jueves, 17 de mayo de 2018

El color de la medianoche





 Dos seres humanos deciden unir los fragmentos de sus destinos rotos y llaman a eso “Una vida en común”… Hasta que las grietas no tardan en  aparecer y el edificio entero se desploma dejando solo un montón de escombros a modo de testimonio.

La aventura humana está hecha de esos intentos bellos y patéticos de restablecer el equilibrio.

Y no es que  a las personas  no las muevan buenas intenciones. Es solo que todos coleccionamos heridas en la infancia. Una vez hemos recorrido una buena parte del camino, caemos en la tentación de creer que las heridas han sanado.

Pero es solo una ilusión: a  la menor  fricción con el mundo las cicatrices ceden, dejando ver el oscuro abismo donde habitamos.

En ese instante nos abandonamos los unos a los otros.

Sobre esos abismos gravita la breve novela La noche de los niños, de la escritora norteamericana Toni Morrison.

Son menos de doscientas páginas en las que  Morrison despliega la aterradora belleza de lo humano a través de la historia de Bride, una belleza excepcional cuyo pecado consiste en haber nacido con   un pigmento de piel más intenso de lo habitual. Un negro del color de la medianoche, según nos advierte  la narradora.



La madre de Bride tiene un nombre  que encierra en sí mismo una aguda dosis de ironía: Sweetness.

De entrada,  en el primer párrafo de la novela, la mujer nos lanza una advertencia:

“No es culpa mía. A mí no pueden acusarme. Yo no hice nada y no tengo idea de cómo pasó. Una hora después de que me la sacaran de entre las piernas ya me había dado cuenta de que había un problema. Un problema grave. Era tan negra que me asustó. Un negro medianoche, un negro sudanés. Yo soy de piel clara, con pelo del bueno, lo que se llama  “amarillo subido”, igual que el padre de Lula Ann”.

El más fácil de los tópicos diría que estamos ante un vigoroso alegato antirracista, escrito por una de las más importantes voces de la narrativa norteamericana en los últimos cincuenta años.

Pero  son apenas  apariencias. Todos sabemos que, más allá del color de la piel, alienta esa suma de dichas y  desvelos, de grandezas y miserias que llamamos condición humana.

Y eso, en últimas, es lo que cuenta.

Desde muy temprano, Lula Ann, siente el mordisco del rechazo y sabe que tendrá que reinventarse de pies a cabeza si quiere sobrevivir  en un mundo donde la ternura es el eco de algo lejano, de cosas que solo suceden en la vida de los otros.

Por eso decide llamarse Bride. Con ese nombre a modo de coraza alcanza eso que todos buscamos desde el nacimiento hasta la muerte: reconocimiento, constancia de que alguna vez existimos.



En ese vagabundeo se encuentra con Booker, un trompetista  aficionado que carga  sobre sus hombros con el fantasma de  su hermano  violado y asesinado en la infancia.  Esa es su herida. Con ella se flagela a sí mismo y castiga  al mundo.

Bride  y Booker se enamoran y juntan sus pedazos rotos, hasta que un día su amante decide marcharse sin dar explicación alguna.

De ahí en adelante  la mujer concentrará todas sus fuerzas en encontrar una respuesta a esa forma del despojo.

En esa búsqueda, la memoria de todos se despliega sobre sí misma, dejando ver un paisaje de violaciones, torturas y vejaciones que van tejiendo en silencio lo que llamamos una personalidad.

Pero  La noche de los niños no es una novela de costumbres sobre la sordidez de los extramuros.

En realidad  es un viaje a las profundidades abisales donde palpita la insondable materia de lo humano.

Las profundidades donde habitan seres rotos como “El hombre más simpático del mundo”, un violador de niños que se hace tatuar en los hombros los nombres de sus víctimas: Boise, Lenny,  Matthew, Kevin, Roland y Adam, el hermano de Booker.

                                                        Toni Morrison


Cuando detienen al violador, Booker desdeña las manifestaciones públicas de repudio. “Lo que él quería no era la muerte de aquél hombre sino su vida, y se dedicaba a imaginar situaciones que comportaban dolor y desesperación sin fin. ¿No había una tribu en África que ataba el cadáver a la espalda del asesino? Eso sí que sería justicia: arrastrar el cuerpo putrefacto como carga física, además de vergüenza   pública”.

Es ahí donde  reside el sentido último de esta  tierna y violenta parábola tejida por Toni Morrison: En el fondo, todos  llevamos un cadáver a la espalda, empezando por el de las propias ilusiones hechas trizas.

Pero incluso en el infierno hay esperanzas. Por eso la novela termina con el anuncio de que Bride y Booker esperan un hijo.

Antes de bajar el telón se escucha otra vez la voz de Sweetness, ya no admonitoria  sino conciliadora:

“Escúchame bien. Estás a punto de descubrir cómo son las cosas, cómo es el mundo, cómo funciona y cómo cambia cuando eres madre”.

PDT : Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
 

jueves, 10 de mayo de 2018

Espumas que se van





Tengo una compañera de trabajo que vive aterrorizada por los medios de comunicación.

Sus niveles de colesterol y de secreciones gástricas se disparan cada vez que ve y escucha noticias sobre asuntos como:
  
Magistrados  corrompidos hasta el tuétano.

Congresistas prestos a atender las exigencias de quienes financiaron sus campañas en lugar de los intereses de quienes los eligieron.

Colegiales que se drogan con jarabe para la tos.

Expresidentes que amenazan con darles en la cara a los maricas y a todos los demás.

Actrices, modelos y reinas de belleza que un día ascendieron a punta de sexo y  veinte años después de cumplidos sus deseos decidieron presentarse como víctimas.

Grupos políticos que se roban los dineros de los niños, de los ancianos, de los campesinos.

Organizaciones sociales creadas con el único fin de apropiarse los recursos para la paz.

Personas que se mueren esperando una cita médica mientras el negocio de la salud no para de crecer.

Pulcrísimos padres de familia  dedicados al negocio de la pornografía infantil.

Caricaturistas amenazados por ejercer el derecho a la risa.

Exguerrilleros que siguen delinquiendo a pesar de haber suscrito acuerdos de paz.

Redes sociales  en las que se propagan la calumnia y la mentira y,  además, se las cobija bajo un 
eufemismo pomposo y huero: posverdad.

Terratenientes que ordenan masacres  para no devolver los predios que una vez usurparon.

Potentados como Trump y Putin que amenazan a sus súbditos con la inminente exterminación.

Y   aquí suspendo la letanía, porque el aliento no me da para más.



Además, cuando termine de escribir esta entrada ya habrá aparecido  otra ristra de escándalos que nunca conducen a puerto alguno, porque la trampa reside en hacerles creer a las personas  que el abordaje noticioso equivale en sí mismo a un acto de justicia y no a un espectáculo que acaba por beneficiar a los delincuentes.

La solución es simple, le digo a mi compañera: desconecte el televisor, apague el radio y renuncie a las redes sociales. En su lugar léase un buen libro (La caverna de Platón podría ser una buena manera de empezar). O escuche la Sinfonía  Cuarenta de Mozart. Es una maravilla para alegrar  el alma y apaciguar los nervios (en cualquier caso es mejor que el Sosegol y el Prozac).

Pero  si no le gusta leer o escuchar música- insisto-  vuelva al más antiguo y grato de los inventos para reconfortar el cuerpo y el alma: ¡Échese  un buen polvo!  Preferiblemente clandestino: está comprobado que  tiene más propiedades curativas que las aguas termales. Es asunto de imaginación.

¡Pero si los ciudadanos necesitamos estar informados! Grita al borde de un ataque de nervios.

Preocupado por su salud, reprimo la tentación  de decirle que se joda. Entonces, apelo a la persuasión.

Sucede que la información es el producto que más se consume hoy en el mundo. Mucho más que la comida, por ejemplo.

Piensen nada más en un detalle: Si uno  tiene el privilegio de comer, se alimenta en promedio unas dos o tres veces al día.

En cambio, los medios de comunicación muelen información las veinticuatro horas de los trescientos sesenta y cinco días del año.

No pueden parar, porque si lo hacen el adicto a la información cambia de canal y  el tiburón más grande los hace trizas.



A  ese ritmo endemoniado nadie puede pensar mucho. Ni los responsables de los medios, ni los periodistas y mucho menos los consumidores de información.

Los sucesos  y sus protagonistas son espumas que se van sin que nadie pueda aprehenderlos.

Por eso los escándalos se suceden a una velocidad de vértigo y en lugar de acabar la jornada dotada de  elementos  para interpretar el mundo la gente se  acuesta  experimentando los síntomas inequívocos de una intoxicación :  cefaleas, nauseas, punzadas en el bajo vientre, calambres en las articulaciones y una confusión mental que insinúa ruina.

Resultado: De tan bien informados no pueden dormir tranquilos.

A   esas horas de la noche ¿Cuál es el remedio para el insomnio?

Ustedes ya lo adivinaron: conectar el  televisor, encender la radio y sumergirse en la internet… a ver si las redes sociales traen algo nuevo.



Alguna vez se lo escuché al personaje de una película  de Sidney Lumet, que citaba a su vez a un personaje de Orwell: “El infierno acaecerá sobre  la tierra cuando  todas las personas estén conectadas”.

No sé si resulte conveniente transmitirle esa terrible verdad a mi compañera de trabajo.

No. Más bien no.

A lo mejor  su supervivencia ya depende de esa papilla nauseabunda llamada información.

Y como se trata de seguir viviendo…

PDT . les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

lunes, 30 de abril de 2018

El éxodo según Joseph Roth





 Le debo a Martha Alzate el haber puesto en mis manos el milagro impagable  de las  Crónicas berlinesas, de Joseph Roth.

Porque en  eso consiste el milagro: en descorrer un velo y mostrar facetas  del universo hasta entonces desconocidas.

Como todos sabemos, el drama del éxodo define la identidad del pueblo hebreo.

Por eso,  para los judíos el sentido profundo de la palabra religión constituye el soporte mismo de su tránsito por el mundo.

Religión. Religare. Religar: volver a juntar los cabos rotos de una diáspora sin fin.

Roth mismo fue un eterno exiliado. Nació en Body, Galitzia oriental, uno de los puntos extremos del imperio austrohúngaro.

De modo que a su condición de judío se  añadía el hecho de ser escritor habitante y testigo de un mundo que se derumbaba.

El mundo ilustrado y en teoría civilizado del que se enorgullecieron varias generaciones, hasta que ese entramado de cartón piedra empezó a desplomarse sobre la vieja Europa.



El mundo padecido y traducido en novelas por hombres como Robert Musil, Thomas  Mann, Alfred Doblin y  Heimito von Dodeder, para mencionar solo a cuatro.

Siguiendo la misma ruta, Roth  destiló su honda desazón en las páginas de distintos periódicos a través de breves e intensas crónicas en las que nos ofrece sus  visiones claras y diáfanas del infierno que se avecinaba: el ascenso del nazismo al poder  en Alemania y su contracara en  Europa del este, expresada en los horrores sin cuento del estalinismo.

Son textos breves, intensos, certeros y, sobre todo, tiernos y despiadados a la vez, como corresponde en los casos en que lo bueno y lo perverso de la condición humana es llevado al límite.

Nada escapa a la lucidez de quien después se convertiría  en uno de los  grandes novelistas de su tiempo, con obras como Hotel Savoy, Fuga sin fin, A diestra y siniestra, Job y La marcha Radetzky, variaciones sobre un mundo crepuscular en el que el pillaje, la  delación y la falta de solidaridad empiezan a convertirse en moneda común.

Para muestra un detalle: Erna es una de esas prostitutas de esquina, gobernada por la mano dura de su chulo. Hace una semana se hizo poner un diente de oro. Desde entonces no ha parado de reír. Como no puede tener todo el tiempo la boca abierta no cesa de reír: Erna  ríe hasta en los momentos más tristes.

Ese diente de oro es lo  único que le otorga valor ante sí misma y ante los demás. Por eso  Erna se aferra a él con la obstinación de quien sabe que todo está perdido.



A su vez, el cronista Joseph Roth se aferra a  detalles como esa para darnos una idea  del estado de cosas en la Europa de entreguerras.

Para conseguirlo va por  las calles, los barrios, los cafés, los hoteles, las plazas y los burdeles de ese Berlín que, más allá de  su estructura física, es una metáfora de la disolución.

Como el gran cronista que es, lo observa todo, lo registra todo : los rostros de los parroquianos, su vestimenta, sus olores, el destello del miedo en la mirada, el deseo reprimido y, por encima de todo, el instinto animal que los empuja a seguir adelante…  aunque en el próximo recodo del camino los aguarden las fauces de la bestia.

Aquí va  el ejemplo del primer párrafo de una crónica titulada Paseo:

“Lo que veo es el rasgo  ridículamente anodino en la faz de la calle y del día. Un caballo que, con la cabeza gacha, busca en el interior de  un saco lleno de avena, está sujeto a un carruaje e ignora que en el principio de los tiempos los caballos venían al mundo sin carruaje; un niño que juega con unas canicas en el borde de la acera, observa el metódico follón de los adultos y, colmado del instinto de lo inútil, no sospecha que representa el súmmum de la creación, sino que, por el contrario, ansía  alcanzar la edad adulta; y un guardia que cree ser la única cesura en la confusión del acontecer y el pilar de no sé qué poder regulador. Enemigo de la calle y puesto allí para vigilarla y cobrar el debido tributo a su sentido del orden”.

Al modo de un sismógrafo-  según Tomás Eloy Martínez, en eso consiste el oficio del cronista-  Roth se adentra en el alma de Berlín: en  la avidez de los estraperlistas, en la dureza de los proxenetas, en el estupor de las putas, en el cinismo de los policías, todos ellos eternos exploradores de lo más oscuro de la condición humana.



Con todos esos elementos nos comparte el pavor y la desesperanza; la humillación y la mugre que cubren como una segunda piel los huesos de los desterrados  que vienen siempre del este de  Europa. 

De ese lugar de la tierra donde empiezan los círculos del infierno.

Son apenas  doscientas  noventa páginas que reúnen  crónicas publicadas en los periódicos entre  1920 y 1933.

Las historias llevan títulos como El hombre de la barbería, Conversión de un pecador en el UFA- Palast de  Berlín, el auto de fe del espíritu, Una hora en la feria de primavera o Richard sin reino. 

Al  leerlas- y sobre todo al releerlas por segunda o tercera vez- uno siente que el poeta, que el cronista Roth alcanzó por un momento a comprender la esencia de su propio éxodo y con él  el de todos los hombres de la tierra.

No se le puede pedir más a un gran escritor.


PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada