jueves, 7 de diciembre de 2017

La invención etrusca





En el principio era el misterio

De la obra del escritor colombiano Gustavo Arango tuvimos noticia al finalizar los años ochenta del siglo  anterior cuando  publicó Un tal Cortázar, tesis de grado sobre una de sus grandes pasiones literarias.

A través de una minuciosa  y entrañable pesquisa, Arango  nos   guía en su recorrido por las claves intelectuales y personales de un escritor que sigue siendo objeto de culto por parte de muchos lectores en distintas lenguas.

Más adelante publicó   Un ramo de Nomeolvides, García Márquez en El Universal,  resultado de una investigación sobre el paso del autor de Cien años de soledad por la  sala de redacción de ese periódico cartagenero, clave en su primera etapa de formación.

Desde ese momento  no  ha parado de escribir y publicar en todos los géneros: crónicas, columnas de opinión, notas de prensa, cuentos, poemas y novelas hacen parte de una propuesta caracterizada por el rigor, la variedad temática  y la riqueza de matices estilísticos.



Entre las novelas destacan El origen del mundo, finalista en el premio  Herralde; Resplandor, una mirada a la sabiduría budista enfocada desde las obsesiones del escritor y Santa María del Diablo, un viaje  al corazón de las tinieblas de los europeos que fundaron una de las primeras ciudades en América.

Y ahora Gustavo Arango acaba de publicar el libro de ensayos  Vida y milagros de una lengua muerta, editado por la Universidad Pontificia Bolivariana,  institución de  la que  es  egresado.

La  lengua muerta es  la etrusca, hablada por un pueblo que constituye en sí mismo un misterio, pues  a pesar de estar en la génesis misma de la historia y la cultura europea ha sido soslayado por numerosos historiadores que han preferido centrar la atención en Roma, deudora ella misma de los modelos políticos, las creencias religiosas, las prácticas rituales y, claro, la lengua de los etruscos.

La presencia del etrusco en el latín y en las lenguas romances le sirve al ensayista para resaltar su papel en la evolución del pensamiento. Por eso declara que: “No es exagerado  afirmar, entonces,  que palabras españolas como literatura, letra o estilo, con sus múltiples términos adyacentes (que poseen versiones similares en las demás lenguas romances y en otros idiomas como el inglés) son pruebas fehacientes del sustancial aporte  y de la viva presencia de la lengua etrusca en el mundo occidental”.

El  lector y el camino

Como todo  buen escritor, Gustavo Arango es un lector agradecido. Por eso su aproximación a una lengua solo en teoría  muerta  es apenas  el pretexto para proponernos un viaje hacia otros misterios: los de algunas lenguas vivas  y sus autores, no pocos de ellos tan elusivos como los que forjaron el etrusco.

Para empezar, en  ensayos como el titulado Los destellos de Dios,  la voz del poeta cartagenero Gustavo Ibarra Merlano se despliega en toda su dimensión. A partir de una lectura del poema  Kenosis  la palabra recupera la condición sagrada que le ha sido escamoteada por el dogma de la ciencia y la razón. 

Al respecto  el autor del libro afirma que  “Si se tuviera que caracterizar a la poesía moderna, en términos  generales, podría decirse que uno de sus rasgos más comunes es la ausencia de  Dios. La  poseía religiosa como tal, ha sido reducida a un género menor. En un tiempo cuyas tendencias  son el exceso de información y la primacía del consumo como ideal de vida, Dios ya no suele ser el origen y el destino de las preguntas esenciales del hombre, sino un producto más en el escenario de la alienación”.



Y así, con ese tono reflexivo y pausado, recorremos un camino que nos lleva del carácter trunco de la obra de Andrés Caicedo a una lectura de  Changó, el gran Putas, de Manuel Zapata Olivella. Eso  en cuanto a dos autores  muy distintos en el panorama de la narrativa colombiana.

Porque también asistimos a su mirada sobre  Borges y Chesterton y el especial  respeto que los dos autores le profesaron a  la novela policial, un género al que el poeta argentino se refiriera como “Síntesis superior hegeliana”.



La condesa de Pardo Bazán,  Paul Ricoeur y García Márquez, así como la poesía de Miguel Falquez- Certain  avivan nuestro interés gracias a la amorosa aproximación que Gustavo Arango  hace  a  algún aspecto de su vida y obra.

Son, en total, veintitrés ensayos  breves en los que  abundan la  gratitud y la fina ironía. Todo depende de si los autores y las obras abordadas pasan el filtro del agudo sentido crítico del lector.

A modo de recompensa,  al final de la  lectura de Vida y milagros de una lengua muerta tenemos ante nosotros un puñado de  descubrimientos que le rinden tributo a un vocablo clave en la lengua y la cosmovisión de los etruscos: misterio.

PDT . les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada




jueves, 30 de noviembre de 2017

El blues de la parranda



                                                          Rubiel Pinillo


 Como dos ríos que se cruzan, se abrazan y siguen su camino formando un solo cauce: así ha sido el encuentro musical  entre Rubiel Pinillo y Carlos Elliot Jr.

Dicen que la palabra Otún llegó de África enredada en la lengua de los esclavos trasplantados a América por los traficantes de hombres que los cazaron y secuestraron en sus reinos de leyenda.

Y Otún es el nombre del río en cuyas riberas se encontraron Pinillo y Carlos Elliot. Más concretamente, en el sector de La Florida, un corregimiento ubicado a media hora del centro de Pereira.

Las canciones simples y claras de Pinillo nacen aquí mismo, en esta región  donde el verde adquiere mil tonalidades y asciende al cielo entre lianas, bejucos y guaduales.

Los acordes de Carlos Elliot Jr surgen donde quiera que  se dé   un desencuentro entre el universo  y sus criaturas. En el delta del Mississippi le dicen blues, pero puede llamarse Fado en Portugal,  Bossa nova en Brasil o Tango en Buenos  Aires. Su materia es la honda  tristeza que se agolpa en la sangre de hombres y pueblos   despojados hasta de sí mismos.

                                         Carlos Elliot Jr


Del Otún al Mississippi, tituló Carlos Elliot  uno de sus discos en un intento afortunado por tender  puentes  entre pueblos distantes en la geografía pero más cercanos en espíritu  de lo que parece.

Después de todo, el desarraigo es uno solo en todos los lugares de la tierra.

Rubiel es un campesino acostumbrado a descuajar montañas en busca de un terreno fértil para plantar  maíz y frijol. Cuando pulsa las cuerdas de su guitarra las  canciones van surgiendo convocadas por ese espíritu colectivo de que está hecha la poesía.

A veces son alegres y aluden  a los goces del cuerpo y del alma con esos giros del habla que caracterizan a la picaresca en todas partes.

En otras ocasiones se abisman en los reinos de melancolía propios de un cancionero en  el que la desdicha amorosa es siempre un  motivo para alzar la copa y  destilar una buena dosis de veneno en las entrañas.

Pinillo tiene  hondas raíces de árbol viejo que no lo dejan moverse de su tierra.  “Con estas piedras me sobra y basta para hacer mi casa”, declaró alguna vez.



Carlos Elliot parte de vez en cuando a visitar a sus amigos del Mississippi. A veces ha llegado incluso  hasta la India, pero siempre vuelve a su casa de  La Florida, donde lo espera una mula a la que un día le dedicó una canción.

En uno de esos regresos se sentó a tomar café con Rubiel en una tienda del vecindario. A tomar café  y a repetir un rito milenario: conversar  mientras se ve caer la lluvia.

Por aquí los aguaceros  abundan. Entre uno y otro, hombres y mujeres comparten largos silencios.

Un día Rubiel y Carlos cayeron en la cuenta de lo más elemental: el talante campesino del blues, aquí y en todas partes.



¿Por qué no componer juntos un puñado de canciones y echarlas al viento de La Florida a ver qué pasa?

Se preguntaron.

En eso se han pasado los últimos tres meses, con el auspicio de la Fundación Albor, otro sueño  que nace forjado por esos eternos amantes de la música que ni componen ni interpretan pero ayudan.

Una a una las composiciones toman cuerpo, como esas semillas arrojadas al surco que toman lo mejor del agua, la tierra y el viento para hacerse fuertes y darse al mundo.

La obra  conjunta de Pinillo y Carlos Elliot ya casi está lista para darse al mundo. Su materia es la misma de todos los versos y acordes que en el mundo han sido desde el comienzo de los tiempos: las alegrías y desdichas de los hombres. Por eso el disco se llamará así: El blues de la parranda, que es como decir la  tristeza de la dicha.

A ver qué nos depara la feliz complicidad entre estos dos trovadores del río.


PDT: les comparto enlace a dos bandas sonoras de esta entrada

jueves, 23 de noviembre de 2017

La trampa eterna






Debo aclarar de entrada que Julio César González Quiceno- mayor de edad y vecino de esta parroquia- hijo de Alicia y Ovidio - alma bendita- hermano de Diego, Carlos Andrés  y Mauricio, esposo de Alejandra, además de  padre de Sara y Mateo, más que un amigo es un hermano de toda la vida con quien he compartido las subidas y bajadas de un camino largo y culebrero.

Pero, sobre todo, es un gran ser humano este Julio. Y eso es- en últimas- lo único importante en este mundo.

Precisada esa salvedad, me ocuparé de Matador, el personaje creado por Julio,  devenido marca registrada con el paso de los años, aupado por los medios de comunicación y multiplicado a ritmo de vértigo por las redes sociales.

Pues bien, esa presencia transgresora que una vez fuera el caricaturista gracias a su brillante trazo y a una al parecer inagotable dosis de incorrección política a prueba de buenas conciencias, migró con inusitada rapidez al mundo de la farándula, al punto de que algunas señoras bien lo invitan a casa para que anime sus veladas. 

Aprovechando la ganga, se toman fotografías a su lado  que publican como trofeos de caza en  Instagram y Twitter, esa suerte de hoguera de las vanidades, pero virtual.

Hoy, descafeinado, deslactosado  y despolitizado,  Matador luce como un  tigre de peluche. Ya no es la bestia fiera que alcanzó a asustar al establecimiento social, cultural, político y religioso.

Despojado de sus temibles garras, con los colmillos  bien limados y mimado por la industria del entretenimiento es ahora parte de un engranaje fundado en la liviandad, la ligereza y, sobre todo, la banalidad.

¿Por qué lo volvieron así, si era de tan ácida familia?

Bueno, a esta altura del camino, con tres lustros largos del siglo XXI  a cuestas, está más que probada la capacidad del sistema para  convertir en mercancías y en sujetos decorativos hasta a sus más acerados  enemigos.



El caso más ilustrativo y patético es, claro, el del Che Guevara. De demonio que amenazaba con  hacer saltar en pedazos el capitalismo entero pasó a ser monigote de bisutería que se vende en aeropuertos y centros comerciales al lado de Mickey Mouse,  Supermán, Batman y las sucesivas generaciones de súper héroes que nacieron para disolver los miedos de unos ciudadanos inermes frente a los grandes poderes planetarios.

La que un día parecía imposible boda entre la Barbie y el Che se consumó al fin  en un  centro comercial.



Una vez lograda esa proeza,  a las mentes más perversas del entretenimiento les quedó claro que no había misión imposible.

Unas décadas  más tarde, el efímero y veleidoso “Subcomandante Marcos”  se convirtió en otra prueba de laboratorio.

Guardo un llavero en mi casa con su figura embozada  tejida en lana virgen: es todo lo que sobrevive de tanta alharaca.

 ¿Por qué extrañarse entonces  de que un talentoso caricaturista haya terminado en lo mismo?

Pues porque siempre es bueno otorgarse el beneficio de la duda.

Para poner a prueba mis prejuicios hace cosa de un mes sucumbí a una tentación.

Como las encuestas de  toda laya son la gran plaga del siglo XXI, me dediqué  a formularles una sola pregunta a  personas adultas - entre  quienes se cuentan el profesor, investigador y ensayista Diego Leandro Marín, aparte de la profesora Mariela Domínguez- que  por una razón  u otra se mueven en la llamada “Franja de Opinión”.

  
¿Quiénes considera usted que son los principales propagandistas del ex presidente Álvaro Uribe y del ex procurador Alejandro Ordoñez? Les pregunté a quemarropa, sin enterarlos de mis andanzas.

Debo confesar que mi muestreo fue modesto: apenas diez personas.

Pero lo sorprendente fueron las respuestas.

Siete encuestados, es decir, el setenta por ciento de la muestra, coincidieron en la respuesta, aunque  con una que otra variación en el orden.

Para ellas Vladdo, Matador y Daniel Samper Ospina son los principales promotores de imagen de los mencionados políticos.



Las razones son fáciles de entender. Basta con que  Ordóñez o Uribe pongan  alguna nueva sandez en sus redes sociales para que de inmediato salten los tres humoristas a responder con una caricatura, si entendemos que las columnas de Samper o sus puestas en escena de Youtube  son también eso.

De inmediato los contadores de la red se disparan  hasta unas cotas de insania.

Ordóñez luciendo colmillos draculescos  por aquí o Uribe calzando crocs por allá bastan para que la histeria se desate.

“Revienten el twitter” es la consigna de  los prestidigitadores. Y los suscriptores, obedientes, lo consiguen en pocos minutos.

Mediante ese sencillo truco, sin necesidad de costosas oficinas   de comunicaciones  y publicidad, los políticos en cuestión  no solo se mantienen vigentes sino que multiplican el número de sus seguidores.



Y los caricaturistas, creyéndose acaso rebeldes y contestatarios, les hacen el trabajo.

A modo de recompensa, aumenta su popularidad entre los fieles seguidores y el negocio sigue su marcha.

Lo que en principio parecía un refrescante y a veces brutal desafío al sistema se convirtió en parte del mismo.

En ese escenario, el primer gran damnificado es el humor, con todo  y su poderosa carga política   y existencial.

Al final del espectáculo solo queda la mueca, el rictus, la cáscara vacía de la risa.

El pensamiento crítico y la necesaria toma de distancia quedan así neutralizados.



A estas alturas los poderosos nada tienen que temer. El gran contradictor fue engullido en menos tiempo del que toma devorar una hamburguesa.

Conjurados así los demonios, con el caricaturista devenido caricatura de sí mismo, solo resta recitar el viejo mantra de  la industria del espectáculo:

El show debe seguir.

PDT . les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada