jueves, 23 de marzo de 2017

A ponerse la ropa



 
A veces uno se topa con curiosidades que ante el mínimo examen se convierten en síntomas.

Mi vecino, el poeta Aranguren, me muestra un artículo donde se dice que si bien  es cada vez mayor el número de personas que visitan páginas porno, también es cierto que las abandonan más rápido.

-Puede ser  el inevitable hastío ante la repetición, le digo.

- O físico terror ante los niveles alcanzados por el porno conceptual, ese en el que  el objeto ya no es el sexo, sino  los trucos que lo trascienden. Hace poco vi un vídeo en el que la mujer se echa pedos y el tipo les prende fuego con un  encendedor. Pura pirotecnia, como quien dice, comenta el hombre, animándose con un trago doble de ron Tres Esquinas.

- O puta pirotécnica,  respondo, menos sorprendido que desconcertado.

- La industria del porno podría estar a puertas de una crisis, insiste.
-¿Pero cómo, si el número de páginas en internet se cuenta por millones y las actrices y actores de todas las edades y colores siguen nutriendo esa especie de santoral del empelote? Le  repliqué
- Pues sí señor, me respondió impávido. Una cosa son las páginas y sitios que se crean todos los días y una muy distinta  la duración de las visitas
- Algo raro debe  estar pasando con ese mercado  de hormonas, miedos, delirios y  ansiedades- pensé-  y me lancé enseguida a hilar cabos.



No sé si mi vecino o algún investigador acucioso  dispongan de una prueba. Pero  la idea de que el reino donde se resuelven todas las fantasías pueda siquiera menguar en tamaño y alcances resulta perturbadora. Al fin y al cabo la  representación de escenas  sexuales explícitas  o veladas  nos ha acompañado  desde que el primer hombre se descubrió solo en su caverna. A partir de  ese momento hasta nuestros días la pornografía expresa sin pudores lo que la moral  y la hipocresía  les han negado a los mortales  a lo largo del tiempo: la posibilidad de explorar  el cuerpo hasta   sus remotos confines, la transgresión del  decálogo,  la  siempre latente oportunidad  de escapar por la puerta  bloqueada por los guardianes del orden, la promesa renovada de abandonarse  a la corriente de los más puros instintos.
  
En su  acepción más precisa, pornografía quiere decir “escrito sobre las putas”. De entrada resulta claro que este último vocablo es utilizado en el sentido de juicio moral, no en el de ejercicio  de un trabajo.  A la puta se la juzga por violar unos códigos y se la destierra al lugar de los apestados, aunque  al mismo tiempo se la acepta como una necesidad para desfogar las energías sexuales reprimidas. Sin ellas, la jauría de machos alfa acabaría de enloquecer y destrozaría este planeta en cuestión de minutos: peor que la fisión nuclear.


 Desde sus inicios, la literatura  ha rendido constante tributo a esa figura temida  y asediada que  encarna el sexo con su red de dichas y peligros. Los diálogos amenos entre dos cortesanas, escrito por Pietro Aretino, acaso resuman la esencia del dilema: en sus páginas se condensa  el siempre anhelado encuentro entre lo sublime  y lo procaz. Lo aéreo y lo rastrero. En suma, nos recuerdan que el bien y el mal son  caras de un mismo asteroide. Como ustedes saben, el Aretino  fue un esteta de la pornografía.

Cada vez más inquieto, proseguí mi búsqueda hasta que una nueva conversación con mi vecino me devolvió de golpe a la simplicidad de la respuesta: la publicidad, el cine,  las revistas y los vídeos son los responsables de que nos hayamos hastiado de ver cuerpos desnudos. Tan sencillo como eso: la sobre exposición nos robó el  misterio.  La raíz del deseo anida en la escasez, no en el exceso, como bien lo saben los teóricos de  la economía política.  Si renovamos la vieja costumbre de andar vestidos  a lo mejor la pornografía recupere parte de su antiguo prestigio.



Devenido mercancía, el cuerpo  perdió su condición de puente entre los anhelos humanos. Y el destino último de las mercancías, por costosas que sean, es el cesto de la basura. De modo que si queremos recobrar   al menos una parte del milagro avistado al presentir la desnudez del otro, tendremos que hacer nuestro este mandato: ¡A ponerse la ropa!

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

jueves, 16 de marzo de 2017

Solo queda el coraje



                                          Diana  Pérez   Fotografía: Hans Lamprea


Salvo  el inesperado final, la de Leoncio Pérez es la historia de miles de campesinos colombianos.

Poseedor de una pequeña parcela en el  departamento del Quindío, el  hombre se endeudó con los bancos con el propósito de conseguir el capital para la siembra de mora y lulo.
Pero las cosas no salieron como Leoncio lo esperaba: la cosecha se perdió, el banco no renovó el crédito y el hombre se lanzó a las calles a la desesperada.

Se trataba de pagar las deudas o perder la tierra.

En esas estaba cuando conoció personas que se enteraron de  su situación, el chisme se regó y no tardaron en aparecer los redentores. Gente que ofrecía fórmulas expeditas para sortear la encrucijada.
Y entonces  Leoncio emprendió viaje hacia Leticia, capital del Amazonas colombiano. Desde allí lo había contactado un posible comprador para su finca.

O al menos, eso les dijo a su mujer y a su hija  Diana cuando salió de casa un día de febrero de 2013.



No  existían razones para no creerle: era uno de esos hombres firmes y francos que parecen  amasados con la misma tierra que cultivan.

Desde ese día  pasaron dos semanas sin saber  de él: como a uno de los personajes de La Vorágine, la novela de José Eustasio Rivera, parecía habérselo tragado la selva.

Hasta  que, dos semanas después, Diana recibió la llamada.
-“Señora Diana, le habla el cónsul de Colombia en Shanghai. Debo comunicarle que su padre se encuentra detenido en  China. Le encontraron 1200 gramos  de cocaína en el equipaje. Es  importante que lo sepa: las leyes en este país son bastante drásticas. El castigo podría ser incluso  la pena de muerte. Quedo  a su entera disposición”.

Cuatro años después, Diana recuerda que fue como un mazazo en la cabeza.  “¿Shanghai? ¿Cocaína? ¿Pena de muerte? ¡Pero sí mi padre a duras penas había salido del Quindio!”
“Durante un buen rato creí que era una broma o una de  esas tretas utilizadas por los delincuentes para extorsionar incautos”, les dijo a los periodistas de Ecos 1360 radio durante una entrevista  el viernes 10 de marzo de 2017.



Ahora su padre lleva cuatro años  detenido  en una cárcel ubicada a 15000 kilómetros de casa  y Diana, motivada por su propio drama, decidió ocuparse del de los demás y por eso creó una organización para ayudar a los colombianos prisioneros en China, buena parte de ellos provenientes del Eje Cafetero .
Esto último no es casual. La zona es  el centro de acción de poderosos carteles de la droga,  a los que las autoridades  llaman de “microtráfico”, como  si el eufemismo minimizara la magnitud del problema. Según organizaciones como la Fundación Esperanza,  en la región también se concentran las  redes de trata de personas.

El mecanismo es simple: las mafias controlan circuitos que les permiten ubicar a personas con  dificultades económicas y se presentan como salvadores dispuestos a prestarles plata. Cuando las deudas se hacen impagables se quitan la máscara y ponen a la gente contra la pared: o usted hace lo que le decimos  o acabamos  con su familia.

Por esa ruta  se tejió el destino de  ciento setenta colombianos que aguardan su sentencia en China. En algunos casos esas condenas  pueden contemplar la pena de muerte.



