jueves, 18 de diciembre de 2014

Animales tristes



                                                             Fortunata

 Con la  velocidad característica de los tiempos, la expresión  “Animal de compañía”  suplantó a la vieja palabra mascota, una de las últimas víctimas de la cruzada  de corrección  política que recorre el mundo.
Lo que muchos pasaron por alto es que detrás del simple cambio de nombre alienta una entidad metafísica que elevó  a  los animales a la condición de sucedáneos de la perdida comunicación entre los seres humanos. Basta enumerar tres casos para  hacerse a una idea de los alcances del asunto.
Un  padre de familia me explica que le  compró a su pequeño hijo un perro “para enseñar al chico a ser responsable”. Esa curiosa variante pedagógica lleva implícito   un giro  en nuestros parámetros éticos: hasta hace poco tiempo  la noción de responsabilidad  estaba ligada  a su vez al concepto de deberes y derechos en el trato con  otros seres humanos. Que ahora precisemos de la muleta de un animal para conseguir lo mismo dice mucho sobre el tamaño de nuestras pérdidas.  Después de todo, no es lo mismo aprenderlo en el cuidado de la abuela que en el de una   guacamaya  o un gato persa.


Sumo y sigo: cuando, en cumplimiento de la ley, una autoridad local ordenó el sacrificio de un perro que ocasionó lesiones  irreversibles en el rostro de dos niñas, hordas de manifestantes se pronunciaron a través de las redes sociales y además hicieron presencia ante las instalaciones  de la alcaldía  para  reclamar por  “ Los derechos del perro”. Dejando a un lado  la pregunta por la validez jurídica de esto último surge una inquietud  más delicada: la que alude a los criterios de valoración que rigen la conducta de alguien más preocupado por un perro que por un niño. Para tranquilidad de algunas conciencias,  aclaro que amo a los animales,  pero no creo que nuestra gata  Fortunata sea más importante que  mi mujer y mi hija, o que Yira, Motas y Larry, tres perros que reinan en  la finca y en el corazón de los integrantes de mi familia escogida tengan más peso en su vida que los hijos de los trabajadores, por ejemplo.
Pero las cosas no paran allí: leo en el diario económico La República que uno de los sectores  con más rápido crecimiento en los supermercados es el de alimentos y ropa para mascotas  ¿ropa? Sí. Supongo que ustedes  han sido testigos del sufrimiento de esos perros y gatos cuyas garras están hechas para eso: para agarrar, sometidos a la tortura  de sostenerse sobre  el pavimento o  la superficie lisa de un centro comercial, con las patas atrapadas por los zapatos que los dueños  les impusieron en su desesperado intento por lograr que el animal se les parezca.
Y lo último, pero no menos importante: leí en la cartelera de un conjunto residencial el siguiente aviso “Señor inquilino o propietario: enséñele  a su mascota a ser responsable. No permita que haga sus necesidades en los prados y andenes”. Como supongo que “hacer las necesidades” quiere decir cagar, imagino  las que tendrá que pasar el animal  en cuestión para volverse responsable y adaptar su conducta a los códigos humanos. Por experiencia sé que es más útil imponerles castigos leves pero significativos cuando    cagan donde no deben.


La lista podría hacerse más extensa, pero  se me está agotando el espacio y además podría ser víctima  de un linchamiento digital por  una de esas cofradías que protestan contra las corridas de toros y amenazan con cortarles los cojones a los matadores. Por lo pronto  pienso en San Agustín. Ustedes recordarán que ese libertino convertido en santo  escribió  en una  ocasión que después del coito el hombre es un animal triste. Parafraseándolo podríamos decir que desde su encuentro con los seres humanos de estos tiempos y su infinita capacidad para los actos absurdos las mascotas son también animales tristes.

Postales II









TRES MUJERES

Mi abuela Ana María,
que sabía leer el pasado,
el presente y el futuro
en la estela vegetal
de la boñiga de las vacas.

Mi tía Teresita,
que a los cuatro años me enseñó
a sospechar los misterios del universo
en una cartilla llamada La alegría de leer.

Mi mamá Amelia,
que ganó todos los premios de montaña
pedaleando hasta el amanecer
en  una máquina de coser Singer.

Tres nombres,
tres mujeres,
tres piedras sobre las que edifiqué
esta cosa rara, bella, misteriosa, incomprensible
que es mi vida.



Tribunas ( Pereira) noviembre  27  de 2014

jueves, 11 de diciembre de 2014

Manzanas y naranjas



                                           Alejandro Gañán y la periodista Claudia Hurtado

 Alejandro Gañán nació en el poblado indígena de San Lorenzo, jurisdicción de Riosucio, municipio de Caldas célebre por su  Carnaval del Diablo que cada dos años recibe visitantes de  muchos lugares de Colombia y también del exterior.
Como todos los de su comunidad, Alejandro es de baja estatura, grueso, de piel cetrina y  está dotado de unas manos grandes que un día  aprendieron a confeccionar los bolsos de cuero, hilo y guadua que ofrece  en un mercado creado para comercializar los productos de  un grupo de personas víctimas de la violencia y el desplazamiento forzoso en Colombia.
Pero ese es el final feliz de la historia: para  llegar hasta aquí, él y los  suyos tuvieron que recorrer un largo y tortuoso camino.
Todo comenzó un día de  1988 cuando  su hermana, promotora de salud pública en el sector, recibió un encargo que formaba parte de sus  rituales cotidianos: alguien le pidió  comprar un paquete de manzanas y otro de  naranjas para entregarlo a otro alguien sin nombre. Esas  frutas se convirtieron en su perdición  y en el primer peldaño para el descenso a los infiernos de otros miembros de su familia y de centenares de vecinos.
“Resultó que las frutas  iban con destino a un señor que la guerrilla  del Epl tenía secuestrado y amarrado en una zona cercana”, dice Alejandro  con la voz entrecortada por una pena que  veintiseis  años  transcurridos no han  alcanzado a curar. “Según todos los indicios, la esposa del secuestrado prefirió pagarle a un comandante del ejército la  misma suma que los  guerrilleros pedían, para que  sus hombres se encargaran de  hacer justicia  por su cuenta”, complementa con un destello  húmedo en la mirada.

                                                    Poblado de San Lorenzo

A los pocos días  la  mujer  fue  sacada a  la fuerza de la casa familiar y desde entonces su nombre  se encuentra entre los de 60.000 personas que  las autoridades reconocen como oficialmente desaparecidas en Colombia desde  1942 hasta la fecha. Luego de su secuestro, decenas de vecinos corrieron la misma suerte, según  la versión de Gañán avalada por investigadores independientes como Omar Azuero y por organismos de derechos humanos. Ese  mismo año de 1988 Alejandro fue víctima de un atentado en el que los agresores contaron con la complicidad de uno de los amigos más cercanos de la víctima. Así son estas historias. “Escapé por un pelito”, exclama y su mirada se ilumina con esa clase de regocijo solo conocida por los sobrevivientes.
Huyendo del infortunio llegó  con su familia a Pereira, donde  lideró la invasión de un predio en compañía de un grupo de personas   sin vivienda. Trabajaba en la instalación de cableado para una empresa de telefonía cuando fue arrollado por un automóvil, pero esta vez también escapó a tiempo del nuevo asalto de la muerte. Convaleciente, descubrió que existía un enemigo tan temible como los grupos armados legales e ilegales causantes  de su destierro: el analfabetismo. Por eso se consagró a estudiar con un empeño que hoy lo tiene cursando la carrera de negocios internacionales.

                                                Familiares de víctimas de la guerra

Un día, sitiado por el hambre y por la desesperación pintada en el rostro de su madre, decidió que  apelaría al legado de sus ancestros y se consagraría a la confección de  los bolsos de guadua y cuero que hoy ofrece en cuanta feria  se  le cruza en el camino. La mañana en que hablamos, salía con su cargamento a cuestas rumbo a uno de  esos mercados.
Antes de despedirse me confiesa que más de una vez estuvo a punto de tomar el camino de la desesperación, incluso otro peor: el de la venganza. Sin embargo-  él prefiere apelar a un mito personal- su Dios lo iluminó y le marcó el camino de la guadua y el cuero. Por lo pronto, cuando Colombia ensaya de  nuevo la opción de un proceso de paz lleno de escollos y enemigos, la experiencia de  personas como Alejandro  Gañán bien podría servirnos  de ejemplo a la hora de intentar nuevos rumbos.

jueves, 4 de diciembre de 2014

El cielo no muda su sentencia




 Gonzalo Fernández de Oviedo, el cronista de la corona, el Dios de las tijeras, libra su última contienda, agoniza en ese borde afilado que separa el ahora de la eternidad. Al frente  tiene al Diablo, es decir,  lo más temido y temible de  sí mismo. Como les sucede- nos sucede- a todos los humanos, cree tocar  el cielo cuando lo que ha hecho en realidad es precipitarse en los abismos del infierno.
Fernández  de Oviedo, nacido en Madrid en 1478,  catorce años antes de la llegada de los españoles a lo que después se llamaría  el Nuevo Mundo, aunque sus dioses fueran más antiguos  que la misma divinidad de los cristianos, pertenecía a esa urdimbre burocrática surgida al ritmo de los intereses del imperio: militar, colonizador, escritor, administrador. Para el caso que nos ocupa su condición de cronista prima sobre todas las demás: es uno de los  narradores de  Santa  María  del  Diablo, la novela del escritor colombiano Gustavo  Arango  publicada por ediciones B  en noviembre de 2014.
Los protagonistas son de sobra conocidos. Sus majestades los Reyes Católicos y su abigarrada y contradictoria legión  de emisarios: Vasco Núñez de Balboa, Juan de la Cosa, Alonso de Ojeda, Francisco Pizarro, Diego de Nicuesa, Pedrarias Dávila, Hernán Cortés. El escenario, o mejor, el infierno es Santa María la Antigua del Darién, primera ciudad europea en tierra firme del continente americano. Hasta ese lugar  ubicado frente al mar Caribe, en las proximidades del golfo de  Urabá llegan, como arrastradas por un imán, todas las ambiciones humanas  descubiertas y por descubrir. Como siempre, más que  un metal codiciado, el oro es la metáfora, la fuerza que mueve a clérigos y soldados, a cortesanos y burócratas. No por casualidad la región recibe el nombre  de Castilla de Oro.  En  ella los conquistadores quisieran ver el hilo que conecte la vieja Europa asolada por las guerras  y la escasez con la promesa de riquezas infinitas entrevista en los mitos de los pueblos indígenas y en los relatos de los viajeros.

                                                               Gustavo Arango

Fernández de Oviedo deviene entonces narrador de esos mundos de vegetaciones espesas y hembras ávidas, de guerreros implacables y clérigos venales. Su tarea es crear un “océano de tinta” en cuyas aguas los hombres de generaciones  venideras puedan verse como en un espejo hecho de voces y fragmentos.
Pero hay otra voz en la novela. Un narrador que cuenta los episodios desde el ahora, como quien alimenta un palimpsesto ya de su suyo intrincado y prolijo. Siguiéndolo, los lectores de  este tiempo- los bebedores de tinta- entendemos o creemos entender las claves del fugaz ascenso y todavía más vertiginoso declive de una sociedad que constituye en realidad un símbolo de la soberbia  y las vanaglorias humanas.  Es la voz que nos mantiene atados del lado de acá de unos acontecimientos que se  antojan simultáneos en los delirios de  Fernández de Oviedo.


Aunque a veces el lector sospecha que los relatos son  una  ilusión del lenguaje. En realidad se trata de dos espejos enfrentados en los que podemos asomarnos a las devastaciones y absurdos de la historia. La de los individuos y de la sociedad toda que se lanza  hacia el abismo con la tozudez del que se sabe un mero instrumento. Al menos eso es lo que se percibe  en las páginas finales del libro, cuando el cronista accede  a  esa lucidez propia de los momentos de ruptura y agonía.  Ante sus ojos  “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, mientras el  Diablo, el espíritu de Santa María, hace  sentir  su carcajada eterna como colofón de la insensatez humana. En ese punto comprende que la ciudad es también una ilusión, la misma ilusión que se destruye y renace desde el comienzo de los tiempos, porque el cielo no muda su sentencia.