martes, 15 de abril de 2014

Aguas turbias



                                           Fotografía : John Wilson Ospina

John Wilson Ospina es un andariego que va por los  caminos llevando por todo equipaje sus botas de siete leguas  y una cámara de video en la que registra  toda suerte de bellezas y horrores. Es decir, la esencia misma de  lo que es la historia  de nuestro país.
De su último viaje por el Chocó trajo de vuelta  el recuerdo del sabor de un pescado de nombre impronunciable, la perfecta belleza de los rostros negros y la obstinación de viejos maestros de música  empeñados en  defender sus chirimías  frente a la invasión del reguetón.
Pero sobre todo regresó con el pálpito de algo  terrible. Detrás de la estereotipada alegría del chocoano alientan los pasos de una de esas bestias que con distinto nombre  han  sembrado de horror los rincones de Colombia  a lo largo de los siglos. La primera sospecha la tuvo cuando vio a los  habitantes de Itsmina armar una especie de carnaval espontáneo. El objetivo no era honrar la imagen de su santo patrono  sino celebrar que, por primera vez en veinte años, las aguas del río San Juan no tenían ese tono gris plomo o marrón mierda que promete graves afecciones intestinales o severas lesiones cutáneas.  Durante cuatro días  la corriente recuperó el tono verde  claro que algunos  conservaban como el recuerdo de  tiempos mejores.
El motivo de ese milagro fue un paro de mineros que a su vez  detuvo el vertido constante de mercurio  y otros agentes tóxicos a las aguas. Porque  para miles de chocoanos, como para  los pueblos de todo el mundo afectados por fenómenos similares, la explotación minera es una especie de maldición que llena  las arcas de unos cuantos y siembra la miseria   y el miedo en la vida de muchos.
Entre estos últimos están los pescadores de poblaciones como Andagoya, Unión Panamericana y la mencionada  Itsmina. Su destino se parece cada vez más  al suplicio de Tántalo: rodeados de ríos, quebradas y riachuelos por todas partes, ya no pueden nutrirse con su alimento ancestral, pues los peces están llenos de gusanos  producidos por tanto veneno arrojado a la corriente. Lo más grave es que no se trata solo de la minería ilegal a pequeña escala, como pretenden los voceros oficiales.  Las grandes corporaciones y  distintos grupos armados que se lucran del negocio son los responsables de ese desastre ambiental.

                                          Fotografía : John Wilson Ospina

El relato de John Wilson es agridulce, como el sabor del arequipe de borojó, una de las golosinas típicas de la zona. De labios de una mujer escuchó como, a pesar de la abundancia de agua, solo se bañan cada dos o tres días: el tiempo que tardan en caminar  hasta una fuente todavía incontaminada.  Un solo fruto de chontaduro, considerado por muchos el producto típico de la región es hoy artículo de lujo desde que una plaga acabó con los cultivos. El principal medio de transporte en algunos pueblos es  “El chocho”, un  peligroso vehículo improvisado con motocicletas vetustas dotadas de cabinas en las que se acomodan tres personas. Dicen que pueden circular 1200  de ellas solo por las calles de Itsmina.
“Detrás de la gozadera de  los habitantes de esos pueblos  alienta el miedo”, me dice. “Todo el mundo lo comenta en privado  pero nadie lo dice en público porque eso puede anticipar el  desplazamiento o la masacre”. Las retro excavadoras están destruyendo la selva a una velocidad de vértigo. Las únicas leyes que funcionan aquí  son las de la propia ambición. Escuchando su narración uno entiende por qué   las viejas tradiciones se refieren al oro como el cagajón del diablo.

                                          Fotografía : John Wilson Ospina

Al final me deja con el desasosiego de una imagen que no se corresponde con la lógica de las tarjetas postales. Una capital de departamento sin acueducto, surcada por calles de tierra y un montón de basura bajando por las aguas del río Atrato. Selva adentro, las miserias no hacen sino multiplicarse.  Lo supo cuando a vio a la gente recogiendo agua lluvia para el baño diario o para  cocer los alimentos. Y eso que hablamos de una región que, a juzgar por el monto de sus recursos naturales, es una de las más ricas de  Colombia.    

jueves, 10 de abril de 2014

Entre el mito y los derechos







Ante las recientes denuncias sobre 15 casos de  práctica de la ablación ( mutilación del clítoris) a 15 niñas de la comunidad indígena  Embera, ubicada  en la zona limítrofe  con el Chocó, rescato de mis archivos el siguiente texto, escrito  hace cinco años, que considero sigue vigente y puede ayudar a la reflexión.