Son personas como Leoncio, enfermo de la próstata y con  tres hernias en la columna vertebral. Desconocedor del mandarín, solo atina a comunicarse por señas para pedir analgésicos, porque los otros medicamentos debe pagarlos de su propio bolsillo lo que, dadas las circunstancias, resulta imposible.
“Por eso, porque son muchas las personas  que padecen como mi padre y muchas las  familias en circunstancias parecidas a la mía, me empeñé en crear la Asociación de Familias Colombianas Unidas, vocera y defensora  de los colombianos  presos en China.  Miren, si  a mí que tengo una formación profesional y he logrado  hacer contactos se me dificultan las cosas,  a personas  de origen humilde con dificultades de comunicación  a veces no le queda salida distinta  al llanto. Imagínense que una llamada de nuestros familiares no puede durar más de  seis minutos, que solo alcanzan para  saludar y nada más. Si a eso le sumamos la poca o nula colaboración del gobierno colombiano, para no hablar de las autoridades locales o departamentales, tenemos un panorama en el que se necesita mucho coraje si uno no quiere doblegarse en la impotencia



Y coraje es lo que ha sobrado hasta ahora a Diana Pérez. Hija única y economista de profesión, se las arregla para distribuir el tiempo y las fuerzas entre su condición de hija, esposa, gerente de una empresa comercial de la región y ahora líder de la organización que lucha por los derechos de los colombianos prisioneros en China.
“Cuando me pongo  a pensar en la lejanía, en el desconocimiento del idioma, en la extrañeza de la cultura  y el hacinamiento de todas esas personas como mi padre me digo que la vida sigue, y por eso emprendo la lucha.  Imagino a mi padre encerrado  en un una celda  de seis metros de largo por tres de ancho con doce personas más, la mayoría de  de otras nacionalidades, incluidas  las de algunos paises africanos , sin poder comunicarse con ellas. Esa imagen me da fuerzas para seguir luchando por su repatriación, a pesar de la insolidaridad de las autoridades, a las que ni el caso reciente de Ismael Enrique Arciniegas, ejecutado hace  unas  semanas, ha movido a buscar otras alternativas”.

Paradojas terribles tiene la vida. Como que la única esperanza de repatriación para estos colombianos sería el diagnóstico de una enfermedad terminal. De esa clase de retorcida esperanza se alimentan las familias de ciento setenta connacionales que un día salieron de su tierra con  un par de  trajes en  la valija, un puñado de  ilusiones, un pasaporte sin estrenar y unos cuantos gramos de droga que al final les abrieron de par en par las puertas del infierno.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada



jueves, 9 de marzo de 2017

El amo de la realidad






“Ningún recuerdo es indudable” sentenció Bertrand Russell aludiendo a la frágil condición de la memoria como  recurso para dar cuenta de la experiencia.
 Siguiendo esa misma línea Henry  Burlingame, uno de los protagonistas de El plantador de tabaco, la tercera novela de John Barth, lo dice de esta manera:“Toda aserción  sobre la propia existencia es un acto de fe imposible de verificar”.
Henry es  algo así como el mentor y  escudero de Ebenezer Cooke, quien desembarca en Maryland como poeta laureado, investido por Lord Baltimore, ungido a su vez por el rey de Inglaterra.
Algo así.  Porque  la novela de Barth es una  permanente puesta en duda del sentido de la identidad y, por lo tanto, de la realidad.  Pronto descubrimos que Henry puede ser muchos hombres, dependiendo de los intereses en juego… o de la pura necesidad. A su vez, Baltimore deja de ser Lord y el rey está a punto de perder el trono y la cabeza.


A lo largo de   un millar de páginas el narrador nos devuelve a viejos tópicos transitados por la literatura desde hace siglos : la personalidad como impostura, la Historia como disparate, la identidad como un interminable equívoco son el trasunto de esta  aventura de marinería, que en cada uno de sus capítulos deviene  una y otra vez metáfora del absurdo.
Al contrario de lo que suele creerse, la identidad es variable y ondeante, como dijera el filósofo. Y los protagonistas de El plantador de tabaco  dan cuenta de ello a cada paso. A caballo entre la locura de Don Quijote y el cinismo de Swifft la obra de Barth es una travesía delirante  entre la Inglaterra y la América de los siglos XVI y XVII. Las turbulencias de la historia se cruzan con el tormento de los destinos individuales para dar paso a una sucesión de malentendidos, que lejos de resolverse en el juicio adelantado  al final de la novela desembocan en un mundo donde no hay certezas posibles.


Si Don Quijote rinde  tributo a los mitos de la caballería andante, El plantador de tabaco deviene parábola de marineros, pero no a la manera trágica de Melville sino en clave de sainete. Hombres y mujeres parten  de Inglaterra hacia las costas de una Norteamérica donde las  siempre artificiosas fronteras entre la civilización y la barbarie no tardan en desdibujarse, dejando una legión de cuerpos y espíritus estropeados. Al  menos así lo intuye Lord Baltimore cuando  declara: “La vida es una batalla  que deja cicatrices en todos nosotros, vencedores y vencidos por igual”. O como  lo expresa el viejo capitán Cairn, al mando de su barco lleno de perdularios: “¿Qué más da que el hombre viva siete años o setenta? Sus años son un parpadeo en medio de la eternidad, e importa una higa cómo los pase  (ya sea gobernando barcos, escribiendo poesía, erigiendo ciudades o quemándolas) porque a la postre, cual la mosca efímera, perece al rendir el día”.
Como comparsas de carnaval, los hombres y mujeres de la historia intercambian nombres, rostros y roles. Ya se trate de Andrew Cooke, padre de Ebenezer o de  Ana, hermana gemela del poeta, así como de la sucesión de almas en pena que atraviesan el relato (Susan Warren, Coode, Bertrand, Charles, Smith), todos comparten el mismo sentimiento de incertidumbre ante  los poderes del cielo y de la tierra. No por casualidad Ebenezer- poeta virgen- ha descubierto que: “El mejor de entre nosotros tiene por las noches ciertos recuerdos que le hacen sudar de  vergüenza”.


Ebenezer pisa el nuevo mundo convencido de su misión: escribir un poema que dé cuenta de las glorias de Maryland y su próspera economía tabacalera.  Después de sortear toda clase de infortunios en  un periplo bastante parecido al de  Odiseo, entre  los que se encuentran  dos secuestros por parte  de barcos piratas, uno de ellos repleto de putas, este antihéroe  acaba casado con la mujer que abandonara  durante la travesía, ahora enferma de sífilis y portadora de la clave que habrá de devolverle la heredad perdida en uno de sus muchos raptos de locura. “Pocos motivos tienen las putas para tener fe en los hombres”, dice Joan, la mujer,  en una de las muchas revelaciones que fulminan como rayos a estos personajes.
Con ese panorama, Ebenezer Cooke no puede hacer nada distinto a escribir las miserias de Maryland, una tierra en la que las facciones  que se disputan el poder en nombre del rey utilizan la sífilis como arma  para acabar con sus enemigos. Al fin y al cabo todos saben que la vida, aparte de ser “un dramaturgo desvergonzado”, “no ofrece ningún consuelo para un hombre que acaba de cagarse de miedo”.


A  Burlingame no le van mejor las cosas. No solo tiene que proteger y orientar a su pupilo sino que debe buscar  sus orígenes entre  el fango de su sangre india y blanca. Puestos a formular  explicaciones simplistas podríamos decir que su mestizaje es a la vez luz y tinieblas, pero el drama es más complejo: cada nuevo descubrimiento es otro paso a la perdición. “La identidad solo existe en la imaginación”, se dice cada vez  que  pierde un eslabón de la cadena. Entonces  recuerda  que “los hombres son esclavos de la memoria y por eso es imposible la huida”.
Al final no hay final. No puede haberlo en una novela que todo el tiempo  se devora a sí misma para regurgitarse una página después. A modo de plegaria, nos quedan estos versos del poeta virgen Ebenezer Cooke,  sobreviviente a todas las desdichas:
                                             No busques el consuelo de la gloria
                                             La fama es prostituta ahíta de escoria,
                                             Con ella nunca yogues, no seas necio.


PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada