miércoles, 19 de septiembre de 2018

Manuel Salvador Posada o la visión de las cosas simples







El médico Rodrigo Posada Trujillo recuerda con nitidez el día que recibió su título de especialista en Otorrinolaringología.

Fue en Barcelona, España. En el pergamino entregado por la Universidad Autónoma de Barcelona  se lee esta frase: “Don Rodrigo Posada Trujillo, nacido en Betulia Antioquia Colombia”.

Betulia. El ombligo de su mundo personal. El centro. El lugar donde  empezó todo.

Betulia, un pueblo colgado en las montañas de Antioquia  cuyos hijos padecieron, igual que tantos, los horrores de la violencia entre liberales y conservadores.

Betulia. Con ese nombre sonando en  lo más hondo de  sus recuerdos, Posada  Trujillo emprendió  la escritura de su libro Manuel Salvador  Posada Imagen de un padre visionario. Un  intento de aprehender lo más esencial de su condición al paso que les rinde un tributo a sus mayores. 

A su capacidad para sobreponerse al infortunio.

Pero sobre  todo a su tozudez para implantar en los suyos la idea de que es necesario emprender la transformación del propio  ser, como una  manera de dignificar y en esa medida mejorar la vida de los otros.

Y en ese propósito juegan un papel trascendente las buenas lecturas y su resultado ineludible: la educación, el cultivo del espíritu.



Ese viaje a la memoria implica desandar los pasos que conducen a la infancia. A sus  momentos de dichas y pavores.

“Lo familiar se torna en certidumbre de un pasado que habita en mi presente, con esa intensidad asombrosa de los días en que retornamos a la raíz y brotamos de ella gratificados con un devenir hecho de logros y satisfacciones. Lo familiar me une al recuerdo de los otros y me hace bien, sobre todo cuando al cambiar de acera, al esquivar las recuas de  mulas que bajan sudorosas de las fincas, cargadas de café; al andar a la tienda donde se exhiben los abarrotes en hondos cajones de madera y me dejo envolver por el inolvidable olor del maíz mezclado  con el Jabón Rey y la naftalina, se produce una revelación súbita que mis palabras no alcanzan a describir. 

Solo la voz regia de la  dueña de la tienda me regresa al presente”.

Es Proust.



Quiero decir: es el espíritu de Proust  que atraviesa las ciento ochenta páginas del libro de  Posada  Trujillo. Gran  lector de prosa y poesía, aparte, claro, de  las obras científicas imprescindibles  para  su formación profesional, el médico está dotado de un lenguaje limpio y desprovisto de adornos: no por casualidad recibió de su padre Manuel Salvador el legado de las buenas lecturas.

Aquí va una muestra  de su gratitud por esa herencia:

“Mi padre era temperamental y terco. Heredó mucho del carácter de  mi abuelo Eduardo Posada, con quien tenía serias diferencias en cuanto a la visión de las cosas simples de la vida. El abuelo solo  toleraba en su horizonte que su hijo trabajara la tierra y que en ella depositara todo su empeño, como lo habían hecho sus ancestros. Pensar un destino distinto al de agricultor resultaba una herejía, como si de la noche a la mañana a su hijo se le ocurriera cambiar de religión. Tal vez por eso papá hizo de la lectura una experiencia y de la conversación con sus amigos una forma de la solidaridad,  es decir, de compartir  ideas, temores y sospechas. Quien lee amplía el horizonte de vida, imagina, crea, codicia y pone en práctica en su realidad algo de eso que busca lugar en su imaginación. No de otro modo es posible avanzar en el autoconocimiento que le permite a uno ser otro, acaso más arriesgado y decidido”.

Ese fervor por los libros  hizo del viejo Manuel Salvador un hombre de sólidos principios liberales. 

Por eso, a pesar de las limitaciones económicas, se formó el propósito de brindarle a su descendencia la oportunidad de mejorar su  vida a partir de la educación profesional. Fue así como su hijo Augusto acabó estudiando medicina en Córdoba, Argentina,  imponiéndole de paso el compromiso de ayudar  a  su hermano Rodrigo, una vez concluida su carrera.

