lunes, 8 de febrero de 2016

Le nostre vite




 “ Al´ improvviso con lo sguardo/ cerchiamo un modo di raccontare/che cosa abbiamo fatto delle nostre vite”.
Ya lo han dicho tantos: “Traducir es traicionar”. Quien intenta trasplantar una imagen, una idea, un concepto de un idioma a otro, corre el riesgo de extraviarse en  insondables meandros.  A lo mejor en ese tránsito se pierde  la esencia del original, nos dicen. Eso , suponiendo que exista una “ esencia”, que un texto no sea todo esencia.
Pues  bien, el poeta italiano Emilio  Coco se dio a la tarea de verter  a ese idioma un grupo de poemas escogidos del colombiano Giovanny Gómez publicado bajo el sello Raffaelli Editore. Son ciento veintisiete páginas en las que se condensa un arte poética   dirigida a bucear , con palabras distintas, en los viejos tópicos de la poesía : el tiempo, el amor, el silencio, la noche, la muerte, el insomnio, el olvido.
¿ Qué clase de palabras pueden servirnos para nombrar- es decir, para recordar- un mundo que se disuelve apenas visto? Si la dicha de un beso ya es olvido antes del último  estremecimiento, la tarea del verbo- hacerse carne- se  resume en el oficio de Sísifo.  Empujamos nuestra experiencia del mundo ladera arriba, donde el tiempo, impasible  como todas las divinidades de su estirpe, nos la devuelve hecha  guijarros que debemos  recomponer  para reiniciar la tarea.

                                                             Giovanny Gómez

Como buen poeta, Emilio Coco sabe que la belleza de este oficio reside en su inutilidad esencial. Por  eso emprende la tarea  con la  paciencia de los viejos  tejedores. Si el poema es la casa donde alienta el misterio de un solo verso, el trabajo  del traductor exige un esfuerzo por partida doble. Deberá ahondar en las claves  de la lengua donde fue gestado para buscar, no un sinónimo, sino  una manera de decir que se aproxime a esa semilla. De a ahí lo estéril de las traducciones literales.  En poesía no se trata de trascribir sino de aproximarse en un sobrevuelo que debe  evitar las colisiones. Amor o muerte no quieren decir lo mismo para los  herederos de Dante o Shakespeare que  para los hijos del  Caribe  habituados a otras  turbulencias de la sangre. Los buenos traductores lo saben y por eso se  acercan con cautela al objeto de su exploración : un paso en falso y la vasija donde alienta el misterio de las palabras puede romperse en mil pedazos.
“Queste porte aperte/ alla notte del corpo.  “Estas puertas abiertas/ a la noche del cuerpo”. He ahí un buen  punto de partida para empezar el largo, tortuoso y gozoso camino  que conduce a una buena traducción. Por supuesto, no nos hablan aquí del cuerpo  clasificado por los anatomistas  o convertido en fetiche por los autores  de manuales eróticos. La presencia de la puerta nos remite al cuerpo- puente- abismo tendido entre la vida y la muerte. Si la puerta es umbral, la muerte deviene  imagen de la vida ... o al revés, si  nos atenemos al viejo juego de los espejos enfrentados.


Lector  devoto de los versos de  José Manuel Arango, Giovanny Gómez conoce el valor de la pausa, del silencio. En esos resquicios se adentra   Emilio Coco para devolvernos desde otra lengua, la de Petrarca, la nuez de  este libro de poemas titulado, no por casualidad : Palabras que saben morder en los sueños. El traductor escudriña en esas pausas para morder, ya no los sueños, sino las palabras que los roen, como  roen a todo el que se enfrenta a un buen texto. Y entonces “ De repente con la mirada/ buscamos una manera de contar /  qué hicimos con nuestras vidas”

jueves, 4 de febrero de 2016

Ángeles sin paraíso



                                              Lemmy Kimilster

                                               Para todos los que aman el rock and roll

Desde muy temprano me acostumbré a ver a mis músicos  favoritos como compinches  con los que pude entablar un diálogo interminable a través de sus acordes y canciones. Del Brahms de las Danzas  Húngaras hasta el Joaquín Sabina de Mujeres  fatal, pasando por el eterno clamor de los juglares del rock, todos  le han  regalado a mi vida una banda sonora  hecha de notas y versos: me basta con tirar  la punta del hilo  de una canción para que una parte de mi historia personal se desenvuelva  en toda su plenitud.
Por  eso la muerte de un músico supone para mí una pérdida íntima. Esos adioses acarrean la erosión de  una parte de mi piel. Desde  Hendrix, Janis y Morrison, pasando por  Keith Moon o Chris Squire hasta hoy, los heraldos negros  no saben qué parte de mí se  calcina con  sus malas noticias.
Así que los últimos tres meses han sido especialmente tortuosos. Primero fue Lemmy Kimilster, el bajista fundador de Motorhead,  que  desde su aparición en 1975 se propuso ser “La banda de rock and roll más sucia del mundo”. Y a fe que sus integrantes lo consiguieron: no por casualidad el nombre Motorhead  fue tomado del lenguaje utilizado en los bajos fondos  para referirse a un consumidor de anfetaminas.  Kimilster fue una suerte de poeta de la oscuridad que hasta el final de sus días se ufanó de no saber qué era la sobriedad, al menos durante los últimos cuarenta años de su vida.

                                                       David Bowie

Muy temprano, al despuntar  2016 le correspondió el turno a   David Bowie, ese hijo del glamour  que hizo del rock toda una puesta en escena, muy conectada con las estéticas de Andy  Wharol y sus  epígonos. Amado  y odiado a partes iguales, fue además un buen actor que nos dejó entre su legado producciones como El hombre que vendió  el mundo y Odisea del espacio. A su manera,  la vida de Bowie fue una odisea en la que la reinvención de  sí mismo era premisa constante: su condición camaleónica fue  imitada por muchos que se quedaron a mitad de camino.
El  siguiente turno fue para Glenn Frey, el integrante de The Eagles, una banda marcada por las paradojas : Hotel California, su más exitosa grabación, no fue  precisamente la mejor de todas. Antes y después de ella produjeron obras  como Long road  out of  Eden  o   Hell Freezes  over.  Entendidas como un todo, las dos podrían traducir algo así como: un largo camino fuera del  paraíso hasta que el infierno se congele.

                                                              Glenn Frey

Si Jim  Morrison postuló la idea de  vivir rápido y morir joven para tener un cadáver bien parecido,  Kimister, Bowie y  Frey optaron por recorrer  todo el camino. Los tres  se hicieron  viejos cabalgando ese potro enfebrecido del rock  que ha exigido siembre buenos jinetes.  “Too old to  rock and roll/ too young  to die” es el  título de una canción de Jethro Tull. Ian Anderson, su creador, sigue dando la batalla en los escenarios. A lo mejor la tarareó en voz baja en  tributo a sus   colegas muertos. Después de todo, él es otro de esos ángeles sin paraíso que nos han ayudado a vivir a los rockeros en todos los rincones del planeta.
Sé que es un lugar común: con la muerte de los seres amados se va también una parte irrecuperable de nosotros mismos.  A esta altura del camino, cuando   tantos de los que partieron   se despellejan los nudillos  golpeando las puertas del cielo sin obtener respuesta,  quiero plantar aquí esta flor  hecha de palabras   a su memoria  y a  la de todos aquellos que en un momento u otro hicieron del rock and roll una parte de su utopía.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=aSsqavYIgNc

jueves, 28 de enero de 2016

Al caer La Tarde




 A finales del año anterior se conoció  la noticia de la compra del Periódico La Tarde por parte de los dueños de El Diario del Otún, el otro periódico de Pereira. Por considerar que ese tipo de monopolios erosionan los contenidos, el enfoque y la calidad de cualquier medio de comunicación,  he decidido no continuar con la publicación de mi  columna dominical en La Tarde. Les comparto entonces la última.



YA CON ESTA ME DESPIDO
Por  : Gustavo Colorado Grisales

Primera lección  de periodismo: uno debe prestar atención  a los rumores, así resulten infundados. Lo que no se puede hacer es desdeñarlos y correr el riesgo de que resulten ciertos.
“Los dueños de El Diario del Otún adelantan negocios para comprar el periódico La Tarde”, decía el mensaje en mi correo electrónico. En cuestión de un par de horas, tres fuentes serias lo daban como un hecho.
Entonces  empecé a preocuparme. Lo de menos era la improbable filiación  política de los dos periódicos que en las últimas  tres o cuatro décadas  han competido por  el mercado  de lectores en Pereira y Risaralda. Al fin y al cabo, ser liberal o conservador  significa bien poco en un mundo donde los intereses privados desdibujan toda  frontera, en detrimento de lo público.
Mi desazón obedece pues a otros motivos. He dedicado buena parte de mi vida a luchar por la defensa de valores como la libertad, la independencia, la autonomía y el juicio críticos  en tanto elementos claves para forjar  tanto la identidad individual  como la colectiva: sin individuos autónomos no hay sociedad digna de ese nombre.  Uno de los escenarios básicos para la creación y fortalecimiento de esos valores es el de los medios de comunicación.

 La concentración de los medios en  pocas manos  representa una amenaza para esa visión de las cosas, aquí y en cualquier parte del mundo. Abundan los ejemplos para ilustrar cómo la absorción de un medio de comunicación por parte de un grupo de poder  económico supone la erosión de parcelas enteras de la vida social y por lo tanto de los discursos y prácticas políticas.
Durante   tres lustros  he sido huésped del periódico La Tarde, que me ofreció un espacio para la  difusión y defensa de mis convicciones. Ni los anteriores ni los actuales directores  y editores interfirieron para modificar un solo signo de puntuación... salvo Juan Antonio Ruíz, quien hace unos meses me recordó que Hostia se escribe con  H.
Como   muchos lo  han postulado ya, pienso que   la ausencia de disenso  resulta fatal en todas las instancias de la vida. Son el debate y las contradicciones  los que al final enriquecen nuestro mundo. Un contendor  agudo, vital, inteligente y lleno de argumentos nos revitaliza  y nos obliga  a permanecer atentos al curso de los sucesos. La carencia de todas esas cosas nos vuelve débiles y torpes.
El periódico La Tarde nació  en 1975, luego de ocho años de  creado el departamento de Risaralda. El Diario del Otún lo hizo poco más de un lustro después.  Así que los dos, cada uno a su manera, han sido testigos de  las transformaciones sociales, políticas y culturales de la región. Por eso mismo ambos  han influido en la definición de los rumbos a seguir. La desaparición de uno de los dos o su absorción por el otro representa un enorme retroceso.


 A lo anterior debe sumarse la situación laboral de quienes hasta  la fecha  prestan sus servicios  en uno   y otro periódico. No es ese el caso  de los columnistas, que  desempeñamos otras actividades y disponemos, por lo tanto, de distintas formas de supervivencia. Desde el momento en que empezaron a circular los rumores  la incertidumbre se  apoderó de periodistas, técnicos, empleados administrativos y comerciales. Condiciones de contratación, niveles   salariales, permanencia o despidos. Esas pequeñas certezas sobre las que se edifica la vida cotidiana. Cuando se dieron, las respuestas nunca fueron claras.
Con los rumores convertidos en hechos y ante la amenaza implícita en toda forma de monopolio, doy por terminada mi presencia en estas páginas. Agradezco a editores, lectores y directivos haberme acogido durante tanto tiempo.
Espero poder continuar este gratificante diálogo en  httpp://miblog-acido.blogspot.com
Hasta pronto.