jueves, 23 de mayo de 2013

Estrellas fugaces




La conversación se la escuché a dos periodistas deportivos de la nueva era, es decir, mejor enterados de los avatares de las ligas europeas que de las peripecias de los equipos locales.
-  ¿Qué  será del destino de  Frank Rijkaard? Preguntó el más veterano, con la sobradez de un curtido profesor dispuesto a pillar a su pupilo en  una  incongruencia.
-  Hmmm ¡Murió para el mundo! Replicó, lapidario, el muchacho, orgulloso de sus rápidos reflejos.
Aguijoneado por la ambigüedad de la respuesta me di a la tarea de buscar en Internet la fecha del deceso de ese rendidor mediocampista y entrenador, responsable  en buena medida de la gestación del más glorioso ciclo del Fútbol Club Barcelona en toda su historia.
Encontré muchas cosas, entre ellas asuntos relacionados con la vida privada del futbolista que no nos conciernen. Lo más parecido a una muerte era su destitución como entrenador de la selección de Arabia Saudita, en un desenlace apenas comprensible : algo  va de la magia  de Ronaldinho a la rudeza secular de los nómadas del desierto. Leí acerca de sus orígenes en el legendario Ajax y de su paso por clubes modestos hasta arribar  al no menos célebre Milán de Arrigo Sacchi. Supe de la resistencia inicial por parte de la fanaticada  del Barcelona hasta su entronización en los altares después de conquistar dos  ligas y una copa  de campeones.
 Rijkaard está vivo. Maltrecho, pero vivo, quise advertirles a los discutidores. Pero, por lo visto, andaban  bastante ocupados  confeccionando una larga lista de muertos vivientes en el mundo del deporte. En ese  curioso obituario destacaban los nombres del brasileño Adriano- el goleador, no el defensor- el argentino Ariel Ortega y el colombiano Giovanni Moreno- Gio le decían, con exceso de confianza para mi gusto-. También nombraron al  boxeador Mike Tyson y  al ciclista Santiago Botero. En  un salto mortal pasaron del deporte al cine y entonces la pregunta  fue dirigida a los fantasmas de Al Pacino,  Robert De Niro y Sigourney Weaver  juntos.
Por lo visto  estos tipos no saben que la gente envejece, se cansa y, para acabar de completar, muere, musité para mis adentros.  Que  el suyo era un diálogo meramente  retórico resultaba secundario. Me  inquietaba más constatar, por enésima vez, lo que filósofos, poetas y ensayistas  vienen  advirtiendo desde  comienzos del siglo pasado: los  medios de comunicación acabarían muy pronto  imponiéndole a la  vida de todos los días una realidad fabricada con recortes de periódico, noticias de radio, imágenes de cine y televisión, portadas de revista y cables oficiales. Desprovistos de sentido crítico, los consumidores de información no dudan así en mudarse a  un mundo diseñado de antemano que si bien les arrebata cualquier indicio de identidad personal los recompensa con la tranquilidad de no tener que formularse preguntas. Dentro de esa lógica quien no aparece en el mundo forjado por los medios está muerto. Peor aún:  no ha existido nunca, como el pobre Rijkaard, despojado de su gloria virtual  y luego desterrado a un olvido real.
Al más mediático y artificioso de los artistas modernos, el norteamericano Andy Warhol, se le atribuye una perturbadora profecía: un día, cada habitante de este planeta tendría derecho a sus quince minutos de fama. El anuncio ya se cumplió con creces. De hecho, hoy se fabrican inmortalidades por encargo a la medida de los sueños y frustraciones  de los demandantes. Una ronda por YouTube nos revela  la existencia de una curiosa fauna: cantantes sin voz, bailarines sin sentido del ritmo, pianistas incapaces de diferenciar una nota blanca de una negra o  realizadores de cine sin idea de cómo contar una historia. Todos a una se la jugaron  a esa  nueva forma del paraíso perdido que es el reconocimiento... o la burla ajena. No importa si eso nos garantiza la exposición a una cámara   o un micrófono, formas supremas de la eternidad en el reino de lo deleznable. La moda doméstica del Karaoke es una de las variables de esas prácticas. Privados  de cualquier posibilidad de realizar en el anonimato nuestros más secretos anhelos parecemos condenados al simulacro. A esa caricatura de existencia que se enciende y apaga en una frontera donde ya no es posible identificar dónde termina la farsa y dónde empieza la vida.

jueves, 16 de mayo de 2013

Alertas tempranas




Lo leí el mismo día  en dos cables distintos. En  la ciudad de Armenia, Colombia, decidieron patrocinar  la cirugía de orejas a una  niña abrumada, según sus padres, por el matoneo de sus compañeros de colegio.  ¿La  razón? El tamaño de su apéndices era generador constante de burlas. Mientras esto pasaba, en Cali, a tres horas de distancia , una adolescente optó por el suicidio ante la  negativa o la imposibilidad  de los suyos  para asumir los costos de una cirugía de senos.
Una  sociedad preocupada por su presente y su futuro  debería  recibir esas noticias  como alertas tempranas sobre algo muy peligroso incubado en sus entrañas. En  el primero de los casos el mensaje no podría ser más errático: en lugar de  educar  a las personas  en el fortalecimiento del carácter para que puedan asumirse a si mismas bajo  cualquier circunstancia  optamos por intervenir  su cuerpo para adaptarlo a las  exigencias del mercado. A ese paso,  estaríamos  a las puertas de una forma de eugenesia peligrosamente cercana a la postulada  por los nazis. Ya imagino al coronelote de turno obligándonos  a formar en fila contra la pared: narizones, estrábicos, dientes de conejo, chapines, orejones y en fin, toda la suma de la humana imperfección  impelida  a endeudarse o a  recurrir a la mendicidad pública con el fin de   someterse a una restauración  perentoria de la propia fisonomía. Desde ya hago  un llamado a la rebelión : feos y contrahechos de todos los países ¡unámonos!
Bromas  aparte surge una pregunta  más delicada: ¿cuál es el papel de la educación formal y de la orientación de las unidades  sociales  básicas entre nosotros? No es necesario dar muchas vueltas para entender que a largo plazo resulta más saludable educar  a la gente  en el respeto a la singularidad de los demás que modificarle la fisonomía a una persona para ponerla a salvo de la atarvanería ajena. Si le otorgamos patente de Corso a esta última cada padre de familia  se verá empujado a negociar sus riñones en el mercado negro de órganos para salvar  a sus vástagos de la inquina del prójimo. Un dato adicional: como vivimos en el tiempo de las víctimas y los traumas podríamos estar   frente un callejón sin salida. Por definición, la naturaleza es la gran bromista universal y todo el tiempo está produciendo piezas defectuosas para recordarnos  nuestro carácter contingente  y de  paso engrosar las cuentas de los cirujanos plásticos.
El drama de la chica caleña resulta todavía más alarmante: el suicidio como herramienta extorsiva para alcanzar  propósitos que además no son hijos de la necesidad sino de la alienación. La jovencita en cuestión quería ostentar un par de tetas como las de su compañeras mayores... que a su vez  pretendían emular  a  las modelos del cine y la televisión …, que a su vez..., pero mejor  paremos aquí  porque acabaríamos abismándonos en recintos muy  remotos de la condición humana y animal.
Educados en la religión del consumo los publicistas y expertos  en mercadeo se convirtieron en los nuevos sacerdotes y guías espirituales de las masas:definen gustos,actitudes, tendencias y, lo más grave de todo, criterios de valoración de los seres y las cosas, un papel hasta hace algunos años reservado a la ética o al bien vivir que llamaban los antiguos. El resultado de todo esto es un desbarajuste de resultados predecibles. Cada día se  multiplicarán los casos de personas agredidas  porque sus rasgos no corresponden a los dictados del mercado. Su  respuesta no se dará desde  la templanza, esa anacrónica virtud desterrada al cuarto de los trastos inútiles. Nada de eso : de hecho ya tenemos especialistas en reformar cada parte del viejo y resistente esqueleto. No importa si eso implica endeudarse hasta los cojones. Al fin y al cabo,  como lo han repetido tantos, en nuestro mundo ya lo importante no es ser, sino parecer.
Ustedes ya conocen mi fotografía: nada que ostentar, en todo caso. Sin embargo así he conseguido amar y ser amado hasta esta altura del camino. Por eso mismo no estoy dispuesto a someterme  ni a someter a los míos a esa sofisticada forma de esclavitud enfocada a responder, no a nuestros anhelos más profundos, sino al juego de  pulsiones y miedos creados a la medida de los intereses de un modelo por completo ajeno a los asuntos más entrañables de la existencia.

jueves, 9 de mayo de 2013

Sálvanos de la pureza




Un comercial de Gillette  ofrece maquinillas de afeitar “Para  un hombre completamente evolucionado”. Se refiere a esa reciente mutación del homo sapiens  consagrada a borrar cualquier indicio de vello púbico con el ahínco de quien pretende limpiar los rastros de una antigua  culpa: la del animal primigenio que nos precede. En un principio la práctica fue tomada de la estética de la pornografía: en su afán por hacer cada vez más explícita la visión de los genitales y con ellos el acto de la penetración, los dueños de esa lucrativa corriente del cine les exigieron a  sus actores y actrices presentarse a los estudios completamente rasurados en las que el lenguaje escolástico llamaba “partes pudendas”. Por lo visto, el propósito era no dejarle nada a la imaginación.
Como  la vida imita al arte, muy pronto la costumbre se hizo masiva. A caballo sobre una visión del mundo empeñada en hacer de la asepsia religión, la exigencia de rasurarse pasó a formar parte de los mandamientos de la conquista amorosa: antes que anticuados rituales de seducción, hombres y mujeres le piden al objeto de su deseo, como prueba de devoción y respeto, una parcela de piel libre de cualquier vestigio de vida primitiva. Tan lampiña como el trasero de un niño de brazos.
 Era lo único que nos faltaba antes de sucumbir del todo al asalto de  los totalitarismos disfrazados  bajo el curioso nombre de “calidad de vida”. El catálogo es extenso. Legiones enteras de mortales dedicadas a abstenerse  de  lo que más les gusta como cuota a pagar por un  futuro saludable. Individuos  aterrorizados por la conciencia de su mortalidad, atiborrándose  de medicinas, no  para curarse, sino para no enfermarse. Hombres  y mujeres encadenados   mañana y noche a los grilletes de un gimnasio con la esperanza de mantenerse a salvo del deterioro consustancial a los porrazos de la vida. Consumidores despilfarrando buena parte del presupuesto familiar en  jabones medicados y esencias para  borrar el menor vestigio de su propio cuerpo. Y  a modo de colofón, tenemos a la policía de la limpieza tomándose con sus podadoras  y tropas de asalto los, hasta  hace menos de dos décadas, frondosos bosques de Eros y  Venus .
El asunto no  pasaría de ser mera anécdota, si no fuera por su condición de  símbolo de toda una  visión del mundo anclada en un concepto tan antiguo como peligroso: la nostalgia de la pureza, una suerte de región fuera del tiempo y el espacio donde  seres ingrávidos flotaban a salvo de la suciedad terrena. El paraíso de antes de la caída en el reino animal  y su posterior tránsito hacia la humanización. De  esa añoranza se han nutrido todos los fundamentalismos acuñados hasta ahora. El fascismo y el comunismo. El  Islam y el cristianismo extremos. El racismo de cualquier índole. El culto  a la eterna juventud implícito en algunas corrientes pro  nazis. En todos ellos alienta una perniciosa  invocación a la asepsia en contraposición  al confuso y siempre contaminado barro de que estamos hechos. Esta  materia deleznable y por eso mismo ansiosa de eternidad, amasada con  sangre, sudor y lágrimas, como cantaran los viejos poetas . La más reciente manifestación de esa tendencia es posible encontrarla en el calculado y efectista discurso de la corrección  política, esa manía de no llamar las cosas por el nombre, desviando así la atención  sobre  la esencia de su condición. Por ese camino, acabamos convencidos de que en  países como Colombia no existen  desplazados si no migrantes, o que un crimen sistemático deja de serlo por el simple hecho de llamarlo “falso positivo”. Detrás de la asepsia puede ocultarse cualquier atrocidad.
“¡Pero si es apenas un coño rasurado!” me dijo un amigo, preocupado por el curso de mis cavilaciones. Y si, tiene razón. Pero si es cierto  que no hay gesto inocente en este mundo, entonces en la decisión de los amos del cine porno  de expurgar cualquier indicio animal  en los genitales humanos y en la rápida imitación de millones de  ciudadanos civilizados de todo el planeta alienta también una forma de claudicación : un abandonarse a la dictadura de la limpieza, del control absoluto sobre cada una de las instancias de la vida. Y ante eso solo cabe repetir  con el poeta: “¡Oh vida doliente y trémula/feroz y amorosa/ En la hora suprema/¡Sálvanos de la pureza!”

jueves, 2 de mayo de 2013

Palabras como drogas



“¿No te acuerdas que prometí escribirte este triste saludo para el  Día  de San Valentín?”, canta el poeta y músico norteamericano Tom Waits con esa voz suya de papel de lija  forjada con la materia  misma del dolor.
Cuando  uno termina de leer las escasas cien páginas del libro Anónimos, del joven escritor pereirano Alan González Salazar, experimenta la perturbadora sensación de asistir a parte de la respuesta a esa pregunta. De entrada, la obra ganadora del último premio de novela “Aniversario Ciudad de Pereira”, se resiste a cualquier  clasificación, de modo que voy eludir los tópicos sobre la desaparición de las fronteras entre los géneros y me ocuparé del lenguaje. No sé si el autor de Anónimos, esa  palabra rodeada de  connotaciones en el mundo de la Internet, está familiarizado con el rock y su constelación de poetas de las sombras y el delirio. Pero en cada una de sus voces- porque no puede hablarse de  personajes en el sentido convencional de la expresión- alienta esa estética herida, hecha de asfalto,drogas, alcohol y besos furtivos que ronda las canciones de gente como Patti Smith, Lou Reed. Frank Zappa,  Iggy Pop, o el ya mencionado Tom Waits.
“ La ciudad me resulta espectral…retorno a casa, al sueño, para despertar al medio día, no soportando ver nacer el sol, con plomo en la sangre y cenizas en los pulmones, los ojos abiertos, recordando con indecible dificultad  los errores de ayer…” nos susurra al oído el narrador con su aliento cortado por el miedo, el deseo, la desolación.
Sobre estas tres entidades está armado el relato. Concebido desde  una conciencia atrapada entre las visiones del paraíso perdido y la herida abierta que es en el fondo toda comunidad humana, el discurrir de la novela nos asalta a cada instante con las  que un poeta definiera como  “las visiones puras y diáfanas del infierno”. El infierno particular de los anónimos  habitantes de un planeta poblado de signos, de ruidos silenciosos, de llamados de auxilio, de preguntas sin respuesta.
El primer escenario lo  ocupa el miedo. El miedo a  disolverse en  el vértigo cotidiano y perder  en ese tránsito la memoria, la mínima seña de identidad individual. Como antídoto aparece el deseo, el anhelo de un cuerpo entrevisto en la penumbra de la madrugada como una tibia promesa de redención que se disuelve en las primeras luces del alba: es la esperanza del vampiro aplazada una y otra vez. Al final  queda entonces la desolación del habitante de  las calles deshilachadas que vuelve a casa como el insepulto  a su tumba. El conde  Drácula desesperando de la sangre  de una doncella cobra aquí una nueva dimensión: la del hambre de amor exacerbada por cada nueva experiencia.
Quizá sea mejor aproximarse a la breve  obra de Alan González como a un libro de poesía. Al fin y al cabo la visión poética  atraviesa la literatura y la vida  toda como “un rayo que no cesa”, iluminando  por un instante nuestras más secretas  tinieblas. “Me preguntaba qué te  hacía huir de mis brazos, diligente y nerviosa esperaba el momento en que volvieras y al tener presente tus ojos inquietos, tu ánimo disperso y las palabras entrecortadas, no podía evitar el odio, la desilusión, que la vista se me nublase. Había escarcha en tu rostro y un  olor a flores impregnado en tu piel…¡Qué hipocresía! ¿Cuándo quedarías satisfecho? Incluso dormido parecías sobreestimar las cosas”, dice una Ella sin nombre ni lugar. El juego, claro, tiene doble dirección: a su vez él le da sentido a su aventura de  fantasma, de criatura siempre en entredicho.
Una de  las voces de la historia  ostenta el nombre de Malaver y oficia de dramaturgo. Usa las palabras como drogas y les devuelve  por ese camino su vieja condición de medicina y conjuro. Medicina  para los desencuentros y conjuro frente a lo incomprensible de toda aventura humana. Al final descubrimos  que Anónimos es en esencia eso: una búsqueda de los conjuros extraviados por el buen salvaje enajenado de su comunidad rural original en su lento deslizarse hacia ese territorio de individuos sin nombre ni rostro que es toda ciudad.  En una de sus páginas el personaje- la voz- se asoma a la urbe “ donde los transeúntes, observados desde lo alto, parecen camaleones en un calidoscopio; se ve el hormiguero humano reinventar su matemática vacua”, la misma vacuidad  cifrada que rodea a toda una tradición poética, desde los poetas malditos del siglo XIX hasta las canciones de Simon and Garfunkel.

PDT:  les comparto enlace a la citada  canción de Tom Waits
http://www.youtube.com/watch?v=BjoPrlWP2e0

jueves, 25 de abril de 2013

Humores prohibidos




Como buenos hijos de un país de gramáticos, al final rectificaron: “quisimos decir otra cosa, el propósito del proyecto no es ese, el texto resultó mal redactado”. En resumen, el  ponente de  la iniciativa  liderada por los congresistas  Juan Manuel Campo Eljach, Diego Alberto Naranjo Escobar y Augusto Posada negó que la idea contemplada en el proyecto de ley 001 de 2012 tuviera entre sus objetivos imponer alguna forma de censura o prohibición al ejercicio de la parodia o imitación de personajes públicos como forma de expresión política y artística.
Pero los temores quedaron en el aire. Después de todo habitamos un país donde cada cierto tiempo algún vocero de la caverna más oscura  sugiere la posibilidad de revivir el delito de opinión como mecanismo de control de las conciencias críticas y con él las distintas expresiones  de ese  liberador ejercicio de salud mental y social que es el humor,desde las caricaturas hasta los más lúcidos aforismos.
Ustedes conocen la escena. “¿Acaso no sabe quién soy yo?” le grita el político, el empresario, la actriz, el músico o el deportista célebre al representante de la autoridad cuando lo sorprende  en alguna irregularidad o a sus  colaboradores cuando no lo atienden con la reverencia que cree merecer. Todos ellos padecen de un mal peligroso: carecen del sentido del humor y la ironía.  Por eso se toman demasiado en serio a si mismos. En otras palabras, olvidan su frágil condición mortal, su carácter de briznas susceptibles de ser borradas por el más leve temblor del aire.
Cuando esa condición es puesta a prueba por la sátira, la parodia, el sarcasmo, la ironía o alguna otra forma de humor  algunos poderosos montan en cólera, ordenan una leva... o radican un proyecto de ley  para prohibirlas. Poseídos por esos raptos olvidan algo muy sencillo: si tuvieran la lucidez y la capacidad para burlarse de sí mismos no  se verían involucrados en situaciones tan patéticas  y no tendrían que salir a rectificar cuando les llueven los cuestionamientos. Al fin y al cabo, el buen humor, el fino humor es hijo inevitable de la inteligencia.
Proscribir la risa siempre ha sido una tentación para los regímenes totalitarios. Si a algo le teme el poder absoluto en este mundo es a la  capacidad de la irreverencia para corroer sus pedestales, para poner en duda la misma lógica de sus designios. Alguien empecinado en mostrar nuestras debilidades y contradicciones resulta siempre  peligroso. Por eso individuos como Mao, Stalin, Hitler o Franco, que reemplazaron la risa  clara por una sonrisa velada diseñada en los talleres del infierno persiguieron con especial saña a los humoristas,  a esos tipos capaces de desbaratar toda pompa y solemnidad con el más leve guiño, recordándole de paso a la  grey que el emperador está desnudo.
Hace más de una década, el entonces presidente  Andrés Pastrana sufría  una pataleta cada vez que los humoristas del programa radial  La Luciérnaga la tomaban con sus yerros. Fue tanta la  presión ejercida, que en un acto de servilismo- de pragmatismo empresarial, dijeron algunos- la cadena radial Caracol acabó plegándose   a los deseos del mandatario. El hecho le costó el  cargo  al periodista Edgar Artunduaga, encargado de  disparar los más agudos dardos.  Pero el tiempo acabó dándoles la razón a los libretistas: la política contemporánea   tiene muchas cosas en común con el  circo como para que alguien en su sano juicio se la tome en serio . “Si no fueran tan temibles  nos darían risa/ si no fueran tan dañinos   nos darían lástima” canta  el poeta catalán Joan Manuel Serrat en uno  esos versos suyos  sembrados de ironía. Esa ironía imprescindible  para  sobrevivir en medio del cinismo y la desfachatez que rondan hoy el ejercicio de lo público en todas partes.
Allá por el año 423 antes de Cristo, el comediógrafo  Aristófanes  se vio envuelto en líos con los emisarios del poder. Consideraban riesgosa esa socarrona mirada suya sobre los asuntos revestidos de  solemnidad, empezando por los razonamientos de Sócrates. Siglos después le sucedería a   escritores del talante de Jonathan Swifft o  Ambroce Bierce. En esa  feria de las vanidades llamada Hollywood  Groucho Marx padeció lo suyo por su negativa a tomarse en serio a los integrantes del Panteón. De modo que nada tiene de original la iniciativa de los  legisladores colombianos, aunque hayan podido rectificar a tiempo, alertados tal vez por la oleada de risas que se  les echó encima.

martes, 23 de abril de 2013

Sinfonía inconclusa


El comunicado de prensa empieza así: “La junta directiva de la Fundación Arte y Cultura por Risaralda y el Comité Organizador del festival Sinfónico de Pereira informa a la opinión pública que por novedades de última hora que afectan el cronograma, la programación y las finanzas del Festival Sinfónico de Pereira, tomamos la decisión de suspender la realización  de la versión 2013 del Festival”.
Así  de simple. Mientras  desde hace cuatro años los discursos  oficiales enfatizan el carácter cultural de  la celebración del sesquicentenario   de  la capital de Risaralda, uno de los más grandes logros de los últimos años desaparece de la agenda por arte de birlibirloque.
Desde distintos frentes de la cultura y las artes en el orden regional, nacional e incluso internacional, se ha reconocido la rápida   evolución  de  este evento recibido en principio en medio del escepticismo: al fin y al cabo durante décadas funcionó entre  nosotros el estereotipo de lo chabacano y vulgar como única vertiente musical capaz de estimular nuestra sensibilidad  melódica. En contravía de esa percepción,  la calidad de los músicos, la diversidad de la oferta y los distintos  lugares de procedencia de los intérpretes y compositores muy pronto   hicieron del Festival Sinfónico un espacio  respetado  por creadores, melómanos y empresarios. Ser incluido en su programación se volvió una meta difícil de alcanzar.
Como sucede en tantos frentes, el festival  fue el resultado del talento, la iniciativa y  la tenacidad privadas. Artistas, intérpretes y gestores  hicieron posible  la materialización de una idea concebida como punto de encuentro y difusión  de  distintas corrientes enriquecidas a través de un diálogo incesante. Igual pasa con el cine, la pintura  o el teatro. Programas como La  Cuadra, el festival de poesía Luna de Locos, Corto Circuito, el Concurso Nacional del Bambuco  o La Fiesta de la Música tienen su origen en  el esfuerzo y la voluntad de  líderes de la cultura con el auspicio  de empresas particulares. Como son escasas, vale la pena mencionarlas con nombre propio: Cámara de  Comercio de Pereira, Centro Colombo Americano, Frisby, Alianza Francesa o Comfamiliar Risaralda. Al lado de ellas,  las universidades públicas y privadas han estado siempre atentas al pulso cultural de la región, convirtiéndose en valioso punto de apoyo y difusión.
Volvamos a la letra del comunicado. Según mis fuentes las “novedades de última hora” mencionadas por los firmantes del documento corresponden en realidad al incumplimiento de los compromisos adquiridos por la  administración municipal de Pereira. La versión fue desmentida en una comunicación del Instituto de Cultura de Pereira fechada el 12 de abril. Pero quedan las dudas. Por lo visto un festival de estas características no tiene cabida en la retórica oficial del “Desarrollo  cultural basado en experiencias representativas”. Si existe hoy un evento que reúna estas  últimas características ese es el Festival Sinfónico. Los criterios para seleccionar invitados, el cuidado  en la logística, la oportunidad de  la información y la organización administrativa constituyen de hecho un ejemplo para quienes trabajan  en la pura informalidad. Suspender el festival, así sea por este año, significa dar un paso atrás. Entre los artistas  que ya habían confirmado su presencia cundirán las dudas sobre la seriedad de la organización. Y bien lo sabemos: la credibilidad es algo muy difícil de recuperar.  Cuando esta se pierde o se pone en duda provoca una reacción en cadena que en este caso implica a  artistas, gestores, medios de comunicación y entidades de apoyo, para mencionar solo algunos. Las energías reservadas para impulsar el  festival tendrán que ser utilizadas ahora para rehacer el tramo perdido.
Meses atrás vivimos una experiencia parecida. En una emisión del programa de opinión Moliendokafé,  del Canal 81 de Claro, el presidente ejecutivo de la  Cámara de Comercio de Pereira, Mauricio Vega Lemos, anunció su compromiso con la gestación de  una feria internacional del libro  en la ciudad. A la vuelta de unos meses rectificó y anunció en su lugar un concierto de Carlos Vives. Si bien son dos cosas distintas, la feria  un proyecto  y el festival una realidad, las dos situaciones ilustran una concepción de la cultura  como un asunto   accesorio y no como esa  “base de  la nacionalidad” consignada en la constitución política de 1991.

jueves, 18 de abril de 2013

La vida de los muertos



“Muchas tumbas estaban guarnecidas con escudos y banderas de equipos del fútbol profesional colombiano. Casi todas decoradas con flores de plástico, pasta e icopor: margaritas, anturios, simprevivas, heliconias, nomeolvides, azucenas, girasoles, grandes rosas rojas fijadas con cemento dentro de pequeñas materas”.
                                                  Balas por encargo
                                                  Juan Miguel Álvarez
                                                  Rey+Naranjo Editores
                                                  2013

Toda tumba cuenta una historia. La historia de una vida. De todas las vidas: a través de su silencio ensordecedor asistimos, si aguzamos bien los sentidos, al relato  siempre doloroso, algunas veces gozoso y casi siempre vano de la aventura humana. Si la muerte, al cerrar el  círculo de manera perentoria y definitiva, le da sentido  nuestros pasos en la tierra, la tumba y el sepulturero devienen actores claves  para comprender la vida de los muertos. Y Colombia es, bien lo sabemos, un país amasado con la piel y la  sangre de muchas víctimas. No por casualidad la palabra paz cobra un sentido especial  para nosotros. Amparados en su promesa, los políticos  de distintas facciones  se han repartido el poder desde los tiempos de las guerras de independencia.
A reconstruir algunas de  esas vidas desde los recursos del periodismo narrativo ha dedicado sus últimos años el  periodista  y escritor colombiano Juan Miguel  Álvarez. Formado en la escuela de los grandes maestros del reportaje ha publicado en medios como El Espectador, La Tarde o El Malpensante minuciosos   y detallados relatos sobre algunos aspectos de ese tortuoso camino llamado Historia de Colombia. Entre ellos destacan los cientos de cuerpos  atrapados  en los remolinos de Beltrán, un recodo del río Cauca  ubicado a la altura del municipio risaraldense de Marsella. Hasta  allí iban a parar los dolientes de las víctimas de la violencia  en el departamento del Valle, en busca del rastro de sus hijos, esposos, mujeres o padres caídos en esa oleada de demencia protagonizada por paramilitares, guerrilleros,  traficantes de drogas  y agentes del Estado.
También  se ocupó en su momento de las ejecuciones sumarias ordenadas por las que nuestro miedo o hipocresía optaron por llamar “fuerzas oscuras”, aunque todos sepamos quienes son y dónde están. Uno  de esos relatos, publicado en la edición digital de la revista Semana, provocó la airada reacción de la dirigencia local, preocupada porque las denuncias afectaban, según palabras textuales,  “la imagen de la ciudad y la región ante el país  y el mundo”. Claro: están acostumbrados  a  concebir al periodista  no como un contador de historias dichosas o terribles, sino como un promotor turístico, un amanuense del poder o  cosas peores. En menos  de veinticuatro horas el texto fue retirado, sentando de  paso un riesgoso precedente para la libertad de expresión.
Siguiendo ese tono de preocupación ética y estética, Juan Miguel Álvarez publica ahora su libro “Balas por encargo”, un trabajo de la editorial Rey + Naranjo Editores y presentado en  la versión 2013 de la  Feria Internacional del Libro de Bogotá. Con un riguroso nivel de documentación, a través de sus páginas asistimos a algunos de los acontecimientos  que han marcado para mal el último medio siglo de la historia nacional y regional. Los gérmenes de los carteles del narcotráfico que  muy pronto hicieron metástasis en todos los sectores de la vida del país. La legitimación social del sicariato como forma de supervivencia y ascenso social. La ineludible  disolución de los referentes éticos y  sus consecuencias para el cuerpo entero de la  sociedad. Pero además de eso el autor contribuye a desmontar un mito forjado   a varias voces entre dirigentes gremiales, políticos y medios de comunicación: que la relación de Pereira y Risaralda con los  grandes grupos criminales ha sido únicamente la de lugar de refugio, territorio neutral o escenario casual  para dirimir sus conflictos. La realidad es otra: en la década de los sesentas del siglo pasado ya se gestaban poderosas agrupaciones a las que no fueron ajenos algunos hijos conspicuos de las élites locales. Si uno lee con atención comprende porqué ha sido posible mantener altos niveles de consumo y crecimiento a pesar del colapso de algunos sectores de la economía  legal y su consiguiente impacto en las cifras de desempleo. Pero, como todo buen libro de periodismo narrativo, “Balas por encargo” es mucho más: es por ejemplo, una mirada a esa visión del mundo anclada en el dinero como valor supremo, responsable entre otras cosas de los abrumadores niveles de corrupción y del tendal de muertos que nos hablan en cada capítulo de nuestra historia.