A pesar de  que desde hace setenta años el  Estado colombiano tiene  conocimiento de la práctica de ablaciones de clítoris a las niñas en comunidades indígenas de su territorio, solo  hacia el año 2005  se tuvo noticia de alguna acción emprendida  por un organismo oficial  para abordar un  problema que oscila entre la salud pública, las tradiciones culturales y el respeto a los derechos de los niños.
En ese año Aracelly  Ocampo  estaba al frente de la personería (una oficina encargada de velar por los derechos de las personas) del municipio de Pueblo Rico, una  pequeña población de 15.000 habitantes, ubicada en el  Departamento de Risaralda, al centro occidente del país. Fue ella quien, después de enterarse de  varios casos de ablaciones practicadas a niñas recién nacidas pertenecientes al pueblo Emberá Chamí que más tarde  padecieron infecciones, llegando incluso a la muerte de una de ellas, interpuso la denuncia ante un juez de la localidad. Para entonces, la práctica era lo que suele llamarse  “un secreto a voces”, aunque ninguna autoridad   se atrevía a intervenir. Al fin y al cabo, la constitución política de 1991 estableció  directrices muy claras en cuanto a la autonomía de los gobiernos indígenas. Según declaraciones de  la señora Ocampo a distintos medios de comunicación, hizo la denuncia porque, “si bien los pueblos indígenas tienen derecho a que se respeten sus tradiciones, eso no puede  hacerse al precio de la violación de los derechos humanos en general y los de la infancia en particular”.
La denuncia tuvo como primer resultado que, en el año 2006, distintos organismos del orden local  y nacional, a los que se sumaron  voceros de las Naciones Unidas en Colombia empezaran a trabajar en la búsqueda de un escenario de discusión y reflexión, que sin desconocer los derechos de las etnias, pudiera  tender un puente con los referentes universales de la justicia. Fue así como lograron conformar una mesa de trabajo a la que se sentaron, entre otros,  el  encargado de asuntos indígenas del gobierno departamental,  delegados para asuntos de la mujer, gobernadores indígenas, el Consejo regional indígena, el  Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y el Fondo de las Naciones Unidas para la infancia. El primer escollo a salvar  era al abierto entre quienes asumieron de entrada  la defensa de lo que denominaron  “ la identidad cultural” de los  indígenas y aquellos convencidos de que  los  derechos de las personas  no pueden estar supeditados a ninguna clase de relativismo.
Para el historiador Víctor Zuluaga Gómez, autor de varios libros sobre los Embera- Chamí, ese acercamiento tiene que pasar por un esfuerzo para comprender lo que significa la ablación para esos grupos indígenas asentados en la zona montañosa de las localidades de Pueblo  Rico y Mistrató.  “Se trata de una concepción muy distinta  sobre el papel de las mujeres y de su sexualidad en el orden del universo, que echa raíces en mitos milenarios. La clave de la extirpación del clítoris puede encontrarse en  su creencia  de que los movimientos de la mujer durante el  acto sexual  acabarán estropeando el orden del cosmos y como sin clítoris no hay placer, pues  al practicarse la ablación desaparecerán los riesgos. De otra parte, tienen la convicción de que el clítoris es una especie de falo pequeñito que se desarrolla a medida que las niñas crecen y si eso se permite, no habrá hombre dispuesto a casarse con una mujer  dotada de pene. Ahí tiene usted toda una  cosmovisión que no se puede cambiar con represión o disposiciones de policía, sino mediante un arduo trabajo de diálogo. En lo que si quiero enfatizar es en la absoluta falta de asepsia de esos procedimientos, practicados por comadronas, que representan un riesgo constante de infecciones y muertes”.


El médico Hugo Marcilian, quien presentó la denuncia contra los padres de dos niñas  Emberá Chamí que llegaron al hospital local con graves  infecciones después de habérseles practicado ablación de clítoris, tiene una percepción menos condescendiente. “Por encima de cualquier consideración  de carácter cultural, está la ética  médica, que obliga a denunciar todo lo que represente un atropello contra la dignidad humana, y la   mutilación de una  parte del cuerpo de una persona lo es en grado sumo. Por esas razones  tomamos la decisión de  poner  a las autoridades  en conocimiento de lo que estaba sucediendo”  dijo en una entrevista concedida a medios radiales. Esa posición es compartida por Jaime Mena, alcalde  de Pueblo  Rico y por voceros del movimiento político Mira, que ha incorporado  a  sus propuestas la defensa de los derechos de los niños, así como de los colombianos presos en el exterior. “Siempre me  he opuesto ha esa práctica” ha dicho en distintos escenarios.
El asunto  es tan complejo que los mismos voceros indígenas  no llegan a ponerse de acuerdo. Algunos afirman  de manera tajante que se deben respetar sus tradiciones mientras otros se muestran proclives a una revisión de la validez de algunas de sus costumbres ancestrales. En un foro indígena realizado en Bogotá el martes 25 de julio de 2008 el líder Aldemar Tauzarma, insistió en  que se deben respetar los derechos y las tradiciones, aunque al mismo tiempo reconoció que a ninguna de sus dos  hijas le fue practicada  la ablación.
En ese mismo evento, el juez promiscuo civil municipal  Marino de  Jesús   Arcila pidió detener esa práctica.  El mismo,  cuando se desempeñaba   en el municipio de Quinchía tuvo conocimiento del caso de dos niñas que fueron trasladadas al hospital de esa población, quienes presentaban graves infecciones después de habérseles practicado la ablación. Aunque aclaró que no formuló cargos penales, al considerar que no hubo dolo ni intención criminal si insistió en que ese tipo  de costumbres deben ser  revisadas a la luz del derecho, porque la constitución  y los códigos son muy claros a la hora de tipificar las lesiones y los atentados a la dignidad de las personas.


Cuando se les pregunta por la validez de las prácticas, las parteras, comadronas o “aguelas” de la zona  de Pueblo Rico, se remiten a la autoridad  de los taitas, jaibanás  o Medicine men, depositarios de los saberes ancestrales de la comunidad. Una de ellas, de nombre de Etelvina, describe con precisión el procedimiento: “Utilizamos un clavo caliente, una cuchilla  u otro objeto metálico. Para desinfectar se aplica el zumo de distintas  plantas, una de ellas conocida como escoba.” Cuando se le interpela sobre el sufrimiento de las pequeñas,  responde que ese no es problema  “Porque ellas no experimentan sensaciones”.
Por su parte, las mujeres de  la comunidad prefieren guardar silencio cuando se les pregunta por su opinión sobre las implicaciones que  el procedimiento de la ablación ha tenido para sus vidas. “Es cuestión de los taitas. Ellos saben lo que hacen. No tenemos por qué meternos con esas cosas”, declaran. Solo Danery Nayaza, una  profesora de treinta años que cursó una licenciatura en sociales en la Universidad Tecnológica de Pereira y  quien desde hace 15 años vive lejos de su comunidad, va más allá para decir que no solo  se trata de los riesgos para la salud, sino de las implicaciones en materia de autoestima y de las posibilidades de disfrute de la sexualidad cuando esas niñas lleguen a la edad adulta.


Aparte del componente ritual, existe una creencia extendida entre los indígenas, en el sentido  de que la ablación de clítoris es un mecanismo efectivo de control de la infidelidad,  concepción que la líder feminista Adriana Rojas considera inaceptable “¿Dónde quedan entonces los derechos de  de esas personas que un día aspirarán al disfrute pleno de su sexualidad?” pregunta con vehemencia, sentada en una oficina cuyas paredes está forradas de fotografías de figuras femeninas como  Rigoberta Menchú, Remedios Varo y  Michelle Bachellet.
Mientras   los ginecólogos insisten en que, aparte de los riesgos de  infecciones que pueden llegar a ser mortales, la ablación de clítoris es generadora de secuelas como hemorragias y dolor crónico , hasta ahora las únicas  acciones concretas derivadas de los foros y encuentros son una serie de visitas  a los  asentamientos indígenas, realizadas por funcionarios del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, un organismo gubernamental , entre cuyas funciones está la protección de la infancia. En la actualidad el trabajo se encuentra en una fase de diagnóstico para conocer de  primera mano  el contexto en el que  tiene lugar la práctica de la ablación, para poder diseñar las herramientas que conduzcan al diálogo entre las percepciones particulares de los indígenas, los marcos constitucionales y legales y la noción de los derechos   universales de las personas.
Para el abogado y catedrático Albeiro  Beltrán “apasionado por el estudio  de las relaciones entre el derecho y la cultura”, como el mismo se define,  aunque no se han registrado denuncias en los últimos meses,  dado el peso que tienen los atavismos en los seres humanos, es altamente probable que las ablaciones a niñas se sigan practicando entre  muchos  integrantes de la etnia Embera- Chamí.  “Sucede  que, como en buena parte de los   rituales,  estas cosas están rodeadas de un sigilo,  que recién se rompió con las denuncias de los médicos  y los pronunciamientos de los jueces".


Finalmente, el antropólogo William Medina, egresado de la Universidad Nacional de Colombia, asegura que la zona de Pueblo Rico y Mistrató puede ser la única de Colombia donde los indígenas mantienen la costumbre de la ablación  y que esa circunstancia, en lugar  de aclarar, hace más complejo el  panorama, pues algunos líderes  se sienten en la obligación de  conservarla, como soporte mismo de sus  cosmovisiones. Es en ese punto, donde coincide con médicos, jueces y autoridades, en el sentido de que no será la represión, sino la educación y la persuasión los elementos  capaces de generar las condiciones para el cambio en unas costumbres que, dadas las implicaciones en materia de salud y derechos, en todo caso habrá de darse de manera bastante lenta.

jueves, 3 de abril de 2014

Alertas tardías

                                               Fotografía: El Tiempo

 Todo comenzó al finalizar los años ochentas del siglo anterior. Un puñado de familias, animadas por los caciques políticos de la época, se asentaron de manera irregular en los alrededores del cerro de Canceles, un antiguo santuario indígena. La práctica es bien conocida: estimular invasiones   por parte de personas carentes de vivienda, tramitar  la compra y legalización de los predios, así como la instalación de servicios públicos. Con eso ya se tiene asegurado un feudo  electoral, que se multiplica a medida que  la fórmula se convierte en un imán capaz de arrastrar grandes grupos de población.
A los pocos años ya se había conformado un grupo de barrios llamados Villa Santana, Las Margaritas, Intermedio, Monserrate y El Danubio. Más tarde, a resultas del desplazamiento interno, surgirían los sectores de Tokio y El Remanso,  habitados  en su mayor parte por familias  desplazadas por la violencia, constituyendo un grupo importante el de negritudes provenientes del departamento del Chocó.
Recuerdo que desde  un espacio periodístico llamado “Señales  para encontrar la ciudad”, en compañía del investigador y escritor Alberto Verón advertimos sobre lo que  se estaba incubando allí.  “Si  no se definen  y ponen en práctica líneas de desarrollo social y económico que integren a estas familias en los grandes proyectos de la ciudad y la región, a la vuelta de pocos años las nuevas generaciones serán presa fácil de los grupos  criminales que hoy constituyen casi la única opción de vida de los jóvenes marginados de Medellín, Cali y Bogotá”, se lee en un comentario al libro No nacimos pa semilla, de Alonso Salazar, publicado en 1990.

                                            milena-gutierrez-caro.blogspot.com

 No se  necesitaba ser mago  ni profeta para intuir hacia donde derivarían las cosas. Las cifras de entonces no han hecho  cosa distinta a crecer y empeorar. Los niveles de escolaridad apenas alcanzan la básica primaria. Más de la mitad de la población carece de empleo formal. Las mujeres que trabajan lo hacen en oficios domésticos o en  cafeterías y bares sin ningún tipo de prestación social. Muchas jóvenes o incluso niñas optan por ejercer la prostitución en zonas céntricas de la ciudad. A su vez los hombres trabajan en el sector de la construcción  o se dedican a vender frutas, verduras o chucherías por toda la ciudad, en un  incierto ejercicio que muchas  veces depende del humor de los funcionarios encargados de controlar el espacio público o de las  erráticas políticas de la administración de turno.
Con ese panorama,  resultaba inevitable que las bandas criminales, surgidas de un contubernio entre el narcotráfico y la desbandada de militantes de grupos paramilitares y guerrilleros, encontraran en sectores como estos una inagotable fuente de mano de obra  barata  , tanto para la  distribución de drogas como  para los ajustes de cuentas a través del sicariato.


Pasó el tiempo y los problemas se agravaron ante la indiferencia de una sociedad que prefiere seguir alimentando el mito del progreso incesante o el lugar común de “La transnochadora, querendona y morena”. Hasta que,  hace unas semanas se conoció la noticia del cierre temporal del Jardín Infantil de Tokio, como medida preventiva ante los problemas de violencia. Al hecho se respondió con frases huecas, operativos policiales y declaraciones retóricas sobre inversión social. Por eso resultan tan patéticas las llamadas alertas tempranas de la Defensoría del Pueblo: en realidad, dada la dimensión del drama social que se vive allí, se trata de unas alertas muy, pero muy tardías.

martes, 25 de marzo de 2014

El viento de la amnesia





Vivir en un gueto nigeriano equivale  a una doble exclusión: la del mundo de las naciones ricas y la de cualquier posibilidad de bienestar en el propio país. En esa frontera malvive Ázaro, hijo de una pareja dedicada a  labrarse la supervivencia en los límites  de la miseria.
Pero, además, la familia vive en otra frontera: aquella donde se aproximan- o  separan- la ciudad y la selva. De un lado, mientras se lucha por la vida, los inventos de la ciencia y la tecnología, materializados en un automóvil o en un cableado de energía eléctrica titilan en la distancia como una promesa de redención demasiado hermosa para ser cierta. Del otro las fuerzas de la naturaleza, es decir, la magia, se ofrecen como única salida para luchar contra los poderes de este mundo  y del otro abatidos sobre la población.
Con esos materiales  el escritor nigeriano  Ben Okri nos regala  El camino hambriento, una novela que es a la vez epopeya de la marginalidad y grito de rebelión ante  la opresión padecida por la mitad de África. En sus  580 páginas asistimos  a un choque, sí, pero también al encuentro desgarrado de dos mundos que intentan convivir en  medio del dolor, el hambre y la desolación sin medida: el de la llamada civilización europea y el de los mitos y códigos ancestrales de  un continente que  se  resiste a la  disolución.
Como  millones de pobres en el mundo, los  padres de Ázaro se levantan cada día y se lanzan a las calles en procura de algún trabajo que les permita llevar el pan a casa. Eso sí, nunca saben si regresarán a ella al final de la jornada, tantas son las asechanzas del camino.
“Somos el milagro que Dios creó para probar los frutos amargos del tiempo. Somos preciosos  y un día nuestro sufrimiento se transformará en las maravillas  de la muerte (...) es por eso que nuestra música es dulce. Hace que el aire recuerde” recita un día el padre en una suerte de  salmodia de consuelo heredada de los mayores.


Como si se tratara de un viaje al corazón mismo del blues, El camino hambriento suena  a modo de una vieja canción destinada a sanar viejas heridas. Una suerte de viento  capaz de cobijar  con la amnesia a los millones de peregrinos desarraigados de todo lo que hace amable la existencia. Pero la amnesia lleva implícito su propio veneno: el de la pérdida de lo más valioso, el legado de los ancestros consignado en rituales y conjuros capaces de mantener a raya al opresor. Convertida en fetiche, la antigua magia corre el riesgo de desvanecerse  y hacerse divertimento, caricatura.
Es por eso que, acorralado por la desesperanza, el  padre decide un día hacerse boxeador.“...No importa en qué nos sentemos, algún día nos hará caer”, dice a modo de declaración de principios, antes de intentar abrirse paso a puñetazo limpio en un mundo que ha extirpado cualquier noción de justicia. Muy pronto comprueba que el poder no es solo físico: los discursos de los políticos y la fe ciega de la masa que los sigue seducida por sus regalos y promesas lo llevan a intentar una salida  en esa dirección, como un animal acorralado que  huye retrocediendo entre el tumulto de sus perseguidores.


Entretanto, Ázaro libra sus propios combates. Es un abiku, un niño-espíritu atrapado en los umbrales de la vida y la muerte. Va y viene del mundo de los vivos al de los difuntos, tal como sus mayores deambulan  por un territorio que no acaba de definirse. En ese tránsito lo acompaña siempre la sombra de Madame Koto, una especie de metáfora del poder, investida a la vez con los dones de la bruja y la capacidad de maquinación de una líder política.
No exenta de una dosis de humor  que siempre  salva a los personajes de la locura total, la novela de Okri deviene parábola: el camino hambriento es la historia personal de cada quien. La vida individual y colectiva es  un animal insaciable que se devora a si mismo en un rito incesante. Nuestros esfuerzos y desvelos son una ofrenda a su voracidad. Débiles  y poderosos son apenas figurantes de feria y por eso mismo la vida individual se hace ofrenda y la social, expresada en la política, simple mascarada. Sin embargo,  desde lo profundo de la selva y a través de los siglos llega un sonido de cánticos, un redoblar de tambores destinado a recordarles  a los protagonistas y a los lectores que  viajamos con ellos que, a pesar de todo, hay en este mundo una franja de luz donde algo parecido a la esperanza es posible.

PDT : les  comparto enlace a una canción del músico nigeriano Batabunde Olatunji