Fue ese tesón el que los llevó  a salir de una condición descrita por Rodrigo  en su libro con el tono distante de quien se sabe a salvo de  grandes peligros.  Evocando a su padre nos recuerda que:

“La primera adversidad está en el número de parientes a su cargo. En la casa de Tarquí, una finca lejana en la que mi hermano mayor pasó parte de su infancia, se alojaba una especie de ejército derrotado, sin más armas que  la comunión familiar y sin más contingencia que la inmovilidad espiritual. Ahora que mi hermano ha venido de Costa Rica a visitarme a Pereira y que ha accedido a  recordar pasajes de su vida para este libro, me recuerda que en  la casa de Tarquí vivían, inicialmente, siete personas, pero ese número fue aumentando con  los meses, dice, como aumenta el número de víctimas con el correr de las horas en un desastre natural”.



Ese desastre natural era, cómo no, uno de los muchos coletazos del monstruo que llamamos Historia de Colombia.

Los recuerdos son como nubes. Algunos pasan allá, muy alto, y apenas si atinamos a decirles adiós con la mano mientras se disuelven en  hilos dorados al ser atravesados por un rayo de sol.

Otros en cambio,   son de vuelo  bajo y basta con pulsar un  sonido, un rumor, un aroma, para que se  materialicen ante nosotros con una densidad un poco mayor a la de los fantasmas.

Justo en ese  momento debemos atraparlos con la red de  las palabras, para darlos en ofrenda a los otros como prueba de nuestro común paso por  el mundo.

A esa gozosa tarea se consagró el médico Rodrigo  Posada  Trujillo, y  aquí  está de vuelta con  un libro escrito en una prosa limpia y sin alardes, en el que da cuenta de su particular viaje a lo más profundo de la memoria.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:


jueves, 13 de septiembre de 2018

No mires atrás






“Podemos dar a Luisa oportunidade du contato com a música, onde ela deu os primeiros passos de leitura de partituras de músicas clássicas e nos presenteava, ao final do ano, com seus emocionantes  concertos de violao.

“Em casa tínhamos um casal de periquitos- puby e cátia- que completavan a alegría do novo lar que conseguimos construir em paz

En esos dos párrafos, que aparecen en la página 99, se condensa buena parte del hondo  sentido del libro Um olhar no retrovisor e outro na Estrada,  de la brasileña   Ieda Lima,  una de esas historias  en primera persona que cortan el aliento, en tanto  suponen un viaje a lo más profundo y terrible de una aventura personal marcada por el dolor del destierro.

Pero también por la esperanza.

La música, ese hilo que nos conecta con lo más esencial de nosotros  mismos, les permite a Ieda  y a y su familia echar raíces, por precarias que sean, en el suelo de la antigua República  Democrática Alemana, luego de que tuvieran que escapar de  su Brasil natal, y posteriormente de Chile, durante los años más terribles de las dictaduras militares en América Latina.

Y, al fondo,  dos periquitos frágiles y firmes a la vez, que le dan calor  a ese nuevo hogar en  el que intentarán con todas sus fuerzas recuperar algo de la paz perdida.

La paz de que gozó durante su infancia y juventud en Campina Grande,  Estado de Paraíba, en el nordeste de Brasil. Tiempos en los que le gustaba cantar, escribir y tomar fotografías.

Pero la vida, dadora de sorpresas, le tenía preparado un camino diferente.



Corrían los tiempos de la Guerra  Fría. Por esos días, Alemania estaba dividida en dos: República Federal, cuya capital era Bohn; por  su lado, la República  Democrática tenía a Berlín Oriental como su capital.   La primera estaba alineada con las naciones occidentales mientras la segunda respondía a la injerencia  soviética.

A  esa Alemania oriental llega Ieda Lima en 1974, luego de salir de Chile perseguida por la dictadura de Augusto Pinochet.

“O grupo dos asilados políticos vindos do Chile passou poco menos de una semana em um hotel, onde fomos preparados para asumir a vida de  asilado, como trabalhador e aprendiz do alemao, simultáneamente. A seguir, ese grupo foi distribuído em quatro cidades: Berlim, Halle, Dresden e Zwickau. Recebemos a chave do nosso apartamento mobiliado, a designacao da vaga  de emprego e a matrícula de Luisa na creche, para a cidade  de Zwickao”.

A vista de pájaro, el párrafo  tiene el aire distante y seco de un relato notarial. Pero uno descorre el velo y  descubre el desamparo de  todos esos desterrados por los militares en razón de su creencia o militancia política.

Esa aparente frialdad es el recurso supremo para  no quebrarse. Para seguir viviendo.



Para llegar hasta allí, Ieda  Lima tuvo que pasar por la cárcel en su país y por el Panamá de Torrijos durante los días de lucha  para recuperar el Canal.

Pero  antes le tocó  sobrevivir a la pesadilla de Chile, donde Pinochet, con la ayuda de los Estados Unidos, había puesto un sangriento final al gobierno democrático de Salvador Allende.

“Passei a noite na prisao, em una cela muito pequeña e fría, com mais tres mulheres estrangeiras, dua uruguaias e uma argentina. Nao preguei o Olho! Nao consigo lembrar a fisionomía dessas minhas companheiras de cela.

“Havíamos sido comunicadas que iríamos ser transportadas para o Estádio Nacional-prisao coletiva para chilenos e estrangeiros- onde as polícias  militares do Chile trabalharam em conjunto com as de outros países da América Latina sob Ditadura Militar, inclusive do Brasil, nos interrogatorios e torturas”.

Interrogatorios y torturas. Esos viejos monstruos a los que deben  enfrentarse quienes se atreven a desafiar los poderes de este  mundo

En esa huida,  Ieda  Lima tuvo que dejar a Luisa, su pequeña hija, en casa. Ese acto marcaría  sus pasos  de ahí en adelante, al punto de que en la página  setenta y cuatro del libro se recrimina:

“Carreguei por anos essa culpa de  ter de deixar minha filha sozinha, até que tive condicao para fazer una terapia decente, já nos  anos 90, em Brasília”.



Muchos años después, ya instalados en Alemania, esa misma niña, Luisa, les ayudará a curarse las heridas con  sus emocionantes conciertos de violín.

No hay tregua para la memoria ni para el lector en las  ciento sesenta páginas de este libro tierno y feroz a la vez: es  la única manera de salir a la otra  orilla sin convertirse en un monstruo igual o peor que los perseguidores.

Como bien lo sugiere su título,  la vida siempre está un paso más adelante de nosotros. Por eso, al pasado solo debemos volver en busca del conocimiento  y la sabiduría necesarios para llegar al  final del camino lo más purificados posible.

Como  esta mujer menuda y fuerte que regresó del infierno  decidida a participar en la vida pública de su país una vez restaurados los derechos civiles.

Una vida pública que la tuvo hace poco de paso por Pereira, donde bailó músicas colombianas entre guaduales bañados por la luz de la luna y compartió su lección de  vida con todo aquel que quiso escucharla.

Para muestra, este epílogo:

"Nem agora, nem em 1968, nem em momento algum, se pode negar ao joven o direito de sonhar, pois juventude e sonho sao inseparáveis, e precisa ser assim, para que continue havendo esperanca em um mundo melhor”.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

 

jueves, 6 de septiembre de 2018

Las formas del ácido lisérgico





 Supongo que a todos ustedes les pasó: de niños, cuando se acomodaban frente a su programa de dibujos animados favorito, no tardaban en sospechar que algún titiritero loco manejaba los destinos de esos personajes desquiciados- en el más preciso sentido de la palabra- siempre al borde de precipitarse a lo más profundo del abismo.

De El  correcaminos a Bugs Bunny,  de Tom y Jerry a La pantera rosa,  y de Tribilín a Porky, pasando por la nave de Los supersónicos, todos a una habitan  un mundo urdido a las puertas del delirio.

Algunos teóricos de la cultura de masas todavía aseguran que los dibujos animados son una vertiente del surrealismo, concepto este último que haría vomitar al autor que nos ocupa hoy: el norteamericano Thomas Pynchon

La razón es sencilla: para  el escritor nacido en Nueva York en 1937, la vida es lo suficientemente hipérbólica y monstruosa como para precisar de   teorías adicionales

En un intento de llegar a la medula de esa desmesura, Pynchon se dio a la gozosa tarea de escribir  novelas con títulos como Vineland, V., La subasta  del lote 49, El arco iris de gravedad, Mason y Dixon  y Contraluz.

Todas ellas  están hermanadas, aparte de un estilo fragmentario y pleno de digresiones – como corresponde a una  época marcada por la fugacidad- por  una  feroz animadversión hacia el modelo de vida norteamericano, marcado por la frivolidad y el consumo sin límites.

Es decir, la quintaesencia del capitalismo tardío.
  
Con esos precedentes ¿Imaginan una dimensión donde los dibujos animados son el mundo real y este último una  caricatura donde los humanos chapotean en su fango primordial, y  sin esperanzas a la vista?

Bueno, ese mundo es posible  en las novelas de Thomas Pynchon, un hijo del cine, la televisión, los cómics y el rock and roll: no por casualidad llegó   a la edad adulta cuando esas formas de la cultura popular estaban en su apogeo.



Por eso, en últimas, su obra toda está cruzada  por ese tipo de carcajada solo posible en los límites de la más extrema lucidez.

En Vicio propio, Pynchon parece haber alcanzado esos límites.

Se trata de un hilarante relato, cruzado por otros relatos, en los que no deja en pie ninguno de los mitos sobre los que se  edificó  El sueño Americano: la familia, el dinero,  el ahorro, la democracia, las sectas de todo tipo y, sobre todos ellos, el improbable  Destino Manifiesto del país de Tom Paine.

Para muestra, un fragmento de la página ciento dieciocho:

“ En su guarida de la playa, había una pintura en terciopelo de Jesús surfeando con el pie derecho por delante  sobre una tabla toscamente tallada con outriggers, que pretendía sugerir un crucifijo, por más que se hubiera practicado poco surf en el mar de Galilea, lo cual no suponía gran problema para la fe de Flip. ¿Qué era  caminar sobre las aguas sino la expresión con que la Biblia se  refería al surf? Una vez, en Australia, un surfista local, que sostenía la lata de cerveza más grande que Flip viera en su vida, incluso le había vendido un fragmento de la Santa Tabla Verdadera.”

Puestos a juegos fáciles, podríamos afirmar que se trata de  una muy ingeniosa obra inscrita en el género de la novela negra, ese instrumento narrativo forjado por los escritores norteamericanos de mediados del siglo xx para escudriñar en las entrañas podridas de su país.

Pero vamos sin prisas: tratándose de Pynchon podríamos estar ante una brillante parodia del género.

Doc Sportello es un errático investigador privado que, entre otros negocios, intenta descifrar las claves de la desaparición de Mickey Wolfmann, magnate de la construcción y amante de un viejo amor de  Doc.



En su búsqueda debe atravesar un interminable campo minado por las drogas que  fueron casi de obligado consumo en Los Ángeles y en toda  esa California en tránsito de los sólo en apariencia idílicos años sesenta  hacia las manifestaciones más brutales del capitalismo, entronizadas como única forma posible de vida por el catecismo de las grandes corporaciones.

Doc mismo consume  cuanta sustancia se le cruza en el camino. Por esos días,  medio mundo buscaba  la redención mediante  la ingestión de alguna  pastilla. El ácido lisérgico, el  legendario y diabólico LSD, era  algo  así como una clave para abrir las puertas de  la percepción de las que hablara el poeta William Blake, elevadas a la categoría de liturgia en los sesenta por el músico de  rock Jim Morrison.



Porque el rock and roll es la banda sonora de esta novela de  cuatrocientas veintidós páginas en las que, más allá de  las apetitosas  rubias que surfean en las playas de California y buscan entre los ejecutivos jipis algún buen ejemplar para llevarse a la cama, se escucha el estruendo de las bombas de napalm arrojadas sobre los vietnamitas y el avance de las excavadoras que  echan por tierra  barrios enteros, en una nueva avanzada de la codicia urbanizadora.

Al fondo, muy al fondo, se ve la estela de miedo dejada por  La Familia Manson luego de los crímenes cometidos en la noche del 8 de agosto de 1969, apenas dos años después del llamado Verano del Amor.

Más acá, en primer plano,  presenciamos con nitidez las revueltas de los negros del sector de Watts, 
en Los  Ángeles, y su sangrienta represión por parte de la policía.



De vez en cuando, como otro capítulo más de los dibujos  animados, el presidente Richard Nixon asoma su hocico en la pantalla del televisor  para recordarles a sus asustados ciudadanos que él sigue allí, como  garante de su seguridad y gran vigilante de sus  miedos diurnos y nocturnos.

Ciudadanos como  Motella y Lourdes, dos pelanduscas de línea dura, capaces de diálogos como éste:

-          Oohhh, sólo me preguntaba cómo sería meterse en la cama con alguien que tiene el nombre de otra persona tatuado en el cuerpo.

-          No veo el problema, a  no ser que lo único que hagas en la cama sea leer- murmuró Lourdes.

Esas son la California y la Norteamérica narradas por Thomas Pynchon en esta diatriba despiadada contra un país y una manera estar en el mundo que constituye en sí misma un vicio propio.


PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada