado.
Y sí: después de escucharla un buen rato acepté que  a la congresista le asiste toda la razón. Por eso votaré por el sí el próximo 2 de octubre: para que esas cosas no se  repitan nunca más.

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jueves, 15 de septiembre de 2016

¡Yo llegué primero!




 El título del presente  texto no es más que una copia del grito de batalla de niños y jóvenes cuando en sus juegos  se enfrentan a un descubrimiento sobre el que  pretenden  ejercer un derecho de propiedad. También puede ser, con otras palabras, la transcripción de los gritos proferidos por los navegantes que acompañaban a Cristobal Colón  cuando avistaron tierra en su primer viaje a América.

 
Pero  en este caso se trata  de algo mucho más  prosaico: es la frase utilizada a modo de mantra por legiones de compradores capaces de pasar una o varias noches en vela, con tal de tener primero el objeto de sus anhelos: un teléfono, una computadora, una camisa  o un auto. Da  lo mismo, si ese sacrificio les depara la dicha impagable de mirar por encima del hombro al vecino, es decir, al competidor, aunque sea por un par de segundos. Lo  mismo hacen los  fanáticos del cine, según se desprende de una nota de prensa. “Yo compré la película  en la calle, porque quería verla y aún no ha llegado a  las salas”, declaró una compradora ocasional de este tipo de productos. Por lo demás, dice el  artículo que para mucha gente resulta imposible esperar a que las salas locales estrenen una película que lleva ocho días  siendo proyectada  en otras  ciudades del país.


De modo que no se trata de disfrutar las  cosas  sino  de tenerlas primero que los otros, como si se  participara en una carrera contra el reloj. Esa es la premisa que mueve  a millones de personas en el mundo.
Sobre esa clave  avanza hoy la religión del consumo, esa curiosa forma del vértigo que acabó por sustituir la búsqueda de la  trascendencia como uno de los soportes de la vida. De ahí que todo se haya convertido en una “rats race” o una carrera de ratas,  como bien lo definió el pensador Herbert Marcuse en  uno de sus libros. Por esas razones,  hace mucho tiempo dejamos de concebir el  conocimiento y el disfrute del mundo como parte  de una experiencia vital que en principio nos ayuda a comprendernos a nosotros mismos. El asunto  es muy distinto : ahora  se trata de llegar  primero a la meta para, una vez consumido el objeto codiciado, desecharlo y emprender una  demencial carrera  que nos conduce al siguiente y al que le sucede, hasta que otro depredador termina  consumiéndonos  a nosotros. No importa si se trata  de ropa, música, autos, bicicletas, libros , películas,  cuerpos , ideas , paisajes  o religiones : lo que vale  realmente es apropiárselos primero que el vecino para  exhibirlos con las  mismas ínfulas del guerrero que les muestra a sus congéneres el cuero cabelludo del enemigo vencido. Por eso  el mercado natural de  algunos de esos productos son los semáforos y las esquinas para los pobres y los centros comerciales para los más pudientes o  que aparentan serlo. Todos  constituyen una tierra de nadie donde la gente dispone de  dos minutos para comprarlos y la mitad de ese tiempo  para ostentarlos, antes de que vayan a parar al cesto de la basura.


Pero ante ese panorama no todo está perdido. Todavía hay personas que emprenden un viaje, contemplan un paisaje, leen la poesía del Siglo de Oro español o asisten a la proyección de una obra maestra , sin  parar mientes en que quienes las apreciaron por primera vez están muertos desde hace años, o  incluso siglos: lo suyo es un asunto que pasa por el goce  y el conocimiento del  mundo y por eso mismo  situado a años luz de la histeria de aquellos cuyo fin último es salir gritando “¡Yo llegué primero…yo  llegué primero!”.

