viernes, 9 de diciembre de 2011

Cuando los arqueros sabían volar


A la memoria de Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira. Amén.

Cuenta la leyenda que hubo una época en  que los arqueros de fútbol volaban de palo a palo, como pájaros a la caza de frutos imposibles. Dicen además que en ese panteón de semidioses  habitaban tipos como Lev Yashin, Amadeo Carrizo, Ricardo Zamora o Gordon Banks. Criaturas aladas capaces de estirarse en el aire y ahogar con las yemas de los dedos el grito de júbilo  que ya empezaba a  incubarse en la garganta de figuras no menos legendarias  como Pedernera, Kubala,  Sívori, Garrincha, Pelé o Sócrates. En nuestro medio, esa estirpe  tuvo sus representantes más conspicuos  en ídolos que casi siempre llegaban del sur del continente y  respondían a los  nombres de Rosendo Toledo, Isidro Olmos, Raúl Navarro  o  Juan Carlos Delménico. Entre los locales,  Senén  Mosquera, Otoniel Quintana, James Mina  y Pedro Zape tienen, gracias a sus atajadas de fábula, un lugar asegurado en la memoria de los aficionados.
Pero eran otros tiempos, desde luego. Porque entonces el fútbol estaba más cerca del aliento inefable de la poesía que de la lógica atroz de las grandes corporaciones. Para empezar, la única motivación de sus practicantes era el gusto por ese juego que despierta idénticas pasiones en Noruega y en Antofagasta. En ese mundo, el portero era un hombre encargado tanto de evitar los goles del equipo contrario como de  llenar de electricidad el área chica. El fútbol estaba tan cerca de la magia que, aun hoy, existen sobrevivientes de la vieja  guardia dispuestos a jurar por la memoria de sus antepasados, que hubo arqueros como Julio Cozzi, capaces de desviar con la mirada los más terribles disparos de los delanteros rivales.
 Mucha agua ha corrido bajo los puentes o, mejor dicho, bajo los arcos y el deporte, como tantas utopías vendidas y traicionadas, pasó a formar parte de la implacable máquina de moler gente y producir dinero en que  acabó de convertirse el mundo. Al igual que los músicos, los actores, los bailarines o los cantantes, los futbolistas quedaron matriculados en ese gigantesco circo conocido como  industria del espectáculo.
Para que el circo fuera rentable se  necesitaban administradores, por supuesto. Entonces  apareció la figura del Director Técnico, que reemplazó al entrañable entrenador destinado a hacer las veces de animador, taumaturgo y  líder de la orquesta.  Ese director técnico fue  encargado de   gerenciar los recursos naturales, es decir,  el talento de sus dirigidos,  para convertirlos en goles, puntos y trofeos que de paso dejaran llenas las arcas de los dueños del equipo y las de las empresas que invierten en publicidad y en transmisiones de radio y televisión.
En ese paso del juego a las finanzas el primer sacrificado, a lo mejor por llevar el número uno a la espalda, fue el arquero. Su rentabilidad se empezó a evaluar por el menor número de goles encajados y de inmediato las áreas grande y chica fueron medidas con minuciosidad de topógrafo. Acto seguido se  le indicó por donde podía moverse y por donde no. De ese modo, si atendía a pie juntillas las instrucciones, siempre estaría parado en el lugar adecuado y no tendría ningún sentido  realizar esas   estilizadas maniobras que hacían las delicias de los fotógrafos. Mejor dicho, y aquí empieza  la   pesadilla: ¡No tendría necesidad de volar! Al fin se había inventado la jaula para encerrar al viejo y querido pájaro de fuego  que se estiraba de palo a palo.
A partir de ese día los arqueros dejaron de ser  aves, para convertirse en burócratas del área. Tal vez  en ese tránsito resida la explicación  para que con su condición plumífera  hayan  desaparecido también  esos cronistas que,  como el uruguayo Diego Lucero o el argentino Robinsón, hicieron  de la reseña deportiva un género literario. En su lugar quedó una legión vociferante que confunde la verborrea con la argumentación y la estulticia con la sencillez, y por eso mismo es incapaz de remitirnos con su pluma o  su palabra a esos tiempos  milagrosos cuando los arqueros sabían volar.

11 comentarios:

  1. ¡Qué buen blog, hermano! Y qué alentador que tantos "plumíferos" estén escribiendo tan sabrosos homenajes a Sócrates, recordando todo lo bello que hizo dentro del campo y lo bueno fuera de él. Después de leer los experimentos democráticos que ayudó a impulsar dentro del Corinthians en plena época de la dictadura decidí volverme hincha de este equipo en Brasil (además, si no estoy mal, quedaron campeones el mismo día en que murió Sócrates, lo cual tiene un tinte poético conmovedor).

    Un abrazo londinense.
    Juan Carlos.

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  2. Mi querido Juanito: Qué alegría encontrarte en estos territorios, iluminados en este caso por la dosis de poesía que puede salir de una pelota cuando es tocada por genios como Sócrates ( digo, el brasilero y el griego).
    Un abrazo pereirano.
    Gustavo

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  3. Nostalgia... nostalgia... De los héroes y titanes del ayer... hoy solo quedan payasos y cobardes... pero en oscuros sotanos de las ciudades y en campos ancestrels todavia quedan guerreros listos para desatar la furia de los dioses...

    Es muy bueno recordarle a nuestros jovenes que hubo un tiempo en que habia mejores Humanos. :)

    Saludos desde algun lugar en Antofagasta! :D
    Get In the Guns!

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  4. Vaya Gustavo, aquí se me agarró corto. Mi conocimiento futbolero no abarca mucho, pero la entrada me ha dejado un interés por revisar ficheros de aquellos tiempos, donde, ya lo sabemos, la música era sólo eso, música. No sé la causa, pero esta idea, mítica, me pareció muy linda: "El fútbol estaba tan cerca de la magia que, aun hoy, existen sobrevivientes de la vieja guardia dispuestos a jurar por la memoria de sus antepasados, que hubo arqueros como Julio Cozzi, capaces de desviar con la mirada los más terribles disparos de los delanteros rivales."

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  5. Amigo Trejos: siento que ese lenguaje épico del cómic, que va de Ciudad Gótica a Pelotillehue, es el apropiado para refererirse a esas gestas libradas en unos campos de juego que una vez fueron epicentro de la belleza y ahora lo son , pero de la voracidad de los mercaderes planetarios.

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  6. La poesía tiene eso, apreciado Eskimal : Uno no conoce las razones, pero la precisión de una palabra o el ritmo de una frase pueden sacudir y transformar parcelas enteras de su existencia.

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  7. Saludos estimado Gustavo. Qué lindo alegato contra la burocratizacion del futbol de nuestros dias. Ya no quedan esos arqueros que eran un espectaculo aparte: improvisadores, anarquicos o creativos, como Carrizo o Gatti, el último quiza fue Higuita.Los de hoy son meras piezas del rompecabezas tactico de los entrenadores y han dejado de ser esos maravillosos "outsiders" que alguna vez explico nuestro amigo Lalo. Usted que sabe mucho de poesia, ¿ha leido alguna vez homenajes a los guardamentas como lo hicieron Vinicius de Moraes o Pasolini a otros jugadores?

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  8. Siempre me ha llamado la atención el hecho de que muchos colombianos que frecuento suelen saber tanto o más de fútbol argentino que la mayoría de los argentinos que conozco. Y algo parecido pasa con el tango, por lo menos el tradicional. No me ocurre lo mismo con mexicanos, ecuatorianos, venezolanos… es algo de los colombianos, de la forma colombiana de forjar sus mitos populares. Leyendo tu blog, Gustavo, recuerdo de repente el nombre de Julio Cozzi, que se murió hace unos días y que profesionalmente, por su trayectoria, fue más colombiano que argentino. Y lo que dices de los arqueros voladores es una página importante de la historia del fútbol. El “volador” y el “salidor” representan dos épocas, según me contó mi padre, no por capricho ni moda, sino por imposición del juego, de la forma de plantar los equipos en la cancha. El viejo decía que en la época heroica (la suya) los defensores eran fuertes pero muy lentos y toscos, y defendían muy cerca del arco. Cuando mejoraron las condiciones técnicas, la defensa se adelantó unos metros y resultó conveniente que los arqueros salieran más, que intervinieran en el juego defensivo. De allí a personajes como Chilavert… bueno, es una cuestión de evolución y selección natural, ¿no?

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  9. Amigo José. Siento que tanto Higuita como Gatti fueron los últimos rebeldes que intentaron darle la vuelta de tuerca a esa máquinaria cada vez más implacable que se apoderó del fútbol. Basta con recordar los saques de banda del argentino o el escorpión del colombiano en Wembley, para entender que, en últimas,lo que más les interesaba era divertirse y de paso, si sus equipos ganaban, pues mejor.

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  10. Mi querido don Lalo : Hace unos tres años le escuché decir a un rockero argentino que " el tango es un invento colombiano, magnificado por la muerte de Gardel en Medellín". Exageraciones aparte, pienso que alienta en nosotros un profundo desarraigo que nos lleva a identificarnos con esas letras lúcidas y amargas que hombres como Alfredo Lepera y Enrique Santos Discépolo elevaron a dimensión poética.
    Ahora, en mi caso, los mejores futbolistas que he visto en mi vida son argentinos, y no necesariamente famosos. Entre 1970 y 1973 militó en el Atlético Nacional uno llamado Jorge Hugo Fernández. Jugaba de " diez"- otra especie extinguida- ¡Ay! si Guardiola lo hubiera visto jugar.

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  11. Me acaba usted de asignar una buena tarea, amigo José : rastrear poemas dedicados a arqueros. De momento solo recuerdo el bello título de aquella novela de Peter Handke : La soledad del portero ante el penalti que es, en sí mismo, en poema.

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