jueves, 20 de noviembre de 2014

Tiempo de rock


                                                                      
                                                                  Para Gustavo Orozco  Restrepo
                               
“Ray Lomas era el último de los  viejos roqueros”, escribió hace casi medio siglo Ian Anderson, el líder de la banda de rock sinfónico inglesa Jethro Tull.  A  juzgar por el ritual que he visto repetirse  en las sucesivas ediciones de Convivencia Rock, el  festival que convoca cada  año desde Pereira a los amantes del género, el último de los viejos roqueros  renace  siempre con la obstinación del Ave  Fénix.
El poeta Joan Manuel Serrat declaró  hace mucho tiempo que llevar a sus  hijos al circo era en realidad un pretexto  para llevarse a  sí mismo a ese rincón perdido de su infancia encantada. Algo parecido me sucede cada vez que acompaño  a mi hija adolescente a  ese ritual en el que durante tres días  varias generaciones se sumergen en una especie de mar de lava, para salir de allí más livianas y despojadas de  la capa  de mugre que dejan en el alma y la piel las experiencias cotidianas.
El sábado 15 de noviembre recién caía la noche cuando la banda pereirana Mephisto saltó al escenario del parque Olaya Herrera. Le dedicaron su intervención al poeta Héctor Escobar Gutiérrez, fallecido unas semanas atrás. Cuando reprodujeron la grabación en que el escritor lee sus propios versos reafirmé mi convicción de que, a su manera, el buen rock es también un género literario. De allí en adelante se sucedieron agrupaciones  exponentes de las distintas  corrientes de  una música que  no para de reinventarse, como una forma de responder a quienes llevan varias décadas anunciando  su muerte. Desde el metal más extremo  hasta el blues de  Carlos Elliot Jr, todas las corrientes encontraron  un público entusiasta y respetuoso: si a alguien no le gustaba la banda o el tipo de música, se limitaba a esperar  la siguiente.


Hace un año, cuando después del festival 2013 escribí una breve  crónica del evento titulada Es solo rock and roll, durante  un mes  seguido recibí a través del correo electrónico notas admonitorias de  varias personas que  parecían en realidad una sola, a juzgar  por el tono y el estilo de sus textos. Tras una breve introducción  adjuntaban archivos con artículos de varios “expertos” en los que se mostraban los supuestos argumentos para probar que detrás  de las distintas manifestaciones del rock se esconde en realidad una conspiración luciferina.  Nunca deja de sorprenderme la solemnidad   y falta de sentido del humor de esas personas incapaces de  leer  y asumir  las expresiones artísticas en su contexto simbólico.  En  realidad  lo que me parece diabólico es la  facilidad  con que muchos adultos son capaces de llegar a su casa a destruir los discos de sus  hijos y arrancar de las paredes de sus cuartos los carteles con la imagen de sus grupos favoritos. Como no quiero redundar sobre el asunto, reproduzco aquí  la conversación  escuchada  a la entrada del parque Olaya Herrera entre una joven madre y su hijo de unos  cinco años que pasaban por  el sector:
- Quedémonos , mamá. Quiero escuchar la música.
- ¡No, no y  no! Esa es la música del Diablo.
- Por eso mamá: ¡ a mi me gusta la música del Diablo!


 Anécdotas aparte, si algo ha  conseguido este festival en muy poco tiempo es recuperar el respeto por los gustos  y el sentir de los otros en una sociedad  proclive a la descalificación, cuando no  a la agresión  física ante las inclinaciones ajenas. Eso para no hablar de la calidad de unas agrupaciones integradas  en muchos casos por músicos mayores de cincuenta años que llevan más de  una treintena  dedicados a la creación y a la actuación, lo que los ha llevado a un perfeccionamiento de su arte  digno de admiración. Debe ser por eso que cada año  peregrinos de  distintas  regiones de Colombia desempolvan sus morrales y se hacen al camino cuando a través de las redes sociales alguien les anuncia que en Pereira es tiempo de rock.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.
https://www.youtube.com/watch?v=H8uUh1xsL14

jueves, 13 de noviembre de 2014

El lujo de pensar




 Cuando  me invitaron a orientar una charla sobre el libre pensamiento me asaltó una inquietud: ¿no es eso redundante? Por definición, el pensamiento es libre o no  es nada.  Al fin y al cabo, el pensador es alguien que se lanza a la aventura de hacer su propio camino, como bien lo expresara don Antonio Machado en sus celebrados versos.
Existen, sin embargo, redundancias necesarias. Sobre todo en estos tiempos, cuando Twitter en particular,  y las redes sociales en general, le han devuelto al concepto  de seguidor su antigua connotación apostólica. Tanto, que para  muchos cibernautas  la  noción del propio ser depende del número de seguidores o del prestigio y el peso social de aquellos a quienes siguen. Adolfo Rojas, un experto en psicología social, me explica que son cada vez  más numerosos los casos de  personas que se deprimen porque el número de sus seguidores no aumenta o, peor aún, disminuye en caída libre.
En contravía de esa tendencia- otro concepto caro al lenguaje digital-  pienso que un librepensador es alguien que  se  resiste a tener seguidores y, por eso mismo, se niega seguir a alguien. Prefiere a cambio, adentrarse en las aguas  inciertas de la vida para tratar de encontrarse a sí mismo. Si acierta, podrá bajar tranquilo al sepulcro. Si se equivoca, es asunto suyo. En eso consiste el desafío.  Siempre forjará su propia ruta de viaje desde el mundo y sus contradicciones. No desde doctrinas o verdades reveladas.


Porque lo más opuesto  al librepensador es el militante.  De cualquier cosa: una iglesia, una secta, un partido, una cofradía o un club. Resulta más cómodo encomendarse  a un caudillo, un gurú o un profeta.  Serán otros los que nos entreguen las respuestas. Eso nos exonera del esfuerzo de salir a buscarlas. Pero el precio será devastador: la alienación del propio ser. Es decir, la renuncia al lujo impagable de pensar.
Desde luego, no me refiero a esa noción idealizada de la libertad, aprendida en los manuales anarquistas, más próximos  a las visiones místicas que al uso de  criterios sólidos  para interrogar el universo y actuar en él.  Pienso más bien en  el combate contra toda actitud vicaria o epigonal que  nos convierta en replicantes de algún tipo de poder, tanto más nocivo cuanto más seductor. Y eso sí es cuestión de vida o muerte. Si renunciamos a la autonomía para obtener tranquilidad o disminución del radio de incertidumbre enajenamos  la posibilidad de inventar  una existencia a nuestra propia medida.  Dejaremos de ser pastores de las propias ideas para convertirnos en rebaño de las ajenas.


 Y no se trata de que el librepensador  se empecine en ser original, como sugieren algunos contradictores. Ser hereje no es un propósito: es el resultado  ineludible de sus búsquedas.  Apartado de la masa, un día se descubre solo en el bosque y sabe que ya no hay marcha atrás.  De allí en adelante le  queda el camino a modo de compañía En ese momento se vuelve peligroso. Otros sabrán que sí es posible y lo intentarán a su manera. No siguiendo el camino del librepensador, sino  inventando el propio. Eso es  lo que, en últimas, lo vuelve peligroso y lo diferencia del caudillo o el gurú: para regresar a estos al redil basta un buen soborno o un sitial en el  palco de los elegidos. Nada más fácil. En cambio, quien se busca solo puede marchar  hacia adelante. Si mira atrás puede sucederle lo que a la mujer de Lot, porque como lo dijera el personaje de Los demonios, la colosal novela de Heimito Von Doderer: “ Cuando una imagen te gana y te hace preso, te despoja del resto de las cosas del mundo y quedas desamparado”.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Sonata de otoño




 Como las reales, las ciudades inventadas tienen su propio peso específico. El de Chernopol está determinado por la suerte de risa eterna que les sirve a sus habitantes para eludir la certeza de su propia disolución, que es la misma del Imperio austrohúngaro. El señor Tarangolian, prefecto de la ciudad, sabe que los disparos de Gabrilo  Princip, que acabaron con la  vida del heredero al trono , Francisco Fernando, fueron apenas  la última  vibración de una onda expansiva empujada por lo que se ha dado en denominar  “ Las fuerzas de la Historia”.
Esa  onda  echa por tierra el destino  de hombres como el mayor Tildy, uno  de esos  guerreros   capaces de dar la vida por nociones como el honor, el valor y la dignidad es decir, los mismos que el capitalismo triunfante se dispone a  extirpar. Desterrado fuera del tiempo y el espacio, el soldado muere arrollado por un tren, justo cuando cree haber encontrado la redención en los brazos de una joven prostituta. “Así  vamos todos por el mundo, ignorantes de que, en últimas, vivir   no es otra cosa que  caminar al encuentro de la propia muerte”, nos dice el narrador, una especie de voz en sordina que intenta recuperar los recuerdos de la infancia como una manera de exorcizar los demonios  que conducen su propio mundo hacia el olvido.


Ese tono de  melancolía crepuscular  cruza las páginas de Un armiño en Chernopol, la novela del escritor austríaco  Gregor von Rezzori. Emparentado  en espíritu con escritores de la estirpe  de Tomas Mann, Robert Musil, Joseph  Roth y  Heimito von Doderer, el autor convoca los poderes de la memoria  y la poesía para ayudarse-   y ayudarnos – a soportar lo que  experimentan un hombre y una comunidad cuando las cosas que le daban sentido a la vida se van a pique.
Algunos de los protagonistas acuden al viejo recurso del amor  en el sentido absoluto que le daban los románticos, para descubrir muy pronto  que “ Nuestros deseos se apagan. Pero el que conserva más allá de la infancia esa angustiosa necesidad de ternura, será uno de los desdichados escogidos que están y estarán siempre enamorados”. Uno de ellos  es el mayor Tildy, siempre dispuesto a batirse en duelo por unos principios que son el hazmereír de sus colegas, entregados de lleno al cinismo.
Quines viven en Chernopol se saben habitantes de una ciudad de ilusión. Así lo  intuye  Madame Artonóvich, profesora de danza clásica de la hermana del narrador, cuando expresa que “ Un día, los viejos campos de pastoreo amanecen sin hierba y tenemos que buscarnos otros, como eternos nómadas que somos, incapaces de cultivar  nuestra parcela”.
Como todos los mortales, para curarse la  desazón algunos apelan al sexo en su más pura crudeza, para descubrirse más solos que nunca  después de cada cópula.  Por su lado, el viejo Pashkano, una especie de  espíritu primitivo se aferra a su ambición   materializada en un diamante al que le ha puesto un nombre premonitorio: “Corazón  de hielo”. A su vez, ignorantes de su condición de instrumentos , las hordas de jóvenes  pintan cruces gamadas en los muros, como irresponsables  heraldos del infierno que se avecina.


Mientras  eso sucede, el narrador intenta excavar  en los recuerdos de infancia como expresión del paraíso perdido de la comunidad.  Al igual que todos los nostálgicos, acaba por descubrir que su reino de ensueño nunca existió, y lo expresa en  una sentencia lapidaria: “Al abandonar la infancia siente lo mismo que cuando descubrió que las rosas de la imagen de la virgen en la iglesia del Corazón de Jesús estaban hechas de papel crepé  polvoriento  y descolorido.”
El armiño, para algunos símbolo de pureza y refinamiento, deviene entonces símbolo de la destrucción. Así se lo dice su borracho cuñado al mayor  Tildy, en uno de los momentos demoledores de la novela : “ El mundo, señor, es  oscuro y húmedo como el culo de un viejo pedorro”. Solo entonces, el soldado aprende que  la vida entera es una broma . Incluso un esqueleto es una broma: la broma macabra de un hombre. Por eso ríen sin remedio los habitantes de Chernopol.

PDT :  les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

jueves, 30 de octubre de 2014

Vuelve McCarthy





Leo y escucho la noticia de manera reiterada: la Asociación Estadounidense de Biliotecas insiste en que, atendiendo a reparos de los padres,  se tengan en cuenta sus recomendaciones sobre libros  que no deberían ser leídos por los niños y  jóvenes consultantes. Es más: la asociación elabora cada año, desde 1982, un listado de  obras de dudosa reputación entre las que se cuentan desde libros de consumo hasta clásicos como El guardián entre el centeno,  Las uvas de la ira, Beloved, Ulises o  El gran Gatsby.
Algunas de las razones son, si no justificables, al menos predecibles: sexo explícito, violencia, lenguaje vulgar y pobreza, aunque siempre queda abierta  la pregunta acerca de quiénes y bajo qué criterios delimitan esos conceptos. Pero hay algo todavía más inquietante: entre los argumentos esgrimidos por los gestores de la propuesta figura  “la posibilidad de que  la lectura de esos libros lleve a niños y jóvenes a contradecir las creencias religiosas y políticas de sus padres”.

En este último punto las cosas  pasan de castaño a oscuro: disfrazada de la preocupación porque un libro determinado pueda “herir la sensibilidad del lector”, según  las expresión al uso, se esconde un viejo propósito del poder en  todas sus manifestaciones: cercenar  de raíz cualquier posibilidad de  disidencia.
Más grave todavía resulta que la idea  se propague desde un país en  cuya  Constitución Política se consagra desde la primera enmienda el derecho de  acceso a la información y el conocimiento para todos los ciudadanos.
Guardadas proporciones de tiempo, lugar y método, resulta ineludible  evocar la  figura del Index,  o lista de aquellas publicaciones que la iglesia consideraba peligrosas para sus fieles. En ese  catálogo se mezclaban de forma indiscriminada manuales de brujería con la obra de grandes pensadores, científicos  y escritores del talante de Descartes, Copérnico, Rousseau, Rabelais  o Victor Hugo. El engendro  fue uno de los resultados del Concilio de Trento, firmado por el papa Pío IV el 24  de marzo de 1564.

Guardadas proporciones. Porque en el fondo se trata de la misma corriente  que a lo largo de los siglos ha intentado neutralizar la libertad de pensamiento o al menos reducirla a la mínima expresión. A mediados del siglo XX tuvo una de sus encarnaciones en el senador  republicano Joseph Mc Carthy, empeñado en ver una  conspiración comunista en cualquier forma de disidencia.  Décadas más tarde, el  enemigo mutaría  del comunismo al  terrorismo y tendría en gente como  Ronald Reagan y la familia Bush a algunos de sus más conspicuos voceros.


En  muchos sentidos esa forma  de censura es heredera de una corriente  surgida de las culpas coloniales y empeñada en no llamar las cosas por el nombre.  En su lógica a  las anomalías de la realidad no se responde con soluciones sino con asepsia y mordazas.  Así, si el sexo banalizado, la violencia y la pobreza reinan en el mundo, la salida es pedirles a los escritores que no se ocupen  de asuntos tan escabrosos. Si desobedecen, entonces habrá que impedirles a los potenciales  lectores el acceso a sus obras. En cualquiera de los casos tendremos un mundo mutilado y vaciado de sentido.
Si esas prácticas surgieran en un régimen totalitario no provocarían tanto asombro. Pero viniendo de una nación que, como los Estados Unidos, se promociona a sí misma como paladín de la democracia, no se puede menos que pensar  en el sentido último de aquél viejo proverbio: “Dime de qué presumes y te diré que te hace falta”.

jueves, 23 de octubre de 2014

Esos viejos rollos



                                                     Fotografía :  Yadith Ávila

Fernaín Hernández, el último sobreviviente de los viejos proyeccionistas de cine, cuenta una anécdota deliciosa. En alguna ocasión le tocó  proyectar una película para un colegio  religioso en el teatro de su pueblo natal. La escogida por las monjas rectoras fue Superman, que por esos días batía todas las marcas de taquilla. El teatro se  llenó de adolescentes  y la función empezó, pero no duró más de un minuto: el tiempo que necesitó Fernaín  para descubrir que, en efecto, se trataba de Superman pero... en versión  porno. De inmediato las monjas se lanzaron hacia la cabina y ordenaron  suspender la proyección,  indiferentes a la protesta de las muchachas, que ya empezaban a entusiasmarse.
Esas   cosas pasaban a menudo cuando los  teatros utilizaban los viejos proyectores de 35 milímetros, hoy en vía de extinción ante la avanzada de la tecnología digital.  Muchas veces los  funcionarios de las distribuidoras confundían el material y a un cinéfilo que empezaba  viendo las obsesivas imágenes de  Persona, de Ingmar Bergman, le tocaba conformarse con el final de  Zorba el Griego, pues así lo determinaban las prisas de los despachadores. Los rollos venían  numerados y para una persona encargada de remitir películas a todos los rincones del país era muy fácil  confundirlos. Otras veces acertaban el título y  el número preciso de rollos pero  enviaban  el material al lugar equivocado: mientras  en Santa Rosa de  Osos esperaban con ansia la cinta, esta llegaba puntual... pero a Santa Rosa de Cabal.


Podría escribirse una crónica completa sobre las aventuras y desventuras de esos viejos rollos.  En un retén ilegal de la guerrilla, a los muchachos del Cine Club Borges les robaron una copia de El mártir del  calvario, que esperaban pasar durante la Semana Santa en el Teatro de Comfamiliar. Ya me imagino a los hombres de Tirofijo, desconcertados ante la repentina  irrupción de lo religioso, encarnado en la figura de  Enrique Rambal, en un mundo tan descreído como  el suyo.  A lo mejor se trataba de algún mensaje del cielo que prefirieron ignorar.
Por la misma época,  cada vez que se sentían al borde de la  quiebra, los  responsables del Cine Club  Vamos Juntos proyectaban Nueve semanas  y media, el culebrón erótico de Kim Bassinger y  Mickey Rourke. Era lleno seguro: durante  una semana  los mirones hacíamos filas que le daban la vuelta a la manzana, hasta que la copia estuvo tan destrozada que los pezones de la estrella femenina se confundían con las fresas utilizadas por  el seductor Rourke para sus faenas sexuales.
El viejo Efraín, ya fallecido, fue durante muchos años proyeccionista del Teatro Caldas,  ubicado en la carrera  octava entre calles dieciocho y diecinueve de Pereira.  En la edificación contigua a la sala funcionaba una escuela de secretariado y  mecanografía en la que estudiaban muchas bellezas de la época. Pues bien, el hombre se las arregló para abrir  un portillo a través de la pared y entre rollo y rollo de la proyección hacía estragos en las muchachas que acababan seducidas  por el poder mágico del dueño de las imágenes.


Evoco estas cosas cuando el cine en 35  milímetros desaparece de las salas para ser reemplazado  por las mismas historias proyectadas desde un servidor digital.  Con los antiguos rollos se esfuma, por supuesto, la figura del hombre encargado de recibir las películas, revisarlas, proyectarlas y devolverlas al distribuidor. En medio de esa tarea pasaban muchas cosas: visitas femeninas furtivas, copas clandestinas y va uno a saber qué otras  aventuras. Porque la cabina de proyección era algo así como un territorio de  transgresiones vedado a  los mortales... o al menos a quienes  no pertenecían a la cofradía.
Algunos nostálgicos  todavía   se niegan a  aceptar esa realidad.  “Esas proyecciones digitales no son cine” me espetó a la cara un sesentón convertido en vocero de los cinéfagos  vieja guardia. Pero qué le  hacemos- le respondí-   Si ya pasaron los tiempos en que ir al cine era todo un rollo.