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jueves, 8 de septiembre de 2016

El señor de las moscas



En la tradición judeocristiana  Baal- Zabuh, Belcebú, es el demonio, el señor de las moscas  que sobrevuelan la carne putrefacta de los holocaustos.
Nunca  mejor pensado un seudónimo como el escogido por Fernando Garavito para firmar  y titular sus columnas de opinión: Juan Mosca, El señor de las moscas.
Como el insecto que se agita  sin tregua alrededor del blanco elegido, los textos de Garavito-devenido Juan Mosca- revolotean (porque siguen haciéndolo) sobre la conciencia de un país escindido entre sus intentos de acceder  a  la modernidad y la obstinada tentativa de un sector de sus dirigentes por devolverlo al pasado.
Ninguna de las facetas del poder escapó a la fina y ácida mirada de este hombre formado en la mejor tradición clásica. Los universos de la economía, la política, la historia, la cultura y la religiosidad  fueron abordados con un estilo forjado a la  luz de los grandes cultores de la lengua castellana. De  Cervantes a García Márquez y de sor Juana Inés de la Cruz a León de Greiff, la impronta de la buena escritura se hace visible en unos textos cuya seña de identidad siempre es la lucidez. La misma clase de lucidez que llevó a Juan Mosca a fustigar  a las élites colombianas, que no dudaron un instante  a la hora de castigarlo con el exilio.


A desvelar las fuentes y motivaciones de este pensador indómito y descreído   dedica el periodista y escritor  Edison Marulanda Peña las  doscientas páginas de su libro Más que Juan Mosca, Fernando Garavito, escritor y hereje publicado por la  Editorial Universidad de Antioquia en 2016.
El  ensayista forjado en una tradición  que se remonta a don Miguel de Montaigne. El poeta  que abrevó en lo más hondo del Siglo Oro  Español y el columnista iconoclasta que  nunca  ocultó su deuda con José Martí o  don Ramón María del Valle- Inclán, se despliegan en el minucioso  ensayo relato de Marulanda Peña. En un contrapunto que va de las pasiones  literarias del columnista,  a su obsesión por el devenir   político y social de Colombia, el autor del libro nos remite al papel jugado por la prensa  en un país asolado por su propia versión de las plagas bíblicas: violencia, indolencia y corrupción.
Autor de una biografía del cardenal Darío Castrillón Hoyos y otra del periodista César Augusto López Arias,  Edison  Marulanda se vale de la experiencia adquirida para husmear en archivos  y fuentes testimoniales,  con el fin de identificar las claves  de una vida consagrada a la disidencia, a la más pura expresión de la herejía asumida como razón de vida.


En un país controlado por los partidos liberal y conservador, que en realidad son uno solo apuntalado por la Iglesia Católica, como lo demuestra la actual resistencia a reconocer derechos  avalados por la constitución política, el ejercicio de la autonomía y la lucidez es cuestión de  supervivencia.
Allí reside la importancia de este libro que rescata, analiza  y valora el legado de un hombre como Fernando Garavito o Juan Mosca, que irrumpió con su zumbido en sacristías y despachos oficiales, agitando un aire enrarecido y suspendido en el tiempo desde los días de la colonia.

Con un atinado prólogo de Mariluz Vallejo, autora de varias antologías sobre periodismo colombiano, el libro Más que Juan Mosca, Fernando Garavito, escritor y hereje se suma a una corriente empeñada en recoger algunos episodios de nuestra historia fragmentada, con el fin de animar la reflexión en un país que se  niega a mirarse de cuerpo entero en el espejo de sus infamias.

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https://www.youtube.com/watch?v=CCDoCBExYtY

martes, 30 de agosto de 2016

Las heridas de la lengua





                                                              Pero también aquella estirpe
                                                              Fue desdeñosa de los dioses
                                                              Y cruel y  hambrienta de masacres
                                                              Y violenta: conocerás que habían
                                                              Nacido de la sangre.
                                                                  (Ovidio. Metamorfosis, I.160-2)

Sucedió a  las tres de la madrugada  del domingo 28 de  agosto en una taberna de mi vecindario. Como bien sabemos,  a esa hora todos los borrachos del mundo se vuelven cantantes. Y como, desde luego, no saben cantar, se  desgañitan en coro tratando de compensar  a gritos  sus carencias.
Pues  bien, el día   mencionado no cantaban: discutían  sobre el plebiscito   en el que el 2 de octubre los colombianos deberemos   resolver el  rumbo de uno de  nuestros muchos  conflictos armados: el del  Estado, una parte de la sociedad y la guerrilla de las Farc.
Empiezo por corregirme: los borrachos no discutían: se insultaban y se trataban de arrodillados o de  bandidos, dependiendo del bando escogido para terciar  en la controversia. En medio de la contienda se escuchó un estropicio de vidrios rotos que, por fortuna, no tuvo mayores consecuencias.


Antes de levantarme, pensé que así hemos vivido los colombianos el tránsito hacia esta oportunidad que nos brinda la historia: confundidos, exaltados y más prestos a  insultar  al contradictor que  a escuchar sus razones.  Faltos de lucidez y pobres en argumentos, apelamos al escarnio como instrumento para silenciar    a los otros.
Por mi parte, votaré por el sí  a la paz el domingo 2 de octubre. Mis razones son simples: he visto correr demasiada sangre por ríos, calles y caminos. He oído  demasiado llanto de huérfanos y viudas. Por eso, como en la canción del viejo y querido John Lennon: “Todo lo que pedimos es  que  le den una  oportunidad a la paz”.
Pero mucho me temo que antes de  silenciar los fusiles, debemos desmontar el  arsenal oculto en el lenguaje. Ustedes y yo guardamos  bajo la lengua toda una batería de   palabras y  frases dirigidas a  descalificar las razones del otro, cuando  no a destruirlo.
Veamos unas cuantas:
Todos los políticos son ladrones”, afirmamos, cuando bastaría con examinar la gestión pública de hombres como Antanas  Mockus  o Antonio  Navarro Wolff   para desmentir el aserto.
“Prefiero un hijo ladrón  o asesino a un hijo marica”, proclaman todavía  cientos de padres, ignorantes de la dimensión del despropósito que equipara las inclinaciones sexuales a un crimen.
“¡Vieja bruta! ¡Mujer tenía que ser!” gritan automovilistas y peatones ante la menor infracción  de tránsito protagonizada por una dama al volante.
“¡Este si es mucho indio!” decimos ante  la muestra  de torpeza de quien camina a nuestro lado.
“Esa es  una zorra" sentencian cientos de mujeres- y hombres también-  cuando sus congéneres asumen el libre disfrute de su cuerpo y su sexualidad.
“Ese tipo es un lambón”,  se dice de quienes en el barrio o en el trabajo muestran  espíritu  cooperativo.
Podríamos seguir enumerando y no acabaríamos.  Vivimos levantados en armas. La palabra, cuya   función  primordial es comunicar,  devino entre nosotros  material explosivo.
Sabemos desde siempre que las palabras sanan o hieren. Sin embargo,  a menudo obramos como si lo ignoráramos.


De modo que el 2 de octubre comienza la tarea más difícil: cumplir los pactos y reinventar el lenguaje. Por ahora  tenemos un mes para empezar a  recomponer el camino.  Llenarnos de argumentos en favor del sí,  respetando a quienes opten por el no. Hasta ahora hemos permitido que la búsqueda de la paz  se convierta en una rebatiña de dos políticos y sus seguidores sacándose los ojos en los medios de comunicación, en las plazas , en las redes sociales y, como los borrachos de esta historia, en las esquinas y tabernas.


En 1641,  en un bello y breve libro titulado  Meditaciones metafísicas, el pensador René Descartes nos  enseñó un principio fundamental: “Los actos de la voluntad deben estar precedidos de los actos del entendimiento”, escribió el francés. Dicho  de otra manera: debemos pensar antes de obrar.
Esas palabras deberían servirnos  de punto de  partida   para emprender la reflexión, el análisis y la búsqueda de argumentos que nos lleven a tomar la más lúcida de las decisiones, ahora que  la vida y los avatares de la política  nos otorgan esta oportunidad.

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https://www.youtube.com/watch?v=tlKX-m17C7U