martes, 18 de julio de 2017

Shakespeare en el bus








Sabemos por sus biógrafos que Shakespeare frecuentaba los arrabales como fuente de información para sus obras.

Cuatro siglos después otro William, Faulkner, dijo que el mejor lugar de trabajo para un escritor es un burdel: de noche está lleno de acción y de día otorga tiempo, espacio y silencio para la escritura.

No sé Faulkner, pero Shakespeare no conoció unos vehículos incomparables para sumergirse en los meandros de la condición humana: los buses de servicio  urbano.

Como en Colombia los conductores someten   a los pasajeros a sus gustos musicales con el amplificador a todo tren, la gente tiene que hablar a los gritos.

Además, el teléfono móvil anuló el concepto de privacidad y las personas van soltando retahílas enteras sobre su vida particular. En  ese ejercicio hacen públicas minucias que las hubiesen hecho sonrojar apenas dos décadas atrás.



Soy usuario del transporte público.  Además, tengo oído de fanático del rock. De modo que a lo largo de los años he recopilado un montón de frases, algunas ingeniosas, otras procaces y muchas brutales, que en la práctica funcionan a modo de termómetro y sismógrafo de nuestro tiempo… Y de todos los tiempos.

Aquí va una antología inicial, que espero enriquecer con ayuda de ustedes:
     
 Popeye El sicario no era malo: el gobierno se puso a perseguirlo y lo volvió así.
    
 El mafioso Pablo Escobar tenía a su familia y a su hogar por los más grandes tesoros. Por eso,  como le gustaban las niñas de catorce años, cuando alguna “se dejaba embarazar”, ordenaba su asesinato para no mancillar su hogar con un hijo expósito.

Tan bueno que era el ex presidente Uribe. Durante su gobierno la gente pudo volver a pasear  a su finca.

Y eso, en un vehículo usado  en su mayor parte por personas que no tienen finca.



Qué maravilla: Cristiano Ronaldo puede darse el lujo de escoger el color de  los ojos, la piel y el pelo de sus futuros hijos.

A lo mismo  aspiraban los científicos nazis.

El mejor remedio para reavivar una pasión moribunda es poner un buen par de cuernos en la frente del consorte.

Me expulsaron del trabajo o del colegio porque me tienen ojeriza.

Y esta joya poética: Ese jugador no le hace un gol al arco iris.

Que Donald Trump haga lo que le dé la gana: para eso es el presidente de Estados Unidos.

Si la selección de fútbol gana es mérito de los jugadores. Sobre todo de James, Ospina y Cuadrado. Si pierde es culpa de José Pékerman.

La basura hay que arrojarla  a la calle. Así los recolectores tienen trabajo.

Yo  en mi casa hago lo que me dé la puta gana. Por eso los vecinos no deben quejarse si les pongo mi música a todo volumen.



Una metafísica: Este clima no lo entiende nadie.

Una teológica: El Deportivo Pereira no puede ascender porque Chila murió en pecado mortal.

Una mujer: a los hombres hay que darles en la cabeza para tenerlos contentos.

Un hombre: a  las mujeres hay que darles en la cabeza para tenerlas contentas.

Si lo mataron es porque algo debía.

Si no roba es por pendejo.

Un diálogo entre profesores lúbricos:

¡Qué dicha pal que picha!

 Pichar, según un diccionario italiano apócrifo: de picciare, sinónimo de follar,coger, holgar, culiar, yacer, conocer, copular, tirar, fornicar o tupirle al miriñaque.

Los más pudorosos utilizan un eufemismo a modo de sinónimo: Hacer el amor.

 Sí, hacer el  amor. Como  si ese sentimiento se produjera en una fábrica o en un estudio de  diseño.

Ahí los dejo. Hilvanen – si quieren- las cuentas de su propio rosario.

Ah… Una recomendación final: si no lo han hecho, súbanse a un  bus.

Vale la pena: es barato y uno no tiene que ocuparse en conducirlo.


PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada


jueves, 13 de julio de 2017

Injertos





 Leí en  la sección Hacienda del diario económico La República el siguiente titular: Economía Naranja mueve hasta $ 18 billones anuales.

Esa es una cifra considerable.

Solo que  debe ser desglosada,  con el fin de comprender su impacto en un sector específico: el del arte y la cultura.

Porque nos han vendido la idea de que el concepto de economía naranja se refiere solo a estos últimos.

Y eso crea de entrada una confusión estadística y de conceptos.

Para empezar, todavía no tenemos claro  el significado de esa etiqueta, promovida a nivel global desde hace más de diez años.



En el Tercer Mundo somos proclives a imitar conductas y programas diseñados desde los grandes centros de poder político, social, económico cultural o académico.

Por eso, a menudo nos comportamos al modo de los cardúmenes que siguen – en masa y a ciegas- a un líder  o gurú, sin tener idea de su lugar de destino.

Esa misma fe ciega nos impide someter los discursos y teorías a cuestionamientos que permitan identificar su validez en un contexto y en un tiempo determinado.

Igual que si se tratara de una nueva moda de vestidos, consumimos y desechamos ideas sin que nos dejen provecho alguno. En el campo de la administración  pública y privada se despilfarran millones en la contratación de expertos y en el pago de propiedad  intelectual por fórmulas que en muchos casos no funcionaron  ni  siquiera en sus sitios de origen.

Sucedió con la Revolución Francesa, que en nuestro continente adquirió muchas veces tintes de esperpento.

Pasó con el intento de trasplantar el modelo norteamericano de democracia, concebido como escenario de participación política a partir de igualdad de oportunidades económicas.

Solo que nosotros omitimos este último detalle y ya vemos como nos va.

Podríamos seguir enumerando y siempre llegaremos a la misma conclusión: nos volvimos expertos en injertar  tejidos ajenos en nuestro cuerpo, sin fijarnos en su capacidad de asimilación.



Y todo con la excusa de que la globalización es ineludible.

Esto es cierto, pero  su buena aplicación debe estar precedida por la pregunta acerca de su pertinencia y sus beneficios.

De lo contrario, los efectos no solo son impredecibles: pueden llegar a ser devastadores.

Eso es lo que sucede hoy en Colombia con la  Economía Naranja, que ya tiene visos de fiebre.

La expresión visible de esta  última son las Industrias Culturales.

“¡El Muro de Berlín  cayó en 1989! El socialismo es cosa de mamertos! ¡Es la hora del mercado y de las Industrias Culturales! Le escuché decir a un exaltado director  de teatro.

Por lo visto, al hombre no le interesaba fijarse en su propia contradicción: Dedica  buena parte de su tiempo a gestionar recursos del Estado, según lo establecido en la Constitución de  1991, que define a la cultura como la base de la nacionalidad.

Como llevo oyendo distintas versiones de esa idea desde que el profesor Fukuyama proclamó su célebre evangelio de El Fin de la Historia, me  concentré en  seguir  algunas pistas, escudriñando por igual en fuentes documentales y testimoniales.

Los resultados no fueron muy alentadores.

Por ejemplo, la noción de Economía Naranja no solo alude a la cultura y el arte,  sino a la infinita gama del entretenimiento en general.



Así, en una misma bolsa mezclan un festival de teatro, el menú de un restaurante, un canal de televisión y un poderoso equipo de fútbol como el Atlético Nacional.

Un detalle: Este club factura más que todas las actividades artísticas y culturales juntas.

Por eso es mejor andarse  con ojo de águila.

Y esto implica  no desconectar lo cultural del ámbito político.

En Europa, donde  muchas políticas culturales siguen forjándose al amparo de la socialdemocracia, estados como el francés subsidian a los artistas o agrupaciones locales y extranjeras que acrediten un mínimo de treinta y dos presentaciones públicas al año.



Los  Estados Unidos en cambio, fieles a su política del dejar hacer, lo ponen todo en manos del mercado y sus inciertas leyes.

Siguiendo lo trazado en la constitución, en Colombia se le asignan responsabilidades al Estado y a los gobiernos en el orden local, regional y nacional.

Y en este punto afloran grandes contradicciones y riesgos.

El supuesto florecimiento de las Industrias Culturales  en Colombia puede darles argumentos a los técnicos  para recortar recursos,  amparándose en pretextos como la crisis y la austeridad.

Eso dejaría sin aire a un amplio sector de la cultura.

Para ilustrarlo va un dato: En Pereira producir una obra teatral de calidad demanda- como mínimo- unos cien millones de pesos- (USD$ 33.300)   de inversión inicial.

A escala internacional esa cifra puede parecer exigua. Pero para muchas agrupaciones recuperar esa suma puede representar un calvario, cuando no un imposible.



Es en ese momento cuando cobran importancia las políticas y los recursos del Estado.

Es decir, la otra cara de la Economía Naranja.

 El lenguaje nunca es inocente ni gratuito.

Por eso, resulta necesario revisar- y repensar- esos modelos antes de injertarlos en nuestra vida cotidiana.

No vaya  a ser que el organismo produzca sus propios anticuerpos y – revalidando el viejo refrán-   corramos el riesgo de  hacer del remedio algo peor que la enfermedad.

PDT .  les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

jueves, 6 de julio de 2017

Que alguien se apiade de Dios



                                                          Monseñor Builes

Cuentan las crónicas que monseñor Miguel Ángel Builes se paraba en el púlpito y proclamaba ante una iglesia repleta de feligreses, en su mayoría campesinos, que matar liberales no era pecado.

Como quien dice, un pastor encargado de promover  la paz le daba a su rebaño licencia para matar prójimos en razón de su filiación partidista.

Y eso sucedió en los años más duros de la  violencia entre liberales y conservadores, una guerra civil no declarada que duró por lo menos cuatro décadas y dejó alrededor de  doscientos mil muertos.

Builes no era  el único.  Por esas fechas también  se hicieron notorios clérigos como Cayo Leónidas  Peñuela y Fray Mora Díaz en Boyacá, así  como Daniel Jordán en los santanderes.

Todos tenían por lo menos dos características en común: un conservadurismo  a ultranza y una intransigencia  total frente a las libertades ajenas.

Vuelvo a evocarlos después de  leer en los periódicos dos noticias que, en apariencia, no pasan de ser nuevos episodios en este catálogo infinito de lo pintoresco  y de la sinrazón nacional.

                                                 Alcaldesa de Yopal

En el primer caso, la alcaldesa  encargada de Yopal, capital del  departamento del Casanare, firmó antes de retirarse el decreto 036 del 9 de junio de 2017, a través  del cual “hace entrega simbólica del municipio de  Yopal al señor Jesucristo”.

¡Pobre Cristo! Pensé, luego de confirmar que no era una broma de esas que brotan por generación espontánea en la Internet.

Para quienes no lo saben, Yopal es  una población con problemas gravísimos derivados de la corrupción, de la presencia de multinacionales petroleras y de la injerencia  paramilitar en su territorio.

 La carencia de un acueducto que responda a las necesidades de la población es apenas uno de esos problemas. 



 
De modo que endosarle la tarea a Jesucristo constituye por lo menos un acto de irresponsabilidad política: igual que Pilatos en el relato bíblico, la mandataria se lavó las manos… con agua contaminada, supongo. 

La obligación de un gobernante consiste en gestionar con criterios técnicos, éticos y jurídicos los recursos  y expectativas de quienes  los eligieron. Sus creencias religiosas, igual que las de todos, son un asunto privado.

Pocos días después, el 28 de junio, Óscar Yonny Zapata, el alcalde de Aguadas, Caldas, una población conservadora como pocas en Colombia, anunció que seguiría el ejemplo de su colega de Yopal, aunque fue más osado : prescindiendo de intermediarios le entregaría su pueblo a Dios en persona.

Dejamos de lado el hecho incontrovertible de que estamos  ante una evidente violación a los principios constitucionales de libertad de cultos. Más aún,  la Constitución de 1991 define a Colombia como un país laico.

                                               Óscar Yonny Zapata

Y es aquí donde lo que parece una muestra más de nuestra capacidad  para el esperpento merece un poco de atención.

En ambos casos se trata de un abierto desafío a la filosofía de la Constitución cuando traza unas líneas claras de separación entre lo político, vale decir, lo público y lo religioso, que pertenece al fuero privado de cada persona.

No es casual que las dos decisiones  hayan sido proclamadas  en junio, el mes de la consagración del país al Sagrado Corazón de Jesús.

Es decir, se trata de un desplante a la institucionalidad que los mandatarios juran defender.

Y eso, en un país que intenta  curarse las heridas de sus muchas guerras  internas, resulta alarmante.

No olvidemos que habrá  elecciones presidenciales en 2018. Y  uno de los  precandidatos es el ex procurador Alejandro Ordóñez, un hombre que no duda en calificar de aberraciones las libertades individuales, protegidas después de años de luchas emprendidas desde la legalidad.

Además  Ordóñez invoca a la “Colombia creyente”, sugiriendo de paso que no solo apela a los votos católicos sino al de las innumerables  sectas que se multiplican cada día en el país,  amparadas en el mencionado principio constitucional de libertad de cultos.

                                           Aguadas


Visto así, lo de Yopal y  Aguadas puede ser un ensayo. Un arrojar el anzuelo a ver quién pica.

Si usted los analiza bien, notará que hay similitudes entre esos discursos y los de monseñor Builes y sus amigos.

De  esas experiencias se concluye que el maridaje entre política y religión  no conduce a nada bueno.

Razones suficientes para estar alerta. Siempre cabe la posibilidad  de que desde Aguadas y Yopal se desate una nueva forma de locura colectiva.

Aquí somos así.

Por lo pronto, elevaré una plegaria para que alguien se apiade de Dios. No vaya a ser que  al nuevo presidente de Colombia, en lugar de trabajar  para mejorar las cosas, se le ocurra endosarle  el destino de este maltrecho país.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada