jueves, 22 de enero de 2015

Místicos del ateísmo




 Escuchando al  señor Abraham – curioso nombre para un ateo declarado-  orientador de la charla convocada por una asociación  con sede en Cali, no tardé en  fijar mi atención  en el oxímoron : para ser ateo confeso y practicante se precisa de una forma  especial de la mística : una fe ciega  y a rajatabla enfocada a explicar  el mundo  y sus misterios a través del lenguaje  y los métodos de  la ciencia, siguiendo los principios básicos que el movimiento de la Ilustración postuló desde el siglo XVII. En su vehemencia, el expositor no dudaba en tildar a los creyentes de infantiles, supersticiosos, ingenuos y hasta estúpidos, según concluyó en medio de una salva de aplausos. Esa falta de respeto ante las creencias y opiniones ajenas me llenó de dudas  acerca de la naturaleza y motivaciones de una cosmovisión que se dice fundada en la razón y el pensamiento libre.
Ah, de modo que los ateos operan al modo de cualquier congregación religiosa, pensé. Tienen un sumo sacerdote, unos acólitos,  una ortodoxia, unos feligreses y hasta un infierno al que van a parar todos los no creyentes en su doctrina.  En lugar de una biblia o un texto sagrado se remiten todo el tiempo al pensamiento  y la obra de autores sacralizados como Voltaire, Diderot o  Karl  Marx, este último fundador  de una singular religión en la que la sociedad comunista  hace las veces de paraíso terrenal.
El escritor Gustavo Arango se preguntaba una vez en qué momento el ateísmo a ultranza devino prueba de inteligencia. La proposición es la siguiente: los  no creyentes serían los dueños de la lucidez. En el otro extremo los creyentes habitarían las tinieblas de la ignorancia, para utilizar un viejo tópico.

                                                                         Voltaire

 ¿Dónde  quedan en ese esquema  de  raciocinio nociones cono  la autodeterminación y el libre albedrío, tan caras al legado de la misma Ilustración? Según esa lógica, un  individuo libre no puede  escoger el camino o las prácticas que considere necesarias para otorgarle  un sentido a su vida, lo que nos deja frente a un callejón sin salida en el que las reivindicaciones de la racionalidad se niegan a sí mismas.  En últimas,  ¿una persona es libre o no de creer en lo que quiera, anhele o necesite?
La fe ciega en la ciencia como único método para interrogar el universo, abre además la puerta   hacia múltiples inquietudes. Una de ellas apunta al valor de otras formas de conocimiento, claves  para las relaciones entre el individuo  y el mundo. La intuición   poética en particular y la creación artística en general son dos entre muchas de esas expresiones. Un gran poema, por ejemplo, puede ayudarnos  a comprender mucho mejor facetas inexploradas de nosotros mismos que una ecuación matemática o una fórmula química.  ¿Quedan esos supuestos invalidados  por no participar del lenguaje de la ciencia?


Llegamos aquí a un punto que los místicos del ateísmo prefieren obviar: hasta ahora no he escuchado a ningún creyente decir que  la existencia de su divinidad particular   precise de una demostración: le basta con intuirla. Sin embargo, sus detractores se obstinan en afirmar que  la  consistencia   de ese dios no puede probarse mediante  una prueba científica, cosa que  el creyente no le está pidiendo. Aferrado a  su  certeza de  que todas las cosas de este mundo son aprehensibles  desde la razón instrumental, el ateo se arroja entonces en brazos de lo que la filosofía  y la ciencia conocen con el nombre de aporía, es decir,  el callejón sin salida mencionado unos párrafos atrás.
Como suelo acostarme temprano, no esperé el final de la intervención del señor Abraham. Pero, eso sí, de lo escuchado durante   noventa minutos  saqué una conclusión: los ateos creen tanto en  Dios que pueden pasarse la vida entera peleando con él. Tanto, que llegan incluso a formar asociaciones para conseguir su propósito.

jueves, 15 de enero de 2015

Hambrientos y furiosos




 A lo largo de su carrera el escritor argentino Martín Caparrós ha sabido mantener la pluma afilada para denunciar  sin miedo las taras y poderes que arrasan al mundo. Por eso  no sorprende que en su último  libro  hilvane de entrada un planteamiento jodido en estos tiempos de asepsia y corrección política: que el hambre de millones de personas en este planeta no es el mal que algunos  tratan  de paliar con asistencialismo y caridad  cristiana sino el síntoma de una enfermedad llamada capitalismo, cuya expresión más sofisticada es el consumo y derroche demencial de  cachivaches inútiles.
Y ya sabemos que cuestionar los métodos del capitalismo no es algo bien visto, sobre todo después de la caída del bloque  soviético y la consiguiente  aparición de profetas empeñados en anunciar el fin de la historia y en descalificar  a quienes  nos  negamos a  aceptar que un sistema  enfocado en concentrar la riqueza de manera impúdica  y en condenar a millones a la miseria sea el mejor de los mundos posibles.
Desconfiado de las estadísticas  y de las cifras a secas, en un tiempo en el que los datos amenazan con remplazar a los relatos, Caparrós se puso una vez más sus botas de siete leguas  y se fue  a recorrer los lugares donde reina el hambre: Sudán, India, Bangladesh, Madagascar. Pero no solo allí: también lo persiguió- y lo descubrió- en sitios donde el capital ha levantado  sus castillos. La Chicago de la especulación financiera o el Buenos  Aires  de los nuevos potentados enriquecidos por la bonanza de la  soja, cuyas ganancias no sirven sin embargo, para alimentar a miles de  argentinos desnutridos.


Es decir, el cronista  se propuso contar el hambre desde la voz  y  el drama de quienes lo padecen. No desde las cifras de  las Naciones Unidas o de las miles de  Ong que, en últimas, también se lucran del infortunio ajeno. Por eso su libro está habitado por casi niñas dedicadas a parir por decenas, no por  irresponsabilidad o desidia , como creen algunos biempensantes, sino por  una vieja ley natural que en condiciones de hambruna llama a tener muchos hijos como única garantía de que algunos cuantos sobrevivan. En sus páginas desfilan también los niños  y jóvenes  esclavizados en jornadas de  catorce horas diarias a cambio de dos dólares, en fábricas que producen prendas de las marcas   Nike   o Lacoste, que serán lucidas después por los voraces consumidores de los centros comerciales de París, Bogotá  o Los  Ángeles.
El argentino no se anduvo con rodeos para ponerle título a su libro. Tenía que llamarse así: El hambre, como un desafío a  los políticos y tecnócratas  que ahora  utilizan la expresión  “Inseguridad alimentaria” para referirse a la pura  y física miseria que  les impide a quienes la padecen llevarse un puñado de arroz a la boca.
El  hambre  es así un libro político hasta los huesos. Su autor lo  enfatiza a lo largo de  seiscientas páginas. No son  solo las sequías, ni las guerras, ni la corrupción de los gobiernos. Es sobre  todo el sistema político. En el siglo XXI  la gente  no padece hambre  por falta de alimentos. De hecho, el planeta está hoy en condiciones de alimentar al doble de quienes lo habitan. El problema, el drama, el crimen  reside en que millones no tienen con qué comprarlos. Países que padecen hambre exportan alimentos  porque  las mejores tierras están en manos  de corporaciones asociadas con agentes locales que producen  para el mercado externo. A ello se suma un sistema financiero en el que individuos  que nunca han visto ni tocado un grano de trigo se enriquecen en un abrir  y cerrar de ojos especulando con los precios en el mercado.


¿Es ese el mejor de los mundos posibles? Martín Caparrós nos responde que no. Pero no se detiene allí. Contra todo pronóstico  propone lo impensable, al menos para quienes de un lado  gozan de todos  los privilegios o  los que en el otro extremo sucumbieron a la alienación total, al evangelio del consume y cállate.  “No sé  si podemos cambiar  del todo las cosas” sugiere en algunas de sus reflexiones. “Pero si tenemos la obligación ética de denunciar y resistir.  Denunciar  y resistir”. Después de todo quienes controlan las cosas conocen el sentido y los alcances de aquella vieja sentencia: “ A hungry man is an angry man”

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.
 

jueves, 8 de enero de 2015

Viejos queridos



                                                          Joel Pérez (+) y sus alegres pillastres

 Hace cosa de dos décadas, cuando la cruzada de la corrección   política decidió que no llamar las cosas por el nombre equivalía a la solución de los problemas en los que están inmersas, uno de los sectores afectados por esa  voluntad aséptica fue el de los viejos. Desde entonces,  no  solo se les despojó de su condición individual sino que se les agrupó bajo generalidades bautizadas con nombres tan impersonales como: tercera edad, edad dorada, adultos mayores y otras perlas.
Desde que lo descubrí en mi  ya lejana adolescencia- ahora también  soy un viejo- me  sedujo la diversidad de matices del vocablo anglosajón ancient: antiguo, anciano, viejo, añoso, es decir, lleno de años  y, por lo tanto, de conocimiento del mundo. Por eso,  en civilizaciones  acaso  más decentes que la nuestra a los viejos se les tributaba un  respeto especial como depositarios de la memoria y  a nadie se le ocurría someterlos al escarnio de llamarlos “adultos mayores”.
Pero así vamos. Obsesionados  con parecer jóvenes, nos olvidamos de aprender a ser viejos y por ese camino a asumir  el deterioro y la muerte con dignidad. Una mujer de mi generación, es decir, una vieja, se ha gastado una fortuna  en remendar el cuerpo, obviando de paso lo esencial: que cada  noche la almohada le recuerda el talante inapelable de nuestra mortalidad.

                                                              Miguel en sus dominios

“¡No  me jodan carajo que no soy ningún adulto mayor!” “¿No ven, pendejos, que soy un simple viejo?" Truena Miguel González, el papá de mi mujer, cada vez que alguien le llega con sensiblerías al uso. Siempre  que lo escucho pienso en el anciano loco de la tribu, esa entrañable figura que en sociedades pasadas encarnaba toda forma  posible de conocimiento : la crianza de los niños,  las plantas curativas, la reproducción de los animales, el ritmo de las cosechas, los códigos éticos, los criterios de valoración, el cumplimiento de la palabra empeñada y muchas cosas más. Al menos en lo personal, mis abuelos Martiniano y Ana María  no solo siguen siendo los ancianos locos de la tribu, sino  que permanecen prestos a acompañarme a la hora de las decisiones más  esenciales.

                                           Martiniano y Ana María (+), cuando aún no eran viejos

Vuelvo  al viejo Miguel: cuando reinventa el mundo al ritmo de su voz cadenciosa y de su prodigiosa memoria, me devuelve de  golpe un montón de cosas perdidas: la solidaridad, la amistad, la complicidad y, por encima de todo, el respeto a toda criatura  viviente. Su mirada de agua parece auscultar  a un tiempo el pasado y el futuro, lo que le permite vivir el presente sin  esas  ilusiones absurdas alimentadas por quienes, fieles al tono de los tiempos, quieren convertir sus tormentos  y necesidades en una cuestión  de mercadeo. Al menos  eso leo   en un plegable publicitario: “La edad no importa. Déjenos ocuparnos de  su felicidad...”. No sé, debe ser mi mala leche. Pero sospecho que detrás de esos puntos suspensivos alienta el ángel de la muerte.
No puedo terminar  mi conversa de hoy sin ocuparme de otro viejo querido: mi amigo, el médico cardiólogo Joel Pérez Soto. Desde  hace dos años  duerme el sueño  eterno a la sombra de uno de sus grandes amores: un joven árbol de ceiba que se alimenta de sus cenizas y lo devuelve al  mundo hecho una fiesta de colores, olores y sonidos: los  tonos de sus cuadros amados, el olor del ron curado en toneles de roble y los acordes de sus  músicos  predilectos: Stravinsky, Haydn, Chopin, Mozart. Cuando lo evoco en tardes de domingo sin fútbol pienso  siempre en la certera sentencia de algún sabio cuyo nombre olvidé  “Uno debe vivir como piensa, o no pensar en absoluto”.


Arrinconados por un sistema  que desprecia el conocimiento del ser y privilegia la producción y el derroche de bienes de consumo, nuestros viejos malviven hoy a merced  de un puñado de tecnócratas entrenados para lucrarse de su extrañamiento del mundo. Por ellos apuro un trago largo de ron de las Antillas a la espera de tiempos mejores.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta  entrada
 https://www.youtube.com/watch?v=An2a1_Do_fc

martes, 30 de diciembre de 2014

Falacias





Se han escrito demasiadas páginas sobre los orígenes, naturaleza y propósitos de la  llamada  Opinión Pública como para redundar  sobre ello aquí. Basta recordar que políticos, publicistas y otros vendedores de ideas, bienes y servicios la invocan cada vez  que necesitan justificar algo. “La opinión pública lo exige”, “ Son los deseos de la opinión púbica”, “ La opinión pública lo condena”, son algunas de las frases más socorridas. En su versión nacionalista se habla   de “La voluntad de los colombianos” cuando  un político promete algo o un gobernante toma una decisión de gran impacto colectivo.  De paso, olvidan que los nazis  apelaron    todo el tiempo a una improbable voluntad del pueblo  alemán a la hora de cometer las atrocidades por todos conocidas.  Como si no bastara con eso, la vieja sentencia latina nos dice  que la voz del pueblo es la voz de Dios, dándole así  un talante  inapelable a algo tan imprevisible  y peligroso como los impulsos de la masa.
Olvidamos a menudo que la opinión pública es, en esencia, una creación de  los medios de  comunicación. Y ese debe ser un elemento a tener en cuenta a la hora de analizar los resultados de esas encuestas periódicas  que pretenden calificar la gestión de los gobernantes. Va de muestra un caso: no soy simpatizante de Gustavo  Petro y menos de su movimiento político. Pero no deja de asombrarme que el contenido completo de los noticieros televisivos  de Caracol  y RCN esté casi siempre   enfocado a registrar   aspectos negativos de  Bogotá en campos tan sensibles  para el ciudadano como la seguridad  y la movilidad. Pero nunca reseñan sus logros en materia de salud  o educación. El objetivo  es claro: sembrar  en las audiencias la idea de que la gestión toda es un desastre. Luego vendrán las encuestas de opinión   o de  percepción  y, por supuesto, los encuestados, bien adiestrados por los medios, responderán lo que estos últimos   quieren. Los resultados se convierten así en un arma política de   alcances mortíferos.


Guardadas proporciones, algo   parecido acontece en Pereira con la administración de Enrique Vásquez   Zuleta.   Lejos estoy de sus ideas y prácticas.  Pero no creo que su gestión sea tan desastrosa como la pintan. Campos como  la  educación, las alternativas de vivienda y la salud registran  un balance positivo, en el último de los casos  a pesar  de la crisis general del sistema.  Con todo, los medios impresos y radiales    se    han dedicado, en una decisión concertada, a  resaltar día tras día sus yerros en asuntos que no  son del todo del control de un alcalde, como el empleo o la seguridad. Se genera así una atmósfera   negativa que todos  acaban por aceptar, al punto  de que se  renuncia a los argumentos y a la necesaria discusión que permita  evaluar las cosas en contexto.


Eso explica en buena medida los previsibles resultados de  encuestas de percepción como los realizados por  Pereira cómo vamos. Nadie discute que se trata de un ejercicio serio y bien intencionado por parte de sus gestores. Pero antes que un conjunto de realidades, lo que las respuestas a sus cuestionarios revelan es  la visión  que de entrada los medios querían venderles a los ciudadanos: la de una  gestión   plagada de desaciertos y sin logro alguno para mostrar. Y  como  en últimas se trata de una estrategia política,   esos mismos medios  no tardan en señalar a los que,  de acuerdo a quienes los controlan “Sí saben gobernar y darle un rumbo a la ciudad”, según  leo y escucho con insistencia todos los días.
Se crea  así un círculo  dañino y con frecuencia peligroso: en lugar de participar en la educación de un ciudadano autónomo y crítico, los medios lo adiestran en la obediencia para que a la hora de las decisiones   responda a intereses preestablecidos, dándole así legitimidad a una falacia que, en últimas, solo consigue ahondar las grietas de  una democracia tan frágil como la nuestra.