miércoles, 25 de noviembre de 2020

Una plegaria por El Diego, a la mayor gloria de Dios


Fue el 19 de febrero de 1980, hace más de cuarenta años. Argentinos Juniors, un modesto equipo de fútbol de  una zona popular de Buenos Aires conocida como La Paternal, se enfrentaba  a un no menos oscuro onceno con sede en Pereira, Colombia. 

Era uno de esos cuadrangulares amistosos tan frecuentes por esa época al comienzo de temporada en el fútbol profesional colombiano. Por esos días, el América de Cali celebraba su primer título, alcanzado el 19 de diciembre de 1979. Fue el final de una eterna sequía  bautizada por sus hinchas como  “ La maldición de garabato”.

Y entonces  acaeció el milagro : un jovencito que ya había hecho de las suyas en Japón con la selección juvenil del flaco Menotti, prefiguró  con seis años de anticipación  la dimensión exacta de su propia gloria, materializada en el  mundial de México 86.

Con  el paso de los años, los analistas  repetirían  cientos de veces que el gol anotado al Deportivo Pereira fue el más bello en la carrera de El Diego. El máximo ícono de la Iglesia Maradoniana.

El mismo que  acaba de apagarse, al menos en su dimensión terrenal, después de sesenta años de una vida plagada de leyendas, contradicciones, miserias y grandezas.



Es uno de los grandes recuerdos futboleros de mi vida. Me cuento entre los que asistieron a ese juego que  al final terminó empatado  4 a 4 en el tiempo reglamentario. De manera que puedo jurar que presencié el momento de la mayoría de edad de uno de los más grandes futbolistas de la historia.

El mismo que en el partido contra los ingleses en México dio  otra muestra de su saludable irreverencia cuando aseguró que el célebre gol irreglamentario lo había anotado con la mano de Dios.

Por fortuna, las miserias del Var todavía no habían sido inventadas para privar al fútbol de su impagable dosis de azar  y error.

Pero volvamos a ese  19 de febrero en Pereira. Ese tipo de imágenes  vuelven mejor a nuestra memoria cuando apelamos a recuerdos prestados. Es decir, cuando un tercero los narra.

Esta vez se trata del relato  de Hugo Horacio Lóndero, el formidable delantero argentino que se quedó a vivir en Colombia y formaba parte del Deportivo Pereira ese día.

Lóndero lo describió así: "Él arrancó similar al gol que hizo en México, como en la mitad de la cancha. Fue eludiendo a los rivales: Farid Perchy, Henry Viáfara se le tiraron encima. Luego vino el paraguayo Alcides Sossa y el último que lo cruzó  era “El moño” Muñoz. Cuando llegó, amagó a patear, enganchó y quedó de frente al arco. Cuando le salió el arquero, que era Roberto Vasco, amagó a tirar al segundo palo y se la tocó cortita al primero. Fue un gol espectacular”. 

Bueno, el manoseado adjetivo espectacular  no le hace justicia  a ese momento. Lo de Maradona ese día pertenece a la estirpe de los grandes designios.

De las cosas de Dios.

Como todos los elegidos de los dioses, El Diego fue un hombre controversial. En su momento denunció a la Fifa como lo que es: un cartel mafioso, y lo castigaron expulsándolo del Mundial de Estados Unidos 94.  Fue amigo de Fidel Castro, de Hugo Chávez y se hizo tatuar una efigie del Che Guevara, como para expresar que , de haber coincidido en el espacio y en el tiempo, también hubiera sido su compinche.



Al modo de los artistas malditos, supo frecuentar las tinieblas : ni las drogas fuertes, ni los alcoholes, ni  el sexo a raudales le fueron ajenos.

Por eso los moralistas lo condenaron siempre. Le enrostraban no haber sido un buen ejemplo para la sociedad. ¿ Y quién dijo que los genios tienen la obligación de ser un ejemplo para nadie? ¿Acaso  El Diego se postuló  alguna vez como ejemplo de auto superación?

Todo lo contrario:  cada vez que pudo, subrayó su condición de marginal. De orillero siempre en contravía. Más de un  antihéroe del tango y la milonga se hubiera sentido  a sus anchas departiendo con él en algún arrabal.Sólo que , en lugar de un puñal, el hombre obraba prodigios con la pelota. Lo saben  los hinchas de Argentinos, de Boca, del Barcelona, del Nápoles y, cómo no, de varias selecciones argentinas.


Cuentan que estuvo a punto de llegar al América de Cali luego de su paso más bien decepcionante por el Barca, pero el Nápoles italiano se  atravesó en el negocio y el asunto pudo haber provocado una guerra a muerte entre la Camorra napolitana y el cartel de Cali.

Pero eso daría para otra saga de leyendas.


El poeta colombiano  Porfirio Barba Jacob escribió en un rapto de lucidez etílica : “ Era una llama al viento y el viento la apagó”.

No sé si el viento del olvido  y el desdén puedan apagar la llama que este hombre dejó viva en el corazón de  quienes amamos  el juego bonito. Creo que no : son  legión las cosas bellas que alientan entre la mano de Dios y el  corazón de El Diego.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=3CUnwPgopIk


jueves, 19 de noviembre de 2020

Nos vemos en La Cuadra



Existen lugares  capaces de formar pliegues en la piel de las ciudades. Usted levanta al azar uno de esos pliegues y se encuentra con  un juego de espejos, como palimpsestos que cuentan cada uno su propia historia  y la refleja en el espejo de enfrente.

Pueden ser  bares, plazas, templos, callejuelas, viejas casonas, tiendas de barrio, canchas. Uno se aproxima a ellos y siente en el aire el rumor de voces de quienes una vez los frecuentaron y  ya no están: viajaron a tierras remotas o se fueron para siempre de este mundo.

Pero , de muchas maneras, allí están, aferrados a esos jirones de eternidad que el tiempo les arroja a modo de salvavidas.

Tienen la levedad del símbolo y la solidez de la piedra.

Tanto, que la gente los utiliza como mojones para no perderse en la barahúnda diaria.

Nos vemos en El Prometeo, en la tienda Mi arbolito,  en la cancha de Los Carabineros, en el Teatro Capri, en el atrio de La Trinidad, en el bar Leticia, decían nuestros mayores a la hora de pactar las citas  con los compadres o los encuentros de amor furtivo.

Nos vemos en  La Cuadra , dijeron, dijimos muchos desde el nacimiento de lo que en principio fue una idea, luego  un acuerdo y más tarde un tejido  de lugares a la altura de la Avenida Circunvalar.

Fue en  el año 2000, cuando un grupo de artistas liderado por los pintores Viviana Ángel y Jesús Calle, el fotógrafo Javier García y la gestora cultural Lucía Molina le dio vida a La Cuadra, talleres abiertos, como una  forma de proponer  un  encuentro desde la estética con una ciudad  que se empecinaba en  echar abajo los sitios que una vez fueran su memoria viva.

Y la gente empezó a acudir al llamado. Primero  con curiosidad y luego con esa clase de devoción propia de las ceremonias rituales.

                                       Carlos Enrique Hoyos

Porque  muy pronto La Cuadra  resultó ser eso: un ritual, un acto de comunión ciudadana en el que  varias generaciones se reunieron durante dos décadas para reafirmar su particular manera de sentirse ligadas a unas calles, a unos modos particulares de ver el mundo.

Era pues ineludible que La Cuadra deviniera fiesta. A las exposiciones y talleres se  sumaron la música, el baile, el vino, el cine, el teatro.

Una puesta en escena reavivada durante veinte años el primer jueves de cada mes.

Los  rumores de esa fiesta empezaron a escucharse en otros lugares del país.



¿En qué lugar de Pereira queda exactamente La Cuadra? Me preguntó, ávido, Ramón Rivas, un periodista cultural afincado en Bogotá.

En todas partes y en ninguna, le  respondí. Es más bien un estado de la mente. Cada quien a su modo tiene su propia cuadra dibujada en la  cartografía particular que le sirve de hoja de viaje para no extraviarse en una ciudad pequeña y vertiginosa a la vez.

Supongo que así fue y será para muchos habitantes  y visitantes de la ciudad. Por eso cundió la desazón cuando , a comienzos de 2020, sus gestores anunciaron el final definitivo de la aventura.

Pero qué le hacemos, si así son los grandes amores. Y el de La Cuadra fue un gran amor engendrado en las entrañas mismas de la ciudad.

Esa clase de amores, tan escasos, se convierten en parte de uno. No importa si ya encienden otros cuerpos o atracan en puertos desconocidos.  Siempre estarán allí, cada  uno a su tiempo y a su modo.


Por eso, cada vez que sus fieles devotos concertan una cita vuelven a la vieja fórmula:  Nos vemos en La cuadra.


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=OQnfsLdKRPU


miércoles, 11 de noviembre de 2020

Nostalgias perras: perros callejeros en la cuarentena



Sospecho que en su largo camino  hacia la hominización, los perros desarrollaron una especie de  proustiano sentido de la nostalgia, detonada por aromas,  ruidos, timbres de voz.

O mejor dicho: por la ausencia de  esas antiguas presencias.

Esa condición se acentúa en el caso de los perros callejeros, desplazados por  las cuarentenas hacia una  suerte de fisura en el espacio- tiempo,  bastante parecida a la del   encierro humano.

Aunque, en su caso se trata de un confinamiento hacia afuera. Un confinamiento al revés. Una forma aún más acentuada del destierro.

Por definición, el perro callejero es el campeón de la supervivencia. En él cobra pleno sentido el lugar común que define la ciudad como una  jungla de cemento.

En las calles los sentidos se aguzan, devienen instrumento para identificar de un solo golpe de oído, de olfato o de vista al potencial amigo o al letal enemigo.

Las promesas pueden venir de la cocina de un restaurante, de la vitrina de una panadería, de la visión sangrienta de una carnicería, o de la señora que pasa con la compra mañanera.

Las amenazas llegan de todas partes: conductores distraídos o dementes, vigilantes energúmenos, vecinos  malhumorados, tribus neo nazis, drogatas paranoicos, congéneres hambrientos y feroces.

En fin, la variopinta vida cotidiana de cualquier ciudad.

En esa búsqueda, cada perro supo encontrar su propio espacio de redención: la puerta de un restaurante popular, el alero de una cafetería,  las bancas de un parque o el atrio de una iglesia, como en el caso de la mujer que, de tanto instalarse con su familia perruna  a la puerta de la catedral, acabó por convertirse en parte de la liturgia.

Pero la  pandemia de la Covid-19 lo puso todo patas arriba en un santiamén, enviando a los humanos al exilio de sus casas y dejando a los perros todavía más de patitas en la  calle.

I

Primer día de clases


Nadie puede precisar con exactitud cuándo apareció el primer perro callejero en el campus de la Universidad Tecnológica de Pereira. Pero  lo que no se discute es la masificación de su presencia hace cosa de una década.   Llegaron de toda raza y condición, me dice Rosalba, una funcionaria de la administración a punto de jubilarse, que cada mes destinaba con rigor religioso el diez por ciento de su salario a la compra de alimentos y medicinas para los  muchos perros y unos cuantos gatos que se enseñorearon de prados, pasillos y  aulas, en fraterna convivencia con maestros y estudiantes.

Su presencia se hizo más notoria de unos diez años hacia acá, cuando algunos estudiantes y profesores empezaron a adoptarlos, a ponerles nombres y a comprarles concentrado para su alimentación.  Recuerdo a  Lassie, por ejemplo, por la famosa perra de la película.  También a Flor, una  Tacita de Té que no tardó en ser adoptada por una estudiante que se la llevó a su  casa. Entiendo que allí sigue, envejeciendo y con vida de princesa entre los mimos de toda la familia. Eso entre los animales más amables, porque también llegaron perros bravos como  Rambo, un doberman abandonado cerca de la universidad, que tardó su tiempo en convertirse  en  un perro  dócil y amable. Un estudiante de medicina de nombre Federico, se encargó de esa tarea. El muchacho tenía un conocimiento de los perros tan bueno que hasta llegó a alcanzar fama de domador.

Según el último censo, al comenzar la cuarentena la  cifra de habitantes perrunos del campus    había alcanzado la cifra de  catorce, cada uno  bajo el cuidado del Comité de Bienestar Animal, una dependencia creada en 2014, bajo la rectoría de Luis Enrique Arango Jiménez. En  mucha menor medida también se colaron gatos, aunque el talante indómito de estos últimos hizo que no fueran tan populares entre estudiantes y funcionarios.

Entre esas excepciones se cuenta Martina, una siamesa de noble abolengo que llegó a la universidad preñada de cinco criaturas que, una vez paridas, no tardaron en ser  acaparadas por igual número de adoptantes. Supongo que el prestigio de la raza ayudó, lo que viene a probar que los atavismos de clase no sólo funcionan para los humanos.

El asunto alcanzó tales dimensiones, que  la universidad acabó por crear un Comité de Bienestar Animal, generador en principio de  algún rechazo entre la parte de la comunidad  hostil  hacia los animales, o por lo menos indiferente  ante su presencia en el campus, relata José Norbey, un profesor de matemáticas  que decidió adoptar   un pekinés de colmillos afilados como agujas  hipodérmicas. Hoy , el  pequeño animal comanda una bandada de gansos que completan la guardia pretoriana de su finca, en el sector de La Bella.

Para quienes  los queremos y valoramos, resultaba de veras entrañable contemplar un perro echado  a la puerta del aula, o incluso instalado con comodidad en un rincón del salón, con el aire absorto de quien presta  mucha atención al curso de las ecuaciones, los teoremas, las derivadas o la teoría de conjuntos. Quién sabe, a lo mejor ya hay perros expertos en esas  maravillas de los números o de otras disciplinas. Todo depende  de la facultad  y del programa que hayan elegido para instalarse.

Porque los hay para todos los gustos y programas : unos optan por la medicina, otros por la mecánica,  más allá eligen las ciencias del deporte y unos cuantos más tienen inclinaciones literarias, al punto de que se los ha visto escuchar con atención agudas disertaciones sobre  La urbanidad de las especies, el libro de cuentos del escritor Rogoberto Gil.


Cuenta la leyenda…



Como en todas las comunidades, entre los perros también florecen y se multiplican las leyendas urbanas.  Es el caso de Buseto, un perro que, según testigos, viajaba todos los días  a la universidad en la ruta 6 del transporte urbano.  En principio, abordaba el bus en la terminal de transportes. Mediante una sucesión de ladridos ya identificados por los conductores expresaba su deseo de  subir a bordo. Cuando le abrían la puerta, el animal se instalaba y a los pocos minutos se bajaba en la Universidad Tecnológica, donde era objeto de toda clase de atenciones. Una vez terminada la jornada, repetía la operación en sentido inverso y descendía  en la Terminal.

Su lugar de residencia era toda una incógnita. Fin del viaje, muchas gracias  a todos y hasta la mañana siguiente.

Era jodido y mordelón este Buseto.  Quien trataba de tocarlo cuando se instalaba en su atalaya de El Guaducto,  corría el riesgo de llevarse en la piel la marca de sus colmillos. Por alguna razón, el único que sobrevivió al intento fue el político Sergio Fajardo. Durante una de sus visitas a Pereira quiso cruzar ese puente de guadua. Al ver  a Buseto, contra todas las advertencias de sus acompañantes,  se inclinó a  acariciarlo. Para sorpresa de todos el animal se dejó hacer.


Cuestión de empatías, creo yo.  Convergencias políticas, piensan otros.

Otra celebridad es Gitana, la perra activista experta en protestas sociales. Con una pañoleta roja anudada al cuello, participa en todas las marchas y  se dice que hasta aprendió  a recitar consignas y a ladrarles a los policías.

La gitana roja, le dicen algunos militantes de la vieja guardia.



La leyenda  más pintoresca de todas es la de Jíbaro. Según testigos, es  el dealer del campus. Se trata de un criollo que recorrería toda la universidad con una canastilla atada al cuello. En ella  porta decenas de baretos- cigarrillos de marihuana-  cuidadosamente liados. Los compradores los toman y depositan en la canastilla  el importe de la compra. Al agotar la existencia regresa  al lugar donde lo espera su anónimo propietario, que repite la operación  hasta agotar existencia.

Servicio al cliente, entiendo que le llaman a eso. Ni Rappi lo hace tan bien.

Pero no todos los quieren.  De hecho hay quienes  los detestan al extremo de querer exterminarlos. Dicen que son portadores de enfermedades, que  estar pisando mierda de perro todo  el tiempo no es precisamente lo más agradable y que incluso ellos mismos, así como amigos, parientes y visitantes de la universidad han sido objeto de mordeduras, algunas de ellas graves

Supongo que en estos  meses  de educación virtual deben sentirse a sus anchas, lejos del que consideran el peor enemigo del hombre.

No es ese el caso de  personas como José Luis Tristancho, profesor de ingeniería, o  de Campo Elías, del área de Ciencias Básicas, que no dudaron en llevarse para sus casas algunos de los perros.

El cariño que muchos estudiantes y profesores les profesan puede rastrearse en los nombres utilizados para rebautizarlos : Mono eléctrico, Brownie, Monita Aservi o Mono bareto, éste último por su inclinación a merodear  por el lugar donde algunos estudiantes consumen su dosis personal de marihuana.

¿Pero cuál ha sido el destino de los perros de la  Tecnológica durante estos largos meses?



Carolina Aguilar, funcionaria de la universidad , preside desde 2014 el Comité de Bienestar Animal.  Además, es  activa animadora de la página web Peluditos,  un completo medio de información para captar recursos y gestionar adopciones. Con cifras en la mano expone  un panorama completo de la presencia de perros y gatos en el campus.

Hay que precisar algo: cuando se habla  de catorce animales, nos referimos a los presentes en  la universidad al comenzar las cuarentenas, y con ellas el paso a la virtualidad.

Pero si  contamos los  perros rescatados   a lo largo del tiempo, la cifra podría alcanzar el centenar. Hubo un momento en que llegamos a tener setenta en La perrera. Sucede que muchos de ellos , después de recibir la adecuada  atención en salud, así como la debida higiene y alimentación han sido devueltos a sus familias o entregados en adopción. Muchos perros y gatos  son abandonados en el campus o en sus proximidades, tal vez por la receptiva actitud de tantos estudiantes y profesores.

Por eso digo que ,vistas así las cosas, entre los que van y vienen pueden completar unos cien , hasta ahora.

Cualquiera que tenga una mascota en su casa sabe lo que cuesta  mantenerla. Entre los concentrados, la vacunación, la higiene, la eventual atención médica y toda la parafernalia adicional pueden llevarse una buena  tajada del presupuesto familiar.

Así que al Comité le toca moverse para buscar recursos. Carolina lo cuenta así :

Si bien el rector  Arango Jiménez aprobó la  puesta  en marcha del Comité, de entrada dejó claro que debíamos gestionar recursos para su sostenimiento. Por eso creamos la página Peluditos,  dirigida a organizar cadenas a través de las  redes sociales con el propósito de  encontrar donantes y familias adoptivas. Hasta ahora todo ha funcionado muy bien. Por ejemplo, esos recursos nos han  garantizado el suministro alimenticio  desde la llegada de la pandemia. Entre los donantes es bueno mencionar a la alcaldía de Pereira, que nos ha respaldado con recursos a través del Bioarque Ukumarí. Para distribuir la comida al interior de la universidad contamos con la buena voluntad  de los vigilantes  y de las personas de los servicios de aseo.

Como quien dice,  nosotros buscamos la plata, les hacemos llegar los paquetes  y ellos se encargan de llevar la comida a la mesa.

II

¡A otro perro con ese hueso!



Steven , el hijo de Asdrúbal, estudia Ingeniería Eléctrica en la Universidad Tecnológica de Pereira. Al lado de su padre aprendió a querer los perros… y un poquito a los gatos. 

Asdrúbal es uno de  los carniceros del sector de Villa Santana.  Fue uno de los primeros campesinos inmigrantes  que se  asentaron  en el naciente barrio, cuando apenas era un puñado de casas diseminadas por la ladera.  En su vereda del municipio de Santuario había regentado una pequeña carnicería vecinal, donde les vendía carne de res y cerdo a los habitantes del sector. De ñapa, les regalaba patas de res, orejas y algunas vísceras que los campesinos compartían con sus perros.

Fue así como  aprendió que, en materia de alimentación, esos animales son tan caprichosos como los humanos.

Son bastante resabiaos, si quiere que le diga, declara  con un tono de voz altísimo, de modo que todo el vecindario se entera de la conversación. Algunos se acercan para enterarse mejor del asunto. Con el auditorio multiplicado, el  hombre se lanza a explicar el  chisme.

A unos sólo les gusta el Calambombo, que viene a ser el hueso pelao donde se forma la rodilla o chocozuela. Otros prefieren el hígado,   otros  se emboban con las orejas y pueden pasarse horas mordiéndolas como si fueran chicle. Quién sabe, tal vez  ese sea su desparche, su manera de matar el tiempo. La gente me dice que si soy  pendejo, que por cada pedazo de carne que les echo a los perros estoy perdiendo plata. Con seguridad es así, pero no se imaginan lo feliz que me pone ver animalitos contentos.

Esa es mi mayor ganancia.

Entre sus comensales se cuenta Pecas, un  labrador flaquísimo como un faquir , a quien por eso mismo los vecinos rebautizaron  con el nombre de Carnegato. Es el más madrugador.  A las cinco de la mañana  ya está echado a la puerta del local, a la espera de que su amigo  Asdrúbal abra  el negocio.

Yo no sé a ese animalito pa dónde se le va la comida, porque alimento nunca le falta. Unos le dan sopa, otros sancocho y  siempre le cumplo con su ración diaria. Eso sí: que ni piense en concentrados porque en estos lados eso es un lujo que nadie se puede dar. Sobre todo porque desde la aparición del virus es mucha la gente que no pudo volver a trabajar. Las ventas en las calles las prohibieron, a las empleadas domésticas las mandaron pa la casa sin un peso, las obras de construcción se paralizaron y todo el mundo  empezó a pasar necesidades.

Pero eso sí, cosa bien rara, nunca dejaron de comprar carne. Eso me ha permitido vivir bien y seguir dándole la ración diaria a los animales. Si hasta tengo un par de gatos por ahí que hacen fila para esperar su dosis. Como será, que la gente se enoja porque, según ellos, tengo la culpa de de que que ya no cacen ratones. Usted conoce bien el refrán: gato lleno no caza.

Y gato satisfecho trae más gatos, pienso, mientras conjeturo el destino de los perros que hicieron del campus universitario su propia ciudad aparte. Quizás como ningún otro, ellos esperan con ansia el fin de las  clases virtuales.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta crónica

https://www.youtube.com/watch?v=UhqbBlN986E




jueves, 5 de noviembre de 2020

De la poesía



DE LA POESÍA


Camino en puntillas

por los huertos del sueño

en  la alta noche


Es plenilunio


enhebro una plegaria

y otra vez se hace el milagro:


Sacudo el árbol

y las palabras se desgajan

hasta  mis manos


Como frutos maduros.


Pereira, noviembre de 2020. Año de la peste.



PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=8CnhcGpmH9Y


miércoles, 28 de octubre de 2020

El árbol de las brujas

                                            Modelo: Angie


Cuando releí por tercera vez  El árbol de las brujas, el libro de Ray Bradbury, hace unos   cinco años, me vino de golpe a la memoria una imagen de la infancia:

Estoy acurrucado en la cocina de la casa de mis abuelos Martiniano y Ana María en su pequeña  finca de una vereda llamada El Tigre.

A la lumbre de una vela de parafina, que se me antojaba infinita y mágica, los viejos se turnaban para contar historias de duendes, brujas, diablos y espantos que nos enviaban a la cama poseídos de un dichoso pavor.

Una de ellas tenía como escenario un enorme y pródigo árbol de aguacate ubicado a un costado de la casa, justo enfrente de una pared encalada en la que mi tío Ever había dibujado un tigre al acecho desde  el ramaje de un arbusto.

En  fin que, según los abuelos, el árbol de  aguacate era tomado por las brujas en noches de plenilunio.

- Se  ríen a carcajadas, decía Ana María, animada por el timbre de su propia voz.

- Además se cagan en las ramas del árbol, agregaba Martiniano, alzando su dedo índice de contador de historias silvestre.

Según el viejo, esa era la prueba irrefutable de la visita de las brujas: la ofrenda de mierda que aparecía al otro día entre las ramas.

Pastor Romero, un curtido agricultor que vivía con ellos en la finca, creía que eso explicaba la milagrosa fertilidad del árbol : en tiempos de cosecha nos alimentábamos mañana, tarde y noche con esos frutos abonados con estiércol de bruja.



Más de  una noche de luna llena monté  guardia en compañía de mis primos Miriam y José Roberto  a la espera del prodigio, pero los viejos, mañosos como buenos campesinos, nos sorprendían en el último momento  y nos obligaban a acostarnos bajo amenaza de azote con un rejo  de enlazar potros.

Así eran los métodos  educativos en esos tiempos.

Desde entonces hasta hoy me han asaltado dos preguntas: ¿ De qué o de quién se ríen las brujas? ¿ En quién se cagan?

Pues  en nosotros. O mejor dicho : en el orden del mundo.  Expresado de otra manera: en el poder, en todos los poderes, sobre todo el religioso, expresión de todos los demás y empeñado en aplastar lo que de instintivo y animal alienta en los humanos.

Es decir, en el cuerpo.

No por casualidad, en la imaginería cristiano católica la bruja es amiga y amante del diablo, esa fuerza telúrica personificada en la figura del macho cabrío con su falo siempre enhiesto y listo para el asalto.

Aquelarre, Francisco de Goya


De hecho, la palabra vasca aquelarre lo ilustra con precisión: en esos ritos, oficiados de forma clandestina en la alta noche y en la espesura del bosque, se renuevan las bodas milenarias entre las brujas y el diablo. 

A lo mejor por eso mismo los freudianos, obsesionados con la figura del falo, creen ver en el palo de la escoba que les sirve de transporte a las brujas un símbolo del órgano sexual masculino.

Según eso, las brujas vuelan de una dimensión a otra de la existencia utilizando como vehículo un macho de la especie humana.

El órgano sexual masculino, ese símbolo de poder que solo puede  ser domado por otro poder aún mayor: el del sexo de la mujer.

Desde el principio, las brujas son pues grandes rebeldes, criaturas indómitas que aparecen en la mitología clásica en las figuras de Circe , Ariadna y Medea.

Shakespeare apela a ellas en varios de sus dramas, entre ellos Macbeth.

Mucho más atrás, versiones  apócrifas del Antiguo Testamento  sugieren que un demonio femenino- un súcubo- habría sido la primera mujer de Adán, antes del relato del Paraíso Terrenal.

Modelo : Angie


Pero vuelvo a mi árbol de las brujas, definitivo y eterno como todas las visiones de la infancia.

Porque en realidad hay más preguntas. Por ejemplo: ¿por qué las brujas sólo salen de noche?

La respuesta más obvia es que el mundo duerme y así ellas pueden volar y reinar a su antojo. Pero sospecho que el asunto  tiene matices más sutiles: las sombras de la noche suponen siempre una liberación de  las cosas que nos esclavizan durante el día. De  la colección de máscaras que nos imponemos para velar nuestra condición más esencial.

En la noche se caen las máscaras del buen ciudadano, del padre ejemplar, del pastor de almas, del empleado obsequioso. La vieja encrucijada del Dr. Jekill y Mr. Hyde.

La ordalía del vampiro luminoso.

La bruja se levanta contra ese mundo. Por eso se hace objeto de persecución y es condenada a la hoguera.

Pero, igual que  otro gran mito, siempre  resurge de sus cenizas: está protegida por las fuerzas primordiales de la vida.

Sólo que en una época tan empecinada en disfrazar su locura de racionalidad como la nuestra, ha sabido hacerse de otros ropajes y emigró del mundo rural al urbano. En lugar de árboles frecuenta  rascacielos, volando en avión de Nueva York a Hong- Kong y de París a Islamabad en un eterno viaje de ida y vuelta.

Se ríe de todos los poderes establecidos. Su carcajada adopta forma de canción, de baile, de orgía, de melodía de arrabal. Es su particular forma de afirmarse.

Ah… y lo mejor: sigue cagándose en todo y en todos.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=rcDBUNFd4Rk

jueves, 22 de octubre de 2020

Los acertijos de la ficción


Los textos de ficción nos atraen, entre otras razones, porque plantean una urdimbre de acertijos que se despliegan ante los ojos del lector sin que este pueda responderlos todos : ¿ Quienes son esos seres dotados de ideas y sentimientos, que vagan por lugares tan reales como imaginarios? ¿ De dónde vienen y hacia dónde se dirigen esas criaturas dotadas de sueños, de anhelos, de  deseos y que por eso mismo gozan, sufren y padecen   frustraciones del nacimiento a la muerte, hasta que que se disuelven en la nada, como todo?

La tentación más fácil es decir que vienen de la mente  del autor, lo que remite a una  nueva suma de paradojas bastante parecidas a las propuestas por Douglas R. Hofstadter en su libro Godel, Escher, Bach, Un eterno y grácil  bucle.

¿El  autor es un creador o es un medium? ¿Es un demiurgo o un simple instrumento de sus fuerzas inconscientes? ¿ Es la mente del individuo o la mente-mundo la que escribe?

Como , en caso de que tengan respuesta, todas esas preguntas sólo pueden conducir a nuevos interrogantes la opción más socorrida es echar mano de los prejuicios, esa suerte de habitación a oscuras en la que nos sentimos seguros… hasta que la vida nos obliga a echarnos a la calle , donde no tardamos en descubrir que esas ideas fijas son en realidad un obstáculo para comprender todas las dimensiones del vasto universo.

Traigo   todo esto a cuento a raíz de la lectura  de un texto firmado por Margarita Rojas y publicado  el 10 de octubre de 2020 en el portal web La cola de Rata, bajo el título   Literatura misógina: El vuelo de la reina,  alusión a la novela del escritor argentino Tomás Eloy Martínez.

Al final de esta entrada copio enlace al artículo en mención, para  omitir citas reiteradas.



De entrada, el  artículo plantea una declaración de principios: “ Al momento de terminar este libro sabía que necesitaba escribir algo al respecto. Estaba incómoda, angustiada y algo confundida”.

Buen punto de partida: lo mejor que le puede pasar a un libro es que escriban  acerca de él.

Hasta ahí todo resulta claro: incomodar, angustiar y confundir son algunos de los efectos colaterales de toda obra de arte digna de ese nombre. Para  tranquilizar   espíritus están los libros de auto superación.

Pero luego la autora  esgrime una secuencia de sustantivos adjetivos- repulsión, repugnancia- enfocados no a calificar sino a descalificar la obra de  otros autores contemporáneos como los norteamericanos Charles Bukowski, David Foster Wallace y el francés M. Houllebecq,  tachándolos de misóginos.

Se trata, repito, de una suma reacciones- ya que no reflexiones- suscitadas en la autora del  artículo por la lectura de El vuelo de la reina, una de las novelas tardías del escritor argentino Tomás Eloy Martínez, autor además de las obras de ficción La novela de Perón, Santa Evita, El cantor de tangos y el libro de periodismo Lugar común la muerte.

Y digo que no son reflexiones, porque la autora insiste una y otra vez  en que la lectura de la novela le produjo  repulsión y repugnancia y eso la  llevó a escribir su artículo. Puras reacciones instintivas que, bien lo sabemos, son el germen de todas las ideas preconcebidas . 

Bueno, náuseas, asco y fastidio es lo que siente uno  leyendo muchas de las grandes obras de la literatura universal y eso no las invalida. Todo lo contrario: revela  su potencial como instrumento para comprender el mundo, disfrutar de su belleza y denunciar sus atrocidades.

Pienso, por ejemplo, en las visiones del infierno de Dante Alighieri, en la obra de  L. F. Céline  o en las novelas de Donatien de Sade, rebautizado por sus  fieles  devotos como  El Divino marqués.

¿Era Dante  “ dantesco” o  era  “ sádico” Sade?  ¿ Era “maquiavélico” Maquiavelo?



Es más: ¿era Mark Twain  un supremacista blanco porque  recrea con entrañable patetismo la vida de los negros y su equívoca relación con los anglosajones en las riberas del río Mississippi?

Por supuesto que no, como no es Nabokov un pederasta por mostrarnos los abismos del sexo casi senil de un profesor con una  alumna  niña, ni es Ernesto Sábato un sicópata por desvelarnos detalles de  seres tan alucinados como Alejandra Vidal Olmos o el pintor Juan Pablo Castel, el asesino de María Iribarne.

Ellos son simplemente escritores de su tiempo, o para decirlo con palabras del propio Tomás Eloy, “sismógrafos” de su tiempo. Narran el sismo pero nada tienen que ver con él.

Si  todas las formas de  discriminación y abuso aparecen en esas novelas es porque ya están   en el mundo.

Para no sucumbir a esos reduccionismos fáciles es necesario tener claras las claves y los procesos de construcción de un personaje de ficción. Si este tiene la suficiente  solidez  para moverse solo por el mundo, a menudo trasciende al propio autor y puede incluso expresar una cosmovisión contraria a la de su creador.

De ahí lo riesgoso que resulta hablar del personaje como un “reflejo” o un  alter ego del autor: los personajes de Shakespeare no son Shakespeare. La  ficción  es algo mucho más complejo y fascinante que eso. Es una trama de  enigmas que, para bien nuestro y de la literatura misma, nunca lograremos resolver.

Decir entonces que El vuelo de la reina es “ Literatura misógina” conlleva un grave riesgo para el lector : reducir las obras y los autores a sub géneros  formulados desde los prejuicios de cada quien.

Siguiendo esa tónica , no tendríamos   literatura grande o mediocre, sino libros de ficción racistas, clasistas, comunistas, fascistas, homofóbicos, feministas o sexistas.

                                       Virginia Woolf

No sé qué pensarían Safo de Lesbos,  Virginia Woolf  o Margueritte Yourcenar si se vieran de repente cobijadas bajo la etiqueta de  “ Escritoras feministas”, por ejemplo.  En  realidad, ellas eran sólo  mujeres geniales que escribían, poniendo todas las facultades de su talento al servicio de una obra.

Fue eso lo que las hizo grandes, no su inexistente militancia.

Así pues,  algunos personajes de El vuelo de la reina pueden  resultar misóginos para la mirada de algunos lectores.  Y hasta ahí eso es válido. La literatura tiene, cómo no, un ineludible componente político. Pero confundir a Tomás Eloy Martínez o a cualquier gran escritor con sus personajes   supone la desventaja de aproximarse a ellos con el lente de los propios prejuicios- lo que Margarita Rojas llama “ Las gafas violeta”-  reduciendo  a la mínima expresión la infinita  gama de matices con la que una buena obra de ficción se permite enriquecer el mundo.

Enlace al artículo en mención

https://www.lacoladerata.co/cultura/resena/literatura-misogina-el-vuelo-de-la-reina/


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=nokk4q2xBsY


miércoles, 14 de octubre de 2020

Gurús, influenciadores y otras pandemias



Un fantasma recorre el mundo : El influenciador, una suerte de entelequia resultado del cruce incestuoso entre el sacerdote, el inquisidor, el profeta, el gurú,  el demagogo, el  bufón y el  periodista.

De cualquier manera ha devenido líder, orientador, así a menudo   luzca más desorientado que todos, como se desprende de sus erráticas declaraciones en los medios de comunicación que se  alimentan de él   y lo alimentan en un inagotable círculo de regurgitación.  En ellas fija su posición  frente a todo  lo imaginable: la economía, la política, la ciencia, el ambientalismo, el sexo, las drogas. Es decir, todo lo comprendido entre el más allá y el más acá de lo humano.

Ese  es el primer eslabón de la cadena alimenticia. Del resto se encargan las redes sociales  con su reconocido poder de multiplicación.

Convertido en estrella del espectáculo informativo, el influenciador gurú acabó por suplantar al pensador, ese solitario que se consagraba con paciencia y tenacidad a la tarea de comprender los fenómenos, sus causas y consecuencias, para compartir  sus hallazgos con públicos dispuestos a asumir el riesgo de pensar por su propia cuenta.

Al finalizar la segunda década del siglo XXI, con la información convertida en un lucrativo negocio que cotiza en  el mercado de los valores y anti valores, los consumidores disponen de poco  o ningún tiempo para  hacer un alto en el camino y preguntarse por la naturaleza  y los protagonistas de los acontecimientos que los desbordan.


Atiborrado de cifras y datos, el pensamiento crítico y la capacidad para  formarse elementos de juicio frente al mundo acaban por sucumbir.

Los receptores de información quedan  entonces inermes.

Cuando eso sucede empiezan a reinar el caos y la confusión.  Y ese es el momento justo en el que surge el influenciador. Con su capacidad para el repentismo, aprovecha ese estado de cosas para formular lo que parecen respuestas definitivas a todas las situaciones del ámbito público y privado. Esa capacidad para las fórmulas mágicas lo hermana tanto con el  pastor religioso como con el autor de textos de autosuperación.

En ambos casos, la gente los ve, los  lee o escucha y  el mundo de las ideas entra en  hibernación, antes de pasar al siguiente estado: el de  la fe  en las revelaciones súbitas y sin  esfuerzo: el gurú y el influenciador lo resuelven con una frase que parece sabia en su banalidad.

Las audiencias quedan tranquilas por unos segundos.  Porque la característica de una revelación es su fugacidad. Y si acontece en las redes sociales el asunto alcanza cotas delirantes.  Por eso al caer la tarde, el número de confusos resulta ser más alto que al comienzo de la jornada.

En ese terreno acrítico empiezan a medrar  los caudillos de toda laya. Independiente de su  credo o filiación ideológica serán escuchados con sumisión. Después de todo,  su herramienta no  son los argumentos   sino el carisma. La capacidad para banalizarlo todo y reducirlo a frases hechas.


Por ejemplo, convertir una masacre en un homicidio colectivo.  Eso se consigue con un insistente  aparato de propaganda del que los influenciadores hacen parte: viven de eso, así  algunos se autopromocionen  como opositores al estado de cosas. En tiempos del capitalismo tardío  ser disidente  también vende.  El establecimiento  necesita  de su aparente espíritu contestatario para legitimar las formas de la democracia.

Con el  influenciador  se ha potenciado , además, una figura cara  a todos los mesianismos que en el mundo han sido : la del seguidor. Tanto, que la trascendencia de una vida puede definirse por el número de seguidores en las redes sociales.

Es la dictadura del Megusta.

Más allá de la información como nutriente básico, el  influenciador se alimenta  de seguidores. Es la fe  ciega de  estos últimos lo  que lo mantiene vivo.  Si aumentan, su poder sobre ellos crece. Si menguan, el pobre hombre puede empezar a sufrir de “ inseguridad sicológica”, otro eufemismo para nombrar el miedo.

Desde luego, los influenciadores  aparecieron bien temprano  en la historia. Al menos desde  que los mamíferos  nos  agrupamos en manada empezaron a jugar su rol de guianza.  Y siempre se cobraron lo suyo: las hembras más bellas y los pastos más frescos les eran concedidos.

No estamos pues, ante algo nuevo. En el transcurso de la historia  se han vestido con los ropajes mencionados al comienzo de este artículo, : el sacerdote, el profeta, el  político, el caudillo, el periodista.


Lo nuevo  es el crecimiento demencial de su poder.  Y eso si es efecto de las redes sociales, con su vertiginosa capacidad de multiplicación. Desde luego, no es culpa de internet: es la eterna condición humana siempre dispuesta a someter su voluntad, con tal de obtener la sensación de seguridad . Sólo eso puede explicar la variopinta fauna que conforma el  contingente de influenciadores :  políticos, deportistas, músicos, curas, gurús, músicos, vedettes y hasta  criminales como “ Popeye” el sicario, que en paz no descanse.

Y, de vez en cuando, un espíritu sensato y lúcido  irrumpe  en medio de esa manigua.

En todos los casos, los efectos son virales, para utilizar un concepto caro  al mundo de internet, reavivado por la irrupción de la Covid- 19 y su rápida propagación.

La hija adolescente de  mi vecino dice que el cantante Maluma es su influenciador. Supongo que, con otras palabras, lo  mismo pensaban los israelitas  de Moisés, mientras los  guiaba a través del Mar Rojo en su propósito de escapar de las garras del faraón.

Hoy atravesamos mares igual de turbulentos y nos asedian faraones más peligrosos.

Por lo tanto, el miedo  y la confusión alientan en las mentes y en los corazones.

A lo mejor eso explique la  pasmosa  capacidad de contagio de los influenciadores.

Para bien del pensamiento crítico y la autonomía de las personas, ojalá encontremos pronto una vacuna.

Ojalá.


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.

https://www.youtube.com/watch?v=d_VHFyaSXQw