viernes, 20 de enero de 2012

Literatura y mercado



Como  todos  los campos de la experiencia humana la literatura también tiene sus propias mitologías. La más recurrente de ellas, potenciada y sacralizada por la corriente del romanticismo, es aquella del escritor  solitario en perpetua lucha con las palabras procurando iluminar a través  del lenguaje los recintos más oscuros de la existencia. Hasta  mediados del siglo XX esa figura  encarnó en  autores como Jean Paul  Sartre y  Albert Camus en Francia o Ernesto Sábato  en el ámbito  latinoamericano. La imagen del  artista desgarrado ante la imposibilidad de comunicarse con una sociedad pragmática y brutal, alimentó la imaginación de miles de adolescentes  aspirantes a escritores  que soñaban  con forjar un universo apto para dar cuenta de los grandes  dramas de la época.  Los horrores de dos guerras mundiales,  el  poder destructor de la energía atómica , así como el advenimiento  y fracaso  de las utopías libertarias en el tercer mundo  constituyeron una tierra abonada para ello. La literatura  como redención personal  y colectiva parecía ser la premisa del momento.
Hasta  que llegaron los primeros yupies a poner las cosas  en su sitio. Sin otra aspiración trascendente que el consumo sin freno como símbolo  de ascenso social, determinaron que en una sociedad regida por las leyes   de la oferta y la demanda el arte no tenía por qué ser una excepción. Si el mundo se concibe como una gigantesca máquina que no puede detenerse sin  ocasionar un colapso universal, la producción y distribución de objetos artísticos  tiene que participar de esas lógicas si quiere hacerse a un lugar en el sistema.  En ese contexto,  el artista  en general y el escritor en particular  dejan de ser agentes creadores para  convertirse en un simple insumo cuya permanencia dependerá más de las estrategias de mercadeo y de los volubles gustos del público que de la solidez  y la integralidad de  su propuesta. A partir de ese momento se contratan estudios  para saber qué quiere leer la gente, como si de introducir una nueva marca de jabones se tratara. Se  inventan concursos en los que las editoriales intentan descubrir una nueva estrella que las ponga en ventaja frente a los adversarios. Se organizan eventos  más cercanos  a las estridencias de la farándula que  al carácter intimista del acto creador. Se sobornan reseñadores para que conviertan en genial a  un autor menor y, lo peor de todo, se soslayan los criterios de valoración  estética  para  mezclar en un mismo paquete los grandes  clásicos de la literatura  de todos los tiempos y las obras espurias  que explotan tanto  la fascinación humana por la especulación  esotérica  como la angustia que lleva a la gente a buscar en fórmulas escritas por culebreros con computador la respuesta para las tribulaciones de la vida diaria.
En ese vasto catálogo de opciones  aparece  una empresa de relojes patrocinando la escritura de  novelas de narradores jóvenes, con  la asesoría  de  autores consagrados, de modo que el prestigio de estos últimos garantice la difusión de la obra, sin que  importe en realidad  la calidad de la misma. Al fin  y al cabo en la lucha por el mercado  todo vale , como bien lo ilustran esas selecciones arbitrarias  de las  veinte mejores novelas del año, de la década o del milenio o como el último  embeleco que pretende elegir a  los mejores escritores menores de treinta y nueve años , como si la edad  se hubiera convertido de repente en una categoría  literaria.
A ese ritmo es de temer que un día, una revista de esas que confunden sofisticación con profundidad resulte lanzando un concurso para elegir al escritor más sexy, en el que para ser políticamente correctos, puedan votar  en igualdad de condiciones las modelos, las actrices, las feministas  y los voceros de los movimientos  homosexuales. Para ese entonces, la  figura del  creador en permanente  lucha con el carácter inefable  del mundo será  parte de esos venerables objetos de museo al que las nuevas generaciones educadas por la publicidad se aproximarán para constatar cuan delirantes eran los hombres de otros tiempos.

9 comentarios:

  1. ¡¡¡Ese es el que quisiera ser yo... el más sexy!!!

    ...Si el mercado y los homosexuales, claro está, lo permiten.

    Cami.

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  2. Creo que tiene la edad precisa- No sé si el perfil- para emprender la tarea, apreciado Camilo ¡ Éxitos en el intento!

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  3. Es triste comprobar que las transnacionales se ha apoderado tambien de la literatura. Hace poco vi en El Pais, la lista de las mejores novelas del 2011, que casualmente varias de las seleccionadas llevaban el sello de una editorial multinacional y vinculada al grupo Prisa. Aparte de este fenomeno, resulta tambien que la critica se ha relajado ademas de que ha perdido independencia: los escritores son a la vez criticos y entre ellos se hacen promocion encubierta, es muy dificil que sean objetivos y puntuales para no granjearse enemigos. Es un circulo vicioso. Aqui va una radiografia del papel de la crítica, bastante clarificadora:
    http://www.elpais.com/articulo/portada/Radiografia/critica/literaria/elpepuculbab/20111126elpbabpor_4/Tes

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  4. Apreciado José. Muchas gracias por el enlace. Esa es la otra cara del asunto: el papel que juega o deja de jugar la crítica a la hora de abordar las producciones literarias ¿realmente operan los críticos con criterio, o son apenas otro apéndice de la industria?

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  5. Todavía no he leído el artículo sugerido por José, pero siempre me ha irritado la relación personal, evidente o supuesta, entre el crítico y el autor de la obra comentada. Se dirá que esto es inevitable y que en definitiva hay que confiar en la integridad de los comentaristas, pero no todos son capaces de hacer lo de Chris Hitchens, que le dio con un palo a una novela de su amiguísimo Martin Amis. Pero hasta en esto hay cosillas, digamos, porque se daba por descontado que Amis toleraría esto de Hitchens, pero no de otro amigo metido a crítico. Lo cierto es que casi todos los medios, especializados o no, tienen un sistema de críticas que resulta bastante confortable para algunos autores y para otros no. El historiador conservador Niall Ferguson, por ejemplo, puso el grito en el cielo por una crítica ofensiva de Pankaj Mizhra en el London Review of Books… que casualmente es una publicación volcada al centroizquierda. Ferguson armó un escándalo, que tuvo eco en la publicación inglesa, pero me pregunto cuanta atención le daría el Wall Street Journal, por ejemplo, a Mizhra si éste contestara algo ofensivo de Ferguson en el WSJ. Amigo Gustavo, cuando mencionas a Sartre, Camus y Sábato, me viene el recuerdo de algo que le escuché o leí a Vargas Llosa: su propia experiencia juvenil, cuando leía Sartre de día y en público, entre sus amigos izquierdistas, y al volver a su casa leía en secreto a Borges. Recuerdo que VL decía que no podía resistirlo: en aquella época, para un joven de izquierdas, Borges era el demonio encarnado. Algo semejante, en tono menor por supuesto, me ocurrió a mi también en aquella época.

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  6. Supongo, mi querido don Lalo, que esa relación crítico-autor es problemática no solo en las expresiones estéticas: también lo es en todas las manifestaciones de la vida. En Colombia tenemos al columnista Daniel Samper Pizano, cuyo hermano Ernesto, presidente de Colombia a finales del siglo pasado, fue protagonista de un escándalo colosal por supuestas relaciones con el narcotráfico.Según algunos, la posición del periodista nunca fue del todo clara. Lo mismo acontece en el ámbito deportivo: Según me cuentan - porque no dispongo de la prueba- algunos comentaristas de la cadena Fox Sports participan en el negocio de las transferencias de futbolistas, lo que violenta de entrada el mínimo sentido de la ética.
    Y tiene usted razón , don Lalo : en los días del fervor revolucionario era sospechoso leer a determinados autores. Aunque en la otra orilla ideológica sucedía lo mismo pero en dirección contraria.

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  7. Sí, Gustavo, tanto en la izquierda como en la derecha se vigilaban y se vigilan las lecturas y los gustos en cine, teatro y otras cosas por el estilo, pero uno es tan ingenuo que encuentra eso más o menos natural en la derecha, que tiene un ADN que apunta a la censura de las obras artísticas, pero todavía tiende a escandalizarse ante la intolerancia y arbitrariedad del mismo tipo en la izquierda. Olvidamos, claro, que los peores excesos de la corrección política, por ejemplo, que tanto nos irritan, son típicos de un enfoque de izquierdas.

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