jueves, 17 de marzo de 2011

Todo por un bareto


De entrada, es necesario tener en cuenta que estamos hablando de un país donde, el menos  para algunas políticas de gobierno, es más grave traficar con drogas que masacrar y despojar de sus tierras a miles de personas y por eso se  extradita a   paramilitares y guerrilleros en lugar de juzgarlos y condenarlos por sus crímenes, lo cual  ilustra muy bien la catadura moral de un porcentaje bastante alto de sus inquilinos. Ese mismo país cuyas élites, al menos en un gran porcentaje, amasaron sus fortunas con el contrabando, el  saqueo de los recursos públicos y la  participación soterrada en el tráfico de narcóticos.
Como si fuera poco, un elevado número de alcaldes, gobernadores, congresistas, concejales, diputados y presidentes o aspirantes a serlo han financiados sus campañas con dineros provenientes de esos negocios.
Y aquí es donde surge la paradoja, porque en ese mismo país ,o esa  “Patria”, como repiten algunos políticos  con monomaníaca obstinación, el  Procurador general- el mismo al que  algunas organizaciones de mujeres acusan de “ meter el rosario en sus ovarios” en la discusión sobre el aborto- ha emprendido por enésima vez una cruzada para volver a penalizar la dosis personal de  drogas, una situación ya juzgada en derecho por la corte en consonancia con esa constitución política de 1991 que sus forjadores definieron como “La brújula para un nuevo país”.
¿Qué sucedió entonces? Pues que,  para empezar, nunca  hubo nuevo país. Todo  lo contrario : nuestra historia actual parece una vuelta a los peores momentos de oscuridad. Hace menos de un año estábamos  regidos por un caudillo que alimentaba a punta de encuestas de popularidad su obsesión por el poder, aupado por una cofradía de aduladores que se autoproclamaban  filósofos y por una casta corrompida hasta lo más hondo de sus entrañas. Todo ello soportado en la devoción cuasi religiosa de una masa acrítica que madruga todas las mañanas  a extasiarse  frente a la pantalla del televisor, que funciona como una auténtica dosis colectiva de estupefacientes donde reinan un animador y un cura que confunden la diversión con la estulticia y la bonhomía con la  manipulación de los sentimientos ajenos.
Por eso, lo que gravita  sobre la obsesión por prohibir de nuevo la dosis personal no es solo un asunto de moral o de salud pública. Es algo más sutil y por lo tanto más peligroso, pues apunta en realidad a vulnerar la  autonomía del individuo  para entregarle a un gobierno la facultad de incidir en sus decisiones más íntimas. Sucedió cuando el hoy ex presidente les recomendó a los jóvenes guardarse el “gustico”  del sexo para el matrimonio. Aconteció igual cuando se  intentó convertir algunos delitos y crímenes de lesa humanidad en pecados, eludiendo con ello las responsabilidades civiles  y penales de quienes los cometieron. El resultado de  todo eso es un rebaño incapaz de construir civilidad y democracia, porque estas se forjan a partir del consenso entre sujetos dotados del sentido crítico y la capacidad de reflexión necesarios para  tomar decisiones  que conjuguen los intereses del individuo y los del  colectivo. Lo contrario es  un remedo de sociedad armado con el formato de un  dramatizado de televisión, donde una congregación de beatos puede tomar decisiones de  Estado y armar un zafarrancho de dimensiones colosales, por algo  tan personal e inalienable  como fumarse o no un bareto.

2 comentarios:

  1. Increíble... los debates que fomentan "los padres de la patria"... antes de hablar de legalizaciones se deberia primero resolver los problemas básicos: educación, trabajo y salud. Si esos problemas se hubieran resuelto hace tiempo... hoy no tendríamos que preocuparnos por la drogadicción... producto de esas políticas corruptas y de doble moral de los Politiqueros.

    Saludos Maestro! desde algun lugar del ciberespacio.
    Att: GabrieL Trejos

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  2. Como, siempre, apreciado Gabriel, muchas gracias por aceptar este diálogo, que no otra es la intención de un blog.

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