jueves, 21 de mayo de 2020

El tiempo en suspensión



Al principio parecía una casualidad. Pero ya resulta inquietante el número de veces que   he leído   y escuchado glosas a 2001, Odisea del  Espacio, dirigida por el gran Stanley Kubrick y convertida en película de culto por los cineclubistas del mundo entero.

Ensayistas y columnistas de opinión vuelven una y otra vez a la ingravidez que caracteriza la marcha de los astronautas,  acentuada por los movimientos de la cámara, como una premonición de lo que pasa con el tiempo en estos días de cuarentenas e incertidumbres.

Confinados en nuestras casas y   paralizados de súbito por un enemigo oculto, asistimos a un hecho fascinante, intuido hasta ahora sólo por los físicos teóricos: el  tiempo y el espacio se licuaron, para  transformarse en una sustancia viscosa que los humanos tratamos de atravesar con gran esfuerzo, como insectos atrapados en una mancha de aceite.

Uno se asoma a la ventana y ve el vacío donde antes se arremolinaba el clamor de una multitud ansiosa. Nada de competencias para llegar primero a la otra esquina, ni codazos para  abrirse paso entre la masa de transeúntes.



El estruendo de las bocinas y los motores emigró hacia una suerte de dimensión desconocida, provocando una  temprana añoranza entre quienes  abominaban de ellos apenas dos meses atrás.

En la calle sólo quedan las agencias del poder, enseñoreadas de ellas como alienígenas en una tierra de nadie.

Entonces empiezo a entender la reiterada cita a la película de Kubrick : sucede, que al adquirir  esa consistencia viscosa , el tiempo y el espacio se quedaron atrás, atascados en alguna espiral del universo, y nos dejaron sin asidero.

Desconcertados,  transitamos al borde del desvanecimiento, como esos  habitantes de Ciudad Gótica que  empiezan a desdibujarse antes de doblar la esquina , hasta perderse en lo más hondo de la negrura.

En un momento de nuestras vidas en el que la única certeza es la incertidumbre, empezamos  a sentir nostalgias por cosas que ayer nos resultaban molestas.

Una amiga , para quien  ha transcurrido un tiempo inabarcable desde que empezó la cuarentena- años, tal vez-, dice que  desea echarse a las calles y respirar el humo de los autos, deleitar los oídos con los insultos  de los energúmenos, las peleas de las putas  y los travestis en la alta noche, el aulllido de un perro o un humano atropellados por un borracho.

Cualquier cosa  que represente una señal de vida. Algo  que la libere de esta sensación de estar siendo borrada de la historia. De su historia.

La misma sensación plasmada por el escritor Rigoberto Gil en un inquietante texto titulado  El replicante, una criatura engendrada en las entrañas de Blade Runner, otra  película que sugiere un mundo distópico en  el que no existe posibilidad alguna de redención.



Educados en la religión del progreso, en la que el futuro es una  tierra firme a cuyo reino podemos acceder si nos empeñamos en ello con todas nuestras fuerzas, olvidamos que somos criaturas contingentes y que el mañana es sólo una ilusión, como tantas cosas inventadas por los hombres para eludir lo irremediable.

Comprendo entonces el desasosiego de mi amiga.

Si el futuro se disolvió sin que nos diéramos cuenta,  llevándose consigo  su compañera de viaje, la esperanza, la nostalgia deviene  espejo en el que la gente empieza  a mirar con cariño hasta a sus experiencias más amargas.

Sólo que antes los sucesos de la existencia  necesitaban años para convertirse en nostalgias. Estábamos demasiado ocupados viviendo como para prestar atención   a pérdidas que parecían menores. “ Usted tiene toda la vida por delante”, reza un lugar común, aunque en lo más profundo del corazón sepamos que podemos morir ahora mismo.

Casi siempre se necesitaba de una canción que nos devolviera las llaves de ese reino  extraviado en las tinieblas . “ Tu amor es un periódico de ayer” , por ejemplo.

Pero escribir buenas canciones demanda mucho tiempo,  y ya sabemos que  ese compañero de viaje  nos  abandonó en algún recodo del camino.



Por eso , confinadas entre las paredes de sus casas, las personas andan  por estos días consagradas a una singular  tarea : estirar los recuerdos hasta hacerlos parecer viejos.

Es  el único remedio que encuentran a  la mano para no   sucumbir a la desazón.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

jueves, 14 de mayo de 2020

Plantas en la ventana






Cada mañana, con lluvia o calor, mi madre saca la misma planta a la ventana. Le dicen “ Oreja de elefante”- a la planta, aclaro- y es su ritual imprescindible de todos los días, junto a  la arepa con mantequilla a la hora del desayuno y las oraciones al santoral  católico completo  a lo largo de toda la jornada.

Tiene un santo para cada problema.  Con la pandemia, mi vieja se volvió experta en la hiper especialización del trabajo.

Volveré a esa imagen al cierre de este relato.

Como  les he contado antes, siempre me ha gustado escuchar las conversaciones de la gente en  la calle, en los cafés, en los parques, en los bares, en los buses.

Sus palabras  son como migas de pan que me permiten seguir el rastro de los acontecimientos y tomarle el pulso a la sociedad, a los temores, los anhelos, las esperanzas y las ambiciones de la gente.

 En estos tiempos de encierro debo seguir ese rastro por otros caminos. Los de internet en general y los de las redes sociales en particular.

Hay de todo allí : desde chistes  finos y salidas en falso , hasta las más singulares teorías acerca de lo que nos pasa.

Con el paso de los días, noto que la gente empieza a alinearse.

Por ejemplo, abundan los que, ante la incertidumbre, optaron por convertirse en su propio gurú de autosuperación.

Para ellos, la frase “ Cuando salgamos de esta” se convirtió en una suerte de conjuro frente a la adversidad.

Y claro, siempre se incluyen en el grupo de los que saldrán de esta. Después de todo, vivimos en una sociedad que, contra toda evidencia,  como los padres de Buda se empecina en negar la existencia del sufrimiento y la muerte.



En el otro vecindario rondan los escépticos. Los que guiñan el ojo  y alzan el  pulgar como queriendo decir : ¿Ven? Se los dije.

Ambas especies son inofensivas. Pero por el camino del medio,  sin que nadie los note,  se multiplican los guías de una cruzada siniestra, capaz de razonamientos como este:

El planeta tierra se acerca hoy a los ocho mil millones de habitantes. Si, en el peor de los casos ,  el covid-19 mata a cincuenta millones ¿Qué riesgo representa eso para nuestra supervivencia como especie?

Y añaden: además, está demostrada con creces la  predisposición de la especie  humana  hacia la actividad sexual. De modo que, si trazamos una gráfica, encontraremos  que a la vuelta de unas décadas los nacimientos sobrepasarán con creces el número de muertos durante la pandemia.

¿Para qué  poner en riesgo entonces la economía del planeta? Si tenemos en cuenta que la mayoría de muertos serán viejos y enfermos, es decir  gente no sólo improductiva sino costosa para la sociedad no vemos la razón para tanta alharaca.

Quizás por un residuo de corrección  política les faltó decir que, aparte de viejos y enfermos, la mayoría de los muertos serán pobres.

Justo en ese momento uno salta de la silla ¿ No eran esas las razones invocadas por los nazis para justificar el exterminio?

¿Y no son , en últimas, las mismas ideas defendidas por Trump, Bolsonaro  y sus iguales en todos los rincones de la tierra?

Remplacemos la expresión Nacionalsocialismo por capitalismo ultraliberal y estaremos frente a un panorama tanto o más desolador. Porque esa manipulación estadística  apunta a soslayar lo más importante: la pregunta por el sentido ético de las decisiones humanas. Como si la importancia de las personas, de una sola persona, pudiera establecerse con mediciones y extrapolaciones macroeconómicas.

Desde luego, ninguna de esas curvas puede dotarnos de elementos para comprender el dolor y la desolación humana.

Y si no entendemos esas cosas estaremos perdidos, por mas que el modelo económico se salve y, como ya sugieren algunos, salga más  fortalecido, igual que aconteció después de la segunda Guerra Mundial.

Conceptos como los de justicia, solidaridad y equidad- que los cristianos llaman misericordia-desarrollados para proteger a los más débiles, serán arrasados por la noción de supervivencia del más apto, base de los totalitarismos modernos.

Ya lo sabemos: invocando al pobre Darwin, acuñaron la expresión darwinismo social para referirse a ese tipo de aberraciones.

Porque  en el fondo de todo esto alienta el concepto de eugenesia, con las consecuencias de todos conocidas.



Esa es una de las opciones que nos aguardan.

Indiferente a todo eso, mi madre se levanta cada mañana, toma su planta y la pone en la ventana a recibir el sol o la brisa. Es su declaración de  principios. Su forma personal de la esperanza. Su manera  de probar que ambas, ella y la planta, aún existen.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada 

              

jueves, 7 de mayo de 2020

Postal de Aranguren



Cada temporada mi vecino, el poeta Aranguren, se refugia los tres primeros meses del año en su choza de la Sierra Nevada de Santa Marta, donde planta por igual café, tubérculos y marihuana para su uso personal.

De regreso,  lo sorprendió la cuarentena en las playas de Pescadito y  desde allí nos envió la visión que, cual san Juan redivivo, tuvo de nuestro más reciente apocalipsis.

Dice que es el fruto de sus delirios insomnes.

Ah… informa, además, que volverá a estas tierras “ cuando san Juan agache el dedo”, cosa improbable, si tenemos en cuenta que ese santo tiene el dedo bastante rígido.
                                                                                                                                       

               

Aquí va la postal

OURÓBOROS

Para los que escriben ficciones- yo soy apenas un poeta- podría ser la historia soñada : redonda, como imaginaban los antiguos la perfección.

El ouróboros. La serpiente  que se muerde la cola.

Durante la cuarentena un hombre joven está instalado con comodidad en la sala de su casa, que puede estar ubicada en cualquier rincón del planeta.

Para las circunstancias, da igual.

Un cuarto en penumbras. Desde la ventana se ven las calles vacías donde reinan las ratas y los perros callejeros. Hasta los borrachos, las putas y los ladrones las abandonaron.

Una silla reclinable, una cerveza fría y un paquete enorme de papas fritas.

Pasa las veinticuatro horas del día contemplando, sin pestañear , el resplandor de la pantalla del televisor empotrado en la  pared.

Las imágenes fluyen sin cesar- por algo se llaman “pantallas líquidas”-.  A través de ellas puede seguir, como en un instante eterno, la transmisión en directo del Apocalipsis, encarnado esta vez en una criatura  invisible y letal surgida, nos dicen, en la cada vez más indescifrable China.

De repente se detiene, fascinado, en una escena : cuatro hombres encapsulados en trajes espaciales sacan de la morgue con rumbo al crematorio un cuerpo que- no sabe bien por qué- adivina joven y fuerte.

Mientras apura un largo trago de cerveza siente que una sensación de familiaridad, extrañeza y fatalidad se apodera de todo su ser.

Entonces lo  ve con claridad: el  cadáver que los hombres se disponen a convertir en cenizas es el suyo.

                                   
Santa Marta, Colombia, marzo  30 de 2020.

PDT:  les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

jueves, 30 de abril de 2020

El futuro ya pasó




Es tan vertiginoso el ritmo de los cambios que el futuro siempre está un paso atrás de  nosotros.

Cerramos los ojos durante un par de segundos, volvemos a abrirlos y el paisaje ha cambiado por completo.

Somos a la vez una avanzada y un anacronismo.

Los escritores de otras épocas solían predecir muchos  acontecimientos a través de sus relatos cifrados.  Julio Verne  es uno de los ejemplo más citados.

Pero hay más : George Orwell  y H.G Wells ,  también forman parte de   esa trilogía de visionarios.

Lejos está  esa facultad de ser potestad exclusiva de los genios. En el mundo de la cultura popular y sobre todo en el género del cómic abundan las ilustraciones.



El reloj de Dick Tracy, los teléfonos móviles en Los Supersónicos, los artilugios de  Viaje a las estrellas o la saga surgida después de 2001, Odisea del espacio, se suman a esa extensa antología.

Hoy funciona al revés: el futuro está ahí, desenrollándose ante nuestra mirada y, por una curiosa ilusión óptica derivada de la velocidad  se convierte en pasado sin haber sido del todo presente.

Presas del vértigo,  y por lo  tanto impedidos para ser protagonistas, los humanos devenimos simples testigos de lo  que pasa.

La vieja noción experiencia-conocimiento se desvanece.

Al despuntar el siglo XXI los magos del mundo de la administración nos advertían : el teletrabajo cambiará el mundo laboral en particular y las relaciones de producción en general. Y añadían, seductores : el  trabajo en casa   reducirá las jerarquías a su mínima expresión, devolviéndole a la gente los espacios de libertad, intimidad y autonomía perdidos desde la primera revolución industrial.

Y miren por donde: una pandemia aceleró el futuro y ahora más gente de lo esperado trabaja desde casa.

Pero, como sucede siempre, hay una sutil y decisiva distancia entre los pronósticos y la realidad.

Al final resultó ser que no hay tal independencia y libertad.  El teléfono suena por aquí,un fulano invita a conectarse por  allá , mientras un alguien más recibe o  imparte órdenes  a granel.

Hasta el baño, “ ese último lugar filosóficamente puro” del que hablara Ernesto Sábato, ha dejado de ser un fortín inexpugnable, sobre todo desde que la gente adquirió la costumbre de llevar el teléfono a todas partes.

“ Perdón, olvidé decirle algo”, recita una voz entre autoritaria y apenada desde algún lugar del mundo que puede estar a la vuelta de la esquina.

“Yaaavoooy”, responde la víctima, con tiempo apenas para abrocharse el cinturón.

Con la digestión hecha trizas, el solicitado suspende la lectura de su historieta favorita y se dirige, derrotado, hacia el escritorio donde lo aguarda el ojo implacable del computador.

Como tuvo que atender a todas las solicitudes, muchas de ellas simultáneas, al final  de la jornada se sentirá  más cansado que en los tiempos cuando debía desplazarse hasta el lugar de trabajo durante un lapso que podía ir de minutos a horas, dependiendo  del tráfico o del tamaño de la ciudad.



Eso implicaba mover las piernas, mirar al cielo, sentir el aleteo del viento en la cara, patear una piedra y gritar¡ Gol! detenerse a saludar conocidos,  putear bajito, comprar golosinas callejeras, esquivar mierdas de perro y lanzar unos cuantos piropos políticamente incorrectos a las damas apetecidas.

Con suerte lo esperaba una recompensa, una especie en vía de extinción. Un auténtico lujo contemporáneo: el sexo en la oficina.



Todo eso pertenece al pasado.   A la hora del balance, las empresas sobrevivientes a  la pandemia harán cuentas y encontrarán que ahorraron en café, en agua, en azúcar, en aromáticas, en papel higiénico, en energía eléctrica, en mobiliario y unos cuantos gastos más.

Y no desaprovecharán la oportunidad. Faltaba más. Todos a trabajar  desde casa.

De nuevo dejamos atrás al futuro y pasada la cuarentena miles, millones de trabajadores en el mundo seguirán en casa atados a esa red que no cesa de expandirse  y multiplicarse.

La pandemia funcionó a modo de prueba piloto del teletrabajo y ahora ya no hay tiempo de revertirlo, por la razón más simple de todas: el futuro ya pasó.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

jueves, 23 de abril de 2020

Aquí entre nos




A menudo, la enfermedad suele ser la expresión física de una perturbación moral : lo que los expertos llaman somatización.

Dicho de otra manera, lo que se desajusta en nuestras mentes se expresa en una gastritis, en una alteración cardíaca- iba a decir coronaria pero la palabreja tiene resonancias sospechosas por estos días- en una inflamación del colon,  en una erupción de la piel, en una cefalgia, en una afección respiratoria.

Si eso pasa con los individuos algo similar acontece con el organismo de la sociedad y  el del minúsculo fragmento de universo que habitamos.

La paciente Gaia de los antiguos.

En la era de internet acuñamos la expresión viral para referirnos a la vertiginosa manera como se multiplican los fenómenos a través de la red.

Ni en el más paranoico de nuestros delirios imaginamos que la naturaleza, la biología, la química  se expresarían de la misma manera.

Un enemigo invisible y, por lo tanto, letal, surgió- nos dicen- en la ya no remota China y se expandió por el Mapamundi a un ritmo que nos dejó inermes.

O  a lo mejor se trate de un enemigo sólo en apariencia.  Quizás la vida pretende decirnos algo que por ahora no entendemos . Estamos  demasiado atareados tratando de sobrevivir.

Tal vez se trate de una advertencia acerca del errático camino que hemos recorrido hasta  ahora en  todos los términos: políticos, sociales, económicos, culturales.

Si lo entendemos así resultaría que estamos ante una oportunidad- acaso la última- para revisar el modelo de la sociedad en su conjunto, empezando por los cimientos que soportan su existencia: la codicia, el egoísmo, el saqueo, la corrupción, el consumo y el derroche insensatos legitimados como razones de vida.

Veámoslo de esta manera: por primera vez en nuestra historia reciente la masa incontable de turistas no pudo lanzarse a invadir playas,  páramos, balnearios, hoteles y museos durante los días de Semana Santa.

Y eso es malo, muy malo para la economía.

Pero puede ser bueno, muy bueno para emprender el viaje de regreso a ese completo desconocido que somos nosotros mismos. Esa criatura indescifrable que nos inspira tanto miedo como el Coronavirus.

Por eso huimos de ella a través de los viajes, del entretenimiento, de los pasatiempos.

                                               Tomada de BBC Mundo

¿Notan cómo  han cobrado de importancia los pasatiempos, los juegos de mesa a resultas de la cuarentena?

Tenemos una cantidad infinita de tiempo entre las manos y no sabemos qué hacer con él.

Una curiosidad : durante la última semana he recibido decenas de enlaces a  artículos de toda laya. También me envían  archivos con tratados enteros acerca de  los más disímiles asuntos.

Pero  nadie  me pregunta cómo estoy. He aquí otra oportunidad para ocuparnos del prójimo, del próximo, esa figura despojada de todo valor, a no ser como agente de producción   y consumo.

El escritor colombiano Eduardo Zalamea  Borda publicó en 1934 una vigorosa novela titulada  Cuatro años a bordo de mí mismo, hoy olvidada como tantas otras cosas.

A esta altura del camino, cuando lo más empinado de la cuesta apenas comienza, un viaje al fondo de nosotros mismos- lo que los viejos teólogos llamaban examen de conciencia y contrición de corazón- nos  devolvería al mundo  más lúcidos y fuertes, más ligeros de equipaje y por lo tanto mejor dotados para reconocer en su pleno valor a los que caminan a nuestro lado.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

                                     
                     

jueves, 16 de abril de 2020

La dura irrealidad




Lo tenía como una información distante entre la suma de datos que se dan por sentados: el estado del clima, los boletines del gobierno, la retórica de los políticos, las veleidades de la farándula, los resultados del  fútbol. En fin, toda esa suma de cifras que abruman  y confunden a los ciudadanos bien informados.

Pero sólo en estos días de cuarentena he podido comprobarlo: las personas  - dormidas o despiertas- se pasan  las veinticuatro horas del día conectadas a  la pantalla del televisor.

Es decir, a la pura irrealidad.  A la inconmensurable dimensión de la mentira.

¿ O que son, sino, los noticieros, la publicidad, los dramatizados, las telenovelas, los  realities, el mundo de la farándula y el de las estrellas del deporte?

En el mejor de los casos son verdades a medias, que al final resultan ser peores que las mentiras completas.

Con estas últimas al menos uno sabe a qué atenerse.



Durante el día el estruendo llega  en todas las formas imaginables.

En los presentadores de televisión que regurgitan cifras sobre el  Covid- 19, esa criatura de pesadilla que asaltó nuestras vidas mientras dormíamos el sueño de los felices y en cuestión de días hizo trizas nuestras aparentes seguridades.

En los gritos de una pareja que se promete odio eterno en el nuevo capítulo de una telenovela mexicana.

En las distorsiones sonoras del participante en un reality que, contra todas las advertencias de la naturaleza , pretende imitar la genialidad interpretativa de Nino Bravo.

En la insistencia de los mensajes publicitarios, empeñados en vendernos perfumes, autos, teléfonos, espectáculos, mujeres, ropa, viajes, como si el dinero para la supervivencia diaria no estuviera agotándose en los bolsillos.



En las minucias sobre la vida sexual de las estrellas de la farándula y el deporte, en las que se cuantifica  hasta el número de polvos que se echan por semana.

En la alta noche, a medida que desaparecen los sonidos producidos por los actos humanos- cocinar, bañarse, reír, discutir, cantar, caminar, jugar- reinan los tiroteos  y las sirenas de las ambulancias.

Al parecer todo el vecindario se puso de acuerdo para ver las mismas películas de policías y mafiosos.

Supongo que después discuten los detalles a través de sus redes sociales, lo que no deja de tener su lado positivo:  así al menos no se olvidan del prójimo.



Como un manto helado, el resplandor verdoso de las pantallas se refleja en todas las ventanas.

¿ Cómo puede un espíritu discernir o alcanzar alguna clase de sosiego con ese montón de basura asaltándole los sentidos? Me pregunto  mientras escucho, ilusionado, el jadeo de una pareja de amantes. Los imagino abrumados por el miedo y conjeturo que eso incrementa su placer.

Falsa alarma:  los gemidos también provienen del televisor.

De golpe, recuerdo la escena de una película visionaria del gran Sidney Lumet sobre los medios de comunicación. Es una producción de 1976.

Se trata de Network, traducida al español con el título de Poder que mata.

En la escena mencionada, uno de los personajes alza su dedo índice y suelta, como de pasada, la siguiente frase: “ El infierno acaecerá sobre la tierra cuando todo el mundo esté  conectado”. Acto seguido, la atribuye a otro  personaje, esta vez literario: uno de los protagonistas de 1984, la profética novela de George Orwell.

Supongo que el  sabio Lumet y su guionista  tenían sus espíritus puestos en este momento de la Historia Universal, cuando las vibraciones  de millones de televisores y teléfonos surcan en todas direcciones  el planeta entero, tejiendo una red invisible y densa que aprieta los cuellos y  obstruye los corazones, dificultando la llegada de sangre al cerebro.

Faltas de oxígeno y, por lo tanto imposibilitadas para la lucidez, nuestras mentes se resignan a esas formas de irrealidad, como si en efecto  se estuvieran ocupando del mundo en general y de nuestras vidas en particular.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada


jueves, 9 de abril de 2020

El fin de un mundo




Después  de la caída del Muro de Berlín, el teórico norteamericano Francis  Fukuyama  sentenció El  fin de la  Historia y postuló al capitalismo  no sólo como el mejor sino como el único de los mundos posibles.

Se refería, claro, al capitalismo en su más pura versión norteamericana y la de sus  aliados. Es decir, la basada en los principios liberales que en el plano económico lo dejan todo en manos de unas hipotéticas “ Leyes del mercado”.

Porque existían- y aún sobreviven-  otras versiones : las de las social democracias que  conciben la acumulación de capital no como un fin en si mismo sino como un medio para  elevar el nivel de vida de la sociedad en su conjunto.

Lo que sus detractores bautizaron  con el sobrenombre de Estado Bienestar.

Los promotores de la socialdemocracia insisten en que se puede y se debe conciliar la indudable capacidad del capitalismo para producir bienes materiales con el espíritu socialista de la distribución de la riqueza.

En realidad, Fukuyama no planteaba nada nuevo. Mas bien resumía en un libro  las claves  del espíritu de una época, traducido en los planos político y económico en dos gobiernos que supusieron un punto de quiebre en el orden surgido después de  dos guerras mundiales.

Hablamos de las administraciones  de Margaret Thatcher en Inglaterra y de Ronald Reagan en  los Estados Unidos de América. La primera transcurrió entre 1979 y 1990 y la segunda  tuvo lugar  de  1981 a 1989.

Es decir, que sus ejecuciones se adelantaron de forma paralela y casi siempre  concertada. Por esos días se hablaba de un teléfono  abierto entre Londres y  Washington que acabó por determinar el destino del planeta entero.

Porque muy pronto, encandilados por las estadísticas y una muy bien orquestada campaña de propaganda, el resto de países grandes, medianos y pequeños se consagraron  a copiar a pie juntillas un modelo que bien podemos definir como el catecismo neoliberal : el decálogo para construir un mundo feliz basado en el consumo y el derroche.



El primero en desaparecer de la escena fue el concepto de justicia, tan valorado desde    los orígenes del cristianismo. La siguiente víctima fue  el prójimo. En el mercado no hay personas. Solo productores y consumidores.

El código  ético  basado en el reconocimiento  del valor de las personas fue arrojado al tiesto de la basura.

En términos de política real, los gobiernos de Tatcher, Reagan y sus áulicos en  todas partes se consagraron con ahínco a  tres tareas  fundamentales : la privatización de las empresas estatales, de la educación y de los sistemas de seguridad social.

Dicho de otra manera: al desmonte del Estado mismo como gestionador  de los intereses de la sociedad.  Quedaba así abierta la puerta para un fenómeno anunciado por muchos pensadores  varias décadas atrás: el control del planeta entero por parte de las grandes corporaciones y por el capital financiero- distinto del productivo- que acabaron por hacer de los gobiernos nacionales meros  amanuenses suyos.

Domesticados por el lenguaje de la corrección  política, intelectuales, políticos y académicos empezaron  a hablar de  globalización. En realidad se trataba del viejo imperialismo puro y duro, disfrazado con la sofisticación  de las tecnologías.

El capitalismo se volvió así, viral. El centro comercial devino templo. Principio y fin del espíritu de una época. Por eso los centros  comerciales son los mismos- idénticas mercancías, idénticos consumidores encandilados- en todas las ciudades del mundo, de  San Francisco a  Shangai  y de San Petersburgo a  Buenos Aires.

No es casual que por estos días de pandemia y cuarentenas  todos luzcan igual de vacíos: si los paraísos artificiales son planetarios los infiernos reales lo son en grado sumo.



De paso, la dupla Reagan- Thatcher revalidó una vieja discusión protagonizada por dos de los más brillantes  economistas del siglo veinte, ubicados en dos frentes que al final se revelaron irreconciliables:  John  Maynard Keynes, británico y Friedrich Hayek, austriaco.  El primero defendió hasta el final  la necesidad del Estado como agente  dinamizador del desarrollo económico y social. Prestos a poner etiquetas, algunos lo definieron como un conservador.

Del otro lado,  Hayek se hizo vocero de las facetas más radicales del liberalismo: aquellas que consideran cualquier intervención exterior como  una amenaza para el  potencial del individuo. En esa cosmovisión,  impulsado  por sus intereses, el individuo produce riquezas que irradian hacia el resto de la sociedad.



Por  eso no se necesita de la justicia: las fuerzas del mercado  acaban siempre por equilibrar las cargas. Pura cinética ciega.

Pero…¿ Realmente ha sido así?

A  esta altura del camino, cuando a raíz  de la pandemia del Coronavirus, muchos hablan de  apocalipsis mientras la cuesta se hace  cada vez más empinada, vale la pena detenerse al menos en un par de de cosas.

La primera : en su acepción más honda, apocalipsis no quiere decir destrucción o aniquilación.

En realidad, la palabra alude a la renovación necesaria para que los ciclos de la vida vuelvan a  empezar. La vieja rueda de la vida y la muerte en su girar incesante.

Si traducimos esa evidencia  cósmica a términos  terrenales  y, por lo tanto, políticos podemos vislumbrar  las cosas de otra manera,  aunque por el momento la zozobra nos rodee.

Resulta que, a despecho del profesor Fukuyama, la Historia no terminó. Es más: para muchos ni siquiera ha comenzado, porque hasta ahora han vivido una  historia prestada :  las migajas que la metrópoli les permite recoger.



Para ellos, acostumbrados a plagas y  pestes sin cuento -la violencia, la corrupción y la miseria entre ellas- el fin del  Neoliberalismo- o de la Historia, si seguimos al profesor-  plantea en realidad la alternativa de  forjarse otros caminos a la  medida de su cultura, de sus recursos materiales, de  su recuperado sentido de la solidaridad.

Así las cosas, El Apocalipsis no es su final: es su comienzo.

En el  otro punto, resulta claro que la pandemia nos dejó desnudos, como al rey de la fábula.

Millones de pobres y marginales que durante décadas- acaso siglos- hicieron del rebusque en la calle su medio de supervivencia tuvieron que ser confinados.

Eso  obligó a contarlos y entonces la realidad   desagradable nos saltó a la cara : la fabulosa    riqueza acumulada por una oprobiosa minoría  a lo largo de   la era Reagan – Thatcher fue amasada, como siempre, con la miseria y la sangre  de millones.

Ahora no tenemos donde esconderlos.



Y  lo último, pero no menos importante. En medio de la emergencia, los gobiernos han  soslayado  un drama de fondo:  que en buena medida la mortandad es el resultado, no tanto de la virulencia de la peste como de la debilidad de un modelo de salud pública reducido a  su mínima expresión por las privatizaciones.

 Desde esa perspectiva, es imposible ocultar el canceroso crecimiento de la salud como un negocio de  enormes proporciones en manos de particulares. En esa lógica, quienes se lucran no tienen pacientes sino clientes.

De otra forma no se explica que el país más poderoso entre los más ricos tenga uno de los sistemas de salud más precarios del mundo.  El coronavirus ya empezó a pasarle cuenta.  Al sistema y al conjunto de la sociedad toda.

Así que lo mejor es aprender a vivir de otras maneras.  Aligerar el equipaje es una de ellas. Comprender que asistimos al fin de una era es otra.

Esa certeza nos obliga a inventar cosas aquí   y ahora. Y en  eso somos expertos todos, sin excepción. Por eso estamos  todavía en el camino.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada