viernes, 21 de enero de 2022

Corazón delator




                                          “…  Entonces llegó el hada protectora

                                           Y viendo que Pinocho se moría

                                           Le puso un corazón de fantasía

                                            Y Pinocho sonriendo despertó…”


                                                Canción infantil.

                      

                              

                                                              


En  muchas sagas de mitos y leyendas, el héroe trata de apropiarse de las virtudes  asignadas por los humanos a los animales. La valentía del león, el olfato del lobo, la osadía del águila, la sagacidad del lince. Uno de los casos más citados en la historia es el de Ricardo I de Inglaterra, hijo de Leonor de Aquitania , conocido como “ Ricardo Corazón de León”.

Supongo que en ese siglo XII ni al más iconoclasta de los hombres se le hubiera ocurrido llamarlo “ Ricardo Corazón de Cerdo” , sin correr el riesgo de ser detenido y atravesado  por la espada de  los esbirros del soberano.

Al fin y al cabo el cerdo fue siempre objeto de desprecio. No sé de cultura alguna en la que se le haya adorado como al gato, el toro o la serpiente, según se desprende de relatos orales y escritos. Así,  en Homero, la maga Circe convierte a  Odiseo y sus hombres  en cerdos, dejando claro el concepto que tenía de  unos y otros.

Asimismo, en los libros del Génesis y el Levítico se prohibe a los hebreos el consumo de  la carne de ese animal, por  considerarla  impura y símbolo del pecado. De igual manera, la ortodoxia católica utilizó la  palabra marranos para referirse a los judíos conversos. De modo que en ninguna parte el cerdo sale bien librado.


Al menos hasta el viernes   7 de enero de 2022, cuando el mundo se enteró de que cirujanos de la Universidad de Maryland, en Estados Unidos, habían conseguido trasplantar el corazón – modificado genéticamente- de un  cerdo al cuerpo de un hombre de 57 años llamado David Bennet. Al momento de publicar esta entrada el paciente seguía vivo.

El punto de partida lo marcó el doctor sudafricano Christian Barnard, quien practicó el primer trasplante de corazón en una clínica de Ciudad del Cabo el 3 de diciembre de 1967. Aunque el paciente sólo vivió  18 días, la intervención marcó  un antes y un después en el camino de la ciencia médica.  Pasados 55 años de ese acontecimiento se practican de manera habitual trasplantes de órganos- no sólo de corazón- de humanos a humanos.


En el caso del corazón de cerdo, la fecha clave se remite a 1996, cuando empiezan los trasplantes experimentales de corazones  de cerdo modificados genéticamente al cuerpo de seres humanos.

Por lo visto, nos toca empezar a revisar el estigma que nuestros paradójicos atavismos habían arrojado sobre la figura de este animal: de un lado lo concebimos como símbolo de suciedad, al tiempo que nos damos descomunales banquetes con su carne, sobre todo en las fiestas de final y comienzo de año. De paso, me cuentan que el caricaturista Matador anda atareado  tratando de modificar  sobre la marcha su concepto gráfico que asocia la figura del actual  presidente de Colombia con un cerdo: con el prestigio recién adquirido del animal  quedaría anulado el efecto político de  la  caricatura porcina.


Sospecho también que la culpa anda rondando la conciencia de uno de mis vecinos, especializado en la matanza herodiana de cerdos durante la temporada navideña.  Desde el 7 de enero lo veo con el ceño fruncido, profundas ojeras y un tono cada vez más bilioso en la piel. Creo que padece insomnios prolongados, preferibles en todo caso al sueño: apenas se duerme lo asaltan pesadillas en las que los aullidos de un cerdo agonizante torturan sus oídos como trompetas del juicio final.

Pero son sólo conjeturas mías: a lo mejor al hombre le hicieron  una cirugía en la que le trasplantaron el corazón de un animal llamado  jefe paramilitar.  Si es así, eso lo volvió insensible al dolor de cualquier ser vivo. Su  angustia sería fingida, aparente:  una pose dictada por la corrección política.


Desde Darwin, nos acostumbramos a hablar del mono como nuestro pariente más cercano. Pero el parecido resultó ser más superficial de lo que pensábamos : puras monerías.  En realidad  , si juzgamos por la similar estructura  y funcionamiento de los órganos internos,  nuestro familiar más cercano es el cerdo. De modo que , como hacen en oriente con las vacas, haríamos bien en  empezar a reverenciarlos y a pedirles disculpas por las vejaciones a las que los hemos sometidos a lo largo  de los siglos. Una buena dosis de  perdón y olvido sería saludable para todos en este momento. De mi parte, ya separé cita en un consultorio atendido por veganos  y vegetarianos.

Nunca es tarde y nada se pierde, reza el refrán.

Al fin y al cabo nadie está exento de que en cualquier instante- como en las canciones románticas- después de un trasplante  de urgencia su corazón se vuelva delator.


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=jad11Q-ZCyw







martes, 11 de enero de 2022

Walter Benjamin y el hombre como alegoría






Exiliado en Portbou, en  el Mediterráneo catalán, y degustando a plenitud su propia extinción, el filósofo  Walter Benjamin ( Berlín, 1892, Portbou, 1940) contemplaba y padecía el desplome de un mundo que soñó con el mejoramiento constante de los instrumentos forjados por la razón y sus  hijas naturales: la ciencia y la técnica.

Desde Aristóteles hasta la Revolución Industrial, pasando por el Renacimiento y la Ilustración, la historia parecía de veras conducir hacia nuevas conquistas en el terreno de la filosofía, la ciencia y la política como soportes de un mundo mejor.

Pero todo se vino abajo. El arco había empezado a descender con las revoluciones de la segunda mitad del siglo XIX, continuando con la Primera Guerra Mundial y la caída del Imperio Austrohúngaro, hasta de desembocar en el cataclismo de la segunda gran guerra que redujo a cenizas el viejo sueño humanista.

Como todo gran pensador de su tiempo, Walter Benjamin se  encargó de tomarle el pulso a los acontecimientos. Para lograrlo, estableció unas líneas de estudio que le permitieron fijar el  método adecuado para orientarse en un mundo marcado por la confusión.





Esas líneas, a las que volvió una y otra vez a lo largo de su obra están ancladas en unas ideas básicas que desarrollaría hasta su máxima potencia: la multitud como  enseña de lo moderno, la pérdida del aura de la obra de arte a resultas de su reproducción técnica, el flaneur como hijo de la Revolución Industrial y el advenimiento de la mercancía como superstición, al punto de que los objetos devienen alegoría de asuntos tan esenciales para las motivaciones humanas como las ideas de felicidad, bienestar, libertad y prestigio.

El hombre de la multitud

Federico Engels fue uno de los primeros en advertirlo con toda claridad: el rebaño humano  que invadía las calles de Londres rumbo al trabajo en fábricas, almacenes y oficinas, o en busca de esos mismos trabajos, trenzaba con sus pasos una urdimbre en la que era posible adivinar por igual ambición y desesperanza. En suma, el destino del hombre urbano que abandonaba los valores del mundo feudal.

La impronta de esa nueva especie de hombre es la insolidaridad, la indiferencia ante el dolor y las angustias de quienes comparten con él la incertidumbre propia de los nuevos tiempos. Para Engels, incluso en las colmenas y hormigueros se dan formas de reconocimiento y cooperación ausentes por completo en los habitantes de la city.




A su vez, en su célebre texto titulado El hombre de la multitud, Edgar Allan Poe da un paso más y se da  de bruces con otra manifestación del mismo  fenómeno: la soledad de quien anda y desanda las calles una y otra vez, sin encontrar respuesta a su llamado. Ni una mirada, ni una palabra, ni un gesto. Todos van abismados. Incluso las iglesias han sido abandonadas en tanto fuente de consuelo. De ellas sólo sobreviven las formas de la piedra, olvidadas de Dios y de los hombres.

Pero falta todavía un nuevo giro: el del paseante, el flaneur que deambula sin propósito aparente, porque ya ni siquiera alcanza a ser testigo de lo que pasa: es un átomo más en el organismo de la multitud.
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Las flores del mal

La obra del poeta Charles Baudelaire (1821-1867), se convirtió en la más valiosa compañera de viaje de Benjamin en su intento por descifrar algunas de las claves de esa nueva clase de hombre. Situado por fuera del sistema sin dejar de gravitar a su alrededor, Baudelaire hace de la transfiguración poética del outsider su buque insignia. Es  su manera de sortear los meandros de una urbe que se le antoja un  mar turbulento que todo el tiempo arroja desechos a sus orillas. Esos desechos, tanto objetos como personas, venían a materializar el concepto de reificación postulado con tanta claridad por Karl Marx, otro de los grandes estímulos para el pensamiento de Walter Benjamin.

El poeta iba y venía en su barca como un ángel de la soledad, un satanás, un rebelde,  un Lucifer en el sentido más preciso de la cosmovisión cristiana. De ahí su vindicación literaria de figuras tan ilustrativas de la ciudad como la prostituta, el  trapero ( reciclador) el borracho y el criminal. Todos ellos caros a las huestes proscritas del capitalismo en tanto amenazas latentes para el ciclo de la producción y el consumo.

En su calidad de testigo, Baudelaire es para Benjamin el flaneur por excelencia, el infatigable caminante urbano que desdeña los viajes hacia tierras remotas tan codiciados por muchos artistas, porque le sobra y basta con las calles, con esos pasajes y vitrinas nacidos de la Revolución Industrial que los necesitaba para exhibir sus mercancías y ponerlas así en contacto con la mirada y el bolsillo  de su más reciente expresión: el consumidor. El espíritu viviente de la moda como lo viejo siempre nuevo que viene a ser otra de las  improntas de la modernidad.

El objeto y la alegoría

En su muy estudiado aparte de El Capital titulado La mercancía, Karl Marx se encarga de analizar en detalle las connotaciones económicas, sociales, políticas , espirituales sicológicas y culturales de los objetos producidos en masa. Fabricados en principio tanto para satisfacer necesidades materiales como expectativas de distinción social, los objetos se convierten ,  merced a la publicidad  y el mercadeo, en auténticos fetiches y por eso mismo en entidades capaces de despertar el deseo, la admiración y la codicia. Mediante ese mecanismo se crean las necesidades artificiales que tan bien ha sabido explotar el capitalismo en su fase tardía.

De todos es conocida la manera como las catedrales fueron desalojadas para trasladar los feligreses a los centros comerciales, donde pueden alcanzar una trascendencia fugaz a través de la contemplación extática  y  la consiguiente adquisición de mercancías.



Siguiendo los pasos de Marx, W. Benjamin advirtió en el nacimiento de los pasajes las primeras formas del Centro Comercial moderno y de sus visitantes como nuevos peregrinos urbanos. Es así como la mercancía se transmuta y empieza a convertirse en alegoría de las eternas pasiones humanas. Pero todavía hay más: el hombre mismo, en tanto consumidor, se  transforma en alegoría de sus propias fuerzas motrices, llevando al límite la idea de cosificación y alienación planteada por Marx. El automóvil como símbolo sexual  constituye desde comienzos del siglo XX  la suprema materialización de esa idea: el hombre-cosa se disuelve en las formas de la máquina y se hace uno con ella.




¿ El fin de la obra de arte?

El paso inevitable para Benjamin lo conduce a formularse la pregunta decisiva:  ¿ asistimos a la extinción de la “ obra de arte” tal como la imaginamos hasta finales del siglo XIX?. El filósofo alemán nos recuerda que, para la tradición occidental, la obra de arte estaba revestida de un  carácter mágico, religioso y por lo tanto irrepetible. La aparición del artista en una convergencia de espacio- tiempo dotaba de entrada a su obra de un aura, algo intangible pero con valor concreto.

En principio sólo los muy ricos( príncipes, papas, reyes) podían permitirse el lujo de tener una obra “ original” en sus catedrales y palacios. Acceder a la contemplación de esas obras suponía una deferencia de parte del poderoso. Quienes asistían al descorrimiento del velo podían sentirse así ungidos.




Pero, con la consolidación del capitalismo, las obras de arte salen al mercado y con ellas aparecen las figuras del intermediario y del falsificador en serie. De esa manera los nuevos ricos pueden poseer una pintura o una escultura que parece pero no es, porque carece del aura exclusiva del “original”. Liberados a las potencias del capital, los productos artísticos empiezan a ser reproducidos en serie.  A partir del desarrollo de la litografía y la fotografía asistimos a una nueva situación: no es que la obra parezca pero no sea, como pasa con la falsificación. En este nuevo mundo de la reproducción técnica en serie la obra es pero no es.

En su primera época, muchos de quienes poseían litografías y fotografías de cuadros célebres en sus casas no se tomaban la molestia de advertir al visitante de que no se trataba del “ original”. ¿Para qué habrían de hacerlo si ya era imposible precisar la diferencia? Al producirlos en serie la tecnología los privó del aura a todos por igual.

Alcanzado ese punto, resultaba ineludible que todos los valores sobre los que se asentó occidente  durante más de dos mil años “ se desvanecieran en el aire”, tal como lo anotara Marx en su célebre sentencia que ha inspirado a tantos pensadores de ahí en adelante.

Las múltiples formas de ese desvanecimiento alentaron la vida y obra de Walter Benjamin, hasta que él mismo se disolvió en el aire un 26 de septiembre de 1940 en su refugio del Mediterráneo catalán.

Había conseguido escapar de los nazis, pero no de sus propios demonios.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=uzjYQuDPi9Q

viernes, 24 de diciembre de 2021

De ver pasar: la ciudad y sus signos vitales








Blow- Up es una película de Michelangelo Antonioni fechada en 1966 y protagonizada por el actor David Hemmings. En su relato, Thomas es un célebre fotógrafo de modas que, hastiado de la frivolidad de ese mundo, decide echarse a  las calles de Londres en busca de imágenes que contengan algo de vida. Un día toma una fotografía en un parque de la ciudad. Cuando la revela en el cuarto  oscuro, tiene la sensación de que, detrás del primer plano, ha captado un asesinato. 

Para estructurar la historia, el guionista se basó de modo bastante tangencial en un cuento de Julio Cortázar titulado Las babas del diablo.

Una dimensión insospechada de la realidad irrumpe  y produce un quiebre, un corte en lo que se suele llamar el hilo de los acontecimientos. La fotografía cobra vida propia y empieza a contarnos una historia: la de la ciudad y sus signos vitales.

Ignoro si el escritor Rigoberto Gil vio la película, pero su libro titulado De ver pasar tiene mucho de eso: de las rupturas en el flujo de lo cotidiano, captadas casi siempre al azar por el lente de una cámara… o, bueno, de un teléfono celular.

El recurso es sencillo: dejarse seducir por una entre las muchas imágenes dejadas  por la vida a su paso y , a partir de ella, construir un relato que puede ser ficción o no.

El París de la segunda mitad del siglo XIX vio nacer la figura del Flaneur, esa suerte de  explorador urbano que vaga empujado por el azar de su instinto- en este caso centrado en la mirada- y va registrando los pliegues de  la ciudad como quien descorre una cortinilla y se asoma a lo siempre insospechado del mundo.


Fue el filósofo Walter Benjamin quien, basado en la poesía de Baudelaire, señaló al Flaneur como hijo del capitalismo industrial. Este singular caminante ya no es el peregrino que va de aldea en aldea, sino el  husmeador de pasajes y vitrinas, esas cajas mágicas donde las cosas se exhiben a la espera de un consumidor. De algún modo el Flaneur expresa sin saberlo ese estado de cosas que Karl Marx bautizó con el nombre de  Fetichismo de la mercancía, abordado a profundidad  en uno de los apartes de El Capital.

El autor de De ver pasar hace lo propio en el mundo fragmentado y globalizado del capitalismo tardío. De entrada, lo advierte en el primer párrafo del texto titulado El ojo que piensa: “ No es fácil caminar y pensar al mismo tiempo. El cuerpo se fatiga si lo obligamos a concentrarse en dos ejercicios complejos. Ambos exigen voluntad, concentración; ambos validan un ritmo arcano que se liga con la memoria: ese fardo de realidades que teje los años en imágenes delgadas. Solo que, al restaurarlas, les damos volumen y profundidad”.



La obsesión por ese “ fardo de realidades” no es nueva  en Rigoberto Gil. De hecho, es una constante en su obra ensayística y de ficción. En un libro titulado Guía del paseante,  que de muchas maneras  prefigura De ver pasar, lo resume en una frase certera : “el solitario es un caminador”.

Y ese  no es un detalle menor: quienes caminan en grupos están todo el tiempo distraídos por la cháchara de los otros. Su mirada  aparece mediada por las intenciones y gustos de  sus compañeros. Y se   precisa una profunda relación con la soledad para ser un caminante, un explorador tanto rural como urbano.

Así que el autor de esta selección de textos( a veces son viñetas, en otras se trata de crónicas o ensayos  breves, unas cuantas son ficciones y en la mayoría de los casos un cruce incestuoso de varios géneros) se nos revela ducho en soledades, es decir, en miradas íntimas sobre lo público  que casi nadie advierte.

Estamos entonces ante un mirón de las calles. O un voyeour, si prefieren esa palabra, con todo y las connotaciones sexuales que el concepto acarrea.

Porque la mirada es, ante todo, goce, insinuación de la desnudez velada por las prisas de la vida diaria en cualquier ciudad.


En total son treinta y siete textos, publicados inicialmente en el periódico Ciudad Cultural y en el portal web  La cebra  que habla. En ellos, como corresponde al talante de los tiempos, el escritor plantea un  viaje de ida y vuelta entre lo local y lo global. En ese recorrido encontramos  relatos como los del soldado mutilado en alguna de las guerras de Colombia, junto a  estampas de la zozobra a la que fue arrojada la especie humana tras la irrupción de la Covid- 19. A su lado, convive el vistazo a una Nueva York presentida en las páginas de sus grandes escritores o en la locura  visionaria de esos que nuestra indomable torpeza califica de excéntricos. En buena hora la Universidad Tecnológica de Pereira decidió publicar este libro (noviembre de 2020). Porque la internet, tan llena de ventajas a la hora de agilizar y multiplicar la circulación de las obras, alienta al mismo tiempo la más inapelable forma del olvido : la de cientos de  miles de millones de palabras, de imágenes , de  ideas, de relatos  que se  anulan unos a  otros en su infinita procesión



En suma, quien se asome a sus 232 páginas se hará  a su vez cómplice de  esta dichosa- y a menudo dolorosa- irrupción  de una realidad que siempre  participará de la condición del caleidoscopio en su fragmentación y multiplicidad.

En esa realidad a menudo alucinante acontece nuestra condición de viajeros  sin remedio… aunque estemos confinados en casa.


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=Y6thDNGf7Os





lunes, 20 de diciembre de 2021

Vanas gentes : la soledad es comarca limitada





Los buenos libros de poesía suelen ser breves. Cuando dan con el tono preciso, su brevedad se traduce en intensidad.  Son como esos licores que se deben degustar a sorbos cortos, de modo que el espíritu del poema recorra de a poco los sentidos del lector hasta depositarlo en la más pura claridad.

Eso pasa con el libro Vanas gentes, del escritor quindiano Juan Aurelio García. Son veintidós poemas que , sumados, no alcanzan el centenar de páginas publicadas bajo el sello de El Impresor , diseño de Stella Maris y prólogo de Nelson Romero.

El primer poema, titulado Al amable lector, es una advertencia: De parte del poeta/le quiero recordar y declarar/pero a las buenas/ que desocupe la soledad/ esos dominios/ donde suele pasearse como  un emperador. De ahí en adelante, el tono será ese : el de la interpelación al lector en particular y al poeta en general. Está claro que, para serlo de veras, el escritor necesita de un lector. Por más que parezca un lugar común, a menudo se olvida esa condición elemental. En su defecto, se postula la idea del poeta refugiado en su casa de cristal, consagrado a escuchar el eco de su propia voz.

Para refutarlo,  Vanas gentes nos recuerda que la poesía es, ante todo, comunión. Ya sea dicha en las plazas o recitada en “ la noche oscura del alma”, la palabra poética es un conjunto de signos que sólo adquieren pleno sentido en el oído del lector. Porque en sus comienzos la poesía fue eso: ritmo, música. No importa si, a partir de la creación de la escritura, la asociamos con el ojo y con la lectura silenciosa. Sin el ritmo, es decir, sin el latido del corazón , el poema es letra muerta.

Y Juan Aurelio Garcia lo sabe. En el poema titulado Recital el autor se pregunta: Yo no sé para qué viene el poeta/ si no baila ni llora/ni tampoco se despeina/o si al menos no adivina/ a santo de qué/ viene a remover tanta ceniza.  En Sueño de gloria, otro de los poemas del libro, nos dice con fina ironía: Ojalá pudieran los poetas/ser como los cantantes/ cultivar fama y echarse a dormir. Y continúa: Hacer giras que los lleven / en el ocaso/ a esos pueblecitos que faltaron en la agenda/ donde con mayor vigor se les imita/ y se les aplaude/ como a los viejos héroes.

F. Hölderlin 

Como a los viejos héroes. La  pregunta por el rol del poeta y por el sentido de sus palabras alienta en cada uno de los versos. Es la eterna sensación de extrañamiento del poeta en un mundo que siempre le será hostil, aunque de vez  en cuando lo aplauda. Ya se preguntaba el gran Hölderlin tres siglos atrás : ¿ Y para qué ser poeta en tiempos de penuria? Para disimular esa condición de extrañeza, el escritor puede ocultarse en el traje del burócrata- uno piensa en Pessoa- que se atrinchera  detrás  de un escritorio para pulir sus versos. O eso nos sugiere la voz de Juan Aurelio García cuando escribe: Nunca se podría afirmar que roba tiempo/que entre la redacción de una queja/propia de su oficio/ y la revisión con tachaduras/que le practica a un formulario/ se le cuele un haikú o un epigrama.

F. Pessoa


Vanas gentes los poetas, se nos recuerda a cada instante. De ahí la obstinación en títulos como La ascensión del poeta, A los poetas vergonzantes, Los poetas loteros, Letra muerta y el ya mencionado Sueño de gloria.

Vista así, adquiere pleno sentido la cita de don Francisco de Quevedo que encontramos al comienzo del libro: Se les perdona todo lo que han escrito/ se les agradece no haber escrito más.

Eso explica también el tono coloquial de quien interpela: la pregunta sería imposible si el autor  adopta un tono de superioridad que, de entrada, anule sus propósitos. Lo coloquial es aquí un recurso, una manera  de comunicar, no mera llaneza del lenguaje. Al contrario, la preocupación formal es una de las constantes del libro. Para muestra , estos versos del poema Alabado sea Dios: Parece ser que los poetas de talla menor/ viven del aplauso/ es decir/ del agua y del sol/ como las flores / O sea que nuestros poetas son como las flores/ como esas flores baratas/ besitos de novia las llaman/ que a montones nos regala un buen día de sol/ y que están a un tiro de piedra/ de nuestras calles sitiadas por el trópico.

Las flores, el más socorrido de los lugares comunes, devienen aquí recurso tanto estilístico como argumentativo: en el primer caso señalan  el ripio como elemento distintivo de la mala poesía. En el segundo parece enhebrarse una plegaria, cara a la tradición cristiana: Señor, señor, perdónalos porque no saben lo que hacen.

A mi modo de ver- y de leer-, ese es el corolario del libro : que, para bien o para mal, las vanas gentes están allí como elemento indispensable para diferenciar el trigo de la cizaña, cuestión que nos devuelve a la sentencia de los viejos sabios: nada es gratuito en este mundo. Por eso, aun los peores son necesarios para mantener el equilibrio en el  universo. 


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=4nLp2WKgocU

martes, 14 de diciembre de 2021

Hay vida en las tablas

                                Fotografía:  Juan Felipe Díaz


Hasta el día en que, uno a uno, los gobiernos del mundo empezaron a decretar confinamientos por la pandemia de Covid- 19, la palabra cuarentena, igual que el vocablo peste,  hacía evocar siglos remotos, relacionados en nuestra imaginación  con tiempos de oscurantismo  y dominio de la superstición.

En cualquier caso, nos resultaba imposible ubicarlas en el presente, y mucho menos en el futuro.

De modo que todo fue como un mazazo repentino. De un momento a otro estábamos encerrados en casa- incluso los que no la tienen fueron llevados a la fuerza a “ hogares de paso”- sin saber muy bien lo que nos aguardaba en lo inmediato.

Como una reacción refleja, nos aferramos al recurso de Internet, una suerte de divinidad  profana que nos salvaría del aislamiento y la parálisis.

Fue así como empezamos a hablar de clases virtuales,  de teletrabajo, de la “nueva familia”, de nuevos usos de las redes sociales y hasta de liturgias y funerales transmitidos a través de la internet.

Según los que investigan esas cosas y hacen encuestas para todo, el intercambio sexual a través de las  pantallas se incrementó hasta el delirio.

Al comienzo el asunto funcionó como solución desesperada. Sobre todo para los artistas de la música y el teatro supuso la posibilidad de mantenerse en contacto con los públicos.  Incluso, a pesar de que  en un principio se ofrecieron funciones gratuitas, al poco tiempo se encontró la manera de cobrar para mitigar en algo las necesidades   de supervivencia.



Empecé a sospechar que la cosa andaba mal cuando me sentí a ver un juego del alicaído Barcelona. Desde luego, las tribunas estaban vacías, como correspondía a las  medidas tomadas. Al promediar el partido, el inefable Messi marcó uno de esos goles suyos que lo hicieron favorito de los dioses. Siguiendo un viejo instinto,  El diez  corrió  hacia las tribunas dispuesto a celebrar y se encontró con una viva estampa de la desolación : nadie   respondió a su alegría con gritos, cantos, tambores y agitar de banderas azulgrana. Desconcertado, miró a sus compañeros y estos no sabían si abrazarlo o no. Después de todo, corrían el riesgo de ser sancionados, ya no por el juez central, si no por  las autoridades sanitarias.

Desde ese día decidí no  ver más partidos de fútbol hasta que  el  público- es decir, la fiesta, -volviera a las  graderías.


Al fin y al cabo, el deporte es puesta en escena , ritual revestido de profundos simbolismos. Tanto, que escritores, poetas, filósofos, sociólogos y antropólogos se han encargado de mostrarlos y cantarlos  en detalle. Fue  Elías Canetti quien señaló que  durante el partido el público- los feligreses- le dan la espalda a la ciudad y  centran toda su atención en el ritual que los deportistas- sacerdotes-ofician en la cancha. Es así como se produce la transmutación del caudal de energía positiva y negativa acumulada  durante  la semana.

En el espectáculo como ceremonial, el gol deviene acto de comunión, igual que los gestos y palabras del oficiante en la misa o del actor en el teatro.

Así que, durante la primera fase del confinamiento,   deportistas y aficionados se extrañaron por igual. Poco importó que las empresas de  radio y televisión, ansiosas por recuperar el ritmo de sus ganancias, apelaran a la farsa del sonido ambiente pregrabado, con el fin de crear la ilusión de la ceremonia en vivo. Pero sucedió como en  las malas comedias norteamericanas enlatadas para televisión, que utilizan risas pregrabadas con el fin de estimular la hilaridad del público, pero siempre les sale al revés : el truco  provoca  desconcierto y acentúa la sensación de ridículo.


Fue en ese momento cuando mi hija, que estudia artes  escénicas y desde su niñez profesa una genuina devoción por el teatro, me recordó la similitud.

"Pasa igual cuando   transmiten una  obra de teatro por internet", me dijo. "Uno prepara la obra, ensaya, se   equivoca, acierta, repite el ensayo, hasta que se aproxima un poco a lo deseable. El director , los técnicos y los tramoyistas cumplen con lo suyo y los actores saltamos a las tablas convencidos de que lo estamos haciendo bien… hasta que alguien  prende la cámara y la magia se desvanece.  La  diferencia  es elemental: la obra se prepara para ser puesta en escena frente a un público presencial, que al final aprueba o reprueba. Al contrario,  la cámara crea una distancia, que de inmediato enfría la atmósfera y paraliza las emociones, algo vital para que la obra salga bien. Lo resumo: una obra de teatro  al frente de una cámara no es teatro sino televisión. Por eso el público se desconectaba tan rápido durante las funciones virtuales".

En este punto de su reflexión, pensé en la expresión entre perpleja  y abrumada del pobre Messi y de sus compañeros:  su rito era oficiado en el centro mismo de la nada. O lo que es lo mismo: para nadie. Por eso entendí  tan bien cuando, al anunciarse el retorno a las clases presenciales, mi hija empacó sus maletas y salió a toda prisa para su universidad. 

Después de  una espera que se le antojó interminable, al fin  hay vida en las tablas.


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.

https://www.youtube.com/watch?v=4TN9x3M23GY


martes, 7 de diciembre de 2021

Me siguen, luego existo

                                   La fama


En tiempos de la antigüedad clásica el concepto de fama estaba relacionado con el de prestigio. De hecho , en el Libro IV  de La Eneida  de Virgilio se la concibe como La voz pública, engendrada por la Tierra  después de Ceo y Encédalo. En las imágenes más conocidas, aparece dotada de numerosos ojos y bocas. Tiene, además, la capacidad de volar con  gran rapidez.   A menudo se la asociaba con actos heroicos  en beneficio de los humanos.

Sin embargo, como tantas divinidades, tiene su lado oscuro y  en ocasiones aparece como un monstruo, un mal cuya capacidad de propagación lo hace más letal que cualquier otro.

Famosos por sus gestas fueron Moisés, Cristo, Alejandro de Macedonia, Cleopatra, Marco Polo o Cristóbal Colón, para mencionar sólo seis entre las grandes celebridades de la Historia.

                                   Cleopatra

Todos ellos contaban con numerosos seguidores que se encargaban de acrecentar su  aura de leyenda. Ese concepto, el de seguidor, ligado a caudillos y líderes religiosos se remonta entonces  a los comienzos de la Historia. En muchos sentidos, surgían por la combustión espontánea de grupos sociales empujados por su fuerza expansiva  o por una necesidad de trascendencia.

El famoso les daba así sentido a sus búsquedas.  En contraprestación, La voz del pueblo lo  elevaba a  tronos terrenales o celestiales.

Con el paso de los años, y tras el advenimiento de los medios masivos de comunicación,  la noción de fama y de famoso se desdibuja y degrada hasta  convertirse en sinónimo de algo o de alguien que aparece de manera repetida en las portadas de las revistas o en los programas de televisión.

Internet lleva esa transformación hasta límites no sospechados. En este caso, famoso es aquel que trabaja para multiplicar su imagen en las redes sociales. Ya no se necesita de una voz colectiva que reconozca y valore sus méritos:  con algo de tiempo y habilidad, el  famoso o aspirante  a serlo puede encargarse de esa tarea.


El fulano puede ser a la  vez su propio asesor de imagen, su jefe de prensa, su publicista y su jefe de mercadeo

Da igual si lo que  dice  o hace es bueno o malo en el sentido ético o moral de la expresión. Es decir,  que su valor intrínseco resulta insignificante. La idea de prestigio, que en un comienzo tuvo una connotación positiva , se disuelve. El público ya no necesita de criterios- algunos dicen que nunca los tuvo- para calificar si una acción política, un libro, una canción, un espectáculo  o un deportista están revestidos de belleza, de calidad, profundidad, armonía o contenido. Viejos principios que , durante siglos, ayudaron a ubicar los actos humanos en dimensiones que  contribuían  a comprender y evaluar los aportes de individuos  y grupos sociales al devenir de la humanidad.



Fue así como los factores cualitativos fueron remplazados por los cuantitativos. Ya no importa por qué siguen al héroe. Sólo interesa  saber cuántos lo siguen.

Son esas cifras las que le dan peso y densidad existencial en el cuerpo de la sociedad: Me siguen, luego existo, es la curiosa ley que rige esos dominios.

¿ El resultado? Al consumidor de información le resulta cada vez más difícil diferenciar entre buenos y famosos.

Pero Internet ha servido también para denunciar infamias, corruptelas y abusos  que en otras épocas eran  silenciados con facilidad, dirán muchos de ustedes. Y les asiste toda razón.

Pero el asunto hoy es otro.

Si las acciones del héroe o el famoso contemporáneo  son beneficiosas o dañinas resulta irrelevante, con tal de que le permitan incrementar el número de  sus seguidores. Por eso  puede tratarse de un asesino como Popeye el Sicario, el futbolista de una liga de élite, un cantante mediocre  salido de un Reality Show, el demagogo consagrado a alimentar el pánico entre sus seguidores para ofrecerse como redentor o  una actriz dedicada a propagar sus chismes de cama entre las audiencias.

El truco es simple: usted sólo debe encontrar la manera  más rápida de que la gente digite Me gusta o Reenviar. De ahí en adelante el fenómeno  se alimenta de sí mismo, soportado en el principio de rebaño, tan conocido en el reino animal al que pertenecemos los humanos.

Cuantas más  personas pulsen los iconos acordados, más individuos se sumarán al cardumen. Así de fácil se construyen partidos políticos, glorias del deporte, fetiches del mundo del espectáculo, pastores de sectas religiosas… o grupos de exterminio. Porque en este singular universo hay para todos los gustos. Al fin  y al cabo, el secreto consiste en que algo o alguien se convierta en tendencia hasta hacerse viral, dos palabras caras  al mundo de las redes sociales.

No es difícil adivinar el paso siguiente. Cuando el número de seguidores supera ciertos límites, el famoso se convierte en una vitrina. Muchas empresas lo buscarán para promocionar  productos  y servicios en sus redes. Entonces su codicia aumentará y buscará nuevas maneras de generar tráfico en Internet: la ecuación puede elevarse hacia cotas demenciales.



Andrés Botero, periodista amigo, se preguntaba- y me preguntaba- qué diablos podía explicar  el fenómeno de influenciadores- así les dicen- como La Liendra o Epa Colombia, cuyo  número de seguidores no para de multiplicarse. “¿ Cómo se entiende semejante estupidez?”.  Me dijo un día, al borde de la  desesperación.

“No hay misterio”, le respondí. “Es la vieja y conocida estupidez humana. Sólo que elevada hasta la exasperación. Y, como el universo, es infinita”-  le salí al paso. “Así que no desespere: ya vendrán tiempos peores”.


PDT . les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.
https://www.youtube.com/watch?v=eRQ3irjdpDw

martes, 30 de noviembre de 2021

Dosquebradas 49 años: días de industria



Camino al trabajo

Al  finalizar los años ochenta del siglo XX era posible ver una romería de mujeres  subiendo a pie la cuesta de  La Popa  a  eso de las cinco y treinta de la mañana.  

Buena parte de ellas eran bonitas y jóvenes. En sus bolsos de mano llevaban portacomidas con el desayuno y el almuerzo: debían cumplir una jornada de trabajo que se extendía de seis de la mañana a dos de  la tarde.

Su labor la desempeñaban en las decenas de fábricas de confecciones que a lo largo del tiempo se asentaron en lo que se llamó Zona Industrial de La Popa, dándole de paso a Dosquebradas el  calificativo de “Municipio Industrial”.

Hasta que la apertura económica    inundó el mercado de productos baratos y  un porcentaje elevado de esas fábricas se vieron obligadas a cerrar, dejando en el desempleo a cientos de mujeres,  muchas de ellas  cabeza de familia.

Lucía Marín se  contaba entre las nuevas desempleadas.

Sus padres habían sido expulsados por la violencia al finalizar la década de los cincuenta. Tenían una pequeña finca en Belén de Umbría y una noche de lluvia escaparon con lo que tenían puesto.

Como pudieron, construyeron un rancho de esterilla en lo que hoy es la urbanización Guaduales. Tocaron puertas hasta que se despellejaron los nudillos. Un día alguien les dijo que en Paños Omnes, una empresa recién  fundada por franceses, necesitaban gente para trabajar en oficios varios.

Aleida, su madre, se enroló como aprendiz en  Paños Omnes en 1953, justo cuando el general Gustavo Rojas Pinilla se tomó el poder en Colombia, encabezando un alzamiento militar  que en principio despertó esperanzas entre la gente, para convertirse después en detonante de nuevos horrores.

Alejandrino, su padre, sólo sabía manejar el machete  y el hacha y se dedicó a podar jardines en las casas  de las familias pudientes de Pereira.

“En Dosquebradas lo que se dice  familias pudientes no había. La ciudad se fue poblando en desorden, a medida que llegaban familias de distintas regiones en busca de trabajo. Yo nací aquí en el año  cincuenta y cinco. No había calles. Uno salía hacia la escuela y  tenía que caminar en medio de un pantanero durante la temporada de lluvias. Si era verano la polvareda no dejaba respirar. Vivíamos rucios de polvo y enfermos de tos casi todo el tiempo”.

Lucía acaba de regresar de España, país al que viajó en 1997, luego de dos años de buscar trabajo en Pereira, Dosquebradas y Santa Rosa.


“Eso fue una situación muy dura, porque las fábricas cerraban y era mucha la gente que  andaba en las mismas, tocando puertas en busca de una oportunidad, pero nada. Con dos hijos pequeños y sin marido tomé la decisión, animada por dos  ex compañeras que ya se habían instalado en Gran Canaria, arreglando pisos  y trabajando como cocineras en restaurantes. Los niños quedaron bajo el cuidado de mi hermana Edelmira y solo después de cinco años pude llevármelos. Todo anduvo bien hasta que hace diez años  las cosas empezaron a volverse malucas en España. El trabajo se volvió escaso, los salarios bajaron y los nativos comenzaron a mirar feo a los extranjeros. Con mis hijos ya mayores de edad y con su nacionalidad española no tenía que preocuparme: los dos, Julieth y Alberto, tomaron la decisión de quedarse, pues ya tenían sus trabajos y estaban estudiando. Así que aquí estoy, con mi casa propia y mi pequeña empresa de confecciones en la que  fabrico camisetas para varios empresarios de Pereira y Cartago”

Muevan las industrias

En los comienzos fueron Comestibles La Rosa y Paños Omnes entre los extranjeros. Dosquebradas era corregimiento de Santa Rosa de Cabal y el municipio creó condiciones tributarias especiales para estimular la llegada de inversionistas.

Así fue como muchos emprendedores hicieron   préstamos, compraron tierras y levantaron  instalaciones que después  dotarían con las máquinas necesarias para  producir prendas de vestir. 

Las primeras empresas llevaban la estela del apellido familiar a modo de marca: Naranjo,  Velásquez, Botero, Cano.

Después, siguiendo la ruta del consumo, adoptaron marcas más a tono con los tiempos: Nicole, Florance y, años más tarde, Kosta Azul,  que  ya traía en su lema un tufillo de globalización: "Elegance de París".

A medida  que se multiplicaban las fábricas, el flujo de inmigrantes aumentaba. Con ellos  empezaron a aparecer barrios  bautizados con nombres como Otún, La Capilla, Puerto Nuevo, La Romelia, El Japón y San Fernando.

Eran barriadas obreras en las que el mestizaje se hacía sentir con su variedad de acentos, comidas, músicas y giros del lenguaje.

“Véndame una chuspa de parva y cinco de confites”, decían las señoras cuando hacían sus pedidos en las tiendas fundadas por los inmigrantes que no se enrolaron en las fábricas.

“Póngame otra vez ese disco El provinciano, de Olimpo Cárdenas”, clamaban los borrachos, arrasados por las nostalgias de sus pueblos de origen, cada vez que se acercaban a los expendios de cerveza y aguardiente donde, además, vendían petróleo y carbón.

De  lunes a sábado sus brazos movían las industrias que le dieron prestigio a Dosquebradas.

Los domingos en la tarde peregrinaban hacia el  estadio  Mora Mora, donde el Deportivo Pereira libró grandes batallas contra   equipos de leyenda como Millonarios  o Deportivo Cali.

Uno de esos fieles devotos del fútbol es Arcesio Quiceno.  Ya anda por los ochenta y cinco años y padeció lo suyo durante el partido en el que Inglaterra eliminó a Colombia en los octavos de final del Mundial de Rusia.

Cambio de tercio

“Nosotros fuimos corregimiento de Santa  Rosa  de Cabal hasta el año de 1972, cuando nos convertimos en municipio. En realidad ese fue más un asunto de los políticos que de los habitantes del pueblo. Nosotros andábamos más preocupados por resolver los problemas  urgentes: los servicios públicos, la salud, la educación de los hijos, las vías. Aparte de eso, las oportunidades para la recreación eran casi nulas: ni estadio, ni parques, nada. Durante años nos salvaron los paseos al lago de La Pradera, la visita de los circos y las corridas de toros en la  Plaza de la Castellana.  Muchos todavía recordamos   las faenas de Paco Córdova, nuestro gran torero  regional, o las presentaciones  de los enanitos  toreros que hacían el deleite de toda la familia. O al menos de los que teníamos con qué comprar la boleta.



“El problema es que Dosquebradas siguió creciendo sin organización a la vista. Convertirse en municipio no representó cambios importantes. Todavía hoy seguimos teniendo muchos problemas.  Para comprobarlo, basta con recorrer la ruta que parte de Los Pinos, cruza la antigua estación del ferrocarril y pasa al otro lado de la vía a Manizales, donde encontrará barrios como La Mariana, Camilo Torres y Los Alpes. Si continúa su recorrido acabará topándose con Frailes, El Japón y Santiago Londoño. Al igual que  hace medio siglo son lugares  habitados por personas que llegaron desplazadas por la violencia o en busca de un trabajo que no han encontrado. Por eso la mayoría vive en la informalidad, trabajando en la construcción o vendiendo aguacates en las calles”.

De la raza calé

Todavía en los años noventa  del siglo  XX era posible encontrar familias gitanas en el sector de La Pradera, en Dosquebradas. Siguiendo una herencia milenaria, las mujeres se dedicaban a adivinar la suerte y los hombres a  la forja de metales y a la crianza de caballos. A veces, cuando se reunían a  festejar días claves en la memoria del clan, era posible mecerse al ritmo de una lengua en la que fluían palabras como  Alcandi, Alune, Ambró, Altacoya y Alqueru. Las mujeres se llamban Jovanka- una variante romaní de Juana, que quiere decir  Yavé es misericordioso- Jofranka, Kavi, Dika y Luminitsa. Por su lado, los hombres  se llamaban Gyula, Melalo o Cappi.

Dicen  que los primeros gitanos fueron traídos a Cartago por Jorge Robledo en 1545. A Dosquebradas  arribaron en los años cincuenta del siglo XX.  Allí encontraron lotes baldíos  para instalar sus tiendas. Unos cuantos sucumbieron a las tentaciones del sedentarismo  y construyeron casas, pero al final no resistieron el tedio y volvieron a sus caminos de siglos. A la hora de partir dejaron  un rastro de leyendas que incluyen desde seducciones a damitas de sociedad hasta rapto de niños.


Arcesio  Quiceno prefiere conservar en la memoria la imagen de los matrimonios celebrados en el lago de La Pradera, cargados de un ritual donde la música de los violines convocando a la danza creaba  un aura  que todavía lo conmueve cuando los evoca en medio de algún insomnio. Eso y la devoción por el agua: como todos los pueblos nómadas, los gitanos buscan la orilla de un gran río  o de  un lago  para asentarse. Lo demás llegará a su debido tiempo.

A Santa Rosa o al charco

A través de los años, todos hemos escuchado esa frase que acabó por  resumir el espíritu  de la osadía a la hora de las grandes determinaciones.

Pero, como sucede con buena  parte de esas sentencias, su origen se pierde en  los meandros de la memoria colectiva.

Por ejemplo, en la cultura popular española se les atribuye a los aragoneses una tozudez que los ha llevado a desafiar al mismísimo  Dios.  De uno de esos retos deriva la expresión  “A Zaragoza o al charco”… aunque no existiera charco alguno en el camino a Zaragoza.

En el caso de Dosquebradas    sí abundan los charcos. De hecho, la población está asentada sobre un entramado de quebradas y riachuelos que en los inviernos prolongados convierten las tierras en una laguna.


Cuentan los relatos de viajes que durante muchos años los viajeros y mercaderes que pretendían llegar desde Cartago a  Santa Rosa de  Cabal para tomar la ruta hacia Manizales y Antioquia debían  elegir entre dos opciones: aventurarse en la Serranía del  Nudo, con riesgo de afrontar deslizamientos de tierra o adentrarse  con sus bestias por  pantanos donde corrían el peligro de atascarse.

Dicen que los aventureros se santiguaban, se encomendaban a todas las legiones celestiales y pronunciaban  el conjuro que acabó por volverse célebre: “¡A Santa rosa o al charco”!

Entre los primeros colonizadores  de este territorio se menciona a Fermín López, quien habría arribado en 1804, seducido por la promesa de tierras baldías y fértiles ubicadas al final de la cuesta que conducía hacia Cartago. Al menos se sabe de su muerte, acaecida en 1840 en un pequeño caserío ubicado en lo hoy es el sector de La Capilla, en Dosquebradas.

Más tarde se registra la llegada de Isaías Colorado Londoño, Bernardo López Pérez, Lilian Palacio de Alzate, Félix Montoya, Antonio Holguín, Eloy Zapata, Colombia López de Holguín, Lino Pastor López, Narcés Ortiz, Jorge Sanín Salazar y Nardo José Castaño.

En ellos se juntaron los caminos de quienes un día partieron de Antioquia y el Estado Soberano del Cauca en busca de fortuna o escapando de las guerras civiles que precedieron  o sucedieron las pugnas por la independencia



Hoy, las tierras que rodean a Dosquebradas son transitadas por jóvenes ambientalistas y por mochileros llegados de tierras remotas  a conocer de primera mano los mensajes marcados en las piedras cercanas al río Otún por los indígenas quimbayas que habitaron la zona.

 Esos pueblos habrían enterrado a la legendaria princesa Yanuba  en  el sector  bautizado  con el nombre de La Badea, que durante muchos años fue centro de oración para los feligreses católicos durante la temporada de  Semana Santa.

Siguiendo el camino de  La Badea, al cruzar el puente sobre el río Otún se alcanza la calle diecinueve de Pereira o Calle de la Fundación, que conectaba a los   viajeros con el rio Consota, en cuyas  cercanías se encontraba el Salado de Consotá, centro de grandes operaciones comerciales durante los tiempos de la conquista y la colonia.

De allí conectaba con el Camino del Quindío, lo que hizo de Dosquebradas  un importante eslabón en las rutas de poblamiento de estos territorios.

En su condición de eslabón, el municipio fue desde sus comienzos un cruce de caminos en el que los rieles del ferrocarril y el puente Mosquera, ubicado a la altura de los barrios Otún ( San  Judas) y El Balso constituyeron el punto de intercambio de bienes y personas entre las zonas más dinámicas del centro del país.


Por esas rutas llegaron las industrias que durante medio siglo fueron la impronta de la localidad.

Y  de esos lugares partieron los emigrantes que se jugaron la carta de la vieja Europa cuando las cosas se pusieron difíciles.

“¡A España o al charco!” dicen que exclamaron algunos cuando se disponían  a abordar el avión.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=aCyujVKzqHY