jueves, 20 de septiembre de 2012

El arte del dolor




 La historia es simple. Cansada de lidiar con el talante insondable de los humanos, tiró la toalla. Después de romper media docena de corazones y de ser vapuleada por  otros tantos la mujer decidió mudarse  al reino animal: vive en  compañía  de  un perro, un gato y un novillo, en una pequeña parcela ubicada junto a “Un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos  prehistóricos”. No se exasperen, que ya lo dijo alguien citando a otro alguien: En literatura, lo que no es autobiografía es plagio.
Pues bien, hace un par de meses, a su perro , que ostenta un nombre de banda de rock, le diagnosticaron  una enfermedad degenerativa de los huesos que lo mantiene sumido en unos dolores atroces para los que no bastan  varias dosis cada vez más fuertes de  opiáceos.
Así la encontré  una tarde de domingo. Debatiéndose entre la certeza de sus afectos hacia Pink Floyd y el carácter irreversible de  su dolencia. En otras palabras, mi amiga empezaba a hacer su curso intensivo en el arte del dolor.
Porque de eso  tratan el dolor  físico y moral: De un lento y tortuoso aprendizaje de la muerte. Eso que el escritor Juan  Carlos Onetti llamaba Los adioses.  Es tan grande la fuerza que nos empuja a aferrarnos a la vida que solo el dolor en sus muchas formas y presentaciones  puede ayudarnos en la tarea de desasirnos. Ustedes  dispensarán que los asalte con asuntos tan lúgubres, pero alguien tiene que compartir conmigo la honda punzada de  impotencia que produce  la agonía de un animal enfermo. Los humanos  disponemos al menos de la palabra y en no pocas  ocasiones tenemos la oportunidad de ese patético  ejercicio que es el arrepentimiento. Pero los  seres como Pink solo pueden mirarnos desde el fondo  de unos ojos en los que no   hay un resquicio más para la desesperación. De modo que  me tocó pronunciar  las palabras  que ella se  negaba a decirse en sus noches de insomnio : Que solo una sobredosis  letal de analgésicos podía  poner a su compañero de viaje lejos del alcance  de la bestia que lo atormentaba  en lo más profundo de  sus huesos.
La vida, la naturaleza, son tramposas y sabias. Para garantizar su  reproducción por los siglos de los siglos se inventaron un señuelo tan placentero como el sexo. ¿Se imaginan lo que podría suceder con toda  criatura  viviente si   el apareamiento fuera un asunto desagradable? Me temo que no estaría relatando este cuento ni ustedes leyéndolo. Asegurada la multiplicación  vienen los desencantos, los divorcios y los crímenes pasionales. Pero eso ya es otra  cosa: En todo caso, nada que preocupe a madre  natura. Además,  para eso se inventaron los licores y los poetas: para paliar los efectos devastadores del ardid. Nada como Julio Jaramillo y el ron Viejo de Caldas  para curar los desengaños.
 Enamorados de la vida con todo y sus latigazos, nos resistimos a abandonarla. Así que la muy aviesa  no tiene una opción distinta  a la de retomar el control. Nada más peligroso que un mortal  remiso en un planeta superpoblado. Lo supo Robert  Malthus: la  lubricidad de la especie y los suministros de alimentos no se llevan bien. Más  temprano que tarde alguien se encontrará con la panza vacía y tratará de asaltar  a su  vecino.
Es aquí donde entran a jugar las leyes del equilibrio: Cada momento de placer lleva implícita su dosis de dolor. Y no porque exista una especie de entidad  perversa encargada de distribuir los pesos en la balanza. Nada de eso. Es solo que, hasta hoy, no se ha ideado un método mejor para  convencernos de que es hora de abandonar la fiesta. Lo saben los santones que intentan suspender los ciclos  del mundo sensorial y con ellos la rueda de las dichas y los tormentos. Lo conocen bien los fumadores de opio instalados justo en la frontera donde empieza  la inconsciencia. Pero sobre todo, lo saben a esta hora mi amiga y su perro, o el perro y su amiga, asomados al abismo de su  ineludible extinción uno y enfrentada a una de las caras de su soledad, la otra. Ambos a su manera iniciándose en esa suprema  forma del conocimiento que es el arte del dolor, tan cercano como vive a las fuentes del placer.

10 comentarios:

  1. Leyéndote "mounstruo" dan ganas de pegarse un tiro o beberse un litro de ron.
    Pero soy muy cobarde para hacer lo primero.

    Un beso
    YO

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  2. Bajo cualquier circunstancia,"Mongoloide", es mejor beberse el litro de ron. Siempre queda la posibilidad de un beso, una canción, un poema, un gol, un crepúsculo o cualquiera otra cosa que lo redima a uno de la desazón. Para muestra, la canción Más de cien mentiras, del poeta Joaquín Sabina, cuyo enlace les comparto.
    Besos,
    Yo
    http://www.youtube.com/watch?v=WZ1hVTWOxv8

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  3. Un placer, su breve y dolorosa reflexión, si me permite el oxímoron, amigo Gustavo. Por alguna razón me hace recuerdo a un cuento acelerado del rocambolesco y siempre lúcido Boris Vian: “los perros, el deseo y la muerte”, que ya no recuerdo muy bien pero que gira en torno a un taxista y una mujer terrible que se estampan contra un árbol en una noche alocada. Su texto lleva a plantearse qué sería de nosotros, si viviéramos más de la cuenta, por encima de los cien años como promedio, a medio camino entre el aburrimiento y el tedio. Sin la presencia de dolor, no tendría sentido aferrarse a la vida y no entraría en acción, aquello que la naturaleza provee incesantemente para controlar la especie,-aparte de las enfermedades- eso que llamamos darwinismo social.

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  4. Dolor, muerte, transformación. Hace unos días vi en televisión un maravilloso documental sobre la pugna entre Darwin y su esposa Emma por cuestiones religiosas (él perdió la fe, por supuesto) y el terrible golpe de la muerte de Annie, la hija favorita de Charles, justo en el momento en que él desarrollaba la idea central de la supervivencia de los más aptos. En una escena conmovedora, Darwin, todavía con la imagen de Annie a su lado, se echa en un prado para estudiar in situ las batallas de supervivencia de los insectos (la misma batalla que su hija acababa de perder) y en un instante, de repente, resuelve sacarse la careta que ha llevado tantos años y desafiar el desprecio y la ira de los biempensantes y los cristianos más dogmáticos, entre ellos su esposa. El ya no iba a la iglesia, pero aún no había publicado sus teorías. El documental sugiere que el dolor por la muerte de un ser querido te da tanto (o casi) como te quita. Es difícil tragarlo, pero…

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  5. No quiero ni maginar tanta duración, apreciado José: Tanto tiempo en este mundo resulta un abuso. A propósito: Como la vida es, en esencia, una gran bromista : Resulta cuando menos curioso lo mucho que han durado algunos escritores consagrados a lo largo de su obra a señalar y cuestionar su carácter insensato y absurdo.Verbigracia : Emile Cioran, Ernesto Sábato.

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  6. Quizás no haya enseñanza más profunda en este mundo que la prodigada por las pérdidas, mi querido don Lalo : Es en el vacío que dejan, pero también en la estela de descubrimientos que cada ser va trazando a su paso por el mundo, donde se encuentran algunas de las claves que nos permiten conocernos a nosotros mismos.

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  7. El dolor manifestado de dos maneras, el físico y el emocional, por decirlo de algún modo. También hay otro entre el perro y la mujer que es similar: la imposibilidad, digamos, del animal, suponiendo cierta conciencia, de no poder manifestarse, usar un lenguaje común para dar a comprender lo que siente; y de la mujer, por no poder interpretar al perro, no poder reconocer con su lenguaje qué es lo que sucede para poder ayudar. ¿También hay dolor en la ausencia del lenguaje, cómo sería en el amor? Abrazos Gustavo.

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  8. La expresión " Me quedé sin palabras" es por demás lapidaria, apreciado Eskimal. Claro que, en el fondo, a todos nos hacen falta palabras para expresar lo esencial. De ahí la necesidad del arte en todas sus manifestaciones.

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  9. Te felicito por tu blog Eres un gran creador del arte de tus letras
    Abrazos desde el otro lado de la Luna

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  10. Mil gracias a la corresponsal enlunada.

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